domingo, 1 de marzo de 2026

1967 (XIII)

La conmoción que causó el fenómeno psicodélico en la música popular fue decisiva, pero no todos los músicos se sintieron a gusto con ese vendaval de modernidad que puso patas arriba la mayor parte de los esquemas tradicionales. Especialmente en los géneros raíces como el blues o el folk hubo opiniones en contra, y si a Donovan se le vio cómodo desde el primer día en esa nueva realidad otros folkies la rechazaron. Ese fue el caso de Clive Palmer, que junto con Robin Williamson y Mike Heron había creado en 1966 la Incredible String Band: considerado como el primer grupo folk de la nueva generación británica, su debut discográfico resultó ilusionante con ese cruce de influencias tan amplio, con tanta variedad de instrumentos y que arranca en la tradición celta, cruza hasta Centroeuropa, llega a Oriente e incluso en las escalas rítmicas puede acercarse por momentos a los estilos afroamericanos (hay quien los considera precursores de eso que ahora se llama “world music”). Pero esa amplitud de miras es patrimonio de Williamson y Heron, que además son los compositores principales, porque a Palmer no le acaba de convencer tanta exuberancia y poco después de la publicación del disco decide seguir su propio camino. 

Tras su marcha, a principios del verano de 1966, Williamson y Heron disuelven la sociedad; no tienen planes a corto plazo, y mientras el primero viaja a Marruecos sin una fecha de vuelta concreta el otro vuelve a Edimburgo. Cuando Williamson termina su viaje se reúnen y deciden seguir adelante como dúo, aunque a efectos prácticos tanto en estudio como en directo serán acompañados por amigos; en concreto, Licorice McKechnie, compañera de Williamson por entonces, hará desde ese momento las segundas voces y se encargará de parte de la percusión. Por otra parte, el concepto “multimedia” (más por parte de Williamson que de Heron) comienza a cobrar protagonismo con la presencia de dos bailarinas en sus actuaciones. Su productor seguirá siendo Joe Boyd hasta bien entrada la década de los años 70. Boyd, además de ser un verdadero fan de la ISB, es también un elemento muy conveniente en la elaboración del material y el entendimiento de los dos músicos, que componen por separado. Porque contra lo que podría parecer, nunca hubo una verdadera amistad entre ellos: únicamente se consideraban como “socios” en un proyecto artístico para el que sus cualidades como compositores y músicos eran complementarias. Cada pieza que presentaba uno tenía que aprobarla el otro y participar en los arreglos, obligando a Boyd a hilar muy fino para que no hubiese malos entendidos, para que ninguno de los dos creyese que tomaba partido por el otro.

