jueves, 24 de septiembre de 2026

Estados Unidos a medio camino en los 60 (XI)

"Signe era una de las personas más fuertes que he conocido nunca. Fue nuestra «líder de la manada» en los primeros tiempos del grupo… Una voz de la razón en más de una ocasión… Un miembro importante de nuestra pequeña familia disfuncional. Nunca se quejaba, y siempre era un placer estar con ella." 
Jorma Kaukonen 

La banda que mejor simboliza el espíritu de San Francisco en los años 60 son Jefferson Airplane, porque en ellos se da la mixtura perfecta entre la música y la actitud reinantes allí por entonces. En lo musical parten del folk rock y lo enriquecen con elementos psicodélicos, siguiendo en cierto modo la estela de los Byrds en Los Angeles, pero sustituyendo los juegos de voces y las guitarras cristalinas por un sonido más denso y contundente. En cuanto al mensaje, algunas de sus primeras canciones simbolizan dos de los conceptos más populares en aquel momento: el amor libre y la investigación personal a través del ácido. La ventaja de ser los primeros en fichar por un sello grande les dio un buen apoyo mediático, convirtiéndolos muy pronto en un espejo en el que se miró buena parte de la afición musiquera juvenil, californiana o no, que además comulgase con esas ideas. 

El padre de la idea es Marty Balin, a quien ya hemos presentado brevemente el otro día. Es una especie de todoterreno de querencias beatnik que escribe canciones, canta, toca la guitarra e incluso ha probado suerte como actor y bailarín. Tras cambiar su apellido (Buchwald) a sugerencia de su manager, que lo consideraba poco eufónico, llegó a publicar algunas canciones en 1962 en la onda del pop duduá tan popular aún por entonces. Poco después se va acercando al folk melódico creando un pequeño grupo llamado Town Cryers, hasta que la creciente influencia de Dylan le cambia la perspectiva tras su conversión al folk blues eléctrico en 1965. Junto a eso refulge también la poderosa imagen de los Byrds, que partiendo del propio Dylan han sabido vitaminarlo con el estilo rítmico de los Beatles y que ahora ya están muy cerca del folk rock: ese es el camino que Balin quiere seguir, y en consecuencia ha de crear un grupo. Y a mayores, mientras se dedica a recorrer los antros de la ciudad buscando músicos, encuentra una pizzería que pude interesarle como lugar de ensayo y pequeña sala de actuaciones: junto con otros tres amigos, compran el lugar y lo convierten en The Matrix, que será uno de los puntos de referencia no solo en los comienzos de su banda sino en el de muchos otros personajes de la pujante escena artística que está surgiendo en la ciudad. 

Uno de los aspectos que Balin más admira de los Byrds es su juego de voces, y por lo tanto necesita más de un músico que pueda alternarse con él en ese trabajo. Así, el primer fichaje cumple perfectamente con el papel: se trata de Paul Kantner, que al igual que él proviene del folk y además de dominar la guitarra rítmica es buen cantante. Ese aspecto del nuevo grupo queda completado con un brillante contrapunto femenino en la persona de Signe Anderson, que ya tenía prestigio en los ambientes jazz y folkies de la ciudad. Para la guitarra solista Kantner recomienda a su amigo Jorma Kaukonen, de escuela blues, y tras el paso fugaz de otros músicos queda confirmado Jack Casady como bajista; es otro amigo de Kantner y procedía de Washington, donde militó en pequeños grupos de r&b. Finalmente llegamos al batería, Alexander “Skip” Spence, un canadiense multinstrumentista y compositor a quien Balin convence para reciclarse y que ocupe ese puesto. Ya solo falta el nombre para la banda: tanto Balin como Kantner buscan un sonoro sinsentido y a Kaukonen se le ocurre “Jefferson Airplane”, que era parte de un juego de palabras con el que nombraba a un amigo suyo. En muy poco tiempo su fama trasciende el área de San Francisco y varios sellos se interesan en ficharlos: Matthew Katz, su manager, es un fulano de prácticas retorcidas pero les consigue el más ventajoso, ofrecido por la RCA. Y antes de que termine 1965, tras algunas actuaciones memorables en los lugares adecuados, ya están trabajando en el estudio de grabación. 

