lunes, 25 de abril de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (X)



Hay músicos que por su carácter inquieto, su gusto por la aventura y en consecuencia por la frecuente volatilidad de los proyectos en los que se embarcaban, aparecen y desaparecen con mucha frecuencia en este tipo de relatos. Por ejemplo: solo con hablar de la trayectoria de Pau Riba y Sisa ya nos suenan los nombres de los hermanos Batiste, Enric Herrera, José Vilaseca (Tapi) y otros cuantos. Bien, pues hoy veremos qué fue de algunos de ellos durante estos años convulsos de tránsito entre una década y otra. Por otra parte nos servirá también para comprender la gran importancia que tuvo el Grup de Folk en la evolución de la música underground catalana, ya que la mayoría de estos personajes se relaciona directa o indirectamente con aquella asociación que en teoría no pasaba de ser una alternativa a los Setze Jutges (es decir, otra perspectiva dentro del folk) pero que en realidad fue mucho más que eso; a pesar de su fugacidad, el círculo de amistades que se creó bajo su influjo es la base del ambiente musical en Barcelona durante buena parte de la década de los 70. 

Tras la disolución de Música Dispersa, Albert Batiste compaginará sus estudios de arquitectura con un breve paso por un grupo de rock layetano que no llegará a grabar (Slo Blo); posteriormente participará en los inicios de la Orquesta Platería, y seguirá alternando una profesión con otra. Pero tiempo antes de eso, ya a finales del 68, su hermano Jordi junto con Enric Herrera estaban demostrando lo que dije antes, la riqueza que atesora el Grup de Folk: ambos son muy aficionados a las bandas de rock progresivo británicas; y especialmente Herrera, como teclista que es, al estilo de unos Brian Auger o Stevie Winwood por ejemplo, mientras Jordi es un buen bajista, puede cantar y ocasionalmente toca flauta. Son dos personalidades muy distintas, ya que Jordi es más “disperso” y le gustan las mezclas de varios estilos, escribir letras y crear espectáculo en directo mientras que Enric, el técnico del grupo, es quien hace los arreglos, es perfeccionista y no siempre coincide con los gustos de su amigo. Por entonces nace una alternativa discográfica catalana a Edigsa y Concéntric; se trata de Als 4 Vents, dirigida por un personaje legendario: el librero Ángel Fábregas, un verdadero héroe que decide aventurarse en el proceloso mundo de la música ratonera y a cuyo impulso debe su existencia fonográfica gran parte del Grup de Folk, entre ellos Sisa en sus orígenes, Música Dispersa… o que los mismísimos Smash consiguiesen sus primeras grabaciones, por no hablar de unos cuantos cantautores madrileños. Llegan a un acuerdo con él, consistente en trabajar gratis como músicos de estudio para su nuevo sello; a cambio Fábregas les compra los instrumentos que necesitan, además de buscarles un guitarra y un batería solventes: Lluís Cabanach (“Luigi”) y Santiago García (“Jackie”). A mediados de 1969, Máquina! comienza a grabar. 

Aún hoy, pronunciar el nombre de Máquina! impresiona a los de nuestra quinta. Probablemente tiene más valor como icono que como simple banda, pero en la raquítica oferta nacional de entonces no había mucho donde elegir (en el campo del rock vanguardista, solo ellos y Smash consiguieron una muy relativa popularidad). Fábregas se gasta un buen dinero en promocionar su primer single, que se publica de inmediato bajo el subsello Diabolo y contiene las dos primeras clásicas: tanto la progresiva pero melódica “Lands of perfection” como ese jazz blues pianístico al más puro estilo Brian Auger, supuestamente en directo y titulado “Let’s get smashed”, nos reconcilian con el país porque ¡suenan a banda guiri! Asombroso; y aún encima, con buen resultado comercial. Sin embargo, su presentación en Madrid resultó bastante accidentada (con burlas, insultos e incluso lanzamiento de objetos), ya para los de la meseta lo más moderno seguía siendo el soul pop. Esta es una buena prueba de lo que algunos agoreros predijeron ya en el nacimiento de las bandas como Máquina!: que en Barcelona tal vez se comprendiese este tipo de música, pero el resto de España aún vivía en la década pasada. Y que, habiendo muy pocos aficionados en el país al rock underground, el escaso dinero que podía mover este negocio se lo iban a llevar las grabaciones extranjeras porque, entre original y copia, todo el mundo prefiere el original. Por desgracia, eso fue exactamente lo que ocurrió.

