miércoles, 27 de junio de 2012

U.S.A. 60's: la serie B (III)


Antes de continuar con nuestro recorrido por las catacumbas del garaje americano, es de ley hacer una breve mención a la banda que junto con los Wailers dejaron grabado con letras de oro el nombre de Tacoma en la historia de la música popular: los Ventures, uno de los grupos señeros de la música surf (y la más longeva). Comenzaron en 1958, al igual que los Wailers, y junto a ellos protagonizaron el despertar del Noroeste. No es la música surf nuestro asunto ahora, pero estamos ante el ejemplo perfecto de que las dos tribus modernas más notables de la época, rockeros y surferos, convivían perfectamente: ambos grupos compartieron escenarios, giras y público, e incluso llegaron a intercambiar músicos. Sus trayectorias a partir de la invasión británica fueron muy distintas, ya que los Wailers eran de visión más amplia mientras que los Ventures decidieron resistir en su estilo hasta convertirse en una marca ajena al tiempo.

Desde el punto de vista comercial, los Ventures ganaron la partida: a raíz de su éxito mundial en 1960 con "Walk, don't run", uno de los clásicos del sonido surf, se especializaron en el aspecto técnico: fueron la primera banda en hacer discos "conceptuales" e incluso de enseñanza para guitarristas, así como supieron vivir de la nostalgia para potenciar un enorme mercado de memorabilia en Japón y otros países. Por otra parte se acercaron también al sonido orquestal, y en 1969 su LP "Hawaii 5-0" en el que se recreaba a su estilo un buen ramillete de piezas exitosas del momento significó para ellos uno de sus mayores éxitos. Sin embargo los Wailers fueron evolucionando a medida que pasaba el tiempo (aunque en sus principios también el sonido surf estaba entre sus referencias); y quizá esa fue una de las razones por las que no llegaron a alcanzar la fama de la que disfrutan sus antiguos compañeros: en un país donde lo inmutable se valoraba tanto, eso de ir dando saltos de estilo no es una buena opción. Sin olvidar que Etiquette, la casa de discos que habían creado, no luchaba con las mismas armas que la de los Ventures (Dolton Records, de Seattle), que casi desde el principio estuvo distribuida por la nacional Liberty. Pero en cualquier caso, estas son las dos bandas que orgullosamente patentaron el Pacific Norwest Sound.

Y ese sonido, esa convulsión comenzó a llegar a los estados limítrofes: en Idaho nos encontramos con un muchacho que comenzó siendo barbero y luego titular de algunos establecimientos de comida rápida; ese muchacho, a quien sus padres decidieron llamar Paul Revere en honor de uno de los héroes de la Guerra de Independencia americana, sueña con ser un astro del negocio musical: su especialidad es el piano y le gustan las piezas a medio camino entre el honky tonk y el estilo Nashville. Ha estado trabajando ese estilo desde 1958 acompañado de un grupo llamado "Downbeats", pero con el cambio de década también él decide cambiar: en 1960 se erige al frente de la formación, que pasa a llamarse "Paul Revere & The Raiders" y junto con su amigo Mark Lindsay, voz y saxo, trata de ir aproximándose a los sonidos más actuales. No obstante, los primeros singles demuestran que todavía no lo tiene muy claro: las caras A siguen el estilo pianístico acelerado de su época anterior, mientras que en las B podemos encontrarnos desde piezas surf hasta el rock'n'roll que practican sus admirados Wailers, a los que ya ha ido a ver unas cuantas veces aunque el Castillo Español le queda un poco lejos ("En cuanto los oí", dijo luego, "supe que lo que yo quería era tener una banda tan grande como ellos").

