Bienvenidos a la fiesta. Bueno… en este caso guateque, que suena igual de español pero mucho más de la época. Hoy trataremos de hacer los honores a unos cuantos nombres que, si no alcanzaron la trayectoria de los que se han visto en esta serie, tienen alguna canción digna de ser recordada (y en muchos casos, más de una). Nombres que, bien por su escasa creatividad, por el desprecio de su propio sello, la guadaña del servicio militar o incluso la oposición paterna, no pasaron a la Historia más que como nota a pie de página. Como es norma en las fiestas de este local, tienen a su disposición 12+1 piezas; y como también suele suceder aquí, nuevamente les ruego su benevolencia ante el sonido defectuoso de algunas de ellas.
Como caballeros que somos, las señoritas primero. No soy yo muy aficionado a las chicas ye-yé españolas, que me parecen por lo general bastante descafeinadas. Pero antes de que ese término se pusiese de moda, hubo al menos una que pudo haber llegado más alto de no ser porque sus papás le cortaron las alas: la madrileña Pilar García De La Mata Y Caballero De Rodas, que a pesar de su envergadura heráldica era bastante bajita; tanto que sus amigos la llamaban “céntimo”, y de ahí abrevió ella aún más para llegar a presentarse como Mimo. Bien, pues Mimo es la pionera de las chicas hispanas: nacida en 1942, a finales de los años 50 ya conoce el repertorio de Brenda Lee (la niña prodigio yanki de la época) y de figuras del highschool como Paul Anka. En 1959, sin que sus padres se enteren, se presenta a un concurso musical que gana con su versión de “Diana” y consigue grabar un EP de corta tirada, cantado en inglés y en ese estilo adolescente, bajo el nombre de “Mimo’s rock”, acompañada por músicos de estudio. Y aunque la familia García de la Mata (y Caballero de Rodas) se sube por las paredes, la niña sigue incordiando con una trayectoria que deriva hacia el rock and roll y sobre todo el twist: ese es su momento estelar, acompañada por los Jumps, un grupo en el que se encuentran los hermanos Morales -Junior y Ricky-, hasta que por fin los padres se ponen serios y la obligan a retirarse de esta plebeya y pecaminosa ocupación: en 1963 Mimo desaparece entre grandes lagrimones del horizonte yeyé poco después de haber cumplido los veinte años, con cuatro Eps en su haber. A veces se nota un excesivo tono de pijería en su voz, pero no puedo por menos que echar también yo una lágrima por ella. Y he elegido, de su tercer disco titulado genéricamente “Speedy González” (ya ven por dónde van los tiros), su magnífica versión de “Mr. Twist”: los Jumps, un simple grupo de acompañamiento que no llegó a grabar nada a su nombre, podían haber sido mejores que los Rocking Boys, y el resultado es que junto a ellos la versión de Mimo y su guitara supera a los gaditanos y a cualquier otra que se haya hecho en España.
A estas alturas ya conocemos a dos de los personajes que se harán imprescindibles en la música española de los años 60 como “manejadores en la sombra”: Maryni Callejo y Alain Milhaud. A Maryni la hemos dejado muy ocupada con los Brincos, y al joven suizo despidiéndose de Belter y Cataluña después de haber lanzado a los Gatos Negros para entrar en Columbia, donde en 1964 ya asciende de simple ojeador a productor. Y su bautismo como tal tiene lugar con los madrileños Cefe y Los Gigantes, a los que encuentra actuando en varias salas de baile. Se trata de un grupo beat con un cierto tono garajero que componía gran parte de su material, y que llegó a grabar dos Eps en 1965; pero poco después Ceferino Feito, el líder y principal compositor, cae en la leva militar y el grupo desaparece casi a continuación. No es que fueran unos genios, pero tienen canciones muy agradables como esta “Sin rencor” que abría su primer disco.
