
La situación de anormalidad política y social en la que vivió España durante tanto tiempo termina en Noviembre del 75 con la muerte de Franco. Pero evidentemente las cosas no se arreglan de un día para otro: al mismo tiempo que se va asentando esa maravillosa sensación de libertad (con tropiezos por medio), también somos conscientes de lo atrasados que andamos con respecto a nuestros vecinos. Sin embargo hay que ir paso a paso, y el primero es comenzar la publicación de todas aquellas obras literarias, cinematográficas, musicales, que habían estado prohibidas, al mismo tiempo que el país se va “normalizando”. Para cuando lleguemos a los años 80 España será una potencia en algunas disciplinas artísticas: la irrupción de un Almodóvar, por ejemplo, denota bien a las claras que los españoles ya no tienen miedo a nada. En lo musical también habrá un espíritu propio (mejor o peor ya es otro asunto), pero de momento todavía estamos viviendo en el “quiero y no puedo” de una mentalidad en la que sigue primando el ansia de mimetismo con respecto a lo que viene de fuera. Lo curioso es que gran parte de los músicos españoles todavía no se han enterado de que “fuera” hay una revolución: ya hemos visto cómo va el mundo sajón en este segundo quinquenio de los 70.
El panorama musical español en 1975/76 es una suma de inercias negativas, muy propias de una industria fosilizada. Para empezar, la oferta mayoritaria se fragmenta en dos bloques: el cantante solista, cuyo reinado comenzó a finales de los 60 y sigue boyante (justo al revés que en el mundo sajón), y los grupitos de pop infantilizado. Los solistas al menos pueden presumir por lo general de una buena voz: Nino Bravo, Raphael, Camilo Sesto… nos gustarán o no, pero tienen algo que ofrecer; los grupos (Los Diablos, Los Puntos…) son pura papilla para consumo masivo. Y luego queda un pequeño remanente que la mayor parte de los sellos utiliza de forma arbitraria y en el que lo mismo podemos ver cómo se infravalora un gran cantante como Pedro Ruy-Blas o a algunos cantautores de verdadera categoría como Hilario Camacho; también hay grupos como C.R.A&G, Tílburi, Agamenón y otras cuantas rarezas que ya hemos visto cómo acabaron gracias, entre otras cosas, al nulo apoyo de sus disqueras. Pronto surgirán algunos subsellos con la intervención de gente más actual pero sin la suficiente autonomía para decidir una estrategia de mercado: marcas como Chapa, por ejemplo, son capaces de lo mejor y lo peor.
Lo que sí comienza a notarse es la diferencia de carácter entre Madrid, de espíritu urbano, callejero, y el ambiente catalán, cuya burguesía intelectual apoyó desde finales de la década anterior la opción progresiva (ya saben, los cachorros de Els Setze Jutges y el Grup de Folk) y su utilización del idioma como elemento cultural y reivindicativo. La evolución de ese estilo, en el segundo quinquenio, dará como consecuencia el jazz rock progresivo mediterráneo o la onda layetana (con una pequeña variante autóctona en la comunidad valenciana). Y como tercera alternativa se consolida Andalucía: el progresivo / sinfónico parece engarzarse muy bien con el tono melancólico de muchos músicos andaluces. Aquella luminaria llamada Smash no ha dejado herencia, y en su lugar surgen grupos que desarrollan melodías complejas, por lo general encuadradas en la balada, de gran nivel técnico. Así que ahora tendremos tres maneras claramente diferenciadas de encarar el negocio: bien, pues cuanto más amplia sea la oferta más entretenidos estaremos todos; luego ya iremos viendo el grado de popularidad que va alcanzando cada una.
