martes, 29 de septiembre de 2015

1973 (VI)

Hoy nos visitan Traffic y Family, las otras dos divinidades que junto a los Floyd forman esa segunda trinidad isleña, supervivientes de la cosecha del 67. Pero por desgracia su situación actual no se parece en nada a la de Waters y sus socios: Family se despiden de nosotros este mismo año, y Traffic lo harán en el siguiente. 



La decadencia de Family comenzó a sentirse después de tres discos geniales, cada uno de ellos con su propio carácter: la publicación de “Anyway”, el cuarto, nos mostró que la banda de Roger Chapman estaba perdiendo su magia y se había convertido en una buena atracción para el circuito de hard rock, simplemente. Eso significa, por lo general, que su interés está en el directo y ya no tanto en los discos, ahora carentes de la capacidad de sorpresa que tenían antes (como le ocurre a la mayor parte de las grandes bandas veteranas). Por supuesto es una opción tan respetable como cualquier otra, pero duele un poco verlos acomodados en la medianía tratándose de un grupo tan imaginativo y sorprendente como habían sido. Por otra parte, a las dos sensibles bajas que se produjeron el año pasado (John Wetton y “Poli” Palmer) hay que añadir su despedida de Reprise, que decide no renovarles el contrato ante las decepcionantes ventas de sus últimos discos. Chapman y compañía deciden intentarlo una vez más y ponen en marcha Raft, su propio sello; el resultado es “It’s only a movie”, que se presenta a principios de otoño de 1973. 

Este disco no es mejor ni peor que los dos anteriores: la canción que lo abre y le da título, una de las más brillantes, tiene un ritmo rockero muy yanqui marcado por ese piano de pared en plan honky tonk y la omnipresente guitarra de Whiney; los juegos de cuerdas eléctricas y acústicas en “Leroy” o “Buffet tea for two” son muy agradables, también lo es la marchita de medio tiempo de “Banger”… en fin, que los fans lo compramos igual que hicimos con los anteriores, pero reconociendo que no hay nada nuevo. Y ya no debíamos de quedar muchos para entonces, porque las ventas son minúsculas tanto en Europa como en los States. Family anuncian una última gira de despedida y en otoño de 1973 la banda se disuelve; poco después Chapman y Whitney crean los Streetwalkers, una nueva banda de hard rock bastante previsible que durará tres o cuatro años: su primer disco es pasable, los demás aburren. Ashton colaboró durante unos años con su amigo Jon Lord; a Cregan lo vimos luego en Cockney Rebel, y a Rob Townsend en Medicine Head. Hubo una fugaz reunión en 2013, con motivo del 40 aniversario de la muerte del grupo, pero por suerte la cosa quedó ahí: Family es un cadáver exquisito, y como tal ha de ser respetado. Aunque en España fueron casi desconocidos, ya que la infame Hispavox únicamente publicó “A song for me” con portada simple y el listado de canciones yanqui, sin gastar un duro en promoción: pronto pasó a ocupar un sitio en el cajón de las rebajas. Triste destino para una de las bandas más grandes que ha parido la Isla. 



En cuanto a Traffic, la situación comienza a ser inquietante: después de casi un año en blanco por la enfermedad de Winwood, esperábamos que ese tiempo les hubiera servido para preparar un buen material; sin embargo, cuando llega a las tiendas su nuevo disco quedamos un poco decepcionados. Se titula “Shoot out at the fantasy factory” y resulta ser una continuación del anterior incluso en la portada, también biselada, con imagen pretendidamente tridimensional y la misma funda interior que “The low spark…”. Pero no alcanza su brillantez: cada vez más escorados hacia el jazz rock intimista (cercano al “smooth jazz”, como se dice ahora), parecen decididos a consolidar el mercado yanqui ante el hecho de que en la Isla sus ventas decaen a ojos vista. Y su estrategia, ya digo, es mantener la estela del anterior, que en los States ha funcionado muy bien. Como hicieron Family, abren el disco con la canción que le da título y es de las mejores, con todos los ingredientes de ese ritmo tan suyo marcado por la excelente percusión que los define en esta última época. Viene luego “Roll right stones”, decentilla… si no fuese tan larga (más de once minutos aburren a cualquiera). Para mí solo hay una pieza realmente notable: la instrumental “Tragic magic”, que me recuerda a la perfección formal de unos Weather Report, por ejemplo; sabiendo lo que van a publicar el año próximo, yo diría que esta es una de las últimas grandes de Traffic. Y lo curioso del asunto es que no se trata de una obra de la pareja habitual Winwood-Capaldi, sino de Chris Wood. No sé si eso significa algo, pero hay que recordar que es la única canción compuesta por él en estos últimos años del grupo. 