Durante la travesía hemos nombrado a algunos conjuntos que fueron lanzados con muchas ilusiones pero que cayeron pronto, y de todos ellos el caso más llamativo fue el de los Flecos. Cuando los Brincos comienzan a convertirse en fenómeno algunas discográficas tratan de buscar un filón parecido, y a ello se puso por ejemplo Vergara, de Barcelona, que era la equivalente en modernura a la madrileña Novola: sus contactos en Madrid consiguieron reunir a Pepe Barranco (Los Estudiantes), Pablo Argote (Los Pekenikes), Carlos Guitart (Los Sonor) y Carlos Sacristán (Los Flaps, un pequeño grupo de la capital que llegó a grabar cuatro Eps). La cosa, como ven, prometía. Vergara gasta también su buen dinero en presentaciones, equipo y trajes, pero al final el grupo se desinfla: tras un buen primer EP, en 1965, llegan otros dos en 1966 que demuestran la difícil adaptación a los nuevos ritmos que están barriendo al beat. Sus tímidas incursiones en el rock y el r’n’b no se ven correspondidas en directo, donde la mayor parte de su repertorio son piezas ajenas de años antes, lo cual indica un curioso desfase. Y ahí termina la carrera de un grupo que, con más creatividad, podría haber sido el puente entre Brincos y Bravos. En fin, aquí tienen “Estás lejos”, la canción que inaugura su primer disco.
Algo parecido aunque de menos altura sucedió con los 4 Jets, entre los que había dos personajes conocidos: el batería Eddy Guzmán, que abandonó a los Pekenikes para militar en este grupo, y el también filipino Ricky Morales, que junto a su hermano Junior ya hemos visto que estaba haciéndose un nombre en los Jumps. Sin embargo la cosa no funcionó, ya que sus versiones no se apartaban mucho de la tónica general (surf, escuela Shadows y algo de beat) y las piezas propias eran bastante mediocres: su gran talla como instrumentistas no impidió que después de publicar tres Eps entre 1964 y 1965 desapareciesen. He elegido como muestra de su nivel el “Zorongo gitano” de Lorca, que abría su primer disco y es la mejor versión que se ha hecho de esa pieza inmemorial.
Los Pumas, de Barcelona, son uno de esos conjuntos masacrados por el servicio militar pero que de todos modos probablemente no habrían llegado muy lejos: como otros muchos, lo suyo eran los bolos preferiblemente veraniegos en las salas de fiestas, en su caso por la Costa Brava. Tienen dos Eps, uno del 64 y el otro al año siguiente, compuestos por versiones que van desde Richard Anthony hasta Chuck Berry, lo cual demuestra que eran unos todo terreno. Y aunque ustedes puedan sospechar que mi debilidad por la música surf es la que me hace elegir precisamente “Pequeña Honda” les juro que no: creo que fue su mejor versión. Se trata de una pieza de los Beach Boys que representa muy bien su estilo cantarín y que los Pumas hacen más densa, más compacta. Puede sonar a sacrilegio, pero casi me gusta más que la de los Chicos de la Playa.
Volvemos a Madrid, porque de allí es el Dúo Cramer (yo los tenía "contabilizados" como barceloneses, pero afortunadamente un alma bondadosa me ha sacado del error). El tremendo éxito que el Dúo Dinámico tuvo desde el principio hizo que por todo el país surgieran parejas de músicos con el mismo tono que ellos; aunque, como en la primera época de los Top-Son, los Cramer son el resultado de la disolución de un grupo anterior: los Teddy Boys, que no llegaron a grabar. Entre 1962 y 1964 este dúo publicó seis discos de versiones que pasaron casi desapercibidos; aunque había alguna pieza realmente buena, y ese el caso de “Twist en blues”, contenida en su segundo EP. Claro que… es posible que les sorprenda lo buenos que son los músicos que les acompañan: se trata de los Relámpagos, que estaban por todas partes en aquellos tiempos. Ah, y los Cramer acabaron, cómo no, en la mili.
