martes, 3 de julio de 2018

Estados Unidos: los últimos 70s (fiesta)


Aquí estamos, con celebración triple por el mismo precio: hoy se festeja el fin de nuestro viaje por la nueva ola yanki, la llegada del verano y las consiguientes vacaciones. Como ya saben los clientes habituales, en estas fiestas de “fin de curso” hacemos una breve mención a aquellos músicos de menor impacto o cuyo repertorio no se ajusta mucho a los gustos imperantes aquí, pero que también merecen ser recordados. Y como siempre, escucharán ustedes (si quieren) 12+1 selecciones. Hala, a disfrutar del buen tiempo y la música a todo trapo. 

Comenzamos con un grupo de Boston que tal vez habría merecido un comentario más amplio en esta serie, ya que a efectos comerciales tuvo una popularidad notable durante el tránsito entre los años 70 y los 80: los Cars. Sin embargo su predilección por el pop blandengue y su estilo un poco lánguido me acabó aburriendo muy pronto. Otra excusa no se me ocurre. Ric Ocasek, su líder, tiene una voz agradable, es solvente tanto con la guitarra rítmica como en los teclados, pero no le veo brillo como compositor y me resulta demasiado previsible. Tiene buena voluntad, eso sí: también ha sido productor e incluso mecenas de algunos músicos en los que supo ver potencial (por ejemplo, Suicide probablemente le deban el haberse mantenido en el negocio durante tanto tiempo). Mi preferida de los Cars, y tal vez su mayor éxito, es “Just what I needed”: venía en su primer disco, y ahí las guitarras aún tenían preponderancia sobre los teclados. Benjamin Orr, el bajista, es quien la canta; la labor de vocalista iba a medias entre él y Ocasek, aunque tienen voces parecidas.



El agridulce sector de las one hit wonders tiene en los Knack uno de sus más emblemáticos representantes. Es una reunión de músicos con experiencia que en 1978 se establecen en Los Angeles trabajando el circuito de Sunset Boulevard. Aunque al principio no consiguen interesar a la industria, tienen buena técnica y participan en actuaciones con gente importante; eso hace que finalmente haya una verdadera puja por llevárselos, y la gana Columbia: “Get the Knack”, su primer disco grande, se publica en el verano del 79, casi al mismo tiempo que su single estrella, “My Sharona”, y ambos arrasan de inmediato. Pero ahí comienza el descenso, porque el segundo no pasó del top 20 y tras el tercero se separaron, en 1981. Sabían hacer melodías con gancho, un pop vigoroso de tono sesentero a medio camino entre el estilo isleño y la escuela yanki, buscaban incluso una similitud estética con los primeros Beatles, pero iban un poco acartonados; por otra parte sus letras, frecuentemente acusadas de machistas, no ayudaron. En fin, por lo menos “My Sharona” es una perla con trasfondo neo british que casi justifica su carrera.



Un grupo de características parecidas a los Knack pero bastante más proyección son los Romantics, naturales de Detroit aunque no lo parezca. Y digo esto porque, a diferencia de lo que suele ser usual en aquella ciudad, estos muchachos comienzan como banda de power pop: su primer disco, de 1980, es un perfecto resumen del género. Luego se hacen más densos, un poco más tremendistas pero al mismo tiempo más lánguidos (un defecto muy típico de la nueva década), y a pesar de todo la fórmula les funciona dos o tres años más, con gran éxito de ventas en medio mundo. Desde entonces se han ido manteniendo gracias a un buen puñado de fans fieles que no faltan a sus actuaciones; nadie se lo habría imaginado por entonces, pero a día de hoy los Romantics siguen en activo. Y nosotros nos quedaremos con aquel primer disco, del cual posiblemente alguien recuerde “What I like about you”, que fue un mediano éxito en single.



