lunes, 23 de septiembre de 2019

1975-80: la nueva España (IX)


En el cruce de caminos entre el rock urbano, el glam y el naciente punk surge Ramoncín. Su “pedigrí” de barriada es similar al de los grupos que nos han visitado, puesto que se le asocia a Vallecas aunque él se considere de Legazpi; pero su perspectiva es más amplia porque lo es su formación, que incluye a los poetas rockeros clásicos como Lou Reed junto a otros más recientes como Bruce Springsteen o Patti Smith. Sabe rodearse de músicos eficientes y su inclinación literaria será decisiva a la larga, haciendo de él un personaje polifacético tanto por su letras y demás obra escrita como por su protagonismo social en algunos sectores de ese mundillo. La parte mala, en esencia, es ese carácter tan combativo suyo que degeneraba a veces en una innecesaria chulería llevándolo a la confusión: aquellos enfrentamientos (incluso físicos) con algunos músicos de la nueva ola, como si fuesen intrusos en un negocio solo para gente “auténtica”, no tenían ningún sentido. Sobre otros asuntos como su accidentado protagonismo en la SGAE ya habría que matizar un poco, porque no creo que él fuese el peor; pero precisamente por su significación, por ese carácter, es el que más ha encorajinado al personal hasta el punto de que casi parece un sacrilegio recordar que es una figura de calado en los años 70/80 como mínimo, guste o no. Y como lo único que nos importa aquí es la obra y no la catadura más o menos arisca de su creador, aquí lo tenemos. 

Tan aficionado a la música como a la lectura o el teatro, esto último le vino muy bien para forjarse un personaje que en 1976 (con veintiún años y una pequeña experiencia actoral) se decide a contestar a un anuncio publicado en Disco Expres, en el que se solicita un cantante sin grandes dotes vocales pero con poderío en las tablas. Quien lo había publicado era Jerónimo Ramiro (Jero a partir de aquí), guitarrista de un grupo de Vallecas llamado Siracusa. Ramoncín fue admitido de inmediato, y además ya tenía algunas letras que junto a la base musical desarrollada por Jero comenzaron a nutrir el repertorio de los ahora llamados WC?. Sin embargo en poco tiempo surgió la tirantez entre algunos miembros del grupo -de querencias hard/heavy- y su cantante, que si antes era también rockero ahora está influido por la nueva corriente punk que llega de la Isla, mucho más actual, más acorde con su actitud: ya no era un simple frontman, sino que se llevaba todo el protagonismo. Consciente de que sus compañeros no tienen la altura técnica necesaria, refuerza el grupo con el guitarrista Carlos Michelini, recién llegado de Argentina tras su participación en los míticos Vox Dei. Poco después se marcha Jero, y Ramoncín, que ya casi es una figura mediática gracias a algunas amistades de categoría, consigue un contrato con EMI: él y Michelini van a grabar en Barcelona junto a músicos de sesión, dejando atrás al resto de grupo.


A mediados de 1978, cuando el disco se publica bajo el título de "Ramoncín y WC?", las canciones figuran a nombre de ellos dos, sin citar a Jero, cuando lo elegante (por lo menos) hubiera sido que figurasen los tres. Años después, cuando ya no quedaba mucho que repartir, Ramoncín accedió a incluirlo en la autoría. Pero a lo que íbamos: su debut discográfico es notable, más en la onda del rock tradicional yanki (un cruce entre Detroit y Nueva York, por decir algo) que del punk. Y ahí tenemos ya algunas clásicas de su carrera, comenzando por la contundencia de "Cómete una paraguaya" (¿un cruce hispano entre Stooges y MC5?), la incorrección política de un hard rock tradicional como "Paga a tu hombre", la canción himno "Rock and roll duduá", la oscura densidad del rock "intelectualizado" en la casi neoyorkina "Marica de terciopelo", que cierra el disco con enorme brillantez... o esa alegoría sobre los ejecutivos discográficos contenida en "El rey del pollo frito", que acabó siendo el mote con el que se le conoció durante unos años cuando en realidad su destinatario es Adrián Vogel, de la CBS: fue el primero en escuchar sus cintas y no le gustó la música ni el personaje, aunque por supuesto cada uno de los implicados tiene su propia versión. Y otras canciones como "Ponte las gafas" o "El loco de la calle larga" tal vez no hayan conseguido tanta notoriedad pero tienen su propia vida, así que en conjunto esta es una de las mejores obras españolas de aquel año, con un gran equilibrio entre la estructura musical y la entidad de las letras, complejas, cargadas de simbolismos, casi barrocas. La faena se redondea con los directos y su puesta de largo en la televisión, que resultó impactante con aquel rombo pintado sobre un ojo (¿influencia de Siouxsie?), interpretando "Marica de terciopelo", "dedicada a todos los que están en el maco, colocaos, sin ninguna distinción", y con aquella actitud: el teatro, ese gran almacén de recursos.


