lunes, 25 de noviembre de 2013

1971 (IV)


Una vez que hemos dejado atrás a las dos bandas más “conflictivas” del momento, creo que hoy podremos despachar a otras dos sin muchos agobios de espacio. Se trata de los Kinks y Pink Floyd, representantes de dos estilos completamente distintos pero cuya valoración este año es muy parecida: aunque han de hacer frente al brillante recuerdo de los discos publicados el año anterior, salvan el expediente con dignidad. 

Los Kinks, reconozcámoslo, han perdido parte del gran poderío que tuvieron en los años 60, aunque en esta década nos sorprenderán de vez en cuando con algunas obras realmente notables. En 1971 andan muy ocupados, ya que se despiden de Pye -su sello de la era fulgente- con la entrega de la banda sonora para “Percy”, una comedia llevada al cine; fichan por la RCA, que les adelanta un millón de dólares por cinco discos en cinco años; con ese dinero fundan los estudios Konk (aunque de momento no grabarán allí) y… ufff… finalmente presentan el primero de esos cinco discos en el nuevo sello: “Muswell hillbillies”. Tanto trajín, aparentemente, no puede ser bueno; y sin embargo ambos trabajos merecen ser recordados. De la película ”Percy” no puedo decir nada porque no la he visto, pero no dudo que gran parte de su vena humorística se debe a lo estrafalario del guión: un tal Edwin pasea tranquilamente por la calle cuando de pronto le cae encima un fulano desnudo agarrado a una lámpara. Y la mala suerte del difunto (a saber qué estaría haciendo en casa) es contagiosa, porque en la caida Edwin sufre la amputación de su miembro viril. Pero tranquilos: Edwin será el primer receptor de un trasplante de tal miembro, precisamente el miembro del que se ha caido por la ventana y que por lo visto gastaba un buen tallaje. Por cierto, Percy es el nombre que Edwin da a su nuevo adminículo. La risa está garantizada, supongo. 

Nuestros amigos no se complican la vida ante un guión como ese, y salvo por algunas piezas intrumentales y arreglos de orquesta, gran parte de la banda sonora podría figurar perfectamente en cualquier obra contemporánea del grupo: “God’s children”, “Animals in the zoo” o “Dreams” llevan su sello. Y hay también algunas piezas de estilo americano, como el blues instrumental “Completely” o el country “Willesden Green” cantado por John Dalton, el bajista, que luce una voz muy a lo Elvis. Ah, y una curiosa versión instrumental de “Lola”, muy agradable… pero el disco pasó casi desapercibido, tal vez porque la idea de “banda sonora” parece que ahuyenta a los fans de la música popular. Que por supuesto prestarán mucha más atención a “Muswell hillbillies”, el primer disco de los Kinks en la RCA, y que llega a las tiendas a finales de Noviembre; un disco que para empezar ha de enfrentarse con la estela de su predecesor, “Lola versus powerman…”, que ha quedado como uno de los más memorables del grupo. La tarea se antoja complicada. 

En la carrera de los hermanos Davies y compañía las letras han tenido una gran importancia, especialmente por su carga social, y este es uno de los mejores ejemplos: el pelotazo del ladrillo se está llevando por delante aquellas encantadoras casitas con jardín diminuto que disfrutaba la clase obrera en los alrededores de la City, especialmente en los barrios del norte; y uno de ellos es Muswell Hill, el barrio de toda la vida para Ray y Dave, un “anacronismo victoriano” según dicen los señores del cemento. Todos los que ya tenemos una edad y hemos visto caer muchos “anacronismos” podemos entender perfectamente a los Davies, creo yo. Ray se muestra muy afectado por una modernidad a toda marcha que le supera, que no acepta, y lo refleja muy bien en “20th Century man”, la pieza que abre el disco además de ser la cara A de su nuevo single: otra de esas canciones inolvidables en la historia de los Kinks, como lo es “Acute schizophrenia paranoia blues”, que con ese título se define sola. Y el disco sigue fluyendo con recordatorios al music hall (“Holiday” o “Alcohol”) o cruces entre country, folk, bluegrass y rock que a veces recuerdan vagamente a los Stones. En resumen tenemos otro buen disco para llevar a casa, a pesar de que como dije arriba el recuerdo de “Lola” no le hace ningún favor y sus ventas fueron modestas; aunque parece que de un tiempo a esta parte comienza a ser reconocido: tal vez las nuevas generaciones sepan verlo de otro modo. 

