Aquí lo tenemos. El añorado Rory, el campechano Rory. Un personaje que solo vivía para sus guitarras, sus cervezas y sus whiskies -irlandeses, por supuesto; el diablillo de la Fender Stratocaster, capaz de cambiar una cuerda rota mientras seguía tocando. Y esa suma de tópicos (es decir, datos reales pero manidos) tal vez obró en su contra: aunque ya con sus dos primeros discos en solitario es votado por los lectores de Melody Maker como el músico más importante de 1971, el fan medio seguirá citando a Clapton, Page, Blackmore o cualquier otro antes que a él (con gran alegría de “Rolling Stone”, que una vez más dio muestras de su clarividencia al menospreciarlo). Pero sintiéndolo mucho este es uno de los casos en los que la opinión “canónica” me trae sin cuidado, porque yo pienso que Clapton vive de rentas desde la disolución de Cream: sus discos en solitario de los años 70, con ser buenos, no llegan a la altura de los de Rory en esa misma época. Page es muy bueno, pero solo domina dos o tres estilos y busca más el efectismo que otra cosa; y Blackmore tampoco es manco, pero lo suyo es la velocidad y la contundencia antes que los matices, algo que el irlandés domina como nadie. Así que algunos seguimos creyendo que, si dejamos aparte al divino pero imprevisible Jeff Beck y con Peter Green desactivado, el guitarrista europeo más interesante en los primeros años 70 fue Rory (con permiso de Alvin Lee, con quien tiene unas cuantas similitudes). Pero no me hagan mucho caso: probablemente se trata de una manía de fan… o que los otros tres me caen mal; que también puede ser, porque en general los guitarristas no son santos de mi devoción.
La baja de Taste se oficializa a finales de 1970 con su última actuación en Belfast: recordarán que la situación en el trío no presagiaba otra cosa, ya que Rory siempre fue muy individualista y sus compañeros actuaban como simples músicos ejecutando un repertorio creado enteramente por él, así que en realidad el cambio de líder de grupo a figura en solitario no es mucho más que un formalismo, o incluso un gesto de honradez. Y tras algunas pruebas, tal vez por la morriña, decide fichar a otros dos compatriotas: el bajista Gerry McAvoy y el batería Wilgar Campbell, ambos antiguos militantes de Deep Joy, una de las bandas irlandesas más populares y que con frecuencia habían sido teloneros de Taste. Es decir, que nuestro amigo seguirá de momento con el formato de trío; y su estilo musical será también el mismo, basado sobre todo en el blues rock y el folk además de algunas incursiones en el jazz, género por el que siempre tuvo devoción aunque a su manera. Nada ha cambiado, Rory comienza sus actuaciones muy poco después y, siguiendo con el mismo patrón de grabaciones rápidas que tanto le gustan (lo suyo es el directo), en tres semanas de Abril prepara su primer disco en solitario, que llega a las tiendas el mes siguiente. Que por cierto: también la producción corre a su cargo, como ocurrirá con todos los de su época dorada.
El disco, de título homónimo, demuestra claramente que los dos que grabó con Taste eran del todo suyos; aunque se nota una suave progresión sobre todo en el sonido general, que se hace un poco más denso, con un ligero eco que lo redondea. No hay muchas concesiones a la faceta más rockera, salvo por las piezas que abren y cierran la cara A: la vigorosa “Laundromat”, cuyo punteo es casi un ejercicio de estilo, y “Hands up”, donde una vez más demuestra su profundo conocimiento de las escalas bluseras pasadas por el tamiz isleño. Y sin embargo Rory no trata de resaltar su destreza con la guitarra como hacen otros, sino que la inserta delicadamente en un conjunto rítmico de gran altura con una digitación limpia y sin excesos. Por otra parte, el grueso del material es de tiempo medio e incluso pausado: hay composiciones acústicas deliciosas que van desde el folk al blues, como “Just the smile” o “Wave myself goodbye”, apoyada por el piano de Vincent Crane, lider de los Atomic Rooster y amigo suyo; hay blues de tiempo medio como “Sinner boy”, que abre la cara B, “It takes time” o la clasicista “Gypsy woman”, y hasta incursiones en el country (“It’s you”). Por tener, tenemos incluso una nueva demostración de las habilidades de Rory al saxo en “Can’t believe it’s true”… y dejo para el final “I fall apart”, probablemente mi canción preferida de este disco, que comienza al estilo de balada con aroma jazzy para ir acelerándose y dar pie a que la guitarra de Rory nos obsequie con un inolvidable desarrollo que me recuerda la cadencia del tren a buena marcha. En fin, que estamos ante un músico con una gran escala de registros y sin pretensiones de estrella, al estilo del americano Roy Buchanan, otro guitarrista injustamente tratado. ¿Se puede pedir más?
Pues sí se puede, porque antes de que acabe este año llega un nuevo disco, titulado “Deuce”. En apariencia no hay grandes cambios, pero se confirma su gusto por el sonido ambiental, lo más cercano posible al del directo, y la espléndida elección que hizo de sus dos músicos acompañantes, que ya están plenamente identificados con su estilo. No hace falta oir más que la primera, “I’m not awake yet”, un blues rock magnífico, para darse cuenta de ambas cosas y de otra más: en funciones de guitarra rítmica es igual de bueno que como solista. Entre las clásicas para el futuro tenemos “Crest of a wave”, una nueva exhibición con ese estilo de “cuerda blanda” que tanto le gusta a él y a nosotros; “Maybe I will”, un cruce entre rock, blues y jazz realmente majestuoso, o “Whole lot of people”, una lección de cómo se usa el cuello de botella en un mástil. Flipante. Y por supuesto las canciones acústicas nunca faltan en su repertorio, como la sorprendente “Used to be” en la que nos obsequia con unas escalas de inequívoco sabor español (mucho antes que muchos otros), o las más cercanas al country folk como “Don’t know where I’m going” o “Out of my mind”. Así que una vez más Rory nos demuestra su gran versatilidad, su amplio dominio de muchos estilos. Y aunque no alcanzará nunca las ventas de dioses guitarreros como los arriba citados, no importa: él disfruta con las giras y el profundo reconocimiento de mucha gente que admira a los músicos humildes pero exquisitos. Ah, y por si alguno de ustedes no ha agotado aún su paciencia tras este rollo, aquí tienen la hagiografía del muchacho.
Y termina el paseo retrospectivo por 1971; otro de esos años fantásticos en la historia del rock clásico, al que ya no le quedan muchos. Pero como siempre digo, los discos seguirán ahí. Muchos de ellos son intemporales desde entonces.