martes, 22 de diciembre de 2015

Navimod



Pues sí, estimados clientes: ya tenemos las Navidades encima, otra vez. Dicen que percibir excesiva rapidez en el paso del tiempo es señal de que vamos puretas, y si es así yo debo de ser Matusalén: cada año se me escurre con más presteza que el anterior. Pero en fin, hay que tomárselo con espíritu deportivo, supongo. Ya saben ustedes que en este tugurio tratamos de alegrarnos un poco la vida con una fiesta de vez en cuando, y con más justificación aún si de lo que se trata es de sobrellevar estas fechas con alegría. Así que bienvenidos a la fiesta navideña correspondiente. Con la intención de no resultar repetitivos, tratamos de que cada año haya una temática distinta; bien, pues este año la Navidad se nos presenta con la Union Jack y montada en una Lambretta. O sea, en plan mod. Por nosotros no hay problema: ya he dado instrucciones a Sam y los camareros para que estos días cuelguen los uniformes y los sustituyan por polos Fred Perry, pantalones de pitillo y zapatos italianos. Yo seguiré con mi impoluto smoking blanco, como es lógico, pero me pondré la chapita en la solapa para no desentonar. Recuerden que, como en todas las fiestas que se celebran aquí, la única norma es el número de canciones, que invariablemente son 12+1. Y eso es todo: al lío. 

Por etimología la palabra “mod” es apócope de “modern”, nombre de guerra que se atribuyeron unos cuantos jóvenes de clase media/alta londinense (muchos de ellos hijos de la burguesía urbana judía) a finales de los años 50 y que se aficionaron al modern jazz (o bebop, si quieren) por puro elitismo, mientras gastaban todo su dinero en ropa y en dejarse ver por los clubs de moda: vamos, que eran unos narcisistas. Sus aficiones musicales, en muchos casos impostadas, se fueron ampliando a casi todos los estilos incluidos por entonces en lo que los yanquis llamaban rhythm’n’blues, con preferencia hacia el soul y el blues (este último estilo eclosionó a partir de 1965/66 en el llamado “British Blues Boom”, pero nosotros seguiremos la pista del soul, que es la que nos lleva a los mods). Llegados a la década de los 60, los primeros mods comienzan a desertar ante la masificación de la tribu, algo que como buenos elitistas no aceptan (que haya mods en Manchester, bueno; pero ¿en Sheffield, en Liverpool incluso? ¿Los currantes ahora son mods?). Por otra parte, les desagrada la idea de ir de un sitio a otro sobre una moto de mala muerte como hacen los Scooter Boys, la nueva raza de moteros proletarios que se ve por Londres con esas ridículas Lambrettas y Vespas: donde esté un buen coche... Y para rematar está el asunto de la parka, ya que frente las impolutas Burberrys que ellos lucen para proteger sus magníficos trajes, los moteros echan mano de la Fishtail M65 del ejército yanqui: están muy baratas de segunda mano en el Rastro y son mucho más operativas. Así que hay que cambiar de perspectiva, porque aquellos niños de papá ya no son críos sino jóvenes de buen aspecto que pasarán a protagonizar el naciente Swinging London, mientras que los moteros son ahora faces y numbers: la clase baja se apodera de los tugurios que los primeros mods abandonan. 

A esos faces y numbers no les interesa el jazz, tenga el adjetivo que tenga: ellos quieren bailar, quieren alegría. Y como el panorama isleño es desolador, deben seguir atentos a las músicas que vienen de los States; aunque, como hicieron sus predecesores, buscan sobre todo en la música negra porque para escuchar “canciones de montañeses” -insulto que lanzan contra el rockabilly, herencia del hillbilly- ya están los rockers, esos patanes grasientos (cuidado, el rock and roll negro es otra cosa: al asombrado Chuck Berry, en su primera gira isleña, los mods se le ponían de rodillas en el escenario cuando hacía el paso del pato). Es decir: el rhythm’n’blues, en sus múltiples variedades, será la música predilecta de las nuevas tribus. De entre esas variedades hay una, su fusión con el góspel, que da a luz al soul y que muy pronto se convertirá en el alimento fundamental de la dieta de estos muchachos. Uno de los músicos que mayor responsabilidad tiene en esa fusión es el legendario Ray Charles, cuya materia prima es el jazz y el blues pero que ya a finales de la década anterior está haciendo experimentos tan sonados como la inolvidable “What’d I say”, pieza que podría corresponder a tres o cuatro estilos distintos… o a todos juntos. Por su extensión se publicó en dos partes, una en cada cara del single, en verano del 59. 



Hay un tal Berry Gordy, residente en Detroit, que decide abandonar su trabajo como montador de piezas en la Ford y dedicarse a lo que más le gusta, que es la música ratonera. Ya llevaba unos años componiendo canciones (¿recuerdan “Reet petite” de Jackie Wilson?) y con sus ahorros consigue crear en 1959 un pequeño sello llamado Tamla, mientras sigue con la escritura y entrega unas cuantas canciones a Barrett Strong, un joven con buena voz, buena presencia y que también sabe componer. El bueno de Barrett se convertirá en uno de los puntales del nuevo sello, pero de momento triunfa con su segundo single, que contiene una canción de Gordy titulada “Money”. Tamla no tiene aún cobertura y la distribución corre a cargo de otro sello, Anna Records, que consigue interesar a la London y publicar el single también en la Isla. Estamos en la primavera de 1960 y los resultados son devastadores: he aquí otra de las primeras canciones que constituyen el repertorio sagrado de los mods… aunque por supuesto las piezas como esta son patrimonio de la Humanidad toda. 