En la gira de presentación del disco graban algunas actuaciones y finalmente eligen una, en Alemania, para lanzar un doble que sale a la venta en Octubre; se titula “On the road” y es tan aburrido como casi todo lo que grabó Traffic en directo (algunos pensamos que son un grupo de estudio). Lo mejor está al principio, con un recuerdo a “John Barleycorn…”, el disco más interesante y el que inauguró la segunda época de la banda: hay una interpretación muy solvente de “Glad” seguida por “Freedom rider” (una pareja un tanto excesiva, ya que ocupan toda la cara A del primer disco). Pero a partir de ahí la cosa va decayendo, ya que lógicamente están obligados a recrear sus últimas grabaciones, los dos discos “gemelos”. Y aunque procuran recurrir a las mejores piezas, esa manía por los desarrollos largos acaba con la paciencia de cualquiera: que solo haya seis canciones para dos discos ya lo dice todo. Solo nos queda confiar en que su próximo disco levante el vuelo un poco, pero da la impresión de que la deriva que llevan no anuncia nada bueno; tal vez a Traffic, como a Family, les ha pasado su tiempo. 

Comienza a resultar evidente que 1973 es un año decisivo para la historia del rock clásico: de seis bandas que nos han visitado, las seis grandes hasta hace poco, solo dos parecen seguir en plena forma. Y no hemos hecho más que empezar...

lunes, 21 de septiembre de 2015

1973 (V)



Hay otra Santísima Trinidad británica, al menos en este tugurio: la formada por Pink Floyd, Traffic y Family. Es decir, las tres grandes bandas que siguen en pie de aquella magnífica generación del 67, la que nació con la psicodelia. Este año resultará doloroso para los que preferimos a Traffic y Family mucho antes que a Pink Floyd, ya que mientras estos últimos se consagran definitivamente los otros dos se acercan a su final. Empezaremos hoy por los triunfadores: 

A Pink Floyd ya los definió Antonioni el año pasado, rechazando piezas como “Us and them” para su “Zabriskie Point” con este argumento: “Suena bonito, pero demasiado triste. Me recuerda a una iglesia”. La tristeza es uno de los puntales de esta banda desde que Syd Barrett tuvo que irse; pero no necesariamente por el sonido de su música, sino por el reiterado empeño vocal. Es más, yo creo que hay unas cuantas piezas de su repertorio que con otro tono y otro espíritu serían bastante más luminosas. Esa vocación depresiva de Roger Waters y compañía, que parecen afectados por no se sabe qué tipo de traumas (¿la triste infancia de Roger?, ¿complejo de culpa colectivo por lo de Syd?), llevó a unos cuantos aficionados malévolos a tildarlos de “banda para yonkis”; es una burda exageración, pero refleja el sentimiento de un sector que comienza a cansarse de tanta oscuridad mientras que otros, más afines, tratan de dignificarla definiéndolos como “decadentes”. La decadencia, ya saben, es un concepto muy vistoso, muy artístico. Todo dependerá entonces de la idea que cada uno de nosotros tenga de la decadencia: para mí, se encuentra en un rango que va desde Kinks hasta Velvet Underground, y en ella no entra Pink Floyd. Pero ya digo, esto es -una vez más- cuestión de opiniones. 

