miércoles, 7 de noviembre de 2012

1970 (V)


De las cuatro bandas más famosas surgidas en 1968 al abrigo del blues rock, vamos hoy con las dos que nos faltan y que por otra parte reflejan perfectamente la cara y la cruz de este negocio. Se trata de Fleetwood Mac y Jethro Tull: los primeros se hallan en serias dificultades, mientras que los otros cuentan sus ventas por millones. 

Peter Green abandona Fleetwood Mac a mediados de 1970: sus problemas mentales, principalmente a causa del ácido, lo convierten en una persona inestable a la que no veremos en mucho tiempo. Su marcha sume al grupo en una clara situación de orfandad, ya que Green era su líder y compositor principal además de guitarrista legendario, a la altura de Beck o Clapton. Lo primero que pensaron fue lo más lógico, darse de baja; pero, al menos a corto plazo, estaban obligados a cumplir unas cuantas actuaciones pendientes. Y en vista de que la caja no se resintió mucho (aparte de algunos silbidos o el feo insulto de “¡traidores!”, proveniente de los inconformes fans de Green), decidieron seguir adelante: la supervivencia de este grupo, al menos para salir del paso, quedará en manos de Jeremy Spencer y Danny Kirwan, los otros dos guitarristas y compositores. Y aunque no milita aún oficialmente en el grupo, cuentan con el apoyo de la teclista y cantante Christine Perfect, que abandonó el año pasado a Chicken Shack (una fotocopia decente de los primeros Mac) y se casó con John McVie. La primera aportación notable de la ahora señora McVie será dibujar la funda de “Kiln house”, el nuevo LP, que llega a las tiendas a finales de Setiembre. 

Como era de esperar, y aun beneficiándose de la inercia comercial que produce el recuerdo de un mito -tal vez moribundo, pero mito al fin-, las ventas cayeron considerablemente: de un top 5 conseguido con el fabuloso “Then play on” a un top 40 con este, y por los pelos. Spencer y Kirwan, sin el influjo mágico de Green, deciden ir sustituyendo la escuela blues por otro tipo de raíces también clásicas: el rock and roll y la balada con ribetes country (teniendo en cuenta la posibilidad de que en la Isla no les quede mucho futuro, y sabiendo que el mercado americano es más apacible y consentidor, creo que fue la mejor opción). Así, tenemos homenajes a Buddy Holly, como la encantadora “Buddy’s song”, una estupenda versión de “Hi ho silver” de Fats Waller (con un tono eléctrico entre blues y rock’n’roll muy bien conseguido) y piezas propias como “This is the rock”, de Spencer -que podría haber cantado Elvis en la Sun perfectamente- o mi preferida, “Tell me all the things you do”, de Kirwan, un rock de tiempo medio muy digno. En conjunto, da la impresión de que Spencer se dedica a la “memoria histórica” y Kirwan a buscar un camino que potencie las baladas con carga eléctrica. Y el resultado es un poco difuso, aunque agradable. Sin embargo, el futuro se anuncia borrascoso: Spencer se marchará pronto, y Kirwan poco después. La banda languidecerá en el mercado americano durante unos años en los que nuevamente se plantearán su desaparición (con alguna pieza decente en cada uno de los mediocres discos que siguen a este), y lo que pasó luego pertenece a otra época. Adiós y suerte, muchachos. 

