martes, 28 de marzo de 2017

España 70's: la Tercera Vía, o algo así (y fin)


Hoy llegamos al final de esta pequeña serie dedicada a esa fauna difusa compuesta por unos cuantos bichos raros que dignificaron un poco la depauperada escena musical española en los primeros años 70, una época bastante oscura. Y precisamente para disipar un poco esa oscuridad creo que nos vendrá bien la sonrisa; una sonrisa que en España por entonces quedaba a medio camino entre el sarcasmo y el absurdo, y que muy pocos personajes han sabido “gestionar” mejor que don Ramón Alpuente Mas, mucho más conocido como Moncho Alpuente. Sí señores, ese artista multifuncional, ácrata pero renacentista a su modo, que se dedicó al periodismo, la música, la literatura, el teatro y otras cuantas cosas. Aquí nos ocuparemos solamente de su obra musical, que de todos modos es un mundo en sí misma: al igual que en las demás “disciplinas” que ejerció, es impagable su visión ácida pero descacharrante de una época y una sociedad. Y su carácter transgresor hace que hasta nosotros tengamos que saltarnos una norma clásica del local: por primera vez aquí son más importantes las letras que las músicas; lo cual es lógico, porque para don Ramón las músicas eran parte del sarcasmo y solía obsequiarnos con melodías de tuna, foxtrot, vodevil y otras cuantas antiguallas convenientemente retorcidas por sus acompañantes, tan ácratas como él. 

Moncho comienza a escribir letras raras ya en el colegio, al mismo tiempo que se aficiona a escuchar a algunos grupos extranjeros un tanto dislocados; tanto él como Antonio Piera, compañero de estudios e integrante de la Tuna, muestran una afición preferente por Las Madres del Invento, la banda de Zappa, que en lo musical es revolucionaria y en lo estético… también. Así, no es extraño que decidan crear un grupo bajo el nombre de Las Madres del Cordero junto a otros colegas de parecida catadura. Esto ocurrió en 1969, cuando Moncho tenía veinte años cumplidos. De momento los únicos instrumentos de los que disponían eran las guitarras acústicas y su formación musical era casi nula, lo cual los decidió a probar en el mundo del folk porque “parecía lo más sencillo”. Actuando en colegios mayores conocieron a otros individuos que los fueron introduciendo en el mundo teatral, y así nace su amistad con algunos miembros del grupo Tábano, que al decir de Moncho “hacían espectáculos incomprensibles pero muy divertidos”. Ya que lo incomprensible era uno de las esencias de Moncho, pasó lo que tenía que pasar: Las Madres y Tábano se asocian para poner en pie “Castañuela 70”, uno de los hitos teatrales que marcó la nueva década. No fue exactamente un éxito monetario, aunque se defendió bastante bien; lo importante es que nunca antes un grupo de teatro independiente había conseguido funcionar como profesional, con un circuito geográfico (Madrid, Cataluña y Aragón) y por un tiempo continuo aunque escaso -el verano de 1970-, hasta que los grupos de reventadores compuestos por falangistas, policía política disfrazada de ultraizquierdistas y demás excrecencias del Régimen consiguieron suspender las representaciones a finales de Septiembre. Pero “el daño” ya estaba hecho: “Castañuela 70” ya es historia de España (y se recomienda una visita a los anales de Internet para hacerse una idea más completa sobre aquello). 

Gracias a esa obra consiguen Las Madres una cierta popularidad, que les lleva a grabar en Barcelona un primer single con el sello Talar (una submarca de 4 Vents), aún en 1970: “A beneficio de los huérfanos / La niña tonta de papá rico”, cuyas ventas son escasas pero se convierte en un objeto muy preciado por un cierto sector del público más contestatario (como se decía antes): la primera es una burlas sobre las fiestas que la alta alcurnia celebra con motivos supuestamente “caritativas”, mientras que la segunda hace un buen retrato de la perfecta niña pija. La música, como ya dije antes, da igual: aquí lo que cuenta es “el mensaje”. Las Madres grabaron unas cuantas canciones más en aquel sello, aunque como maquetas y sin intención de publicarlas; pero en 1973 les sorprenderá la aparición de un disco “colectivo” en el que vienen incluidas cinco de ellas, junto a otras interpretadas por Gabriel Salinas, Luis Pastor, Quintín Cabrera y Els Sapastres. El disco se titula “Todo está muy negro” y ya se pueden ustedes suponer que la temática general va de eso, de lo negro que estaba todo por entonces. El disco es hoy en día una rareza, aunque por entonces tuvo una distribución bastante decente.