Su primer single llega en febrero del 66: “It’s no secret / Runnin’ round this world”. La cara A es una canción deliciosa, obra de Balin, que dice haberla compuesto fantaseando con el estilo de Otis Redding. Y es perfectamente creíble, ya que se nota el aroma r&b /soul que la envuelve aunque esté partiendo del folk pop; incluso el tono de voz de Balin suena casi “racial”, muy a juego con el estilo de la pieza. La cara B está hecha a medias entre él y Kantner, aunque se supone que hay mayor intervención de este último porque aquí ya tenemos el juego de voces a tres bandas que será una de las constantes del grupo en sus primeros años. Es también folk rock, pero en un estilo más “declamatorio” (otra característica muy suya) y con cambios de ritmo. La letra, que también suponemos de Kantner, lleva una estrofa que dice: “las noches que pasé contigo han sido fantásticos viajes”. Y esa palabra final, ese ominoso “trips”, asusta a RCA, que no sabe si es peor pensar en una alusión sexual o lisérgica. Tal vez por eso la promoción fue muy escasa, y el single no tuvo repercusión más allá de los círculos modernillos de la ciudad.


A finales de marzo queda completado el repertorio que integrará el primer disco grande del grupo, y muy poco después Skip Spence es despedido por dar una espantada para hacer un viaje a México. Spence es todo un personaje en el mundillo alternativo de la ciudad, pero su excesiva afición a ciertas drogas comienza a resultar problemática; en cualquier caso, dentro de poco tiempo lo veremos formando parte de Moby Grape, otra banda legendaria de la zona. Le sustituye Spencer Dryden, un batería vocacional que proviene del jazz y cuyo engarce con Cassady dará forma a la excepcional base rítmica que caracteriza a esta banda. Entre la marcha de uno y la llegada del otro, en junio se publica un segundo single que contiene “Come up the years / Blues from an airplane”. La primera, una nueva colaboración de Balin con Kantner, es una hermosa balada folk que por momentos podría recordar vagamente a los Byrds, pero con espíritu propio. La segunda es una de las escasas aportaciones creativas de Spence, que firmó junto a Balin otra de esas piezas con densidad lenta, medio “arrastrada”, que muestra la magnífica interacción entre las guitarras y ese bajo poderoso, vibrante, confirmando la importancia de Cassady como eje del sonido Airplane. Sigue habiendo una gran desfase entre las ventas en la ciudad y el escaso impacto fuera de ella, pero RCA confía en que el disco grande será quien los lance definitivamente a escala nacional.



Y el disco grande llega por fin. Se titula “J.A. takes off” y sale a mediados de agosto. En la primera edición vienen incluidas las cuatro canciones de los singles; pero poco después el sello decide retirar la de los famosos trips, aunque el grupo había aceptado suprimir la palabrita. En cualquier caso estamos ante uno de esos discos más importantes por mostrar un aprendizaje que por su categoría en sí mismos: no hay duda de que tanto Balin como Kantner vienen del folk, y que la influencia de los Byrds es notoria. Pero, tal y como ya adelantaban los singles, hay una evolución palpable sobre esa influencia; y aunque el paso del tiempo, con los cambios que hubo a continuación, demostrará que este disco es un esbozo insuficiente para hacernos una idea de lo que los Airplane llegaron a ser, no cabe duda de que estamos ante el acta fundacional de todo un estilo, de ese “sonido de San Francisco” que ellos sabrán simbolizar como nadie. Dejando aparte las canciones ya conocidas, y aunque por lo general la voz solista es la de Balin, también Kantner sabe defenderse: “Let me in” o “Run around”, ambas escritas por los dos, son una buena muestra, y además confirman esa querencia por el juego de voces (incluyendo las frecuentes peloteras que van a mantener con su sello por algunas expresiones “descaradas” en las letras). En cuanto a la voz de Anderson, es evidente que hubiese merecido más protagonismo del que tuvo: su participación junto a Kantner en la versión de “Get together” es muy meritoria, y solo podemos intuir su verdadero potencial en el señorío que muestra haciendo la clásica “Chauffeur blues”. La tercera y última versión es la también inmemorial “Tobacco Road”, que hacen suya con mucha soltura. Es evidente que los Airplane ya suenan muy distintos al resto de los grupos contemporáneos, así que la lucha por una personalidad definida la tienen ganada. Las ventas vuelven a mostrar una brecha entre California y el resto del país, pero la situación dará un vuelco muy pronto; no solo por ellos, sino también por los que vienen detrás.


