Ya pueden ustedes respirar aliviados: hoy terminamos nuestro largo y a veces cansino viaje por las intrincadas veredas que ha dejado marcadas el primer año de esta nueva década. Y lo haremos a lo grande, para olvidar los momentos de desfallecimiento en los que probablemente hayan caído durante el trayecto. Porque grande es el personaje que traigo hoy ante los sufridos parroquianos de este local: Cat Stevens, nada menos. Una figura señera en la historia musical del siglo pasado, aunque su época estelar durase relativamente poco. Un nombre que no se puede enclaustrar con la simple etiqueta de “cantautor”, porque al igual que Dylan, Donovan y otros, es por encima de todo un músico: cada uno de sus discos es una alquimia exacta entre letra y melodía, demostrando no solamente su alto nivel como compositor sino también su fino olfato para elegir los acordes y su ensamblaje. Es el ejemplo perfecto de esa palabra, “orfebre”, que tanto me gusta.
Steven Georgiou, de padre grecochipriota y madre sueca, nació en el centro de Londres, muy cerca del Soho. Su primer instrumento fue el piano, y la aparición de los Beatles lo hizo acercarse a la guitarra acústica, que despertó en él la afición por los viejos bluesmen americanos o los folkies de nuevo cuño como Dylan; esa afición se enriquece con el gusto por los arreglos y las líneas melódicas que caracterizan a Simon y Garfunkel, quizá la influencia más notable en su carrera. Su amplia formación ya se manifiesta en sus primeras composiciones: tanto si escribe piezas folkies como si se acerca al pop, las melodías son imaginativas y muy agradables. Y tras foguearse en actuaciones estudiantiles y otras cuantas en el circuito folkie de la ciudad, a mediados de 1966 Mike Hurst, su primer manager, lo presenta a Tony Hall, uno de los jefazos de Decca, quien le sugiere que ha de buscarse un alias; algo que el propio Steven ya estaba pensando, puesto que como diría más tarde: “no me imaginaba a los chicos yendo a la tienda para comprar un disco de Steven Demetre Georgiou”. Dio la casualidad de que una novia suya afirmaba que tenía ojos de gato, y como “a estos animales se les quiere mucho” la cosa resultó fácil.
La primera grabación del Gato Stevens llega en otoño del 66 (con dieciocho años recién cumplidos) y hace referencia a otros animales a los que también se les quiere mucho: se trata de “I love my dog”, que lleva una dedicatoria a Portobello Road en su cara B. El single llegó al top 30, y aunque Decca intentó venderlo como un ídolo pop estaba claro que Cat tenía mucho más fondo: en Marzo del 67 llega “Matthew and son”, su primer LP, y en él tenemos delicias como la que da título al disco o “Here comes my baby”, versionada luego por los Tremeloes. Algunos comentaristas comienzan a denominar su obra como “pop barroco”, en la línea de los americanos Left Banke, y tal vez sea una buena definición aunque a él no le guste; por otra parte, en las piezas más folkies sabe alternar la dulzura con un notable nervio en su voz que generalmente lo aleja del empalago (aunque no siempre, también es verdad). En realidad estamos asistiendo al cumplimiento de un acuerdo no escrito entre Cat y Tony Hall: Cat desea una mayor presencia de sus composiciones acústicas, mientras que Hall (por medio de su productor Mike Hurst) prefiere enfatizar el pop orquestado, más comercial en aquellos días.
Pero la cosa no podía acabar bien, ya que ese tono no es el suyo, y pronto vemos la consecuencia: poco antes de que el año 67 termine se publica “New masters”, el nuevo disco grande, donde casi todo resulta mediocre. Salvo “The first cut is the deepest”, una maravilla que luego será versionada por tanta gente, el resto oscila entre los arreglos orquestales sin pies ni cabeza, como buscando una plaza en el festival de Eurovisión, y algunas piezas realmente hermosas en las que al productor no se le ve cómodo. El resultado fue bastante desastroso: los folkies lo despreciaron, y los poppies no encontraban canciones con gancho. Cat se siente deprimido ante la actitud de su casa discográfica, donde, según sus palabras, “mientras yo me esforzaba en arreglar canciones los técnicos se hinchaban a tazas de café mientras leían el “Daily Mirror” y pasaban de todo”. Y aunque las actuaciones van a buen ritmo, esa depresión le lleva a buscar refugio en el alcohol mientras que una tos sospechosa comienza a asustarlo: en otoño del 68 el médico le informa de que tiene una tuberculosis avanzada, que debe ser internado inmediatamente.
