“Tocábamos en Manchester y luego volvíamos a Londres. Llegábamos a las tres de la mañana y grabábamos algunas pistas. Luego nos acostábamos a las cinco y nos levantábamos por la mañana para volver al norte y hacer otro concierto, y por la noche estábamos otra vez en Londres para volver a grabar. Así hicimos el primer álbum”.
Noel Redding
El comentario del señor Redding resume la situación de la Jimi Hendrix Experience al poco tiempo de hacerse medianamente conocidos: con un único single publicado hasta ese momento, su volumen de trabajo se había vuelto agotador. Entre otras cosas porque no solo su música, sino también su magnetismo visual subyugaban a los fans de tal modo que alguien ajeno al mundillo pop podría sospechar que aquella devoción tuviese ingredientes religiosos. Conste que también Cream, el otro trío de moda, ejercía una fuerte atracción; pero Clapton, la supuesta figura central, compartía su protagonismo y creatividad con los otros dos virtuosos que también tenían una trayectoria anterior, si no tan brillante sí muy respetada. Por el contrario, el carisma de Hendrix era muy superior, sin desmerecer la altura técnica de sus dos acompañantes, porque la práctica totalidad de la composición era suya; por su endiablado dominio de la guitarra, e incluso por su presencia escénica. Y ya saben ustedes que las religiones monoteístas son siempre más intensas que las politeístas. Además estaba en su cumbre creativa: al poco de llegar a la Isla (donde en los primeros tiempos se sintió muy a gusto), él mismo decía sentir que las canciones le iban llegando solas, sin esforzarse, como un regalo. Y por último hay que resaltar el gran entendimiento que había entre él y Chas Chandler, el ex-Animals que lo descubrió, su productor y manager. En definitiva, este nuevo año será el de su consagración a escala mundial.
Justo a tiempo para saludar el comienzo de la primavera se presenta un single en el que, de las primeras canciones escritas por Jimi ya en la Isla, Chandler selecciona “Purple haze” y “51st anniversary”. La cara A es la prueba definitiva del tremendo potencial que tiene este señor, presentando un esquema muy novedoso y contundente que se inicia con esa sucesión de notas que recuerda el ascenso por una escalera; a partir de ahí la base blues se condimenta con un vago dibujo oriental en algunos pasajes de guitarra, todo ello bajo un fuerte influjo psicodélico. El juego de distorsiones que crea con el pedal fuzz es el remate definitivo; al mismo tiempo sorprende la solvencia que hay en la interacción con bajo y batería, teniendo en cuenta los pocos meses que llevan juntos. Todo ello se ve reforzado además por la letra, que redondea el efecto psicodélico: Hendrix había leído un extracto de “Night of light», una novela de ciencia ficción escrita por Philip José Farmer en la que un planeta queda cubierto por una niebla púrpura; días después tuvo un sueño sobre esa historia, y lo plasmó en un papel escrito a toda prisa en un camerino. Insisto en la notable interacción con Chandler, que no en vano es instrumentista además de productor: Hendrix y él buscan continuamente nuevos recursos de sonido, muchas veces al margen de los otros dos, por pura curiosidad. En cuanto a la cara B, sin llegar a tanto brillo, tiene una entrada vagamente similar y un desarrollo más convencional pero muy sugestivo. Entre una y otra constituyen el único single top 3 que tuvieron en una carrera que, al igual que Cream y la mayor parte de las bandas emergentes, ya presta mucha más atención al formato grande; lo cual es injusto teniendo en cuenta la majestuosidad de unas canciones que luego quedan relegadas al sector de los “Grandes éxitos”, cuando resulta evidente que sus singles forman parte de un todo muy orgánico junto a las piezas que luego se presentan en Lp (en su mayoría, perfectamente intercambiables con estas).