Las Madres desaparecieron de escena sobre 1971-72, cuando la mayor parte de sus componentes (que con frecuencia eran itinerantes) terminaron sus carreras universitarias y buscaron un modo más serio de buscarse la vida; pero Moncho intentó compaginar unas cosas con otras porque seguía con ganas de escribir sinsentidos (una visión alternativa al periodismo, pero en otra órbita) y el escenario tiraba mucho. Y en 1973, junto a Piera, consigue una formación más o menos estable que bautizan como “Desde Santurce a Bilbao Blues Band” y pronto es detectada por Alain Milhaud, que los incluye en su sello Explosión para grabar de inmediato un Lp histórico titulado “Vidas ejemplares”. El espíritu y los temas que se tratan son los mismos que en la época de Las Madres, e incluso algunas canciones son de aquella época; el único cambio está en la técnica musical, que gracias a Milhaud es más seria, mejor organizada y con algunos músicos profesionales que ayudan en la grabación, además de unos cuantos amigos que también componen nuevas letras como las vainicas, Aute, Hilario Camacho e incluso Massiel, que canta una canción (“Soy la mujer”) en la que se hace parodia de la mujer objeto, tan de moda antes como ahora. En ese disco se incluyen piezas ya míticas como la recreación de “A beneficio de los huérfanos”, “El hombre del 600” -un verdadero éxito en single- o “Los fantasmas”, que corresponde a su época anterior en Castañuela 70 y que no gustó mucho a los progres; como tampoco les gustará “Al cantante social con cariño”, que se incluye en aquella recopilación “traicionera” que lanza 4Vents poco después ante el relativo éxito de “Vidas ejemplares”: Moncho tiraba contra todo y contra todos, incluyéndose él mismo. 

Durante un tiempo, este grupo fue realmente popular. Sus actuaciones se prodigaron por toda España, lo mismo que la persecución de la Policía y demás autoridades gubernativas, que de vez en cuando les cortaban las alas. Y finalmente, a principios de 1976 (Franco había muerto poco antes), cada uno sigue su camino: Moncho y sus amigos consideran que ya no tiene mucho sentido luchar contra un régimen que comienza a deshacerse, y su profesión de periodista le exige cada vez más tiempo. A principios de los 80 creará un nuevo grupo “festivo-musical”, entre pop y rock, llamado Moncho Alpuente y los del río Kwai, que llegó a publicar un disco sin mucha repercusión; veinte años después, junto a Wyoming y el Reverendo, veremos a la fugaz Moncho Alpuente Experience, pero lo realmente interesante fueron aquellos tres o cuatro primeros años en los que, a pesar de la oscuridad reinante, nos hizo reír, a carcajadas muchas veces. Y esta es su herencia. 

Aquí termina esta pequeña pero entrañable relación de personajes que nunca supieron muy bien qué terreno ocupaban, pero tampoco les importó mucho. Lo que cuenta es la memoria, ahora que ya ha pasado todo; que sigan vivos en el recuerdo de algunos de nosotros. Ya saben: moda es lo que pasa de moda, clásico lo que permanece. 




martes, 21 de marzo de 2017

España 70's: la Tercera Vía, o algo así (XI)


La psicodelia fue una moda que llegó aquí tarde y mal. Para ser honrados, hemos de reconocer que se notó más en las prendas de algunos músicos y aficionados o en la decoración de algunos locales que en la música, salvo muy escasas y honrosas excepciones. Tal vez el mejor ejemplo sea “Un, dos, tres al escondite ingles”, la película del bendito Iván Zulueta que tantas veces se ha citado aquí: sí, es psicodélica, muy molona, muy colorida, en gran parte por los dibujos del propio Iván; pero la música no pasa de ser básicamente pop, con algunos integrantes del llamado “spanish soul”, y la escasa psicodelia musical que se escucha corre a cargo de los británicos The End. En los años 70, cuando ya su momento había pasado, hubo algunos músicos nostálgicos que a veces dejaban notar su querencia por aquella época: Vainica Doble son el mejor ejemplo, además de ser también las figuras más recordadas. Y hoy nos visitan unos muchachos que hasta cierto punto mantienen su espíritu, así que de algún modo cerramos el círculo. Se agruparon bajo el nombre de Agamenón, y venían siendo unos hippies tardíos que coquetearon también con esos sonidos; aunque fueron otras víctimas de la desidia discográfica y pasaron practicamente desapercibidos en su tiempo, son adorados hoy en día por unos cuantos fans que conocen su único disco grande. Un disco que dignifica la post psicodelia española con todos los honores.