Jethro Tull son la otra cara de la moneda. Quede claro que soy consciente de su incómoda posición, siempre bajo sospecha, confinados en el sector de “los amas o los odias”, y ante ustedes procuro ser lo más objetivo posible a pesar de mi desaforada, enfermiza idolatría por sus seis primeros discos. Los Tull parecen seguir un patrón similar al de otras bandas como King Crimson: las parejas temáticas, por decirlo de algún modo. Sus dos primeros discos se basan en el blues, siendo el segundo una evolución enriquecida con piezas folk y algún que otro componente. Pero “Benefit”, el tercero, rompe esa cadencia y nos lleva a otro escenario: el rock progresivo -siempre con algunas baladas por medio- y un sonido muy trabajado en el estudio: al igual que los TYA, Anderson va descubriendo las infinitas posibilidades de un buen equipo de grabación y se aficiona a los sonidos atmosféricos, a los pasajes envueltos en un cierto aroma vagamente psicodélico. En realidad fueron los Beatles, tras abandonar las actuaciones, los primeros que pensaron en crear discos para su audición hogareña (“Sgt Pepper’s” o el doble blanco son ejemplos evidentes), y algo de eso hay en el estilo de este grupo a partir de ahora: las giras son necesarias para completar unos buenos ingresos, pero el estudio permite dar rienda suelta a la experimentación. Por otra parte, la querencia de Ian por las piezas sin filiación clara, a medio camino entre el clasicismo y una cierta debilidad por el pop orquestal, se manifiesta en sus singles: son tal vez la única banda que sigue manteniendo ese formato como un medio de expresión con carácter propio, con piezas que por lo general se distancian mucho de la obra contenida en los discos grandes. 

“Benefit” se publica en Abril de 1970, y una vez más hay líos con la prensa: Anderson, tal vez un poco altivo, concede contadas entrevistas y no suele congeniar con los plumillas. Estos a su vez, muy bluseros todos, deseosos de tener a cada grupo en su compartimento correspondiente, ya le habían echado en cara su abandono del género -para ellos, una especie de apostasía- y ahora lo tildan de pretencioso y arrogante por el nuevo sonido progresivo de la banda, que se aleja de esa escuela y que además presenta sus nuevas canciones trufadas con algunas letras demostrativas de su tendencia “asocial”, un tanto cínica y dolorida al mismo tiempo. El disco se abre con “With you there to help me”, envuelta en sonidos lejanos de cuerdas, teclados y flauta que se van acercando: hay un tono “líquido”, brumoso, en esta pieza como en otras, que se basa en un primer desarrollo cantado sobre piano y que luego deriva en un rock oscuro, inusual. Y luego vamos flotando entre piezas de ese estilo y algunas baladas deconstruídas; y ese piano lo toca John Evan(s), que es colega de Anderson desde su primera juventud allá en Escocia (pronto será miembro oficial de la banda), y el viaje nos deja con sabor a poco: esto no puede acabar así, por Dios, tiene que haber al menos otro disco con este sonido, con esta estructura… y lo habrá el año que viene, claro. Mientras tanto seguirán haciendo giras, de las que hay cientos de grabaciones piratas -siempre el mismo repertorio, y todas suenan igual-, pero no veremos un directo oficial hasta muchos años después, cuando su época mágica haya pasado. Y disfrutaremos mucho en sus actuaciones, por su estética y por la nostalgia más que nada; pero ya tenemos claro que este es un grupo de estudio. Anderson lo ha decidido así, para bien o para mal. Y sus fieles creemos que para bien: una actuación dura dos horas, un disco toda la vida. Eso pensaban también los Beatles. 

Snif… Bueno, por dónde íbamos… ah, sí: que ya hemos citado los cuatro grandes grupos del 68 que abandonaron el blues rock. Gran factoría esa, sí señor. Pero hay más oferta, y a ello nos pondremos el próximo día. 



viernes, 2 de noviembre de 2012

1970 (IV)


El blues rock, que alcanzó su momento estelar en 1968, se ha desvanecido casi por completo: ya en el 69 habíamos visto que la mayor parte de los grandes grupos de esa escuela estaban abandonando sus orígenes. En esta nueva época es fundamental tener un estilo propio que justifique el desembolso hecho por el cliente; que acudirá gustoso a los conciertos de grupos más tradicionales, como la banda de Mayall, Savoy Brown, Groundhogs, etc, pero preferirá llevarse a casa obras con “vocación de permanencia”, una de las ideas motrices del rock actual. Sí, la cosa suena un poco pedante; pero también es verdad que con dos o tres discos de cada uno de los tradicionales es suficiente para abarcar su mundo, mientras que la misión de los grandes es sorprendernos en cada uno de sus trabajos: evolucionar, en definitiva. De las bandas señeras nacidas en ese género, comenzaremos hoy por las dos más activas en 1970: Free y Ten Years After publican dos discos cada una. 

