martes, 28 de mayo de 2013

España: la travesía del desierto (XI)


El día en que nos visitaron los Sonor hablábamos del escaso recuerdo que queda de ellos en contraste con la popularidad que alcanzaron en su época. Los personajes del pasado, fuese cual fuese su empleo, están sometidos a un continuo proceso histórico de revisión -más o menos interesada, con frecuencia en función de las modas imperantes- y el resultado es desigual: a veces la perspectiva que da el paso del tiempo les hace justicia pero otras los desvirtúa, los eleva o los hunde caprichosamente. Y la música popular es un ejemplo inmejorable, ya que hay grandísimos grupos casi olvidados mientras otros que por entonces no pasaron de secundarios ahora parecen imprescindibles. El que nos visita hoy es una clara víctima de esa lotería histórica: Los Relámpagos, que en su día fueron un nombre de primera línea -los primeros también en publicar discos en media Europa y América- y a los que actualmente se les ve como una especie de parientes pobres de los Pekenikes. Si consideramos la carrera de unos y otros en su totalidad parece fácil decidirse, pero en el primer quinquenio de los años 60 la situación fue justo la contraria: los Relámpagos iban muy por delante no solo de sus futuros “hermanos mayores”, sino de todos los demás. Y fueron precisamente ellos, entre los conjuntos más populares, los que desde el principio basaron la práctica totalidad de su repertorio en las piezas instrumentales para no salirse de ese guión en toda su existencia. 

Johnny & The Hurricanes, el primer nombre de mi santoral, figura también en el de cinco muchachos que deciden crear un conjunto que será, al menos en sus primeros tiempos, la versión española de los de Ohio enriquecida con aromas Shadows, otro nombre bendito para el que esto escribe (espero por tanto que sepan ustedes comprender mi debilidad por ellos, pero prometo ser todo lo imparcial que pueda). La historia comienza en 1961 a raíz de la desaparición de los Tigres, un grupillo del que ya hemos hablado antes aquí: tras la marcha de Tony Luz para integrarse en los Pekenikes, se produce un verdadero desfile de músicos (entre los que, vaya, también vemos al bueno de Aute; que por cierto, pasará aunque muy brevemente por los Pekenikes. Pero… ¿tú no te ibas a estudiar? Ya, pero es que “en los conjuntos se liga mucho”. Ah, bueno). Ese desfile inquieta a su organista Pablo Herrero, que acaba de conocer al guitarra solista de los Morgans, un tal Jose Luis Armenteros; ambos, sin mucha confianza en el futuro de sus grupos respectivos, deciden presentarse a un concurso musical en Radio Madrid. Y da la casualidad de que allí se encuentran con otros tres concursantes que en algún momento han pasado por los tristes Tigres: el batería Ricardo López y los hermanos Campíns, Ignacio (rítmica) y Juan José (bajo). Un relámpago de lucidez los ilumina. 

Al salir de la radio, la decisión está tomada: de cantante, nada. Y si nuestros ídolos son Johnny y Los Huracanes, nosotros seremos Dick y Los Relámpagos. Vale, pero... ¿quién es Dick? Ese Dick durará poco: ya en 1962, tras unas cuantas actuaciones en colegios (donde consiguen impresionar a los Sonor y Pekenikes, entre otros), su destreza técnica hace que Philips los contrate como grupo acompañante de Mike Rios, que se estaba quejando de la orquesta con la que había tenido que grabar sus primeras canciones para el sello. “Dick” ya se ha ido, y antes de que ese año concluya aparece en las tiendas el primer EP a nombre exclusivo de los Relámpagos con cuatro versiones entre las que destaca la primera, “Los vikingos”. Una versión que puede considerarse casi original, ya que se basa en la banda sonora que Mario Nascimbene hizo para la película del mismo nombre dirigida por Richard Fleischer y que fue un cañonazo en los cines de medio mundo (incluida España). Pueden echarle un vistazo en Youtube y comprobarán que solo se percibe la línea que sigue inicialmente la guitarra, pero poco más. Bien, pues esa “versión” tuvo tal éxito que fue publicada en varios paises europeos y llevará a los Relámpagos a aparecer en las enciclopedias sajonas de grupos instrumentales (y no solo por esta pieza, claro). Ningún grupo español de la época llegó a tanto. Y aunque es evidente la herencia de Johnny & The Hurricanes, no tienen nada que envidiarles.