Allá por 1968 o 69 unos chavales madrileños que están aún en el colegio se dedican en ratos libres a hacer versiones de las bandas tradicionales como Beatles; pero también se aficionan a los que hacen juegos de voces, desde el folk al sunshine pop o las bandas de la Costa Oeste. Además de su habilidad general para cantar, se apoyan en sus guitaras acústicas: la reunión está liderada por Carlos García, un adolescente que ya empieza a componer canciones y que ha conseguido liar a su hermana Carmen, a su amiga Dulce Ayala y a Javier Moreno, un colega que a pesar de su juventud ya toca la guitara eléctrica con mucha soltura. A principios de la nueva década llegan a oídos de Félix Arribas, el batería de los Pekenikes, que está pensando en iniciar una carrera alternativa como productor y les sugiere grabar una maqueta; han pensado ya en un “nombre comercial” -Agamenón-, pero finalmente Arribas olvida el asunto (hay que tener en cuenta que era una época de fuerte marejada en los Pekenikes). Ya están alternando las guitaras acústicas con las eléctricas, son conscientes de que si van a ser un grupo con posibilidades necesitan reforzar la plantilla y convencen al batería Arturo Terriza y a Ralph, un teclista alemán. También por entonces Columbia había lanzado un subsello moderno llamado Top, y buscaba músicos noveles para crear un catálogo: esa fue la oportunidad de Edelweiss, y será también la de nuestros nuevos amigos. 

Estamos en 1973, y con el contrato de grabación ya en la mano van a registrar el nombre del grupo para encontrarse con que el astuto Arribas lo había registrado ya. Bueno, pues no pasa nada: nos llamaremos Tálamo. Pero Columbia objeta que ese nombre es poco comercial, y finalmente la cosa queda en Álamo. Aún habrá otra renuncia: ellos quieren cantar en inglés, pero el sello exige que lo hagan en español; por fin, cuando el single sale a la venta, lo único inglés es el título y estribillo de la cara B. Parece claro que Columbia busca un simple grupo de voces mixtas y tono pop; es decir, quiere probar suerte de nuevo tras el relativo éxito que había conseguido años antes con Nuevos Horizontes: “Fue un sueño / Nighty night” recuerda a ese tipo de agrupaciones, con unas melodías muy cuidadas y arreglos orquestales que redondean un producto de calidad pero también con posibilidades comerciales. Les organiza el consabido playback en televisión para promocionar el single, e incluso consiguen algunas actuaciones; pero estos muchachos han salido contestatarios, y manifiestan su cabreo con el sello abandonándolo poco después. La carrera “oficial” de Álamo no dura más de dos o tres meses: terminadas las obligaciones contractuales, el teclista teutón se marcha a la banda de Micky; poco después queda confirmado en su lugar Vicente Andújar, que además de manejar las teclas también canta. Y de paso quedan libres para recuperar a su querido Agamenón, que ahora ya pueden usar oficialmente. 

En poco tiempo se nota una sorprendente “mayoría de edad” en el grupo: tanto su aspecto como su sonido ha cambiado; se ha radicalizado, por decirlo así. Aquella vestimenta de buenos chicos, de universitarios desenfadados que lucían en el single, da paso a una estética hippie que hace juego con sus nuevas canciones, entre el rock psicodélico y el folk con matices que van desde unos Jefferson Airplane hasta Mamas & The Papas (su único punto de contacto real con Nuevos Horizontes: Columbia se equivocó). Carlos se convierte en un compositor prolífico y Javier es ahora el arreglista del grupo; su solidez en directo los convierte en asiduos de los clubes madrileños e incluso actúan en otras partes de España. Pero en la primavera del 74 Javier se marcha a Ceuta, a cumplir con la Patria, lo cual les obliga a fichar con urgencia a un nuevo guitarrista: César Fornés. Y aunque suene un poco cruel decirlo, lo cierto es que ese cambio les favorecerá porque a pesar de su juventud César es ya un virtuoso que domina además una gran variedad de pedales (aún hoy se le encuentra en algunos hilos de Internet impartiendo enseñanzas gratuitas de guitarra). El caso es que a principios de 1975 llegan a conocimiento del insigne Alain Milhaud, que no duda en ficharlos para Explosión, un nuevo sello que acaba de crear; tienen material de sobra para un disco grande, así que se ponen a grabar de inmediato. 

