lunes, 31 de marzo de 2014

El planeta Glam (III)



Hoy toca rendir homenaje a Slade, considerados por muchos fans como los legítimos aspirantes al trono del glam rock antes incluso que T. Rex. Al igual que ellos y otros cuantos que iremos viendo, sus orígenes comienzan a mediados de la década anterior y con poco brillo -desde luego, menor que el de Bolan y su tiranosaurio- aunque tal vez ya por aquella época merecieron más reconocimiento. En todo caso es de admirar su perseverancia y el hecho poco frecuente de que hasta los años 90 fueron siempre los mismos cuatro músicos: los guitarristas Noddy Holder y Dave Hill, el bajista Jim Lea y el batería Don Powell. La voz de Holder es la principal, fácilmente reconocible por su tono rasgado y aguardentoso, pero los demás se defienden bien en los coros; y aunque la mayoría de sus éxitos están compuestos por Holder y Lea, todos aportan ideas. Además, salvo Powell los otros tres podrían intercambiar sus intrumentos sin problemas: es la ventaja de haber sido criados en la vieja escuela de los “todo terreno”. 

La historia comienza en 1964: los Vendors son una banda del centro de Inglaterra especializada en rock and roll clásico, y en ella milita Don Powell junto a Dave Hill. Que Don llegase a la batería fue casi de rebote, puesto que aprendió en los scouts “para no aburrirse”; pero Dave, con solo 12 años, ya estaba tomando lecciones de guitarra entre músicos de jazz para formar su primer grupo, los Young Ones, de donde pasó a este. En 1965 cambian de nombre y se hacen llamar los ‘N Betweens consiguiendo algunas giras tanto en las Midlands como en Alemania, donde coinciden con los Mavericks, otra pequeña banda de su misma zona en la que milita Noddy Holder, un cantante muy aficionado al estilo de Al Jolson. A finales de ese año, tras un confuso baile de miembros que hace abandonar a media plantilla, entran Holder y Jim Lea, un admirador de la banda que proviene de una familia musical; comenzó en una orquesta sinfónica juvenil donde tocaba el violín, pero pronto se aficiona al bajo. Y, por fin, los cuatro reunidos, deciden dar el salto a Londres en 1966, justo cuando Kim Fowley, ese extraño pero encantador duende friki, merodea por la ciudad buscando sangre fresca. Fowley se entusiasma con ellos y les produce un single, pero, salvo en su tierra, es un fracaso: la cara A era una versión decente del “You better run” de los Rascals, pero sin el gancho necesario para triunfar. El yanki abandona y el grupo sigue haciendo giras menores y grabando algunas canciones de las cuales solo veremos un nuevo single tiempo después, cuando esa banda ya no existía.

Porque entre 1967 y 68, hartos ya de dar tumbos con un estilo que ha pasado de moda, cambian su planteamiento a todos los niveles: en lo estético, se desprenden de las corbatas, cuellos de cisne y en general las vestimentas “modrockers” que decía Ringo Starr para adquirir un look de hippies urbanos muy de la época; y su estilo musical ha de cuadrar con ese aspecto, así que ahora trabajan un rock matizado por efluvios progresivos y psicodélicos. Eso implica actualizar también sus conocimientos musicales, lo cual los lleva a escuchar desde bandas pop isleñas a figuras americanas muy poco conocidas por entonces, como los Amboy Dukes de Ted Nugent o el mismísimo Frank Zappa: como ven, el cursillo es intensivo. De momento tienen muy poco material propio, sus actuaciones se basan en versionar piezas de todos esos nombres, pero un cazatalentos del sello Fontana se fija en ellos porque técnicamente ya son muy buenos. Y a principios de 1969 entran en el estudio con el nuevo nombre de Ambrose Slade para grabar un LP mucho más alabado años después que entonces. Por lo general, los discos que ahora se cotizan muy caros en el mercado del coleccionismo (este es el caso: hoy en día una primera edición en buen estado no baja de los mil euros) suelen serlo por su rareza, no por un estricto valor musical. Pero hay unas cuantas excepciones, y creo que esta es una de ellas: “Beginnings”, que así se llama, tiene en su contra el hecho de que la mayoría de las piezas son versiones, algo que en aquella época estaba muy mal visto; y sin embargo, da gusto oir el “Born to be wild” de Steppenwolf con ese tono tan de garaje británico, lo mismo que hacen con “Ain’t got no heart” de Zappa, o el estilo camp que le dan a “Martha my dear” de los Beatles, y otras cuantas más, todas encantadoras. Solo hay cuatro originales, entre las que se encuentran la muy psicodélica “Genesis” (que a mí me encanta) o “Roach daddy”, un blues rock muy decente. 

