Mostrando entradas con la etiqueta España 60s. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta España 60s. Mostrar todas las entradas

lunes, 21 de octubre de 2013

España: la travesía del desierto (y fin)


Bienvenidos a la fiesta. Bueno… en este caso guateque, que suena igual de español pero mucho más de la época. Hoy trataremos de hacer los honores a unos cuantos nombres que, si no alcanzaron la trayectoria de los que se han visto en esta serie, tienen alguna canción digna de ser recordada (y en muchos casos, más de una). Nombres que, bien por su escasa creatividad, por el desprecio de su propio sello, la guadaña del servicio militar o incluso la oposición paterna, no pasaron a la Historia más que como nota a pie de página. Como es norma en las fiestas de este local, tienen a su disposición 12+1 piezas; y como también suele suceder aquí, nuevamente les ruego su benevolencia ante el sonido defectuoso de algunas de ellas. 

Como caballeros que somos, las señoritas primero. No soy yo muy aficionado a las chicas ye-yé españolas, que me parecen por lo general bastante descafeinadas. Pero antes de que ese término se pusiese de moda, hubo al menos una que pudo haber llegado más alto de no ser porque sus papás le cortaron las alas: la madrileña Pilar García De La Mata Y Caballero De Rodas, que a pesar de su envergadura heráldica era bastante bajita; tanto que sus amigos la llamaban “céntimo”, y de ahí abrevió ella aún más para llegar a presentarse como Mimo. Bien, pues Mimo es la pionera de las chicas hispanas: nacida en 1942, a finales de los años 50 ya conoce el repertorio de Brenda Lee (la niña prodigio yanki de la época) y de figuras del highschool como Paul Anka. En 1959, sin que sus padres se enteren, se presenta a un concurso musical que gana con su versión de “Diana” y consigue grabar un EP de corta tirada, cantado en inglés y en ese estilo adolescente, bajo el nombre de “Mimo’s rock”, acompañada por músicos de estudio. Y aunque la familia García de la Mata (y Caballero de Rodas) se sube por las paredes, la niña sigue incordiando con una trayectoria que deriva hacia el rock and roll y sobre todo el twist: ese es su momento estelar, acompañada por los Jumps, un grupo en el que se encuentran los hermanos Morales -Junior y Ricky-, hasta que por fin los padres se ponen serios y la obligan a retirarse de esta plebeya y pecaminosa ocupación: en 1963 Mimo desaparece entre grandes lagrimones del horizonte yeyé poco después de haber cumplido los veinte años, con cuatro Eps en su haber. A veces se nota un excesivo tono de pijería en su voz, pero no puedo por menos que echar también yo una lágrima por ella. Y he elegido, de su tercer disco titulado genéricamente “Speedy González” (ya ven por dónde van los tiros), su magnífica versión de “Mr. Twist”: los Jumps, un simple grupo de acompañamiento que no llegó a grabar nada a su nombre, podían haber sido mejores que los Rocking Boys, y el resultado es que junto a ellos la versión de Mimo y su guitara supera a los gaditanos y a cualquier otra que se haya hecho en España. 


A estas alturas ya conocemos a dos de los personajes que se harán imprescindibles en la música española de los años 60 como “manejadores en la sombra”: Maryni Callejo y Alain Milhaud. A Maryni la hemos dejado muy ocupada con los Brincos, y al joven suizo despidiéndose de Belter y Cataluña después de haber lanzado a los Gatos Negros para entrar en Columbia, donde en 1964 ya asciende de simple ojeador a productor. Y su bautismo como tal tiene lugar con los madrileños Cefe y Los Gigantes, a los que encuentra actuando en varias salas de baile. Se trata de un grupo beat con un cierto tono garajero que componía gran parte de su material, y que llegó a grabar dos Eps en 1965; pero poco después Ceferino Feito, el líder y principal compositor, cae en la leva militar y el grupo desaparece casi a continuación. No es que fueran unos genios, pero tienen canciones muy agradables como esta “Sin rencor” que abría su primer disco. 

Durante la travesía hemos nombrado a algunos conjuntos que fueron lanzados con muchas ilusiones pero que cayeron pronto, y de todos ellos el caso más llamativo fue el de los Flecos. Cuando los Brincos comienzan a convertirse en fenómeno algunas discográficas tratan de buscar un filón parecido, y a ello se puso por ejemplo Vergara, de Barcelona, que era la equivalente en modernura a la madrileña Novola: sus contactos en Madrid consiguieron reunir a Pepe Barranco (Los Estudiantes), Pablo Argote (Los Pekenikes), Carlos Guitart (Los Sonor) y Carlos Sacristán (Los Flaps, un pequeño grupo de la capital que llegó a grabar cuatro Eps). La cosa, como ven, prometía. Vergara gasta también su buen dinero en presentaciones, equipo y trajes, pero al final el grupo se desinfla: tras un buen primer EP, en 1965, llegan otros dos en 1966 que demuestran la difícil adaptación a los nuevos ritmos que están barriendo al beat. Sus tímidas incursiones en el rock y el r’n’b no se ven correspondidas en directo, donde la mayor parte de su repertorio son piezas ajenas de años antes, lo cual indica un curioso desfase. Y ahí termina la carrera de un grupo que, con más creatividad, podría haber sido el puente entre Brincos y Bravos. En fin, aquí tienen “Estás lejos”, la canción que inaugura su primer disco. 

Algo parecido aunque de menos altura sucedió con los 4 Jets, entre los que había dos personajes conocidos: el batería Eddy Guzmán, que abandonó a los Pekenikes para militar en este grupo, y el también filipino Ricky Morales, que junto a su hermano Junior ya hemos visto que estaba haciéndose un nombre en los Jumps. Sin embargo la cosa no funcionó, ya que sus versiones no se apartaban mucho de la tónica general (surf, escuela Shadows y algo de beat) y las piezas propias eran bastante mediocres: su gran talla como instrumentistas no impidió que después de publicar tres Eps entre 1964 y 1965 desapareciesen. He elegido como muestra de su nivel el “Zorongo gitano” de Lorca, que abría su primer disco y es la mejor versión que se ha hecho de esa pieza inmemorial.


Los Pumas, de Barcelona, son uno de esos conjuntos masacrados por el servicio militar pero que de todos modos probablemente no habrían llegado muy lejos: como otros muchos, lo suyo eran los bolos preferiblemente veraniegos en las salas de fiestas, en su caso por la Costa Brava. Tienen dos Eps, uno del 64 y el otro al año siguiente, compuestos por versiones que van desde Richard Anthony hasta Chuck Berry, lo cual demuestra que eran unos todo terreno. Y aunque ustedes puedan sospechar que mi debilidad por la música surf es la que me hace elegir precisamente “Pequeña Honda” les juro que no: creo que fue su mejor versión. Se trata de una pieza de los Beach Boys que representa muy bien su estilo cantarín y que los Pumas hacen más densa, más compacta. Puede sonar a sacrilegio, pero casi me gusta más que la de los Chicos de la Playa. 


Volvemos a Madrid, porque de allí es el Dúo Cramer (yo los tenía "contabilizados" como barceloneses, pero  afortunadamente un alma bondadosa me ha sacado del error). El tremendo éxito que el Dúo Dinámico tuvo desde el principio hizo que por todo el país surgieran parejas de músicos con el mismo tono que ellos; aunque, como en la primera época de los Top-Son, los Cramer son el resultado de la disolución de un grupo anterior: los Teddy Boys, que no llegaron a grabar. Entre 1962 y 1964 este dúo publicó seis discos de versiones que pasaron casi desapercibidos; aunque había alguna pieza realmente buena, y ese el caso de “Twist en blues”, contenida en su segundo EP. Claro que… es posible que les sorprenda lo buenos que son los músicos que les acompañan: se trata de los Relámpagos, que estaban por todas partes en aquellos tiempos. Ah, y los Cramer acabaron, cómo no, en la mili. 


Y ya que hablamos del Dúo Dinámico, vamos a Valencia. También allí hubo algunos nombres hoy olvidados cuya historia tiene más fondo del que puede parecer, y los Ángeles Negros son un buen ejemplo. Su discografía se resume en un solo EP de 1965, pero desde dos años antes se habían hecho muy populares en las salas de la ciudad por su destreza técnica, que llamó la atención del dúo de moda: durante gran parte del año 64, fueron sus músicos de acompañamiento en varias giras y grabaciones. Por otra parte su cantante se haría famoso años después: se trata del malogrado Juan Camacho, al que oirán ustedes en “Me equivoqué”, mi pieza preferida de ese único disco que fue también la primera grabación de Juan. Por desgracia, la muerte en accidente de tráfico de Víctor Perusa, el batería, significó el fin del grupo. 