Por esas mismas fechas Hendrix y Chandler buscaban nuevos recursos escénicos para aumentar el poderío mediático, un aspecto cada vez más valorado. Y aquí es donde surge el famoso comentario de Keith Altham, legendario periodista del NME y muy fan de los Who: Altham sugiere a Chandler que para superar el vandalismo escénico de Townshend y sus colegas, consistente en destrozar instrumentos, lo único que podría hacerse sería quemarlos. Dicho y hecho: el 31 de marzo Chandler le pasa a Hendrix un frasquito con gasolina para mecheros, y este quema su primera guitarra en una actuación en el Finsbury Park Astoria mientras interpreta su versión de “Wild thing”. La cosa resultó un tanto patética (y no sería la única vez), porque tuvo que usar varias cerillas y se quemó ligeramente en una mano. “A continuación él y sus colegas abandonaron el escenario precipitadamente, ya que la proximidad de unas cortinas no presagiaba nada bueno” en palabras de Chris Welch, plumilla del Melody Maker y por supuesto competidor de Altham. Pero gracias a eso, Hendrix recibió el lustroso mote de «el Elvis negro»… o el no tan elegante «Hombre salvaje de Borneo».
A principios de mayo llega el nuevo single, cuya cara A es “The wind cries Mary”; se trata de la primera dedicatoria que Hendrix escribe para Kathy Etchingham, su novia más constante, desde los primeros días londinenses hasta finales del 68, cuando la deriva vital de Jimi comienza a entrar en barrena. Su estructura básica es la de una balada, y tuvo un desarrollo muy fácil en el estudio -no más de veinte minutos- porque en realidad fue la evolución de un juego de escalas que ya había perfilado años antes, basándose en el estilo de Curtis Mayfield (es una de las piezas de Hendrix más cercanas al soul melódico). Al otro lado tenemos “Highway chile”, un buen contrapunto: es una canción intensa sin ser estridente, muy rítmica, con un riff “nervioso” y una estructura a medio camino entre blues y r&b, pero también entre soul y funky. La letra es de tipo autobiográfico, y esa idea de “Hijo de la autopista” era tan válida en su época del Chitlin’ Circuit como ahora, con ese ritmo frenético de actuaciones. El disco rozó el top 5.
En la semana siguiente se presenta el debut en Lp, con un título retador: “Are you experienced”. Y parece que la masa de fans lo estaba de sobra, ya que rozó el primer puesto de las listas -en algunas extraoficiales lo consiguió. Hendrix y sus colegas eran ya lo más atrayente del negocio musical en ese momento con permiso de los Beatles, y este disco es la confirmación definitiva; hubiera sido interesante ver quién ocupaba ese primer puesto oficial de no ser porque “Sgt Pepper’s…” se publicó dos semanas después. La exhibición comienza con “Foxy lady”, otra de las futuras clásicas totales: es un blues rock muy innovador, de ritmo obsesivo, que arranca sobre una nota que va creciendo en un vibrato y a partir de ahí va transportada en un feedback muy denso, un puro embrujo. “Manic depression”, la siguiente, se acerca más al espíritu del directo, con una implicación muy equilibrada de los tres músicos; siempre es así, pero esta es una de las que deja bien a las claras la tremenda calidad de Redding y Mitchell (que aquí podría recordar el estilo jazzero de Ginger Baker). Luego viene “Red house”, una especie de homenaje que hace Hendrix a su pasado y al blues de Chicago, que por supuesto queda recreado aquí con total esplendor. El blues rock cercano al garaje, al british freakbeat si me apuran, llega con “Can you see me”, otra de esas canciones que te impide quedarte quieto. La tensión parece bajar un poco con “Love or confussion”, con ese arranque envuelto en nubes psicodélicas, muy británico, como todo su desarrollo posterior, que va haciéndose cada vez más intenso. La cara A se cierra con “I don’t live today”, cuya letra es un homenaje al pueblo indígena americano y en lo musical una magnífica mixtura entre hard blues y psicodelia, con una nueva exhibición a cargo de Mitchell. La B en cambio arranca con una suave balada psicodélica, cercana por momentos a las melodías hawaianas (probablemente Peter Green tomó nota), muy agradable. El panorama cambia de perspectiva con “Fire”, que de nuevo nos muestra la potencia del trío en todo su esplendor creando una pieza de blues rock psicodélica y ponzoñosa, pura carne de single. Otro de los grandes momentos del disco es “Third Stone from the sun”, que puede considerarse instrumental salvo por algunos pequeños pasajes hablados y en los que de nuevo se pone de manifiesto la afición de Jimi por la ciencia ficción, ya que esa tercera piedra es el planeta Tierra. La pieza, una de las cumbres de la psicodelia tal y como él la entendía, es una sucesión de pasajes unidos por una melodía de fondo -que de nuevo podría recordar el espíritu hawaiano- y en los que vuelve a quedar patente la tremenda categoría de los tres, así como su compenetración; por momentos se recurre a estructuras propias del jazz, todo ello sobrevolado por esos continuos y cambiantes “efluvios guitarreros” tan suyos. Más convencional pero muy agradable es “Remember”, cercana al r&b de tono soul, muy dinámica y bien llevada por la batería de Mitchell. El disco se cierra con la canción que le da título, con un desarrollo de tipo oriental y frecuentes pasajes con batería y guitarra en cinta al revés; que por cierto, la batería lleva un curioso ritmo militar muy a juego. En suma: además de que se trata de una obra muy accesible, su categoría no tiene nada que envidiar al segundo de Cream, por ejemplo.