La facilidad que demuestran para adaptarse a todo tipo de estilos hace que alguien como Chas Chandler se ofrezca a ser su manager; no porque le haya gustado ese disco, sino por la talla técnica y la actitud que ha visto en ellos. Lo primero es rescatarlos de Fontana y meterlos en Polydor; luego, de común acuerdo, deciden eliminar al señor Ambrosio del grupo y dejar solo su apellido, Slade, al mismo tiempo que les recomienda trabajar su propio repertorio y que cambien de aspecto. Pero este aspecto resulta conflictivo: por aquel entonces se hablaba mucho de las intimidantes pandillas de skinheads que pululaban por el país, y a Chandler no se le ocurre otra cosa mejor que vestir como tales a sus nuevos protegidos. De pronto se ven privados de sus espléndidas melenas -ahora convertidas en pelo de corte militar-, calzando botas Doc Martens, tirantes, cazadoras bomber… “Algo bueno tuvo aquello”, reconoce el contrariado Noddy Holder, “... con la pinta que teníamos, no hubo un solo problema con los dueños de los locales donde tocábamos: nos pagaban inmediatamente, por miedo a que les diésemos una paliza”. Y a finales de 1970 llega a las tiendas el primer disco de Slade, con un título muy trillado: “Play it loud”, en el que vemos por la fotografía que el pelo y las vestimentas se han suavizado un poco. La producción es de Chandler y la mayor parte de las canciones son propias, algunas incluso buenas; pero no hay una línea clara sino más bien un batiburrillo entre pub rock, hard con coros y efluvios progresivos que llevan al disco al hundimiento total. El diagnóstico es evidente: en directo tienen mucho gancho, pero en estudio hay que replantearse las cosas. 

Tanto Chandler como sus muchachos deducen que el truco está precisamente en trasladar al disco la potencia del grupo en directo, algo que no han sabido hacer hasta entonces, y para empezar bastará con una buena versión; en ese momento la más popular entre sus fans es el “Get down with it” que había popularizado Little Richard a principios de la década, y que Slade renuevan con una potencia impresionante. Bien, pues esa pieza es su debut en las listas, a mediados del 71. Lo tiene todo: la arenga inicial para que la gente se vaya calentando, la línea melódica tradicional del rock and roll reforzada por cuatro grandes músicos, el sonido compacto… Casi parece que hay una multitud presente cumpliendo a rajatabla ese mandato de “clap your hands!” que Noddy Holder impone. El single llega a rozar el top 15, pero más importante es que por fin han dado con la piedra filosofal: arengas, rock and roll, coros y muchas palmadas… himnos, en una palabra. Efectivamente, “rock para la clase obrera”, como muy bien lo definió Holder; la gente elevada pasa de estos ritmos tan infantiles. En cuanto a la estética, Chandler considera que es necesaria una nueva vuelta de tuerca, y para ello nada mejor que apuntarse a la moda que Bowie y Bolan han establecido, aunque con un cierto tono… ¿circense? Bueno, creo que la fotografía de arriba lo explica mejor que yo. 

A partir de entonces y durante cuatro años, sus singles no bajarán del top 5: no se veía algo así desde los Beatles. Lo curioso es que “Coz I luv you”, el segundo de la época dorada, su primer número 1, se aparta un poco del nuevo estilo Slade: casi podría ser una pieza acústica, porque su arrebatadora línea melódica se bastaría para triunfar; sin embargo, su ritmo de marcha -ideal para llevar con los pies pateando- apoyada por el violín de Jim Lea (de algo le valió su adolescencia sinfónica sumada a su afición por Stephan Grappelli) y un acompañamiento del grupo basado en las cuerdas y una suave percusión, vende medio millón de copias en poco más de dos semanas y salta al continente, donde los resultados, aun en menor escala, son notables (incluso en España). Por otra parte también lograron publicidad gracias a ese título “mal escrito”, causante de un cabreo para los profesores de lengua inglesa, que los acusaron de confundir a los estudiantes. Don Powell recuerda el caso: “Al principio pensamos en titularla “Because I love you”, claro; pero la canción ya era blandita para nuestro estilo, y con ese título quedaba un poco babosa. Así que preferimos usar nuestro dialecto del Black Country (en las Midlands) y la escribimos así”. Ese dialecto regional fue a partir de entonces otro rasgo distintivo en Slade, que despide 1971 con “Look wot you dun”, un top 5 de medio tiempo basado en el ritmo del piano. Y en el 72 se consagran: su LP “Slayed?” llega directamente al número uno al igual que los dos primeros singles de este año, mientras que el tercero llega al puesto dos; algo parecido sucede el año siguiente, y aunque en el 74 comienzan a notarse signos de decadencia también se salda con un éxito notable. 