En 1979 llega "Barriobajero", y para entonces Ramoncín ya ha dejado claras al menos dos cosas: quiere ganar la mayor cantidad de dinero posible, pero de ningún modo aceptará intromisiones de un sello discográfico. En consecuencia, y mientras el primer disco había sido producido a medias por Eduardo Bort y técnicos del sello, en este ya figura él como productor ejecutivo (aunque en realidad el trabajo duro lo hizo Michelini, pero ese es otro asunto): es un gran avance en comparación con las víctimas de los caprichos de Chapa, Romero, Bautista o quien cuadrase. De nuevo la composición va a medias entre él y Michelini; no hay grandes cambios, aunque tanto los ritmos como las letras son en general más directos: buen ejemplo es la apertura con "Soy un chaval", una especie de garaje pop muy atrayente. También lo es el "Blues para un camello", con esa armónica perfectamente ajustada a la ocasión, o la pieza que da título al disco, un rock anfetamínico muy bien llevado, al igual que "Chuli" o el cierre con "No quise escribir esta canción", un pequeño rock and roll instrumental cuyo sonido está más cercano al pub que a cualquier otra cosa. Es un disco quizá menos elaborado que el primero pero más definitorio, más concreto: las líneas maestras de lo que será la carrera de Ramoncín ya están contenidas aquí, alejándose del punk y, como se decía por entonces, buscando la impronta de un Springsteen de los madriles. Por desgracia el tono de las letras acaba chocando con el criterio de algunos jefes del sello, y como resultado la promoción es casi inexistente: hacen más por él algunas revistas y radios que EMI. Las ventas bajan un poco -aunque no mucho- y su próximo destino es Hispavox.


En 1981 se publica "Arañando la ciudad", el tercer disco. Michelini se había marchado tiempo antes ("diferencias de criterio", por decirlo finamente), y Ramoncín figura ahora en asociación con el guitarrista Fernando Murias, también compositor. Aquí hay más suavidad y por momentos un ligero aroma a la nueva ola isleña en el sonido de algunas piezas, pero está a la altura de los dos primeros. Y, por supuesto, esa apertura con "Hormigón, mujeres y alcohol" (que muchos fans rebautizan como "Litros de alcohol") casi justifica la compra; no sé si es la más popular en el conjunto de su carrera, pero al menos para los de mi quinta es la más brillante. En ella queda aún algo de aquel espíritu cruzado de rock'n'roll punk de sus primeros tiempos, tanto en el ritmo -perfectamente matizado por la armónica- como en la letra. "Nu babe", con ese estilo cercano al reggae, cuadra muy bien con la letra irónica sobre los "advenedizos" de la Movida, esos niños de papá que se convierten en su bestia negra preferida; luego llega "Burlando", una especie de rock pop en el que su "parlamento" cheli se hace protagonista, aunque por momentos resulta un tanto forzado... Y una tras otra se va constituyendo un disco muy variado, con muchos recursos, desde esa despedida al punk en "Putney Bridge" (más brillante la escala musical que la literaria, un poco afectada) hasta la balada al estilo tradicional de piano y saxo que luce "Angel de cuero"; que al menos en parte será autobiográfica, ya que ese fue el apodo que le otorgó Francisco Umbral, uno de sus valedores. Hay también un homenaje, en "Flores negras", a Javier Lozano, guitarrista que había participado en algunas canciones de su segundo disco. Junto a todo ello está el esfuerzo de Hispavox, y entre unas cosas y otras este será su disco más popular.