Free, que tras unos comienzos titubeantes lograron asentarse el año pasado con su segundo disco, alcanzan la gloria con el tercero: “Fire and water”, su obra cumbre y una de las referencias inevitables en cualquier relato serio que se haga sobre el rock británico. Porque este grupo se ha convertido en uno de sus mejores representantes, y de aquel blues original solo queda un ligero tamiz: sean baladas o piezas más duras, la crudeza de esa voz privilegiada y rasposa que tiene Paul Rodgers más el apoyo de tres solistas imaginativos, contundentes pero nítidos, hacen de Free un patrón para muchas bandas hard que tratarán de imitarles. El disco llega a las tiendas en Junio precedido por “All right now”, su canción estrella, que fue publicada en single un mes antes: supongo que todo el mundo la conoce, así que no le daré más vueltas. Y aunque, como es lógico, viene incluida (es un minuto y pico más larga que en el single), las demás brillan a la misma altura aunque no tengan su gancho comercial. Solo citaré dos, por no cansar: la primera de la cara A, que da título al LP, es otro tótem de la banda, con un estilo similar aunque un poco más “sincopada”. Y la primera de la cara B es para mí la mejor del disco: “Mr. Big”, una pieza monumental y probablemente la de más calidad en toda su carrera. En un trasfondo blues-rock, su característica principal es el fantástico dominio de los silencios entre nota y nota, además de un lucimiento exquisito de cada uno de sus componentes, sobre todo el contrapunto épico entre la guitarra de Paul Kossoff y el bajo de Andy Fraser: es una estructura que casi me recuerda al jazz, de lo bien medido que está todo. 

Tras el éxito (un top 5) y ese nuevo standard para la historia que es “All right now”, Free actúan en la isla de Wight, de mal recuerdo para la mayoría de los grupos y solistas participantes. Su actuación fue discreta, como les sucedía con demasiada frecuencia: las discusiones y los excesos de substancias ilegales hacían mella en el grupo, lo que denotaba una preocupante falta de profesionalidad. Y contra lo que pueda parecer oyendo sus discos, eran muy jóvenes (rondaban los veinte años; Fraser, a pesar de su fulgurante carrera como bajista, tenía dieciocho en ese momento: con solo quince y bajo el patrocinio del mismísimo Alexis Korner había entrado en la banda de Mayall, que lo despidió por “informal”). Es decir, que estamos ante unos músicos tocados por la gracia pero inconstantes. Sin embargo, por un momento hubo una cierta impresión de serenidad: tras unas largas conversaciones entre ellos, parecen tranquilizarse y se ponen a escribir nuevo material a toda prisa; y con esa misma prisa aparece, a finales de año, “Highway”, el nuevo LP. Su tono medio, relajado, desilusiona a los fans más “marchosos” y no pasa del top 40 a pesar de contener grandes canciones como “The highway song”, la que abre el disco; “The stealer”, un guiño a su primera época (hay más piezas aquí que la recuerdan) o la hermosa y doliente “Be my friend”. Pero ya saben, a los machotes no les gusta el piano: ese instrumento, que ya había aparecido en momentos anteriores de la banda -y que está a cargo de Fraser- dulcifica su sonido. Y la gente quiere caña. Sospecho que Free está en una posición comprometida, pero ya veremos lo que pasa el año que viene. 

