lunes, 28 de marzo de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (VI)



En la primera generación de la música yeyé española, aquella que comenzó a finales de los años 50, hay algunos personajes a los que hoy en día casi nunca se cita; y el más importante de todos ellos es Fernando Árbex, que, sin haber cumplido aún los treinta años en 1970, ya tiene de qué presumir: ha formado parte de los Estudiantes (el primer grupo moderno español) y luego creó a los Brincos, el primer supergrupo y desde luego el más importante en toda la década anterior. Que su nombre no sea recordado por la mayoría de los aficionados más jóvenes solo significa que España es un país con muy poca memoria musical: si alguien como él fuese británico, seguramente estaría en posesión del título de Miembro de la Orden del Imperio, o alojado en el Muro de la Fama. Pero aquí no hay ese tipo de honras; y aunque las honras tal vez no importen mucho, la memoria sí. De aquella época, parece que solo existió Miguel Ríos. 

Ya hemos visto que Fernando comenzó a escribir canciones para otros artistas cuando aún dirigía los Brincos: precisamente Miguel Ríos, por ser amigo suyo, fue su primer cliente y le debe el relanzamiento de su carrera. No le gusta la vida de músico de grupo ni las giras, y su plan es dedicarse a la composición y a producir a otros músicos, pero de momento tiene un proyecto que comenzó a diseñar ya en 1969; por esa época, el estilo de Fernando anda a medio camino entre la psicodelia progresiva y un cierto ramalazo funky que intentó plasmar en el último disco de los Brincos (“Mundo, demonio y carne”, 1970) pero que acabó siendo un batiburrillo de ideas inconexas que lo hundieron. Curiosamente, hay más concreción en algunas piezas que ha creado aparte y que desarrollará en un trío para el que recluta al guitarra y teclista Oscar Lasprilla, que había sido el último en llegar a los Brincos, y al bajista Iñaki Egaña, que viene de los Buenos y además será la voz cantante (como ya lo había sido en los últimos tiempos de su grupo anterior). Ese trío se presenta inmediatamente después de la disolución de los Brincos y se llama Alacrán. 

Por desgracia, aquella vocación de aventura que caracterizó a Zafiro cinco años antes creando Novola, ha desaparecido: ahora solo son dos simples nombres más en el catálogo nacional. Las relaciones entre la disquera y Fernando, que ya se agriaron cuando este despidió a Juan y Junior, son francamente malas en la última época de los Brincos porque nuestro amigo no atiende a razones y se empeña en publicar aquel último Lp que fue un fracaso comercial; y cuando propone la publicación de un disco bajo un nuevo nombre, Zafiro le informa de que no va a gastar un duro en ese proyecto. Ya contaba con ello, puesto que había comenzado a grabar algunas piezas a finales del 69 en los estudios Celada pagando él las grabaciones: finalmente la portada será cosa suya, el número de copias también, y el sello se limitará a distribuirlo sin la más mínima publicidad. Fernando asume el riesgo, porque es el único modo de evitar injerencias; pero el precio a pagar es muy alto, y nunca mejor dicho. Así las cosas, se publica un primer single como avance en 1970 y finalmente el Lp al año siguiente, con un sonido muy flojo (unas piezas son estéreo, otras mono) y una tirada muy pequeña; su duración es exigua, ya que no llega a 25 minutos, y finalmente se convierte en un ilustre desconocido para la masa de aficionados (algún catálogo extranjero lo cita como “private pressing”). Y es una pena, porque en otras condiciones podría haber sido uno de los discos españoles más populares de la época. Lo que tenemos en él son seis canciones que van desde el funky hasta el progresivo con tonos psicodélicos que podrían recordar a Traffic, por ejemplo; aunque, como muy bien dijo Iñaki Egaña luego, “en aquellos momentos, Cream, Jimi Hendrix o Traffic era de lo que más nos gustaba, pero en ningún caso intentamos ser una réplica de nadie”. Y se nota, añado yo. Si no lo conocen y les gustan estas dos canciones que vienen a continuación, les recomendaría que lo escuchasen completo: aquí lo tienen. 