Pero no adelantemos acontecimientos: poco después entra un nuevo batería que ya es conocido aquí. Se trata de José María Vilaseca, el legendario Tapi, que ha participado y seguirá haciéndolo en varias grabaciones del “clan” y que acababa de abandonar Vértice, otra agrupación que también prometía mucho pero pronto desapareció de escena (ya hablaremos de ellos). Antes de que termine 1969 presentan su nuevo single, cuya cara A se titula “Earth’s daughter” y es una balada en la que tanto el tono como incluso la voz me recuerda a Peter Hamill, el de la Van Der Graaf; pero teniendo en cuenta que los británicos habían publicado su primer Lp muy poco antes (un mes) y con una tirada reducida, es posible que haya sido una simple coincidencia. En cualquier caso es una gran canción, como lo es también “Look away our happiness”, la B, en la onda de las bandas de rock progresivo con teclados. El año 1970 es agridulce: consiguen su momento de mayor éxito pero al mismo tiempo comienza su descomposición. A principios de ese año el Salón Iris de Barcelona comienza a organizar actuaciones que formarán parte del llamado “Festival Permanente de la Música Progresiva”, y Máquina! iniciará esa sucesión de actuaciones el 22 de Febrero (por supuesto, no será su única presencia allí). Pero esa y otras actuaciones memorables se van sucediendo al mismo tiempo que las diferencias musicales, la poca confianza en el futuro y la ominosa sombra del servicio militar comienza a hacer estragos en el grupo. Jordi Batiste es el primero en desfilar: bajo y voz serán ahora asunto de Luigi Cabanach, por lo cual fichan a José María París como nuevo guitarrista. Esto sucede en plena grabación del primer Lp del grupo, una grabación accidentada y en la que por momentos hay cinco miembros (dependiendo de que Jordi tenga permisos o no). El disco se titulará Why?, e independientemente de su calidad es otra de esas leyendas en la historia de la música nacional. Su tema central da título al disco y es una improvisación de casi veinticinco minutos repartida entre las dos caras: la primera se inicia con “I believe” seguida de la primera parte de “Why’”; en la cara B, tras la segunda parte, tenemos una pieza breve de aires psicodélicos y un vago tono Beatles titulada “Let me born”. Es decir, un total de cuatro piezas que en realidad son tres. La improvisación se hizo con Batiste aún presente, y la razón principal es que París, recién llegado, no dominaba aún el repertorio del grupo, con lo cual esa era la salida más rápida teniendo en cuenta que había poco tiempo para reorganizarse y crear nuevo material. 

Tengo que reconocer que no soy un gran aficionado a las largas improvisaciones, y tal vez sea injusto: admiro la valentía que supone atreverse a grabar un disco de rock experimental en España en 1970, pero al mismo tiempo creo que en esa virtud va el germen de su destrucción -además de la mili, claro-, porque no había público suficiente para esa aventura; y aunque las ventas de ese disco fueron razonablemente buenas (al menos en Cataluña), Enric Herrera decide abandonar sin que se sepa muy bien el porqué; muy poco después, también él se va a la mili seguido casi inmediatamente por Luigi. Comienza ahí un desfile de músicos un tanto complicado, aunque Herrera, que mantiene los derechos legales sobre el nombre, recrea el grupo en 1971 llevándolo a la onda de las brass bands al estilo Chicago o Blood, Sweat and Tears. Pronto se publica el último single de Máquina!, “Sun bring the summer / Burning butts”, bastante aceptable pero cuyo cambio de estilo desagrada a la mayoría de los pocos seguidores que quedaban. Ya en 1972 y a modo de despedida, Herrera decide grabar un doble directo en el que participa Batiste y otros cuantos músicos para hacer una especie de jam-session que a mí me resulta bastante aburrida. Por el medio llegó a haber dos bandas con el mismo nombre, y muchos años después se intentó una resurrección que ya no tenía sentido. 

