lunes, 29 de junio de 2026

Estados Unidos a medio camino en los 60 (VI)

"Los Beatles comenzaron con el skiffle, nosotros como jug band: son estilos similares. Luego se diversificaron, como nosotros. Y por supuesto, es un gran honor que nos comparen con ellos". 
Steve Boone

El barrio de Greenwich Village, que a principios de la década era ya un punto de referencia principal en la escena neoyorkina, pasó a convertirse en el eje del mundo folkie gracias a Dylan. Y hoy nos visita otro grupo surgido al calor de ese ambiente: The Lovin’ Spoonful, que también parten del folk pero cuyas influencias son mucho más amplias, porque desde las viejas jug bands pasando por el country, el blues sureño y hasta el rock and roll, todo les sirve. Si a eso añadimos su querencia por las melodías de corte pop (influidos por las bandas británicas al estilo Hollies), tenemos como resultado un grupo de fuertes raíces americanas pero tremendamente versátil que, en efecto, llegó a ser comparado con los Beatles y que de algún modo podrían sugerir el reverso de unos Canned Heat: ambos son devotos del blues tradicional, y mientras los Heat se inclinan con preferencia hacia el boogie denso y con largos desarrollos, propio del formato de disco grande, el espíritu jovial de los Spoonful cuadra más con el single. Lo cual a la larga les perjudicó, en una época en la que el Lp se estaba consolidando como el vehículo ideal para los grupos “serios”; de hecho, al igual que muchos otros grupos que escogieron esa táctica, su época dorada no fue mucho más allá del bienio mágico 1965/66. 

La base pensante de esta banda se halla en dos personajes complementarios: el canadiense "Zal" Yanovsky, un excelente y versátil guitarrista que además cantaba, y el neoyorkino (aunque no lo pareciese) John Sebastian, guitarrista, voz y muchas otras cosas. Sebastian es además el compositor principal, y se había pateado medio Sur del país coleccionando todo tipo de canciones tradicionales; esas canciones les vinieron luego muy bien para, por medio de una brillante transformación, crear un ramillete de piezas donde el buen gusto y la extremada variedad es su constante. Ambos se conocieron en el Village a mediados de 1964, y antes de que terminase ese año ya tenían dos fichajes estables para crear un cuarteto: el bajista Steve Boone y el batería Joe Butler. En poco tiempo se convirtieron en asiduos del cada vez más potente circuito folk rock neoyorkino hasta llegar a oídos de Jac Holzman, jefazo de la divina Elektra, que se fija en ellos y les ofrece un precontrato. Por desgracia, la cosa no salió bien: su manager exige una cantidad bastante alta como adelanto, y de entrada Holzman no la acepta. Poco después, pensándolo mejor, accede; pero para entonces el grupo ya ha firmado con Kama Sutra, un sello conocido de sobra por su especialización en singles de éxito. Porque ese fue el otro problema: los Spoonful temían que la querencia folkie de Elektra los encasillara. Se consideraban un grupo más abierto, más… poppie. 

Pronto comprendieron que, por las prisas y la mala evaluación, habían cometido un grave error, y que tanto sus agentes como su nuevo sello pensaban únicamente en el rendimiento a corto plazo. A modo de desagravio hacia Holzman, que había confiado en ellos, le entregan las cuatro piezas (dos originales y dos versiones) que tenían prácticamente rematadas tras una pregrabación en Elektra y que aparecerán el año siguiente en un sampler titulado “What’s shakin’”; un disco en el que, irónicamente, se percibe la nueva orientación que está buscando Holzman: aparte de los Spoonful, ahí está parte del primer repertorio de la Paul Butterfield Blues Band y unas grabaciones de Eric Clapton junto a Jack Bruce, Stevie Winwood. Paul Jones, Steve York y probablemente algunos más, reunidos bajo el nombre de The Powerhouse. Con ese sampler queda claro que Elektra está dejando atrás esa catalogación restrictiva de “sello folkie”, pero los Spoonful no tuvieron paciencia. En fin, el daño ya estaba hecho: aquí tenemos las dos canciones originales, ambas de Sebastian. Es un crimen que la primera, la gozosa “Good time music”, no hubiese sido mucho más conocida en su momento, ya que su única publicación en single corrió a cargo de los Beau Brummels y no llegó ni al top 50.