Como era de esperar, Alacrán desaparece poco después… sin haber llegado a actuar ni una sola vez en directo. Oscar Lasprilla se marcha a la Isla, pero Fernando retiene a Iñaki para un nuevo proyecto: tal vez los tonos progresivos estén pasando de moda, pero los grupos como Santana demuestran que el funk con aires latinos es una buena opción de futuro. Recluta a los hermanos Morales (Miguel y Ricky) para las guitarras; José Luis Tejada (el de los No) como segunda voz, Juan Vidal como teclista y Tito Duarte, que además de percusionista toca también flauta y saxo. Por otra parte ya ha decidido que no volverá al directo, y por lo tanto necesita un batería: Jose María Moll, un veterano cuyo último empleo ha sido junto a Juan Pardo, será fijo durante casi toda la carrera de este grupo. Y se da la afortunada circunstancia de que Tito es hijo del legendario Ernesto Duarte, que por esa época es uno de los jefazos de la RCA, así que ya se pueden imaginar ustedes cuál será el sello de esta nueva banda. Una nueva banda que se llamará Barrabas, sin acento, pensando ya en el mercado internacional, gracias al tremendo apoyo que ese gigantesco sello les va a proporcionar. 

Desde ese momento todo va a lo grande: Luis Eduardo Aute les diseña la cara del supuesto Barrabás en relieve, como busto, que pasará a ser la imagen promocional del grupo; habrá posters, camisetas… y en 1972 llega el primer disco grande, con el simple nombre de la banda (más sus singles correspondientes). El éxito es casi mundial: “Wild safari”, por ejemplo, es número uno en los States y otros cuantos sitios más. Iñaki ha estado haciendo la mili justo en esa época, por lo que se pierde gran parte de las grabaciones, pero llega a tiempo para añadir su voz; Fernando ha participado con su batería por última vez, ya que a partir de ahora su trabajo está al otro lado de las mesas de sonido. Por desgracia no todas son buenas noticias: en una redada pillan a Iñaki, junto a otros músicos, fumando sustancias ilegales; el castigo policial no es muy grande, pero Fernando lo echa del grupo (algún miedo tendría: tampoco él era un santo en lo relativo a tales sustancias. Por entonces casi nadie lo era). 

En 1973 llega el segundo disco, “Barrabas power”, otro éxito mundial. Tras su primera gira en España, surgen las ofertas para actuar en casi todos los países americanos y europeos. El tercero, “Soltad a Barrabás”, se graba en Estados Unidos y se aproxima al funky latino con tonos Motown de la época; en ese disco se incluye la legendaria “Hi Jack”, el mayor éxito tanto en las discotecas españolas como en las del resto del mundo, versionada por el mismísimo Herbie Mann. Barrabas son para entonces una máquina de hacer dinero, una banda cada vez más americana que realmente nunca fue muy popular aquí salvo por dos o tres éxitos, y que Fernando dirigirá hasta su ruptura en 1977; luego habrá otras reencarnaciones, pero ya no estará él. En todo ese tiempo, ha alternado su trabajo en el grupo con su labor de compositor, arreglador o productor para varios artistas, desde Micky o Miguel Bosé en España hasta Roberta Flack o José Feliciano en Estados Unidos; pero también desarrolló piezas sinfónicas, e incluso intentó recrear los Brincos a principios de 2000, sin éxito, claro. Murió tres años después, convertido en uno de los principales referentes de la historia musical española, aunque la mayoría de la gente joven no lo sepa. A continuación podrán escuchar dos de sus éxitos más tremendos; pero por si hubiese interesados en profundizar un poco más, les dejo aquí los tres primeros discos del grupo español más internacional de nuestra historia. 






lunes, 21 de marzo de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (V)


