jueves, 29 de diciembre de 2011

Años 60: América (y XXII)



Por lo general los habitantes del sur del continente americano suelen tener problemas bastante más serios que su elevación personal por medio de la música o cualquier otro arte: las condiciones de pobreza en las que vive gran parte de ellos hace que muy pocos tengan el nivel económico necesario para comprar discos, y mucho menos para conseguir un instrumental decente. Así no es extraño que la mayoría de los que lo hicieron provengan del sector universitario y en general de las clases pudientes. Siendo un número muy reducido es lógico que hoy en día casi nadie recuerde un solo nombre, salvo los coleccionistas y cuatro tipos raros más. En todo caso y como era de esperar, los países caribeños -los más cercanos al Ecuador- tienen una tendencia marcada hacia la exuberancia a medio camino entre el folk rock y la psicodelia, mientras que en el Cono Sur se oye rock'n'roll e incluso hay algunas veleidades progresivas.

Sin embargo hay un país que por su tamaño y especial idiosincrasia llegó a crear un estilo propio. Ese país es Brasil, y ese estilo se resume en una palabra mágica: Tropicalia. Un nombre bajo el cual se abriga una nueva manera de concebir la música y las artes escénicas y visuales, basándose en una orgullosa idea motriz: Brasil tiene suficientes estilos y personalidad como para elaborar sus propias obras sin necesidad de calcar los modos del norte. Caetano Veloso, su instigador, ya había colaborado con su hermana Maria Bethania y con Gal Costa (dos estrellas de la canción brasileira) antes de substanciar este movimiento. Y en 1968 reúne a un colectivo de músicos para publicar un disco que en cierto modo es un manifiesto: "Tropicália ou panis et circensis".

En ese disco participan, además del propio Veloso y la señorita Costa, otros dos santones de la canción brasileira como Gilberto Gil y Tom Zé; pero también un trío con veleidades psicodélicas: Os Mutantes, que con el paso del tiempo será el grupo más famoso de Brasil en ese género. El disco es un ramillete de estilos que abarca desde la bossa nova hasta el rock pasando por la psicodelia, claro; e incluso fuera de su país comienzan a llegar los ecos de una revolución musical que llega hasta hoy mismo. Una revolución que en realidad consiste en elevar el variado folk patrio a la misma categoría y prestigio que puedan tener los del norte. Gracias a ellos, Brasil tiene su propia escuela.

No pasó lo mismo con el resto del continente sudamericano: Argentina por ejemplo, que podría haber exportado el tango bonaerense con un mínimo nivel de actualización, no lo hizo hasta mucho después; en los años 60 se limitó a calcar el rock'n'roll, con un leve punto latino: este es el caso de Los Gatos o Almendra, muy valorados… por los coleccionistas. Y aparecen algunos grupos progresivos a mediados de los años 70, como La Máquina De Hacer Pájaros, que acabaron igual. Hay una reactualización del rock and roll que se producirá a partir de ese momento, pero ya se sale de nuestro viaje temporal. En cuanto a Chile, hubo una curiosa dicotomía en las tiendas: o folklore popular o rock'n'roll. Nunca llegaron a fusionarse, y con el tiempo se olvidaron los rockeros: de Chile solo recordamos a Inti-Illimani, Victor Jara, Quilapayún y otros nombres integrados en la Nueva Canción Chilena, aplastada por la dictadura militar de 1973.

Porque esa es otra: en la mayoría de estos países regían las dictaduras militares. Chile tuvo su frescura hasta la llegada de Pinochet, pero casi todos los demás vivieron décadas bajo ellas. Brasil llegó a deportar a la mitad del colectivo Tropicalia, y la mayor parte de los artistas cercanos al folk -o sea, a la protesta velada- estaban represaliados. Y, reconozcámoslo, la etnia de origen hispano, latino o como quieran ustedes llamarla, no tiene especiales habilidades para el rock. Las cosas como son: Sudamérica tiene cientos de grupos oscuros que hicieron un disco o dos a medio camino entre rock y psicodelia; hoy en día son pasto de fanáticos completistas, pero poco más. Lo cual, ya lo sé, es una injusticia. 