Hay que reconocer que se le nota la devoción: en 1962 él y su grupo versionan "Tall cool one" y al año siguiente "Louie, Louie". Y aunque da la casualidad de que justo en ese momento los Kingsmen, una banda de Oregón, publican esa misma pieza y conseguirán mayores ventas, la versión de los Raiders cae en gracia a los capos de Columbia, que los fichan de inmediato (aunque quizá más por sus habilidades escénicas que por la música en sí): mientras los Kingsmen no pasarán de ser poco más que la clásica banda de un solo éxito, Paul Revere y sus Raiders serán uno de los grupos más populares en la América del tránsito 1965-68, superando por supuesto a sus amados Wailers y a cualquier otro nombre de serie B que se le pueda comparar: sus ventas tanto en singles como en LPs se cuentan por millones, aunque los puristas les hicieran ascos. Su traslado desde el Noroeste hasta Los Angeles para dejar de ser una simple banda de garaje y convertirse en un fenómeno mediático a medio camino entre el rock y el estrellato de las pantallas de televisión, con aquel aire naif que les daban sus uniformes del siglo XVIII, no cuadraba mucho con los tiempos que según Dylan estaban cambiando, pero cada uno va al paso que quiere.

Columbia decidió creer que había fichado a los Beatles de América (a todos los sellos grandes les entró la misma obsesión: eso pensó CBS de sus Byrds, o la mucho más fantasiosa RCA con los Monkees. Y bueno, lo de los Byrds tiene su lógica, pero los demás…). Y el caso es que, en vez de darles libertad, se echó casi dos años para "perfilar su imagen" y preparar un buen lanzamiento, con programas estrella de televisión y todo; pero intentando al mismo tiempo que no pareciesen un producto de marketing, lo cual implicaba un cierto aire de frescura: su primer LP con el sello aparece a mediados de 1965, se titula "Here they come!" y es un falso directo, buscando el ambiente que se suponía era la quintaesencia del garaje. Se nota ese lapso de dos años en las canciones: la cara A tiene un evidente aire garajero (de nuevo "Louie, Louie" y otras clásicas como "Money" o "You can't sit down", muy al estilo Wailers), mientras que la B es más melódica -influida por el tono beat de discos como "Rubber soul", que a mister Revere lo dejó encantado- e incluso contiene versiones como "Time is on my side", muy al estilo Stones. En resumen, una cara para el pasado y otra para el presente invadido por los británicos.

Y ahí comienza su trienio de oro: a principios de 1966 llega a las tiendas el segundo, "Just like us!"; y en ese mismo año otros dos, a cual más vendido, y otros tres en el 67 (aunque uno fuera recopilatorio), y las ventas seguían a buen ritmo. Pero a partir de 1968 comenzó el declive: sus canciones "de guateque" comenzaban a ser desplazadas por los sonidos que venían principalmente de California, y las críticas de la prensa "progresista" les hicieron mucho daño: bluff de laboratorio, canciones simples para consumo de adolescentes… metiéndolos en el mismo saco que a los Monkees o los Archies, que ni de lejos llegaban a su altura. Fue algo parecido a lo que ocurriría luego con los Creedence: los periodistas enrollados despreciaban cualquier cosa que no fuesen esos largos desarrollos de veinte minutos al estilo raga exaltando las virtudes del ácido, los viajes de la mente, la revolución de las flores. Y los Raiders, era evidente, no tenían nada que ver con eso.

Sin embargo, con mayor o menor fortuna y algunos intervalos en blanco, siguieron en el negocio hasta no hace mucho: otra banda para una noche de puretas nostálgicos. Pero han dejado unas cuantas canciones magníficas, verdaderos cañonazos que aún hoy suenan como el primer día, y aquí tienen dos buenos ejemplos de ese estilo que los hizo millonarios. Ojalá todas las bandas "comerciales" estuviesen a su altura.




miércoles, 20 de junio de 2012

U.S.A. 60's: la serie B (II)


En el mercado americano de la música popular, el año de gracia de 1959 marca el comienzo de una nueva época en la que los grupos musicales se irán imponiendo sobre las figuras solistas, al igual que ocurrirá a partir de 1962 en la Isla con el nacimiento de los Beatles. Sin embargo, ese cambio de poderes será mucho más lento en el Nuevo Continente. Hay dos razones para ello, y son complementarias: la enorme extensión del país impide que las novedades circulen a la misma velocidad que en Britannia (los seres pequeños siempre son más ágiles que los grandes). Y ese carácter de dinosaurio afecta también a las mentes: un esquema comercial de semejante envergadura, como ya hemos visto, suele retraerse ante las novedades extrañas que no comprende o no le interesa comprender. Así, la gran industria americana trata de enterrar la memoria del molesto rock'n'roll con la artimaña del highschool, pero eso solo funciona para el público medio, acomodaticio: los yeyés se refugian en la cosecha que ha dejado el quinquenio 1954-58 y en la naciente música surf en espera de tiempos mejores.