Pero volvamos al naciente soul. En realidad Ray Charles es una excepción, ya que la mayoría de las grandes figuras de este nuevo género provienen del góspel: tal vez no tengan sus amplios conocimientos musicales, pero ante el micrófono están muy sobrados y algunos saben ganarse al público con su sola presencia. Este es el caso de James Brown: si le llaman “El padrino del soul”, por algo será (aunque ese apodo se lo ganó en los años 60, cuando ya llevaba casi diez curtiéndose con el góspel). Se da a conocer en la Isla a mediados de 1960, con su primera clásica total: “Think”, que como ya saben ustedes fue seguida de otras muchas. 



Por entonces era muy frecuente que grandes compositores alternasen una carrera propia con el trabajo para otros: este es el caso de Allen Toussaint, un pluriempleado legendario, famoso como músico, productor y manager. Uno de sus protegidos durante mucho tiempo fue Benny Spellman, cantante de r’n’b para el que compuso varias piezas. Y el momento más brillante de su carrera tiene lugar a principios del 62 con un single en el cual destaca la cara B, otra clásica titulada “Fortune teller”: la tribu mod se enamoró perdidamente de esta canción.



Y ya que estamos a principios del 62, pues... sí, de nuevo el soul; con una buena justificación, claro, porque después del primer “técnico oficial” del género y luego del padrino, ahora nos toca presentar al Rey: Sam Cooke. También él fue cantante de góspel, al frente de los históricos Soul Stirrers, y luego comenzó una transición entre el estilo crooner y el naciente soul. Ya se escuchaba en las radios isleñas desde finales de la década anterior pero no se consagra allí hasta la publicación de “Twistin’ the night away”, compuesta por él: al instante se convierte en otra de las piezas indiscutibles en el repertorio de los moteros de la parka, que entronizan a Cooke como su santo patrón, por encima de cualquier otra figura del género. Es "solo" su primer éxito (“Shake”, en 1965, fue otro cañonazo igual o mayor, con muchas versiones británicas), pero esta pieza de título tan sugestivo se apropió del corazón isleño. Recuerden: “allnighters” era el sobrenombre de estas sectas motorizadas; o sea, que estaban toda la noche a ello. 



Mientras tanto en Detroit también hay movimiento: otro ritmo que enloquece a los mods es el pop negro de la Tamla, que ahora luce en su sello acompañada de la palabra “Motown” (es decir, Motor Town, uno de los alias de la ciudad). El triunfo de Barrett Strong con “Money” permitió a Berry Gordy consolidar aquel pequeño sello creado a finales de los 50, y su anterior trabajo en la Ford le sirvió para organizarlo como una factoría en la que trabajaba un gran plantel de compositores y arreglistas que dieron años de gloria a todos aquellos que disfrutamos con ese tipo de canciones simples pero de estribillos arrebatadores. De ese plantel destaca la santísima trinidad formada por Holland, Dozier y Holland, autores de por lo menos la mitad de las grandes piezas del sello. Eddie Holland, uno de los hermanos, alternó durante unos años su trabajo como compositor junto a una carrera como cantante no más que discreta, pero que al menos nos ha dejado otra leyenda del catálogo mod: “Leaving here”, a finales del 63. 



Una de las más contundentes armas de la Motown eran sus letales grupos femeninos, formados por muchachas muy simpáticas que hacían unos encantadores juegos de voces y movimientos, defendiendo con gran soltura aquellas piezas deliciosas que les suministraba la factoría: solo con nombrar a las Supremes, Vandellas, Marvelettes, Velvelettes y demás familia, un buen mod entraba en arrobos ensoñadores. Quizá en ese mundillo las más populares fueron las Vandellas, que con Martha Reeves al frente dieron al mundo alegrías tan grandes como esta “Heat wave”: fue su tercer single, a mediados del 63, y significó su consagración tanto en los States como en la Isla. Ah, y está compuesta por Holland, Dozier y Holland. Qué peligro tenían estos tíos… 



Pero la Motown puede presumir de muchas otras figuras de categoría, entre ellas el inolvidable Marvin Gaye: músico, compositor, cantante, capaz de interpretar baladas sublimes o piezas de ritmos pérfidos que se te enganchan y ya no puedes soltarte. Su nombre se convirtió pronto en uno de los más respetados para todo tipo de fans, fuesen mods o no; y tanto entre unos como entre otros tiene piezas totémicas como “Baby don’t you do it”, del 64, que cualquier devoto de Small Faces o Who conoce aunque no haya escuchado la original. Una original que sin embargo no es obra de Marvin; de hecho sus compositores la escribieron pensando en las Supremes, pero finalmente decidieron entregáresela a él. ¿Que quiénes eran los compositores? Sí hombre, el trío aquel… cómo se llamaban… 