Los Continentales, madrileños, podrían ser considerados casi como unos corredores de fondo, ya que consiguieron mantenerse en el negocio cinco años con cinco discos entre 1964 y 1967. Sus influencias son las clásicas del primer quinquenio, es decir, los sonidos surferos y la devoción a los Shadows; su técnica era muy buena, aunque su creatividad dejaba mucho que desear. Comenzaron fuerte -era uno de los grupos más aplaudidos en las matinales del Price-, pero cuando llegó el declive de las piezas instrumentales se quedaron en tierra de nadie: hay mucha diferencia entre sus dos primeros discos, que tuvieron una relativa popularidad, y la sucesión de palos de ciego que dieron después, entre baladas insulsas y una aproximación final a los ritmos soul que comenzaban a ponerse de moda y a los que llegaron tarde. Así que nosotros nos quedaremos con su época más interesante, que incluye versiones como este “Barco del amor”, donde se aprecia la gran maestría de Álvaro Yébenes, guitarra solista que luego fue el bajo en Los Canarios.


Precisamente en la última época de los Continentales militó Quique Martínez, el cantante de uno de los grupos madrileños que podía haber sido mucho más de lo que fue si su sello discográfico los hubiera promocionado en serio y la mili no los liquidase luego: Los Buitres. Forman parte de la segunda ola, que ya se centra en el beat e incluso el r’n’b y cuyas actuaciones resultan rompedoras. Sin embargo solo llegaron a grabar un EP, en 1965, que mereció más apoyo por parte de Columbia. Y poco después desaparecían de escena, aunque el valor de algunos de sus miembros fue reconocido: el batería Diego Cascado y Quique (que pronto abandonó a los Continentales) pasaron a formar parte de los Íberos, uno de los grandes grupos del segundo quinquenio; Y Santiago Villaseñor, el cantante y guitarrista que había sustituido a Quique, llegó luego a Los Ángeles, otra luminaria para el futuro. De ese único disco he elegido “Sensación”, la pieza que lo abre: tal vez no sea una joya, pero se nota un avance con respecto a los sonidos de otros grupos del momento. 


La transición entre los ritmos del primer quinquenio y el segundo, como ya se ha visto en varios casos, acabó con la carrera de muchos conjuntos que no consiguieron ir tan rápido. Aunque algunos lo intentaron, y un buen ejemplo son los Tiburones, de Barcelona: solo publicaron dos discos, ambos en 1965, pero tratando de abarcar casi todos los géneros del momento. Sin embargo no eran compositores y por otra parte nunca salieron del circuito catalán a pesar de grabar en la todopoderosa EMI. Lo suyo en realidad eran las actuaciones en salas de bailes y circuitos veraniegos, y abandonaron pronto a pesar de su gran dominio de los instrumentos. Oigan si no esta espléndida versión de “Hi-heel sneakers”, un número 1 en los States a cargo de Tommy Tucker pero que solo los Tiburones atacaron en España. 

Otro caso parecido fue el de los madrileños Shakers: su afinidad con las nuevas bandas británicas y sus vestimentas los hacían figurar como una de las primeras bandas garajeras mod de la capital, con un importante grupo de seguidores; pero la dificultad de trasladar su sonido en directo al disco, su escasa creatividad, el cambio contínuo de miembros y la poca ilusión que la RCA puso con ellos terminó con su carrera tras el segundo EP. Por otra parte eran mal vistos por la competencia, ya que en los Shakers militaban dos hijos y un sobrino de José Luis Saénz de Heredia, y sus frecuentes apariciones en televisión resultaban sospechosas. Sin embargo su solista Vicente Martínez y el trotamundos Ricky Morales, que venía de los 4 Jets y también pasó por los Shakers, acabarán luego en los Brincos, nada menos. Bien, pues de su segundo disco (ya en 1966) elijo “Me reiré”, una de sus escasas piezas propias. Es un tanto extraña, pero ya verán como tiene su gracia.


Y por fin… snif… la número 12. Mi favorita. Bueno, mía y de muchos otros frikis tanto nacionales como extranjeros, que también los hay. Verán ustedes: Hank Marvin, la maravilla con gafas de los Shadows, ha sido el referente de muchos guitarristas, tanto en aquella época como después. En una de sus piezas se le ocurrió darle la vuelta a su apellido, que leido así resulta ser “Nivram”… y ese es el nombre elegido por cuatro muchachos de Granollers para crear un grupo que, con solo dos Eps grabados entre 1965 y 66, han conseguido pasar a la Historia del mejor beat garajero de España, aunque España no lo sepa (gracias, básicamente, a la desidia de EMI). La mayor parte de las piezas son propias, y hay al menos dos o tres sobresalientes; pero la mejor, la más tremenda, la joya de la corona beat nacional para muchos coleccionistas, es sin duda alguna “Sombras”. Lo tiene todo: una escala obsesiva de guitarra en ocho notas que por momentos preside la canción y durante el desarrollo va semioculta, como una sombra; el acompañamiento de bajo, batería y rítmica es soberbio; hay un saxo que cuando aparece redondea la pieza; los coros proclamando “sombraaaas” animan el conjunto… y la letra es, efectivamente, sombría. Si esta canción llega a ser de los Kinks, los Hollies o cualquier otro grupo isleño de la época ahora estaría en un pedestal, pero la crearon los Nivram, un grupo formado por los tres hermanos Mauri, hijos de músicos profesionales, junto al guitarra solista Josep Sala. La mili, una vez más, acabó con ellos: cuando salieron de esa sombra intentaron volver al negocio, pero su época había pasado. 


Fuera de programa, como es norma aquí, se presenta la selección 12+1. Una pieza que salvo en México tal vez sea más conocida por los aficionados al buen cine que a la música yeyé, puesto que fue “descubierta” por Luis Buñuel. Pongámonos en situación: estamos en 1964 y don Luis termina su etapa mexicana rodando “Simón del desierto”, que al final se queda en mediometraje por falta de presupuesto. El argumento es la fortaleza de Simón el Estilita en su virtud cristiana, que lo mantiene firme sobre su columna durante seis años… hasta que es tentado por el demonio y baja de ella para no volver. La película termina con el pobre Simón metido en un garito lleno de jóvenes melenudos que bailan pecaminosamente al ritmo de uno de esos grupos enloquecidos que tanto daño han hecho a la moral cristiana: los Sinners, interpretando “Rebelde radioactivo”. Se trata de un grupo con una fama relativa en su país, aunque no llegó a formar parte de la invasión hispanoamericana, y don Luis se los encontró actuando en un café. Era justo lo que él buscaba para la escena final: en su entendimiento, tan alejado de tales músicas, una pieza instrumental y con “aullidos indios” como esta debía de ser lo más salvaje del momento, una antítesis perfecta frente al piadoso pasado de Simón e incluso del espectador medio. Se trata de una magnífica composición de tono surf que ha quedado como uno de los momentos más brillantes de los Sinners; así que muchas gracias, don Luis. 



Y con este guateque termina la travesía española por el primer quinquenio de los años 60. Espero que no se hayan aburrido mucho. Ahora nos tomaremos un respiro con cualquier otro asunto o época musical, pero cuidado: la patria, más tarde o más temprano, nos reclamará para seguir indagando en esta década heroica. Quedan avisados. Esto es como la mili, al final caeremos. Y para el caso de que algún nostálgico perezoso quiera llevarse a casa el contenido de esta fiesta, aquí lo tiene.  


domingo, 13 de octubre de 2013

España: la travesía del desierto (XXVI)


Bueno, pues por fin hoy rematamos la travesía. Como suele suceder en cualquier otro viaje, volvemos al sitio del que partimos; y no solo eso, sino que además el círculo se completa de un modo perfecto: si Los Estudiantes fueron el primer grupo moderno español, Los Brincos -sus descendientes- son el primer supergrupo. Se trata de un salto de categoría que se refuerza por el hecho de ser también el primer “producto planificado”, por decirlo así: Fernando Árbex, el patriarca entre los grandes nombres del pop español, y el malogrado Luis Sartorius (otro patriarca, un Moisés de la era yeyé que puso en marcha Novola -o sea, nueva ola-, el sello cuyo espíritu supone un paso adelante en el modo de concebir el negocio, pero no llegó a ver el resultado) se habían propuesto crear la alternativa hispana al imperio beat isleño regido por Beatles, Hollies o Searchers. Creo que en algunos momentos rozaron esa altura, y en todo caso hay que reconocer el tremendo éxito y la influencia que tuvieron desde 1964 hasta el comienzo de su decadencia en 1968/69. Gracias a esa planificación y a su brillante capacidad creativa -en toda su carrera no hay una sola versión- se convirtieron en una guía, los más populares representantes españoles de la transición musical que se vivió en occidente partiendo del rock and roll, el twist y luego el beat hasta llegar al pop, el rock e incluso el género progresivo, con el que terminó su carrera al mismo tiempo que la década. 