Ten Years After, que desde su participación en Woodstock han consolidado su categoría de banda global, siguen a toda marcha: en la primavera de 1970 llega a las tiendas “Cricklewood green”, que con el tiempo y junto al precedente “Sssssh” de seis meses antes formará su pareja de discos más popular; lo cual no implica necesariamente que sean los dos mejores, pero sí los que más clásicas contienen. Y uno de los factores que contribuyen a su brillantez es la presencia de Andy Johns como ingeniero de sonido: ya ocupó ese puesto en el disco anterior y lo hará también en el siguiente (trabajando casi al mismo tiempo que con Free en el “Highway”, por cierto). Él y su hermano Glyn (el mayor y más famoso) son dos de los más renombrados ingenieros y productores del negocio musical británico en esta época, habiendo estado al frente de la mesa de mezclas con monstruos de la talla de Stones, Who, Small Faces, Rod Stewart, Led Zeppelin… la lista es interminable. Andy hace un buen tándem junto a Alvin Lee y Leo Lyons, líderes de TYA y muy aficionados a jugar con los mágicos botoncitos de dichas mesas: de nuevo resalta la afición del grupo por los sonidos atmosféricos, por ese ambiente de leve fantasmagoría que envuelve gran parte de su obra y le da un sello único. Pero a diferencia de otras bandas de la época ese gusto por el trabajo en estudio no lastra sus directos, ya que esos artificios son únicamente un suave barniz. Salvo un pequeño grupo de canciones, la mayor parte de su obra luce impecable -e incluso a veces mejorada- al aire libre. 

Pero a lo que íbamos: este nuevo disco es otra de esas obras de referencia para los aficionados al rock clásico. Desde su arranque con “Sugar the road”, que nace entre ruiditos cósmicos, hasta el cierre con la magnífica “As the sun stills burns away”, un blues hipnótico reforzado por el trabajo de órgano (otra de las señas de identidad de TYA), el conjunto es magnífico e incluye algunos nuevos standards como “Working on the road” o “Love like a man”, que fue éxito en single. En definitiva, esa novedosa etiqueta de “Blues and roll” que se acuñó para esta banda les sienta como anillo al dedo. Y en Agosto son una de las estrellas del festival de Wight, donde, a diferencia de Free y otros cuantos, ellos consiguen superar las pésimas condiciones ambientales (el viento se llevaba el sonido, por ejemplo). Ese dominio del directo que caracteriza a los TYA y que ya demostraron con “Undead”, su segundo disco, a pesar de tratarse de una grabación muy simple, será redescubierto años después cuando salga a la luz un grupo de piezas interpretadas en el Fillmore de Nueva York, pocos meses antes de su actuación en Wight: otra delicia. 

Y a finales de 1970 termina el contrato con Deram, su casa discográfica. Lee y compañía se entrevistan con Terry Ellis y Chris Wright, los managers que en 1968 habían creado Chrysalis Productions para organizar los asuntos comerciales de Jethro Tull, y que ahora deciden dar el salto y crear un nuevo sello. TYA será una de sus dos primeras bandas estrella (siendo la otra los Tull, claro); y aunque tal cosa no ocurrirá hasta el año que viene -hay que entregar un último disco a Deram- la asociación ya está funcionando: “Watt”, ese último disco en ese vetusto sello, luce la producción de Chrysalis (con Andy Johns nuevamente en la mesa de los botoncitos, eso sí). El escaso tiempo libre que les queda entre gira y gira, sumado a las prisas por cumplir con Deram, nos sugiere la idea de que este disco es más bien un compromiso. Pero la destreza técnica de la banda resulta suficiente para conferirle una gran dignidad, aun siendo una obra menor: un tanto más relajado que los anteriores, se beneficia de su estela en algunas piezas como “My baby left me” o “Gonna run”; y mi preferida es “She lies in the morning”, un estupendo desarrollo con cambios de ritmo que nos lleva a una segunda parte con un aroma entre jazz y blues de gran altura. El disco se cierra con un recordatorio de su presencia en Wight: la versión arrasadora de “Sweet little sixteen”, del señor Berry, uno de los ídolos del grupo y que puede sentirse plenamente honrado con este homenaje. 

En resumen: un buen año también para estos dos cachorros del blues rock, que evidentemente ya han desarrollado sus colmillos. Y el próximo día echaremos un vistazo a otras criaturas de esa camada.