Y en algunas zonas del país esos tiempos ya están llegando; concretamente al estado de Washington, donde surge el grupo considerado como el primero en la historia del rock and roll: los Wailers (que durante sus primeros años se presentaban como "The Fabulous Wailers" y a los que aún hoy conviene seguir llamando así para evitar confusiones con los posteriores Wailers de Bob Marley). Y aunque la comparación parezca fuera de lugar, en su escala fueron tan importantes como los Byrds en la gran liga: además de ser los primeros duraron más de diez años -lo cual es un caso muy raro en aquel período-, tuvieron algunos éxitos de ámbito nacional, sirvieron de guía para grupos posteriores y dieron nacimiento a todo un estilo autóctono: el Pacific Norwest Sound. El ilustre Larry Coryell considera que "la originalidad del Noroeste procedía del hecho de estar tan alejados geográficamente del resto y de que el r'n'b era posiblemente la música principal que se oía allí" (en parte por la sombra que había dejado Ray Charles, cuya carrera estelar comenzó en Seattle). Así que aquello viene siendo algo así como el Liverpool de América.

Los Fabulosos Wailers son cinco estudiantes aficionados tanto a los géneros modernos como a las piezas orquestales al estilo de Henry Mancini que a principios de 1958 ya están actuando ante una pequeña parroquia en su ciudad, Tacoma, y que conseguirán grabar su primer single al año siguiente: "Tall cool one", un instrumental cuya entrada podría haber inspirado al mismísimo señor Mancini para componer luego "La pantera rosa", seguida por un desarrollo a medio camino entre rock'n'roll y r'n'b con el delicioso regusto clásico que le da el saxo a esas piezas. El single consigue unas ventas decentes a nivel nacional, lo que les permite la grabación del segundo: "Mau mau", que a mí me tiene un aire entre "La Bamba" y "Tequila". Es otro éxito mediano -en cualquier caso, más de lo que ellos mismos esperaban- y anima a Golden Crest, su casa discográfica, a atreverse con un LP, publicado a finales de 1959 con título homónimo. Pero ese sello se encuentra en Nueva York, lo que les obliga a un largo viaje desde Tacoma cada vez que hay que grabar; y aunque aquella ciudad les brinda más oportunidades, la mayoría del grupo no está muy segura de un éxito masivo que justifique su abandono de los estudios. En consecuencia, prefieren seguir en su esquina y alternar ambas ocupaciones desde allí. Pierden el contrato con Golden Crest, pero ya están planeando la creación de un sello propio: Etiquette Records, que nace en 1961 y que con el tiempo será una de las referencias discográficas de la zona. Mientras tanto Golden Crest reedita sus primeros singles, que vuelven a repetir el moderado éxito que habían tenido y mantiene viva la memoria del grupo, muy ocupado de momento con la creación de su sello y algunos cambios de personal.

Uno de los nuevos fichajes es Lawrence Roberts, un cantante conocido en el mundillo artístico como "Rockin' Robin". Y este muchacho, fanático del r'n'b, es un conocido merodeador de las tiendas de negros: ya ha vuelto más de una vez a la casa paterna en el coche de la policía, por su afición a visitar esos locales siendo menor de edad. Y en una de esas incursiones descubrió, en un saldo de segunda mano, una canción de 1957 que lo tiene transtornado: una cara B titulada "Louie, Louie" de un tal Richard Berry (y sus Faraones); que al decir de los morenos que se lo vendieron es un jefazo, aunque solo haya tenido relativo éxito en Los Angeles. Y nada más llegar a los Wailers, Roberts propone hacer una versión de esa pieza. Que será publicada en 1961 y que se convertirá en un patrón musical para cientos de bandas posteriores: si no le dio mucho éxito a ellos, casi justifica la carrera completa de los Kingsmen (que la grabarán en 1963, año del impacto casi mundial de "Louie, Louie", llevándose la fama y quedando como prototipo de la música garaje) y será versionada luego a uno y otro lado del océano. Pero el mérito es de los Wailers: una pieza a medio camino entre el duduá y los ritmos jamaicanos la convierten en r'n'b, y los que vienen detrás seguirán esa pauta.