Y el primero de todos los vuelcos ocurre en el propio grupo: Signe Anderson había tenido un hijo poco antes de la publicación del disco, dando aviso de su marcha ya entonces. Su última actuación con la banda será a mediados de octubre; más delante seguirá seguirá, con el paso de los años, una carrera discreta por voluntad propia. Con su marcha termina la primera época de los Airplane, y tanto Balin como Kantner han de buscar una voz femenina con carácter suficiente como para suplir ese vacío: dentro de unas días nos la presentarán. 

sábado, 19 de septiembre de 2026

Estados Unidos a medio camino en los 60

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"Incluso los policías, que en el resto del país se metían con los hippies, nos dejaban tranquilos en San Francisco". 
Jerry García 
"Éramos muy ingenuos. No nos dimos cuenta de que el resto del mundo no funcionaba como California". 
Grace Slick 

La generación Beat estadounidense surge a mediados de los años 50, protagonizada en su mayoría por personajes que están rondando la treintena (Jack Kerouack, Neal Cassady, Allen Ginsberg…). En su origen podría considerarse como una evolución de los hipsters de la década anterior, y el propio Kerouac lo reconocía: aquel había sido el primer paso, un tanto inconsciente, de un movimiento contracultural que luego adquiere todo un “cuerpo de doctrina” con marcadas implicaciones filosóficas, sociales y políticas. Estas últimas aumentan su peso con la entrada de Estados Unidos en la guerra de Vietnam, mientras en lo personal algunos de sus miembros experimentan con determinadas drogas, especialmente el ácido (teóricamente como herramienta de introspección, siguiendo las enseñanzas del señor Hofmann). Sobre esa generación llega, diez años después, la de los “baby boomers concienciados” -por decirlo de algún modo-, una de cuyas mayores aficiones es la música, como lo fue en la época de los hipsters; sin embargo aquellos eran preferentemente aficionados al jazz (un género minoritario entre los blancos de la época), mientras que ahora el folk y el rock son alternativas mucho más populares que pueden aliñarse con letras de protesta –“comprometidas”, como ellos dicen- consiguiendo una mayor repercusión para su mensaje. 

En cuanto a la influencia del LSD, al igual que ocurre en la Isla, sus efectos se dejarán sentir en la mayor parte de las artes: en lo musical no hay duda de que la psicodelia entra en ese mundillo por la vía de las letras folkies, siendo Dylan su introductor aquí y Donovan allá. Pero partiendo de esa base surge una gran diferencia entre la visión marcadamente hippie, naturalista, un tanto campestre, que comparte la nueva juventud estadounidense en esa época, y la mentalidad británica, más urbana, cuyos gustos mayoritarios oscilan entre el pop y el rhythm and blues. Por otra parte su inspiración literaria suele ser bastante fantasiosa -ya saben, la herencia de Lewis Carroll es muy alargada- y la síntesis de todo ello se simboliza perfectamente en el Swinging London, un concepto muy lejano a la paz y las flores de San Francisco. Aquí en cambio, y por extensión en la mayoría de California, el folk rock “ácido” se erige en protagonista. Pero… ¿por qué precisamente en California? Pues porque aquello fue un crisol de músicos, artistas en general, jipis, frikis y demás fauna sesentera. Por ejemplo, de la primera formación de Byrds solamente Crosby y Hillman eran de allí: los demás habían llegado a Los Angeles atraídos por la leyenda que se le atribuía a California. Si a la cercanía de Hollywood y la mayor parte de los grandes sellos discográficos se le sumaba un ambiente muy permisivo, la situación era poco menos que dionisíaca. 