De todos modos, y para quien piense en curiosear por aquellas latitudes, le recomiendo vivamente que le eche un vistazo a los grupos peruanos: se encontrará con nombres como los Saicos (la equivalencia sudamericana a los Sonics), los Destellos -inventores de la cumbia surf- o los Holy's, entre surferos y futuristas; de estos últimos surgieron luego Telegraph Avenue, grupo progresivo cuyos dos discos son ahora muy buscados por los coleccionistas. Lo mismo pasa con Traffic Sound, con otros dos discos : sus primeros singles, luego agrupados en un LP, eran excelentes versiones de Cream, Hendrix y otros, aunque el segundo ya se iba desinflando.



Y se acaba el año, y nuestro viaje. Ya toca coger el avión de vuelta a la Isla. Ya iba siendo hora, ¿eh?


viernes, 23 de diciembre de 2011

Años 60: América (XXI)

Si se fijan ustedes en el mapa de América del Norte verán que en la parte superior de Estados Unidos aparece un sitio que se llama "Canadá". Y en la parte inferior otro que se llama "México". Bueno, pues en ambos lugares parece haber señales de actividad musical. Empezaremos por arriba:

Ya hemos visto que hubo unos cuantos músicos canadienses que bajaron a Estados Unidos a buscarse la vida a mediados de los años 60: Neil Young (Buffalo Springfield), John Kay (Steppenwolf) o "Zal" Yanovsky (Lovin' Spoonful) han sido citados en entradas anteriores; y en el mercado del folk sucedió algo parecido, con personajes tan brillantes como Joni Mitchell o Leonard Cohen. En general, y como es lógico por la cercanía y el tremendo impacto comercial del coloso del sur, la mayor parte de los que se consideraban aptos para llegar a algo en este negocio intentaban probar fortuna allí. Pero hubo algunos que decidieron seguir en casa, como hizo una banda de garaje llamada The Silvertones: este grupo, con varios cambios de nombre y de miembros a lo largo de su historia -una verdadera madeja que recuerda a las sagas nórdicas-, acabaría siendo el más longevo de Canadá (y algunos de sus miembros aún siguen en activo). Su origen tiene lugar en 1960, pero nosotros iremos directamente a 1968: ese es el año en el que graban su primer LP como "The Guess Who".

Guess Who resulta ser el grupo más famoso en la historia del rock canadiense. Y saltan al estrellato mundial en 1970, con la publicación de su tercer disco, "American woman": la versión reducida en single alcanzó el número 1 de las listas en medio mundo, y el LP no bajó del top 10. Con una base de hard rock aliñada con leves tonos folk, ese disco ha quedado para la historia como la obra cumbre del grupo. Pero Randy Bachman, su líder, no se encuentra a gusto con el papel de rock-star: se nos ha vuelto mormón (!), y esa filosofía choca con la futilidad de este negocio. Guess Who continuarán publicando discos, pero sin la maestría de Bachman no irán a ningún lado; él sin embargo no puede evitar que el gusanillo musical siga haciéndole cosquillas, y tras una breve fase country vuelve al hard rock: en 1973 se presenta en el mercado al frente de Bachman-Turner Overdrive, una de las más fantásticas maquinarias de sonido machote que ha dado América. Lo curioso es que tuvieron que visitar más de veinte casas discográficas antes de conseguir un contrato, pero a partir de ahí vivieron una época brillante culminada en 1976 con un recopilatorio que llegó a ser doble platino en los Estados Unidos. Y el bueno de Randy, con su propio nombre o bajo el de un grupo, sigue tocando aún hoy.

En cuanto a México, haré una media trampa. Me explico: salvo unas cuantas bandas de garaje sin trascendencia y algunos grupos psicodélicos que solo son prestigiosos en el mundo del coleccionismo (Kaleidoscope, La Revolución de Emiliano Zapata, Grupo Ciruela y otros cien), la mayoría de los músicos con pretensiones hicieron lo mismo que los canadienses: este es el caso por ejemplo de Eddie Guzmán (Rare Earth) o la mezcla de mexicanos y tejanos que formaron Question Mark and the Mysterians. Y esa misma mezcla es la que constituye el grupo que dio orgullo a México: Santana. Pero a diferencia de otros, don Carlos no diluyó su espíritu en el rock standard estadounidense sino que desarrolló un tono muy personal, de tinte afrocubano, a pesar de grabar en el país de los gringos.