Tienen una gran baza a su favor, ya que la juventud occidental se está haciendo mayor, se está desengañando. El quinquenio que va de 1966 a 1970 es el tránsito de la alegría que la primera generación juvenil de clase media sintió ante lo que ellos veían como el nacimiento de una “nueva humanidad” (generosamente alimentada por el ácido) a la decepción que trae el final de la década al comprobar que nada ha cambiado. Esa decepción generacional se ha cobrado un gran número de víctimas, clientes de psiquiátrico como el propio Syd Barrett; pero al parecer hay muchos supervivientes que necesitan olvidar sus penas en una nueva droga: la heroína. Que comienza a ser suministrada profusamente por cientos de camellos salidos de no se sabe dónde y que “consuela” a una generación que en muy poco tiempo ha vivido una sucesión matemática de desgracias: cayó la psicodelia, cayeron los hippies, están cayendo los revolucionarios izquierdistas (¿en qué ha quedado Mayo del 68?)… Los años 70, contra lo que algunos jovencitos desinformados creen, fue una década de plomo, y los de mi quinta tenemos unos cuantos amigos enterrados desde entonces. Como es lógico, esa amarga situación tiene su propia música: el pop muere, entre otras razones, porque no es serio, no mantiene la compostura a la que hemos de aspirar. El rock, en sus variantes hard, heavy o progresivas, es el estilo imperante. Y cuanto más oscuros sean sus protagonistas, mejor: Black Sabbath en el mercado heavy o Pink Floyd en el progresivo son dos de los máximos exponentes de esa época. El glam, evidentemente, es para gente rara, dudosa de unas cuantas desviaciones sociales, morales o políticas. 

De todos modos la calidad musical de los Floyd no se pone en duda, ya que bajo ese tono general de languidez hay desarrollos muy personales que parten a veces del blues, marcan algunas fases más contundentes y otras no tienen un patrón reconocible pero se acercan a la música electrónica ambiental -buscando a veces ese tono eclesial que advertía Antonioni (con un poco más de énfasis, llegamos a la grandeza catedralicia). Como es lógico, la mayor parte de su obra busca los desarrollos largos: no es un grupo de estribillos, precisamente. Y después de haber superado la marcha de Barrett, cuando muchos de sus primeros fans los abandonaron, han conseguido convertirse en una de las bandas más admiradas por la intelligentsia francesa (junto a Gong, CAN y en general todas las bandas supuestamente “cerebrales”); de ahí han pasado al respeto isleño y ahora ya son un nombre de medio/alto calibre en las listas de ventas occidentales. Necesitaban una obra definitiva, la confirmación de su estatus, y en 1973 la consiguen: “The dark side of the moon”, que se publica en primavera. Curiosa contradicción. 

Estamos ante uno de esos discos que, como “Quadrophenia” y algunos más, han llegado a trascender de su contenido musical para convertirse en símbolos de aquella época; y resulta evidente que tanto EMI como el grupo fueron conscientes de lo que tenían entre manos, porque ya su presentación es lujosa: una portada doble cuyo diseño es de una simpleza genial (un nuevo acierto de Hipgnosis) e incluye dos posters -las pirámides de Giza viradas en azul y una composición con fotografías del grupo- más dos adhesivos. Sobre el contenido, desmenuzado mil veces por todos los comentaristas musicales del planeta, ya no hay nada nuevo que decir; desde su arranque se nota que han hecho un esfuerzo por acercarse al público masivo con melodías y construcciones más asequibles, más comerciales -en el buen sentido. Dejando aparte las letras (depresivas, como siempre), hay incluso dos o tres canciones con gancho: “Time” (para mí, soberbia, lo mejor del disco) y “Money”, que fue éxito en single, serían suficientes para comprarlo. Y las pijaditas electrónicas como “On the run” tienen también su gracia, así que en conjunto estamos ante una obra casi perfecta (“Us and them” también me cansa a mí, señor Antonioni). El resultado es un tremebundo éxito de ventas que aún sigue siéndolo hoy en día; y por supuesto la consagración de Pink Floyd como banda de estadios, con sus decorados imponentes, sus cañones de humo, sus juegos de luces, su imaginería escénica que hace palidecer de envidia a los Stones, los zepelines y quien se ponga delante. 