El señor Milhaud les da libertad casi plena, salvo por un pequeño contratiempo: al menos dos canciones han de ser reescritas en español. Una de ellas, “Todos ríen de mí” será además el título del Lp, la que lo abre y también la cara A del single que se publicará como adelanto. Es una verdadera declaración de intenciones, porque les queda una letra muy “reivindicativa” y además su estructura musical es un buen resumen de todas sus habilidades: una percusión competente, juegos de voces muy trabajados y sobre todo una verdadera exhibición de guitarra a cargo del recién llegado Fornés, cuya maestría nos deja boquiabiertos en varias piezas del disco, tanto en las cuerdas como con el wah-wah o el fuzz. El disco en conjunto es una verdadera delicia, desde los momentos más reposados como “Al salir el sol”, la otra pieza en castellano (una verdadera exquisitez de tono folk con efluvios medievalistas al estilo Renaissance) hasta la tensión que mantienen piezas como la incendiaria “Send me”. Ya digo que el conjunto brilla a una altura poco frecuente en España por entonces, pero insisto también en que la guitarra de Fornés es tremebunda, internacional. Y sumando todo, estamos ante uno de los mejores discos que se han grabado en la no muy brillante historia musical española. 

Por desgracia, aunque probablemente el señor Milhaud hizo lo que pudo, Zafiro no estuvo a la altura: se dice que llegaron a prensarse 5.000 copias (una cantidad respetable para la época), pero el sello no se gastó un céntimo en publicidad y por lo tanto estamos ante otro de esos discos de los que muy poca gente tuvo noticia en su momento. Hay que tener en cuenta que los aficionados que podían haberlo comprado pertenecían al sector de quienes por entonces ya solo escuchaban música extranjera, los que por sistema en las tiendas ya no se detenían en el cajón de los discos nacionales, y sin una buena promoción que los “despertase” ningún grupo español con inquietudes tenía futuro. Así, el disco de Agamenón pasó pronto a la sección de rebajas y pronto también fue “secuestrado” por las bandadas de coleccionistas, tanto nacionales como extranjeros; el grupo desapareció poco después, y aquí termina todo. 

En cuanto a nosotros, el haber recibido a los alegres chicos de Agamenón hubiera constituido un perfecto broche de oro para cerrar esta serie; pero como queda feo terminar en un “once” vamos a hacer la docenita, si les parece bien. Eso sí, lo haremos con humor. Así que la próxima semana nos visitarán unos entrañables bufones muy de la época: permanezcan atentos a la pantalla. 








domingo, 19 de marzo de 2017

Nota necrológica


"Si quisieras darle otro nombre al rock and roll, podrías llamarle Chuck Berry". 
John Lennon  

El ciudadano Charles Edward Anderson Berry, más conocido como Chuck Berry, murió ayer, con 90 años. Temido por la gente de bien, amado por mucha otra gente, nos cambió la vida por lo menos a tres o cuatro generaciones -más las que están por venir- y no hubo nada que pudiese con él salvo la vejez. Descanse en paz. 





lunes, 13 de marzo de 2017

España 70's: la Tercera Vía, o algo así (X)

Cuando uno se pone a hurgar entre las telarañas que va dejando el tiempo, a veces se encuentra con nombres de los que puede desconocer su historia aunque se valore su obra. Para ser más concreto: todos conocemos discos muy famosos entre los coleccionistas y que sin embargo corresponden a grupos o músicos de los cuales probablemente no sabemos o no recordamos nada. En el mercado sajón hay ejemplos a cientos: el disco de Octopus, el de July, Billy Nicholls, etc. O sea: “el disco”, no “el autor”. Bueno, pues también hay casos parecidos en nuestro país, aunque por supuesto a una escala más reducida; suele tratarse de grupos catalanes (Om, Tabaco, etc), pero también hay algunos de otras “comunidades autónomas”, como se dice ahora. Y hoy vamos a rescatar a dos de esos grupos que por desgracia solo son valorados por los coleccionistas: Tartessos y Edelweiss. Los primeros fueron relativamente conocidos en su época, mientras que de los segundos no sabemos casi nada. 