Tras la marcha triunfal del trío por medio mundo, incluyendo aquel momento histórico que significó la actuación de Monterey, el año se cierra con “Axis: bold as love”. El disco llega en diciembre envuelto en una de esas portadas que el tiempo ha convertido en icónicas, creando, al igual que en el caso de Cream, un claro contraste con la austeridad de su disco anterior. Es una obra de Roger Law, otro clásico multimedia británico; Hendrix mostró sus reticencias al principio (“Os habéis equivocado, no soy esa clase de indio”), pero acabó gustándole más por el aura ácida que transmitía que por el tema en sí. Ha pasado poco más de medio año desde la publicación del primero, pero las diferencias ya son notables incluso en las letras: este es un disco mucho más maduro, sin la potencia inmediata del anterior pero con una densidad enorme; lo cual no significa, por supuesto, que sea mejor o peor. Tras la parodia supuestamente radiofónica de “EXP”, en la que Jimi habla de sus queridos ovnis (más tarde definió este disco como “Rock and roll de ciencia ficción”), comienza un surtido de canciones en las que predominan los tiempos medios aunque hay un buen equilibrio entre esas y las que mantienen todavía la memoria de los primeros tiempos, como “Up from the skies”, “Wait until tomorrow” o “Little Miss Lover”. Todavía en ese tono destaca un entrañable homenaje al Castillo Español, ente Tacoma y Seattle, en el que un jovencísimo Jimi descubrió a los Wailers, la primera banda blanca que le influyó: “Spanish Castle magic”, otra de esas exhibiciones suyas. Pero quizá las mejores son precisamente las más relajadas: “Little wing” por ejemplo, en la que se echa de menos una mayor extensión, o “One rainy wish” son buenos ejemplos. Hay que añadir, como curiosidad, "She's so fine", una de las muy contadas aportaciones de Redding: no es que sea una maravilla, pero resulta muy agradable. La colaboración con Chandler sigue siendo muy estrecha, aunque luego supimos que comenzaba a haber tirantez entre ellos porque Hendrix se obsesionaba con frecuencia en la búsqueda de nuevos trucos y sonidos que no siempre llevaban a algún sitio concreto. Por cierto, que también a diferencia de su primer disco, aquí ya vale la pena disfrutar de la versión estéreo, porque el “baile” entre los canales está mucho mejor aprovechado: ese cierre cósmico a partir del minuto 2:40 en “Bold as love” es el mejor resumen. Y aunque no sea un disco tan accesible en una primera escucha como el otro, el nivel de ventas a escala mundial fue muy similar, lo cual significa que el invento seguía funcionando a toda máquina. Para bien o para mal ya es otro asunto, porque era evidente que la vida continua en la carretera y el exceso de todo tipo de sustancias comenzaban a marcar una deriva inquietante en el estilo de vida de Jimi.
Es curioso el paralelismo casi continuo que se mantiene entre la carrera de Hendrix y la de Cream: ambos terminan el año en la cumbre, y luego supimos que pronto iba a comenzar la bajada. Pero eso no importa ahora: carpe diem, como decían los romanos. Vivamos el momento, que para llorar siempre hay tiempo.