En ese año 64 ya estaban cambiando muchas cosas. En lo musical, la más importante es que surgen los primeros grupos británicos que los mods intentan hacer suyos oponiéndolos a los fans del beat, un estilo que a los moteros les parece blandito, casi abominable. Los primeros fueron The Action, ya a finales del 63, pero pronto llegan The High Numbers -o sea, los futuros Who- o los Birds, y el próximo año los Small Faces. Todos ellos parten del r’n’b para hacer sus versiones o crear sus primeras piezas propias, pero... sintiéndolo mucho, la música mod no existe (del mismo modo que no existe el freakbeat): el público que jalea a esas bandas será prácticamente el mismo que lo hace con los Stones, los Kinks o los Yardbirds. La parroquia mod más fan del soul comienza a ver con desagrado el sesgo que está tomando la situación. Y en esas nos llega el último gran ídolo del género: Otis Redding, a quien se considera sucesor del malogrado Sam Cooke y que junto a Aretha Franklin, Sam and Dave, Wilson Pickett y otros cuantos forma parte de la definitiva invasión del soul en todo el orbe cristiano. Por desgracia también él morirá joven, pero de momento consigue su primer gran éxito en la Isla con su quinto single, en el que se contiene la inolvidable “Respect” (que luego versionó Aretha, entre otros). Esto ocurrió en verano del 65, justo un año después de que hubiesen comenzado las grandes broncas en la costa del sur de la Isla con los rockers, los excesos de alcohol y pastillas, las noches en la cárcel, las motos destrozadas… Los primeros faces y numbers comenzaban a desertar.



La evolución que está ocurriendo en las calles tiene un buen símbolo en las músicas que se están apropiando de las listas. A principios de 1965 se publica una de las piezas míticas en la nueva historia musical británica: “The “In” crowd”, cuyo título es realmente expresivo. Los allnighters de los que hablaba hace un rato son ya una mezcla de aficionados al soul, al blues, al r’n’b, al pop, al jazz incluso, que comienzan a infestar ese Swinging London inmortalizado el año que viene en “Blow up”, aquella película del señor Antonioni, de contemplación obligada aunque solo fuese por la escena de los Yardbirds. La canción, compuesta por los hermanos Page (Gene, el pequeño, es un arreglista legendario), se hizo inmediatamente popular en la voz de Dobie Gray, un cantante de nivel medio pero con una extensa carrera. Y desde ese mismo momento, comenzaron las versiones (hasta los Pekenikes hicieron una, titulada “En la onda”). 



Las piezas instrumentales, aunque no muy frecuentes en este mundillo (aún), eran siempre bienvenidas. Y una de ellas hizo conocido en la Isla a un músico que con el tiempo posiblemente acabó siendo más valorado allí que en su país de origen: Billy Preston. Entre los nuevos aficionados (sean ya mods o no) hay una gran admiración por el sonido del órgano eléctrico, especialmente el Hammond, y Preston lo hace muy asequible al público medio con piezas como este “Billy’s bag”, que comenzó siendo una humilde cara B a principios del 65 en Estados Unidos pero que gracias a la importación tuvo mucho éxito en las discotecas isleñas: este es su primer single en el Reino Unido, publicado un año más tarde; para entonces ya es la cara A, evidentemente. 



Y llegamos a 1966. Los mods son ya un anacronismo, sobrepasados por una nueva generación de aficionados con visión más amplia y que no hacen distingos entre bandas; por no hablar de la pujanza del blues rock y la naciente psicodelia, un estilo que no entienden. Mientras tanto ya hay algunos personajes isleños que han interiorizado perfectamente el espíritu del r’n’b, y con esa excusa llegamos a la pieza que completa nuestra docena de hoy. Se trata una doble víctima de su época, ya que no solamente fue oscurecida por el éxito de una canción británica (como muchas otras de su categoría), sino que además pocas veces se reconoce que tal canción británica sea en realidad una versión “camuflada” de esta. Me explico: tienen ante ustedes “A lot of love”, una pieza encantadora interpretada por Homer Banks, que además era también compositor y productor: como tal, trabajó muchos años en la Stax. Este es su primer single en la Isla, y tuvo un éxito relativo; pero hubo un chavalito que ya llevaba un tiempo tocando en una banda, que nada más escuchar esta canción quedó arrobado y se propuso superarla. Ese chavalito se llama Stevie Winwood, que corrió a componer “Gimme some lovin” consiguiendo con ello el mayor éxito en la historia de su grupo. La publicaron a finales de Octubre del 66: no había pasado ni un mes desde que “A lot of love” estaba en las tiendas. 



La canción 12+1, como saben los clientes veteranos, se presenta siempre fuera de programa. Y en este caso se trata de un grupo español que es en sí mismo todo un homenaje a aquella época. En los años 60 muy pocos aficionados nacionales tuvieron constancia de que existiese algo llamado “mod” en algún sitio; de hecho, incluso la palabra “beat” era un término difuso. Pero a finales de los 70, entre la marejada new wave y punk hubo un renacimiento mod que también afectó a nuestro país, y al menos dos grupos destacaron con claridad sobre los demás: los madrileños Elegantes y los catalanes Brighton 64. Y claro, con semejante nombre es inevitable que me haya inclinado por estos últimos para cerrar la fiesta; si a tal hecho añadimos que la canción elegida cita a Otis Redding, Jackie Wilson y Sam Cooke, no hay más que hablar: aquí tienen ustedes “El mejor cocktail”, de 1986. Es una de las piezas esenciales en la carrera de un grupo que mereció mejor suerte… o mejores aficionados (y no tan de boquilla, como ha pasado casi siempre en España). 




