miércoles, 29 de mayo de 2019

Instantes publicitarios


Este aviso va a la atención de los fans de los Cheyenes, y en general de todos aquellos que estén interesados en la historia musical de la España sesentera: 

El otro día se presentó por el bar un señor llamado José Gala, cuya afición por el grupo de los hermanos Vercher es de tal calibre que un día se puso a escribir la historia de ese grupo con todo lujo de detalles; y para tal trabajo contó con el inestimable testimonio del mismísimo Joselín Vercher, que según creo fue el único que siguió con la afición musical durante un tiempo. El señor Gala ha conseguido autopublicarse un libro de ochenta y dos páginas contando aquella odisea, y dispone de cien copias. Si alguno de ustedes está interesado en hacerse con una (o más), solo tienen que ponerse en contacto con él escribiendo al siguiente correo: 

librocheyenes@gmail.com 

Gusta ver que aún queda gente que recuerda a un grupo como ese… 

lunes, 20 de mayo de 2019

1975-80: la nueva España (II)


Madrid, la que no tiene raíces, es nuestro primer destino. Y Asfalto nuestro primer grupo: los músicos de su época más recordada son totalmente distintos a los que empezaron aquella aventura, pero entre unos y otros sus orígenes están en 1970. Y junto a ellos resulta obligatorio citar a Vicente “Mariscal” Romero, que fue protagonista principal en el nacimiento del rock urbano español dando a conocer a gran parte de esa generación. Así que vamos allá. 

Los Tickets son un grupo al que conocimos trabajando en las grabaciones de Vainica Doble, y al que nuestras dos abuelas preferidas entregaron aquel delicioso pop rock psicodélico titulado “El rigor de las desdichas”. Esa fue la cara A del único single que llegaron a publicar, mientras que para la B ellos mismos compusieron "Someone like you", un rock de medio tiempo bastante previsible cantado en inglés. Las ventas escasas y la consolidación de Julio Iglesias como cantante estrella de Columbia, que centró todas sus inversiones en él, hizo añicos el contrato de ese grupo, al que incluso se le obligó a cambiar de nombre: Asfalto se presentan en 1972 y fichan por Zafiro, donde llegarán a publicar dos singles en el subsello Acción, producidos por Manolo Díaz. No hay grandes sorpresas, aunque “Razones”, la cara B del primero, muestra ya un atisbo cercano a lo que serán luego. El resultado comercial no fue mucho mejor que en sus principios, y aquí termina la época “prehistórica” porque a continuación llega la mili. Desde la época de los Tickets el único miembro fijo es su creador, el bajista y cantante José Luis Jiménez. 

Durante unos años, con varias entradas y salidas de personal, su único testimonio grabado fue una casete, en 1976, titulada “Homenaje a los Beatles”. En lo artístico no tiene mucho valor porque es un conjunto de versiones bastante lineales, simples covers carentes de espíritu propio (cinta de gasolinera, para entendernos); pero precisamente por buscar la imitación lo más fiel posible les vino bien para adquirir soltura. Esa soltura la aplicaban luego en sus actuaciones, básicamente en fiestas patronales, bailes y demás jolgorios patrios, como muchos otros grupos que sobrevivían por el circuito nacional a base de interpretar los éxitos del momento; su radio de acción era Castilla – La Mancha, como se dice ahora (Castilla La Nueva, para los de mi quinta), y aprovechaban esas actuaciones para ir metiendo por medio material propio. Para entonces hay ya una formación estable: además de Jiménez, están los guitarristas Lele Laina y Julio Castejón, y el batería Enrique Cajide; las voces principales son las de Jiménez y Laina. Pero hay también hastío, porque van ya unos cuantos años a salto de mata sin ver un futuro más o menos claro. Hasta que un día, después de una actuación, se topan con Vicente Romero y le piden ayuda. Así que ahora habrá que explicar quién era por entonces el tal Romero. 