Herrera, tras un extraño intento por parte de EMI por convertirlo en el Elton John nacional (nunca tuvo buena voz), se dedica a la producción, a componer canciones para otros artistas y colabora ocasionalmente con algunos de ellos. En cuanto a Batiste y Tapi, los otros dos grandes nombres de la aventura Máquina!, de ellos hablaremos a continuación. Ah y si algún visitante inquieto desconoce lo que fue esa mítica banda, aquí puede solucionar esa carencia. 




lunes, 18 de abril de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (IX)



Otro de los personajes más destacados en el sector “futurista” de la Nova Cançó, integrante de aquel fugaz Grup de Folk que se fundó como alternativa a las tendencias afrancesadas de los Setze Jutges, gran amigo y colaborador frecuente de Pau Riba, cantante poeta como él y también con tendencias muy variadas y coloristas, es Jaume Sisa, el músico galáctico. En los primeros años de su carrera tienen una evolución similar y se mueven en los mismos círculos del urderground catalán, aunque a mediados de la década Pau se convertirá en un rockero mientras que Sisa se irá acercando progresivamente al cabaret; galáctico, claro. Surrealista, cómico, entrañable, la locura de Sisa se nos hace familiar, calurosa, por oposición al espíritu más agreste y radical de Pau. Pero sea como sea, si cualquiera de ellos no existiese habría que inventarlo: ambos fueron el revulsivo ideal para una época mucho más gris y deprimente de lo que nos gustaría recordar; una época, los primeros años 70, en la que Madrid había perdido todo el encanto de la década anterior. Ya iremos viendo que fue la periferia y no el centro quien amenizó la travesía por este nuevo desierto. 

Las similitudes entre Jaume y Pau son múltiples: nacido también en 1948 (hay un mes y pico de diferencia entre uno y otro), descubre a Dylan y como consecuencia a las bandas que desarrollan el folk bajo el formato rockero, al estilo Byrds y compañía. La diferencia más notable es su origen: mientras Pau procede de la burguesía intelectual barcelonesa, Jaume es hijo del Poble Sec (vecino muy próximo a Serrat, por cierto). A finales de 1967, después de una primera época beat, ya compone algunas piezas y da su primer recital como poeta cantante para incluirse al año siguiente en el Grup de Folk, en el que la efervescencia colectiva retroalimenta a cada uno de sus integrantes. Ese mismo año publica su primer single, un encanto cuya cara A se titula “L'home dibuixat” y que a mí me recuerda al taxista de Riba (pero no me hagan mucho caso); la cara B, “Orgía nº 1”, es una pieza de folk rock con teclado, al estilo de Dylan con The Band... bajo una perspectiva galáctico - psicodélica. Insisto: no me hagan mucho caso, pero a mí me parece uno de los singles más hermosos en la historia de la música catalana y por extensión, española. Un debut magistral que lo sitúa, junto a su amigo Pau, entre las novedades más sobresalientes de finales de la década de los 60. 