Como saben ustedes, la cosa no quedó ahí: en 1975 publican “Wish you were here”, que simboliza el asentamiento definitivo de este grupo en el Olimpo con una insoportable saturación en las radios, los pubs, cualquier lugar donde hubiese juventud y altavoces. Todavía no entiendo muy bien el porqué: su contenido, que parecen presentarnos como una asunción de culpas por “lo de Syd”, me resulta cargante, otra vez depresivo, cansino. Pero no me hagan mucho caso: supongo que me pasa lo mismo que con los Stones, que ya no podía más. Ese disco fue el último que compré de los Floyd; luego me limité a estar más o menos al tanto de las nuevas glorias comerciales que iban publicando, y me reafirmé: mi época progresivo/depresiva había pasado, la new wave era mi nuevo amor. Que se depriman otros. 



martes, 15 de septiembre de 2015

1973 (IV)



Sí, hoy nos visitan los Kinks, el grupo que completa la Santísima Trinidad de los grandes veteranos británicos. Y sin embargo, viendo su trayectoria en conjunto, casi podría cuadrarle la etiqueta de “culto”: seguramente son más respetados que los Stones o los Who, pero su nivel de ventas nunca ha llegado a semejantes alturas. Ello se debe a que perdieron gran parte de su tirón comercial a finales de la década anterior, cuando el single dejó de ser el formato más popular: entre 1968 y 1970 desaparecieron del mapa o pasaron a tercera fila un buen número de bandas que sobrevivían sin grandes agobios en ese mercado con dos o tres discos al año, pero que no podían defenderse en la extensión de un Lp (reitero, por supuesto, el concepto de “tirón comercial”: la calidad es otra cosa). Y en el caso de los Kinks, la mejor demostración es que su último disco grande de verdadero éxito fue “Lola versus Powerman…”, de 1970, más por el gancho del single que por el disco en conjunto, aunque fuese de sus mejores obras. 

Sobre este asunto no hay unanimidad, y por lo tanto mi reiterada opinión de que los Kinks se defendían mejor en el formato single solo es eso, una simple opinión. Por otra parte son y seguirán siendo una de las bandas más respetadas, tanto por sus competidores directos (ya vimos hace poco lo que opinaba Pete Townshend) como por el público más solvente. Sin embargo, hay una evidente diferencia de carácter entre ellos y los Who: mientras que Townshend va con los tiempos, marcando la evolución más común entre la masa de aficionados de la época (de mods pasan a psicodélicos, y de ahí a banda de rock), aderezando esa evolución con unas letras en las que se refleja muy bien tanto la rabia como la angustia juvenil (“Quadrophenia” lo resume de modo magistral), Ray Davies se mueve mejor en la melancolía decadente -un concepto poco amigable con la adolescencia. Desde ese punto, y aunque también las inquietudes juveniles tienen cabida en su repertorio, dos de sus principales obsesiones son tan opuestas como las frustraciones de la clase obrera de barriada, con la que se identifica, y la nostalgia victoriana -mucho más estética que ética, claro- en una sociedad británica a la que ya no siente como suya. Pero los Who resultan imbatibles porque el espíritu de sus letras queda perfectamente engarzado en un sonido grandioso y contundente, eléctrico, inmediato; los Kinks, que en otros tiempos alternaron la bravura con el pop, son ahora un cruce entre banda de rock americano con metales (por momentos parecen originarios de Nueva Orleans) y orquesta victoriana de variedades, con melodías generalmente de medio tiempo que, según sus detractores, no son vistosas. Dicho de otro modo: las letras están muy bien, pero enmascaran la debilidad de las músicas. Hay que reconocer que eso no les pasa solo a ellos, sino que es un problema muy frecuente de un tiempo a esta parte, desde que el rock se ha hecho mayor. 