A partir de ahí, un tono medio de calidad en sus siguientes discos y la propia inercia lo sitúan entre las referencias constantes en los años 80. Luego se toma un descanso musical de varios años mientras intensifica su trabajo en otros sectores; vuelve al ruedo a finales de los 90, y desde entonces se han ido alternando recopilatorios con directos y algún disco con nuevo material. Y esto es todo lo que a nosotros puede interesarnos.


martes, 17 de septiembre de 2019

1975-80: la nueva España (VIII)


Hoy nos despedimos del colectivo Lacochu recordando a Cucharada, que junto con la Romántica Banda Local son las dos "entidades" en las que mejor se reconoce el espíritu de aquel "laboratorio" y que además participaban en su funcionamiento. Siguiendo fielmente algunos de sus postulados se puede considerar a Cucharada como una especie de agrupación abierta por la que pasaron unos cuantos músicos, aunque hay una base que se mantuvo unida durante gran parte de su existencia: el personaje central es el cantante y bajista José Manuel Tena (Manolo Tena a partir de ahora), junto al solista Antonio "El Zurdo" Molina (nada que ver con el otro Zurdo), el rítmica Jesús Vidal y el batería cantante José Manuel Díez. La puesta en escena recuerda en parte a La Romántica Banda Local, porque también ellos se disfrazan y convierten sus actuaciones en una especie de "happenings" imprevisibles. Tena, que para entonces ha pasado ya por unos cuantos empleos, es tan aficionado a la poesía como a la música; había comenzado su carrera en orquestas de baile y de ahí pasó a un pequeño grupo llamado Spoonful Blues Band, cuyo nombre lo dice todo (es la inspiración para llegar a la españolísima cucharada). Luego tiene la fortuna de participar como bajista en "Babel", aquel disco de Aute en el que la sátira y el sarcasmo lo acercan al estilo de un Moncho Alpuente, y por fin crea su nuevo grupo junto a estos nuevos colegas que, como él, tienen influencias muy variadas, tanto en lo musical como en la puesta en escena: desde Zappa hasta el glam pasando por el teatro vanguardista y las enseñanzas de Lindsay Kemp hay mucho campo para experimentar.

Gracias a la red de locales que ha ido atrayendo Lacochu para su causa, muchos de ellos simples bares o pubs que recuerdan a la estrategia británica, comienzan a hacerse conocidos en Madrid. Finalmente Zafiro se fija en ellos y los asigna a Chapa; lo cual tiene su lógica, puesto que en origen su estilo está próximo al rock urbano. Y siguiendo esa lógica su primer productor es Vicente Romero, con el que graban dos canciones que constituyen su primer single, en verano del 78, y además forman parte del segundo volumen de "Viva el rollo": "Social peligrosidad" y "Libertad para mirar escaparates". Ambas se convierten en clásicas desde el primer día, tanto por las letras de "amargura social" como por ese ritmo que refuerza el mensaje; sin embargo ya ven ustedes que su aspecto se aleja un poco del estándar que se le presupone a unos rudos rockeros de barriada. Hay una definición de Jesús Ordovás que los retrata muy bien: Cucharada tenían el toque glam de Burning, la provocación del punk, la energía de Leño y el gusto por el teatro de Las Madres del Cordero. O sea, que hasta cierto punto también estos podrían considerarse como tercera vía... o algo así. 