El grupo debuta en Kama Sutra bajo la producción de Erik Jacobsen, que pronto se convertirá en uno de los productores de moda en la escena de San Francisco. El primer single ya es un éxito incontestable, a mediados de 1965: se trata de "Do you believe in magic", una preciosidad a medio camino entre los grupos poperos británicos y los coros irresistibles en plan Beach Boys. Los Spoonful se convierten en la nueva maravilla nacional y las giras comienzan a hacerse continuas; pero el sello tiene prisa en rentabilizar cuanto antes ese éxito, y en octubre presentan su primer disco grande, con el mismo título y por supuesto incluyendo el single. Esas prisas resultan muy evidentes, porque además de una grabación pobre, entre dos y tres pistas, más de la mitad del disco son versiones; bien hechas, pero versiones. De todos modos queda clara la amplia visión que tienen, ya que aparte de las encantadoras tonadas con juegos de voces poppies hay varias incursiones en el folk blues, producto de esa búsqueda intensiva que había hecho Sebastian y que recrean con un gusto exquisito: la tradicional “Blues in the bottle” es un buen ejemplo. Pero también hay aproximaciones al blues rock de Chicago, y además de fabricación propia, como la instrumental “Night owl blues”. Por medio hay cruces con el folk-country o el bluegrass (las tradicionales “Fishing blues” o “Wild about my loving”), y la impresión final es la de estar ante una magnífica perspectiva de estilos que además se tratan con calidez, con familiaridad. Porque una de las sensaciones que me han dado siempre los Spoonful es la de cercanía, como si todo fluyese muy fácilmente, como si estuvieses escuchando al grupo que toca en el pub de tu barrio. Eso, en unos músicos con tal variedad de recursos, es admirable.



1966 es su año estelar. De nuevo con Jacobsen como productor, en primavera se lanza su segundo Lp, que como siempre ya venía precedido de algunos singles; siguiendo también la costumbre, una vez más el sello decide titular el disco grande aprovechando el impacto del single inmediatamente anterior, “Daydream”, que había estado muy cerca del número uno. El sonido sigue siendo bastante simple, e incluso algunas canciones suenan como en mono, pero esta vez todas son propias (en su mayoría de Sebastian, con algunas ayudas de Yanovsky). Para entonces su influjo ha llegado a la costa Oeste, donde se valora por igual su imagen desenfadada como el concepto de “good time music” que tan bien los resume: entre unas cosas y otras llegan al top 10, hecho que sorprende tanto al sello como a ellos mismos. Y sin embargo sigue siendo un grupo de singles, de canciones sueltas, sin necesidad de convertirse en “conceptuales” o cosa parecida; incluso en la Isla, donde esos singles no destacaban, alcanzaron con este disco un éxito similar y grupos como Beatles o Kinks reconocen la influencia, al menos, de la pieza que le da título (recuerden, ese estilo tan entrañable de “Good day sunshine” o “Waterloo sunset”). Por otra parte su ritmo de trabajo es asombroso, porque casi al mismo tiempo, entre gira y gira, consiguen elaborar la banda sonora de “What’s up, Tiger Lily?”, el debut de Woody Allen como director, donde el grupo aparece además en un pequeño papel. Ni la película ni esa banda sonora son nada del otro mundo: las canciones semejan recortes de su obra principal, y los propios músicos lamentaron luego “haberse distraído en un encargo que no tenía sentido”.



En noviembre llega “Hums of the Lovin’ Spoonful”, el tercer disco, que será su última gran obra y que de nuevo viene precedida por algunas de sus mejores canciones en singles. Lo cual no impide que alcance el top 15, aunque las sensaciones no son buenas dentro del grupo: más o menos por esa ápoca comienzan a preparar una nueva banda sonora, en la que Jacobsen elimina la voz de Sebastian en alguna canción, por considerar que su tono "no da la calidad suficiente". Y a los demás, especialmente a Yanovsky, no les gusta que ese material haya sido compuesto casi exclusivamente por el propio Sebastian, sobre todo en un momento en el que el tanto él como Butler estaban comenzando a incrementar su trabajo creativo en el grupo. En cualquier caso, la trayectoria de ese tercer Lp no se ve salpicada por los líos internos; es más, curiosamente resulta que casi todos los aficionados lo consideramos como su mejor obra. De nuevo se trata de una colección de canciones de tonos diversos pero siempre con un gusto exquisito, con ese dominio de la melodía que muestra sus orígenes folk y a las que el tratamiento pop eleva. Para la época resultó un tanto extraño que entre este disco y el siguiente todo comenzase a ir de mal en peor, pero con la perspectiva que da el tiempo parece evidente que a la situación personal se sumó un velocísimo cambio de gustos causado sobre todo por la psicodelia, un estilo para el que no estaban preparados. Ni deseaban estarlo, si nos fijamos en las carreras posteriores de cada uno de ellos, no muy brillantes pero bastante coherentes con lo que habían hecho en esta época.   