En 1975 ya se percibe claramente el fin de su reinado: “Slade in flame”, un intento cinematográfico, pasó sin pena ni gloria aunque el disco consiguiente rozó el top 5; tratan de añadir nuevos tonos e instrumentos a sus composiciones, pero ello les aleja más de sus antiguos fans; las giras americanas se saldan con división de opiniones, y a partir de entonces su único objetivo fue la supervivencia a cualquier precio. Confieso que yo ya no los seguía, pero sé que luego se dedicaron al heavy, que lo dejaron, que volvieron unas cuantas veces con formaciones distintas y que hará diez años se retiraron definitivamente… o no, porque de vez en cuando se oyen rumores de vuelta. Da igual: sus cuatro años de gloria no se los quita nadie, y superan de largo a T. Rex o cualquier otro nombre de esta saga. Aquí les dejo los dos singles que iniciaron la racha majestuosa y otras dos de mis preferidas. Pero queda al menos otra media docena de canciones suyas que merecen ser recordadas. Y no son difíciles de pillar, así que… 

lunes, 24 de marzo de 2014

El planeta Glam (II)



Para cualquier aficionado resulta evidente que, si hablamos de glam y descontando a los grandes, que juegan en otra liga, el primer nombre a citar es el de T. Rex: fue el más popular, quedando para la historia a medio camino entre esos grandes y el resto de las bandas de su estilo. Y la segunda evidencia es que decir T. Rex es lo mismo que decir Marc Bolan, un personaje que comienza su carrera a mediados de la década de los 60 pero que no alcanza el estrellato hasta la llegada de los 70. Su reinado fue tan efímero como el propio glam, pero durante ese tiempo las listas de éxitos se rindieron a su maléfico encanto. 

Mark Feld es otro de los muchos adolescentes isleños que viven un conflicto de identidad, porque aun siendo fan de los rockeros tradicionales desde Chuck Berry hasta Eddie Cochran es también un devoto de la modernura. Y la modernura tiene por entonces un apócope muy claro: mod. El bueno de Mark es asiduo a las tiendas del Soho, e incluso ha sido modelo para alguna de ellas; pero no es una “fashion victim” al uso, ya que su intención es dedicarse a la música. Y su amplio rango de gustos lo lleva a descubrir a Bob Dylan y las posibilidades del folk pasado por el tamiz eléctrico que don Roberto pone de moda en 1965. Justo en ese año, tras un tiempo de peleas con managers que no lo toman en serio y dos cambios de apodo, Marc Bolan se presenta en sociedad: esa “c” final de su nombre queda muy aristocrática, y Bo(b) (Dy)lan es un buen homenaje al maestro; tanto como “The wizard”, la cara A de su primer single, donde demuestra seguir al dedillo sus enseñanzas, dando incluso la impresión de que imita su voz. Es una pieza bastante decente, con los arreglos orquestales tan de la época, tan similares a los que usará pronto David Jones, futuro David Bowie. 

En los dos años siguientes publica otros cuatro singles en los que parece estar buscando un estilo definido, ya que desaparecen los arreglos orquestales, su voz se perfila hasta alcanzar ese tono de corderillo degollado tan personal y lo mismo hace canciones eléctricas entre boogie y blues como tonadas acústicas cercanas a la escuela hippy folk de unos Incredible String Band, sin ir más lejos. Las ventas no son notables, pero se gana un prestigio como músico compositor entre los sectores underground londinenses y su manager (Simon Napier-Bell, uno de los clásicos: desde los Yarbirds hasta Ultravox han pasado por sus manos) lo incluye en los John’s Children, una banda de pop psicodélico muy alabada por los coleccionistas pero cuyos singles se quedaron en la mediocridad y un proyecto de LP grabado en 1966 no vio la luz hasta el 70, cuando ya no existían. Bolan entra brevemente en ese grupo (unos pocos meses de 1967) y deja algunas canciones grabadas, de las cuales la más famosa fue “Desdemona”, un single que por su letra conflictiva no pasó del top 40 gracias al boicot de la BBC. Y por fin, a finales de ese mismo año, decide crear su propia banda: Tyrannosaurus Rex. Una banda que en realidad es un dúo, ya que su objetivo son las piezas acústicas y para ello solo necesita su guitarra y el acompañamiento que proporciona Stephen Ross con la percusión de bongos y algunas líneas hechas con un organillo infantil. Ah, y Stephen, devoto confeso de El Señor de los Anillos, se hace llamar ahora Steve Peregrin Took. 

Tyrannosaurus Rex, básicamente, es un dúo flower power que a veces resulta indigesto, por lo menos a mí: todas las canciones están compuestas por Bolan, y comprendo que en aquella época los hippies disfrutasen mucho con este tipo de tonadas, pero hoy en día cuesta trabajo aguantar un disco entero. Y sacaron cuatro, entre el 68 y el 70. Aunque en el último de esa época, “A beard of stars”, la cosa ya cambia un poco puesto que Bolan se electrifica; ha despedido a Steve por su excesiva afición a las substancias ilegales además de discutirle algunas canciones e intentar meter otras de cosecha propia, y a partir de ahora su nuevo compañero será Micky Finn, que no piensa discutirle nada (ni tiene la variedad de recursos que tenía Steve: simplemente, da mejor imagen). En conjunto, los discos de esta época tienen ventas decentes pero sin llegar al éxito que nuestro amigo ansía. Y por otra parte los hippies han pasado de moda, así que en un nuevo salto sin red decide volver al sonido rockero de la vieja escuela, abrevia el nombre de su dúo a T. Rex aconsejado por su nuevo productor Tony Visconti (el mismo de Bowie) y a finales de 1970 llega a las tiendas su primer LP bajo esa denominación, homónimo y precedido por “Ride a white swan”, un single que no está en ese disco y que rozará el número 1 de las listas el año siguiente. Esa canción denota claramente el cambio que experimenta Bolan: si fuese acústica podría recordar vagamente al estilo folk-skiffle que reinaba en la Isla diez años antes, pero esas escalas adquieren una potencia inusitada gracias a la Gibson Les Paul que ahora luce nuestro amigo, aunque la letra siga hablando de pelos largos, estrellas y druidas. Y aunque el disco grande es todavía de transición -algunas piezas son regrabaciones de otras anteriores- ya se beneficia de su impulso. 

