El rock and roll, que a mediados de los años 50 era el último grito en los States, no llegó a ser popular en España hasta finales de esa década: las principales casas discográficas del género, como Sun o Chess, eran de poca envergadura y no tenían distribución aquí. Solo Elvis, a partir de su ventajoso salto a la RCA, comenzó a ser oído con cierta regularidad, pero de los demás se sabía muy poco. Sin embargo, en la mayoría de los países hispanoamericanos hubo casi desde el principio unos cuantos músicos que estaban al tanto de las novedades gringas. Y aunque la mayor parte de su repertorio se basaba en los ritmos tradicionales de la zona, de vez en cuando se atrevían a intercalar alguna versión rockera. Porque esa era otra de las características por entonces: eran polifacéticos, atacaban varios estilos con la intención de abarcar el mayor número posible de oyentes. Varios de esos nombres prehistóricos llegaron a ser famosos en España, a donde se desplazaban con frecuencia, e incluso en algunos casos llegaron a residir aquí por un tiempo. Tenemos así una curiosa “invasión hispanoamericana” que nos permitió ir conociendo un poco más esa música diabólica: junto a los solistas clásicos como Antonio Machín o Luis Aguilé, por el medio vinieron algunos conjuntos que han pasado a la depauperada historia musical española. Y hoy hablaremos de los primeros, los precursores, los Llopis. Ya les aviso, la cosa va a quedar un poco pachanguera.
Los Llopis son un cuarteto cubano que inició su carrera a principios de los años 50 en las salas de fiestas de su país. Por entonces (recuerden, Fulgencio Batista es quien manda) Cuba estaba llena de turistas yanquis que disfrutaban con el exotismo de las músicas caribeñas tales como el mambo, el merengue o el cha-cha-chá, los ritmos básicos en el arsenal de toda orquesta o grupo de la época tanto allí como aquí. Pero con el auge del rock and roll, el público más moderno comenzó a solicitar piezas de ese nuevo género; y ellos, que conocían los States por estudios y afición, ya estaban al día: en poco tiempo tuvieron preparadas unas cuantas versiones en español de los rockeros blancos como Elvis o Bill Haley, versiones que iban intercalando entre su repertorio más tradicional. Por otra parte resultaba muy novedoso ver a un grupo caribeño que, partiendo de los sones y los instrumentos tradicionales, se atrevía a añadir otros tan lejanos como la steel guitar (esa cosa que maneja Frank Llopis, el de la izquierda en la foto) para dar a su sonido un aire hawaiano de vez en cuando. Pronto llegaron a la cumbre de los grupos cubanos: ya contaban con varias grabaciones, y su novedosa incursión en el ritmo de moda los coronó definitivamente haciendo caer el mito de que “es imposible que el rock and roll suene bien en nuestro idioma”. Pero el 1 de Enero del 59 se acabó la diversión, llegó el Comandante y mandó a parar: los Llopis, que lo vieron venir, habían abandonado el país poco antes para establecerse en México, donde ya tenían un prestigio.
1959 fue un año muy denso para estos señores. Antes de nada se pusieron a regrabar sus canciones más populares en un sello mexicano; con lo cual esas canciones, que no habían pasado aún de moda, vivieron una segunda juventud. A continuación ampliaron el rango de formatos concentrando el repertorio básico en dos Lps que salieron a la venta en un corto intervalo de tiempo: el primero se compone casi exclusivamente de boleros, mientras que el segundo, “Rockabilidad”, ya se pueden imaginar de qué va con ese título. Ahí se encuentra la mayor parte de las canciones gringas que fueron trasladadas al español por los Llopis, y en él vemos su predilección por la raíz rockabilly (“Rock-a-billy” es precisamente la pieza que ellos transforman en “Rockabilidad”: grabada en 1957 por Guy Mitchell, su éxito había sido enorme tanto en los States como en la Isla, donde llegó al número 1). Pero en aquella época de EPs y singles, un disco grande no tenía el espíritu de unidad que adquirió años después; por entonces se consideraba más bien como un cajón de sastre en el que podíamos encontrarnos con las piezas más insospechadas, y este no fue una excepción. Porque ahí viene incluido un título que no tiene nada que ver con el resto: “La pachanga”. Dios mío. Qué lejos estaban los españoles de sospechar lo que se les venía encima…
“La pachanga”, compuesta en ese mismo año por un músico cubano, es básicamente un cruce entre cha-cha-chá y merengue. Su popularidad, tanto en Hispanoamérica como en España, fue arrasadora, y se desconoce el número de versiones que llegó a tener. Los Llopis la incluyeron en ese disco tal vez por ser lo más reciente de su repertorio, que ellos equipararon a “lo más moderno”: otra explicación no hay. Pero el caso es que fue esa canción la que los trajo a España, donde actúan por primera vez en la sala Florida de Madrid. Y en esa misma actuación son contratados por la casa Zafiro para grabar de nuevo algunas de sus piezas más famosas: les llevó una mañana, lo cual hizo más barato eso que pagar los derechos de las grabaciones mexicanas para su distribución en España (en aquella época la exclusividad de los sellos discográficos con los artistas era muy elástica). Mientras tanto, en Cuba como en los demás países caribeños, “La pachanga” llegó a formar parte del patrimonio nacional convirtiéndose además en un nuevo género, y aquí nos topamos con otra tontería filológica: en aquellos tiempos y aquellos lugares, “pachanga” acabó siendo un buen modo de reflejar el carácter de esos pueblos; y así lo entendió el mismísimo Che Guevara cuando definió el régimen político de los barbudos diciendo que “lo nuestro es un socialismo con pachanga”, o cuando García Márquez describió la isla como “una pachanga fenomenal”. Pero en España la cosa fue muy distinta: al principio nuestros padres la bailaban en las fiestas patronales o las que hubiere, amenizadas por la orquesta del pueblo (si una orquesta no tenía esa pieza en el repertorio, no era una orquesta). Esa furia pachanguera duró varios años; los bebés se hicieron niños, los niños adolescentes… y la nueva generación, hastiada de tanta pachanga, comenzó a darle otros significados que ustedes ya conocen. Ah, y por si alguien no la ha oido nunca… a mí no me miren: está en Youtube.
En los primeros años de la nueva década los Llopis se hincharon a hacer giras por toda Hispanoamérica, pero su producción discográfica comenzó a escasear: el grueso de su repertorio ya estaba hecho. Y gracias a ellos el público español moderno se enteró con más claridad de lo que era ese extraño rock and roll, del cual aquí se sabía tan poco mientras en el país de origen ya casi estaba pasado de moda. Su estela siguió proyectándose hasta mediados de los 60 y, dejando pachangas aparte, su valor como pioneros es innegable. Como muestra de ello, aquí les dejo dos versiones magníficas: “Rock-a-beatin’ boogie”, compuesta en 1952 por Bill Haley (cuando, teóricamente, aún no existía el rock and roll) y “All shook up”, la inolvidable pieza de Elvis que ellos bautizan como “Estremécete”. En ambos casos se hace notar la gran empatía que demuestran: no solo están bien hechas sino que suenan totalmente creíbles, como si fuesen suyas, y el modo de cantar se ajusta a las originales. Aún diría más, y perdónenme el sacrilegio: casi superan la de Elvis, enriquecida con esa steel guitar y el tono pasional del cantante (Manolo Vega, un enorme "vocalista", como se decía antes. Y no solo por su estatura). Eso, en un grupo pachanguero, no es frecuente.