Entre las amistades que se forman dentro del Grup de Folk destaca la pandilla formada por Sisa, Riba, los hermanos Batiste (Albert y Jordi) y Enric Herrera. En 1969, poco después de la disolución del Grup, se encuentran con un madrileño que ha formado parte de pequeños grupos de folk en la capital pero que acaba de subir a Barcelona porque “allí hay más ambientillo hippie”: se trata de José Manuel Brabo, alias “Cachas” por sus antecedentes como aficionado al atletismo, cuya militancia en el sector de la canción protesta terminó en el colectivo “La Trágala” junto a Elisa Serna e Hilario Camacho. Cachas había conseguido entrar en ese ambiente gracias a su hermana Pilar, alto mando del PCE por entonces, pero la verdad es que no le iba nada. En cuanto pudo abandonó la canción “comprometida” y ahora tiene algunas propuestas radicales que interesan mucho a la pandilla catalana; pronto consiguen grabar un Ep que ha quedado como uno de los artefactos sonoros más legendarios de aquellos tiempos: “Miniatura”, presentado como “el primer disco de los conquistadores de Venus -el planeta caliente”. Se trata de un grupo de cuatro canciones con carácter individual; en la primera tenemos a Cachas con su última propuesta, consistente en prescindir de las letras y utilizar la garganta como un instrumento más, expresándose a base de gruñidos, gemidos y demás gorgoritos vocales acompañados por una sección acústica y de percusión muy imaginativa; viene luego Sisa con “El trist i desconsolat enterrament de la meva esposa”, que dejando aparte una letra tan alucinada como brillante nos ofrece un encantador ejemplo de lo que entiende nuestro amigo por pop barroco. Albert Batiste abre la cara B con “Noia”, que reivindica la frescura de una generación que “ha sido engañada” con una estructura musical aparentemente simple, casi de canción protesta, pero cuya melodía resulta encantadora y muy bien trabajada con acústicas, piano y percusión. La pieza final corre a cargo de Pau Riba, y podría muy bien cuadrar dentro de “Dioptría”: con eso está dicho todo. Porque mejor que leer sobre una música es escucharla, y quien no conozca estas cuatro pequeñas joyas tal vez debería hacerlo ya.

Como era de suponer, este artefacto no se convierte precisamente en un hit, pero la mayor parte de sus ejecutantes se quedan con ganas de más. Cachas propone crear unas cuantas piezas al estilo entre psicodélico y dadá que él mismo acaba de ejemplificar: Sisa y Batiste le siguen, mientras que Pau decide concentrarse en sus Dioptrías. Para sustituirlo convencen a Selene, una simpática muchacha hippie y multidisciplinar que además de ser buena dibujante domina tres o cuatro instrumentos (piano, guitara, flauta, bongos) y canta. Los cuatro, aunque básicamente sean Cachas y Sisa, se ponen a preparar material para una nueva obra y en 1970 tenemos el resultado: Música Dispersa, que efectivamente hace honor a su nombre y que en esencia sigue el “patrón” marcado por Cachas en aquel Ep anterior. No hay letras: las voces son instrumentos musicales que pueden hacer coros, gemidos o remedos de las lenguas humanas, incluso a veces de idiomas “reconocibles”, como en el supuesto inglés de “Swani” o en la tremenda parodia del folclore patrio que es “Rabel”; hay aparentes invocaciones al estilo Gong en “Cefalea”, con una voz que recuerda a Allen o Hillage… y así sucesivamente. Las guitarras acústicas, percusiones (por ahí anda Tapi) y en alguna ocasión bajo y piano, crean una atmósfera folky que recuerda a varios estilos tradicionales: imagínense a Nuestro Pequeño Mundo seriamente perjudicados por algún tipo de substancia extraña. El disco, con la portada que Selene dibuja basándose en la famosa ola japonesa, se convierte en un clamoroso fracaso comercial: se calcula que no llegaron a venderse ni 500 copias. La impresión general va desde “obra maestra” según sus seguidores a “tomadura de pelo” según el público menos paciente. Está claro que es necesaria una empatía previa para escuchar ese disco, y no me voy a poner a defenderlo; solo digo que quienes no lo conozcan y disfruten con las músicas patafísicas de Canterbury, tal vez se lleven una sorpresa si pinchan aquí.