Porque para el americano medio aquel estado era un lugar distinto, tolerante, muy alejado del pensamiento tradicional en el resto del país (salvo Nueva York, claro, pero ese es otro asunto: ya hemos visto por personajes como los que componen la Velvet que allí predomina un cierto esteticismo decadente, que tal vez el espíritu de esa ciudad sea más europeo que americano). Y esa Arcadia se simboliza, sobre todo, en San Francisco. Es una ciudad de tamaño manejable, que en esa época no pasa mucho de los 700.000 habitantes y con una mezcla de razas, mentes y costumbres que no tiene nada que envidiar a la mismísima Nueva York. Hay mar (y playas, claro), bosques y grandes parques, y el antiguo barrio de Haight-Ashbury tiene rentas muy bajas: pues allá vamos, dijeron miles de jóvenes y jóvenas procedentes de todas partes del país a mediados de los años 60, convirtiéndolo en el Greenwich Village de la costa oeste. Hay que tener en cuenta el tufillo izquierdista que desprende la universidad de Berkeley, al que se suma el colorido ideológico de los beatniks (ya casi más estético que ideológico, cierto), que aún se ven con regularidad en los garitos de North Beach; si matizamos esa actitud con el ensoñador concepto de “Make love, not war”, tan del momento, y añadimos el excelente ácido que circula por toda la ciudad (legal hasta mediados de 1967), ya me dirán ustedes dónde van a estar mejor que aquí. 

En poco tiempo comienzan a notarse los resultados de tanta efervescencia: The Family Dog es una pandilla de jovenzuelos que en 1965 se erigen en promotores de conciertos, y gracias a ellos comienzan a rodarse unos cuantos músicos que se harán famosos pronto. Y en vista de que la cosa funciona, pocos meses después aparece Bill Graham, que proviene del mundo teatral pero que ve el negocio y crea la mítica sala Fillmore Auditorium (que a partir de 1968 y en un nuevo emplazamiento se llamará "Fillmore West", mientras en Nueva York abre el "Fillmore East"). En una escala más modesta pero no menos importante, por su carácter de escuela y lugar de encuentro para muchos de los músicos que formarán parte del llamado “Sonido de San Francisco”, Marty Balin reconvierte The Matrix, una especie de pizzería, en la base de operaciones para la banda que acaba de crear (Jefferson Airplane), y en poco tiempo se convertirá en otro lugar mítico. Así que no es extraño que debajo de cada piedra surja un grupito de músicos: además de los que comienzan en el folk, muchos de ellos provienen del surf o han pasado su adolescencia en el garaje tras ver la luz a través de la invasión británica. Pero además del factor lisérgico hay que insistir en el ideológico, porque muchos de ellos son personajes con inquietudes sociales, con una cierta cultura y curiosidad intelectual, lo que hasta ese momento no era muy frecuente en los músicos populares (recuerden ustedes las pocas luces de Elvis, sin ir más lejos). 

Y estas son las razones más evidentes por las que San Francisco es un imán para la nueva generación. Repasando el orden temporal, entre los individuos de todos los pelajes procedentes de Chicago, de Texas, de Ohio, de donde sea, llegan músicos aficionados al rock, al blues, al folk, a lo que sea. A continuación se dan a conocer las primeras emisoras de FM -un invento de los años 30, pero muy poco explotado hasta entonces- gracias al empeño del gran Tom Donahue, que en 1967 exclamó: "La Onda Media está muerta, y su cadáver putrefacto emponzoña las ondas". Para entonces ya hay prensa especializada, la zona se puebla de cazatalentos de las casas discográficas de Los Angeles en busca de los nuevos genios, comienza a moverse el dinero, y… Haight-Ashbury enterrará el movimiento hippy en octubre de ese mismo año, en una sencilla ceremonia popular. Porque, en lo social, el Verano del Amor fue el último coletazo de un adanismo, enternecedor pero muy poco realista, que dio paso a los malos viajes, las drogas duras (la heroína como símbolo de una decepción), las mafias, la violencia y las enfermedades sexuales y de todo tipo. En cuanto a lo musical, como siempre, quienes prosperan son los que mantienen un buen nivel de creatividad y saben evolucionar: de los miles de grupos y solistas que florecieron en San Francisco a partir de 1965, solo quedan cinco o seis grandes nombres a finales de la década. 

Pero de momento nos toca disfrutar de la cálida alegría colectiva, contagiosa; engañosa seguramente, pero tan necesaria de vez en cuando para seguir adelante…