Otro rasgo que comparten Townshend y Davies es su afición por las obras conceptuales: las dos bandas han sido precursoras de ese formato. Pero, teniendo en cuenta lo anterior, resulta que cada disco de los Who es un nuevo éxito de crítica y público mientras que los de Kinks se hacen monótonos; ya pasó con “Everybody’s in show-biz”, su disco del año pasado, sospechamos que va a ocurrir de nuevo este año… y el siguiente: Davies anuncia una nueva obra conceptual que se dividirá en dos partes, o sea, en dos discos. Y el primero se publica a finales del 73. Se titula “Preservation Act 1”, y se enmarca en una situación personal complicada ya que su crisis matrimonial, sumada a la fuerte carga de trabajo que lleva encima desde la creación de sus estudios y su contrato con RCA, le hace buscar ayuda en las pastillas. Por lo general, esa ayuda se cobra su tributo: en una actuación, medio ido, declara que lo deja todo, que abandona; se desmaya y es llevado al hospital, donde certifican agotamiento y sobredosis. La prensa, tan morbosa como es de suponer, ya sugiere una situación grave, incluso la posible muerte de nuestro amigo (¡ah, cuántos grandes titulares han dado las drogas!). Pero tendrán que esperar: Ray es fuerte y en poco tiempo vuelve a los escenarios. La Village Green Preservation Society está lista para defender el nuevo proyecto. 

El resultado, una vez más, es discreto. En esta “primera fase”, los Kinks parecen abandonar a medias -solo a medias- el tono de orquesta de variedades americana: “Morning song”, una pieza instrumental con sección coral, abre el disco como si estuviésemos en el teatro y se nos fuese a contar una historia (ese es el objetivo, precisamente: una vez más la música estará al servicio de la trama). Le sigue “Daylight”, pasable, con esa lánguida escuela Davies… que nos sorprende a continuación con una joya inesperada: “Sweet Lady Genevieve”, por supuesto la mejor de toda la obra, de todo el proyecto “Preservation”. Aquí tenemos a nuestro amigo creando una delicia a la altura de sus tiempos pasados, a la altura de “Waterloo sunset”, “Sunny afternoon”… ya saben, ese tipo de exquisiteces; si no la conocen, por favor búsquenla: solo por ella ya valdría la pena comprar el disco. Y el resto va fluyendo sin sobresaltos, con preponderancia de los tonos medios y algunos momentos que vuelven a recordarnos los buenos tiempos: “Sitting in the midday sun”, por ejemplo. Las piezas rápidas son curiosamente las más flojas, las más obvias. 

La segunda parte será publicada en 1974, y prefiero saltármela: al menos para mi gusto, es totalmente prescindible. A partir de ahora, casi todas las grandes bandas se dedicarán a hacer caja ofreciendo un directo muy bueno (entre su repertorio clásico y su solvencia técnica no es difícil) y unos discos frustrantes. Pero a esta la quiero demasiado, y por si acaso seguiré corriendo a la tienda cada vez que publiquen uno nuevo, como hice con los Who hasta que me cansé. Los Kinks me recompensarán: ya digo que el año que viene no vale la pena, pero en 1975 levantarán la cabeza de nuevo. 


martes, 8 de septiembre de 2015

1973 (III)



Los Who son a estas alturas de los años 70 el grupo más en forma de los tres grandes patriarcas que siguen en activo (junto a los Stones y los Kinks); y por eso decidí comenzar por ellos, por darle un poco de brillo a un año que para muchas bandas va a resultar agónico. En el caso de los Stones por ejemplo, su obra este año es discreta por no decir mediocre. Se hallan en una situación peligrosa: pueden presumir de una magnífica carrera, y los ocasionales altibajos que han sufrido -especialmente en su corta época psicodélica- quedaron perdonados tras la fantástica sucesión de cuatro discos geniales, “Beggars banquet”, “Let it bleed”, “Sticky fingers” y el doble del exilio, que para muchos parece ser la biblia británica del espíritu Mississippi. Pero precisamente por eso, porque es muy difícil superar o al menos igualar esa racha culminada por ese último disco, tanto ellos como sus seguidores están intranquilos: ¿y ahora qué? 