Y ahora los Floyd, que viven una extraña contradicción. “Atom heart mother”, publicado el año anterior, ha sido su mayor éxito hasta entonces, pero no se sienten satisfechos en absoluto: según ellos, fue un disco de compromiso que les gustaría olvidar. Y no solo eso, sino que además se muestran en desacuerdo con Norman Smith, el productor que los ha acompañado desde el principio de su carrera. La consecuencia será que ellos mismos producirán personalmente sus discos a partir de ahora y por mucho tiempo. En cierto modo se sienten agobiados por culpa de las giras continuas que les impiden centrarse y elaborar nuevo material, sobre el que tampoco tienen ideas claras. Esa situación es la que explica el largo proceso de creación de “Meddle”, su nuevo disco, ya que las primeras sesiones comienzan a principios de 1971 pero no lo tendrán rematado hasta Agosto: entre gira y gira, se echan horas desarrollando acordes que luego desechan para volver a empezar. Sin embargo los Floyd tienen un sonido muy determinado, un estilo claro que, guste o no, será permanente. Y eso simplifica mucho las cosas: son los reyes del progresivo/depresivo, de los lánguidos desarrollos, del tono somnoliento que hizo decir a alguien, hace muchos años, que “Pink Floyd hace música para yonkis”. Bueno, tal vez habría que matizar semejante frase, aunque… 

Al final, de estudio en estudio, hora tras hora, van creando el armazón de unas cuantas piezas, suficientes para completar “Meddle”. La gran diferencia con su predecesor es que han abandonado los sonidos orquestales que dan a “Atom heart mother” su tono épico en favor de una mayor simplicidad, recurriendo únicamente a sus instrumentos y a la inclusión de algunos sonidos inesperados pero procedentes del mundo real (un truco que van a emplear a partir de ahora con bastante frecuencia). La cara A se abre con una de mis preferidas (aún hoy): “One of these days”, un desarrollo instrumental en el que el bajo de Waters surge a través de la ventisca y nos lleva de paseo con un escala obsesiva en la que irrumpe ocasionalmente el órgano acompañado por un platillo grabado al revés; luego la cosa se va complicando. A continuación vienen tres canciones muy Floyd, con algunas escalas imaginativas y ese tono derrengado con la triste voz de Waters que tanto gusta a sus fans (la languidez que he dicho antes). Ah, y la cara termina con “Seamus”, una especie de blues con guitarra acústica, armónica y piano, todo sonando muy apagado, casi en la onda Stones cuando van de bajada… en la compañía de un perro y sus gruñidos. Y al darle la vuelta al disco encontramos otra de las piezas de culto de este grupo: “Echoes”, que ocupa toda la cara B. Comienza con un “ping” repetitivo que tantas veces hemos oido en las películas de submarinos y luego viene un desarrollo bastante bien planteado aunque demasiado largo (más de veinte minutos), con algunas fases que a mí ya me aburrían por entonces. En conjunto, estamos ante otro de los discos más alabados por los fans de pata negra, esos que consideran que la época dorada de los Floyd termina con “Dark side of the moon”. Y no seré yo quien les lleve la contraria, aunque tampoco me importa mucho este tipo de discusiones. 