Recordarán ustedes que Los Estudiantes desaparecen poco después de la muerte de Luis Árbex, hermano de Fernando, en la aciaga Semana Santa de 1964. Aunque en un primer momento fichan a Manuel González (ex Blue Shadows) para sustituirlo, seguir adelante resulta imposible. Hay, además del dolor, otros dos factores que desencadenan su desaparición: Fernando es consciente de que están desfasados, que debe emprender otro camino; y mantiene una gran amistad con Luis Sartorius, que a finales del año anterior decidió abandonar el grupo para comenzar una carrera como productor y manager en Philips (el sello donde grababan). Ahora Luis ha dado el salto a Zafiro, cuyos jefes demuestran ser más inteligentes que la media nacional y comprenden el gran potencial del negocio discográfico moderno, aunque no se ven capacitados para encararlo y comienzan a darle poderes: claro, como este chico viene de un grupo yeyé, conoce mejor el ambiente. Para los cánones de la época, ese gesto es admirable. Y no se quedan ahí, sino que además están pensando en crear un subsello, Novola, del que pondrán en sus manos la dirección artística. Pero esto aún puede tardar y Luis tiene planes muy definidos ya antes de entrar en Zafiro, así que convoca a Fernando y a José Barranco y se los expone: un grupo al estilo de los Beatles, con repertorio propio, estructura totalmente profesional e incluso una estética determinada. Si lo acepta Zafiro, o Novola echa a andar pronto, bien; si no, también tiene tratos con Columbia. Barranco no ve claro el asunto y decide seguir su camino, pero Fernando dice que sí a todo y convence a Manuel González para que se suba al carro. 

Para entonces, Juan Pardo ya tiene un notable currículo. Acaba de abandonar a Los Pekenikes, antiguos rivales de los Estudiantes, y es una de las caras más conocidas de “Escala en Hi-Fi”, el programa musical estrella del momento. La leyenda dice que Fernando se lo encuentra en una discoteca, le propone unirse al proyecto y Juan, que ya tenía en mente algo parecido, acepta de inmediato. Ahora solo queda buscar un guitarra solista que además cante bien, como los otros tres, y Fernando propone a Antonio Morales, a quien ya conocemos como Junior. Su carrera y la de Juan se habían cruzado en los Pekenikes: dejando aparte grupos menores, Junior abandonó a los Pekenikes a principios del 64 para seguir una carrera en solitario que no cuajó (dos EPs son su legado); Juan lo había intentado antes que él, aunque con un solo disco, para luego entrar en ese grupo… sustituyendo precisamente a Junior. Lo curioso es que esa sustitución ya se había propuesto unos meses antes, pero por entonces Hispavox decretó que Juan no daba la talla y volvieron a llamar a Junior; tal vez por eso había una cierta animadversión entre ambos que llevó a Juan a vetar inicialmente la entrada de Junior en los Brincos. Pero al final cedió ante los argumentos de Árbex y Sartorius: este va a ser un grupo serio y necesitamos lo mejor que haya en el mercado; Junior tiene muy buena voz y es un buen guitarrista, así que… procurad llevaros bien. 

El siguiente paso es buscar un nombre: se propone el rupturista “Las Ovejas Negras”, ya que se trata de niños de buenas familias que no han salido como sus padres deseaban; pero al final Rosa, hermana de Fernando, sugiere “Los Brincos”. Y comienzan a ensayar en casa de Pepe Barranco, adonde va todos los días Luis Sartorius en su 600 para verificar los avances de sus chicos hasta que una noche de Septiembre, a la vuelta, el coche patina en plena Puerta de Alcalá, choca contra una farola y termina con la historia de quien podría haber sido el primer Brian Epstein español. Pero lo que ha creado ya es imparable: Novola se substancia, fichan de inmediato y se les asigna como productora a Maryni Callejo, antigua componente del grupo melódico “Los Brujos” y que, como Luis, había entrado en Zafiro poco antes decidida dar el salto al otro lado del negocio. Maryni, a quien con frecuencia se le llama “el quinto Brinco” (¿a que les suena esa denominación?), será otro de los personajes fundamentales en la nueva música española, ya que no solamente ejerce las labores de producción sino que se encarga de los arreglos, todos los aspectos técnicos e incluso de marketing relacionados con este conjunto y con muchas otras figuras que luego pasarán por sus manos. 

Zafiro estaba al tanto de las alabanzas que el desaparecido Luis propalaba sobre este naciente grupo; y ahora Novola, espoleada por Maryni, echa la casa por la ventana: adelanta 300.000 pesetas de la época (o sea, el valor de un buen piso) para la compra de equipo y prepara su lanzamiento a todo trapo incluyendo un reportaje televisivo titulado “Así se forma un conjunto”, donde se compara el proceso de creación de los Beatles aplicado a los Brincos. En teoría es un trabajo elaborado por Televisión Española, pero ya se pueden imaginar que Zafiro/Novola es la mano que mece la cuna. Vienen luego unas cuantas sesiones fotográficas en las que los vemos ataviados con la racial capa española y por fin, entre Octubre y Diciembre de 1964, llegan al mercado dos singles, dos Eps y la guinda navideña del primer LP de Los Brincos. Nunca se había asumido un riesgo semejante en España; bueno, ni en España ni en ningún otro sitio, que yo recuerde: ni EMI con los Beatles llegó a tanto. Y otra diferencia: llama la atención el hecho de que todas las canciones figuran a nombre del grupo y no de miembros determinados, aun sabiendo como sabemos que la base creativa es el tándem Árbex-Pardo. La atrevida jugada resulta ser un éxito total: salvo el primer single, que “solo” llega al top 20, los discos siguientes, en cualquier formato, se enseñorean de los primeros puestos de todas las listas españolas. Y aunque el LP solo tiene dos canciones nuevas (las demás ya estaban contenidas en los discos pequeños), se aprovecha del enorme tirón que han conseguido los singles y Eps y alcanza unas ventas fabulosas gracias a los completistas y a los que prefieren tener todas las canciones en un solo volumen. Por otra parte, qué mejor regalo de Navidad que ese… 

¿Las canciones? Bah, seguro que ya las conocen ustedes de sobra. En ese momento, la diferencia de calidad entre los Brincos y el resto de los grupos nacionales es abismal. El truco no es nuevo, ya que la mayoría del repertorio es beat trufado con escalas españolas y algunas baladas más raciales; pero siempre con una creatividad muy alta y la indisimulada intención de ser oidos en la Isla, ya que muchas canciones se cantan en inglés -perfectible, eso sí (aunque también suele haber la versión española). La tónica será la misma en 1965, año en el que volarán a Italia para grabar su segundo LP, con el cual se mantendrá la misma estrategia de editar singles que luego estarán contenidos en el disco grande. En fin, que la trayectoria de los Brincos a finales de este quinquenio es, simplemente, estelar: España ya tiene a sus Beatles. 

Para no romperme la cabeza solventando la ingrata tarea de elegir tres canciones entre un repertorio tan brillante como este, he ido a lo fácil, a lo burocrático. Así que les presento la cara A de su primer single, “Dance the pulga”, que es al mismo tiempo el primer número en el catálogo de Novola y consiste en una variación muy potente, casi salvaje -hoy le llamarían “freakbeat”- de la pulga instrumental que cerraba el último disco de los Estudiantes (es por tanto un homenaje a ellos también); la chulesca y racial “Flamenco”, con la que su primer EP llegó al número 1 y que ya figuraba como cara B en el segundo single, y el primer número 1 del año 65: la indefinible “Borracho”, que a pesar de esa letra tan de coña reafirma la gran calidad instrumental del grupo y es uno de los avances de su segundo LP, que llegará en 1966. Ya me gustaría a mí haber visto las caras de los linajudos padres de estas ovejas negras cuando oyeron semejantes proclamas; no solo por las letras sino también por la actitud, sobre todo en “Dance The Pulga”: aunque hoy parece estar oscurecida por muchas de sus compañeras de repertorio, fue una verdadera convulsión en la España de la época, un terremoto que al menos para mí sigue teniendo el mismo vigor generacional de las piezas “inglesas”. Yo soy anglófilo, soy un amante del ritmo desaforado isleño de los años 60, no puedo evitarlo, lo llevo en la sangre… pero canciones como esta me reconcilian con la Patria. Porque sus escalas muestran lo evidente: esta pulga es española, aunque canten en inglés (y en 1966 aparecerá en español). Mientras otros grupos trataban de parecer norteños los Brincos jugaban a la contra, orgullosos, sin complejos, y esa es una de sus virtudes impagables. 





Y aquí termina la travesía del desierto, tomando un respiro en este oasis imponente que fueron los Brincos. Les doy las gracias por su infinita paciencia ante tanto rollo (veintiséis capítulos cansan a cualquiera) y estoy dispuesto a resarcirles invitándoles a una fiesta de fin de curso: creo que es lo indicado, y por otra parte siempre quedan algunas cancioncillas de pequeños grupos que merecieron tal vez más suerte. Así que ya saben, dentro de unos días nos vemos en el guateque. 


martes, 8 de octubre de 2013

España: la travesía del desierto (XXV)


Siguiendo nuestro descenso por la costa mediterránea, llegamos hoy al Estrecho de Gibraltar; y no pasaremos de ahí, ya que en esta época la visión del Atlántico sigue señalando el fin del mundo conocido. Pero hay dos destacamentos que guardan muy bien ese paso, uno a cada orilla del Mare Nostrum: The Rocking Boys en la Línea de la Concepción y The Brisk(s) en Ceuta. Cuando comenzamos nuestro viaje, hace ya tanto tiempo, en la introducción se decía que si los madrileños disfrutaban de la benéfica influencia de la base americana de Torrejón los gaditanos tenían la de Rota; y también que el norte de África, por el carácter internacional de algunas zonas de Marruecos y la proximidad de Tánger, ofrecía más oportunidades que la propia España peninsular (bueno, sin ir más lejos yo monté mi tugurio en Casablanca, ¿no?). Así que la existencia de estos dos grupos no es tan extraña como puede parecer a simple vista. Y las carreras de ambos -con permiso de la mili- llegaron casi hasta finales de la década, con una producción muy extensa; aunque irregular, ya que su pertenencia al imprevisible sello Belter, siempre capaz de lo mejor y lo peor, trufó esas carreras de piezas muy dignas junto a bodrios impresentables. 