Con el aval de ese primer EP se consagran en las matinales del Price, donde demuestran tener repertorio suficiente para cubrir el año 63 con la publicación de otros cuatro. Y lo que aún es más notable, la mayor parte de las piezas son propias -en su mayoría compuestas por Herrero y Armenteros. Su mezcla de sonido Hurricanes con Shadows, Ventures y en general la escuela surf americana enloquece a la afición, consciente de que Los Relámpagos están a la altura de cualquiera de esos grupos y que superan a cualquier otro conjunto nacional. Sin embargo Philips, en una decisión errónea, les “recomienda” que el cuarto disco se componga exclusivamente de versiones de éxitos del momento: es una de sus grabaciones más flojas, y marca el inicio de una creciente tirantez entre el conjunto y su sello. Pero de momento disfrutemos de una buena muestra de la cosecha de ese año: se trata de “Relámpagos”, una pieza propia por supuesto, que abre su tercer EP y que solía ser la elegida para abrir también sus conciertos. Los gritos de alegría del personal comenzaban en las primeras notas del órgano para desbordarse con el redoble que inaugura una marcha frenética -con escalas de inequívoco sabor español- tanto entonces como ahora: yo los vi en 1995 en las fiestas de Navalcarnero, y doy fe de ello. Los escasos chavalitos rockeros que había entre el público estaban callados (yo diría que sorprendidos), y más de un pureta echaba el moco… 



1964 es un año contradictorio: Los Relámpagos son el primer grupo español, aunque solo su tremenda popularidad les consuela de esa tirantez con Philips; una tirantez que crea un notable desánimo a la hora de componer, ya que solo hay un EP ese año, bastante regular. Pero justo por entonces Luis Sartorius acaba de abandonar a los Estudiantes para crear el sello Novola y les ofrece un contrato con la misma libertad de la que gozarán los Brincos, el nuevo grupo que Fernando Árbex está organizando en ese momento: nuestros amigos no lo dudan. Y aunque en 1965 Luis ya no estará su oferta sobrevive, así que tras un último EP que debían a Philips dan el salto. En ese disco está incluida otra de esas versiones que cualquiera tomaría por original, ya que es casi imposible encontrar similitudes: “Minnesota Fats”, que forma parte de la banda sonora de “El buscavidas”, aquella película de billares en la que se lució tanto Jackie Gleason (El gordo de Minnesota) como mi admirado Paul Newman. Para mí es una pieza de las más brillantes de esta época, con un encantador tono rhythm’n’blues; un tono, por cierto, que ninguna banda española había intentado aún. 



Y aquí termina la primera época de los Relámpagos, ya que a partir de su entrada en Novola su estilo irá evolucionando para dedicarse casi exclusivamente a una interpretación muy personal (y no siempre comprendida) del repertorio popular español; una opción que tanto ellos como los demás grupos de la época habían intentado ya y que, salvo los Pekenikes en algunas ocasiones, nadie más va a seguir. Pero esa es otra historia y etcétera etcétera… 



martes, 21 de mayo de 2013

España: la travesía del desierto (X)