Seguiremos informando. Y perdón por esta despedida tan lacónica, pero para redactar estas entradas antes he de dar un repaso a los discos; en la zona más polvorienta de mi colección andan los Floyd, y ya se pueden imaginar el porqué: con todo el respeto debido a sus fans, estos señores me cansan mucho. Creo que, de las bandas grandes, es de las que peor ha soportado el paso del tiempo... pero no me hagan mucho caso. Será la edad. La mía, digo.


lunes, 18 de noviembre de 2013

1971 (III)


Siguiendo el escalafón y en abierto antagonismo con el estilo Stones, hoy nos toca recordar a una de las bandas más genuinamente british que ha dado la Isla: mis amados Who. Y sí, otra vez tengo que usar un post para un solo disco. Como sigan pasando cosas raras, me temo que de este año no salimos. Aunque el disco lo vale, por supuesto: dejando aparte mi implicación personal (en este local mando yo, y entre Stones y Who tengo muy clara la preferencia), creo que todo el mundo estará de acuerdo en que tanto unos como los otros se hallan en un gran momento. 

Y sin embargo habíamos dejado en 1970 a Peter Townshend absorto, con una empanada mental que ya estaba preocupando a sus amigos: de puertas afuera, la publicación del glorioso directo “Live at Leeds” había sido un magnífico recordatorio a los fans -y sobre todo a la prensa maledicente- de que el grupo estaba en plena forma, pero la espinosa afición de Pete por las obras conceptuales y la alargada sombra de “Tommy” lo tienen obsesionado. Ese proyecto Lifehouse en el que lleva más de un año trabajando choca con dificultades logísticas y la incomprensión del resto de la banda, que no acaba de entender con propiedad las implicaciones “metafísicas” del asunto. Y a este desencuentro se suma otro: lleva tiempo proyectando una versión para el cine de “Tommy”, pero no consigue un buen guión. Kit Lambert, que además de ser su productor fijo desde 1966 es también su manager, le ha proporcionado uno, pero a Pete no le gusta y lo desecha. Y entonces Kit se pasa de la raya: sin consultarle, intenta venderlo a la primera compañía cinematográfica que encuentre. Sus intenciones llegan a oidos de Pete, que ya está escamado además por la creciente adicción a la heroína que sufre el ahora traidor, y en consecuencia el grupo decide romper sus relaciones con él. Es una decisión dolorosa, aunque volverá para coproducir “Quadrophenia” (ya veremos si lo consigue), y mientras las cosas se serenan deciden contratar a Glyn Johns, uno de esos nombres mágicos del negocio musical isleño. Pete hace un último intento ante Stanley Kubrick, cuya odisea futurista “2001” se ha convertido en una biblia para nuestro amigo, pero Kubrick pasa de su oferta: la película “Tommy” tendrá que seguir esperando. Como ven, todo son desgracias. 

Esas desgracias llevan a Pete a una situación depresiva, rayando en la enfermedad mental. Pero entre las enseñanzas del amado maestro Meher Baba, su gurú de guardia, y algunas reuniones con el resto del grupo, parece que por fin entra en razón: el proyecto Lifehouse también queda suspendido hasta nuevo aviso. De ese proyecto hay piezas suficientes para, con un pequeño reciclaje, traspasarlas a un simple y humilde disco, como cualquier otro; que además, subrayando esa humildad, se titulará “Who’s next”. Johns revisa el material grabado meses antes en la Record Plant de Nueva York bajo la supervisión del despedido Lambert y decide que no es necesario efectuar muchos cambios: se encierra con el grupo en los londinenses Olympic Studios (que por entonces están muy solicitados) y en poco tiempo consiguen regrabar algunas piezas de lo que iba ser Lifehouse. Se acabó el problema. Bueno, también podemos añadir que este año Pete y su banda tienen algunos comportamientos similares a los de los Stones: comparten estudios de grabación y mala leche, ya que ese monolito sobre el que se alivian los cuatro es una venganza dirigida hacia Kubrick. Ah, y por supuesto se convertirá en otra leyenda del diseño gráfico, faltaría más. 