La trayectoria de Música Dispersa es fugaz: Selene decide abandonar la profesión y los otros tres hacen algunas actuaciones antes de que a Cachas lo llame la Patria; cuando salga del cuartel, también cambiará de vida. Albert Batiste seguirá su propio camino… y Sisa vuelve a ser el tema central de esta entrada con la publicación en 1971 de su primer disco grande en solitario: “Orgia”, otra de esas infrecuentes maravillas que lo elevan a la altura de Pau Riba: en ese momento, son las dos figuras más grandes de la música contracultural catalana, que es como decir española. Hay en él influencias de Cachas, que es uno de los colaboradores en la grabación junto con Selene, Enric Herrera y los hermanos Batiste, pero también queda definido aquí su gusto por las canciones ensoñadoras, casi infantiles -con letras de cuento- y ese cruce entre psicodelia y tonadillas demenciales tan característico: una pieza como “Mejant pollastre” lo resume perfectamente, mientras que “Jugant a boles” o “Carrer” -actualización de la “Orgía nº 1” de su primer single- son un buen ejemplo del Sisa más recordado. Como pasa con todo este tipo de músicas, comentarlas es ocioso: una vez más recomiendo a quienes no lo conozcan, etc, etc… aquí

Las similitudes entre la carrera de Sisa y la de Riba son continuas: tras este disco, también él desaparecerá del panorama musical durante unos años, viviendo de los trabajos más variados, hasta que reaparezca a mediados de la década, casi al mismo tiempo que Pau. Así que, como en su caso, esa es otra historia y será contada en otra ocasión. 


lunes, 11 de abril de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (VIII)



Seguimos en Cataluña, un lugar inmejorable para demostrar que el mundo de los músicos poetas es mucho más amplio de lo que parece. Porque hoy nos toca volver sobre uno de nuestros artistas preferidos: Pau Riba, un geniecillo loco que llegó a ser definido como el Daevid Allen nacional, que ya es decir. Su decisión de cantar en el idioma nativo lo incluye automáticamente en la Nova Cançó; pero ya vimos que cuando los cantautores de Els Setze Jutges (es decir, los seguidores de la escuela francesa, sobria y de tono eminentemente social) decidieron no aceptar su entrada en aquel selecto club, tenían toda la razón. Pau, junto a otros disidentes, crea el Grup de Folk, de corta vida, para remarcar sus querencias americanas siguiendo la pauta que marcó Dylan: partiendo de la canción de autor, pronto comienza a añadir ingredientes rockeros y psicodélicos; poco tiempo después, ya era reconocido como el padre del rock catalán. 

Lo habíamos dejado a finales de la década pasada con una corta trayectoria discográfica que comienza en 1967. Pero aquellos singles ya demostraban un carácter propio, muy personal, y varias de las canciones que se contenían en ellos tendrán una nueva vida en su primer disco grande, que Pau ideó como doble -aunque finalmente se fraccionó en dos sencillos- y que hoy en día es considerado por muchos como una obra cumbre de la música popular catalana (lo cual enlaza, por otra parte, con la “paternidad” de la que hablaba antes). Ese disco se titula “Dioptría”, fue grabado en 1969 y su “primera fase” sale a finales de ese año, mientras que la segunda lo hace en 1970. Supongo que Concéntric, el pequeño sello que lo distribuía, a última hora (con las portadas ya impresas) no se atrevió a sacar un doble que podía significar un riesgo económico imposible de asumir y prefirió dosificarlo; pero hasta cierto punto la jugada no afecta demasiado al espíritu del disco, porque podría considerarse como la suma de dos obras que en muchos aspectos son distintas (de todos modos, ya se publica como doble desde 1978). El primero es un disco de rock con influencias progresivas y psicodélicas en el que nuestro amigo se hace acompañar de Om, la banda que ya participaba en su single anterior; el segundo es claramente folkie, de tono acústico con acompañamiento de percusión ligera y guitarra eléctrica o teclados en algunos momentos: Pau está ayudado por Sisa y Batista con participación de Toti Soler. También en el asunto literario hay una diferencia fundamental, aunque en ambos casos las letras son de crítica hacia las costumbres y las tradiciones en la sociedad pequeñoburguesa, que hacen a las personas rehenes de una educación insana: en palabras de Pau, “Dioptria I” es crítico contra la mujer y el II va contra el hombre, aunque no tanto, probablemente porque yo lo soy”. 