A partir de aquí la cosa queda clara: los nuevos T. Rex son una banda de rock, en la que ya tenemos un bajista (Steve Currie) y un batería (Bill Fifield, que ahora se apellidará Legend a propuesta de Bolan). Ambos provienen de pequeños grupos sin relevancia, pero no es necesaria una gran destreza para desarrollar las canciones que su jefe va a escribir. Y la influencia de su amigo Bowie más la impresión que le ha causado oir la letra ensoñadora de “Lola”, el gran éxito de los Kinks, lo decide a cambiar de apariencia: ahora lo veremos con maquillaje y ropas casi de vodevil, completando una transformación que él mismo define como “glam”. Durante 1971 y 72, la actualización del boogie rock que hace le proporciona éxitos continuos, mientras que sus letras se hacen más “terrenas”, sugerentes e incluso a veces conflictivas: “Hot love” y “Get it on”, los dos singles siguientes, son números uno incontestables; “Jeepster”, que cierra el primer año de este bienio dorado, llega al 2. Y al año siguiente hay otros dos números uno (“Telegram Sam” y “Metal guru”) seguidos por otra pareja de números dos (“Children of the revolution” y “Solid gold easy action”); incluso “Electric warrior”, su LP del 71, su mejor disco grande, llega a lo más alto de las listas. 

Y en 1973 la fiebre comienza a remitir aunque sus actuaciones siguen a buena marcha y los discos, tanto grandes como pequeños, andan sobre el top 5. Bolan intenta hacer canciones un poco más “complicadas” pero es evidente que su momento está pasando, al mismo tiempo que comienzan las deserciones en el grupo. Seguirá publicando discos cada vez más minoritarios hasta su muerte en 1977, en un accidente de coche pilotado por la gran Gloria Jones, su pareja por entonces. Por unos pocos días, no llegó a cumplir los treinta años. Pero ahí quedan sus canciones, que a muchos de mi quinta nos metieron definitivamente en el vicio ratonero: si nuestro rango de baile por entonces andaba entre los Bravos, los Creedence y los Purple, comprenderán ustedes que un sonido como este forzosamente tenía que embrujarnos; tanto, que incluso tiene su hagiografía en este local. De esas canciones he elegido las que encabezan los tres primeros singles de T. Rex y la que para mí es la última grande. Es un criterio tan discutible como cualquier otro, pero creo que representan muy bien aquellos instantes de magia. 







lunes, 17 de marzo de 2014

El planeta Glam (I)



“¿El glam…? Bah, eso ya lo inventó Elvis hace mucho tiempo”. Confieso que cuando oí esa frase, yo, que era un chaval, me quedé perplejo. Quien lo decía era alguien un poco mayor y bastante más documentado; pero ya llevábamos una hora o dos de bares y tapas, probablemente él había empezado a beber antes de encontrármelo… aquello tenía que ser una boutade, recurso dialéctico que este personaje usaba a menudo. Sin embargo, algunas de las que le oí resultaron ser ciertas; un poco retorcidas a veces, pero ciertas. Y esta, con el criterio que da el paso de los años, creo que lo es. Porque cuando se trata del glam, como de casi todo en esta vida, no puede uno ceñirse a la literalidad del término: el glamour tiene muchas formas, y tal vez él hablaba no solamente de Elvis, sino de los primeros rockers en general. De aquella música, pero también -o sobre todo- de aquella actitud chulesca, insolente, provocativa y un tanto amanerada que extasió a una generación y puso las bases de un profundo cambio social. 

Porque, para la época, no hay duda de que Elvis es la provocación pura, con aquel meneo, los gestos equívocos que le valieron la censura en algunas cadenas televisivas, al mismo tiempo que la locura de sus fans aumentaba en progresión geométrica porque de un modo u otro se sentían representados en él. Elvis prometía un nuevo mundo, una cuota de poder para una juventud que no aceptaba los rancios clichés de sus padres. Y tras él vinieron otros rockeros, tanto blancos como negros, que escandalizaron a la bienpensante sociedad de entonces hasta extremos hoy increibles. El rock and roll se convirtió en la música del diablo; una música que según Asa Carter, conocido líder del Ku Klux Klan, “rebaja al hombre blanco al nivel del negro”: cuidado con eso. Y por si no fuese suficiente con los ritmos satánicos, con la chulería, destacaban también las vestimentas; que sobre todo en los blancos (los negros aún no se atrevían a tanto) resultaban chirriantes, acostumbrados como estaban los aficionados de la época a los perfectos trajes, corbatas o pajaritas del Rat Pack y sus contemporáneos, aunque fuesen tanto o más “degenerados” que los rockeros. Porque, tuviesen los vicios que tuviesen, hay que reconocer que Sinatra y sus amigos sabían vestir correctamente; pero con la estética del rock and roll también cae esa impostura del músico formal. Y los aguerridos miembros del Poder Blanco añadieron a la frase del señor Carter otra consideración más: es una música degenerada que feminiza a los hombres y los convierte en mujeres. Negros y mujeres… glub… y nosotros sin enterarnos de estar sufriendo semejante metamorfosis doble… 