Pero vamos a la música, que es lo que importa: estamos ante otra de las obras cumbres de los Who sin discusión, con un gran avance en su sonido, que los hace definitivamente “mayores”. Dejando aparte las letras, de calidad pero lo suficientemente inconexas para evitar la idea de un disco conceptual (lo contrario de lo que se pretendía con Lifehouse, en la estela de “Tommy”), ya solo la apertura con “Baba O’Riley” sería suficiente para comprarlo; y no digo nada de “Won’t get fooled again”, que lo cierra y que a pesar de su degradación a manos de la serie esa de policías americanos listísimos sigue manteniendo su impresionante contundencia. Porque “impresionante contundencia” es quizá el mejor resumen para “Who’s next”, donde también encontramos las enérgicas “Bargain” o “My wife” (con trompetas y todo); e incluso en sus piezas más suaves como la magnífica “The song is over” o esa preciosidad de medio tiempo titulada “Going Mobile”, o “Behind blue eyes”… en fin, otra vez tengo la ventaja de que todo el mundo las conoce, así que no hay necesidad de meter más rollo. Esa novedosa utilización de sintetizadores, por otra parte, redondea un sonido que será utilizado de nuevo en “Quadrophenia”, obra que podemos considerar como una continuación de “Who’s next”: los cimientos de ese doble legendario ya están aquí. 

Es necesario insistir en la benéfica influencia de Glyn Johns, un productor con un currículo que tumba de espaldas y que es en gran medida el creador del nuevo empaque de los Who, vitaminado, frontal, aunque figure “solamente” como coproductor junto a la banda: es cierto que oyendo las piezas originales de Lifehouse y comparándolas con su resultado final, no se notan grandes diferencias; el verdadero cambio está en ese impresionante pero matizado “muro de sonido” que en cierto modo me recuerda el estilo de Phil Spector y que a los Who les sienta como anillo al dedo por la gran calidad instrumental que poseen. Esa magnífica exuberancia se mantendrá en la grabación de “Quadrophenia”, cuyo tono general queda prácticamente diseñado ya con “Who’s next”. Para entonces también los Who figurarán como coproductores: han descubierto que se gustan con su nueva contundencia. Y sus fans, no digamos. 

Pero hablaba antes de ciertas similitudes contemporáneas con los Stones, y algunas de ellas son igual de involuntarias gracias otra vez a la patriótica censura nacional: esa portada es asquerosa, al fuego con ella. Y Polydor no se toma tantas molestias como Hispavox: se busca una foto con el grupo en escena y ya está. Muy bien, muchachos…aunque, no sé, con esa portada el disco podría parecer un directo; pero aún hay lugar para otro esperpento, porque alguien se equivoca, pone el negativo al revés y entonces resulta que España muestra al mundo el secreto mejor guardado en la historia del rock: los Who son zurdos. A que esto no lo sabían ustedes, ¿eh? Y no termina ahí el despropósito, porque del esperpento pasamos al destrozo: “Won’t get fooled again” tiene un tufillo revolucionario que no gusta nada a los señores de la censura; y “Love ain’t for keeping”, que no pasa de ser una simple insinuación, a ellos les parece pecaminosa. Polydor tampoco se molesta en rellenar esos huecos con algo, lo que sea, y pasa “My wife” de la cara A a la B para compensar los tiempos de cada una: quince minutos, más o menos. Casi era mejor que no lo hubiesen publicado. Eso sí, los coleccionistas foráneos -gente enferma- se relamen con esta nueva demostración de imaginería española, aunque sea una verdadera estafa. 

Bueno, pues ya tenemos despachados a los Who por este año. A ver si los demás grupos andan con menos jaleo y podemos aligerar el paso. 


lunes, 11 de noviembre de 2013

1971 (II)


Como ya saben ustedes en este local se respeta escrupulosamente la antigüedad, así que comenzaremos por la banda más veterana que sigue en activo: los Stones, claro. No suelo emplear un post para un solo disco (de ese modo no acabaríamos nunca), pero en este caso se hace necesario por la trascendencia que el año 1971 tiene para estos señores en varios frentes. Y por las “implicaciones españolas”, que las hay. 