Carlos Santana es hijo de un mariachi: empezamos bien. Al principio jugueteó con el clarinete y el violín (el medio de vida de su padre), pero pronto dedujo que sus habilidades iban más con la guitarra. Y tras una época de rodaje en Tijuana, en 1966 saltó a San Francisco: allí descubrió la psicodelia pero también a los grandes del blues, con sus punteos estremecedores. Por desgracia el ambiente de la zona no es precisamente un compendio de virtudes, y Carlos se encuentra rodeado de sujetos tan aficionados a la música como a la química. Como consecuencia sus primeras agrupaciones fueron volátiles, pero en 1969 consigue que su clara vocación musical se imponga a sus devaneos hedonistas. Y aquí entra en juego la larga mano de Bill Graham, quien le apoya para triunfar en el Fillmore y poco después en Woodstock, consiguiendo entrar en la CBS por la puerta grande. A partir de ese momento, y aunque su tendencia destroyer sigue planeando de forma amenazante sobre él, consigue la cordura suficiente para no descarrilar: sus tres primeros discos constituyen el nacimiento de otra etiqueta más: el "latin-rock". Su dominio de la guitarra, caliente, exuberante, más un grupo de percusión frondoso y tremendamente efectivo, lo instalan en el Olimpo. Solo con oir "Oye como va", "Jingo" o "Samba pa ti" ya se da uno cuenta de que está ante un grupo de músicos excelentes e innovadores.

Y llegamos a 1972, año crucial en la carrera de Carlitos: los excesos y las broncas internas hacen que el grupo se renueve casi en su totalidad; esa situación extrema parece afectar al ánimo de nuestro amigo, que se nos vuelve místico, y su nuevo disco ("Caravanserai") queda ya un tanto alejado de los planteamientos anteriores. Ahora se está acercando hacia la fusión jazz-rock; y esa será la deriva que ha de seguir por muchos años, imbuido de santidad y amansando a las fieras con sus -para mí- soporíferos desarrollos semi-astrales. Pero sus primeros discos son un verdadero lujo.

Allá abajo queda América del Sur. ¿Hay algo allí, se preguntarán ustedes? Siempre hay algo en todas partes, pero no teman: un pequeño vistazo, un simple post más y cogemos el avión ya. Lo juro.


jueves, 15 de diciembre de 2011

Años 60: América (XX)


Tranquilos, que falta poco. Luego de cumplimentar a los Allman, ya tenemos las manos libres para ir rematando nuestra larga estancia en el país de Nixon. Y yo creo que con citar a otros tres nombres más es suficiente para quedarnos con una idea bastante aproximada de la potencia musical de los States en aquella época. Por ejemplo:

James Gang: otro power trío. Y, junto con los GFR, mi banda americana preferida en el sector del hard rock. Estos muchachos proceden de Cleveland, y aunque se forman como quinteto en 1966 no adquieren su verdadero carácter hasta finales de la década. Al frente de esa banda se halla uno de los mejores guitarristas que ha dado este país: Joe Walsh. Un músico que ha hecho todo tipo de cosas, desde impartir clases en su propia academia (al estilo Fripp) hasta colaborar en discos de gente tan dispar como E, L & P o B.B. King. La banda nunca consiguió un éxito masivo porque, sencillamente, eran demasiado buenos: imagínense a los GFR con un punto lírico más acusado, con mucha más variedad de recursos y con desarrollos que podrían llegar a recordar al hard rock progresivo británico. De todos modos, y aunque en la Isla tuvieron más audiencia que aquí, son una especie de banda de culto. Les recomiendo una aproximación a su primer LP, "Yer' album", de 1969: ahí viene incluida una de sus piezas fetiche, "Stop", que cierra el disco, una maravilla de casi doce minutos. Y si tras eso les convencen no se pierdan el tercero, "Thirds": es su consagración por todo lo alto. En 1971 Walsh deja la banda y, tras un breve período en Brainstorm, prepara su carrera en solitario, saca un buen pellizco de dinero con el "Hotel California" de los Eagles y sigue adelante.

Hay otros en cambio que buscan la simplicidad: ese es el caso de Johnny Winter, un tejano enamorado del blues. Albino y esquelético, su imagen no cuadra mucho con el tipo de música que hace: considerado como prototipo del superguitarrista blues-rock, sus conciertos son apoteósicos. Sin embargo es un estilista, muy alejado del standard clásico hard: su nacimiento en un lugar cercano a Luisiana explica en parte esas querencias hacia el sonido afroamericano. Por otra parte su familia, de gran afición musical, le influye de tal modo que a los cinco años aprende a tocar el clarinete; a los ocho el banjo y el ukelele, y con doce ya comienza a pillarle los trucos a la guitarra. Curiosamente, aún han de pasar casi diez años -con algunos singles y muchas actuaciones por medio- para llegar a la fama: en 1968 la revista Rolling Stone lo cita como un prototipo del "blues boom americano", y desde ese momento las cosas le van rodadas. Su sonido a medio camino entre el blues y el hard-rock lo hace idóneo para el directo, aunque sus discos son previsibles. Más tarde, cuando ese tipo de mercado decae, vuelve a las fuentes y se acerca a los santones del género como Muddy Waters, a quien produce cuatro discos -en los cuales también interviene él, claro.