A mediados de 1979 se presenta su disco grande, titulado "El limpiabotas que quería ser torero" y producido por Teddy Bautista, cuya labor por esta vez es bastante digna. El material refleja muy bien la naturaleza caótica del grupo, ya que comienzan con un "Desconcierto flamenco" dirigido por Vidal en la onda del rock andaluz para seguir luego con "Tan reprimido", un rock más o menos "académico", y luego una composición a medias con Moncho Alpuente titulada "Made in USA", que recuerda aquel cruce entre blues rock y vodevil tan de su estilo. Volvemos al mundo de lo imprevisible con "Canción para pedir limosna", otra pieza de Vidal con sonido ambiente callejero, las voces de vendedores ambulantes y el paso de algunos coches enmarcando un juego entre guitarra acústica y eléctrica con el leve acompañamiento de una percusión; el conjunto es de tono dramático, de artística tristeza, muy real. Quizá su momento cumbre sea la pareja "Abarca y devora/Compre (Pase ¡no molesta!)", compuesta por los cuatro y que en lo musical une dos ritmos de rock clásico muy bien llevados, con una guitarra de sobresaliente y cuya letra se extiende a lo largo de ambas: el título lo dice todo. A continuación viene "No soy formal", una pieza corta escrita por Hilario Camacho, de tono burlón tanto en letra como en música. Y el cierre es para "Social peligrosidad", regrabada para la ocasión y con un sonido más vigoroso. La suma de unas y otras da como resultado un disco magnífico a pesar de esa sensación de desmadre que ya comenzaba en la portada interior, con la enumeración de los músicos: Tena era Lolilla Cardo, Molina figuraba como "Troucho López Manolenta", y así sucesivamente. Las ventas fueron bastante decentes a pesar del claro boicot que sufrieron por parte de las dos cadenas más potentes, la SER y la COPE: esas letras de denuncia, ese ataque al Sistema, esas referencias al lumpen, la pobreza, el desdén del poderoso... Así no llegaréis a nada, muchachos.


Como consecuencia de las zancadillas radiofónicas, Cucharada fue otro de esos grupos de los que todo el mundo hablaba en la capital pero solo se podían escuchar en las emisoras alternativas como Onda Dos, así que fuera de Madrid eran casi un nombre para iniciados. Y Chapa redondea el desastre en 1980 obligándolos, como había hecho con casi todos los grupos de rock urbano, a "hacerse modernos": no hay más que ver la portada de su último single en comparación con el primero. El single en cuestión iba a ser la avanzadilla de su segundo Lp, del cual nunca más se supo. Jesús Vidal se ha marchado, y Teddy Bautista no puede resistirse a su irrefrenable obsesión por meter maquinillos aunque al menos en la cara A se refrena un poco: "Quiero bailar rock'n'roll", el tema estrella, tiene un pase aunque ha perdido la fuerza y la densidad que tenía el grupo antes (y la letra, irónica, fue mal entendida por algunos popes radiofónicos, que ya se la tenían jurada de antes). La cara B, titulada "La cajita de música", es una piececilla con ramalazos de reggae pop electrónico, muy de la época. Los fans quedaron decepcionados, y ese fue el fin del grupo. Para entonces Julián Ruiz, uno de los personajes con mando en la SER, ya había dado con una buena alternativa a la locura inicial de Cucharada: eran vascos, se llamaban Orquesta Mondragón, tenían dinero para equipo y espectáculo y además sus letras, aunque irreverentes y un poco desquiciadas, no trataban temas sociales incómodos. Ruiz les conseguirá un contrato con EMI, será su productor y tendrán una larga carrera.


Años después Tena alcanzó el reconocimiento en Alarma! junto a Díez, al mismo tiempo que se afirmaba como un reputado compositor entre cuyos clientes se encuentran Sabina, Leño o Luz Casal, por citar solo tres. Molina, que ya antes de la disolución del grupo había colaborado con Aute o Hilario Camacho, lo hará luego con Antonio Flores, Sabina y especialmente Ramoncín, entre otros. Esto significa que Cucharada fue el arranque de una brillante carrera profesional al menos para ellos tres, y ya en sus primeros tiempos habían merecido otra suerte. Pero tal vez, como decía Tena, "éramos demasiado heavies para los modernos y demasiado modernos para los heavies". En cualquier caso, aquel disco solitario ha quedado como uno de los más interesantes del final de la década.