El nombre de Alexander “Skip” Spence ya es familiar en este tugurio. Recordarán ustedes que fue despedido de Jefferson Airplane a mediados de 1966, justo al terminar la grabación de su primer disco grande, y la razón fue que había cogido vacaciones por su cuenta para darse un garbeo por México; lo cual fue un signo más de su conducta inestable, ya que a sus problemas crecientes con la esquizofrenia se sumaba el exceso de substancias ilegales (hay similitudes entre él y Syd Barrett, pues ambos eran dos grandes potencias creativas malogradas por esa diabólica suma de circunstancias). Más o menos por entonces también despidieron a Matthew Katz, hasta entonces manager del grupo, por, digamos, “prácticas comerciales abusivas”. Katz es un gangster, pero pasa también por ser amigo de Spence; de hecho fue Spence quien lo había recomendado a los Airplane (y ya por entonces Signe Anderson había manifestado sus reparos). El caso es que ahora, además de mánager, es también cazatalentos de la CBS, y sugiere a Spence que monte un grupo, que él lo fichará para el sello. Así que poco después se presentan en sociedad los Moby Grape.
El planteamiento es impecable, ya que todos son compositores y vocalistas. Spence abandona la batería y recupera la guitarra rítmica, puesto que comparte con Peter Lewis, que había militado en grupillos de tono pop/rock; de esa época viene su amistad con el bajista Bob Mosley, veterano de pequeñas bandas de garaje. Más veterano aún es Jerry Miller, un guitarrista de Seattle cuyo último trabajo fue como solista en la banda de Bobby Fuller y que viene recomendado por Don Stevenson, batería que junto a él había militado antes en los Frantics. Los tres guitarristas interactúan frecuentemente como solistas, consiguiendo un sonido muy denso que luego usaron otras bandas. Katz, muy hábilmente, extiende su “amistad” hacia todo el grupo y afronta sus gastos más urgentes: está convencido de la potencia creativa de estos músicos, que él tratará de exprimir en lo posible. Y tras firmar todos los papeles que les puso por delante, los mete en el estudio de CBS en la primavera del 67 bajo la dirección del ya veterano David Rubinson: dos meses después, tienen material suficiente para un primer LP. Katz convence a los directivos del sello de que sus muchachos son poco menos que los nuevos Beatles, CBS traga y publica en el mismo día (2 de junio) cinco singles que “trocean” el disco grande con sus mejores canciones. Aquí va el que contenía “Omaha”, que a la larga será la más recordada: esa marchita venenosa parece diseñada para sonar en la radio. “Someday”, la cara B, es una balada casi beat que a mí de joven me recordaba a los Brincos, pero no me hagan mucho caso.
El disco grande, homónimo, se publica en la semana siguiente con un total de trece piezas; es decir, tres más que el total de las contenidas en los singles. Teniendo en cuenta que la mayor parte del público ya sabía que el Lp no iba a tardar, aquellos singles se vendieron muy poco y únicamente el de “Omaha” llegó al top 100. Esa jugada comercial no solamente se demostró equivocada en lo económico, sino que además hizo daño al grupo, al que algunos críticos y parte de los aficionados llegaron a considerar poco menos que como “otro hype de CBS”. Pero dejando eso aparte, hay que reconocer que estamos ante una de las obras cumbres no ya de San Francisco, sino de toda una época; de hecho aquí tenemos una gran variedad de estilos que sobrepasa con mucho los planteamientos locales (es más: si hubiese que compararlos con alguna otra banda, no sería de esa ciudad sino de Los Angeles; me estoy refiriendo inevitablemente a Buffalo Springfield, amigos suyos, colaboradores más de una vez y también con trío de guitarras). En este disco hay fogonazos de pop/rock “furioso” como la propia “Omaha”, que algunos consideran como una precursora punk (y casi lo mismo podría decirse de “Hey grandma”, que abre el disco): en ambas se prueba que su juego de cuerdas es letal. No necesitan mucho para imprimir potencia e intensidad a una escala supuestamente sencilla, como en “Free falling”, que no llega a dos minutos. Y sin embargo, con la calidad que muestran en esas piezas, tal vez sean mejores aún haciendo baladas, como “Sitting by the window”, una preciosidad que lo tiene todo, empezando por la magnífica entonación que emplean. O ese country rock que dibujan con total maestría en “Ain’t no use” (y vuelvo a Los Angeles: no solo los Springfield, sino hasta los Byrds pueden haber aprendido de ella). Este es un disco en el que no sobra una sola canción, algo que se puede decir de muy pocos; entre otras cosas porque, frente a la actitud de casi todos sus colegas vecinos, aquí hay profesionalidad absoluta y no se pierde un solo minuto en improvisaciones o abandonos lisérgicos. Y como creativamente estaban en su momento más dulce, el resultado es una obra intemporal que si por entonces no pasó del top 20 sigue ganando reconocimientos día a día.
Pero a partir de ahí comenzó la cuesta abajo, ya que a las críticas generales sobre la desastrosa táctica comercial que había seguido CBS se sumó el comportamiento cada vez más errático de Spence, cuyos problemas con el ácido ya eran evidentes. A finales de verano del 67 el grupo comienza en Los Angeles la grabación de su segundo disco, que luego se continúa en Nueva York hasta su remate en febrero del 68, y en esa ciudad sus desapariciones son frecuentes. Sin embargo consiguen reunir una buena cantidad de material, que se distribuye en un disco doble un tanto “contrahecho”, digamos: bajo el título “Wow/Grape jam”, lo que tenemos en realidad son dos discos (incluso con portadas distintas, aunque agrupadas en una funda común) de los cuales “Wow” es una sucesión convencional de canciones y “Grape jam” trata de reflejar lo que podría ser una actuación del grupo, con cinco piezas desarrolladas al estilo de libre improvisación aunque en estudio. El contraste entre uno y otro se hace aún mayor teniendo en cuenta que “Wow” lleva unos arreglos un tanto recargados, con apoyo orquestal, sobre todo de vientos y cuerdas en muchos momentos; hay canciones realmente buenas, pero en conjunto la sensación que da es la de estar sobreproducido ("complejo de Sgt. Pepper's", dijo alguna crítica), y de todos modos esas canciones no alcanzan la categoría de las que están en su primer disco. Aun así es bastante decente; además parece que el grupo y el sello quieren hacerse perdonar por la mala imagen que dieron por entonces en su proceso de lanzamiento, ya que este doble sale a la venta por un precio casi de disco simple. Y los aficionados se lo agradecieron, ya que superó -aunque por poco- las ventas del anterior.
Poco después hay que despedir a Spence, con lo cual se pierde una de las grandes potencias creativas de los Grape. Para entonces las broncas en el grupo son continuas, mientras que Katz trata de exprimir el poco rédito que les queda. Su tercer disco, con atisbos de acercamiento al country, no llega ni al top 100, y de ahí hasta su desaparición a mediados de los años 70 no hay mucho más que contar. Pero lo que importa es aquel maravilloso debut, que por sí solo podría justificar una carrera.