Ya va quedando claro que el reducido número de aficionados que compone la primera oleada moderna madrileña, procedente en su gran mayoría de dos o tres colegios -más algún cabo suelto de provincias e incluso del extranjero-, implica que la creatividad y los patrones musicales son muy limitados: aún están aprendiendo, y pronto veremos que la situación en Barcelona o Valencia no es mejor. Estamos ante una endogamia involuntaria que agotará en poco tiempo la inventiva de esos grupos para dar paso a una segunda generación más hecha, más variada gracias al crecimiento del censo y a una mayor formación. Es la ley natural, y eso mismo pudo haber pasado con los Pekenikes, el conjunto que hoy nos visita: sus primeros tiempos no fueron muy diferentes a los del resto de sus compañeros de fatigas. Sin embargo, después de un considerable trasiego de vocalistas, tomaron una decisión que marcó su futuro y los asentó como uno de los nombres más importantes en la historia musical de nuestro país. Esa decisión fue, en mitad de la década, basar su repertorio en las piezas instrumentales; justo cuando, no lo olvidemos, ese estilo estaba viviendo sus últimos momentos de gloria ante la invasión británica y sus canciones con estribillos pegadizos. Por tanto se trata de una decisión arriesgada, y no es de extrañar que los propios Pekenikes se sorprendiesen de su éxito (Tony Luz, primer guitarrista rítmico del grupo, confiesa que “quisimos ser un grupo con cantante, pero triunfamos cuando no lo tuvimos”), aunque demuestra una valentía y una confianza en sí mismos muy notable. 

El colegio Ramiro de Maeztu es en aquella época un vivero de jugadores de baloncesto pero también de músicos: ahí están, por ejemplo, el futuro teclista de los Sonor José González o el bajista de los Teleko José Ramón Pardo, luego afamado comentarista musical. Y también la mayor parte de los primeros Pekenikes: los hermanos Sáinz (Alfonso y Lucas), Ignacio Martín, Pepe Nieto y el filipino Edilberto Guzmán. La historia comienza a finales de 1959, y no se comen mucho la cabeza para buscar un nombre: por su edad, entre los 16 y 18 años, algunos compañeros de colegio los apodan “Los Pequeñiques” (o sea, unos pequeños alfeñiques), y Pepe convence a los demás de que basta con pulir un poco ese apodo. Alfonso será el principal compositor, además de saxo (y fanático manitas con los equipos de sonido, envidia de los demás grupos); su hermano Lucas es el guitarra solista, al bajo está Ignacio y Pepe en la batería, arropando a Edilberto -Eddy- como cantante. Tras unos cuantos ensayos en el trastero de la familia Sáinz concluyen que les vendría bien otra guitarra y fichan a Tony Luz, que procede de los Tigres; se pasan todo el año 1960 actuando en salas de fiestas y emisoras de radio, y por fin el sello Hispavox se fija en ellos. Pero justo cuando se disponen a grabar su primer EP -a mediados del 61- Pepe Nieto “va a por tabaco” y no vuelve hasta el 62: su puesto será cubierto por Eddy, que ha de compaginar la batería con el canto. Ese debut, aparentemente, no es mejor ni peor que el de otros grupos del momento, ya que está formado por versiones muy normalitas de “Apache”, “Ramona”, “Jinetes en el cielo”, y la otra… la otra, que precisamente es la que abre el disco, me dejó flipado la primera vez que la oí, a principios de los años 80 en un pub de Malasaña: el chotis “Madrid”, nada menos. Lo primero que pensé es que se trataba de algún grupillo loco tan de la época, pero no: para mi sorpresa, el barman me puso delante la funda de un LP recopilatorio donde decía claramente que aquellos eran los Pekenikes. Desde entonces, adoro esta versión. 