Sin embargo la sociedad -al menos la urbana, la más expuesta a las novedades- acaba por asimilarlo todo: otras provocaciones llegaron en los años 60 con los hippies, la liberación femenina, los izquierdistas de Berkeley, los Panteras Negras… y al final de esa década el ciudadano medio, tanto americano como europeo, ya estaba curado de espantos. El rock había pasado por el surf, el garaje, el blues, la psicodelia, y en la nueva década parecía estar alcanzando la seriedad con las pretensiones intelectualizantes del progresivo; es decir, se había hecho mayor, respetable: su poder de transgresión, al menos en apariencia, se había consumido. Y entonces pasó una cosa que en cierto modo viene a dar la razón a don Carlos Marx: “La historia se repite dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa”. Porque una tragedia moral fue, para las generaciones maduras de los años 50, la aparición del rock and roll; y farsa resultó, al menos en apariencia, la resurrección de gran parte de sus postulados a principios de los años 70 con el nombre de glam, un nuevo invento isleño: de los americanos habían copiado todos los géneros posibles, y ahora tocaba volver al principio; pero como siempre, para actualizar, para dejar su impronta. Aunque el glam no es solamente la resurrección del rock and roll, porque también habrá bandas que actualicen el duduá o el boogie, e incluso alguna le dará un cierto tono pop al novedoso “metal”: para ser exactos, en realidad estamos ante una actitud más que ante un género concreto. 

No cabe duda de que las dos patas sobre las que se asienta esta nueva corriente son David Bowie y Marc Bolan. Amigos y colaboradores por mucho tiempo, ambos han abandonado las veleidades folclórico psicodélicas que lucieron en los años 60 y parecen emprender una vuelta a las raices rockeras: Bowie se acercará al revival del garaje punk americano, representado por Iggy Pop y Lou Reed, mientras que Bolan ataca el boogie rock con una cadena de éxitos impresionante. A su sombra, una serie de nombres con mayor o menor relevancia intentarán recuperar aquel poder transgresor que tuvieron los primeros rockeros calcando en muchos casos sus actitudes y llegando a una hipertrofia estética que parece buscar el ridículo de modo consciente, calculado, además de unos gestos sexualmente equívocos que refuerzan ese empeño en atraer el escándalo... casi veinte años después. Lo curioso es que incluso el Rey, el mismísimo Elvis, cuya verdadera afición fueron las baladas (su ideal era llegar a ser un crooner al más puro estilo Sinatra), parece contagiarse de esa fiebre isleña y aparece en el escenario con lentejuelas, capas imposibles, uniformes marcianos… y morirá en 1977, cuando el punk toma el poder: el círculo se cierra. 

El glam, que por tanto es una reivindicación de los viejos tiempos, un rechazo a las ínfulas pseudo intelectuales que nacieron con la psicodelia y que ahora anidan en el progresivo, es denostado por ese sector como un subproducto, papilla populista de consumo para la masa iletrada: “hacemos rock para la clase obrera”, responde el orgulloso Noddy Holder, líder de los Slade, harto de la pomposidad de los enterados. Y ese planteamiento se traslada también a la visión del negocio, porque en algunos aspectos se repiten las estructuras comerciales de antaño: varios nombres de esta nueva ola, en muchos casos veteranos de la década anterior, son reciclados en productos de management; vuelven los compositores profesionales al estilo de un Brill Building de baratillo, el single predomina sobre el LP, los estribillos sobre el conjunto técnico… en resumen vemos un trasfondo claramente pop en todo ello, por mucho que el estilo mayoritario sea rock. 

Y la suma de una cosa con otra arrasó en toda Europa incluyendo España, uno de los países donde al glam se le llamó “Gay power”; esa denominación se confirma a finales de 1972 cuando la española Polygram publica un doble disco recopilatorio con las primeras grabaciones de Bowie para la DECCA y lo titula “El rey del Gay Power”. Sí señores, en la España de Franco no hubo grandes problemas con esta moda, tal vez porque los censores no centraron bien el asunto y porque la supuesta provocación se basaba más en la estética que en otra cosa: por lo general, las letras de las canciones glam son tan banales como siempre lo han sido en el pop, y desde luego no tan “degeneradas” como pudiese parecer. Por otra parte aquí se desconocía el doble sentido de la palabra “gay”, un término que no comenzará a generalizarse hasta los años 80: aquí había, por hablar en fino, mariquitas, lilas, desviados, de la acera de enfrente… y claro, si solamente los aficionados a las músicas ratoneras sabíamos lo que era un gay, era evidente que no pensábamos en ir a explicárselo a los censores. Además, esa leyenda era tan dudosa como el maquillaje de quita y pon que usaban: la mayoría de esos músicos, de gays tenían poco (algo que reconocieron más tarde los por entonces muy pintados Bowie o Lou Reed, sin ir más lejos). Como los rockeros de los años 50/60, vamos: todo era postureo. Lo siento por el Ku Klux Klan y sus simpatizantes. 