Por lo general, los grandes artistas suelen ser de naturaleza inquieta: su nivel creativo será mejor o peor, pero siempre tratan de evolucionar (esa es la gran diferencia entre Miguel Ríos y Bruno Lomas). Ya vimos que solo queda un grupo en Madrid de la primera oleada, los Pekenikes, cuya carrera comienza a decaer a causa de su estilo instrumental, que los salvó en la década pasada y los liquidará en esta. Pero en Barcelona hay uno que ha sabido orientarse mejor: Lone Star. En realidad pertenecen a la segunda época yeyé, con más recursos artísticos, y acabarán convirtiéndose en uno de los mayores referentes de la música española. Comenzaron en 1963, cuando el rock and roll ya estaba decayendo; pero las influencias de Pedro Gené, su líder, eran casi vanguardistas gracias a que había vivido un tiempo en la Isla. Supieron mantenerse en la época del beat a pesar de que EMI les impuso una dedicación casi exclusiva a las versiones -que no eran su especialidad- y finalmente consiguieron demostrarle al sello su categoría y crear su propio material. Su época dorada comienza en 1968, y a principios de esta nueva década son la banda nacional más popular. 

1970 es la consolidación de su trayectoria actual, basada en el rock con tintes ligeramente progresivos y de vez en cuando con melodías de estilo oriental (una de las debilidades de Pedro aparte del jazz o el blues; no es frecuente tanta variedad de gustos entre los músicos modernos españoles). De todos modos Lone Star es sobre todo una banda de directo cuyos músicos están entre lo mejor del país, y EMI trata de aprovechar esa cualidad presentando un disco con trampa: se titula “Spring 70”, oficialmente grabado durante una gira que hizo el grupo en los primeros meses del año por Alemania y Suiza. Pero esa afirmación no se sostiene por mucho que lo diga el sello y la banda, porque el sonido es demasiado bueno y el supuesto “ambiente” (aplausos y silbidos) en muchos momentos no cuadra con la cadencia de las canciones. Ya por entonces nació la coña de que todo el público debía de ser emigrante -o sea, español- en vista del alboroto; pero a pesar de esa impostura estamos ante uno de los mejores momentos del grupo, con cuatro piezas originales magníficas y tres versiones bien elegidas (dos de Ray Charles y el “She’s not there” de los Zombies). Y poco después llega otra cumbre con la publicación de un single que contiene “Lyla”, donde ese tono oriental del que hablaba antes afecta incluso a la letra, un tanto llorona, sobre el amor imposible entre un árabe y una judía. La estructura musical es soberbia, y su éxito arrollador: estamos ante su canción más popular junto a “Mi calle”, que ya es decir. La cara B “No not my baby” es un blues rock de lo más solvente, y el año termina con otro single no tan popular pero muy digno: “Quiero besar otra vez tus labios / Lazy train”, cuyo planteamiento es parecido al anterior (melodía/rock). Creo que el mejor resumen del año está en la pieza que abre aquel supuesto Lp en directo y la inevitable Lyla: 



Las giras siguen durante 1971, pero hay un solo single bastante olvidable. Lone Star abandonan EMI en 1972 y se pasan a la diminuta Unic (del tristemente famoso conglomerado Diresa) al mismo tiempo que Sebastián Sospedra (un ex Salvajes) sustituye en el bajo a Rafael de la Vega. Su bautizo en el nuevo sello es inmejorable: tras un single que sin ser una joya se vendió bastante bien, publican otro de esos Lps que lucharán por el título del mejor en su carrera: “Es largo el camino”. Una de sus virtudes principales es que suena como un producto orgánico, con un sonido muy equilibrado y uniforme, lo que podría llevar a pensar, como hacen algunos, que estamos ante un disco conceptual. Aquí vemos las tendencias más marcadas de Pedro: su debilidad por el papel de crooner en baladas rockeras (“Nathalie” o “Maybe tomorrow”, con acompañamiento orquestal), la vena hard/heavy que irá marcando al grupo a partir de ahora (la excesiva “I got nobody”, con solos e improvisaciones al estilo Deep Purple) o los arreglos progresivos y jazzísticos de “Pájaro de fuego”, un verdadero compendio de estilos. Se le pueden achacar algunas estrofas un tanto infantiles, blandengues (en ese sentido Pedro tiene el mismo problema que Miguel Ríos), y ese afán por buscar el desgarro y los tonos altos en la voz, que a algunos nos sigue pareciendo más justita de lo que piensan sus fans. Pero, sin atreverme a decir que sea su mejor disco, tiene un nivel alto, y aquí les dejo dos muestras. 