Los Stones dan un salto “industrial”, por decirlo así: ha terminado su contrato con Decca tras entregar un último single titulado “Cocksucker blues”, sabiendo que su letra pornográfica hará imposible la publicación. Es su venganza por los últimos años en ese sello, donde han tenido que aguantar intromisiones tales como el cambio de portada en “Beggar’s banquet”, que ahora ya vemos en las frecuentes reediciones con la original: un retrete nauseabundo con las paredes llenas de grafitis. Poco después presentan en sociedad “Rolling Stones Records”, con su legendario logotipo de los labios y la lengua irreverente, un diseño de John Pasche inspirado en Kali (la Madre Terrible, diosa hindú de la destrucción de los enemigos: hay que tener mala leche), por el que cobró 250 libras: sí, los Stones son muy avaros. 

Desde que los Beatles crearon Apple, algunos de los grandes grupos parecen decididos a hacer lo mismo; tener sello propio es un signo de distinción, aunque en algunos casos será un fracaso comercial (como lo fue la propia Apple). Pero Jagger y sus socios han perdido plumas en ese vuelo, ya que también rompen su alianza con el pirata Allen Klein y entonces descubren que sus grabaciones con Decca no son suyas, sino de Klein: eso es lo que pasa por no leer la letra pequeña de los papeles que se firman. Tal descubrimiento los llevará a un larguísimo proceso judicial para recuperarlas; pero no hay mal que por bien no venga, al menos para Keith Richards: según sus palabras, ese fue “el precio de una enseñanza”, y a partir de ahora serán mucho más precavidos. Por otra parte también ellos hacen de las suyas, ya que como vimos el año pasado “Sticky fingers”, el título de su nuevo disco, fue robado a Mott The Hoople gracias a una indiscrección de su propio productor y factótum, el gran Guy Stevens. Quién sabe, tal vez Stevens trataba de ganar puntos ante los Stones, aunque estén viviendo su época dorada con Jimmy Miller. 

“Sticky fingers” es un nuevo hito en la asociación Stones-Miller, y de los más sonados: aun siendo muy difícil elegir un solo disco de esa época, no hay duda de que este fue el más popular para el oyente medio. Claro que la portada también ayuda, puesto que tras algunas dudas iniciales se la han encargado a Andy Warhol nada menos. Ese pantalón vaquero con cremallera metálica, de las buenas, incita a abrirlo inmediatamente, sea el comprador del sexo que sea… y claro, tras ella hay una sugerente prenda interior abultada con el sello de Andy a modo de marca comercial. Como era de esperar, mucha gente se lo compra sin oirlo, consciente de estar ante una obra de arte, una de esas portadas que forman parte de la Historia del diseño gráfico. En cuanto a la música, y bajo el punto de vista comercial, la táctica es de libro: un cañonazo abriendo cada cara, y el resto a gran nivel. “Brown sugar” y “Bitch”, esos dos cañonazos, han quedado en el imaginario colectivo como representantes destacadas del momento de gloria que viven los Stones. Tan sobrados van que, pudiendo aprovecharlas como caras A para dos singles, las publican juntas en uno solo: eso denota poderío, sin duda alguna. Pero también tenemos “Can’t you hear me knocking”, otra clásica, con su primera fase “tarareable” y un largo desarrollo posterior que no la hace cansina a pesar de un total de siete minutos. Y luego las clásicas incursiones en el blues “coral” como “Sway”, o acercamientos al country como “Wild horses” -ambas formaron parte de un segundo single. 

