“Necesitábamos desarrollarnos. Llegados a este momento habíamos exprimido hasta la última gota de cada idea, y rebuscado en todos los aspectos posibles sobre el surf y los coches. Pero necesitábamos crecer artísticamente.”
Brian Wilson
Los Beach Boys son la muestra más nítida de la situación en la que se hallaba la gran mayoría de los músicos y aficionados blancos en Estados Unidos antes de la invasión británica: salvo algunas excepciones en el noroeste del país, los sonidos más modernos seguían siendo un cruce entre el rock and roll mayoritariamente blanco y la música surf (blanca también). Y aunque Brian Wilson y sus colegas ya comenzaban a recurrir de vez en cuando al repertorio de personajes como Chuck Berry, los arreglos de sus canciones eran eminentemente pop. Son el grupo más destacado en el mundo del surf vocal; y ni siquiera la llegada de los Beatles en 1964 pareció afectar su popularidad, porque los dos discos que publicaron a continuación seguían prácticamente el mismo estilo que habían llevado hasta entonces, y se vendieron muy bien. Pero Wilson es consciente de que esa situación no podrá durar mucho tiempo más, y en cualquier caso su orgullo como compositor se está resintiendo: él también quiere alcanzar el respeto que se han ganado Lennon y McCartney. La primera señal había llegado a finales de aquel mismo año, con un disco navideño en el que, dejando aparte las versiones, hay cinco piezas escritas por él y Mike Love: tanto las canciones en sí como los arreglos orquestales se apartan ya de los estándares que habían seguido hasta entonces.
Llegados a 1965 Wilson anuncia su decisión de abandonar las actuaciones y centrarse exclusivamente en componer y producir el material del grupo. Poco antes había sufrido un ataque de pánico en un vuelo, y los médicos lo atribuyeron a una fuerte tensión nerviosa: parecía evidente que el estilo de vida que estaba llevando el grupo, siempre viajando de un lugar a otro, sumado a la responsabilidad de ser el motor creativo del grupo, lo estaba minando. Durante unos meses el sustituto será Glen Campbell, que ya tenía una carrera como solista, y poco después será sustituido por Bruce Johnston, otro veterano cantante y compositor que seguirá en el grupo hasta el final salvo una breve ausencia en los años 70. En marzo se lanza el nuevo disco del grupo, titulado “The Beach Boys today!”, en el que se confirma que el grupo está tomando un nuevo camino: aunque el material ya estaba preparado antes de que Wilson abandonase las actuaciones, el repertorio tiene una gran calidad; las letras de Mike Love, sin ser nada del otro mundo, se apartan ya de la aburrida temática surfing / coches y los arreglos son cada vez más complejos, con fuerte apoyo orquestal (se le va notando la admiración por Phil Spector). Por cierto, que estas son las primeras composiciones en las que Wilson admite haber fumado marihuana “para entonarse”. El resultado final es magnífico, y hasta los que no somos muy fans del grupo admitimos que es una de sus mejores obras. En cuanto a las ventas, como casi siempre, no bajaron del top 5.
En verano se produjo un salto atrás: a los directivos de Capitol ese top 5 le pareció poco, presiona al grupo para que haga otro de esos discos tan playeros y Wilson trata de nadar mientras guarda la ropa dentro de lo posible. El resultado es más o menos lo que se esperaba, pero el disco superó -por poco- las ventas del anterior. Probablemente el problema era otro: los gastos de grabación en los dos discos anteriores se habían disparado, entre otras cosas por el trabajo orquestal, y Capitol estaba intentando recuperar parte de ese dinero. A partir de ahora, las discusiones entre Wilson y el sello iban a ser frecuentes. Y como había que sacar otro disco antes de que terminase el año, en noviembre presentan una colección de versiones en formato “casi” acústico, con voces de ambiente para que pareciese un directo; no digo yo que sea de lo mejor de su carrera, pero tiene algunas piezas bastante decentes y consiguieron mantenerse en el top 10. Estaba claro que el nombre comercial seguía teniendo mucho gancho.
Y por fin en la primavera de 1966 llega la redención total: “Pet sounds”, una obra que Wilson había comenzado a grabar en el verano anterior. Para entonces está ya muy cerca de ser un perfeccionista obsesivo cuyo primer objetivo, con la vista puesta en los Beatles, es superar el muro de sonido de Spector. Lo cual implica horas y horas de estudio, orquesta, la futura Wrecking Crew y lo que haga falta. Capitol se asusta. Al final la cosa sale bien, tanto por el aplauso unánime de la crítica como por el resultado económico: no pasa del top 10, pero se mantiene en las listas por mucho tiempo (aún hoy sigue vendiendo edición tras edición, a pesar del relativo vacío en el que cayó durante los años 70). Con frecuencia se considera como uno de los primeros discos conceptuales debido a una supuesta coherencia entre las letras, pero Wilson decía que esa coherencia era todavía superior en la producción y el tipo de sonido; de hecho, incluso en alguna publicidad de Capitol se define como “música progresiva” cuando ni siquiera ese término era común. Hay retazos psicodélicos (no tantos como se dice), hay hasta música de cámara, hay en conjunto un trabajo enorme que resalta su brillante construcción melódica y que por desgracia estaba comenzado a luchar contra su propio tiempo ya cuando se publicó. El pop barroco, por resumirlo de algún modo, es un material demasiado exquisito para grandes mayorías, y esa vocación orquestal fue mejor entendida en la Isla (donde rozó el número uno) que en su propio país, donde no pasó del top 10. En cambio los Beatles, sus competidores directos (distribuidos en Estados Unidos por Capitol), con más nervio y un espíritu de verdadero grupo, seguían arrasando en las listas de cualquier sitio. Así que solo el tiempo acabará haciendo verdadera justicia a este disco.