The Rocking Boys son, al igual que muchos grupos madrileños de la primera ola, el perfecto ejemplo de esa benéfica influencia yanqui: tanto su espíritu como su estética, a medio camino entre teddy boy y rockabilly, cumplen perfectamente con los cánones del Tío Sam. Estos muchachos se presentan en público justo al comenzar la década, y durante su época más interesante, que terminará con una desbandada general en 1964 a causa de la mili, su formación será invariable. Se trata de un cuarteto creado por José Gómez, que además de guitarrista es el compositor principal de las escasas piezas propias que publicará el grupo. El bajo queda a cargo del portugués Ricardo Oliveira; la batería es cosa de Agustín Martínez, que por otra parte será su cantante titular, y Carlos Jaime ataca el saxo y ocasionalmente piano. Aunque su instrumentación es bastante pobre, destacan por la actitud tan voluntariosa que los honra tanto a ellos como a muchos otros conjuntos de este sufrido quinquenio. Y su repertorio, que inicialmente se basaba en el rock and roll, pronto se nutre de piezas twist, el último grito cuando ellos comienzan a grabar: hasta la desbandada del 64 que dije antes, casi la mitad de sus discos están compuestos por ese estilo. 

Belter los ficha en 1962 y ya en ese año publican cinco Eps, que a pesar de su sonido deficiente se venden bastante bien; cantan en español y, si es necesario, en un inglés “de aquella manera” que los hermana con otros grupos pioneros como los Estudiantes. Es de suponer que su sello discográfico no se esperaba el relativo éxito que obtuvieron desde el principio, porque pronto comienzan las imposiciones: en su tercer EP encontramos el "Twist en Sevilla" -que por otra parte da título al disco-, una castiza alabanza a la ciudad al ritmo de lo que su compositor (Manuel Salina, uno de los fijos del sello, especializado en mambos y baladas latinas) entiende como twist. Y a partir de ahí la carrera de los Rocking Boys es un continuo tira y afloja con Belter, que solo les deja incluir algunas piezas sueltas, tanto propias como ajenas, entre un maremagnum de los géneros de moda que el sello dicta: el madison es el ritmo central de sus grabaciones en 1963, seguido de pequeños horrores como el popeye (una nueva ocurrencia de Chubby Checker). Lo triste del asunto es que en sus actuaciones se redimen, pero eso no les vale de mucho ante la afición del resto del país. En 1964 el grupo de desintegra por las obligaciones militares, y a su vuelta en 1966 es patente que están fuera de juego: aun con la excusa de que Belter sigue haciendo de las suyas, las versiones suenan alejadas del sonido imperante en esa época. Se retiran en 1968, cuando su presencia ya es irrelevante. 

En resumen, estamos ante otra víctima de una década tan veloz y de unos sellos discográficos que no sabían cómo encarar los nuevos tiempos. Sin embargo han dejado algunas versiones muy decentes, que demuestran al menos su gran nivel como instrumentistas: oigan por ejemplo “Una rubia de miedo”, una de las más famosas del grupo (figuraba en el EP del twist sevillano), que no desmerece frente a la original de Celentano; y mejor aún es una de sus escasas incursiones en la música surf, el “Wipe out” de los Surfaris, con una ejecución magnífica. 


Y cruzamos el Estrecho para saludar a los Brisks (habré de ser muy cuidadoso con ellos, ya que el señor Babelain es paisano suyo y estará vigilándome). Se trata de un conjunto nacido a principìos de la década y cuyo planteamiento artístico es similar al de los Javaloyas: atacaban casi todos los géneros de moda, y esa versatilidad les permitió muy pronto ampliar su círculo de acción. De Ceuta pasaron pronto a actuar en todo el norte de Marruecos, para dar luego el salto a la península y hacerse conocidos también en la Costa del Sol, Aragón y Cataluña, donde son detectados por Belter a finales de 1963. También al igual que los Javaloyas, hubo un tránsito muy denso de miembros, entre los cuales destacan tres de los vocalistas a tener en cuenta para el futuro: el granadino Julián Granados, que fue su cantante en la época dorada del grupo y que tras la breve pero fulgurante existencia de Los Buenos comenzará una carrera en solitario a principios de los 70; Teddy Raster, que es la voz de su aclamado último disco y luego lo será en los últimos tiempos de los progresivos Maquina!, y el madrileño Pedro Ample, con el que los Brisks finalizarán su carrera y que con el nombre artístico de “Pedro Ruy-Blas” será una de las voces más potentes y versátiles de España. 

En 1964 comienza su producción discográfica con tres Eps en los que se denominan “The Brisk”, y parece que les hubiese gustado aquella idea que tuvo Bruno de ponerse unas gafas innecesarias, porque ellos hacen lo mismo: los cinco aparecen con ese adminículo en las portadas de los tres discos. Que incluyen versiones como “My bonnie”, “La pecosita”, “Money”, “Twist and shout”… es decir, piezas rockeras de gran popularidad y con una fuerte inclinación hacia los Beatles. Al igual que pasó con los Rocking Boys, Belter considera que conviene “administrar” el repertorio de los ceutís; así que en 1965, ya sin gafas y añadiendo una “s” final a su nombre, comenzamos a verlos alternando piezas de su elección con otras impuestas por el sello. Desde el punto de vista puramente comercial tal vez tenga razón Belter, ya que ese año se inaugura con su primer éxito nacional, que a la larga será el más recordado: “Pepe será papá”, una canción compuesta por el tándem Ricardo Ceratto-Jorge Morell (uno de los más exitosos de la década) y que, nos guste o no, estuvo sonando durante mucho tiempo en las radios nacionales; ah, y la letra tiene mucha gracia… En fin: para compensar, en ese mismo disco viene su primera pieza propia, cantanda en inglés y todo. Se trata de “Baby ye-ye”, un cruce de highschool con duduá realmente agradable. Y el éxito hace que este año sea el más prolífico de los Brisks, ya que publicarán nada menos que ocho Eps en los que tratan siempre de mantener el equilibrio entre calidad y comercialidad (y vuelvo a citar a los Javaloyas: son su vivo reflejo). Luego ya vendrá la decadencia, pero de momento tienen la talla suficiente como para que anotemos su nombre en la lista de los grupos a seguir en el próximo quinquenio. 

Para que se hagan una idea de su potencial, aquí tienen dos piezas propias correspondientes a 1965, su año estelar: la ya citada “Baby ye ye” y “Si mañana será así”, un beat de lo más decente. Quién sabe: si en vez de en Belter hubieran caido en otro sello, tal vez las cosas habrían sido de otro modo. 



Creo que ya hemos visitado toda la geografía nacional habitada hasta este momento. Pero nos falta el broche de oro, y para conseguirlo hemos de volver a Madrid. Tranquilos: será el último post. También yo necesito una ducha y las pantuflas, que ya tengo una edad y no estoy para tanto trote. 


martes, 1 de octubre de 2013

España: la travesía del desierto (XXIV)


Bienvenidos a Mallorca, isla y oasis al mismo tiempo: una de las ventajas de la insularidad, además del magnífico clima que se disfruta, es que la sensación de distancia con respecto a España hace que las costumbres y la rigidez impuesta por el Régimen se suavicen un poco. Y como los guiris están ansiosos de fiesta y el turismo hay que cuidarlo, conviene hacer la vista gorda ante algunas de sus rarezas y comportamientos. En lo musical, la zona está poblada de orquestas y pequeños grupos que sobreviven a base de actuaciones en hoteles y chiringuitos interpretando los éxitos de moda, sean del estilo que sean; en ese sentido, los Javaloyas (que como dije el otro día pueden considerarse tan valencianos como de aquí) son el mejor ejemplo del gran bagaje musical y técnico que puede adquirse con ese sistema, al que los modernos hacen ascos pero que es un aprendizaje inmejorable y haría mucho bien a los desnortados y engreídos grupos actuales: solo hay que recordar los orígenes de los Beatles para comprenderlo. En los primeros años 60 pocos conjuntos hay aún que sobresalgan en ese circuito, pero ya tenemos al menos dos de los que hablar: The Four Winds and Dito y Mike and The Runaways. Sí, la influencia guiri hace que sus nombres “sean más comerciales” en inglés que en español. Una excepción a la norma patria, que veremos pronto en otros dos lugares costeros. 