En fin, qué les voy a contar sobre esas canciones. Estamos ante una banda que mantiene un estilo puramente americano, y de cuyas letras conflictivas (sexo, drogas y rock and roll) es un buen ejemplo “Sister morphine”: escrita a medias entre Jagger, Richards y Marianne Faithfull, fue publicada por ella en 1969 y luego se incluyó la versión Stone en este disco. La música es un poco aletargada, como corresponde a tal droga, con guitarra slide a cargo de Ry Cooder y los arreglos de teclado suministrados por Jack Nitzsche, y la letra es el lamento de un moribundo hospitalizado que aguarda su dosis para olvidar el dolor (“Por favor, hermana morfina, cambia mis pesadillas por sueños”). O también… “Dulce prima cocaína, deposita tu cálida mano sobre mi cabeza”. Aquello, para la vigilante censura española, era demasiado; y como consecuencia, aquí fue sustituida por una versión en directo de “Let it rock”: una chapuza muy de la época, que rompe la unidad de disco de estudio. 

Pero la portada también entró en el lote: en nuestro país vemos unos “dedos pringosos” emergiendo de una lata de melaza, en una interpretación alternativa que Hispavox (la distribuidora española) solicita a Rolling Stones Records ante la imposibilidad de publicar la impúdica portada original. Y eso que la Censura no conocía la verdadera intención de Warhol: los dedos pringosos, aunque no aparezcan en dicha portada, probablemente proceden de turbios manejos previos en el interior. Claro que tampoco se enteró, por ejemplo, del mensaje de “Brown sugar”, que no tiene nada que ver con la droga sino con, otra vez, más sexo: esas esclavas negras que llegan en los barcos para trabajar en los campos de algodón, ese azúcar moreno de su piel, esos amos blancos relamiéndose… ya ven ustedes que nuestros queridos censores a veces daban palos de ciego; y a nosotros nos obligaban a buscar las copias extranjeras, aunque por otra parte la edición española se convirtió en una de las piezas más cotizadas por los coleccionistas (y este no será el único caso, ya lo verán). En cierto modo, aquella época tenía su gracia. Un poco siniestra, pero… 

Y ya está bien de tanto rollo con los Stones, un rollo que por otra parte ya conoce todo el mundo. A ver la semana que viene con qué nos encontramos. 


lunes, 4 de noviembre de 2013

1971 (I)


Los grandes imperios siempre han tenido épocas apacibles, tranquilas, en las que parece que todo va como la seda, y ese es el caso de Su Majestad El Rock Isleño en el trienio 70-72: en apariencia, su salud es inmejorable. De todas las bandas que militan en la Primera División tan solo Free y Family muestran síntomas de debilidad, y en todo caso el pop parece haber sido exterminado salvo pequeños reductos a los que ya la prensa musical “seria” se encarga de desprestigiar. Así pues, sin enemigos a la vista, el rock machote en sus variantes hard y heavy sigue su marcha triunfal, y lo mismo pasa con el progresivo; al igual que el folk, aunque juegue en otra liga. Las casas discográficas gastan cada vez más dinero en productores estrella, contratos revisados al alza, una exorbitante cantidad de horas de estudio para las “obras maestras” y cualquier otro capricho que se les ocurra a los consagrados, aparte de fuertes inversiones en promoción y sobornos a prensa y radio. Pero por lo general, salvo algunos fiascos, les compensa: las cifras de ventas de los grandes nombres, tanto en la Isla como en el resto del mundo, son apabullantes. 