Vicente Romero, un fan friki del rock en general, había comenzado a trabajar en la radio sobre 1968, con solo veinte años, y a principios de los 70 su programa “Musicolandia”, en Radio Centro de Madrid, era ya objeto de culto: recuerdo perfectamente el valor que le echaba a la vida radiando discos prohibidos en España, completos, de principio a fin. Para entonces ya colaboraba también en algunos medios gráficos como “Disco Express”, y su nombre comenzaba a hacerse popular; tanto, que a pesar de que los gerifaltes de la emisora no podían ni verlo, tenían que transigir. Romero conocía perfectamente el funcionamiento de los sellos discográficos y sabía que a los grandes no les interesaba el rock nacional: con la venta de sus cuatro o cinco estrellitas solistas más la distribución de los grandes nombres extranjeros les bastaba... pero Zafiro era un caso aparte. En realidad lo había sido siempre: recordarán ustedes la creación de Novola a principios de los 60, con Sartorius y luego Maryni Callejo; ese subsello fue el que lanzó a todo trapo a los Brincos, gastando una cantidad de dinero impensable para la época. Romero tenía también conexiones con Movieplay, ya que en el subsello Gong se había publicado en 1975 el recopilatorio “Viva el Rollo” con grabaciones primerizas de algunos grupillos (todos en inglés salvo Tilburi con la canción de la cochambre), y por el medio salía también él haciendo dos versiones de sus adorados Stones. Sin embargo, solo Zafiro acepta lo que Romero propone: un sello para músicos de rock en español. 

Ese sello se llama Chapa Discos, se crea a finales de 1977 y aunque la dirección ejecutiva y económica corre a cargo del staff de Zafiro es Romero quien decide los fichajes: mientras el invento funcione, no habrá problemas. Como en la época de Novola, los altos mandos seguían siendo personajes de otra época, reaccionarios incluso, pero con visión de negocio. Otro asunto eran las condiciones de los contratos, en los que se aprovechaban de la falta de experiencia de los músicos y les obligaban a firmar cláusulas en las que no se respetaban los derechos de autor, por ejemplo; incluso en muchos casos esos músicos no llegaron nunca a saber cuántos discos habían vendido. Por otra parte, para ahorrar costes, exigieron a Romero que él mismo se encargase de la producción, sin tener conocimientos técnicos para ello y con la menor cantidad de horas de estudio posible: eso explica el sonido, bastante deficiente, de muchas grabaciones del sello... aunque tal vez sea parte del encanto. Y sin embargo, con todas sus imperfecciones, la existencia de Chapa y la voluntad de Romero son argumentos imprescindibles para entender la evolución del rock nacional en aquellos primeros años. 


Asfalto se convierte en la banda que inaugura el sello Chapa con un disco grande en la primavera del 78; no tiene título, salvo el nombre de la propia banda. La autoría de las canciones figura compartida por los cuatro integrantes, y aunque hay un trasfondo progresivo se distinguen al menos dos estilos: el tono entre rockero y hippie de canciones como “Capitán Trueno”, “Ser urbano” o “Días de escuela” (que se convirtieron en las más populares) y otras más “técnicas” como “Todos los días” o el gran momento acústico de “El emigrante”. Por el contrario no hay una gran diferencia en el espíritu de las letras, a veces reivindicativas, otras melancólicas o soñadoras, tal vez un poco ingenuas, pero siempre muy cercanas al sentimiento de una generación entre la adolescencia y la juventud que estaba comenzando a ver otro tipo de mundo, por decirlo de algún modo. El sonido, los arreglos y las mezclas son deficientes, entre otras cosas porque no dan una imagen real del grupo (esa flauta, por ejemplo), pero el resultado comercial es espectacular: se calcula que este disco anduvo cerca de las veinte mil copias. Fue algo inesperado, muy por encima de las expectativas teniendo en cuenta la escasa penetración que tenían los grupos nacionales hasta ese momento. Y por supuesto se convirtió en el santo y seña de la nueva época que estaba naciendo: el rock español podía ser rentable.



Pero muy poco después surge la sorpresa: Jiménez y Laina abandonan el grupo. La situación parecía desesperada, porque además de ser las dos voces titulares se sospechaba lo que se confirmó luego, que Jiménez debía de ser el compositor principal, entre otras cosas porque él fue quien había comenzado la aventura con los Tickets, el único elemento constante todos estos años. Las razones fueron, además de su disconformidad con el sonido -es decir, la producción- del disco, las diferencias de criterio artístico con los otros dos miembros; sobre todo Castejón, que ya por entonces se apartaba un poco de la visión rockera de los otros dos para acercarse más al progresivo con tintes sinfónicos. Por un momento él y Cajide pensaron abandonar, pero finalmente siguieron adelante fichando al teclista uruguayo Jorge García Banegas (veterano cuyo prestigio había comenzado casi diez años antes en los progresivos Psiglo, una leyenda en su país) y al bajista José Ramón Pérez, procedente de un grupo llamado Ámbar, al que no conozco; Castejón y Banegas serán a partir de entonces los compositores de Asfalto. 