The Four Winds and Dito son un grupo de músicos aficionados que comienzan a ensayar por su cuenta y no durarán mucho en este negocio. Sin embargo llama la atención su dominio instrumental y su amplio conocimiento del repertorio tanto americano como británico, que los hace muy populares entre la escasa muchachada moderna que hay en la zona allá por 1963-64, cuando comienzan sus actuaciones. Aunque la información que hay sobre ellos es escasa y no siempre fiable, parece ser que junto a su cantante Dito (Eduardo Vidal) había dos guitarristas: Mito (Jaime Vidal) y José Luis Cubeles; el bajo estaba a cargo de José Massonet y en la batería se sentaba Fernando Baiget. No tardan mucho en convertirse en una leyenda, e incluso hoy en día se les reconoce como el primer conjunto realmente yeyé de Mallorca, un honor que se cimenta con su fichaje por EMI en 1965. Publican a mediados de ese año su primer EP, tres versiones del repertorio yanqui más una británica. Tenemos, junto a una clásica de Little Richard, el “Tijuana” de los Persuaders (una instrumental cruce de tex-mex con surf, basada en trompetas y órgano, a la que los mexicanos Seven Days añadieron letra), que ya habían versionado los inevitables Javaloyas; “You’re no good” de Betty Everett (que no se hizo popular aquí hasta mediados de la década siguiente gracias a Linda Ronstadt -la versión de Bruno Lomas era un poco flojilla) y “Give your lovin’ to me” de los Mojos, un grupo del Mersey que en España solo conocían algunos músicos y poco más. Pero en las cuatro demuestran una talla más que aceptable. 

Por desgracia el disco pasa casi desapercibido salvo en Mallorca (tal vez demasiado vanguardista para el momento), pero EMI les da una nueva oportunidad el año siguiente. Y entonces nos sorprenden con otras tres versiones poco frecuentes: el “Turn, turn turn” de los Byrds, “The last very day” de los Hollies y “Something better beginning” de los Kinks. Y añaden la única pieza propia de su corta carrera, “No me dejas vivir en paz”, que casa perfectamente con las otras. Su popularidad en Mallorca queda patente con la llegada a la isla de los Kinks, en cuya actuación figuran nuestros amigos como teloneros, pero nunca pasaron de ahí: no hubo más discos, y sus actuaciones fueron declinando hasta su desaparición a finales de la década. Porque la palabra "desaparición" es la más ajustada: salvo Dito, que regentó un bar psicodélico muy popular en la Deya de principios de los años 70 (El bar de Dito), de los demás no se recuerda nada. Pero en fin, quedan sus discos: del primero he elegido la magnífica versión de “You’re no good” y del segundo su única pieza propia, como no podía ser de otro modo. Si no los conocen, puede que les sorprenda su nivel. 



Y ahora vamos con Mike y los Runaways. De estos sí conocemos su vida con pelos y señales; no por su fama en aquel momento, y mucho menos por su producción discográfica (un solo EP en España), sino por lo que vino luego. La historia comienza en 1963, cuando un pequeño grupo local llamado Lom and The Cries comienza a actuar en un hotel de la zona. Y al igual que pasó con los Salvajes, Javaloyas y tantos otros grupos mediterráneos, uno de los clientes del hotel resulta ser un alemán que está metido en el negocio musical de su país, y que ante la destreza de estos chicos les propone un viaje a Colonia para actuar durante un mes allí. Por entonces, la alineación del grupo era la siguiente: al micrófono Lucio San Eugenio; Tony Obrador, guitarra solista; Florencio Pacual, rítmica; Miguel Vicens, bajo; Pablo Sanllehí, batería. Pero justo al llegar a Colonia, a mediados del 64, resulta que Lucio, su cantante, se pone enfermo y ha de volver a Mallorca. Ante lo cual sus compañeros, que no quieren renunciar a la posibilidad de hacerse unos ahorros en la potente Alemania, buscan desesperadamente una voz y se encuentran con un tal Michael Kogel, que ya ha grabado algunos singles con el nombre de Mike Rat, una variante gamberra de Mickey Mouse. Ese cambio de voz trae consigo un nuevo nombre para el conjunto: Mike Rat and The Runaways.

Entre la demostrada talla técnica del grupo y la voz privilegiada de Mike, los Runaways consiguen que la gira se amplíe del mes inicial a nueve; y sobre todo, algo que ningún otro grupo español consiguió allí: sus actuaciones en el club de Colonia son grabadas y publicadas a principios de 1965 en dos Lps -alemanes, por supuesto. El primero aparece con el título “Live recording from Kaskade Beat Club, Cologne”, y lo presenta Ariola; que poco después y por medio de su filial Baccarola aprovecha el material sobrante y lanza otro con el título de “Live recording beat” sustituyendo el nombre del grupo por el de “Beat-Mixers”. Si se ponen a buscarlos, ya les aviso de que su rareza los hace carísimos. Pero lo curioso del asunto es lo bien que suenan (claro, grabando en Alemania…) y, mejor aún, lo bien que se desenvuelve el grupo: la sucesión de versiones del repertorio americano más algunas de Beatles, Yardbirds o Stones, demuestran -además de la voz agraciada de Mike, aunque en algunas solo hace labores de acompañamiento- una talla técnica muy notable. Y con esos avales vuelven a Mallorca incluyendo al rubio cantante teutón, aunque él aún no lo tiene muy claro. Ahora son una celebridad en la isla, y EMI (cómo no) los ficha para publicar a toda prisa un EP que saldrá en otoño de 1965 y que, seamos honrados, no es ninguna maravilla: cuatro versiones correctas, de las cuales en dos ni siquiera oimos a Mike (ya sin el Rat), que no tiene ni idea de español y es sustituido por sus compañeros. El disco pasa sin pena ni gloria, un revés al que se añade la caida de su guitarrista Florencio Pascual en las redes de la mili. El futuro se presenta inquietante... 

Y es justo entonces cuando los Sonor entran en escena; bueno... la mitad, para ser exactos: recordarán ustedes que ese cuarteto queda reducido a dúo con la marcha de Carlos Guitart para crear los Flecos seguida por la de Jorge Matey con destino a los Pekenikes. Pero poco antes habían actuado en Mallorca, donde coincidieron y congeniaron con los Runaways. Y como el nombre comercial “Sonor” tiene mucho tirón en la capital, Manolo Fernández y Tony Martínez, los dos que quedan, intentan seguir adelante y ofrecen un puesto a Miguel y Pablo… Hombre, y ya puestos no nos vendría mal el vozarrón y la percha del alemán ese… Y se juntan los cinco, y los dioses son propicios, y aunque la primera idea es seguir con el nombre de “Los Sonor”… 

Snif… Aquí tienen dos versiones de los Runaways, una de su gira alemana y otra de su EP. La primera es el “Route 66”, que graban bajo el nombre de Beat Mixers: no desmerece frente a la de los Stones, y menos aún a la de los Sirex. Sobre la segunda, “Evil hearted you”, la pieza de Gouldman con escalas españolas que popularizaron los Yardbirds, circula una leyenda urbana que afirma que el mismísimo Jimmy Page la oyó y quedó encantado... No sé: aunque el nombre de ese guitarrista volverá a aparecer pronto en la carrera de “los nuevos Sonor”, y aunque como leyenda tiene un pase, me permito dudarlo. Pero más delirante es la “versión larga”, que afirmaba que Page, alucinado con la tremenda voz de Mike, pensó en él para sus futuros Led Zeppelin… 




Y no hay más incidentes en Mallorca, de momento. La verdad es que, salvo dos nombres que nos esperan al sur de la península, ya casi hemos completado esta polvorienta travesía. Así que les ruego un último esfuerzo: traten de sobreponerse pensando en la vuelta al hogar y una buena ducha. 



miércoles, 25 de septiembre de 2013

España: la travesía del desierto (XXIII)


Por lo que hemos visto y veremos, resulta evidente que los músicos valencianos y en general de cualquier otro sitio que no sea Madrid o Barcelona juegan en desventaja: con el único apoyo de las radios y algunas actuaciones esporádicas en esas dos ciudades, resulta muy difícil hacerse un nombre a escala nacional. Por otra parte, el presupuesto que los sellos discográficos destinaban a promoción era muy pequeño y solía emplearse en los grupos consagrados; e incluso sobre las radios habría mucho que hablar, ya que parte de ese presupuesto iba a parar, de un modo u otro, a ellas (por Dios, no me malinterpreten: no estoy sugiriendo que hubiese payola ni nada parecido, ¿eh?). Como consecuencia, los dos únicos nombres realmente populares fuera de Levante eran los Javaloyas y Bruno: de la existencia de los demás solo se enteró un ínfimo porcentaje de aficionados, lo que incidió decisivamente en la carrera de los Milos, los Top-Son y los dos grupos que se presentan hoy aquí, con los que rematamos nuestro viaje valenciano: Los Pantalones Azules y Los Protones. 

Los Pantalones Azules fueron tan populares en su tierra como los Milos, hasta tal punto que la masa de fans valencianas tenía el corazón partido entre unos y otros (las milongueras “vs.” las pantaloneras: con eso está todo dicho). Se trataba de un dúo (Tito Pemán y Victor Ortiz) inspirado en el Dúo Dinámico, y que como ellos alternaban las versiones de los clásicos del momento con piezas propias. Sin embargo ahí terminaban las similitudes, ya que a diferencia de Manolo y Ramón, que cubrían una gran cantidad de géneros, Tito y Víctor eran decididamente rockeros. Y eso, en aquella época, significaba mucho prestigio pero un futuro dudoso. Su empaste vocal era magnífico, aunque un poco más agudo que el de sus vecinos de Barcelona, y eso les hizo ganar allí un concurso nacional, celebrado en 1961, que los llevó a Discophon (donde ya estaban los Milos). Tras la españolización de su nombre artístico -los Blue Jeans- entran a toda prisa en el estudio para grabar su primer EP. 