Así que de momento la máquina funciona. A nadie se le ocurre todavía pensar en el peligro de la elefantiasis. Y sin embargo, bajando a ras de suelo, las cosas no son tan sencillas: los grupos que realmente venden grandes cantidades no pasan de una docena, repartida en tres o cuatro sellos. Por tanto, si uno de esos grupos falla se resentirá mucho la cuenta de resultados. La industria se está volviendo muy acomodada, y esa actitud parece haber hecho mella en la afición: las nuevas bandas que descubren los ojeadores suelen ser, salvo raras excepciones, réplicas más o menos ajustadas al estilo impuesto por las grandes. Esto explica el hecho de que si nos ponemos a bucear entre las grabaciones de tercera o cuarta fila, entre esos discos que ahora se pagan a altos precios en el mercado del coleccionismo porque en su época pasaron desapercibidos en las tiendas, lo que encontramos no son variantes extrañas ni mezclas alocadas de géneros, sino más bien pequeñas sombras de la grandeza de otros: algún disco psicodélico (es decir, fuera de tiempo) con una o dos buenas canciones y el resto prescindible, mucho hard rock progresivo sin inventiva y fotocopìas de las bandas más cañeras como Led Zeppelin o Deep Purple. A diferencia de los años 60, la creatividad es ahora patrimonio de muy pocos. Y esos pocos no son nuevos, sino que vienen de la década anterior. Los sellos grandes, los que más dinero mueven y por tanto más arriesgan, se han dado cuenta de que no hay, de momento, sangre fresca que muestre vitalidad y perspectivas de futuro. De quién es la culpa poco les importa, pero la situación parece estancada y lo mejor es seguir el ejemplo de Ignacio de Loyola: en tiempo de desolación no hacer mudanza. Y ustedes dirán ¿desolación? ¡No será para tanto! 

Bueno, tal vez exagero un poco. Pero ellos tienen sus propios datos, y lo suyo es el corto plazo; en esos sellos hay economistas, y saben que el futuro se presenta nuboso. Poco después de la II Guerra Mundial se inicia la época de mayor crecimiento en la historia de occidente, una época que alcanza su cumbre en los años 60: el famoso Estado del Bienestar, por el que tanto se teme ahora, comenzó ahí. Sin embargo, a principios de la nueva década los problemas se hacen evidentes: la inflación, que comienza a dispararse en 1969-70, estará completamente desbocada dos años después a causa de unos salarios muy elevados para unos trabajadores cuya productividad es baja en una industria que además se resiente por unos esquemas atrasados y muy poco competitivos frente a Europa. Esa situación forzará a Edward Heath (¡un conservador!) a ingresar a la orgullosa y displicente Britania en el Mercado Común en 1973, a pesar de que aún en ese momento la tasa de paro es muy baja. Él sabe que esa tasa subirá pronto, que la economía británica ya lleva en realidad varios años enferma, con un ritmo de crecimiento muy inferior a la francesa o la alemana (lo cual había llevado a la devaluación de la libra en 1967), y que esa enfermedad se oculta tras el espejismo del ladrillo: sí señores, también allí. Los mensajes de pánico ya comienzan a oirse. Por otra parte tenemos la cuestión “existencial”, de la que ya hemos hablado otras veces: la decepción generacional ante el hecho de que nada había cambiado realmente tras una época de luces y colores que ellos creyeron definitiva, hace caer la autoestima e inunda las calles de la droga perfecta para un tiempo como ese: la heroína. 

Pero también hay señales de aliento: este año es el de la entronización del glam, un fenómeno musical de orígenes “bastardos” que con el paso del tiempo hará mucho bien, ya que será el puente entre los grupos dinosaurio de esta época y la revolución de mediados de los 70, cuando los músicos jóvenes vuelvan a los orígenes del rock and roll, el garaje y el pop para crear el punk y la new wave. De momento los comentaristas los ningunean salvo en el respeto debido a David Bowie, cuya fama es ya tan grande que han de someterse al veredicto popular, y en menor medida Marc Bolan, que al frente de T. Rex consigue también llegar a ser un fenómeno de masas. Pero hasta ahí: los demás son considerados como un subproducto para adolescentes, una imperfección en la tersa lisura que de momento luce la piel del Rock Grandioso. Sí, pero cuidado con los granos: a ver si al final va a resultar que es un tumor. 

De todos modos, a los aficionados inconscientes como el que esto escribe nos da igual: sic transit gloria mundi. Nosotros de momento daremos un repaso a lo más florido de la oferta anual, y si luego las cosas se tuercen que nos quiten lo bailado. O que nos quiten los discos, que al final es lo que cuenta. 


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