La otra pata de su negocio es la imagen, que se está resintiendo: últimamente pasan más tiempo de giras, vacaciones o actos de sociedad por zonas exóticas del planeta que en Occidente. Lo cual tal vez sea benéfico para refrescarse el ánimo ante tantas presiones como soportan, pero dan la impresión de no haberse enterado de que su rango de grandes estrellas de la provocación queda sobrepasado tanto por el glam isleño como por el yanqui, más rockero pero igual de atrevido: a estas alturas Lou Reed, Iggy Pop o Alice Cooper son mucho más interesantes, y no digamos David Bowie o incluso T. Rex en la Isla. En consecuencia el logo de los morros, patentado en 1971, ya parece un poco rancio; o más bien nos indica que los Stones está mudando de banda rockera irreverente a holding empresarial. Algo que por otra parte resulta casi lógico: ante la gran cantidad de dinero que generan y tras haberse llevado la bofetada de su vida a manos de Allen Klein cuando abandonaron Decca para abrir su propio sello, Jagger y sus socios se han vuelto muy cautos. Ni un solo paso en falso a partir de ahora, esa es la consigna. A finales del año pasado comenzaron a organizar el material para su nuevo disco: se graba en Jamaica, supongo que por alejarse un poco del mundanal ruido, entre otras cosas. La situación personal de Jagger y Richards es muy distinta, pero ninguna de ellas conveniente para la buena marcha de una banda: mientras a Jagger se le ve cada vez más cómodo en su papel de famosete, Richards tiene serios problemas con las substancias ilegales y sus consecuencias legales (por el momento no podrá poner los pies en su castillo francés ni en otros lugares europeos). 

Por fin, casi un año después, vemos el resultado; se titula “Goats head soup”, del cual se extrae “Angie”, una de las baladas más rentables en la historia del grupo y que llega a las tiendas una semana antes. El éxito del single es inmediato aunque la impresión general es que oscurece un poco al Lp, hasta el extremo de que los propios fans quedan ligeramente desilusionados por la imagen "blandengue" que da el grupo al haber elegido esa canción como introductora del disco grande (la sombra del “Exile…” es muy alargada, y la vocecilla lánguida que pone Jagger en las baladas gusta más a las chicas que a los sólidos y machotes rockeros). Curiosamente, ese disco grande tal vez haya tenido mejor recepción entre los que no les tenemos tanto amor, entre los que ya no esperamos mucho de ellos: hay piezas como “Dancing with Mr. D”, “Heartbreaker” o “Silver train” que cumplen con el estereotipo Stone, sin aspavientos (muy simpática “Star star”: ¿un homenaje a Berry?); y “Winter”, una balada creo que poco valorada, es una composición perfectamente yanqui, muy al gusto de la clientela de aquel país, como lo ha sido prácticamente toda su carrera. El resultado, también como siempre, es un número uno en casi todo el planeta. Y el resto de las consideraciones ya da igual. 