En ese disco hay dos piezas propias: aparte del “Mess of blues” de Elvis y la standard “Jezabel”, encontramos “Cosa buena” y “Baila, nena”, que hacen juego perfectamente frente a las otras; la prueba está en que sus ventas fueron magníficas -teniendo en cuenta la época y el lugar- e hicieron que Discophon apremiase al dúo para publicar un nuevo disco poco después del anterior, y que tal vez por las prisas no tiene material propio. Sin embargo ahí encontramos la primera versión que se hizo en España de “Johnny B. Goode”, del maestro Berry, una versión bastante alocada y humorística que nos muestra el risueño carácter de estos muchachos. Y ahí termina la carrera de los Pantalones Azules, ya que poco después Víctor se va a cumplir sus obligaciones militares con la Patria mientras Tito se marcha a Ibiza, se enamora de una señorita americana y volarán juntitos a su país, del que no han de volver: felicidades a la pareja. Pero Víctor, que lleva el veneno el cuerpo, cuando termine la mili nos alegrará la vida creando los Huracanes; sí, el grupo en el que también veremos a Pascual Olivas. Lo cual significa que en los Huracanes se encuentra el espíritu de Milos y Pantalones Azules. ¿No es emocionante?

Pero no adelantemos acontecimientos. Dos discos, grabados en 1961 con el apoyo de músicos de estudio, son en definitiva todo el capital de este dúo. El sonido es deficiente: han de cubrir las carencias técnicas con mucha voluntad y, por qué no decirlo, con un cierto grado de inmadurez… pero quizá por eso se hacen más entrañables. Aquí les dejo una muestra de cada uno: “Cosa buena” y la versión de Berry. Si las juzgan con un poco de benevolencia, es posible que las encuentren encantadoras. 



Los Protones pertenecen ya a una segunda oleada de grupos volátiles cuya corta vida se desarrolla entre finales del primer quinquenio y principios del segundo. Fue una época turbulenta en la que muchos músicos aficionados al beat acabaron siendo desbordados por la velocidad evolutiva isleña: la mayor parte de ellos cayeron con la llegada del r´n´b, un estilo al que la mayoría no supo acoplarse. Aunque en este caso nunca sabremos si tenían futuro o no, ya que la maldita mili nos dejó con la duda. Se trataba de cuatro amigos con formación académica que habían comenzado en rondallas y tunas para crear luego su primera agrupación, llamada “El pequeño coro”. Sin embargo, la llegada de los Beatles los revolucionó: se pasaron inmediatamente a los instrumentos eléctricos y, capitaneados por Jose Antonio Ferrando -que de la guitarra acústica pasó a la solista-, comenzaron a ensayar “Please please me” como locos -según recuerda Francisco Crespo, que del oboe pasó al órgano y ocasionalmente tocaba la guitarra rítmica. Los otros dos componentes del nuevo conjunto eran Abel Mena, que de pronto desterró su clarinete para colgarse un bajo, y Pepe Morato, estudiante de percusión, que inevitablemente se sentó a la batería. O sea, que estamos ante un caso de enajenación repentina parecido al de Pedro Gené y sus primeros Lone Star. 

La producción discográfica de los Protones es tan escuálida como la de los pantaloneros: dos Eps, el primero grabado en 1965 y el segundo al año siguiente. Sin embargo llama la atención el hecho de que su debut está compuesto íntegramente por piezas propias, lo cual no era muy frecuente en la época; y aunque hay una cierta candidez en el tono beat de esas canciones, se nota el dominio instrumental. Al igual que pasó con el dúo, las ventas son suficientes como para que su sello (EMI) se ilusione y proponga la grabación de un segundo disco en el que hay dos versiones olvidables (la comparación de “Time is on my side” de los Stones con la de los Protones resulta lastimosa) y dos nuevas obras propias, que son las que lo salvan. Pero poco después la mili comenzará a llevárselos: a la vuelta solamente seguirán en el negocio Abel Mena y Pepe Morato, que en 1969 pasarán a formar parte de… ¡Los Huracanes! 

De su primer EP, otra delicia naif, he elegido “Si alguna vez”, una pieza beat acompañada por una escala de guitarra que parece evocar a los Beatles dando la mano a los Shadows (ya, ya sé que no es para tanto; pero algo de fantasía podremos echarle al asunto, ¿no?). Y del segundo, “No te dejaré”, que demuestra una evolución hacia un sonido más compacto y que nos hace fantasear con la posibilidad de algo superior en un futuro que no llegó a materializarse por culpa, una vez más, de la Patria y sus urgencias... bueno, y del poco interés real que EMI puso en su difusión, todo hay que decirlo. 




Y aquí termina nuestro recorrido valenciano. Pero aprovechando que Mallorca nos queda muy cerca, vamos a dar un salto para ver si ya hay señales de vida por allí (aparte de los Javaloyas, que dominan ambas orillas y a los que muchos consideran mallorquines antes que valencianos). En todo caso y por si no las hubiera, lleven el bañador: algo sacaremos en limpio 


martes, 17 de septiembre de 2013

España: la travesía del desierto (XXII)



Hoy nos toca seguir la pista de Vicente Castelló y Pascual Olivas, los dos antiguos compañeros de Bruno en los Milos. Su idea es seguir adelante sin él y buscar un sello discográfico donde las condiciones técnicas sean mejores que en Discophon, y tienen suerte: EMI, que parece acapararlo todo, los recluta para La Voz de su Amo. Pero Discophon les advierte de que es la propietaria oficial del nombre “Los Milos”, un hecho que hoy puede parecer extraño pero que en aquella época era muy frecuente (los músicos españoles, por lo general, solo eran dueños de sus propias vidas. Y aún eso podría discutirse). Así que Vicente decide que a partir de ahora se llamarán los Top-Son. 

Pero el lío no termina aquí: es entonces cuando nos enteramos de que los Milos habían dejado grabadas cuatro canciones para un quinto EP que no llegó a salir en Discophon porque ya habían fichado por EMI. Y a finales del 63 su nuevo sello publica ese disco bajo el nombre de los Top-Son… con una bonita portada donde vemos a los tres Milos. Curioso. No me extraña el cabreo de Bruno al volver de su primer viaje francés y encontrarse con los hechos consumados. Porque además de todo lo anterior resulta que ese disco, por mucho que figure el nuevo nombre en la portada, es sin duda alguna el mejor del difunto trío. Hay dos versiones: “La tierra”, una de las standards más populares de la década, y “Cien kilos de barro”, que no le iba a la zaga -y en ambas Bruno demuestra una gran progresión. Las otras dos son originales, compuestas por Pascual: “Recuerdo de verano”, un poco afectada, y “Twist a María Amparo”, que causó una revolución en Valencia y más allá. En teoría el gancho del disco era la versión de “La tierra” (que figuraba en letras mayores con el nombre de “Chariot”, su título en las versiones francesas), pero María Amparo ganó la partida hasta tal extremo que incluso el propio Bruno la incluyó en su repertorio. Aquí la tienen, con su entrada guitarrera en plan Batman. 


Y llegamos a 1964. Conviene publicar ya otro disco para aprovechar el rebufo del anterior; pero el ahora dúo no ha elegido aún sus nuevos acompañantes, así que en la portada de ese disco solo se les ve a ellos dos. En la grabación participan tres músicos adicionales, entre ellos el bajista José Escribá, que pronto será un miembro imprescindible de los Top-Son como arreglista. Este nuevo disco, casi de circunstancias, tiene una pieza original y tres versiones (el “Jersey azul” de Adamo, “Despeinada” de Palito Ortega y “Your baby’s gone surfin” de Duane Eddy) que ya habían sido hechas en España por varios intérpretes y que los Top-Son no superan. La nueva original, “Te encontré”, casi acústica y desangelada, no aporta mucho; por otra parte la voz de Vicente, que ha de luchar contra el espectro de Bruno, necesita más rodaje. Algo parecido pasa con el siguiente y último de ese año, aunque al menos ya tenemos definido un quinteto: junto a la confirmación de José Escribá entran Alberto Gómez en la batería y Miguel Herránz en los teclados. Hay otras tres versiones decentes y una pieza original, “Si vuelvo a jugar”, que no pasa de mediocre. Pero como curiosidad tal vez les interese la versión de “Lovesick blues” que popularizó Hank Williams y que ellos convierten en la única pieza instrumental de su carrera con el título de “Blues de añoranza”. Oyéndola, uno no puede evitar la idea de que tal vez les hubiera ido mejor siguiendo el ejemplo de los Relámpagos; es decir, prescindiendo de la voz, que para mí fue el punto débil de este grupo. 


