miércoles, 9 de marzo de 2011

Viaje psicodélico (I)


Tenía que llegar, y llegó: el anunciado y al mismo tiempo impredecible año 1967 ya está aquí, como eclosión de algo que había nacido tres años antes. Y como casi siempre su origen se halla en los Estados Unidos, aunque el decorado era totalmente distinto al de cualquier otro fenómeno musical anterior: en este caso era la raza blanca urbana y pequeñoburguesa la que había dado con una veta creativa que, partiendo del folk, iba a afectar a todos los géneros (sí, he dicho el folk). Y no era este el único factor novedoso: estos hijos de la II Guerra Mundial, Baby-boomers o como se les quiera llamar, estaban viviendo una época de pujanza económica desconocida; su formación cultural media era más amplia que la de las generaciones anteriores, su acceso al consumo era superior… y sus inquietudes personales también.

Desde finales de los años 50, la llamada brecha generacional era cada vez mayor: las mentalidades paternas, ancladas todavía en el viejo ideario de trabajo, sacrificio, orden y obediencia al Poder, no estaban capacitadas para entender qué era lo que le estaba pasando a sus hijos. Tras las convulsiones de esa época (el comité de actividades antiamericanas, la recesión económica, las campañas por el desarme nuclear, la aparición de los beatniks…), esta nueva década no pintaba mejor para las mentes de orden: los disturbios estudiantiles ya eran algo cotidiano en 1961, el mismo año en que se inaugura el Movimiento por los Derechos Civiles. Hay una marejada social y política que no augura nada bueno. Y a partir de aquí tal vez sea suficiente con seguir los pasos del señor Zimmerman, quien, en homenaje a Dylan Thomas, llega a un tribunal para cambiar legalmente su apellido y pasar a llamarse Robert Dylan: el viejo Bob, para entendernos.

Bob Dylan es el paradigma de aquella época en Estados Unidos. En esos primeros años de la década sesentera consolida la canción protesta -hija del folk, claro-, pero evitando los mensajes de activismo radical ya que lo suyo es la sublimación artística, por medio de unas letras espléndidas, de las circunstancias en las que vive su generación. Y poco después entra en danza un nuevo componente para sus escritos: las drogas. Dylan comienza a mostrar en algunas de sus letras la influencia de la marihuana, e incluso muchos seguidores suyos se quejan de un excesivo tono barroco e incomprensible en ellas. Por fin, en 1965 rompe con su estigma de "cantante político", ficha a la banda de Paul Butterfield, se electrifica, y en la funda de "Bringing it all back home" escribe: "He abandonado todos los intentos de perfección, acepto el caos". Y la cara B de ese disco se abre con "Mr. Tambourine man", uno de los ejemplos más claros de que el LSD ya estaba haciendo su trabajo; como lo había hecho años antes en el campo literario con la Beat Generation, de la cual Dylan era seguidor.

Así, las drogas seguían cubriendo su trayecto social. Desde las altas cimas de la burguesía prendieron en las artes: primero había sido la pintura y la literatura, y ahora estaban llegando a la música, es decir, el arte más asequible, mayoritario e interclasista de todos. Y justo a tiempo, para colorear la década feliz; años después completarían ese trayecto en las chabolas rodeadas por yonkies plagados de pulgas y enfermedades (los políticos, aliados con la mafia, habían descubierto un sistema perfecto para liquidar media generación sobrante sin necesidad de una guerra), pero de momento estamos en la fase de encantamiento, la fase alegre, infantil, la de los que no saben aún que no todo el mundo puede recurrir a esos aditivos -y que antes de probar algo hay que saber lo que se prueba. Y en San Francisco los hippies están brotando como setas, y el barrio de Haight-Ashbury se puebla de peregrinos que llegan de todas partes del país a conocer la buena nueva y el ácido de excelente calidad que proporciona Oswald Stanley -que ya es más que un químico: es un gurú- y todo marcha perfectamente. Ya vendrá luego el bajón, tan bien dibujado en los personajes de "Easy rider", "More", "Zabriskie point"…