En consecuencia, tal vez esa decisión de publicar los discos por separado no fuese tan descabellada. Por otra parte resulta injusto que la mayoría de los aficionados consideren al primero como de mayor altura que el segundo, cuando en realidad no son comparables. Pero ya con el primero Pau quedó consagrado como uno de los músicos catalanes y españoles con más futuro: resulta sorprendente que un disco tan denso y avanzado a su tiempo como ese haya sido compuesto por un joven de veintiún años y una trayectoria tan diminuta. En ese primer disco, dejando aparte las letras (que recomiendo fervientemente: hoy en día, gracias a Internet, es sencillo leerlas), tenemos una clara demostración de cuáles son sus influencias, pero también de que ha sabido asimilarlas y crear su propio estilo: hay recuerdos de Zappa (algunos momentos enloquecidos de “Ars erotica” me recuerdan el “Freak out!”), guitarras sibilinas de la escuela Barrett (la sospechosamente benévola “Kithou”) y por supuesto el fantasma de Dylan sobrevuela el conjunto; pero hay piezas inclasificables, como la catedralicia “Ja s’ha mort la besávia”, una obra imponente, sangrienta y emocionante al mismo tiempo, que es Pau Riba en estado puro, como lo es en la estremecedora “Mareta bufona”, o en algunas fases acústicas como “Noia de porcellana” (que ya había adelantado en versión corta y “habanera” en aquel single del 68). En fin, estamos ante una de esas escasas obras nacionales que deberían figurar en la colección de cualquier aficionado que se considere como tal, así que por mí no ha de quedar: aquí tienen ese primer disco junto al single que se publicó en 1970 conteniendo dos versiones cortas de “Ars erotica” y “Rosa d’abril”. 

Y llegamos a la segunda parte, más apacible tanto en lo musical como en lo literario. El tono general es de folk psicodélico, y las influencias pueden ir desde Dylan o Donovan hasta la época hippie de Marc Bolan o los Airplane. Parece que hay un acuerdo general en que la mejor pieza de este disco es la recreación de “L’home estàtic”, tal vez la más equilibrada, con ese delicioso juego de guitarras acústicas y su letra tan bellamente triste. Pero, recreando piezas ya conocidas y en ese estilo acústico, no me parece inferior su nueva visión de “Taxista”, e igual de buena es “Cançó 7ª en colors”, que abre el disco y es enteramente nueva. De un total de seis piezas, las otras tres son “sinfonías”, muy distintas entre sí: la primera (“D'un matí, d'una nit de Nadal) es una especie de cantar épico que se vuelve relato a mediados de la pieza y, aunque esa fase se hace un poco pesada -a veces Pau se pierde en el bosque con sus discursos-, en conjunto me resulta encantadora. Algo parecido me pasa con la segunda (“D'uns deus, d'uns homes”), aunque es muy distinta: sobre el acompañamiento de grupo completo, Pau nos invita a subir a la barca y recrearnos con una letra que podría recordar a la búsqueda de una Itaca espiritual; el conjunto recuerda vagamente a Dylan en aquella época del 65/66. Quizá el nivel decae un poco con la tercera sinfonía (“D'un temps, d'uns botons”), un poco plana, dando vueltas sobre una estructura acústica bastante simple, algunos acompañamientos vocales y ruiditos curiosos. Pero en conjunto creo que esta segunda parte es tan buena como la primera, aunque su espíritu sea distinto. Y por supuesto, también la recomiendo encarecidamente: aquí la tienen, junto al single con la primera versión de “L’home estàtic”. 