Llega el verano de 1967 con el primer disco de la nueva ISB; no solamente porque de trío hayan pasado a dúo, sino porque aquí surge la psicodelia acústica, o “acid folk”, si se quiere. Se trata de un nuevo concepto que probablemente crean también ellos y que se suma a lo que decía antes, el asunto de la world music, con esa enorme mixtura de estilos, desde la canción tradicional isleña de cualquier época hasta las melodías orientales, añadiendo unas letras de las que ya en el anterior destacaba su tono general casi místico (y de vez en cuando, se divisa a Dylan allá a lo lejos). El disco se titula “The 5000 spirits or the layers of the onion”, y ya la portada deja clara su evolución: frente a la sobriedad estética del primero, este es un lujo sensorial elaborado por el colectivo The Fool, a los que ya conocemos por haber diseñado también el “Evolution” de los Hollies y unas cuantas cosas más. La apertura corre a cargo de “Chinese white”, una de esas joyitas que comienzan a cimentar el prestigio de esta nueva época: su estilo, casi medieval, muestra una melodía exquisita con los arreglos justos, destacando de nuevo esa entonación cercana al cántico entre folk y “eclesial” a la que se añade la presencia de un violín, a cargo de Williamson, que marca los tiempos. Es una composición de Heron, que por norma irá seguida por otra de su socio: destaca el escrupuloso orden de las canciones, probablemente pactado entre Boyd y ellos, que se mantiene durante todo el disco. Llegamos por tanto a la primera de Williamson, que es igual de buena o mejor aún; se titula “No sleep blues”, otra delicia, en la que las protagonistas son la flauta y la guitarra acústica acompañando a una melodía que efectivamente tiene una base de folk blues. Se ha comparado este tipo de piezas a lo que harán en el futuro los músicos del tipo Nick Drake, y creo que algo de eso hay. El nivel sigue subiendo, si ello es posible, con “Painting box” (ya saben, esta le toca a Heron), que fue además el único single que se publicó de este Lp. Una escala celestial, un nuevo derroche de fantasía instrumental con tan pocos medios, salvo el apoyo al doble bajo a cargo de Danny Thompson, que ya se ha hecho un nombre por entonces y participa en varias canciones, que nos lleva a otra época. No suele citarse mucho el tremendo dominio que tenían sobre los instrumentos, especialmente los de cuerda, pero aquí lo demuestran de sobra; por no hablar del magnífico empaste entre sus voces, incluso el de la recién llegada Licorice, que se adapta perfectamente. Y estas son solo las tres primeras, pero si me pusiese a comentar una por una pueden ustedes creerme que acabaría resultando bastante pesado. Quienes ya conozcan este disco no necesitan mis palabras. Y los que no, solo necesitan un enfervorizado consejo: por favor, dejen llevarse por su enorme e insospechada belleza. Solo añadiré que John Peel, deslumbrado, se convirtió en su mayor propagandista emitiendo el disco entero en su programa; aunque Paul McCartney fue aún más lejos, ya que lo considera como el mejor de 1967. Y mira que hubo discos buenos en este año, ya lo estamos viendo


Como era de esperar, aquí ya hay fans que consideran este nuevo debut como lo más brillante en toda la carrera de la ISB, pero eso es discutible. Tienen varios discos hasta principios de los 70 que son exquisitos, y muchos de nosotros no sabríamos decir con cuál nos quedamos. Ni falta que hace. Ya seguiremos el año que viene transitando por este luminoso sendero que Williamson y Heron acaban de abrir para nuestro deleite…


sábado, 21 de febrero de 2026

1967 (XII)


Aunque Donovan tiene ya un prestigio ganado por haber sido el primer cantautor hippie folk británico, en lo relativo a la publicación de su obra está pasando por una situación un tanto rocambolesca. Debido a un largo enfrentamiento legal entre el sello PYE, que fue su primer distribuidor, y Columbia, que lo distribuye en Estados Unidos bajo el subsello Epic, su producción discográfica llega tarde y mal a la Isla. Lo cual hace recomendable concentrarse en la discografía estadounidense al menos hasta principios de la década de los 70, cuando este problema quedará resuelto. Así pues, ya el año pasado tomamos la decisión de fijarnos brevemente en los singles isleños y recurrir a Epic cuando se trata de los Lps. Por otra parte, que un sello yanqui se interese tanto por la carrera de un músico británico es bastante esclarecedor: Donovan no solo ha conseguido ser popular en la Isla y Europa, sino que es también un referente para la juventud más inquieta de los Estados Unidos.