La historia de Tartesos (con una sola “s”) comienza a finales de los años 60 en Huelva, con la creación de un grupo llamado los Keys, que cambiarán su nombre en 1972: las voces principales son las de Pepe Roca y José Barros, que además son los guitarristas, mientras que el bajo es Eliseo Alfonso. Y hay dos sevillanos: a la batería tenemos al ex Nuevos Tiempos Antonio Moreno y el teclista es Manuel Marinelli, un ex Gong que luego militó en Cerebrum. Sus aficiones van en la onda del progresivo melódico, incluso con tintes pop, y a principios de 1973 nos encontramos con su primer single : “Ven a mi /Creo en ti”. Especialmente la cara A, con ese tono de balada folk pop con aires progresivos, puede considerarse un antecedente de lo que pronto será el pop rock sinfónico andaluz (aunque sea una de las primeras composiciones de José Luis Perales). Ese mismo año llega el segundo, “Campos de algodón / Buen hombre”. Por alguna razón la primera me recuerda a Lone Star, tal vez por la voz y la manera de llevar la guitarra; la cara B, más flojita, tiene un rango melódico pasable. En 1974 hay dos singles más, el primero cantado en inglés: “Well allright” es de cosecha propia, un tanto "desenfadada" de más, mientras que “Come and go blues” es una versión mediocre de la original de los Allman Brothers. En el segundo la cara A, titulada “Bandolera” parece aspirar a un puesto en alguno de los festivales de la época, con esa suma de melodía, letra y coros tan “juveniles”; la B es una especie de balada orquestal pasable, sobre todo por el piano y la guitarra. Pero en conjunto, los singles de Tartesos son perfectamente olvidables. Lo bueno llega el año siguiente. 

Porque en 1975 se publica un disco grande que los va a redimir de todas las mediocridades que habían hecho hasta entonces. Philips, su sello, parece satisfecho con las ventas que han conseguido sus singles, especialmente el último: ya saben ustedes que una cosa es la calidad y otras las ventas; y al menos el último single, el festivalero, se vendió bastante. Parece ser que la mayoría de las canciones publicadas hasta ese momento habían sido imposiciones, y ahora les da carta blanca para grabar el material que ellos quieran. Pues bien, los muchachos añaden una “s” al topónimo y nos demuestran que merecían esa oportunidad, porque “Tiempo muerto”, que así se llama el Lp, acabará convirtiéndose en otra leyenda del underground nacional (como el segundo disco de Tilburi, ya puestos). Por otra parte tiene momentos en los que se anticipa lo que pronto será el progresivo sinfónico andaluz, también como el de Tilburi, aunque este es un año anterior. Despista un poco la canción que abre el disco, titulada “En algún lugar”, una especie de progresivo melódico y orquestal que no cuadra mucho con el resto, pero está muy bien hecha (otra vez Perales). La segunda, que da título al disco, me recuerda a unos Modulos muy evolucionados, y luego tenemos varias tonalidades, desde las influencias de Caravan o Yes (“To your eyes”, “Tan lejos como puedo ver” o “Living for the moon”) hasta momentos en que de nuevo me recuerdan a Lone Star, como en “Vuelvo a cantar”. Pero en conjunto estamos ante un disco de mucha categoría… que pasó sin pena ni gloria, como casi siempre. Eso sí, serán uno de los grupos integrantes del “cochambroso” festival burgalés. 

Tartessos, a los que la doble “s” no ayudó, desaparecen poco después. Pero su esencia es el origen de los futuros y muy exitosos Alameda, ya que esa banda será creada en 1977 por Roca, Marinelli y Moreno junto con otros veteranos andaluces. Creo que aquel disco grande es realmente valioso, y aquí queda; he añadido los singles, aunque son bastante prescindibles y suenan de aquella manera: el material de Tartessos no ha sido reeditado en CD, al parecer por “problemas técnicos”. Este es un eufemismo que suele significar que las cintas están inutilizables o, más frecuente aún, se han perdido. Otra explicación no hay, ya que se han reeditado cosas mucho menos interesantes. 