Fiesta terminada: todos a casa. No sin antes recordar que este ramillete es solo una ínfima porción de la música que los mods escuchaban y que va desde John Lee Hooker hasta Phil Spector, uno de los pocos geniecillos blancos que figuraba en su santoral -ya que lo consideraban una alternativa al estilo Motown-, así como algunas piezas de los ritmos jamaicanos que comenzaron a escucharse en la Isla a mediados de la década: ska, rocksteady, bluebeat y otros cuantos (aunque hay que aclarar que los sones jamaicanos no fueron tan populares como se trata de hacer creer ahora; más bien formaron parte de la segunda oleada, cuando aparecen los primeros skinheads, que no son más que antiguos numbers reciclados). Por mi parte, aquí les dejo el paquetillo que contiene las piezas de esta fiesta… y a mayores un pequeño regalito sorpresa. Pero no se lo digan a nadie. 

Ah, que me olvidaba: cuando comenzó su decadencia, a mediados de la década, los mods irreductibles, los fanáticos del baile a base de soul y demás derivados del r’n’b, decidieron encerrarse en un cápsula del tiempo. Olvidándose de las nuevas actualidades musicales, crearon un reino de fantasía en las discotecas del norte de Inglaterra, donde siguieron viviendo aislados de la actualidad hasta no hace mucho: ese estilo de vida se llama Northern Soul, y ya tuvo su fiesta aquí. Por otra parte, si hay alguien a quien pueda interesar un mayor abundamiento en el asunto mod, tal vez le interese echar un vistazo a la columna izquierda de este local. 

Y felices fiestas. Cuidado con las borracheras y atracones excesivos, que los carga el diablo. Espero que todos sigamos vivos y sin muchos desperfectos en 2016. Hasta entonces. 

Rick.


lunes, 14 de diciembre de 2015

1973 (XVII)



En el sector de los solistas puros -aquellos cuyo único instrumento es la voz- una de las figuras británicas más representativas es Rod Stewart, que nos acompaña desde hace tiempo. Rod es muy trabajador y en estos últimos años ha estado compaginando una discografía en solitario con otra al frente de Faces, una especie de “versión alternativa” a los Stones. Pero el pluriempleo comienza a resultarle un estorbo, ya que al parecer su fuente de ingresos con más futuro está en su propia persona: la popularidad de este “cantante de la voz de arena” ha crecido de tal modo que no solamente es una figura en la Isla sino también, y cada vez más, en los Estados Unidos, un mercado que como ustedes saben mueve mucho más dinero y es menos exigente. En 1973 se publica el último disco grande de Faces, aunque todavía seguirán en activo dos años más. Por contra este año no hay nuevo disco de Stewart, pero aprovecho la despedida de los Faces para hacerlo también con él: a fin de cuentas la discografía suya que más nos gusta ya está completada y, como Elton, cada día que pasa está más cerca de convertirse en una pop star muy por encima de los humildes presupuestos de este tugurio. 

Si planteamos su éxito en términos de trabajo, profesionalidad y beneficio, hay que reconocer que se lo ha merecido. Hace diez años que comenzó en el negocio interpretando primero en los Dimensions y luego en Steampacket un repertorio clásico del catálogo soul y r’n’b además de algunas piezas pop; como ustedes saben, fue en esa época cuando se ganó el apodo totalmente lógico de “Rod el mod”. Ya por entonces alternaba su militancia en grupos con algunas actuaciones e incluso grabaciones en solitario. Su salto a la primera división tiene lugar en 1967 al ser fichado por Jeff Beck para su banda; y al abandonarla, dos años después, ya tiene delante un contrato discográfico a su nombre. Sin embargo le gusta sentirse acompañado por gente conocida, y esa es la razón principal por la que decide unirse a Quiet Melon en compañía de Ron Wood (se hicieron amigos en la banda de Beck), su hermano mayor Art y los ex-Small Faces recién abandonados por Steve Marriott. Poco después Art Wood se retira, la banda pasa a llamarse Faces y Rod alternará su presencia en ella con una carrera a título personal, pero favorecida por unos músicos de apoyo populares y fijos en las giras: los propios Faces. 

Ya sé que mucha gente adora a los Faces, pero hay que reconocer que Rod no se los tomó en serio; quien realmente puso empeño en que funcionasen fue Ronnie Lane. Y este es un hecho que se demuestra repasando la contribución de uno y otro, ya que las mejores canciones de Rod Stewart están en sus discos como solista. Por otra parte, Lane tiene algunas realmente buenas pero con poco gancho; en mi opinión, su estilo cuadra más con las canciones de medio tiempo y las baladas al estilo americano que con el rock marchoso que en teoría ha de distinguir a una banda como Faces, lo cual hace que la mayoría de las más recordadas del grupo, sin ser maravillosas, pertenezcan a Stewart y Wood. Si a esto le añadimos que la voz de Stewart no tiene el tono cálido ni la producción que luce en sus discos en solitario, el resultado final resulta un poco desvaído. En algún momento del pasado, tal vez por la influencia de la Warner al reeditar su obra en CD, se le dio la vuelta a la historia real y comenzaron a surgir comentaristas ensalzando a Faces con el mismo entusiasmo con el que menospreciaban los primeros discos de Stewart; bueno, pues allá ellos, pero las cosas fueron de otro modo: si ya esos discos vendieron mucho más que los contemporáneos de la banda, por algo sería. No olvidemos que la primera reedición en vinilo, a mediados de los años 70, lucía en una esquina de cada disco de Faces un sello recordando la participación de Rod. 