En 1962 tenemos nuevos cambios de personal: vuelve Pepe Nieto, pero se marcha Eddy para formar los 4 Jets. El nuevo cantante será Antonio Morales, también nacido en Filipinas de padre español homónimo y madre nativa; en la familia lo llaman “Junior” para evitar confusiones con su progenitor, y ese será el apodo por el que lo conozcamos a partir de ahora. Se ha hecho conocido en Madrid gracias a las buenas artes de una jovencita paisana suya, una tal Isabel Preysler, y no canta mal del todo. Se publican dos Eps que abarcan un buen ramillete de géneros, desde el twist hasta el pop pasando por piezas folklóricas y rockeras; pero más importante que eso es su consagración en las matinales del Price: Pepe Nieto, influido por su hermano Miguel Ángel (futuro periodista radiofónico), se presenta junto a él ante Arturo Castilla, el empresario que dirigía el Price por entonces, y lo convencen para darle uso al recinto las mañanas de los domingos. La cosa, al parecer, fue muy divertida: el propio Nieto recuerda que “a veces, en los ensayos, teníamos que parar porque pasaba la familia de los elefantes por el medio”. La primera matinal, en Noviembre del 62, viene siendo la puesta de largo para una sana rivalidad que ya se había establecido en pequeños conciertos mano a mano entre Los Estudiantes y los Pekenikes, y que ahora se ampliará a otros cuantos grupos que se hacen “mayores” en el circo. Pero volvamos a los discos: de esos dos Eps yo destacaría “Viento inca”, que cierra el segundo; es su primera composición propia, instrumental, y en ella descubrimos la línea melódica que años después será recreada en el “Tren transoceánico a Bucaramanga”, una de sus piezas más populares.



El año siguiente es de transición, por decirlo así. Hay dos nuevos Eps de versiones y dos cambios en la plantilla: Junior cree tener talla suficiente para emprender una carrera en solitario y abandona el grupo tras la grabación del primero. Su puesto es cubierto por Juan Pardo, que viene de fracasar en ese mismo empeño (un solo disco, acompañado por los Relámpagos) tras haber comenzado su carrera en los Vándalos y hacerse relativamente conocido en los Teleko, grupo pionero sin discografía donde militó junto a sus primos José Ramón -el comentarista- y Fernando, que decidió seguir su carrera: teleco. Junto a Junior se marcha Pepe Nieto, el único que tenía clara desde el principio su vocación (mientras que los demás seguían compaginándola con los estudios): tras unos escarceos en pequeñas bandas de jazz pasará a ser músico de estudio para dedicarse luego a los arreglos musicales de algunos grupos y posteriormente, desde 1970, a componer bandas sonoras para el cine, con gran éxito además; en su lugar entra Pablo Argote, que precisamente viene del mísmo círculo jazzero al que se incorpora Nieto. En cuanto a Juan, grabará tres Eps con los Pekenikes; y aunque su tono melodramático no les hace ningún favor, hay que reconocerle la autoría (compartida con Tony Luz) de la primera canción cantada del grupo: se trata de “Eso fue tu amor”, que cierra el primer disco del 64 -segundo con ellos. Es una canción magnífica, y de las que engañan: al principio parece que estamos ante una de esas baladas lacrimógenas tan clásicas en él, pero de pronto toma un giro inesperado. 



Tras un tercer Ep bastante exitoso por la versión instrumental de “Los cuatro muleros” Juan se marcha sin pena ni gloria, una gloria que le espera en los Brincos. Y la entrada de Pepe Barranco -que ha desechado la oportunidad de esa gloria- no presagia nada bueno: llega a tiempo para la grabación del tercer y último disco del 64, un disco que da la impresión, como en el caso de los demás grupos que hemos visto hasta ahora, de que los Pekenikes se están quedando sin fuelle. Y por fin llega el decisivo año 1965: tras dos nuevos Eps, Barranco y Argote se marchan para participar en el fallido experimento de Los Flecos. En un curioso cierre de círculo y de época, Eddy Guzmán, que vuelve a casa tras los también fallidos 4 Jets, ocupa de nuevo el puesto de cantante y batería como había hecho en la primera grabación de la carrera pekenike; pero inmediatamente después de grabar el último Ep del grupo, marcha a Filipinas por la muerte de su padre y allí se queda. 