El momento de mayor brillantez en toda su carrera llegó en otoño, con la publicación de un single que contiene en la cara A “Good vibrations”; Wilson había estado trabajando en ella durante casi nueve meses, y el embarazo le salió a Capitol muy caro. De nuevo partiendo de la complejidad instrumental que había instaurado Spector, aquí hay además una nueva perspectiva, que es la de ir grabando pequeñas partes no necesariamente relacionadas que él llamó “módulos”, es decir, fragmentos que podían intercambiarse. Tal sistema llevó a la grabación de casi cien horas de cinta en cuatro estudios distintos (hace ya mucho tiempo se publicó un extracto fascinante, de aproximadamente una hora, que da una imagen cabal de lo que debió de ser aquello). Esos fragmentos contienen casi todo tipo de estilos, desde fogonazos pop hasta jazzeros o momentos avant garde, casi todo envuelto en densas nubles psicodélicas y magníficos juegos de voces. Una vez almacenado todo ese metraje, a continuación vino la labor de usar unos módulos y desechar otros para conseguir al final una pieza de duración no superior a tres minutos y medio que alcanzó el número uno en casi todas partes y que aún hoy emociona. Es también el origen de la progresiva decadencia de Wilson, que a partir de aquí comienza a perder pie tanto en su percepción artística como en su comportamiento, ya que su afán perfeccionista en combinación con el uso desaforado de hachís y marihuana lo están acercando peligrosamente a la neurosis.
Entrados ya en 1967 y tras algunas experiencias lisérgicas que según él no volverán a repetirse, pasa por una época espiritual que lo lleva a planear “una obra sinfónica adolescente en honor a Dios”. Dejando aparte esa loable intención, estamos ya en un momento en el que su mente se va oscureciendo; no es el caso de Syd Barrett, pero está corriendo verdadero peligro. Transcurren entonces unos cuantos meses en los que el sistema de trabajo que había empleado para crear “Good vibrations” se lleva hasta el paroxismo, y Capitol le impone un plazo máximo: el material debe estar listo para su publicación antes de fin de año. Sin embargo, a finales de la primavera ya parece claro que ese proyecto no va a llegar a ningún lado: su estado mental, las frecuentes discusiones, los continuos cambios de planteamiento, las regrabaciones sin fin, la falta de una línea clara que articule todo el proyecto, hacen que el sello detenga aquel sinsentido y “Smile”, que así se iba a llamar, pasará a dormir el sueño de los justos cuando incluso había jingle promocional (basado en “Good vibrations”, que iba a incluirse aquí). Con el tiempo se han publicado unas cuantas “versiones alternativas” de lo que muchos consideran “el disco no publicado más famoso de la Historia”, pero ni el propio Wilson tuvo nunca muy claro cómo completarlo. De las escasas canciones que se salvaron destaca “Heroes and villains”, publicada en single.
Pero la obligación contractual de publicar al menos un Lp antes de final de año seguía presente, y Wilson reorganiza unas cuantas piezas -en parte restos de “Smile”, en parte material nuevo- que se publican a principios de otoño bajo el título de “Smiley smile”. El metraje total no llega ni a la media hora y se incluye “Good vibrations” además de “Heroes and villains”, lo cual da una idea de las prisas con las que se acometió este trabajo, a medio camino entre las amplitudes orquestales de sus obras recientes y algunos momentos de bastante simplicidad. Es un disco un tanto desequilibrado, con piezas cercanas a lo que mucho después se considerará chill out e incluso música ambiental, aunque en aquel momento no satisfizo a casi nadie. Y el año termina con un nuevo disco, a tiempo para las navidades, titulado “Wild honey”, que tuvo que sufrir injustamente el progresivo alejamiento de muchos aficionados con respecto al grupo. A pesar de que nuevamente hay una nutrida participación de músicos, el sonido general es más comedido; sin embargo el tono general se aparta de la línea que habían seguido desde dos años antes y se acerca al estilo orquestal afroamericano, con ritmos que recuerdan al soul e incluso a la Motown. Esa inesperada deriva que toma Wilson, encorajinado por algunas críticas que lo dibujaban poco menos que como un poppy infantiloide, descolocó al aficionado medio, aunque el castigo en las listas fue suave: un top 25 no está mal, teniendo en cuenta el desastre de pocos meses antes.
Parece evidente que la edad de oro de los Beach Boys va tocando a su fin, aunque seguirán en activo durante muchos años. Tras una primera época tan luminosa como la que tuvieron, era lógico pensar que la inercia seguirá manteniéndolos; aunque más por el circuito de la nostalgia y los derechos de autor que por otra cosa. De todos modos, cuando volvamos a Estados Unidos para vivir el fin de esta década volverán a visitarnos. Se lo merecen, creo yo.