Los Top-Son se han hecho más famosos por sus actuaciones que por sus discos; y eso está muy bien, pero por desgracia su fama no va mucho más allá de Levante, donde son unos verdaderos ídolos: al igual que Bruno en sus primeros tiempos, poca gente los conoce en Madrid, aunque llegaron a actuar allí más de una vez. Y en 1965 llega su último EP, al que los cronistas definen como el mejor pero que en realidad no es muy diferente a los anteriores: es el más vendido, lo cual no significa exactamente lo mismo. Y esas ventas son debidas a una sola canción, que se convierte en el santo y seña del grupo: una vez más la compañía discográfica yerra el tiro poniendo de gancho en la portada del disco “Me has cazado”, una versión anodina de “You really got me”, que no llega ni de lejos a la altura de otras que se han hecho en español. Pero el verdadero bombazo lo constituye “Viva la gente” (y no, no es esa que ustedes están pensando), una nueva pieza de Pascual, un tanto infantil aunque con tono “reivindicativo”, que se convierte casi en un himno por aquellos lares. Gustará o no, pero fue su canto del cisne. 


Tras este disco Pascual Olivas, la máquina pensante del grupo, decide marcharse en busca de emociones más fuertes: le han ofrecido un puesto en los Huracanes (nombre a recordar para el próximo quinquenio, ya que será uno de los orgullos de Valencia y en general de todos los españoles de bien). Y aunque las actuaciones van a buen ritmo durante lo que resta del año 65, pronto comienza un trasiego de músicos que preludia el fin: los Top-Son se disuelven poco después. Aunque con el paso del tiempo algunos de los miembros originales volvieron a las andadas: el circuito de la nostalgia los tiene aún hoy en nómina. 


miércoles, 11 de septiembre de 2013

España: la travesía del desierto (XXI)


Aquí lo tenemos: Bruno Lomas, el nombre que faltaba para completar la trinidad de los grandes solistas rockeros españoles en los años 60 junto a Miguel Ríos y Micky. Es la mejor voz de las tres -de eso no hay duda- aunque su carrera está infravalorada por las mismas razones que las de los otros dos: una trayectoria musical un tanto errática, lastrada por el hecho de que al abandonar a su grupo y seguir en solitario su sello le obligó a mantener un perfil de baladista que no le hizo ningún favor. Pero además hay que añadir un carácter inmaduro con rasgos conflictivos: su excesiva afición por los coches veloces y las armas, sumada a una ideología de extrema derecha que lo llevó a Fuerza Nueva (por no hablar de su obsesión con el esoterismo y los ovnis), constituyen una carnaza biográfica que los medios periodísticos no dudaron en aprovechar. Y con su muerte en uno de sus incontables accidentes automovilísticos pareció morir también su obra, ya que las citas que suelen hacerse de él son cortas y apresuradas. Da la impresión de que los comentaristas se sienten incómodos ante la evocación de su nombre, de que aún no se le han perdonado aquellas veleidades. 

Habíamos dejado a Emilio Balldoví volviendo a Francia en 1963 con los Diávolos tras la ruptura con los Milos, sus anteriores socios, gracias a una oferta de Johnny Stark, el manager de Johnny Hallyday. Una oferta que tiene toda su lógica, ya que son dos estilos similares: tal vez Stark haya comprendido que el español tiene mucho futuro si se da a conocer en un país con menos estrecheces que las que sufre por entonces su patria. En este segundo viaje el destino final es París, donde actúan en varios locales hasta llegar al Olympia, la cumbre. Y justo en tal olimpo es donde Bruno Coquatrix, el dueño de esa sala entre otras muchas cosas, rebautiza a Emilio con su propio nombre: Bruno et ses Rockeros recorren media Francia durante casi un año -donde graban un single patrocinado por Coquatrix-, la gira se amplía a varios paises del centro y norte de Europa y vuelven a España forrados, con un equipo que será la envidia de los músicos nacionales. Para completar la metamorfosis se desprende de sus gafas, se cambia el flequillo y se adjunta el “Lomas” (en honor según él a unas lomas que veía al pasar por una carretera de Valencia). 

El single en cuestión resume muy bien la ambivalencia de Bruno: la cara B contiene “Perfidia”, un bolero clásico del repertorio latino que los Rockeros “aceleran” dándole un leve tono surf que la hace deliciosa. Y en la cara A encontramos la primera composición propia de nuestro amigo: “Sí sí, nena” un rock and roll blanco del cual en su época se sugirió que tal vez se trataba de una copia del “Whole lotta shakin’ goin’ on” del eximio Jerry Lee Lewis. Es cierto que tiene un aire con ella, pero no tanto como para considerarla un plagio. Es una buena canción, y tal vez por el valor añadido de ser su primer intento como compositor le cogió tanto cariño que la regrabaría para incluirla en su primer disco grabado en España; aunque yo prefiero esta, que muestra con más fidelidad su potente tono vocal. 


A finales del año 64, de vuelta aquí y a pesar de su éxito en Francia, Bruno se enfrenta a la evidencia de que ha de volver a empezar desde cero en su propio país: Los Milos fueron un grupo minoritario, y solo Valencia conoce el increíble magnetismo de su voz. El modo más rápido de trascender es presentarse y por supuesto ganar en un concurso musical de talla como es “Salto a la fama”, un salto que lo lleva directamente al gigante EMI, donde vivirá su mejor época grabando en el subsello Regal. Poco a poco se va haciendo conocido a nivel nacional, y la mejor demostración es que en 1965, el primer año de su nueva carrera, graba nada menos que siete Eps, algo que ningún debutante había conseguido hasta entonces. Pero como la época del rock and roll está declinando, la mayor parte de su material se inspirará en el beat y las piezas melódicas: en su primer EP vemos una digna versión de “La casa del sol naciente” (aunque no llega a la altura de la que hicieron Lone Star) y otra del “Sweets for my sweet” de los Drifters, que él convierte en “Por ese amor”, muy bien defendida. Las otras dos canciones son suyas: el “Sí sí, nena” que había escrito para su single francés, y “Ahora sé”, una bonita canción que reitera la talla de Bruno como compositor, sin nada que envidiar al resto de la producción nacional. En cuanto a los Rockeros, ya le están disputando a los Relámpagos el título de mejor grupo de acompañamiento. 


Su fama, que en Levante es enorme, se va ampliando al resto de España a base de grandes versiones del rock and roll tradicional y el moderno beat alternando con baladas en las que se le ve muy cómodo, gracias a ese chorro de voz que posee. Y su definitiva inclusión entre los grandes llega con un nuevo festival, esta vez el de la Canción Mediterránea, en pleno verano: con “El mensaje”, compuesta por el Dúo Dinámico, consigue el segundo puesto y la fama nacional (aunque se trata de una balada sin mucho gancho, las cosas como son). Desde ahí hasta final del año siguen apareciendo nuevas grabaciones de Bruno con una regularidad casi mensual, lo que por supuesto no es garantía de que todas las canciones hayan sido bien elegidas. En su último disco aparece una versión excelente del “I got a woman” de Ray Charles, donde se demuestra que Bruno sabe dar la talla enfrentándose a los grandes; aunque tal vez tanto EMI como él deberían dosificar con más tranquilidad el ritmo de publicaciones para no quemarse. 


Como ya saben los asíduos, esta travesía española abarca el primer quinquenio de la década; lo cual implica que aquí dejamos de momento la trayectoria de Bruno, como hemos hecho con los demás protagonistas de nuestro viaje. Pero puedo adelantarles que en 1966 EMI lo convencerá para que prescinda de los Rockeros y se anuncie con su solo nombre (“eso de Fulanito y los Otros ya no se lleva”). Es una decisión difícil, que lo llevará hacia un terreno más cercano a los crooners y que ya veremos si le compensa o no: con esa duda nos quedamos. 

Ah, y una vez más he de recomendarles que se den una vuelta por el local del señor Sebas, que de nuevo supera de largo este post con un sentido y profuso retrato de Bruno: es paisano suyo, y con eso está dicho todo. 


 


miércoles, 4 de septiembre de 2013

España: la travesía del desierto (XX)


Después de haber rendido homenaje a los Javaloyas (el nombre más popular de la zona con mucha diferencia) y por extensión a todas esas sufridas agrupaciones que animaron el panorama musical de aquella oscura España, seguimos nuestro viaje levantino en la búsqueda de ofertas un poco más ajustadas a nuestras querencias. Y el primer grupo decididamente "moderno" de la comunidad valenciana son los Milos, un trío de corta existencia pero que en su momento resultó novedoso ya que su repertorio, a diferencia de la mayoría de sus paisanos, se basa principalmente en los ritmos americanos antes que los italianos o franceses aunque también tengan piezas de ese estilo. Por otra parte fue la agrupación que dio a conocer a una de las grandes voces rockeras nacionales: Bruno Lomas, nada menos. 