Pero ya digo, de momento estamos en lo que estamos. Dylan es entre otras muchas cosas el padre del folk rock y de su variante acid-rock: es él quien da la señal de partida a todos los demás. Sus letras son ya arabescos, y partiendo de las letras el ácido comienza a salpicar a la música, y surgen por todo el país grupos y solistas que, tras una previa ingesta del elemento mágico, se ponen a ello. Y si hasta ese momento las composiciones más o menos lisérgicas provenían del folk (los Pearls Before Swine o Holy Modal Rounders), el campo se amplía y los Byrds hacen una versión eléctrica de "Mr. Tambourine man" que aparece en las tiendas al mes siguiente de la original de Dylan, y en California ya están alborotando el gallinero Country Joe & the Fish, Jefferson Airplane, Quicksilver Messenger Service y cientos de grupos más. Y cuando llega 1967 la mayor parte de esos grupos están grabando o a punto de grabar sus obras maestras. El acid rock, el género psicodélico americano por excelencia, reinará en ese país durante dos o tres años más.

Y los británicos no se van a quedar quietos, claro. Sólo faltaba eso, ¿verdad, Sam? Sam… ¡Sam! ¿Por qué te brillan tanto esos ojos que tienes debajo de esas dos cejas, cielito lindo?


5 comentarios:

  1. Más que nada por intentar llevarle la contraria –ya me conoce-, creo que usted sobrevalora un poco al bueno de Dylan, quizá por ser compatriota suyo; no sé si focalizar el germen de la psicodelia en él está siendo muy justo. Aunque Un Paseante piensa lo mismo que usted y es europeo, o eso dice.
    Pero no me haga mucho caso; seguramente me dejo llevar por la envidia: Un tipo con una voz aún peor que la mía –y casi tan feo- pasará a la historia como cantante.
    Como compositor es un genio.

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  2. Sam se ha emocionado. No cabe duda.

    Eso, o el humo de sus cigarrillos.

    Los de usted, no los suyos.

    Joder, que complicado es esto de no tutear.

    Tutear, no twittear.

    Perdón, creo que alguien ha echado algo de sabor ácido en mi bourbon.

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  3. A mí me parece muy bien que la peña se drogue, pero si después les da por agarrar una guitarra, se pueden convertir en gente muy peligrosa, porque a no ser que estés en el mismo estado alucinógeno que ellos, los resultados artísticos suelen ser pésimos.
    Y qué valor el señor Congrio, metiéndose con uno de los totems sagrados. A mí nunca se me ocurriría dudar de la ingente obra del señor Dylan.

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  4. La verdad es que nunca he seguido la trayectoria musical de Dylan. Tenía una cinta por ahí más las cosas sueltas que oías aquí y allá, pero soy plenamente inconsciente de su peso. Sé que es un ser muy venerado. Supongo que esto mismo me aleja a menudo de ciertos personajes.

    ¿Hay alguna sustancia específica para la literatura o vale lo mismo? Pero no tema, señor Hum, que no me voy a poner ahora a consumir cosas raras. Prefiero los flipes al natural, aunque vengan cuando les da la gana.

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  5. Estimado señor don LuisC, ya sé que parece un poco raro que un personaje como Bob se lleve las flores, pero la cosa fue así. Hay algunos músicos de segunda o tercera fila que empezaron, como mucho, al mismo tiempo que él, pero todos estaban en el bando folk: primero fueron las letras y luego la música. Por otra parte, las primeras grabaciones de los Airplane, por ejemplo, parten también del folk, así que...

    Bienvenido, don Carlos. El humo puede ser de cualquiera de los dos, puesto que ambos fumamos. Pero me temo que la cosa se debe a otra razón. Y vigile el bourbon, no vaya a ser que...

    Don Chafardero, tiene usted razón en parte: una gran cantidad de obras "psicodélicas" no pasaban de ser una salida de tiesto de músicos malos que se creían que con colocarse ya estaba todo hecho. Y no. Pero algunas piezas, preferentemente singles, son magníficas. Y en cuanto al viejo Bob, le diré que también a mí me sobra al menos la mitad de su producción. Pero tiene cosas muy buenas.

    Yo creo, Lady Dusch, que tal vez con una buena recopilación sería suficiente para entender a este hombre: como ya le he dicho a mister Chafardero, hay mucha obra sobrante. Pero su valor histórico no se le puede negar.
    En cuanto a las substancias específicas... mmmmm... bueno, usted misma dice que no piensa recurrir a ellas, ¿verdad? Mejor así: no me tire de la lengua.

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