Así que durante el primer quinquenio de los años 70, al margen o en paralelo con las “músicas serias”, tuvo lugar en la Isla (y de rebote aunque con menor intensidad en los States) un revival encantador que ha dejado para la historia unas cuantas canciones magníficas y que, tal vez sin que sus protagonistas llegasen a imaginarlo, fue uno de los detonantes de la gran revolución punk y new wave que vino luego. La mayor parte de esos intérpretes pasaron de moda muy pronto, salvo aquellos que como Bowie, Elton John, Rod Stewart, Lou Reed y otros se sirvieron del momento para potenciar su carrera; es decir, los grandes, los que tienen la capacidad suficiente para evolucionar. Y como a esos ya los tenemos muy vistos en este local, es de justicia recordar ahora a los otros, a los que ya pocos recuerdan salvo por alguna canción suelta que aún hoy sigue impregnando el aire de fantasía. 

En fin, están ustedes avisados: entramos en el reino de la lentejuela, el cosmético barato, la lujuria de tebeo, las botas de plataforma, las canciones simples pero contundentes y memorables. Píntense un poco, para estar a tono. 



lunes, 10 de marzo de 2014

1971 (y XVII)



Aquí lo tenemos. El añorado Rory, el campechano Rory. Un personaje que solo vivía para sus guitarras, sus cervezas y sus whiskies -irlandeses, por supuesto; el diablillo de la Fender Stratocaster, capaz de cambiar una cuerda rota mientras seguía tocando. Y esa suma de tópicos (es decir, datos reales pero manidos) tal vez obró en su contra: aunque ya con sus dos primeros discos en solitario es votado por los lectores de Melody Maker como el músico más importante de 1971, el fan medio seguirá citando a Clapton, Page, Blackmore o cualquier otro antes que a él (con gran alegría de “Rolling Stone”, que una vez más dio muestras de su clarividencia al menospreciarlo). Pero sintiéndolo mucho este es uno de los casos en los que la opinión “canónica” me trae sin cuidado, porque yo pienso que Clapton vive de rentas desde la disolución de Cream: sus discos en solitario de los años 70, con ser buenos, no llegan a la altura de los de Rory en esa misma época. Page es muy bueno, pero solo domina dos o tres estilos y busca más el efectismo que otra cosa; y Blackmore tampoco es manco, pero lo suyo es la velocidad y la contundencia antes que los matices, algo que el irlandés domina como nadie. Así que algunos seguimos creyendo que, si dejamos aparte al divino pero imprevisible Jeff Beck y con Peter Green desactivado, el guitarrista europeo más interesante en los primeros años 70 fue Rory (con permiso de Alvin Lee, con quien tiene unas cuantas similitudes). Pero no me hagan mucho caso: probablemente se trata de una manía de fan… o que los otros tres me caen mal; que también puede ser, porque en general los guitarristas no son santos de mi devoción. 

La baja de Taste se oficializa a finales de 1970 con su última actuación en Belfast: recordarán que la situación en el trío no presagiaba otra cosa, ya que Rory siempre fue muy individualista y sus compañeros actuaban como simples músicos ejecutando un repertorio creado enteramente por él, así que en realidad el cambio de líder de grupo a figura en solitario no es mucho más que un formalismo, o incluso un gesto de honradez. Y tras algunas pruebas, tal vez por la morriña, decide fichar a otros dos compatriotas: el bajista Gerry McAvoy y el batería Wilgar Campbell, ambos antiguos militantes de Deep Joy, una de las bandas irlandesas más populares y que con frecuencia habían sido teloneros de Taste. Es decir, que nuestro amigo seguirá de momento con el formato de trío; y su estilo musical será también el mismo, basado sobre todo en el blues rock y el folk además de algunas incursiones en el jazz, género por el que siempre tuvo devoción aunque a su manera. Nada ha cambiado, Rory comienza sus actuaciones muy poco después y, siguiendo con el mismo patrón de grabaciones rápidas que tanto le gustan (lo suyo es el directo), en tres semanas de Abril prepara su primer disco en solitario, que llega a las tiendas el mes siguiente. Que por cierto: también la producción corre a su cargo, como ocurrirá con todos los de su época dorada.