La primera publicación de 1967 es el Lp “Mellow yellow”, que se distribuye prácticamente en todo el mundo salvo en la Isla. Dejando aparte la canción que lo abre, le da título y que ya había sido publicada en single, se nota que su situación personal está influyendo en su estilo. Hay que recordar que el enfrentamiento discográfico que lo condiciona en esta época ha llegado a ser tan duro que incluso hubo un momento en el que esa disputa llegó a amenazar su carrera. Y esos problemas legales se solapan con los que le han llevado a visitar brevemente los calabozos isleños por su afición a las substancias ilegales: Donovan, que cumplirá 20 años en mayo de este año, se está haciendo mayor a toda velocidad por culpa de las preocupaciones. “Writer in the sun”, la segunda canción del disco, lo refleja bastante bien cuando dice “Los días de vino y rosas ya me quedan lejos… Y me siento aquí, el escritor retirado, al sol”. Es una especie de balada barroca, casi cameral, con una tremenda carga melancólica. Y traten de lo que traten las letras, que hasta ahora solían ser bastante infantiles, aquí mejoran mucho, lo cual cuadra bastante con esa madurez sobrevenida tan velozmente: las descripciones psicodélicas de algunas, como en el folk casi minimalista de “Sun and foam”, tienen mucho más peso literario ahora. En lo puramente musical vemos que de nuevo recurre a estructuras jazzísticas, como en “The observation” y “Bleak City woman”, que le sigue; incluso “House of Jansch”, mas cercana al folk hippie, tiene un vago componente de ese tono. La mayor simplicidad folkie llega con la hermosa “Young girl blues”, solo voz y acústica, para volver a esa extraña pero cautivadora mezcla que suele hacer Donovan cuando se acerca al folk rock psicodélico (y de nuevo el jazz anda cerca) en piezas como “Museum” o Sunny south Kensington”. En general hay un equilibrio entre intimismo, melodía y arreglos que hacen de este disco uno de los más equilibrados de su carrera. Y un top 15 con este tipo de exquisiteces es un verdadero éxito. Estados Unidos le está devolviendo la sonrisa al taciturno Donovan.


Durante este año solamente se publican dos singles. El primero, publicado en Estados Unidos ya en enero, lleva en la cara A “Epistle to Dippy”. Se trata de una de esas baladas anfetamínicas tan suyas, con apoyo orquestal y un claro trasfondo psicodélico, que por otra parte incluye un mensaje antibelicista bajo el formato de dedicatoria a un antiguo amigo suyo. En la cara B nos encontramos de nuevo al Donovan jazzero con la magnífica “Preachin’ love”, una pieza ejecutada muy al estilo clásico y en la que parte de la línea melódica recuerda a “Mellow yellow”; una canción que por cierto aparece por fin en single en la Isla dos o tres semanas después. Y en verano tenemos “There is a mountain”, que saldrá en el mercado británico dos meses después. Dejando aparte su letra hippy de origen budista, musicalmente es un curioso cruce entre folk jazz y música latina realmente encantador que llegó al top 10. La cara B contiene “San and foam”, la otra única pieza procedente del Lp anterior que les fue dado escuchar a los británicos que no lo compraron por vía importación.




En diciembre vemos otra de esas extrañas piruetas discográficas a las que ya nos tiene acostumbrado el culebrón que está viviendo la carrera de Donovan: en Estados Unidos se publican al mismo tiempo dos discos grandes que poco después podrán ser adquiridos también juntos en box set. La razón fue que en un principio Epic no tenía muy claro si ese formato sería comercialmente viable; pero en vista de que por separado estaban vendiendo bastante bien desde el primer día, finalmente se decidió publicarlo también como doble. Esa misma estrategia de tanteo se usó en los demás países salvo en la Isla, donde PYE ya solo publicará el box set, aunque medio año más tarde. De todos modos la idea original también tenía su lógica, ya que tanto en lo musical como en lo literario hay grandes diferencias entre ambos, como veremos. Con el paso del tiempo se impuso la segunda opción, entre otras cosas porque ese formato se presenta con todo lujo incluyendo una carpeta con doce hojas de colores, a tamaño folio, en las que vienen varias letras junto con unos dibujos representativos de cada una; de hecho la mayor de las objeciones que había puesto Clive Davis, el jefe, a su publicación, fue el coste inusual del trabajo de imprenta. Su título genérico es “A gift from a flower to a garden” y anduvo por el top 15 de medio mundo. Así que ahora vayamos al contenido de cada uno de los discos…