Hay que reconocer que su actitud es casi heroica: alternando los estudios con la afición musical (a pesar de alguna oposición paterna) y con una instrumentación primitiva supieron hacer de la necesidad virtud, ya que en sus principios los Milos disponían de dos guitarras acústicas y una eléctrica de construcción artesanal. Sin bajo ni batería, era evidente que su única posibilidad estaba en conseguir unas voces bien conjuntadas, al estilo de los Everly Brothers o la escuela duduá de Dion con los Belmonts, y a ello se ponen a finales de 1959 Emilio Balldoví (voz principal y guitarra ocasional), Salvador Blesa (guitarra solista y voz) y Vicente Castelló (rítmica y voz). Hubo en los primeros tiempos un cuarto componente llamado Ramón Pellejero, que se marchará muy pronto y que poco después comenzará a hacerse conocido con su nombre en catalán: se trata del señor Raimon, uno de los máximos exponentes de la Nova Cançó. Vicente, el mayor, tiene amistades en los Estados Unidos, y gracias a eso van recibiendo información y discos que definitivamente revolucionan a los otros dos. Y el más afectado por la exposición a tales sonidos resulta ser Emilio, admirador de Buddy Holly hasta tal extremo que adopta su estética gafapasta y se nos presenta en las fotografías con ese adminículo innecesario en él; pero además el trío luce en sus primeros tiempos unos vistosos pantalones de cuero negro, un hecho que hoy nos puede parecer nimio pero que resultó poco menos que revolucionario en el apacible Levante de la época. 

Sus comienzos resultan meteóricos, ya que en menos de un año actúan en varias salas, ganan un concurso de nuevos talentos, saltan a Barcelona, llegan a la televisión y de ahí a grabar su primer EP. Por desgracia Discophon, el sello recién creado que les toca en suerte, no es precisamente un prodigio tecnológico; y ese hecho, sumado a la pobre instrumentación del trío -acompañado por una base rítmica de alquiler- hace que nos hallemos ante un artefacto de sonido rudimentario. Por otra parte, aún están verdes: la selección no es mala (“Be bop a-lula” o “Teddy girl”, por ejemplo), pero se nota que necesitan rodaje. Tal vez deberían haber esperado un poco más. El disco pasa casi desapercibido, pero en 1961 la situación mejora bastante con el segundo: aunque el sonido sigue siendo deficiente, se les ve más conjuntados. Y como era de esperar, por fin llega el homenaje debido a Buddy Holly: “Rave on”, que ellos traducen como “Estoy chispa”. No tiene la fuerza del original -con esa instrumentación es imposible- pero sus voces bien empastadas la defienden con dignidad. Por otra parte, y a pesar de algún detalle sonrojante como esos “Love me for ever” que se oyen a veces, Emilio ya suelta algún gritito y Salvador demuestra su habilidad con los punteos. 


Aunque esa grabación no sea precisamente un éxito, los hace suficientemente populares como para dedicarse con más empeño a la profesión y mejorar su equipo. Y poco después, a finales del verano del 61, llega el momento cumbre de los Milos con su siguiente disco, ya que en él se encuentran las dos versiones más recordadas del trío: la inevitable “Zapatos azules de gamuza”, el gran y único éxito del señor Perkins, y “Lucille”, demostrando con ella que también el rock and roll negro de los santones como Little Richard estaba en sus preferencias. Ah, y el bueno de Emilio comienza a desatarse, sobre todo con la de Richard



Y llegamos a 1962, un año turbulento que marca el final del trío. Salvador, el más serio, decide que aquel no es su mundo y abandona para seguir sus estudios, siendo sustituido por Pascual Olivas; con él graban su cuarto disco, que resulta ser horroroso y no porque yo lo diga sino porque ellos mismos lo reconocieron: el sonido es especialmente malo, y el salto del rock and roll al madison los convierte en un supuesto grupo de baile con un estilo que no es el suyo. Son contratados para una actuación en Valencia junto a Johnny Hallyday poco después, y el mánager de Johnny les ofrece una gira por el sur de Francia. Pero lo que pudo haber sido un relanzamiento se convierte en el golpe de gracia, ya que solo Emilio acepta el reto; los otros dos, que consiguen un nuevo contrato con EMI, se desentienden de él e intentan seguir adelante con nuevos miembros. Y resulta que Discophon es la propietaria del nombre, lo cual les obliga a buscar uno nuevo: a partir de ahora serán los Top-Son, que arrancan a finales del 63 como dúo y del que hablaremos pronto.

Aunque hablaremos antes de Emilio, que se asocia a toda prisa con los Diávolos (un pequeño grupo valenciano) para que le acompañen a Francia. Y a la vuelta se encuentra con el lío Milos/Top-Son, del cual nadie le había informado. Así que decide olvidarse de sus antiguos compañeros, rebautiza a los nuevos como “Los Rockeros” y vuelve a Francia, donde también él se rebautiza: ahora se hace llamar Bruno Lomas. Y claro, dicho esto ya se pueden imaginar de qué va el próximo rollo que les aguarda en este tugurio. 


jueves, 29 de agosto de 2013

España: la travesía del desierto (XIX)



Aquí estamos otra vez, prosiguiendo con nuestro viaje por las catacumbas yeyés nacionales. Tras despedirnos de Barcelona bajamos a la vecina comunidad valenciana, donde a principios de la década de los 60 también las influencias francesa e italiana son predominantes, como ocurre en toda la zona mediterránea incluyendo las Baleares (al menos de momento: el segundo quinquenio en esas islas ya será más variado). Por otra parte y gracias al turismo incipiente que comienza a poblar la costa desde años antes, surgen algunas agrupaciones “híbridas”, a medio camino entre orquesta y conjunto, que consiguen vivir con soltura actuando en salas de fiestas o en hoteles con su propio espacio para bailes: la mayoría de esos grupos se limitan, al estilo de las orquestas, a retransmitir con la mayor fidelidad posible los grandes éxitos de cada uno de los géneros de moda, que en aquella época eran los hispanoamericanos. Y una de esas agrupaciones, creada ya en 1952, quedará para la Historia como el primer conjunto español, con los matices que son del caso: se trata de los Javaloyas, que serán también los más longevos ya que a través de sucesivos cambios de plantilla duraron casi cincuenta años. 

A los Javaloyas el tiempo no los ha tratado bien, a pesar de que su producción discográfica es muy amplia y en los años 60 fueron casi tan populares como Mustang o Sírex, además de tener unas cuantas piezas propias. Es de suponer que hay un cierto desdén hacia ellos por esos orígenes híbridos de los que hablaba antes: carecen del pedigrí “vanguardista” de los Estudiantes o Lone Star, verdaderos conjuntos desde el principio, seguidores de los géneros más modernos, arriesgados; pero en su estilo tenían un calidad técnica imbatible, y supieron ir amoldándose poco a poco a la actualidad aunque sin perder de vista su vocación de animadores profesionales. El creador y líder de esta agrupación es Luis Javaloyas, un músico valenciano que recluta a otros cuatro camaradas para amenizar fiestas y demás saraos en su comunidad, pronto también en las Baleares y luego en media España a base de sambas, boleros y demás material en boga por entonces. Su profesionalidad es absoluta, y al estilo de las orquestas se presentan uniformados, sin dar una nota de más y con una férrea disciplina; esa seriedad, unida a un gran dominio técnico de los instrumentos (aunque con el paso del tiempo ha habido muchos cambios, casi todos los que han estado en este grupo tienen carrera musical) y un profundo conocimiento de los géneros, hace que su fama los lleve ya en 1953 a Argel, donde además de las actuaciones entrarán por primera vez en un estudio de grabación. 

Antes de que comience la década de los años 60, los Javaloyas han actuado en medio mundo: Francia, Italia, Alemania e incluso países más exóticos como Japón, Jordania o Irán conocen ya su amplio dominio de todo tipo de estilos, y han participado en películas además de grabar algunos discos y acompañar en Francia a luminarias como Luis Mariano o Charles Aznavour. Y por cierto, son también los primeros políglotas del negocio en España, ya que no tienen ningún reparo en cantar en inglés, francés o italiano. En 1961 llegaron a compartir escenario en el Star Club de Hamburgo junto a unos desconocidos Beatles, y durante toda esa década su fama tanto en España como en gran parte de Hispanoamérica fue muy grande. Sin embargo, su predilección por las piezas tradicionales del repertorio “latino” hizo que el público moderno nunca los tomase en serio: según su criterio, los Javaloyas eran un grupo para mayores. Pero no se puede negar su tremenda popularidad y la ingente cantidad de discos que grabaron. Y también, de vez en cuando, se atrevían con canciones más actuales, donde el bueno de Luis se lucía con esa voz digna de mayores hazañas. He aquí tres buenas muestras: “Hippy hippy shake”, “Skinny Minnie” y “Gimme some lovin”. Aunque en las dos primeras se nota su querencia de orquesta tradicional, la de Winwood y sus amigos ya tenía otro vuelo. 





Creo que los Javaloyas, como otras agrupaciones de este estilo, merecen al menos un recuerdo. No pasarán a la Historia como innovadores, pero esa profesionalidad y una trayectoria tan extensa los dignifica. Y la misma dignidad tuvieron los Tamara en Galicia (ya se me ha visto el plumero), los Archiduques en Asturias y algunos más cuya memoria casi ha desaparecido pero que en muchas ocasiones supieron actualizarse y cumplieron un papel tan importante como los “respetados”: gracias a la radio y a sus actuaciones en los puntos más recónditos de la geografía, a muchos jovenzuelos de provincias les entró el gusanillo en el cuerpo y se pusieron luego a investigar otras opciones. Y es de bien nacidos ser agradecidos.