Porque ese es el asunto: si tenemos a Stewart escalando una cumbre personal junto a Wood y los ex-Small Faces, la suma de nombres, la pura sinergia nos mostraría que estamos ante un supergrupo, y sin embargo nunca dieron esa impresión. Sus dos primeros discos ni siquiera llegaron al top 30; consiguen el top 5 con el tercero y el número uno con el que publican este año, pero está claro que más por la fama creciente de Stewart que por el mérito de la banda. Y comienzan a pesarle en exceso las obligaciones compartidas entre Faces y su carrera, no tiene tiempo para todo; ha hecho sus cálculos monetarios (el dinero le gusta tanto o más que las rubias) y comprende que le interesa fortalecer una proyección personal, así que su alejamiento de la banda es cada vez más patente. Con tanto trajín resulta casi lógico que su participación en las grabaciones del último disco sea muy esporádica, lo que obliga a Lane a sacarlo adelante con la inestimable ayuda de Glyn Johns. No hace falta decir que las relaciones están bastante deterioradas: sabiendo que a Rod ya solo le interesa el grupo por los músicos y no por su producción discográfica (y hay vídeos como el de “Maggie May” -repertorio Stewart- en el que vemos a los Faces al completo), Lane es el primero en comprender que no le importará abandonarlos en cuanto le convenga. 

Con este panorama, el último disco del grupo llega a las tiendas en la primavera del 73. Se titula “Ooh la la” y, contra lo que podría esperarse, es realmente bueno; está a la altura del anterior, como mínimo. No hay grandes sorpresas, y como siempre se alternan las clásicas piezas marchosas al estilo Stone como “Silicone grown”, “My fault” o “Borstal boys” (suelen ser las que componen Stewart y Wood, en ocasiones con McLagan) junto a otras de medio tiempo que por lo general son de Lane, con o sin la participación de los demás: “Flag and banners” refleja muy bien los buenos momentos de concordia entre él y Stewart, pero hay algunas completamente suyas como la encantadora “Just another honky” o “Glad and sorry”, otra preciosidad. Ah, y la que cierra el disco y le da título, compuesta a medias entre él y Wood: al señorito Stewart le pareció que no iba en su tono, y al final fue el propio Wood quien hubo de cantarla con muy buenos resultados, ya que se convirtió en una clásica de la banda. Es curiosa la distribución de las canciones en el disco, ya que la cara A muestra una clara prevalencia del trío compositor formado por Stewart, Wood y McLagan, mientras que en la B el peso lo lleva mayoritariamente Lane. El comportamiento de Rod fue bastante rastrero: no contento con haberse escaqueado durante casi toda la grabación, luego se dedicó a echar mala baba diciendo que el disco era un churro y que -otra vez- la mayoría de las canciones no estaban pensadas para su tono. Entonces, amigo Rod… ¿por qué no frecuentaste más el estudio, eh? Y sin embargo, por unas cosas o por otras, este es el único número uno en la carrera de los Faces. Tal vez sea eso lo que le fastidia. 

Ronnie Lane, harto ya de hacerse mala sangre con una situación enloquecida, se marchó dos meses después para seguir una carrera discreta al frente de su Slim Chance; fue sustituido por Tetsu, que venía de Free. A mí me resulta asombroso que Faces durasen otros dos años más, que soportasen aquella larga agonía. Ron Wood, muy previsor, comenzó a alternar su trabajo en el grupo con la presencia en los Stones en la primavera del 75, hasta que por fin consiguió el empleo fijo a finales de ese año, justo cuando Stewart anuncia la disolución definitiva. Desde el último disco grande hasta ese momento, solo grabaron un single de título muy largo y buenas ventas… y un directo que pasó casi desapercibido. En cuanto a Kenney Jones, ya saben ustedes que sustituyó al fallecido Keith Moon en los Who, mientras que McLagan acompañó a los Stones en algunas giras y grabaciones, además de crear su propia banda. Y esto es todo. 

Ah sí, Stewart. Bueno, pues también lo saben ustedes de sobra: por algo decide mantener a los Faces hasta finales del 75, ya que es entonces cuando también decide abandonar las brumas y los impuestos británicos para disfrutar de las plácidas, soleadas y menos gravosas amplitudes californianas. Un título como “Atlantic crossing”, con aquella portada, lo dice todo. 

lunes, 7 de diciembre de 2015

1973 (XVI)

El solista tuvo su renacimiento a finales de la década anterior, tras una época en la que esa opción estaba reservada casi únicamente para los cantantes de baladas. A estas alturas el pop se ha ramificado creando una gran variedad de alternativas, que incluyen desde la vanguardia pura representada por Kevin Ayers o David Bowie hasta los músicos de corte más tradicional como Elton John o Cat Stevens, otros dos visitantes asiduos de este bar. Por desgracia esta será la última visita de ambos, ya que sus trayectorias los alejan de nosotros. 