Edelweiss (sí, también con dos eses) son un verdadero enigma. Lo único que se sabe a ciencia cierta es que se trataba de un trío que consiguió un contrato con Columbia en 1973, fueron asignados al subsello Top para nuevos valoires y allí grabaron un Lp del que se extrajeron dos singles. Algunas fuentes los citan como “de origen vasco”, aunque el único que luego sería medianamente conocido por una discreta carrera en un dúo (Atlántida) y luego en solitario es catalán: se trata de Eduardo Martí, voz y compositor principal. Quizá Edelweiss fuesen un primer intento de Martí, que por entonces tenía veinte años, por introducirse en el mundillo musical. Fernando Granados y Roberto Castañeda, tal vez vascos a pesar de los apellidos, son los otros dos integrantes. Figuran también como compositores en algunas canciones, pero no sé qué instrumentos tocan; de hecho, no sé nada de ellos ni antes ni después de la existencia de este trío, que durará muy poco. Como ven, la información es tan escasa como su producción. 

Ya que el único personaje sobre el que se puede rastrear un poco más es Martí, sigamos con él. Su espléndida formación incluye desde la música clásica hasta los juegos de voces americanos y el progresivo melódico británico: todas esas herencias quedan reflejadas en este disco, cantado en español e inglés y que por momentos nos lleva desde el folk de cantautores con buenas voces que podría recordar a unos Aguaviva (incluso en las letras) hasta los sonidos electrónicos y progresivos de los Moody Blues cuando no se ponían demasiado moñas. El disco se titula “En el principio”, y su nivel es sobresaliente teniendo en cuenta la media nacional. Pero supongo que Columbia no se gastó un duro en promoción (no conozco a nadie que supiese de ellos en aquel momento), y ni el disco grande ni los dos singles llegaron a ninguna parte. Tampoco Martí fue mucho más lejos en sus intentos posteriores: lo poco que he escuchado de él es la obra de un músico de gran calidad pero con tendencias de cantautor en una época (finales de los 70 / principios de los 80) en la que ese camino ya era muy difícil. De todos modos hay que reconocerle la perseverancia, porque aún está en activo: junto a otro colega (Fernando Salas) se presentan bajo el nombre de Carretera y Manta en pequeños locales en los que recrea el repertorio de los Creedence, John Denver, Eagles y compañía. En cuanto a nosotros, para mantener el suspense no voy a comentar ni una canción de este disco; si la breve semblanza que he hecho de él les resulta suficiente, ya saben… 




lunes, 6 de marzo de 2017

España 70's: la Tercera Vía, o algo así (IX)


Hoy nos visita el trío que responde al nombre de Tilburi. Otra víctima de la lotería histórica, ya que posiblemente poca gente los recuerde salvo los de mi quinta, a pesar de que a mediados de los años 70 fueron bastante populares. Pero reconozcamos que su olvido no se debe solamente a esa lotería, sino también al estilo musical que eligieron, un estilo muy “de temporada”, digamos. Con frecuencia se define a Tilburi como grupo de folk rock, lo cual es cierto a medias: el tono rock es muy suave, y el término “folk” puede admitirse si tomamos por folkies a -una vez más- CSN&Y, America o los británicos Christie; es decir, grupos en los que predominan los juegos de voces con buenos arreglos y melodías cuidadas, más cercanos al country que al estándar folk tradicional. En conjunto, yo diría que Tilburi son la versión madrileña -aunque muy mejorada- de los catalanes Mi Generación, con sus virtudes y sus defectos, y que por tanto quedaron en tierra de nadie como les pasó a ellos. O sea, que tal vez estamos ante otros representantes de la tercera vía… o algo así. 

Los integrantes de Tilburi son José Luis Barceló, que toca guitarras, bajo y violín; Antonio Rentería, guitarra acústica, y Nano Dominguez, bajista oficial que también toca guitarras acústicas y eléctricas. Barceló es la voz principal, los otros dos hacen coros y durante dos o tres años actúan con esa estructura donde pueden hasta que llegan a oídos de Gonzalo García Pelayo, que poco antes ha comenzado a trabajar en Movieplay con el subsello Gong. Gonzalo les ve potencial y decide producirlos aunque canten en inglés, una “moda” con la que no suele estar de acuerdo. Con la ayuda del batería Celso Velasco (que les acompañará también en sus actuaciones, aunque oficialmente no forma parte del grupo), se publica su primer disco en 1975: “¡Al fin!”, en el que las influencias de los cantantes acústicos estadounidenses son muy claras. Esto es un arma de doble filo, ya que por una parte el disco suena “internacional” pero al mismo tiempo le falta carácter propio. De todos modos hay que reconocer su calidad, muy alta para el humilde mercado español: dejando aparte esas influencias, hay un tono medio muy homogéneo, sin estridencias, desde su apertura con la balada rock con armónica de “Love is coming” (que por momentos podría recordar a Neil Young) hasta el cierre con “Rockette”, una de las más alegres. A mí me parece un disco delicioso y la voz de José Luis Barceló es perfecta para este tipo de músicas, aunque comprendo las objeciones de don Gonzalo. 