Ahora imagínense ustedes a una persona con un alto grado de sensibilidad, de dulzura, con una cierta indefensión anímica ante tragedias que nunca ha sentido de cerca, participando en una lotería diabólica en la que no sabe si va a llegar al día siguiente porque muchos de sus compañeros están cayendo como moscas. Él lo describe con toda nitidez: “Salir del ambiente del show business y encontrarte en un hospital donde te meten inyecciones todos los días mientras la gente que tienes alrededor muere, te cambia la perspectiva. Y me puse a pensar en mí mismo. Me dio la impresión de que había estado viviendo con los ojos cerrados”. Así que, cuando salió de ese horror para cumplir con casi un año de convalecencia, ya no era la misma persona: ahora estamos ante un superviviente, cuya escala de valores ha cambiado. Durante ese año, acompañado de sus estudios sobre yoga y meditación, compuso un buen puñado de canciones que forman el esqueleto de toda su obra posterior y que fue preparando en su magnetófono casero. Y a principios de la nueva década, el nuevo Cat Stevens está listo para volver a la vida artística.
La enfermedad le ha provisto de un fuerte carácter, algo que antes no tenía: rompe su relación con Decca y busca una nueva casa discográfica en la que sus condiciones han de ser aceptadas sin discusión. ¿Cuál podría ser esa casa? Pues, evidentemente, la bendita Island Records; cuyo jefazo máximo, el mismísimo Chris Blackwell en persona, tras oír sus nuevas canciones le pone delante un contrato en el que garantiza que podrá grabar “lo que quiera, cuando quiera y como quiera”. Pocas veces se ha visto un contrato así con un artista “nuevo”, que incluso podrá diseñar las portadas de sus discos. Lo primero que hace Cat es hablar con Paul Samwell-Smith, que tras la desaparición de los Yardbirds y una breve estancia en Renaissance ha decidido dedicarse completamente a la producción: Cat ha oído ese primer disco del grupo, producido por Paul, y considera que tienen muchos puntos en común. El propio Paul le busca músicos de estudio para comenzar su carrera; entre ellos Alun Davies, que será su segundo guitarrista por mucho tiempo. Y pronto el magnánimo Blackwell recibe de Cat la primera joya del tesoro: “Lady D’Arbanville”, el single que inaugura la carrera de este hombre renacido.
“Lady D’Arbanville” es un buen ejemplo de la nueva orientación que ha tomado Cat, uniendo esa letra dolorida pero brillante con una música exquisita, entre el folk, la canción de autor y el madrigal. Una música que se alimenta únicamente de las guitarras acústicas aderezadas con una buena línea de bajo y una percusión muy sencilla; además, claro, de la irresistible voz del Gato y los coros de Davies. Está dedicada a su novia “itinerante”, la modelo americana Patti D’Arbanville, cuya profesión cuadra malamente con los anhelos de Cat por tenerla a su lado a tiempo completo. El single fue un top 10, y esta canción tiene unas cuantas versiones incluso entre los músicos de habla hispana: los españoles Círculos o los bolivianos Grillos la trajeron a nuestro idioma con el título de “Mi dueña y señora”. Poco después, en Julio, llega su primer LP, titulado “Mona Bone Jakon” (que en una curiosa jerga creada y usada únicamente por Cat significa, según él, “mi pene”). La delicia se abre con el lamento amoroso a la señorita D’Arbanville; luego tenemos “Maybe you’re right” (otra melodía arrebatadora, tanto como la línea de piano que la apoya), a continuación una ironía sobre su antigua vida artística en “Pop star”… en fin: un nuevo rayo de luz ha entrado en el mundo de los compositores exquisitos.
Antes de que acabe el año 70, a finales de Noviembre, Cat nos sacude con “Tea for the tillerman”, su consagración definitiva: desde “Where do the children play?”, la que abre el disco, hasta la que le da el título y lo cierra, viajamos por un mundo en el que la sensibilidad, el buen gusto, el amor por los arreglos y la delicadeza nos sorprenden; sin olvidar otras clásicas de su carrera como “Father and son” o “Wild world”, con una melodía y ejecución perfectas. Por otra parte la gama de sonidos se enriquece con la suave presencia del órgano -manejado también por Cat- que a partir de ahora oiremos frecuentemente en su obra. En resumen, lo único que se me ocurre decir es que en una época dura e incluso siniestra a veces como fueron los primeros años 70, que haya músicos como Cat (o Kevin, o Elton John) es reconfortante. Y años después vendrá su conversión al Islam, una decisión personal que a nosotros ni nos va ni nos viene pero que fue atacada con saña por la prensa americana e isleña, mintiendo y deformando algunas declaraciones y actos suyos, tratando de que lo olvidásemos… pero da igual: los discos están ahí. Un aficionado ha de saber distinguir entre la persona y el artista, porque de lo contrario gran parte de eso que llamamos “Arte”, ese material ingente creado a lo largo de los siglos por seres de muy distinta catadura moral (algunos, verdaderos monstruos), debería ser enviado a la hoguera. Y nosotros no queremos eso, ¿verdad?