Y es en ese momento, cuando se halla en una cumbre tan rápidamente alcanzada, cuando las expectativas son enormes, justo cuando Pau decide apartarse un poco de las luces: entra en una fase campestre, hippie, y en 1971 decide mudarse a Formentera junto a su pareja, Mercé Pastor, que ya se encuentra en un avanzado estado de gestación. El hijo, bajo las más entrañables normas del buen naturista, es traído al mundo por las propias manos de su padre en un hogar rústico, sin agua ni electricidad; se llamará Pau, y su padre le dará el cariñoso apodo de “Gripau” como acrónimo de "Gran Riba Pau" (aunque su significado en catalán sea “sapo”). Durante la primera infancia de este niño, sus padres no se moverán de la isla; pero con la ayuda de algunos amigos, entre ellos Toti Soler, Pau reunirá en una grabadora autónoma el material suficiente para un nuevo disco, acústico por supuesto, que se titulará “Jo, la donya i el gripau” y que se publica a finales de año. Emociona recordar que mucho antes de que naciese aquel gripau y aquel disco, ya había correteado por la isla medio censo de Canterbury, que el ácido y las guitarras acústicas eran protagonistas en aquel lugar, y que no otro tipo de actitud podemos esperar de un músico que en ese momento está plenamente integrado en una corriente que va desde la Incredible String Band de sus primeros años hasta Daevid Allen o Kevin Ayers. A mí me parece una preciosidad, imperfecta por artesanal, empezando ya por la portada, y poco más puedo añadir: juzguen ustedes mismos. Ah, y si les interesa profundizar en el asunto, pinchen aquí abajo:

http://lwsn.net/article/pau-riba-jo-la-donya-i-el-gripau-un-mini-documental-realitzat-per-l-isaki-lacuesta 

Hasta mediados de la década, la vida de Pau será apacible, alojado en aquella benéfica quietud natural. Luego comenzará a sentir la necesidad de un nuevo cambio, de abandonar un estilo y una actitud vital que ya no van con la época. Pero esa es otra historia, y será contada en otra ocasión. 


martes, 5 de abril de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (VII)



La canción de autor es una de las novedades que surgen en la segunda ola de la música popular en nuestro país; lo cual tiene su mérito, ya que atreverse a escribir letras “imaginativas” en una época en la que el franquismo comenzaba a verse acorralado -y por lo tanto sus coletazos podían resultar temibles- no era una opción cómoda. Sin embargo, hubo unos cuantos valientes que ya a mediados de la década anterior se esforzaban en ofrecer al público canciones con un acompañamiento literario que podía ir desde la lírica a la protesta más o menos encubierta; y quien mejor supo equilibrar la música con el mensaje -convirtiéndose en el más popular de todos nuestros cantautores- fue Joan Manuel Serrat, a quien ya hemos visto alcanzar el éxito casi desde el principio de su carrera. 
 
Lo habíamos dejado despidiendo la década de los 60 en lo más alto de las listas gracias a aquel disco que ponía música a algunos poemas de Antonio Machado y que fue un éxito inenarrable, tanto en España como en Hispanoamérica (donde sus giras son casi continuas, por cierto). La presión que ejerce ese éxito consigue que se vaya olvidando el asunto de su espantada en Eurovisión dos años antes, y las emisoras de radio vuelven a emitir sus canciones con relativa libertad; en el otro bando sin embargo, los sectores más catalanistas no le perdonan aquel desliz y puede que no lo hagan nunca. De todos modos, está claro que a él no le importa: seguirá cantando en español o catalán según le plazca, porque ya ha demostrado que no acepta injerencias de nadie. Una nueva prueba de ello (y de su brillantez creativa) es que en 1970 publica dos discos, uno en cada idioma: a mediados de año llega “Serrat 4”, en catalán y superando las ventas de sus anteriores discos en ese idioma, lo cual demuestra que el anatema lanzado por los sectores radicales no surte efecto; y a finales de año llega “Mi niñez”, en español, uno de los discos más brillantes en su carrera. De nuevo los arreglos de Miralles redondean en ambos casos un conjunto de canciones cuyas melodías son magníficas. Sobre las letras, del catalán no puedo decir mucho -tendría que ponerme a traducirlas- aunque suena un poco más intimista (el propio sonido lo es), sin grandes diferencias con el “nacional”. Eso sí: tanto en uno como en otro, algunas letras tienen problemas (“Fiesta”, una de las más populares por su ritmo y por figurar en single, tuvo que modificar algunas estrofas para ser publicada). La gran mayoría se convirtieron en clásicas. 