El resto del país no tiene circuito suficiente para vivir de la profesión con holgura, así que todos aquellos que se sientan con facultades para probar suerte han de ir a la capital. Precisamente de ahí le viene a Madrid el espíritu urbano, como el de cualquier otra gran capital, porque son el refugio de todos aquellos músicos provincianos cuyo lugar de nacimiento les queda pequeño. “Madrid no tiene raíces”, se quejaba Gonzalo García Pelayo, el gran mesías del rock andaluz. Y es cierto, pero no importa: a cambio, como todas las Babilonias, es chispeante, inquieta, ansiosa de novedades, y por supuesto al segundo día viviendo allí ya eres madrileño. Esa mezcla de orígenes y procedencias, esa falta de raíces es precisamente su mejor baza para el futuro; pero de momento será el lugar donde el rock tradicional en su vertiente hard (a veces con tonos progresivos) comienza a evolucionar hasta crear un estilo casi autóctono: el rock de barriada, hijo de la clase obrera, una especie de punk castizo.
En cuanto a la infraestructura, y teniendo en cuenta que la situación económica sigue igual de mustia, son contados los locales con un acondicionamiento decente. Ya antes de la muerte de Franco comenzaron a popularizarse los festivales yeyés de buen tamaño, ubicados a veces en lugares insospechados. Recordarán ustedes que uno de los primeros y más famosos fue aquel de Burgos, tildado “de la cochambre” por la prensa patriótica, glosado luego por la correspondiente canción de los Tílburi. Y ese es un buen ejemplo del criterio que se seguía para montar estos eventos: horas y horas de grupos mediocres interpretando desarrollos interminables para deleite de los hippies urbanos que éramos aún casi todos. Aquello era más una fiesta que un festival, ya que en realidad lo que importaba era sentir esa impagable sensación de libertad entre iguales, generosamente iluminados por uno o varios tipos de substancias legales e ilegales. Podía ser en una plaza de toros, en algún secarral perdido por el mapa, en algún palacio de deportes sin la sonoridad más elemental, pero daba lo mismo; ah, y además ya comenzaban a llegar bandas extranjeras con una cierta regularidad: las de primera línea por lo general tocaban en locales de nivel aceptable, pero otras se incluían en este tipo de encuentros maratonianos.
Los medios de comunicación, especialmente radio y prensa, mejoran a buen ritmo: tras la relativa popularidad alcanzada por los programas musicales en Radio España (Onda Dos), Radio Centro, la COPE incluso, finalmente RNE se atreve a lanzar en 1979 Radio 3, que ha quedado como lo más brillante que ha dado este país en ese medio, sin nada que envidiar a la Radio One de la BBC. En el mundo editorial, tras la heroica estela de “Disco Express”, una revista muy imperfecta y con pocos medios pero mucha voluntad, surgen entre otras Popular 1 (1973) y Vibraciones (1974); ahí ya tenemos dos publicaciones “sin complejos”, como se dice ahora, dos cabeceras de categoría que durarán muchos años (Popular 1 creo que aún existe). Como un compendio del mundo contracultural en el que la música es un elemento más, destacan las míticas revistas “Star” y “Ajoblanco”, ambas surgidas ya en 1974. Y por último, entre la escasa oferta televisiva hay que citar el “Popgrama”, creado en 1977 y que consiguió un alto nivel de dignidad: por ahí pasaron Ángel Casas (el fundador de “Vibraciones”), Diego Manrique, Carlos Tena y muchos más; Casas dirigirá luego “Musical Express”, creado en 1980, y la plantilla será muy similar. En fin, que el panorama se anima; y aunque por supuesto la mayor parte de los ingredientes informativos seguirá versando sobre la actualidad isleña o yanki, los músicos nacionales irán consiguiendo un poco más de atención con el paso del tiempo.
Así pues, entre luces y sombras, la música moderna española comienza a superar su raquitismo y sus complejos; y resulta admirable la relativa rapidez con la que lo va a conseguir, puesto que antes de que termine la década algunos de sus protagonistas ya tendrán una cuota de mercado decente. En esta nueva travesía del desierto ya se divisan varios oasis; no serán gran cosa, pero la gris monotonía del primer quinquenio va quedando atrás.