Su nueva idea es otro hito: serán el primer grupo de rock en grabar un disco en directo que resuma su trayectoria hasta el presente, y lo harán en el legendario Castillo Español, entre Tacoma y Seattle. Pat O'Day, locutor musical de Seattle, lo define así: "era el Walhalla de las salas del Noroeste: si triunfabas allí, ya lo tenías todo hecho". Para los Wailers es como su segunda casa, y tienen un público fiel entre el que vemos por ejemplo a un adolescente Jimi Hendrix, adorador de la banda y que años después escribirá "Spanish Castle magic" en homenaje a ese lugar y a Rick Dangel, guitarrista de los Wailers y una de sus primeras influencias ("era un chico tímido", recuerda Dangel, "aunque sin duda trataba de halagarme. Se nos ofreció por si alguna vez necesitábamos otro guitarrista"). "Live at the Castle", publicado en 1962, se considera como la Biblia del sonido del Noroeste, material de estudio para todos los que vinieron luego: con un sonido magnífico, recrean la mayor parte de su repertorio hasta la fecha con una soltura admirable. Y cuentan con una adolescente cuyo vozarrón impresiona: Gail Harris, que colabora con el grupo desde poco antes (tenía trece años cuando comenzó con ellos y seguirá acompañándolos durante mucho tiempo). En las piezas en las que ella canta no tiene nada que envidiarle a figuras de la Motown o incluso del soul. Es apabullante, esta chica.

Entre 1963 y 1965 hay varios cambios de personal, algunas interrupciones por los estudios y un cambio radical de estilo, ya que con la llegada de la invasión británica los Wailers se pasan al beat: su magnífico disco "Wailers everywhere" del 65 mantiene todavía alguna instrumental de los viejos tiempos, pero en esencia se nota que los Beatles han dejado rastro. Y otro nuevo giro: también los amantes del "garaje protopunk" pueden sentirse satisfechos con la aparición de "Out of our tree", que se publica como single a finales de ese año y da título a su nuevo LP en el 66; ahí tenemos versiones como "I'm down", que deja en precario a la de los Beatles, por ejemplo. Y demuestran su increíble versatilidad atacando la "Melodía encadenada" de toda la vida junto a "Baby don't you do it" casi a la altura de los Small Faces. En resumen, que estos chicos pueden con todo.

Y a partir de 1967 llega la decadencia: aunque todavía publicarán otros tres o cuatro discos grandes con algún sencillo muy exitoso por medio, los Wailers siguen el camino de la mayoría de las bandas de garaje en retroceso: el pop rock al estilo chicle y algún intento medio psicodélico sin substancia que al final los llevarán a su desaparición entre 1969 y el 70. Por el medio ha habido infinitas reediciones de sus primeras canciones y la impronta de haber sido los guías para muchos otros: los Sonics, sus conciudadanos, pasaron a ser también sus protegidos, y su momento de gloria tuvo lugar en el sello Etiquette. 

En fin, ya que algunos de ustedes habrán tenido la paciencia de leer todo este tocho aquí les dejo la pieza que los Wailers convirtieron en inmortal: "Louie, Louie". Comparen ustedes la original (magnífica, en cualquier caso) con la versión blanca que luego sería fotocopiada por tantos otros (por razones contractuales este single fue publicado a nombre de "Rockin' Robin Roberts & The Wailers"). Que lo disfruten.





martes, 12 de junio de 2012

U.S.A. 60's: la serie B (I)