Esa nueva pérdida, aunque involuntaria, hace ya muy evidente que los Pekenikes ahuyentan a sus vocalistas: a estas alturas los nuevos grupos que están surgiendo, influenciados por el beat británico, basan su repertorio en las piezas cantadas, lo que les da más protagonismo (si Eddy volvió fue por un fracaso). Por otra parte en Julio han sido teloneros de los Beatles en Madrid, y comprueban de primera mano la diferencia entre el potencial del nuevo estilo y los pobres esfuerzos de los Sáinz y compañía en ese campo. Un campo en el que los aficionados nacionales ya tienen claro que no hay nadie a la altura de los Brincos, de los que con frecuencia toman ideas: el estilo en algunas canciones recientes de los Pekenikes suena sospechosamente a la banda de Árbex, sin llegar a su altura (la dulce “venganza” de Fernando: los Pekenikes superaron a los Estudiantes, pero con sus Brincos no pueden). Nadie discute su nivel técnico -como músicos, tal vez sean los mejores de toda España- pero la sensación general es que están desfasados, ya que si para esas piezas no tienen talla los grupos instrumentales están pasando de moda. Y es entonces cuando toman la gran decisión: a partir de ahora seguirán por el camino que nadie sigue, y que pase lo que tenga que pasar. Pero esa es otra historia y será contada otro día, ya que las entradas de este culebrón se ciñen precisamente a lo que había aquí antes de que llegasen los Beatles.



martes, 14 de mayo de 2013

España: la travesía del desierto (IX)


En el apartado de conjuntos pioneros (entendiendo como tales a los nacidos entre finales de los años 50 y principios de los 60), vemos a veces nombres casi olvidados hoy en día. Suele deberse a que su carrera y por tanto su discografía fueron cortas, o poco brillantes; pero algunos de ellos tienen el honor de haber sido la escuela para el aprendizaje y posterior desarrollo de algunos personajes que luego pasaron a la historia con letras grandes. Este fue el caso de Los Estudiantes, y lo es también del conjunto se presenta hoy en este tugurio: los Sonor. Y la única explicación para su olvido será que no fueron los primeros, porque en lo demás no tienen nada que envidiarles: la nómina de músicos relevantes que pasó por este grupo es tan notoria como su popularidad en la época; y si los Estudiantes publicaron el primer EP español de “música moderna” estos son los titulares del primer disco grande, que impresiona más. 

Su historia es en esencia el empeño personal de Carlos Guitart Von Rein, un malagueño de intimidante apellido materno que había comenzado a tocar el bajo en 1958 al frente de un pequeño grupo llamado los Caliopes, disuelto por culpa de la mili. Pero en 1960, libre ya de obligaciones con la patria, se asocia con su amigo el teclista Jose Luis González y crean los Sonor, cuyo primer fichaje permanente será el cantante Manuel Escobar (que por supuesto no tiene nada que ver con el gran Manolo) mientras que a la guitarra habrá cambios contínuos que ya iremos viendo. Y no, de momento no tienen batería: se arreglan con la ayuda ocasional de algún amigo, ya que la mayor parte de su repertorio está basado en los juegos vocales del duduá o las baladas country. Tras unas cuantas actuaciones comienza el baile de guitarristas y entra un tal Luis Eduardo Aute, a quien pronto le asaltan las dudas sobre si seguir en este negocio, dedicarse a la pintura o qué; y mientras se lo piensa, abandona el grupo para completar sus estudios. Pero curiosamente es en ese pequeño espacio de tiempo que ha pasado con ellos cuando se fragua el primer contrato discográfico de los Sonor, gracias a los sutiles manejos de la revista “Discóbolo”, que les pone en contacto con la RCA y donde grabarán siete Eps, entre 1961 y 1963. 

En esa primera época les perjudica la predilección por los juegos vocales. Al principio de este culebrón ya dije que las casas discográficas no solían fiarse de la capacidad instrumental ni creativa de los conjuntos españoles, y este es un buen ejemplo: aprovechando la preponderancia de las voces sobre los instrumentos, RCA se obstina en potenciar exclusivamente ese juego. Y tras un primer EP con versiones flojitas de duduá, el sello los mete en el festival de Benidorm (donde obtuvieron el premio a la mejor interpretación) para publicar un segundo disco con cuatro baladas bastante ñoñas que pertenecían a dicho festival. Pero en 1962 entra un nuevo guitarrista que, al igual que hizo Árbex con los Estudiantes, pone el grupo patas arriba: se trata de Manolo Díaz, otro personaje imprescindible en la historia musical española, que enfocará a los Sonor hacia un sonido más moderno y compacto. Y para ello necesitan un batería fijo, que será Jorge Matey -cuyo nombre también vamos a oir más veces aquí. Poco a poco van cambiando su estilo aunque, como ocurrirá durante toda su carrera, dan siempre la sensación de ir un poco a remolque: el twist y las baladas constituyen el grueso de sus grabaciones, mientras que otros grupos nacientes los están adelantando con las piezas instrumentales; que, recuerden, son la moda imperante gracias a la influencia americana e isleña. 