Elton John, tras algunos años de fogueo como compositor a sueldo y militante de Bluesology, consiguió la categoría de solista en 1969, el año de publicación de su primer disco grande. Su estilo consiste básicamente en mezclar la tradición melódica y orquestal europea con la balada al estilo yanqui, siendo The Band una de sus mayores influencias. El resultado tiene un tono casi campestre a veces pero con unos arreglos magníficos, y lo ha ido elevando gradualmente hasta conseguir un éxito notable a ambos lados del océano; para ser exactos, más aún en los States que en su propia casa, ya que ese equilibrio entre las dos influencias se está perdiendo en favor de la segunda. El año pasado consiguió su primer número uno allá con “Honky Château”, que no bajó del top 5 en la Isla y consiguió muy buenas ventas en toda Europa. Pero salvo alguna gran canción como la inolvidable “Rocket man”, ese disco no tiene la altura de los anteriores, sino que parece haber sido hecho expresamente con la intención de ampliar la masa de oyentes a base de edulcorar el producto: la delicadeza, el trato exquisito de las texturas instrumentales, las líneas melódicas tan originales que presentaban sus cuatro primeros discos casi han desaparecido. En su lugar tenemos ahora a un compositor de piezas agradables, sin arrobos ni sobresaltos, que confirma plenamente sus objetivos con la publicación de “Don’t shoot me, I’m only the piano player” a principios de Enero y “Goodbye yellow brick road” en otoño.

Entre uno y otro disco, Elton salta al estrellato absoluto. A partir de este año se convierte en uno de los artistas más populares en el negocio del glam (algo transitorio) y en consecuencia, del pop rock -si no el mayor, a la espera tal vez de personajes como Michael Jackson o la consolidación de Queen. No hay grandes diferencias entre esos dos discos, que por supuesto alcanzan el número uno con holgura en medio mundo, España incluida: ambos se graban en el castillo famoso, ambos tienen unas cuantas canciones de gancho para single… y otras cuantas de relleno, creo yo (sobre todo el segundo, que es doble). De entre esas canciones con gancho destacaría de su primer disco y en su vertiente melosa, el gran éxito de “Daniel”, un verdadero agobio radiofónico; de su tendencia “gamberra”, que la tiene, las dos mejores son “Crocodile rock” y “Elderberry wine”: salieron juntas en un single muy popular en los bares y futbolines, y tengo que reconocer que las dos me gustan. Del doble, aunque ya andaba yo un poco alejado de las glorias eltonianas, habrá que recordar el tremendo éxito de obras trágicas y trascendentes como “Candle in the wind” junto a, una vez más, alguna cancioncilla marchosa como “Saturday night’s alright for fighting”, que aún hoy me encanta. En resumen, ya digo, Elton se nos hace millonario. Mejor para él. Y a partir de ahí, poco hay que contar: paso a paso se ha ido convirtiendo en la gran reinona del pop de masas durante años y años. Hace mucho que los locales como este se le quedaron pequeños. 



Lo de Cat Stevens es otro asunto aunque tiene algunos puntos en común con Elton, ya que a su espíritu intimista y lírico hay que sumarle un gusto exquisito por los arreglos musicales, que convierten sus canciones en pequeñas obras de arte, en piezas de orfebrería. Sin embargo, esos arreglos son muy sencillos: por lo general trabaja acompañando a su voz cálida con cuatro instrumentos básicos -guitarra acústica, piano, bajo y batería- y en menor medida un órgano eléctrico que suele crear una atmósfera de fondo, más que incidir directamente sobre la pieza. Por lo tanto su gran baza son las melodías, cautivadoras, con un lirismo revestido de un ligero tono casi pop que lo diferencia de la gran mayoría de los poetas cantantes, y eso ha hecho que desde su “renacimiento” en 1970 su obra discográfica haya sido tremendamente popular en medio mundo: conseguir que sus últimos tres discos estén entre el top 5 y el 10 es algo muy raro de ver en este tipo de músicos. Sin embargo, su estilo comenzó a evolucionar el año pasado, con “Catch bull at four”: la percusión y los teclados eléctricos comienzan a ganar protagonismo sobre el sonido acústico, al mismo tiempo que las escalas melódicas están perdiendo ese leve tono pop para acercarse -aunque también levemente- al r’n’b. No es una mala opción, aunque nos despiste un poco porque no parece cuadrar con su estilo; el problema es que su brillantez compositiva ha decaído: no era un mal disco, pero junto a algunas piezas magníficas había otras casi de relleno. Con lo cual sospechamos que el próximo será decisivo, aun sin saber exactamente por qué. 