Empezaremos por el segundo, que sin embargo fue concebido en primer lugar. Se titula “For little ones” y es una colección de piezas eminentemente acústicas (voz, cuerdas e instrumentos de viento), de tono folkie, algunas de ellas tomando inspiración en las letras para canciones infantiles -de ahí el título-. Tanta sencillez asustó a Mickie Most, su productor, que como suele pasar con este tipo de personajes está más pendiente de los resultados comerciales que de la expresividad de sus pupilos, y tras una discusión que no lleva a ninguna parte Donovan decide producir este disco personalmente. Aquí tenemos, entre otras cosas, la demostración de su dominio técnico de la guitarra acústica e incluso el banjo; pero también de que sabe “rellenar” una canción con muy pocos elementos y darle formas exquisitas, al margen de la evolución que está llevando su carrera en ese momento. El resultado es encantador; está claro que el ambiente hippie de la época influyó en la popularidad de este disco, pero aun así hay que reconocer la radiante belleza de muchas de estas piezas cortas, simples, casi minimalistas, pero evocadoras y que a un músico como Donovan le cuadran como anillo al dedo. Incluso cuadran las letras, que por su espíritu vuelven aquí a esa sencillez un tanto afectada que lastró los principios de su carrera pero que aquí tienen una lógica. De hecho todo el ambiente que rodea a esta docena de canciones viene siendo como un homenaje a sus primeros años, un recordatorio de cómo Donovan comenzó siendo un cantautor folk que consiguió en poco tiempo superar su inicial dependencia del modelo Dylan para crearse su propio mundo.



Y el segundo disco, que en el box set figura en primer lugar, es “Wear your love like heaven”. Esta es la vuelta al momento artístico en el que Donovan se encuentra por entonces, y continúa el camino iniciado a partir de 1966. De nuevo estamos ante una colección de piezas que van muy trabajadas, con magníficos arreglos y ese cruce entre pop, folk, psicodelia y jazz que hace tan personal su estilo; ayudado por Micky Most, que aquí vuelve a dirigir la producción. Ya la canción que abre el disco y le da título es una exquisitez cuya hipnótica melodía de tono jazzy va apoyada por una ligera percusión pero, sobre todo, por ese órgano Hammond y el vibráfono, que le dan una sonoridad fantástica.”Mad John’s escape”, la siguiente, podría haber figurado en “Mellow yellow”, con ese espíritu de single con estribillo pegajoso; “Sun” es una nueva demostración de lo bien que sabe crear ambientes jazzy desde la melodía hasta la escala rítmica; el arpicordio le da a “There was a time” el toque de distinción que la convierte en una magnífica representante del pop de esos años, entre folk y barroco. La cara B comienza con “Oh Gosh”, otra exhibición de folk jazz, destacando esa línea de bajo y la flauta apoyada por los teclados. Hasta el music hall se encuentra representado aquí, en los coros de la etérea “Little boy in Corduroy”. Hay una historia curiosa que da origen a “Under the greenwood tree”, la siguiente: Sir Laurence Olivier le solicitó algunas melodías para acompañar su adaptación teatral de “As you like it” de Shakespeare, y Donovan añade además un guiño a Alicia en el Pais de las Maravillas cerrando la letra de esta canción con el verso “¿Quieres, no quieres unirte al baile? Los tonos infantiles surgen de nuevo en “The land that doesn’t have to be”, apoyada por ese órgano juguetón. Y el cierre llega con toda su majestad gracias a “Someone singing”, precedida por el sonido ambiental de olas y gaviotas que dan paso a una canción casi marcial, con arreglos orquestales y un vago tono blues en la melodía. El conjunto es, para mí, otro de esos momentos mágicos en su carrera.


La psicodelia seguirá impregnando en mayor o menor medida gran parte de la obra de Donovan a lo largo de toda su carrera, al margen de las modas. Lo cual tiene su mérito y demuestra que ese estilo, como cualquier otro, puede formar parte de la personalidad de cualquier músico si este tiene la formación suficiente para no quedarse encerrado en él. Y lo ha demostrado muchas veces.