El disco, de título homónimo, demuestra claramente que los dos que grabó con Taste eran del todo suyos; aunque se nota una suave progresión sobre todo en el sonido general, que se hace un poco más denso, con un ligero eco que lo redondea. No hay muchas concesiones a la faceta más rockera, salvo por las piezas que abren y cierran la cara A: la vigorosa “Laundromat”, cuyo punteo es casi un ejercicio de estilo, y “Hands up”, donde una vez más demuestra su profundo conocimiento de las escalas bluseras pasadas por el tamiz isleño. Y sin embargo Rory no trata de resaltar su destreza con la guitarra como hacen otros, sino que la inserta delicadamente en un conjunto rítmico de gran altura con una digitación limpia y sin excesos. Por otra parte, el grueso del material es de tiempo medio e incluso pausado: hay composiciones acústicas deliciosas que van desde el folk al blues, como “Just the smile” o “Wave myself goodbye”, apoyada por el piano de Vincent Crane, lider de los Atomic Rooster y amigo suyo; hay blues de tiempo medio como “Sinner boy”, que abre la cara B, “It takes time” o la clasicista “Gypsy woman”, y hasta incursiones en el country (“It’s you”). Por tener, tenemos incluso una nueva demostración de las habilidades de Rory al saxo en “Can’t believe it’s true”… y dejo para el final “I fall apart”, probablemente mi canción preferida de este disco, que comienza al estilo de balada con aroma jazzy para ir acelerándose y dar pie a que la guitarra de Rory nos obsequie con un inolvidable desarrollo que me recuerda la cadencia del tren a buena marcha. En fin, que estamos ante un músico con una gran escala de registros y sin pretensiones de estrella, al estilo del americano Roy Buchanan, otro guitarrista injustamente tratado. ¿Se puede pedir más?

Pues sí se puede, porque antes de que acabe este año llega un nuevo disco, titulado “Deuce”. En apariencia no hay grandes cambios, pero se confirma su gusto por el sonido ambiental, lo más cercano posible al del directo, y la espléndida elección que hizo de sus dos músicos acompañantes, que ya están plenamente identificados con su estilo. No hace falta oir más que la primera, “I’m not awake yet”, un blues rock magnífico, para darse cuenta de ambas cosas y de otra más: en funciones de guitarra rítmica es igual de bueno que como solista. Entre las clásicas para el futuro tenemos “Crest of a wave”, una nueva exhibición con ese estilo de “cuerda blanda” que tanto le gusta a él y a nosotros; “Maybe I will”, un cruce entre rock, blues y jazz realmente majestuoso, o “Whole lot of people”, una lección de cómo se usa el cuello de botella en un mástil. Flipante. Y por supuesto las canciones acústicas nunca faltan en su repertorio, como la sorprendente “Used to be” en la que nos obsequia con unas escalas de inequívoco sabor español (mucho antes que muchos otros), o las más cercanas al country folk como “Don’t know where I’m going” o “Out of my mind”. Así que una vez más Rory nos demuestra su gran versatilidad, su amplio dominio de muchos estilos. Y aunque no alcanzará nunca las ventas de dioses guitarreros como los arriba citados, no importa: él disfruta con las giras y el profundo reconocimiento de mucha gente que admira a los músicos humildes pero exquisitos. Ah, y por si alguno de ustedes no ha agotado aún su paciencia tras este rollo, aquí tienen la hagiografía del muchacho. 

Y termina el paseo retrospectivo por 1971; otro de esos años fantásticos en la historia del rock clásico, al que ya no le quedan muchos. Pero como siempre digo, los discos seguirán ahí. Muchos de ellos son intemporales desde entonces. 


martes, 4 de marzo de 2014

1971 (XVI)



Hoy nos visitan las dos últimas bandas que se dieron de alta en este tugurio el año pasado, nuestras dos últimas representantes de la época dorada del rock cuando ese género tenía una visión mucho más amplia e inventiva que ahora: Wishbone Ash y Badfinger. Y precisamente por esa variedad que caracterizó a la época, ninguna de ellas tiene que ver con los planteamientos de los zepelines, Purple, Heep y compañía. El rock era entonces un denominador común para todas, pero cada una tenía patrones distintos. Y si los Ash comenzaron partiendo de una estructura muy guitarrera aunque estilizada, ahora sus piezas de ritmo medio e incluso a veces acústico se están imponiendo; por su parte, Badfinger siguen siendo fieles a la querencia que los había distinguido desde diez años antes, cuando aún eran los Iveys: el pop más o menos “vitaminado”.

La carrera profesional de Wishbone Ash comienza gracias a la ayuda de Ritchie Blackmore, que les consiguió un contrato discográfico además de recomendárselos a Derek Lawrence (el productor en la primera etapa de los Purple). Y pronto se ganaron el bonito apodo de “los Allman Brothers británicos”: recordarán ustedes que esa definición se debía al hecho de que, como en el caso de los americanos, los Ash disponían de dos guitarras solistas, Ted Turner y Andy Powell. Pero salvo en el gusto por los desarrollos largos en lo demás no hay mucho parecido, ya que mientras el estilo de los Allman se basa en el blues y el country los isleños hacen rock blanco -ligeramente progresivo y por lo general más cercano al folk que al blues- aderezado por un cruce de punteos muy elegantes, que alternan con baladas de tono casi acústico. Ese juego de guitarras, de sonido limpio y cercano a veces al arabesco, los está haciendo progresar poco a poco pero con paso firme: su primer disco llegó al top 30, y aunque no son una banda de masas se agradece que una agrupación rockera tenga un estilo tan pulido y exquisito. Ambos guitarristas son fans del legendario Hank Marvin, y ese es su mejor aval. 