Otro modo de ver la simplicidad es el estilo del señor J. J. Cale. Nacido en Tulsa, Oklahoma, su historia es un continuo ir y venir de ahí a cualquier otro sitio: en ese sentido, es el americano puro. Nadie diría, conociendo su estilo clásico, que su carrera comenzó para el mundo en un grupo psicodélico de Los Angeles, pero así es: sacado a la luz por el insigne Leon Russell, que lo puso al frente de los Leathercoated Minds, grabó un disco bastante mediocre compuesto básicamente de versiones (su especialidad era la transformación de piezas de folk-rock en tonadas "raritas"). Pero el disco no funcionó, y por otra parte Cale no disfrutaba en aquel ambiente. Se limitó durante un tiempo a hacer colaboraciones con otros músicos, pero su base de operaciones estaba en Tulsa. Y desde allí comenzó a escribir canciones intimistas, a medio camino entre el folk con tintes lisérgicos y el country-rock, que no serían reconocidas hasta principios de los años 70. Por supuesto, la primera fue "After midnight", gracias al arrobo en que sumió a Clapton; quien más tarde usaría también su "Cocaine". El señor Cale debería ser uno de esos hilos musicales imprescindibles en los días tranquilos para todo oyente que se considere con un mínimo de sensibilidad: digamos, al menos, por sus primeros cinco discos.

Y siempre quedarán nombres por citar, claro. Los Nazz por ejemplo, una equivalencia a Vanilla Fudge pero en el campo pop: su primer single contenía una maravilla titulada "Open my eyes" que nos hizo esperar por algo más, pero sus LPs resultaron ser flojitos; de ahí salió el ocupadísimo Todd Rundgren. También podríamos recordar a Edgar, el hermano de Johnny Winter, más orientado hacia el funk; o a Blood, Sweat and Tears, una creación de Al Kooper que igualó en ciertos momentos a Chicago en el campo de las brass-bands; o al mismo Kooper, con toda su extensa carrera… pero yo creo que lo más importante -a ojos de un europeo- ya está visto.

Y ya que estamos en América, vamos a ver si hay algo de interés en el resto del continente. Total, aún queda un ratito para que salga el avión...


viernes, 9 de diciembre de 2011

Años 60: América (XIX)



No sería justo terminar nuestro viaje americano dando la impresión de que sólo había efervescencia en los lugares que hemos visitado: como ya vimos especialmente en el caso de California, algunos de esos centros fueron el foco de atracción de músicos procedentes de todas partes del país (por no hablar del rock de garaje, por ejemplo, una epidemia que recorrió los Estados Unidos de arriba abajo). En la historia de este negocio quedan algunos grupos que, sin estar censados en sitios tan famosos, fueron igual de notables; y de entre todos es evidente que la banda de los hermanos Allman se merece una entrada para ellos solos.

Allman Brothers Band es uno de los nombres fundamentales en la historia musical de este país: dirigidos por Duane y Gregg Allman resultan ser un compendio de todos los géneros americanos, desde el rock hasta el jazz. Aunque nacidos en Nashville y luego domiciliados en Florida, acabarán fundando el grupo en Macon (Georgia) para, desde allí, alcanzar el estrellato con un estilo musical que dará lugar a un nuevo género conocido como "rock sureño". El grupo es muy profesional: Duane se ha curtido como guitarrista de estudio entre los grandes del soul (Wilson Pickett o Aretha Franklin, sin ir más lejos, dan fe de su destreza), pero esa fase fue un paréntesis en la relación musical con su hermano Gregg -excelente teclista y voz-, puesto que desde principios de los años 60 habían tocado juntos en varios grupos menores pateándose medio mapa -California incluida. A finales de 1968, tras esa fase de trabajo soulero que le ha dado mucho prestigio, Duane decide volver a reunirse con su hermano para crear un sonido que los convertirá en referentes de este nuevo género, luego seguido por muchos otros.