Quizá una de las razones por las que los Sonor no llegaron a desarrollarse completamente fue la temprana marcha de Manolo Díaz: no llevaba un año en el grupo cuando los abandona para cumplir un contrato que su padre le ha conseguido ¡en Liberia! Pero no sufran, pronto volveremos a hablar de él. Su baja es cubierta por Tony Martínez, a tiempo para grabar el último disco con RCA (otra imposición: las piezas proceden de la película “Las hijas de Elena”, dirigida por Mariano Ozores). Esto ocurre a principios de 1963: en las matinales del Price el grupo ya ha demostrado estar muy por encima de lo que sus discos reflejan, y es precisamente a raíz de esas actuaciones cuando Philips se interesa por ellos; que, hartos de la RCA, firman sin dudarlo. Su nuevo sello, ilusionado ante la creciente demanda que la música moderna está teniendo incluso en nuestro país, los sorprende con la inesperada oferta de grabar un LP, algo a lo que ningún grupo hispano ha llegado hasta ese momento; algo todavía más inusual si pensamos que se trata de su primera grabación en esa casa. De ese modo Philips mata dos pájaros de un tiro, ya que las canciones contenidas en el disco grande serán publicadas también en tres Eps sucesivos -con lo cual tiene repertorio asegurado para todo el año- y por otra parte anima a los fans a que se vayan acostumbrando a este formato; pero aun así es innegable la gran confianza del sello, arriesgándose a esta novedosa jugada. El disco es un perfecto resumen de la música que está triunfando en España: piezas instrumentales en su mayoría y algunas canciones de espíritu español; es decir, el tono imperante en una colectividad de grupos donde todavía no hay un carácter propio pero que ya han dejado atrás el rock and roll y parecen estar a la espera de una nueva luz.

1964 es un año un poco raro para los Sonor, que pierden a dos de sus miembros originales: Manuel Escobar, que bajo el nombre de guerra de “Emmanuel” seguirá una oscura carrera en solitario (empeorada luego con la creación de aquella casposidad llamada “La Compañía”), y José Luis González -futuro componente de Los Pasos-, sustituido por Manolo Fernández (que había estado brevemente en Los Estudiantes, por cierto). Y sin embargo, gracias al tirón del año anterior, están muy solicitados: al igual que otros grupos de la época, acompañan a solistas en sus grabaciones -Miguel Ríos, por ejemplo- y participan en una nueva película (“Abajo espera la muerte”, de Juan de Orduña). También graban tres Eps con bastante éxito, aunque sean un batiburrillo de estilos inconexos: dejando aparte las nuevas piezas instrumentales, las de la película son dos versiones flojitas de los Beatles y otra de Jerry Lee Lewis. Da la impresión de que los Sonor, como la gran mayoría de los grupos de la primera ola, se han quedado sin recursos. 

Y en 1965, tras otros dos Eps ni mejores ni peores, se produce la desbandada: Carlos Guitart se enrola en Los Flecos (la supuesta alternativa a los Brincos que se desinfló rápidamente) para convertirse a continuación en directivo de Sonoplay -luego Movieplay-, una de las disqueras más vanguardistas del país. Jorge Matey, de momento, se va a los Pekenikes. Y en cuanto a Tony Martínez y Manolo Fernández, los dos que quedaban… bueno… esos dos fulanos, junto con otros tres de los que ya hablaremos, formarán parte del primer gran supergrupo español que hará bailar incluso a los isleños, un grupo prefabricado en cuya sala de máquinas estará Manolo Díaz junto a Alain Milhaud (el mayor brujo musical de la época), el único grupo español con barra libre en Radio Caroline (aunque pagase Columbia), el grupo que me hizo caer definitivamente en las garras de esta temible adicción que me posee desde entonces: si Johnny & The Hurricanes ya me habían inoculado el veneno, Los Bravos abdujeron mi alma infantil indefensa para entregársela, atada de pies y manos, al pop. Malditos sean. 