Por supuesto, también Jiménez y Laina reclutan nuevos músicos. En verano se presentan ante el público bajo el nombre de Topo, que será otro de esos grupos madrileños míticos: a la batería está Terry Barrios, ex de Franklin entre otros; el teclista es Víctor Ruiz (de los ignotos Alubión). Y antes de que termine este año tan convulso Asfalto presenta su segundo disco, así que dentro de unos días volveremos con esta entretenida saga de dos por uno.

 

lunes, 13 de mayo de 2019

1975-80: la nueva España (I)


La situación de anormalidad política y social en la que vivió España durante tanto tiempo termina en Noviembre del 75 con la muerte de Franco. Pero evidentemente las cosas no se arreglan de un día para otro: al mismo tiempo que se va asentando esa maravillosa sensación de libertad (con tropiezos por medio), también somos conscientes de lo atrasados que andamos con respecto a nuestros vecinos. Sin embargo hay que ir paso a paso, y el primero es comenzar la publicación de todas aquellas obras literarias, cinematográficas, musicales, que habían estado prohibidas, al mismo tiempo que el país se va “normalizando”. Para cuando lleguemos a los años 80 España será una potencia en algunas disciplinas artísticas: la irrupción de un Almodóvar, por ejemplo, denota bien a las claras que los españoles ya no tienen miedo a nada. En lo musical también habrá un espíritu propio (mejor o peor ya es otro asunto), pero de momento todavía estamos viviendo en el “quiero y no puedo” de una mentalidad en la que sigue primando el ansia de mimetismo con respecto a lo que viene de fuera. Lo curioso es que gran parte de los músicos españoles todavía no se han enterado de que “fuera” hay una revolución: ya hemos visto cómo va el mundo sajón en este segundo quinquenio de los 70. 

El panorama musical español en 1975/76 es una suma de inercias negativas, muy propias de una industria fosilizada. Para empezar, la oferta mayoritaria se fragmenta en dos bloques: el cantante solista, cuyo reinado comenzó a finales de los 60 y sigue boyante (justo al revés que en el mundo sajón), y los grupitos de pop infantilizado. Los solistas al menos pueden presumir por lo general de una buena voz: Nino Bravo, Raphael, Camilo Sesto… nos gustarán o no, pero tienen algo que ofrecer; los grupos (Los Diablos, Los Puntos…) son pura papilla para consumo masivo. Y luego queda un pequeño remanente que la mayor parte de los sellos utiliza de forma arbitraria y en el que lo mismo podemos ver cómo se infravalora un gran cantante como Pedro Ruy-Blas o a algunos cantautores de verdadera categoría como Hilario Camacho; también hay grupos como C.R.A&G, Tílburi, Agamenón y otras cuantas rarezas que ya hemos visto cómo acabaron gracias, entre otras cosas, al nulo apoyo de sus disqueras. Pronto surgirán algunos subsellos con la intervención de gente más actual pero sin la suficiente autonomía para decidir una estrategia de mercado: marcas como Chapa, por ejemplo, son capaces de lo mejor y lo peor. 

Lo que sí comienza a notarse es la diferencia de carácter entre Madrid, de espíritu urbano, callejero, y el ambiente catalán, cuya burguesía intelectual apoyó desde finales de la década anterior la opción progresiva (ya saben, los cachorros de Els Setze Jutges y el Grup de Folk) y su utilización del idioma como elemento cultural y reivindicativo. La evolución de ese estilo, en el segundo quinquenio, dará como consecuencia el jazz rock progresivo mediterráneo o la onda layetana (con una pequeña variante autóctona en la comunidad valenciana). Y como tercera alternativa se consolida Andalucía: el progresivo / sinfónico parece engarzarse muy bien con el tono melancólico de muchos músicos andaluces. Aquella luminaria llamada Smash no ha dejado herencia, y en su lugar surgen grupos que desarrollan melodías complejas, por lo general encuadradas en la balada, de gran nivel técnico. Así que ahora tendremos tres maneras claramente diferenciadas de encarar el negocio: bien, pues cuanto más amplia sea la oferta más entretenidos estaremos todos; luego ya iremos viendo el grado de popularidad que va alcanzando cada una. 