Tras la publicación del disco, la desbandada comienza. El primero en abandonar es Jacobsen, que tras la bronca con Sebastian no se considera indicado para seguir trabajando con ellos. A mediados de 1967 se marcha Yanovsky; Sebastian lo hará a principios del año siguiente, tras un último Lp mediocre. Aún se publicará otra más, con una formación de circunstancias, y el grupo desaparece oficialmente poco después, cuando ya su presencia en el negocio resultaba andecdótica. Los Spoonful son la perfecta imagen de banda que cubrió la transición entre la delicadeza pop y la psicodelia, entre el pop preciosista y el folk hippie, pero aún hoy la mayoría de sus canciones se sostiene perfectamente.


lunes, 22 de junio de 2026

Estados Unidos a medio camino en los 60 (V)

… Y la señal decía: “Las palabras de los profetas están escritas en las paredes del Metro y en los pasillos de los edificios de apartamentos, y susurradas en los sonidos del silencio”. 
Paul Simon 

La transición que se vive en Estados Unidos entre 1964 y 1966, es decir, entre la llegada de los Beatles y la explosión psicodélica, causa un enorme burbujeo en muchos sitios del mapa; es una época emocionante y al mismo tiempo selectiva, porque muchos de los nombres que pueblan esa época desaparecerán pronto. De momento los Byrds son el ejemplo más reseñable como síntesis entre el beat y el nuevo folk, aunque los músicos de categoría como Jim McGuinn reconocen siempre influencias de muchos orígenes distintos: él mismo admiraba el magnífico empaste vocal que conseguían los Everly Brothers, por ejemplo. Y hay un dúo en Nueva York que se inspira directamente en ellos: se trata de Paul Simon y Art Garfunkel, que partiendo de ahí combinan la canción de autor con el folk y le añaden unas gotitas pop. La suma de las capacidades poéticas y musicales de Simon más la voz privilegiada de Garfunkel hicieron de este dúo una de las ofertas más emotivas de la época, consiguiendo un magnífico equilibrio entre calidad y comercialidad: el segundo quinquenio de los años 60 podrá destacarse por muchos grupos y estilos, pero sus melodías siempre estarán ahí, como banda sonora en la vida de dos o tres generaciones. 

La historia de esta pareja arranca a mediados de los años 50: vecinos y amigos desde la escuela, deciden asociarse bajo el nombre de Tom y Jerry. Entre 1957 y el 58 publican tres singles de corte duduá que alcanzan una pequeña notoriedad, pero el sello se desanima y ellos deciden seguir con sus estudios hasta que en 1963, animados por la oleada folk que Dylan provoca por todo el país, deciden reunirse de nuevo. En muy poco tiempo algunas canciones de Simon se hacen populares en el ambiente folky de la ciudad (ya saben, Greenwich Village y todo aquel efervescente underground de Manhattan) y consiguen un contrato con CBS. Graban su primer LP, acústico, muy intimista, en 1964; pero inicialmente pasa desapercibido, y Simon decide disolver el dúo para marcharse a la Isla. Allí se integra en el ambiente folky, consiguiendo actuaciones en ese circuito que lo llevan a la BBC y poco después a grabar un disco grande a su nombre, exclusivamente con voz y guitarra. Es entonces cuando se entera de que "Sound of silence", una de las canciones de aquel primer disco que había publicado con Garfunkel, ha sido regrabada por Tom Wilson (¡otra vez ese bendito nombre!) usando los músicos de la banda de Dylan y electrificando la canción: éxito en las radios del país. Simon vuelve a toda prisa, llama a Garfunkel, se ponen a trabajar y comienza la épica.