El otro día, cuando rematé las entradas correspondientes al año 69 en la Isla, me sentí ligeramente afectado por la nostalgia: despedirse de esa década siempre entristece un poco. Así que he decidido prolongar la estancia en ella otro ratito. Queda por delante una fabulosa cosecha de discos, puesto que los 70 también tienen lo suyo… pero imagínense a ustedes mismos en ese delicioso momento del remoloneo entre las sábanas, sintiendo la mirada inquisitorial del despertador que nos apremia a levantarnos y encarar el nuevo día. Por otra parte mi yo americano está un poco molesto conmigo, ya que he resumido la situación allá a partir del nacimiento de los Byrds despachando la época anterior con una simple entrada sobre la música surf, y tengo la sensación de que no he sido serio. ¿Qué otras cosas pasaron entre 1959 -la decadencia del rock'n'roll clásico- y la era de las grandes bandas, eh? Porque el surf está muy bien, pero no lo explica todo. Y de la invasión británica también he hablado, pero a la ebullición que tuvo lugar en los States gracias a ella no le he dedicado más que unas líneas. Así que tendré que arreglar eso.

Hay una verdadera nebulosa de bandas americanas que hicieron el tránsito del 59 al 67. Ya he dicho unas cuantas veces que el asunto de las etiquetas es muy vidrioso, y este es un ejemplo más: mucha gente, guiada por las casas discográficas y por consecuencia los comentaristas, resume la época como la del "garaje", cuando en realidad hay muchos grupos que no responden realmente a los parámetros que los aficionados asocian con este "género". Es decir, no todos practican un rock and roll de alto octanaje, sino que también los hay más cercanos al pop, más melódicos, e incluso algunos tienen un pequeño apoyo orquestal. Vuelvo entonces a la reflexión aquella que hice en el apartado sobre el freakbeat y les recuerdo que, en muchas partes de ese país, a las bandas pequeñas se les llamaba "punk": ya fuesen rockeras o más tranquilas, la mayoría no pasaron de uno o dos éxitos locales aunque su carrera durase, en algunos casos, varios años. La "garage music" o como quieran llamarla, es a efectos comerciales material de serie B. Pero solo a efectos comerciales: en lo musical, fue una bendición para el país.

Hay dos épocas perfectamente delimitadas a las que, en plan historiador de pajarita, podríamos nombrar como el Bajo Imperio (1959-1963) y el Alto (1964-1967). Hasta 1964 las bandas andaban a medio camino entre grupo y pequeña orquesta (había muchas con sección de viento); su medio de vida solían ser los bailes, y su repertorio abarcaba el rock'n'roll (generalmente en su versión rockabilly), la música surf y las baladas (con ramalazos country). Es decir, los géneros blancos: el rhythm'n'blues no estaba arraigado aún en la gran masa de oyentes pálidos, a quienes -si no eran muy racistas- Chuck Berry o Little Richard les parecían un simpático exotismo pero poco más (y aún existían las race lists, recuerden). Porque no todo el país tenía la amplitud de miras de un neoyorkino o un habitante de Chicago, de las zonas industriales: el joven aficionado blanco de la América profunda, rural, no podía poner los pies así como así en una "tienda de negros" para oír o comprar ese tipo de discos (y en la próxima entrada hablaré de un caso concreto). Como consecuencia el sonido y el estilo eran uniformes, poco creativos: se echaba en falta una ráfaga de aire fresco que renovase esas estructuras, o que las cambiase por completo.

Por otra parte, dentro de las "estructuras" hemos de considerar también a la propia industria: los grandes sellos -y en consecuencia los críticos- vivían de los crooners y las orquestas, mientras que el rock'n'roll seguía distribuyéndose malamente por marcas cuyo radio de acción no solía traspasar los límites de un estado (y esa fue la razón de los escasos éxitos nacionales de las primitivas bandas de garaje). Al parecer no interesaba que dichas estructuras cambiasen: EMI se vio obligada a publicar los dos primeros singles de Beatles en Vee-Jay y Swan porque Capitol no quiso hacerlo ¡siendo su firma subsidiaria en los States! bajo el argumento de que "esos Beatles no tienen nada que hacer aquí". Había miedo, esa es la verdadera razón: las casas de discos, la prensa, todo el establishment que vivía de este negocio era consciente de hallarse en peligro.