Otros que no se han retirado todavía son Cheap Trick, de Illinois. Se trata de una banda nacida a mediados de los 70 que se va asentando lentamente en el mercado, en parte gracias al público japonés, pero que entre unas cosas y otras aún están ahí. Dejando aparte su consideración tradicional como grupo de hard rock yanqui con tonos british (a principios de los 80 recurrieron al mismísimo George Martin para producir su quinto disco), hay una vaga influencia glam en sus primeros años que de un modo u otro se contagia también a su imagen. Siempre han buscado los grandes arreglos, el sonido épico, y aunque en Europa no se les valore demasiado en su país son veteranos de los grandes estadios. En fin, que una selección en formato “cinta para el coche” sería ideal para hacerse una buena idea de su categoría, pero aquí nos conformaremos con una de sus piezas más representativas: “Surrender”, que venía en su tercer disco y que según la preclara Rolling Stone es nada menos que “el himno adolescente definitivo de los años 70”. Mira que les gusta exagerar…



Recordarán ustedes que en nuestra visita a Akron para cumplimentar a los Devo nos enteramos de que el sello británico Stiff había estado de cacería por la zona. De aquella batida destaca una muchacha de dieciséis años llamada Rachel Sweet, con una voz portentosa para esa edad, que había comenzado haciendo anuncios en la televisión además de versiones de country. Decide cambiar de estilo y acercarse al rock and roll, momento en el que Stiff la detecta y le adjudica como banda de acompañamiento a los Records, un cruce entre pub rock y new wave que le va como anillo al dedo. A finales del 78 se publica “Fool around”, su primer Lp, una ramillete encantador de piezas compuestas en su mayoría por Liam Sternberg, otra gloria de Akron, y aunque no consigue grandes ventas acaba convirtiéndose en un clásico de los pubs en medio mundo. Esa mezcla entre clásica y moderna se endurece un poco con “Protect the innocent”, que llega a principios de 1980 y es todavía mejor que el primero, con un tono muy maduro y una estructura musical más densa. Sin embargo el resultado comercial es parecido, y Rachel abandona Stiff para fichar por CBS y pasarse a la balada pop, lo que no mejoró su situación. Pero aquellos dos primeros discos, en la opinión de los poppies como yo, dan como resultado una cinta para el coche mucho más entrañable que una docena de los de Cheap Trick. 



Los frikis solemos babear ante el concepto “de culto”, un subterfugio que se utiliza para invocar a los músicos con buenas críticas pero que por lo general no llegan al gran público; otra cosa es si la culpa es del público o de ellos, claro, que hay de todo. De los surgidos a finales de la década uno de los grupos más interesantes y “ocultos” son los Wipers, formados en Oregon en 1977 y considerados como la primera banda punk del Noroeste. El problema es que Greg Sage, su creador y líder, no estaba interesado en entrar en el circuito tradicional de grabaciones y giras, sino en grabar exclusivamente: dominaba el proceso, gracias a la profesión de su padre, y creó un sello para lanzar un total de quince discos en diez años; no llegó a tantos, pero fue modificando un poco su perspectiva inicial y consiguió mantenerse durante mucho tiempo. Sage ni siquiera está de acuerdo con el término “punk”, porque desde sus inicios lo supera: un cruce entre Wire, Joy Division y el underground yanki de aquella época, en canciones que van del minuto y medio a más de diez, es algo muy raro de ver en Estados Unidos (llegaron a actuar en Europa, por cierto). Entre su grupo de fans estaba Kurt Cobain, que hizo dos versiones de la banda (les ofreció el puesto de teloneros de Nirvana, pero Sage no aceptó), y ese detalle acabó por consagrarlos. He aquí la cara A de su primer single, del 78; lo demás llegará en los 80, y quedan invitados a visitar este local para entonces.



Siguiendo con el culto pagano vamos ahora con Jeff Dahl, del que se puede decir que vive en una realidad paralela: fuera del círculo del post punk o el hard muy poca gente ha oído hablar de él, pero en ese mundillo es un verdadero Mesías al que algunos han llegado a llamar “el Jeff Beck del punk”, nada menos. Su época más brillante fue en la década de los 80 y 90, acompañado en distintas agrupaciones por personajes procedentes de otras bandas como los Germs, Dead Boys, etc. Su estilo a la guitarra es denso y caluroso (a mí me recuerda a Link Wray, no sé por qué), y su tono de voz, casi glam, es muy atrayente. El caso es que sigue en activo, ha grabado más de dos docenas de discos y no parece que vaya a retirarse mientras haya gente siguiéndole. Nosotros escucharemos lo primero que grabó, allá por 1977, al frente de su Jeff Dahl Band, un grupillo de corta existencia: se titula “Rock and roll critic”, ya se pueden ustedes imaginar de qué va, y tiene una estructura original… aunque casi nadie se enteró porque fue publicada en un sello diminuto. No volverá a un estudio de grabación hasta la década siguiente. 