Y ya que hablamos del Dúo Dinámico, vamos a Valencia. También allí hubo algunos nombres hoy olvidados cuya historia tiene más fondo del que puede parecer, y los Ángeles Negros son un buen ejemplo. Su discografía se resume en un solo EP de 1965, pero desde dos años antes se habían hecho muy populares en las salas de la ciudad por su destreza técnica, que llamó la atención del dúo de moda: durante gran parte del año 64, fueron sus músicos de acompañamiento en varias giras y grabaciones. Por otra parte su cantante se haría famoso años después: se trata del malogrado Juan Camacho, al que oirán ustedes en “Me equivoqué”, mi pieza preferida de ese único disco que fue también la primera grabación de Juan. Por desgracia, la muerte en accidente de tráfico de Víctor Perusa, el batería, significó el fin del grupo.
Los Continentales, madrileños, podrían ser considerados casi como unos corredores de fondo, ya que consiguieron mantenerse en el negocio cinco años con cinco discos entre 1964 y 1967. Sus influencias son las clásicas del primer quinquenio, es decir, los sonidos surferos y la devoción a los Shadows; su técnica era muy buena, aunque su creatividad dejaba mucho que desear. Comenzaron fuerte -era uno de los grupos más aplaudidos en las matinales del Price-, pero cuando llegó el declive de las piezas instrumentales se quedaron en tierra de nadie: hay mucha diferencia entre sus dos primeros discos, que tuvieron una relativa popularidad, y la sucesión de palos de ciego que dieron después, entre baladas insulsas y una aproximación final a los ritmos soul que comenzaban a ponerse de moda y a los que llegaron tarde. Así que nosotros nos quedaremos con su época más interesante, que incluye versiones como este “Barco del amor”, donde se aprecia la gran maestría de Álvaro Yébenes, guitarra solista que luego fue el bajo en Los Canarios.
Precisamente en la última época de los Continentales militó Quique Martínez, el cantante de uno de los grupos madrileños que podía haber sido mucho más de lo que fue si su sello discográfico los hubiera promocionado en serio y la mili no los liquidase luego: Los Buitres. Forman parte de la segunda ola, que ya se centra en el beat e incluso el r’n’b y cuyas actuaciones resultan rompedoras. Sin embargo solo llegaron a grabar un EP, en 1965, que mereció más apoyo por parte de Columbia. Y poco después desaparecían de escena, aunque el valor de algunos de sus miembros fue reconocido: el batería Diego Cascado y Quique (que pronto abandonó a los Continentales) pasaron a formar parte de los Íberos, uno de los grandes grupos del segundo quinquenio; Y Santiago Villaseñor, el cantante y guitarrista que había sustituido a Quique, llegó luego a Los Ángeles, otra luminaria para el futuro. De ese único disco he elegido “Sensación”, la pieza que lo abre: tal vez no sea una joya, pero se nota un avance con respecto a los sonidos de otros grupos del momento.
La transición entre los ritmos del primer quinquenio y el segundo, como ya se ha visto en varios casos, acabó con la carrera de muchos conjuntos que no consiguieron ir tan rápido. Aunque algunos lo intentaron, y un buen ejemplo son los Tiburones, de Barcelona: solo publicaron dos discos, ambos en 1965, pero tratando de abarcar casi todos los géneros del momento. Sin embargo no eran compositores y por otra parte nunca salieron del circuito catalán a pesar de grabar en la todopoderosa EMI. Lo suyo en realidad eran las actuaciones en salas de bailes y circuitos veraniegos, y abandonaron pronto a pesar de su gran dominio de los instrumentos. Oigan si no esta espléndida versión de “Hi-heel sneakers”, un número 1 en los States a cargo de Tommy Tucker pero que solo los Tiburones atacaron en España.
Otro caso parecido fue el de los madrileños Shakers: su afinidad con las nuevas bandas británicas y sus vestimentas los hacían figurar como una de las primeras bandas garajeras mod de la capital, con un importante grupo de seguidores; pero la dificultad de trasladar su sonido en directo al disco, su escasa creatividad, el cambio contínuo de miembros y la poca ilusión que la RCA puso con ellos terminó con su carrera tras el segundo EP. Por otra parte eran mal vistos por la competencia, ya que en los Shakers militaban dos hijos y un sobrino de José Luis Saénz de Heredia, y sus frecuentes apariciones en televisión resultaban sospechosas. Sin embargo su solista Vicente Martínez y el trotamundos Ricky Morales, que venía de los 4 Jets y también pasó por los Shakers, acabarán luego en los Brincos, nada menos. Bien, pues de su segundo disco (ya en 1966) elijo “Me reiré”, una de sus escasas piezas propias. Es un tanto extraña, pero ya verán como tiene su gracia.