Su primer disco aparece a mediados de 1969: dos guitarristas, dos baterías, un bajo y un teclado crean una de las mayores delicias de aquel año. El sonido anda a medio camino entre el blues pantanoso del Mississippi con una base de rock y tonos country que lo hacen realmente innovador; se nota una tendencia a los desarrollos largos que, en ellos, no resultan aburridos. El magnífico empaste entre la ágil guitarra de Duane más la voz nasal de Gregg y el excelente nivel del resto del grupo dan como resultado un disco de esos que no cansan nunca. Su consagración llega en 1970 con el segundo, el magnífico "Idlewild south", donde la técnica ya está pulida: ese disco es un gozo. En ocasiones utilizan bases que recuerdan ligeramente al jazz, lo cual demuestra un dominio de recursos impresionante. En Julio de 1971 tocan el cielo con el doble en directo en el Fillmore East, que para muchos comentaristas es el mejor disco en directo de la historia del rock: así, como suena. Y no es extraño, ya que como digo los desarrollos son una de las pautas fundamentales de los Allman. En resumen: con tres discos ya están inscritos con letras de oro en la literatura del género.

Pero cuatro meses después, mientras se hallaban preparando su siguiente disco -otro doble-, se presenta la desgracia: en un cruce de calles, Duane, pilotando su Harley, se mata contra un camión. Dejando aparte -y es mucho dejar- su calidad técnica, él era quien mantenía la banda cohesionada, centrada en la profesión: espíritu familiar, nada de drogas, seriedad y disciplina. El disco ("Eat a peach") estaba a medio hacer cuando sobrevino la tragedia y fue publicado en Febrero del 72. Es un tanto irregular, pero digno: Dicky Betts, el otro guitarrista, se hace cargo de las partes no grabadas aún a la muerte de Duane, así como Gregg alterna los teclados con guitarras acústicas. Pero la tragedia vuelve a golpearlos: Berry Oakley, el bajista, seriamente afectado por la muerte de Duane, se refugia en el alcohol; y dos semanas después de su primer aniversario, montado en otra Harley, cae a tres manzanas de donde había caído él. Nunca sabremos hasta qué punto esa muerte fue inducida o no.

Sí, estaban preparando otro disco: "Brothers and sisters", que apareció casi un año después. Su orientación es claramente country-rock. En él va incluido su mayor éxito en single, la deliciosa "Ramblin' man". Ventas magníficas, primeros puestos en las listas, pero… es evidente que su fase dorada termina. Y comienzan los problemas: Betts, que es ahora quien trata de dirigir el grupo, se enfrenta con el carácter egocéntrico de Gregg; por otra parte ambos planean carreras en solitario pero sin abandonar la banda, lo cual se hará muy difícil. Y el resultado era de esperar: ya no vale la pena seguir escuchando sus nuevos discos; la calidad técnica sigue siendo buena, pero las canciones son desangeladas, sin chispa. Por otra parte, Gregg se ha casado con Cher (nada menos) y traiciona a un empleado del grupo declarando en contra suya por un asunto de drogas... es mejor no seguir. Quedémonos con la época brillante de los padres del rock sureño, que es lo que cuenta. Y si quieren ustedes saber algo más de Duane, aquí tienen su hagiografía.

Ya falta poco: dos o tres nombres más y cogeremos el avión. Ya echo de menos las brumas isleñas. Snif.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Años 60: América (XVIII)


Dedicaremos nuestra tercera y última jornada en Nueva York a rescatar la memoria de las dos bandas rockeras más importantes de la ciudad. Como ya dije, esto es un cruce de caminos: ninguno de los grupos que hemos visto hasta ahora son radicalmente americanos salvo tal vez Lovin' Spoonful; y eso pasa también con nuestros dos invitados de hoy. Que son, por el bando heavy/hard los ciclópeos Mountain, y por el de los progresivos Vanilla Fudge. Así que vamos allá.