Las ventas de aquel disco no fueron muy allá, pero hay que tener en cuenta las penurias de la época: ya he dicho otras veces que, debido al bajo nivel adquisitivo de por entonces, el dinero iba para los discos de los músicos británicos o yanquis. Así que, por desgracia, los grupos nacionales como Tilburi se consideraban prescindibles. Pero caían bien, y quien más y quien menos tenía ese disco “fusilado” en cinta de casette, por lo que al final eran bastante conocidos; como otros cuantos compatriotas, todos ellos ídolos de las cintas de casette. Y una buena selección de esas bandas se reunió en uno de los primeros festivales yeyés nacionales: las “Primeras 15 horas de música pop Ciudad de Burgos 75”, organizado por el visionario José Luis Fernández de Córdoba, que por entonces era manager de los Storm y Triana entre otros. Ese festival fue bautizado por los sectores más reaccionarios de aquella ciudad, representados por el muy patriótico diario La Voz de Castilla, como “La invasión de la cochambre”, y el lío que se montó trajo cola durante años. A quien no conozca o no recuerde esa historia, le recomiendo que se documente en Internet porque la cosa fue muy divertida: Berlanga debería haber hecho una película. Y a raíz de aquel evento, los chicos de Tilburi compusieron “La cochambre”, una canción que fue incluida en “Viva el rollo vol. 1”, recopilación que hizo Vicente “Mariscal” Romero para el sello Chapa (el subsello moderno de Zafiro, al estilo de Gong con Movieplay). Hacía mucho que no la escuchaba, y ahora, al volver a ella para escribir esto, la sensación que me ha asaltado es la ternura. Señal de vejez, supongo. 

Pero a lo que íbamos: en 1976 parece que Gonzalo García Pelayo ha conseguido convencer al trío de que les conviene mostrar un carácter propio, que se concreta en dos aspectos preferentes: su nuevo disco, titulado “Alcocebre”, tiene una estructura, tanto musical como literaria, a medio camino entre conceptual y progresiva; y esta vez cantan en español. Los arreglos son mucho más trabajados y el resultado final es de categoría, aunque por momentos da la impresión de que se pierden un poco; de todos modos, este disco viene siendo una especie de eslabón perdido entre la vanguardia catalana de los primeros años 70 y el asentamiento del rock progresivo andaluz (en el que don Gonzalo es un personaje fundamental, por cierto). Se divide en dos suites, una por cada cara, y tanto el sonido como el desarrollo son homogéneos; hay predominancia de instrumentos de cuerda acústicos, aunque en la segunda suite la eléctrica hace dibujos muy imaginativos. Yo en este tipo de discos no sé destacar unas canciones (unas fases) sobre otras: lo mejor es escucharlo, con tranquilidad, en reposo, y comprobar que hay una ilación que le da un carácter único. Pero insisto en que aquí se marca una transición entre épocas y que la influencia de don Gonzalo tal vez sea sutil, pero la hay. En todo caso, no les sirvió de mucho: las ventas fueron minúsculas y el trío decidió disolverse a principios del año siguiente. Estábamos ya en otra época, mucho más urbana, de sonido más “callejero”, y este tipo de bandas no tenía futuro. 

De Barceló y Rentería no recuerdo hechos posteriores, pero Nano Domínguez será miembro de La Romántica Banda Local, un encantador grupo de chiflados que además creará el colectivo Lacochu, fundamental en el nacimiento de la nueva ola madrileña; Celso Velasco, el batería por horas, se junta con el Gran Wyoming, su hermano Julián y el Reverendo para crear “Paracelso”, otra estrella fugaz de aquellos tiempos. En fin, aquí quedan aquellos dos discos encantadores y la canción cochambrosa... Que por cierto, ya casi me olvidaba: La Voz de Castilla calló y cayó a principios de 1976, por acumular pérdidas. Parece que no era tan popular. 






Perseguidores