“Pilgrimage”, su segundo disco, inaugura el otoño de 1971 llegando al top 15, lo cual en una banda de este tipo es una verdadera hazaña. Y la progresión no se ciñe a las ventas sino también a su estilo, que gana en recursos y variedad sin que la producción de Lawrence necesite aplicar tratamientos invasivos: “Vas dis”, la originalísima pieza que lo abre, se distingue por su base ritmica mucho más cercana al jazz que a cualquier otra cosa, acompañada por unas guitarras que parecen limitarse a hacer acompañamiento en las mismas notas y escalas que la voz; una voz que, al más puro estilo scat, tararea esas escalas. Le sigue “The pilgrim”, otra pieza semi instrumental con su arranque casi atmosférico decorado por notas de cuerdas cercanas al folk que luego dan paso a una especie de rock con una línea muy firme pero aderezada con tonos jazzy, folk y todo lo que ustedes quieran, más las voces de nuevo tarareando. La cara A termina con la pieza más popular del repertorio Ash: “Jail, bait”, un rock de estilo boogie con una fantástica exhibición de guitarras que debería haber sido publicada en single. La cara B se abre con “Alone”, una instrumental de dos minutos y pico que es casi un ejercicio de estilo para sus guitarristas, aunque tanto el bajo (Martin Turner) como la batería (Steve Upton) son tremendamente originales: la base rítmica de los Ash, tal vez oscurecida por el brillo de sus solistas, parece un poco olvidada hoy en día, a pesar de que no tenían nada que envidiar a cualquier otra. Y el resto sigue en su estilo de medio tiempo, con tonos acústicos, que se hace realmente encantador. También esta cara termina con un boogie rock, aunque en directo: “Where were you tomorrow” nos muestra a los Ash más simples, sin un solo overdub, y suenan encantadores. Así que, en conjunto, estamos ante una mezcla de estilos muy original que nos hace pensar en un futuro radiante. 

Los antiguos Iveys también tuvieron padrinos, y de altura: ya vimos el año pasado que Mal Evans consiguió que los Beatles se interesasen por ellos y los fichasen para Apple Records con el nuevo nombre de Badfinger. Sin embargo este tipo de padrinazgos suele ser un arma de doble filo porque con frecuencia origina prejuicios, y durante mucho tiempo tuvieron que cargar con el sambenito de ser una “fotocopia” de los Cuatro Fabulosos en su última época. Y aunque no hay duda de que las influencias son claras e incluso las voces suenan parecidas, también hemos de reconocer que poco a poco consiguieron encontrar su propio camino, más cercano al pop que sus mentores. Otro problema fue la situación financiera de Apple, que con frecuencia retrasó la aparición de sus discos, y por último la propia desgana de McCartney o Harrison, los más implicados inicialmente en apoyar a Badfinger y que luego, agobiados por su propia carrera y sus problemas personales, fueron olvidándolos. Ya dije el año pasado que la historia de este grupo es larga, conflictiva y dramática, pero no nos pongamos tristes: después de casi un año de trabajo en estudio, de cambios en la producción, de cintas perdidas y otros cuantos incidentes, por fin consiguen sacar a la calle su tercer disco, “Straight up”. 

El fantasma de los Beatles sobrevuela el disco, como en los dos anteriores: las influencias son claras en la mayor parte de las canciones, y francamente evidentes en piezas como “Take it all”, la que abre el disco; “Money”, “I’d die babe”, “Sometimes” y algunas más, que en conjunto dan la impresión de “actualizar” la obra que crearon los de Liverpool en sus últimos años. Hay algunas que se apartan un poco de ese camino, como “Day after day”, aunque se hace reconocible la guitarra de Harrison en algunos pasajes (George fue además uno de los que pasó por la mesa de producción para luego “olvidarse” del asunto). Y hay otras que ya son totalmente Badfinger: la encantadora “Baby blue” por ejemplo, un power pop que representa muy bien el espíritu del grupo, pasando a ser una de sus clásicas que influenciará a finales de los años 70 a algunas bandas de la new wave y baladas poperas (esa escala de cuerdas que hacen Nacha Pop en “La chica de ayer”… ¿de dónde la habrán sacado?); o la casi acústica “Perfection”, que es ciertamente perfecta. Así que esta es otra de esas delicias de unos señores que, sin olvidar sus influencias, demuestran un gusto exquisito por las melodías, tan fuera de tiempo por entonces. Y las ventas seguirán siendo discretas, aunque superiores en los States que en la Isla; tal vez por esa vocación clásica que tienen los americanos a veces, de mantener lo bueno: los isleños en este sentido, tengo que reconocerlo, a veces se pasan de modernos. 

Y ya casi hemos terminado nuestro paseo por el año 1971. Casi. Falta por llegar un señor al que ya conocemos desde hace tiempo, pero que ha abandonado a su grupo para seguir en solitario y vendrá la semana que viene a tomarse una cerveza, que es lo suyo.