La grabación de su segundo Lp les llevó más de medio año, a pesar de que CBS quería capitalizar cuanto antes el éxito del singe; y aunque fue producido oficialmente entre Bob Johnston y Tom Wilson hay que citar también al propio Simon, que desde entonces siempre ha querido controlar de cerca el proceso de grabación. Por fin, en enero de 1966 se publica “Sounds of silence”, título sugerido por CBS como rebufo del enorme éxito que estaba consiguiendo la regrabación de Wilson sobre la pieza original (entre finales del 65 y mediados del 66 alcanzó el número uno de las listas en medio mundo, aunque a Simon le pareció “un horror bastante recargado”). Y en ese disco grande, además del single hay ya piezas inmortales que en su mayoría son regrabaciones de aquel disco británico en solitario suyo: “I am a rock”, “Kathy’s song”, “Leaves that are green” y algunas más. Lo cual demuestra el gran trabajo que se realizó en el estudio, partiendo de la base de que se estaba trabajando sobre un repertorio que en su mayoría ya estaba perfilado. Por entonces sus discos son colecciones de piezas sueltas que podrían intercambiarse, pero pronto adquirirán espíritu de obras únicas, casi al estilo conceptual, y en ese sentido comienza a notarse la influencia de los Beatles. De todos modos, y al margen del éxito inusitado que había tenido el single (y en menor medida otros publicados luego), el dúo siguió durante un tiempo actuando exclusivamente en el circuito de colegios mayores o universidades: hasta ese momento, el folk y sus derivados en mayor o menor medida no llegaban a ser un artículo de grandes públicos. Ni siquiera Dylan había conseguido superar el top 20 hasta que electrificó su sonido, y ese fue el puesto aproximado al que llegó este disco. Sin embargo, con el paso del tiempo (y también como ocurre con Dylan), las ventas se fueron haciendo regulares; discretas, pero constantes. Eso es al final lo que distingue a las grandes obras de las que dependen exclusivamente de una moda.



En otoño, tras otro período de grabación bastante extenso, llega el disco que elimina todas las consideraciones anteriores sobre lo difícil de que era pasar de un top 20 con este tipo de material: “Parsley, Sage, Rosemary and Thyme” llegó sobradamente al quinto puesto en las listas estadounidenses y al número uno en varios países. Lo cual tiene un mérito añadido, ya que antes de su publicación se habían lanzado algunas de sus canciones más sobresalientes en single. Pero el dúo se confirma aquí como uno de los valores más sólidos de CBS, y eso que el sello ya es por entonces el que más recursos artísticos tiene de todo el mercado americano. Sigue habiendo algunas canciones rescatadas del disco británico de Simon, como “Patterns” (prácticamente acústica) o la casi dylaniana “A simple desultory philippic”; en cualquier caso gran parte del material seguía formando parte de las composiciones, publicadas o no, que había creado en su época isleña. Este disco es la confirmación definitiva del poderío que tiene este dúo, desde la apertura con su exquisita versión de “Scarborough fair”, una verdadera exhibición de sensibilidad vocal apoyada por esos arreglos ensoñadores, y todo lo que viene luego está a la altura: ahí vienen, por ejemplo, “Homeward bound”, una de las que ya estaba casi rematada en las sesiones del disco anterior; o “The 59th Street bridge song” (conocida popularmente como “feelin’ groovy”), que alcanzó la categoría de himno. Pero una vez más el nivel medio es luminoso, sobresaliente, y la mejor demostración de que, como los Beatles en otro rango, es posible vivir en el mainstream con total dignidad.


En 1967 no hay disco nuevo, en parte por exceso de giras, pero sobre todo porque están preparando con mucho detenimiento un nuevo giro de tuerca en su carrera. Sus únicas grabaciones pertenecen a la banda sonora de “El graduado”, una de esas películas que marcan época y en las que ellos interpretan versiones cortas, ajustadas para las escenas en las que intervienen. Además de la regrabación de algunas ya conocidas, tenemos otras nuevas entre las que destaca el diseño inicial de “Mrs. Robinson”, que pronto será otra de sus canciones bandera. Y con estos regalitos se despiden de nosotros hasta que vuelvan para celebrar con todos los honores el tránsito hasta los años 70.