Estamos en la época más vibrante de su carrera, y no solo por su trayectoria artística: pocos días después de la publicación de su último disco, en Diciembre del 70, tiene lugar el famoso Proceso de Burgos, en el que se condena a muerte a seis militantes de ETA; el día 12 de ese mes Serrat es uno de los trescientos artistas e intelectuales catalanes que se encierran en el monasterio de Montserrat en protesta por ese juicio. Aquella actitud le pasa factura, desde luego: vuelven las represalias en prensa, radio y televisión, además del boicot a gran parte de sus actuaciones. Durante casi medio año trata de olvidarse de la situación interna con una nueva gira hispanoamericana, y a la vuelta anuncia una retirada transitoria que se concluye a finales de 1971 con la publicación de “Mediteráneo”, que pasa por ser su mejor obra (y desde luego la más popular). No hay duda de que ese retiro le ha venido muy bien para centrarse y escribir con relativa tranquilidad el material; pero aun así resulta asombrosa la creatividad que demuestra, superándose de nuevo después de sus dos discos en 1970 y de toda la situación ambiental que le rodea. Ahí está condensada la esencia artística de Serrat, en diez canciones que resumen la nostalgia, los amores y ese punto ácrata que siempre ha tenido, diez canciones perfectas que incluso a mí me emocionan aún sin ser muy de su cuerda. Ah, y el equilibrio orquestal corre a cargo de Juan Carlos Calderón, que durante un tiempo sustituye a Miralles. 

Tras unos meses de muchas giras y algunos proyectos fallidos (entre ellos un doble disco en el que interpretaría piezas clásicas del repertorio hispanoamericano y que no se verá hasta mucho tiempo después), a principios de 1972 Serrat repite la jugada de poner música a los poemas de un clásico de nuestra lengua: primero fue Machado, ahora será Miguel Hernández. Y el resultado es muy parecido, ya que el disco, cuyo título es simplemente el nombre del poeta, se convierte en otro éxito masivo a pesar de que una vez más “el Régimen” se pone nervioso: Hernández es una de las más negras sombras en la memoria del franquismo -por ser culpable directo de su muerte- y a regañadientes permite la publicación de una obra en la que Serrat ha escogido con cuidado el material, más o menos “limpio” de ideología para que la censura no pueda objetar. En lo musical no hay grandes diferencias con sus obras anteriores, aunque los arreglos van a cargo de Francesc Burrull; junto a la contención de la voz, tal vez el resultado final sea un poco más “académico”, sobrio, por la influencia de la situación y del espíritu del poeta. Y esa misma influencia hace que aquí estemos ante una obra de la cual los aficionados al single tienen pocas canciones recordables: este es un disco mucho más orgánico que la colección de poemas de Machado, o al menos eso me parece. 

El trienio más brillante de Serrat termina aquí, aunque por supuesto seguirá siendo por mucho tiempo nuestro cantautor principal (casi lo es aún hoy). Su despedida de Novola se formaliza en 1973/74 con “Canción infantil”, un tanto más oscuro que los anteriores pero donde nos encontramos con obras magnas del calibre de “Romance de Curro el palmo”. Su llegada a Ariola coincide con nuevas complicaciones en su relación con la censura, hasta el punto de tener que vivir fuera de España durante un tiempo a causa de sus manifestaciones sobre los últimos fusilamientos del franquismo. Tras la muerte del dictador vuelve gracias a una amnistía y durante un tiempo se dedica a recorrer Cataluña en pequeñas giras, hasta que vuelve la normalidad. Sin embargo los tiempos comienzan a cambiar, las letras “comprometidas” van perdiendo su actualidad, el rock y la nueva ola se están haciendo con el mercado y los personajes como él comienzan a pasar a segundo plano. Su historia, ya digo, podría seguir contándose hasta ahora mismo, pero nosotros lo dejaremos aquí, con una selección de canciones que cubren aquel trienio.