Lone Star llevan ya diez años de carrera, y la consecuencia es la clásica en las bandas de rock: técnicamente son de lo mejor de España, con un directo imbatible, pero su creatividad comienza a resentirse. Los tonos orientales ya cansan un poco y el rock progresivo tal vez más aún: ese estilo está decayendo en la Isla, por extensión en Europa, y Pedro, que está muy al día, lo comprende pronto. Así pues, él y su banda tomarán el único camino que parece factible para los grupos veteranos de aquella época: se basarán en el hard rock con tintes cercanos al heavy -que funciona muy bien en directo, su principal fuente de ingresos. Esa decisión les da buen resultado a corto plazo, ya que en verano del 73 publican su disco más popular y vendido: “Adelante rock en vivo”. Una vez más estamos ante un truco, ya que ese “vivo” no es más que unos cuantos colegas aplaudiendo en el estudio, pero en fin: digamos que es una grabación de estudio con sonido ambiente. Su contundencia encantará a los más rockeros e irá alejándonos a los demás; pero eso sí, como siempre el sonido y la ejecución son muy buenos. Aquí tienen la pieza que lo abre, con la ya legendaria presentación que hace Pedro en plan poético explicando por qué se metió en esto del rock and roll, y “Canta conmigo el rock and roll”, que publicada en single fue otro cañonazo.



A partir de ahí comienza el ocaso gradual de la Estrella Solitaria. Entre las idas y venidas de personal destaca la que se produce justo tras la publicación de aquel disco “en vivo” del 73: se marcha el batería Luis Masdeu, que había vivido los mejores años del grupo, y es sustituido por José Vilaseca, el legendario Tapi, que ya tiene un buen historial (Vértice, Maquina, Tapiman). En 1974 tienen el honor de actuar en el Palau de la Musica, pero solo publican un single porque la huida de su productor (un mafioso que dejó a la banda sin cobrar un duro por royalties) causó el hundimiento de la distribuidora Diresa e impidió la publicación de “Oveja negra”, un nuevo Lp que no se vería hasta 1979 (su distribución fue ínfima, y para entonces sonaba desfasado). Ese hecho ocasionó la casi total dispersión del grupo, aunque Pedro no se desanima, busca entre sus viejos amigos y en 1975 firma con un nuevo sello diminuto (Diplo) donde publica el año siguiente “¡Síguenos!”, un disco defendible aunque un poco deslavazado; lo mejor, una larga y creativa versión del “Ol’ man river”. Luego ya dejé de seguirlos; sé que el grupo aún mantuvo el tipo durante un tiempo entre progresivo, sonidos ocasionalmente cósmicos y sobre todo mucho rock duro, que les permitió defender un directo muy solvente hasta el final -duraron casi hasta mediados de los 80. Creo, y no soy el único, que Pedro se dejó llevar por los fans enfervorecidos que aplaudían su pose rockera y sus gritos desgañitados, cuando por su especial formación académica podía haber seguido otros caminos (y en cada disco suyo hay ejemplos). Pero ya todo ha pasado, y ahora lo que nos queda es recordar sus mejores momentos: aquí está un ramillete con lo más florido de su carrera en esta década. 




lunes, 14 de marzo de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (IV)