Y por fin… snif… la número 12. Mi favorita. Bueno, mía y de muchos otros frikis tanto nacionales como extranjeros, que también los hay. Verán ustedes: Hank Marvin, la maravilla con gafas de los Shadows, ha sido el referente de muchos guitarristas, tanto en aquella época como después. En una de sus piezas se le ocurrió darle la vuelta a su apellido, que leido así resulta ser “Nivram”… y ese es el nombre elegido por cuatro muchachos de Granollers para crear un grupo que, con solo dos Eps grabados entre 1965 y 66, han conseguido pasar a la Historia del mejor beat garajero de España, aunque España no lo sepa (gracias, básicamente, a la desidia de EMI). La mayor parte de las piezas son propias, y hay al menos dos o tres sobresalientes; pero la mejor, la más tremenda, la joya de la corona beat nacional para muchos coleccionistas, es sin duda alguna “Sombras”. Lo tiene todo: una escala obsesiva de guitarra en ocho notas que por momentos preside la canción y durante el desarrollo va semioculta, como una sombra; el acompañamiento de bajo, batería y rítmica es soberbio; hay un saxo que cuando aparece redondea la pieza; los coros proclamando “sombraaaas” animan el conjunto… y la letra es, efectivamente, sombría. Si esta canción llega a ser de los Kinks, los Hollies o cualquier otro grupo isleño de la época ahora estaría en un pedestal, pero la crearon los Nivram, un grupo formado por los tres hermanos Mauri, hijos de músicos profesionales, junto al guitarra solista Josep Sala. La mili, una vez más, acabó con ellos: cuando salieron de esa sombra intentaron volver al negocio, pero su época había pasado.
Fuera de programa, como es norma aquí, se presenta la selección 12+1. Una pieza que salvo en México tal vez sea más conocida por los aficionados al buen cine que a la música yeyé, puesto que fue “descubierta” por Luis Buñuel. Pongámonos en situación: estamos en 1964 y don Luis termina su etapa mexicana rodando “Simón del desierto”, que al final se queda en mediometraje por falta de presupuesto. El argumento es la fortaleza de Simón el Estilita en su virtud cristiana, que lo mantiene firme sobre su columna durante seis años… hasta que es tentado por el demonio y baja de ella para no volver. La película termina con el pobre Simón metido en un garito lleno de jóvenes melenudos que bailan pecaminosamente al ritmo de uno de esos grupos enloquecidos que tanto daño han hecho a la moral cristiana: los Sinners, interpretando “Rebelde radioactivo”. Se trata de un grupo con una fama relativa en su país, aunque no llegó a formar parte de la invasión hispanoamericana, y don Luis se los encontró actuando en un café. Era justo lo que él buscaba para la escena final: en su entendimiento, tan alejado de tales músicas, una pieza instrumental y con “aullidos indios” como esta debía de ser lo más salvaje del momento, una antítesis perfecta frente al piadoso pasado de Simón e incluso del espectador medio. Se trata de una magnífica composición de tono surf que ha quedado como uno de los momentos más brillantes de los Sinners; así que muchas gracias, don Luis.
Y con este guateque termina la travesía española por el primer quinquenio de los años 60. Espero que no se hayan aburrido mucho. Ahora nos tomaremos un respiro con cualquier otro asunto o época musical, pero cuidado: la patria, más tarde o más temprano, nos reclamará para seguir indagando en esta década heroica. Quedan avisados. Esto es como la mili, al final caeremos. Y para el caso de que algún nostálgico perezoso quiera llevarse a casa el contenido de esta fiesta, aquí lo tiene.