Y sí, fue decisivo: “Foreigner” se publica en el verano del 73 y la sensación general es la de que algo se está perdiendo. En primer lugar tenemos la confirmación de que Cat se ha pasado al sonido eléctrico, especialmente órgano y sintetizadores, muy apoyado por la batería; el r’n’b tiene ahora un matiz cercano al soul y por momentos se escuchan escalas funk. Como consecuencia, ya no necesita los servicios de su hasta ahora inseparable Alun Davies y sus guitarras acústicas. Otra novedad es que la cara A está ocupada por una sola pieza, “Foreigner suite”, que resulta excesiva: en la primera parte están muy bien equilibrados los momentos de suavidad con las fases más rítmicas, pero luego se va haciendo tediosa (diez minutos hubieran sido suficientes). La cara B se abre con “The hurt” que fue un relativo éxito en single y que sintetiza muy bien el cambio que se ha producido en la música del gato, decididamente volcado hacia los tonos negros. Hay una canción que me gusta especialmente: “Later”, imaginativa, con un ritmo “relojero”, nervioso, muy vivo; por otra parte también tenemos vestigios de su época anterior en “100 I dream” o “How many times”, aunque no llegan a aquella altura. En conjunto es un disco muy digno, pero queda claro que el Cat Stevens que nos encandiló ya no existe; en su lugar irá complicando más los sonidos al mismo tiempo que sus melodías pierden brillantez. 

Su carrera musical “convencional” duró otros cinco años. Sus conflictos espirituales le acompañaban desde siempre: a finales del 77 decide convertirse en musulmán y poco después adopta el nombre de Yusuf Islam, retirándose de este negocio. Sus últimos discos, aunque vendieron bien, resultaban cada vez más confusos, posiblemente como reflejo del conflicto interior que debió de sufrir hasta tomar una decisión como esa, que cambia una vida completamente. Suerte, Cat. Nos has dado momentos inolvidables, y no seremos nosotros los que juzguemos tus decisiones: para eso ya está la prensa, señora de vidas y haciendas. 



martes, 1 de diciembre de 2015

1973 (XV)

Si una de las características de la escuela Canterbury es la total libertad estilística, resulta casi lógico que algunos de sus discípulos hayan elegido seguir una carrera en solitario, sin tener que negociar sus ideas. Y en ese apartado no hay nadie que la represente con mayor brillantez que nuestro querido Kevin Ayers, miembro honorífico de este tugurio desde su fundación y que todavía seguirá con nosotros durante un tiempo. Lo cual tiene su mérito, ya que el sector de los solistas es uno de los más afectados por la crisis artística que nos aqueja: de todos los que surgieron o consolidaron su carrera a finales de la década anterior, algunos han elegido hacerse ricos buscando el mercado de masas (Elton, Stewart, Cocker) mientras que otros decaen a ojos vista (Cat Stevens). Así que nuestra lista queda reducida a dos nombres, ya que junto a Kevin nos visita David Bowie: un músico que a finales de la década pasada era casi anecdótico, que se consagró el año pasado con uno de los discos más brillantes de la década y cuya trayectoria sugiere que también va a seguir visitándonos con regularidad. 



Kevin Ayers trata de mantener una vida propia que no se vea sobrepasada por su profesión (palabra que le da un poco de grima, siendo como es él), y su preferencia es el estudio antes que el directo; en consecuencia, sus giras no suelen ser muy prolongadas ni lejanas. Esa preferencia por el estudio es lógica también por su estilo musical, ya que tiene puntos en común con Caravan: su tendencia art-pop le lleva a presentar sus canciones con una envoltura muy cuidada, con arreglos que resultan difíciles de transcribir con fidelidad en directo. Sumando esa característica a su bajo ritmo de actuaciones, que implican un grupo de acompañamiento inestable, hay que conformarse con el disfrute de sus discos, aunque su presencia siempre fuese bienvenida. A cambio trata de que su música se haga un poco más asequible incidiendo en la vena arty con tonos rockeros antes que en la psicodelia, un estilo que a estas alturas queda un poco sobrepasado y que ya solo defienden con solvencia sus amigos de Gong, una banda que en realidad tiene mucho que ver con los primeros Soft Machine de Kevin. Tras unos meses en los que figuró al frente de Decadence y 747, dos grupos creados para unas cuantas actuaciones, mantiene a dos músicos estables: el bajista Archie Legett y el batería Eddie Sparrow. Steve Hillage, que ha estado junto a él en Decadence pero que ahora milita en Gong, le ayudará a grabar su nuevo disco junto a la mayor parte de Soft Machine y algunos amigos más. 

El disco se publica a principios del verano, se titula “Bananamour” y se convierte en el más vendido de Kevin hasta la fecha; no porque sea más o menos comercial, sino porque su número de seguidores aumenta con lentitud pero también con regularidad. Ese estilo engancha, y la suma de sus cuatro primeros discos nos muestra una evolución que discurre con la misma lentitud pero con gran coherencia. Estamos ante un músico cuyo estilo es muy agradable manteniendo al mismo tiempo un alto nivel de calidad, al igual que pasa con Caravan; en ese sentido, tal vez Kevin se sitúa en un centro hipotético a la misma distancia de ellos y Gong. La demostración comienza con “Don’t let it get you down”, la pieza que abre el disco con esa atmósfera de cabaret mortecino que solo Kevin sabe conseguir. Viene luego “Shouting in a bucket blues”, una especie de balada blues pop apoyada por la guitarra de Hillage y que se convierte de inmediato en una clásica de su repertorio. Pero prácticamente todo el disco está compuesto por clásicas: la brumosa, melancólica, señorial “Decadence” es una dedicatoria a Nico, como “Oh! Wot a dream” lo es a su amigo Syd Barret: una cancioncilla loca, con acompañamientos de percusión que incluyen a un pato y que fue publicada en single, como debe ser. Comentar canciones nunca me ha gustado, porque considero que escucharlas es un acto personal e intransferible -subjetivo, por tanto- y generalmente mi valoración no suele coincidir con lo que antes me han contado los comentaristas, así que lo mismo les pasará a ustedes con mis opiniones. Lo que sí afirmo es que aquí tenemos una nueva obra maestra de Kevin Ayers: envidio a quien no conozca este disco y se atreva a buscarlo, esa sensación de escucharlo por primera vez… 