De los cantantes pioneros en la España yeyé, Bruno Lomas es el segundo por orden de antigüedad tras Miguel Ríos; pero a su vez, es el primero en ser “transferido” de un grupo a una carrera en solitario. EMI es la precursora de esa estrategia, en 1965, al convencerle de que su calidad es muy superior a la de Los Rockeros y de que por supuesto el nuevo contrato será mucho más rentable. Alimentar la vanidad del cantante y darle más dinero serán las dos razones lógicas que siempre va a esgrimir un sello discográfico para seducir a la figura que les interesa. Por lo general aciertan, ya que probablemente el futuro habría sido el mismo sin su intervención: en la mayor parte de los casos, esos cantantes ya eran el gancho del grupo desde el principio. Además hay que recordar que la mayoría de los músicos en aquella época no tenían capacidad compositiva para crear su repertorio, y que un cantante suele ser mucho más dúctil si ha de acomodarse a las piezas que le suministren los compositores profesionales; otra cosa es que, como sucedió en este caso, tal ductilidad acabe siendo contraproducente, ya que Bruno sabía componer, y compuso muchas de sus canciones. Tal vez si hubiese sido un poco más combativo su carrera se hubiese sostenido mejor. 

Ya vimos a finales de la década pasada que su carrera comenzaba a dar bandazos precisamente por falta de una dirección clara: su gusto tanto por el rock and roll como por la balada al estilo crooner lo está dejando en tierra de nadie (jugar a ser Elvis y Sinatra al mismo tiempo no suele funcionar). Y si la gran EMI lo dejó marchar a la pequeña Discophon es porque ya no le veía futuro, puesto que la mejora económica que le ofrecían sus nuevos patrones era asumible. Los temores se confirman al ver que en 1970/71 solo graba un nuevo single; hay pocas noticias suyas salvo por algunas giras menores y algún que otro susto ocasionado por su afición a las altas velocidades en coches deportivos. Ese single, sin ser una maravilla, contiene una curiosa versión del “Little green bag” de los George Baker Selection, unos holandeses que por entonces nos parecían un poco horteras pero que San Tarantino reivindicó en “Reservoir dogs”, lo cual le da un nuevo caché a la pieza. En 1972 Bruno levanta levemente el vuelo con otra versión, esta vez de “How do you do”, que los también holandeses Mouth & MacNneal habían llevado al éxito en media Europa el año anterior; aquí se tituló “Ven sin temor” y fue un buen recordatorio para los que ya se habían olvidado de Bruno (aunque, una vez más, la canción deja mucho que desear). 





Buena o mala, esa versión resulta ser un aliciente para que Bruno recupere el favor de parte del público. Entre 1973 y 1974 se ve con frecuencia su nombre en las revistas, y graba algunos discos cuya media de calidad es bastante aceptable en comparación con los tres o cuatro años anteriores; no es que sean maravillas, pero junto a alguna canción perfectamente olvidable hay versiones muy bien elegidas y mejor desarrolladas: por ejemplo “Money is”, de Quincy Jones, que está a la altura de la original, manteniendo además esa guitarrilla con pedal tan de la Motown, o el “Soolaimon” de Neil Diamond. Por otra parte, vuelve a mostrarnos su querencia por el rock and roll de toda la vida con unas magníficas interpretaciones de “Blue suede shoes” o “Be-bop-a-lula”, que ya había grabado en otras épocas pero que ahora nos presenta con arreglos perfectamente actualizados, con una entrega que nos demuestra quién era el gran rockero español por si había dudas, por mucho que los fans de Miguel Ríos o Micky digan lo contrario. Puede que Bruno no tenga muchas luces, pero conoce muy bien el género porque, para empezar, su vida se desarrolla justamente bajo ese patrón: coches, mujeres, fiesta… Cada vez que volvía a sus raíces mejoraba mucho.