Pero aún falta para eso. Aquí tienen tres muestras de la discografía de los Sonor. Las dos primeras son instrumentales, su verdadero punto fuerte -y el de la mayoría de los conjuntos de la época-, en las que se puede comprobar el gran nivel de Tony Martínez a la guitarra: la mejor versión, para mí, que se ha hecho de la clásica “Malagueña”, y la “Moon river” de toda la vida, que ellos convierten en la muy original “El río de la luna”. Y luego una versión de los Beatles en falso directo, y todo. Pero aunque los Sonor son de los primeros grupos que atacan a los de Liverpool, pronto quedará claro que los grupos españoles no van a destacar mucho en ese campo, como tampoco lo hicieron con el rock and roll. Los músicos inteligentes seguro que ya han comprendido que los ritmos sajones no se les dan bien, y están pensando en las dos opciones más realistas: o crear un pop autóctono, sin complejos (como hicieron los Brincos), o desarrollar el estilo instrumental y llevarlo a lo más alto. Y ahí estarán los Pekenikes, nuestros próximos protagonistas.






miércoles, 8 de mayo de 2013

España: la travesia del desierto (VIII)


Los dúos, que hoy en día son una agrupación musical poco frecuente, eran una buena opción en la década de los 60. Y entre ellos hay uno cuya popularidad, sobre todo en el primer quinquenio, fue superior a cualquier conjunto o solista nacional. Se trata del Dúo Dinámico, y la razón de su éxito es que, a diferencia de los Estudiantes o cualquier otro nombre del momento -más, digamos, “elitistas”-, ellos consiguieron aunar a muchos estratos y edades distintas entre su público gracias a un repertorio muy amplio que incluía desde piezas -generalmente baladas- de inequívoco sabor español hasta el pop y un cierto tono country a veces. Por otra parte ese repertorio era propio en su gran mayoría, gracias a una fecundidad creativa inigualable que los mantuvo continuamente en las listas con un disco tras otro durante casi diez años. Por tanto, estamos ante los primeros artistas masivos de la nueva música en España. 

Manuel de La Calva y Ramón Arcusa son además una excepción en su origen social, ya que no proceden de grandes familias: son hijos de emigrantes vascos y aragoneses que se fueron a buscar la vida en Barcelona. Se conocen en una fábrica de motores, donde trabajan al mismo tiempo que estudian; pero no formarán el dúo hasta que acaben sus carreras, a finales de 1958. Es entonces cuando queda claro que no han perdido ni un solo minuto de su tiempo, ya que además de los estudios y el trabajo demuestran que conocen, además de la música española, prácticamente todo el repertorio popular americano, desde Nat King Cole hasta los Everly Brothers (con quienes se les comparó durante mucho tiempo) pasando por Elvis o Paul Anka: es decir, todos los géneros que han triunfado en la década de los años 50 y primeros 60. Y hay que sumar a eso su perfecto empaste vocal, que comienza a ser reconocido desde el principio de su carrera; ese reconocimiento les lleva, en poco más de medio año, a visitar todas las emisoras de radio de la zona, actuar en algunos locales y entrar a toda prisa en los estudios de EMI-Odeón, que los asigna a La Voz De Su Amo (por entonces parte del conglomerado EMI). Comienza ahí un impresionante catálogo de grabaciones que llega hasta principios de los 70 -cuando se produce su primera separación- y que, sumando vueltas a escena, recopilaciones, homenajes y regrabaciones, tal vez no se haya completado aún. 