Pero a veces el público va por delante de los medios; aun cuando los medios, como en este caso, estén claramente en contra: a mediados de 1963 algunas emisoras perdidas por el mapa comenzaban a radiar esos dos primeros singles de los Beatles, y algunos otros que los escasos viajeros inquietos traían de la Isla en su maleta. En Diciembre la convulsión isleña llegó a oídos del avezado Walter Cronkite, que hizo una reseña en su programa nacional de la CBS sobre ese fenómeno que comenzaba a expandirse por la vieja Europa. Y una adolescente de catorce años llamada Marsha Albert, de Maryland, vio ese programa, cayó arrobada y escribió una notita dirigida a Carrol James, el DJ de la emisora local WWDC. Una nota que iba a pasar a la Historia y que vuelvo a transcribir con la misma emoción que cuando lo hice en las entradas sobre la British Invasion: "¿Por qué no podemos tener música como esa aquí?" (una pequeña adolescente, una niña, la más exacta representación del futuro). Y lo que viene luego ya es de cuento de hadas: el bueno de Carrol consiguió agenciarse por medio de una azafata de vuelo británica una copia de "I want to hold your hand" e invitó a Marsha a hacer los honores, a que ella misma presentase la canción por primera vez en la emisora. Y la noticia de este hecho comenzó a rodar justo cuando EMI le estaba apretando las tuercas a Capitol, que se vio obligada a publicar precisamente esa pieza como primer lanzamiento de los Beatles en ese sello, y poco después cinco singles de estos muchachos pueblan el top 10 nacional, y… el 7 de Febrero de 1964 aterriza en el aeropuerto John Kennedy de Nueva York el vuelo de Pan Am 101 procedente de Heathrow, Londres, Reino Unido, que trae a los Beatles. Se acabó el aburrimiento: comienza la Invasión Británica, pequeña Marsha. Estarás contenta, ¿eh?

Y claro, la consecuencia directa de dicha invasión es el final del Bajo Imperio Garajero Americano. Pero esa ya es otra historia: de momento habrá que buscar entre los restos de aquella edad primitiva algún signo de vida destacable, por muy rupestre que sea. Seguiremos informando.


miércoles, 6 de junio de 2012

100 velas




Sí, esta es la entrada número cien, parece mentira. Cuando abrí el local no pensaba llegar a semejante número ni de coña, en el supuesto de que pensase algo. Y ha habido épocas en las que lo tuve casi abandonado, en parte por pereza. Pero dicen los médicos que es muy bueno ejercitar la memoria (por lo de la senectud, ya saben), y al final decidí que me sentaba bien hacer esto: me obliga a rastrear entre las telarañas de la mente y a repasar datos que ya no recordaba. Hay veces en que me sorprendo a mí mismo poniendo un disco de esos que tienes archivados desde hace siglos, que estaba criando polvo y sobre el que tocaba decir algo. Y resulta muy reconfortante oír de nuevo algunas canciones que en otros tiempos llegué a tararear y que ahora me suenan casi como nuevas; frescas, recuperadas. De un modo u otro, para mí esto es una especie de viaje a la juventud, a la adolescencia e incluso a la infancia. Y gratis.

Así que tal vez me esté ahorrando una pasta en medicamentos, no sé. El caso es que disfruto, y de eso se trata. Ya me imagino que ustedes no tanto, porque no todos los músicos que van entrando en este garito serán de su agrado y faltarán otros que no son del mío, pero en fin: les agradezco su paciencia, especialmente a los que se dignan en dejar un comentario. En su honor he renovado las canciones de la columna izquierda y repintado un poco las paredes. Ahora me dispongo a tomarme una copita mientras hago tiempo para que llegue la clientela, enciendo la radio y… ¡oh, sorpresa! Justo ahora comienza el programa de Alexis Korner, pluriempleado ilustre que se gana un sobresueldo en la BBC y que hoy nos trae a unos muchachos muy apreciados aquí. Por cierto, nos ofrecen una estupenda pieza que al parecer nunca será grabada en estudio. Cachis…

Por último les informo de que, ya puestos, trataré de sobrevivir y llegar a las doscientas. Y ustedes que lo vean, si quieren. Por cierto, aquí abajo les pongo una muestra de uno de los escasísimos grupos de los que me tocará hablar si llegamos al siglo XXI (tan escasos que para entonces ya no habrá que hablar de años sino de décadas, y aun así me van a quedar unas entradas raquíticas).

Lo dicho: que muchas gracias por su paciencia.