El resto del país no tiene circuito suficiente para vivir de la profesión con holgura, así que todos aquellos que se sientan con facultades para probar suerte han de ir a la capital. Precisamente de ahí le viene a Madrid el espíritu urbano, como el de cualquier otra gran capital, porque son el refugio de todos aquellos músicos provincianos cuyo lugar de nacimiento les queda pequeño. “Madrid no tiene raíces”, se quejaba Gonzalo García Pelayo, el gran mesías del rock andaluz. Y es cierto, pero no importa: a cambio, como todas las Babilonias, es chispeante, inquieta, ansiosa de novedades, y por supuesto al segundo día viviendo allí ya eres madrileño. Esa mezcla de orígenes y procedencias, esa falta de raíces es precisamente su mejor baza para el futuro; pero de momento será el lugar donde el rock tradicional en su vertiente hard (a veces con tonos progresivos) comienza a evolucionar hasta crear un estilo casi autóctono: el rock de barriada, hijo de la clase obrera, una especie de punk castizo. 

En cuanto a la infraestructura, y teniendo en cuenta que la situación económica sigue igual de mustia, son contados los locales con un acondicionamiento decente. Ya antes de la muerte de Franco comenzaron a popularizarse los festivales yeyés de buen tamaño, ubicados a veces en lugares insospechados. Recordarán ustedes que uno de los primeros y más famosos fue aquel de Burgos, tildado “de la cochambre” por la prensa patriótica, glosado luego por la correspondiente canción de los Tílburi. Y ese es un buen ejemplo del criterio que se seguía para montar estos eventos: horas y horas de grupos mediocres interpretando desarrollos interminables para deleite de los hippies urbanos que éramos aún casi todos. Aquello era más una fiesta que un festival, ya que en realidad lo que importaba era sentir esa impagable sensación de libertad entre iguales, generosamente iluminados por uno o varios tipos de substancias legales e ilegales. Podía ser en una plaza de toros, en algún secarral perdido por el mapa, en algún palacio de deportes sin la sonoridad más elemental, pero daba lo mismo; ah, y además ya comenzaban a llegar bandas extranjeras con una cierta regularidad: las de primera línea por lo general tocaban en locales de nivel aceptable, pero otras se incluían en este tipo de encuentros maratonianos. 

Los medios de comunicación, especialmente radio y prensa, mejoran a buen ritmo: tras la relativa popularidad alcanzada por los programas musicales en Radio España (Onda Dos), Radio Centro, la COPE incluso, finalmente RNE se atreve a lanzar en 1979 Radio 3, que ha quedado como lo más brillante que ha dado este país en ese medio, sin nada que envidiar a la Radio One de la BBC. En el mundo editorial, tras la heroica estela de “Disco Express”, una revista muy imperfecta y con pocos medios pero mucha voluntad, surgen entre otras Popular 1 (1973) y Vibraciones (1974); ahí ya tenemos dos publicaciones “sin complejos”, como se dice ahora, dos cabeceras de categoría que durarán muchos años (Popular 1 creo que aún existe). Como un compendio del mundo contracultural en el que la música es un elemento más, destacan las míticas revistas “Star” y “Ajoblanco”, ambas surgidas ya en 1974. Y por último, entre la escasa oferta televisiva hay que citar el “Popgrama”, creado en 1977 y que consiguió un alto nivel de dignidad: por ahí pasaron Ángel Casas (el fundador de “Vibraciones”), Diego Manrique, Carlos Tena y muchos más; Casas dirigirá luego “Musical Express”, creado en 1980, y la plantilla será muy similar. En fin, que el panorama se anima; y aunque por supuesto la mayor parte de los ingredientes informativos seguirá versando sobre la actualidad isleña o yanki, los músicos nacionales irán consiguiendo un poco más de atención con el paso del tiempo. 

Así pues, entre luces y sombras, la música moderna española comienza a superar su raquitismo y sus complejos; y resulta admirable la relativa rapidez con la que lo va a conseguir, puesto que antes de que termine la década algunos de sus protagonistas ya tendrán una cuota de mercado decente. En esta nueva travesía del desierto ya se divisan varios oasis; no serán gran cosa, pero la gris monotonía del primer quinquenio va quedando atrás.