Aquí termina el contrato con Harvest, un sello que solo gasta el dinero para promoción con Pink Floyd y poco más: EMI, su casa matriz, no destaca precisamente por el amor al riesgo. Kevin, que se siente menospreciado, decide atender la oferta que le ha hecho la bendita Island Records. Así que en 1974 comienza una nueva época para él. Ya iremos viendo. 



Bowie, tras la revolución mundial que supuso “Ziggy Stardust” el año pasado, se ha situado entre los más grandes, aquellos que son citados simplemente por su apellido. Sin embargo esa situación es engañosa, ya que te permite una cierta inercia pero también te impone una vigilia constante. El glam fue un invento afortunado que se debe a él casi en exclusiva (con permiso de Marc Bolan), pero no será quien apague la luz al terminar la fiesta: eso lo hace siempre el último, sea quien sea. Por tanto, es posible que ya esté planeando una nueva identidad y para él este año en el que estamos sea de transición. Volvemos entonces al asunto de la inercia y la vigilia: necesita un nuevo disco que sin llegar obligatoriamente a la altura del anterior -lo cual es casi imposible- se mantenga en una línea media que no desentone con todo lo que ha hecho desde el comienzo de esta década. Su gran ventaja es la interacción que desarrolla con las personalidades yanquis del momento, como Lou Reed o Iggy Pop (y recordarán ustedes que es uno más entre el escaso público que asiste a la gira isleña de los New York Dolls, por ejemplo). A estas alturas Bowie es un compendio de cultura pop isleña y yanqui, con esos matices canallas que constituyen una de las bases sobre las que se asentará el nuevo rock que comienza a oírse en los garitos callejeros. Después de varios años de aprendizaje, cambio de estilos y mucho más trabajo del que pueda parecer, ahora es vanguardia pura. Probablemente ya ha comprendido que la nueva generación va a respetar a muy pocos de los protagonistas actuales, y él quiere estar entre esos pocos. 

Con tales antecedentes llega “Aladdin Sane”, que se publica en primavera del 73 tras ser compuesto y grabado en su mayoría entre Londres y Nueva York. El propio Bowie lo define con la famosa frase “Ziggy goes to America”, aunque de ese modo también procura que el aficionado sepa que aquí se mantienen esencias del anterior. Por otra parte, la imagen que muestra es un refinamiento estético del Ziggy callejero que nos miraba desde la portada del año pasado: Brian Duffy, uno de los fotógrafos más populares de la época, nos presenta una figura que ha sido bautizada como la Monna Lisa del pop y que tienen ustedes ahí arriba. Y por supuesto los músicos son los mismos, lo cual significa que Mick Ronson sigue siendo su lugarteniente. Quizá la única diferencia apreciable entre un disco y otro es que mientras en Ziggy había una cierta cohesión entre todas sus canciones, aquí estamos ante un disco de rock más tradicional, hecho a base de piezas sueltas. Pero qué piezas: “Watch that man” es la inauguración, al estilo Stone pero demostrando que una cosa es plagiar y otra recrear; “Aladdin Sane”, la siguiente, con esa escala de piano tan imaginativa parece anticipar el estilo Bowie del futuro, mientras que “Drive-in Saturday” es justo lo contrario, un regreso a las mejores esencias de Ziggy… y así sucesivamente, alternando momentos rockeros afortunados (“Jean Genie”, “Cracked actor”, “Panic in Detroit”) junto a baladas épicas como “Time” o “Lady grinning soul”. Quizá lo que menos me gusta de Bowie sea su estilo haciendo versiones, así que “Let’s spend the night together” me parece simplemente pasable; pero en conjunto creo que estamos ante otra de las obras fundamentales de este señor, y no entiendo algunas críticas que se le hicieron por entonces. Para mí es uno de sus cinco o seis mejores discos. 

Aprovechando el tirón, por darse un homenaje y de paso hacerse unos dineros extra, nos sorprende en otoño publicando un disco de versiones: “Pin ups”, donde nos presenta algunas de sus canciones preferidas de los años 60. Por desgracia, ya he dicho que esta es la faceta que menos me gusta de Bowie, y la verdad es que no disfruto oyendo, por ejemplo, un “Can’t explain” en el que se pierde toda la fuerza emocional y urgente de los Who en unos arreglos casi de cabaret y una voz lánguida; cosas parecidas se me ocurren con otras cuantas, así que prefiero callarme. Aun así, quien no conozca este disco debería probarlo y decidir por sí mismo: no todo el mundo es tan retorcido como yo, y buena prueba de ello es que llegó al número 1 de las listas… como casi todo lo de Bowie por entonces. En todo caso nuestro amigo ya comienza a mudar de piel, se despide de las Arañas de Marte y establece su domicilio en los States, así que el año que viene estaremos ante un nuevo personaje.