La historia de Mountain se cimenta sobre dos personajes: Leslie West, uno de los mejores guitarristas americanos de todos los tiempos, y Felix Pappalardi, bajista y productor. Ambos eran sobradamente conocidos cuando se produjo el nacimiento de este grupo, ya que West había militado en los Vagrants -banda de garaje muy popular en su época- y Pappalardi había sido, entre otras ocupaciones, productor de Cream (incluso hay mucha gente que dice que fue él quien convenció a Clapton, Bruce y Baker para formar ese trío). De vuelta a su Nueva York natal, Pappalardi produce las últimas canciones de los Vagrants y a continuación el primer disco en solitario de West: ese disco, grabado en 1969, se titula "Mountain". Un título que autoparodia la imagen de West, que además de gran guitarrista era una humanidad de más de ciento treinta kilos en aquel momento ("Dedosgordos" y "La Mole" son dos de los cariñosos motes con que le obsequian sus fans).

Pappalardi, que acaba de asistir a la defunción de Cream, ve en West a un posible héroe de la guitarra a la altura del mismísimo Clapton y con mucha más pasión que él. West, además, tiene un vozarrón inmenso que ha demostrado sobradamente con los Vagrants: su versión del "Respect" de Otis Redding está a la altura del propio Otis. Así que lo convence para formar un power trío al estilo de los británicos pero con mucha más fuerza; fichan al batería Corky Laing y se meten en el estudio a toda prisa. Y una de las primeras canciones que sale de ahí es la impresionante "Mississippi Queen", una de las mejores piezas de heavy blues que he oído en mi vida. Menos mal que Cream ya no estaban en el negocio: habrían temblado de miedo. Se halla incluida en su primer LP, titulado "Climbing" y que sale a la venta en 1970, alcanzando el top-20. Aunque luego su formación y por tanto sus recursos de sonido aumentarán, la vida de este grupo, como la de la mayoría de los de su escuela, no será muy larga; pero ese sonido ha marcado una impronta que será el espejo de muchas bandas posteriores. West intentó repetir luego la jugada del power trío junto a Jack Bruce y Corky Laing, con resultados discretos.

El caso de Vanilla Fudge ya lo hemos visto con Iron Butterfly: una banda estigmatizada por una canción. El propósito de los Fudge era construir un rock progresivo al más puro estilo británico; tanto, que algunos aficionados poco instruidos creyeron que se trataba de un grupo isleño. En 1967, a medio camino entre el progresivo y el sinfónico con tintes psicodélicos, arrancaron entre el fervor de su "culta" parroquia con una versión monumental (más de siete minutos) de "You keep me hangin' on", de las Supremes. ¿Las Supremes de la Motown, dirán ustedes? Pues sí, esas: ya ven lo que es la vida. La verdad es que, salvo la línea melódica -más o menos-, la canción era irreconocible. Estábamos ante una verdadera recreación progresiva de un magnífico éxito procedente de un campo totalmente opuesto, lo cual era innovador. Y la clientela se lo premió: esa versión ha quedado para la Historia en medio mundo, incluida España. Y su primer LP, publicado casi al mismo tiempo, se benefició de la inclusión de esa pieza para llegar al top-10.

Los Beatles, grandes aficionados suyos (Lennon, entre cuyas virtudes nunca estuvo la visión de futuro, babeaba con ellos: "son el futuro", decía), fueron los suministradores involuntarios de algunas piezas que versionaron los Fudge: "Eleanor Rigby" o "Ticket to ride" son dos de las canciones que sucumbieron en sus manos. Y digo "sucumbieron" porque la cosa empezó a hacerse insoportable: endiosados por el éxito de sus primeras grabaciones, se internaron en un jardín de arreglos pretenciosos, voces oscuras, remedos de Hendrix, órganos tremebundos… un coñazo, vamos. Si Nice (y luego E, L & P) fueron en la Isla el epítome del progresivo sinfónico para bien y para mal, en América lo fueron los Fudge: en menos de dos años demostraron lo que iba a ser el futuro del rock progresivo, a base de comeduras de tarro para oyentes "enrollados" que, junto con la megalomanía de las bandas heavy, acabarían con el prestigio del rock en el primer quinquenio de los 70. El bajista Tim Bogert y el batería Carmine Appice, sus dos elementos más destacados, formarían luego un trío de hard rock junto a Jeff Beck (¡quién te mandaría meterte ahí, Jeff!). Y cuando Jeff salió corriendo, crearon Cactus: otro coñazo de las mismas características.

Bueno, pues se acabó nuestra visita neoyorquina. Pero mientras esperamos por el avión de vuelta a casa, nos entretendremos citando a algunas bandas realmente notables que no procedían de ninguno de los grandes centros musicales de la época. Ustedes vayan dejando libre la habitación, que aquí son muy estrictos con el horario.