Hay, eso sí, algunos ácidos y lúcidos comentarios de Keith Richards -ya saben, la supuesta conciencia del grupo, el policía malo de la pareja- que al parecer ha escuchado el rumor de la plebe y deduce que “el éxito de “Angie” ha eclipsado al disco que nuestro público esperaba. Todo ha sido un mal cálculo”. Pues bueno, pero la caja no se resiente; y a estas alturas supongo que esa debe de ser la mayor preocupación. Jimmy Miller, su productor de siempre, el mago que ha ido organizando la obra de los Stones hasta entonces, se marcha: la excesiva proximidad al grupo y sus excesos afecta gravemente a su salud. A partir de entonces, serán Jagger y Richards quienes produzcan directamente. Tal vez por esa y otras cuantas razones, Mick Taylor se marchará también tras la grabación de su próximo disco, “It’s only rock’n’roll”, y no importará mucho: tras intentar el fichaje de algún grande como Beck, Gallagher o Mandel finalmente recurren a Ron Wood, que parece haber estado preparándose para ese momento en los Faces (a fin de cuentas, una copia muy eficaz de los Stones: los intereses de Rod Stewart eran otros). 

En fin, que los Stones seguirán adelante otros veinte años, o treinta, o cien: tal vez acaben creando una franquicia en la que tengan cabida sus nietos. Pero algunos ya estamos cansados, y posiblemente no hayamos sentido la decepción que muchos fans sintieron ante este disco porque en realidad ya nos daba igual; tal vez ya estábamos cansados de antes, tal vez nuestro último disco fue “Sticky fingers”, tal vez el “Exile” ya nos pareció demasiado extenso, tal vez… Qué más da: siempre serán una fábrica de hacer dinero, ya que por cada aficionado que los abandone llegarán unos cuantos nuevos que seguirán aupando sus discos al número uno y llenarán los estadios para verlos. El asunto de las grandes bandas a partir de ahora parece ser una cuestión de militancia más que otra cosa, una militancia que incluso puede transmitirse de padres a hijos. Así que lo de la franquicia no sería mala idea, seguro que funciona. 



miércoles, 2 de septiembre de 2015

Muchos Beatles (y V)



Hoy llegamos a la quinta y última entrega de la fastuosa serie “The Other Beatles Collection”, que como ya saben los asiduos consiste en una recopilación de versiones que abarca todo el repertorio oficial del grupo. A lo largo de los últimos cincuenta años, sus canciones han servido de inspiración a los intérpretes más variados; y resulta realmente llamativo el hecho de que ni una sola canción suya haya quedado sin la versión correspondiente: eso nos da una idea de la talla de estos muchachos. La recopilación ha sido confeccionada con todo cariño -y disfrute también, claro- por el Spañish Blogs Dream Team, una asociación de blogueros compuesta por don José Kortocircuito, mister Katetoscopio (los dos impulsores del proyecto), mister Babelain, don Antoni, don Miguel y el que esto suscribe. 

Tampoco estará de más recordar el sistema de publicación que hemos seguido, por si frente a la pantalla hay algún lector recién llegado que lo desconozca. La cosa comenzó en Mayo, cuando entregamos las versiones correspondientes a sus tres primeros discos grandes; a partir de entonces, con periodicidad mensual, se publicaron tres nuevos discos en cada entrega, siguiendo el orden cronológico de su aparición original. No hace falta ponerse a buscarlas por el local, basta con pinchar aquí abajo: 


Por lo tanto, de su producción de Lps solamente nos faltaba “Let it be”, el último disco oficial (aunque ya estaba casi rematado antes de “Abbey Road”). Junto a él presentamos también la pareja “Past Masters”, que se publicó a finales de los años 80 y en la que se incluyen todas las canciones que fueron singles (la mayoría no incluidas en los LPs) más algunas rarezas tales como dos canciones que el grupo grabó en alemán o el Ep “Long tall Sally”. Como siempre, ustedes solo tienen que pinchar sobre cada uno de los títulos:

Y con esto queda rematado el proyecto Beatle. Esperamos que haya sido del interés de algunos de ustedes y que al menos unas cuantas versiones les hayan sorprendido (por otra parte, siendo gratis no esperamos quejas). En cuanto al Team bloguero, no me extrañaría que alguno de sus componentes ya esté barrenando una nueva ocurrencia cósmica. 

Feliz Otoño, que ya casi está al caer.


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