Sin embargo la velocidad de la evolución musical en aquellos años es implacable, y Bruno está claramente fuera de juego. Por otra parte no se recata en declarar a quien quiera oírle que añora la época inmediatamente anterior, aquellas décadas de la dictadura franquista en la que “todo era más sencillo” (algunas declaraciones suyas causan sonrojo): su tendencia política conservadora lo lleva a apoyar de modo significado al grupo de extrema derecha Fuerza Nueva, lo cual le cuesta más de un disgusto. Tal vez su afición por las armas o su defensa vehemente de la Guardia Civil tengan una -discutible- explicación por el hecho de ser hijo de un militar, pero el caso es que todo ese conjunto de circunstancias liquidan su prestigio: es por entonces cuando comienza el proceso de “borrado” de su historia, hasta el punto de que hace unos años era casi imposible encontrar una crónica sobre él. Su carrera discográfica queda prácticamente concluida en 1975 con la publicación de dos singles más o menos decentes en los que se contienen las dos últimas versiones en las que aún demuestra talla para lucirse (y con buenos arreglos, además): el “Preghero” de Celentano y “You’re no good” de Betty Everett. 





A partir de aquí Bruno se va difuminando hasta que a principios de los 80 reaparece durante un tiempo al frente del “Bruno Lomas Show”, un espectáculo casi circense donde por lo general cantaba en playback: otra época para olvidar. Mientras tanto, seguía disfrutando de las altas velocidades de sus estupendos coches deportivos, hasta que una noche de 1990 se estrelló contra un camión que se había estacionado sin luces en la carretera. Ahí termina la historia de un hombre que, dejando aparte sus ideas políticas o su obsesión con los ovnis y el esoterismo, ha sido conceptuado como una buena persona, un tanto infantil y tal vez con poca disciplina; que hubiera llegado mucho más arriba de no ser porque nunca quiso trasladarse a Madrid (su devoción por Valencia era proverbial) y prefería rodearse de sus amigos de siempre. Eso también tiene un valor: si hubiese sido un verdadero “profesional”, dudo mucho que alguien pudiese discutirle el título de rey del rock and roll hispano… y aquí les dejo unos cuantos argumentos.     




lunes, 7 de marzo de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (III)


Una vez que hemos despedido a los Pekenikes, el último grupo superviviente de la primera ola del pop español, vamos ahora con los solistas, los grandes beneficiarios por la reordenación del negocio que han hecho los sellos discográficos. Hoy nos toca recibir al más veterano de todos ellos: Miguel Ríos, que ya estaba presente mucho antes de esa reordenación. Es el único que trabaja a su nombre exclusivo desde el principio de su carrera, aunque en algunas ocasiones haya figurado junto a un grupo de acompañamiento (Los Relámpagos o los Sonor, por lo general). Comenzó la década de los 60 cantando twist y rock and roll, como casi todos sus contemporáneos; vino luego una época mediocre causada en parte por su sello, pero también por una falta de criterio claro en la elección del material, hasta que por fin su entrada en la factoría Hispavox en 1968 lo situó en una posición envidiable. Y ahí sigue, como el más popular de los “cantantes modernos” -es decir, jugando en un mercado distinto a Raphael, Julio Iglesias y similares. 

El éxito mundial del “Himno a la alegría”, publicado en 1969 pero cuya estela dura casi dos años, significa la consagración definitiva de Miguel, que cuenta con el respaldo impagable de los dos grandes brujos de Hispavox: el productor Rafael Trabucchelli y el director musical Waldo de los Ríos. Seguramente las generaciones actuales no conozcan esos dos nombres, pero como ya dije alguna vez son lo más parecido que tuvimos en España a Phil Spector y su muro de sonido; la mayor parte de los grandes éxitos del sello son responsabilidad suya. En 1970 se publica el segundo Lp, titulado “Despierta”, que por supuesto incluye el himno de marras; no hay grandes diferencias con el anterior, salvo el hecho de que se va acentuado la tendencia hippie, un tanto soñadora, de nuestro amigo y los arreglos son un poco más alambicados (“ligeramente progresivos”, dicen algunos comentaristas). No es un mal disco, pero tal vez haya cierta dispersión de contenido: resulta un poco difícil casar una versión del legendario “Rock de la cárcel” -bastante descafeinada, por cierto- con piezas tan “elevadas” como la que da título al disco, o el propio himno. Y es una pena que una de las mejores canciones de Miguel no venga incluida: se trata de “Como el viento”, una nueva composición de Fernando Árbex que solo se publicó en single, que refleja perfectamente el nuevo espíritu del cantante y que es magnífica tanto por su melodía como por los arreglos. Junto a ella les presento a “Miss Mattos”, la que abre el Lp, es obra del propio Miguel y que, esta sí, es un buen rock al estilo del momento, muy de los años 70. 