Ese interés por abarcar todos los mercados posibles queda claro desde las primeras grabaciones del dúo: casi siempre vemos un perfecto equilibrio entre rock and roll suavizado, country o alguna balada higschool junto a canciones del más acendrado estilo español, tanto ajenas como propias. Por otra parte, la inmensa capacidad creativa de la que hablaba antes (hay contabilizadas más de ochocientas canciones de su autoría) sirve para todo: muchas de ellas serán éxitos en la voz de otros artistas, de los que además suelen ser también productores. Es cierto que, por su vocación “crossover”, fueron considerados casi desde el principio como algo ajeno a los gustos de los jóvenes más yeyés y exigentes, quienes veían en ellos a una especie de montaje populachero para el consumo masivo, especialmente femenino (ya saben, todos los que se dedican a trabajar en muchos campos al mismo tiempo son objeto de sospecha por parte de la “intelligentsia artística”). Pero, de un modo u otro, grupos respetados como Brincos, Pekenikes, Relámpagos etc, hacían algo parecido porque el mercado era muy pequeño. Y también es verdad que EMI se gastaba un pastón en promociones, supuestas “entrevistas periodísticas” -era rara la revista que no les dedicaba un artículo con asiduidad- y mucha presencia en las emisoras de radio. Pero cuando vemos la increible cantidad de discos que vendieron, tanto en España como en muchos países de Hispanoamérica, hay que llegar a la conclusión de que no eran un simple bluff: sencillamente, gracias a esa variedad de oferta consiguieron conectar con el público más insospechado. 

Su popularidad masiva, tras una larga sucesión de números uno, cuatro películas y varios triunfos en festivales, comenzó a decaer a mediados de la década; aunque sus ventas todavía fueron notables casi hasta el final de su carrera, gracias sobre todo a ese denostado público femenino. De todos modos en 1970 hicieron un intento a la desesperada por actualizarse: en Londres y con todos los lujos posibles -incluyendo apoyo técnico de parte del staff de EMI que había trabajado con los Beatles- grabaron un LP en el que pretendieron recrearse como cantautores de tono pop, pero pasó sin pena ni gloria. Más tarde reconocieron su error: salirse de su estilo para competir en terreno de otros no suele ser buena idea. Y finalmente abandonan en 1972, cuando ya llevaban varios años escribiendo canciones por encargo y produciendo a varios artistas. De sus piezas por encargo hay material para Nino Bravo, Camilo Sesto y otros cuantos; pero la que más recuerda este país es sin duda “La, la la”, que interpretada por Massiel -tras la espantada de Serrat- fue la primera victoria española en el festival de Eurovisión, en 1968, por delante del mismísimo Cliff Richard y su adorable “Congratulations” (que encabezaba la votación hasta que Alemania, penúltimo pais en votar, dio el máximo de puntos -seis por entonces- a España y solo dos a Cliff, en un acto que muchos vieron como un nuevo ataque germano a la Isla. Yugoslavia, la última, no dio un solo punto a ninguno de los dos, y pronto se corrió la voz de que las autoridades franquistas habían presionado a TVE para que comprase las votaciones. Ay, cómo nos entretenían aquellas batallitas eurovisivas…). En cuanto a su labor como productores, la lista abarca personajes tan dispares como Julio Iglesias, Los Chunguitos o Rosa León, por citar solo tres. 

Y si otros siguen todavía en el circuito de la nostalgia, el Dúo Dinámico no iba a ser menos: aún hoy andan por ahí, amenizando los recuerdos sentimentales de mucha gente que creció con ellos. Por mi parte les dejo aquí tres piezas elegidas casi al azar -ya que cualquier otro sistema es imposible ante tanta variedad- y les ruego un poco de indulgencia. Porque vuelvo a lo de antes: las primeras grabaciones de conjuntos más respetados no eran muy distintas, ni mejores ni peores que estas. Se trata de un twist, un hully gully y una pieza “racial” al estilo Brincos (la comparación con “Flamenco” es casi obligada ante este “El olé”). Y ahora que todos los géneros son ya clásicos y todas las modas han pasado, se oyen con más disfrute.