Nuestro amigo está viviendo una época de mucho ajetreo, ya que el himno lo lleva a actuar en varios países; entre ellos los States, donde aprovecha para ponerse al día y volver a España con nuevas ideas. En 1971 nos presenta “Unidos”, su nuevo disco grande, en el cual Miguel consigue que Hispavox afloje un poco sus exigencias de éxitos orquestales; lo cual significa que junto a piezas como la que da título al disco -un trasunto de la sintonía de Eurovisión, claramente diseñado para repetir el éxito anterior- hay otras en las que se le ve mucho más suelto y que en conjunto hacen que este sea probablemente el mejor disco de su carrera. De todos modos, a partir de ahora iremos viendo una tensión cada vez mayor entre él y la disquera, cuya mentalidad “industrial” no admite de buen grado la evolución de su artista (ni de cualquier otro que esté dándole dinero; salvo muy escasas excepciones, la vida profesional de un músico de la época en España es una pelea continua con el sello que le haya tocado en suerte, que suele considerar a sus contratados como meros sirvientes). De todos modos su aportación como escritor de canciones -básicamente, traducciones de piezas extranjeras- va prosperando (aunque algunas de sus estrofas den un poco de sonrojo por su espíritu buenista), e incluso se atreve a cantar algunas piezas en inglés además de hacer una estupenda versión en tono vagamente góspel del “Here comes the sun”. Aun sin ser muy fan suyo, creo que este es un disco bastante digno teniendo en cuenta la media nacional, y estas son dos de mis preferidas: 



El ajetreo sigue: en abril de 1972 se graba un disco en directo que consiste en una selección del repertorio correspondiente a la gira de ese año. La grabación tiene lugar en Madrid, en el Monumental Cinema, durante los tres días que tiene programados en ese local, y se publica bajo el título de “Conciertos de rock y amor”, que ya lo dice todo. En la cara A tenemos una selección de clásicas del rock and roll junto a dos piezas soul, mientras que en la B nos va acercando a sus últimas tendencias con una versión de “Cantares”, una concesión al folk (“Abraham, Martin y John”) o el repaso de algunos éxitos suyos recientes; en conjunto es un disco agradable, a pesar de que por momentos sus arengas cansan un poco. Mientras tanto su relación con Hispavox va a peor, ya que su trayectoria se aleja cada vez más de los arreglos orquestales y esa tendencia hippie no ayuda al negocio; la verdad es que su rendimiento económico es bastante discreto. Pero Miguel ni se inmuta: en 1974 llegará “Memorias de un ser humano”, que marca el final de su relación con ese sello. Se trata de una evolución bastante lógica sobre sus discos precedentes, con un sonido claramente progresivo, casi experimental, y un desarrollo de la temática hippie/pacifista que le inunda en esa época. El resultado es discutible: desde el punto de vista comercial no hay canciones con gancho, y las letras son de nuevo endebles; pero tanto el sonido como los arreglos resultan novedosos, interesantes. Por desgracia resulta que la pura música no es suficiente para tener buenas ventas, y al final pasó casi desapercibido. Así pues, su despedida de Hispavox resulta ser bastante discreta. Aunque… a ver qué les parecen estas dos canciones: 





Su nuevo sello será Polydor; que demuestra tener mucha paciencia, porque en términos comerciales Miguel entra en una de las épocas más oscuras de su carrera: esa vocación tan progresiva como introspectiva lo convierte en un artista minoritario hasta finales de esta década, cuando volverá a recuperar protagonismo como “viejo rockero”. A partir de entonces, Miguel será un icono de los buenos viejos tiempos: es una posición tan respetable como cualquier otra, pero nosotros lo dejaremos aquí, con una selección de sus canciones más populares en la época juvenil.