Ya que hablamos del señor Dahl habrá que recordar a los Angry Samoans, que ya eran una banda clásica en la escena de Los Angeles desde finales de los 70, aunque su primera grabación no llega hasta 1980 (y él entra en 1981). Son claramente punk, pero a pesar de su estilo rápido, urgente, tienen un sentido de la melodía más afinado que la mayoría de sus conciudadanos y por momentos se les nota una formación bastante amplia que va desde Detroit a Londres pasando por Nueva York, alejándose de la desesperación músico vocal que afecta a los demás. Su discografía es reducida y su carrera irregular, ya que han desaparecido y reaparecido unas cuantas veces con formaciones distintas; pero los aficionados al punk angelino de aquella época que no los conozcan tal vez se lleven una agradable sorpresa: como en el caso de los Wipers, hay vida más allá del hardcore. Por ejemplo esta es la vigorosa “Right side of my mind”, que abría su primer Ep. Al escucharla, los fans de White Stripes a lo mejor descubren que la supuesta frescura de sus ídolos no lo es tanto…  



Otro personaje de culto es Jeff Conolly, con una leyenda de similar empaque a la del señor Dahl; ambos son cantantes y compositores, aunque en el caso de Conolly su instrumento son los teclados. También este comienza a finales de los años 70 poniéndose al frente de los bostonianos DMZ, que habían arrancado como banda punk pero a los que Conolly da un tono de rock callejero muy saludable. Después de un Ep en 1977 son detectados por Sire, que lanza un disco grande el año siguiente; sin embargo aquella mezcla espléndida de rock and roll con tonos punk (me recuerdan a los Dictators) no llega a ninguna parte, y poco después el grupo desaparece. El caso es que habían conseguido reunir una masa de fans suficientes como para publicar algunos directos, e incluso se han reagrupado algunas veces. Esta es la pieza que abre aquel disco, muy indicativa de su potencia: “Mighty Idy”, se llama. 


En 1979 el señor Conolly ya tenía preparada una alternativa para seguir con su carrera: los Lyres. Se trata de una banda en la que el rock and roll está mucho más perfilado, con influencias que van desde el punk hasta la new wave y que en cierto modo son una especie de actualización de clásicos como los Flamin’ Groovies. Se han disuelto y reagrupado varias veces, de su formación original solo queda el propio Conolly -que asumió desde el principio su condición de corredor de fondo-, pero aún hoy se les aprecia mucho en países como España, donde cada vez que vienen son recibidos por una parroquia fiel y entregada. Su no muy densa producción discográfica se inicia justamente en 1979 con un single que es toda una declaración de principios… 



A veces surgen bandas que con la categoría de “seminales” (no menos prestigiosa que la "de culto") nos indican que son más importantes por su influencia futura que por su actualidad. Y los angelinos Nerves son un buen ejemplo: se trata de un trío de voces formado por el guitarrista Jack Lee, el bajista Peter Case y el batería /guitarra Paul Collins. El primero es el compositor de algunas canciones de éxito como “Hanging on the telephone”, que pasó casi desapercibida hasta que la regrabaron Blondie; el segundo formará luego los exitosos Plimsouls y el tercero los no menos populares Beat (que luego serán Paul Collins Beat en Europa). Los tres son devotos del power pop, o la new wave, o como prefieran ustedes llamar a esas canciones enérgicas pero con melodía y estribillos vitamínicos que alegran el día a cualquiera. Y aunque en su corta vida solamente se publicó un Ep en el que venía contenida aquella canción que tanta gente cree que es de Blondie, tras su desaparición y la consiguiente fama por esa canción y por las carreras de los otros dos, “aparecieron” un buen puñado de canciones por las que ningún sello había mostrado interés en su momento y que después resultaron ser muy valiosas. Por ejemplo esta magnífica “Paper dolls”, en la que se nota que Collins ya tenía perfilado su futuro: 



Los Plimsouls de Case comenzarán su carrera discográfica en la década siguiente. Por lo tanto hemos encargado a Collins y sus Beat que ocupen el puesto número 12 en esta fiesta, ya que se presentan en 1979 y a los pocos meses de su formación los lanza el sello CBS a todo trapo: antes de que ese año acabe ya tienen un Lp y dos singles. Es entonces cuando se valora con propiedad la influencia de los fenecidos Nerves, que había sido la vanguardia poppy gracias a la cual llegaron a grabar otros grupos de la zona como los Knack, sin ir más lejos. Ese primer disco grande ya tiene suficiente repertorio como para escucharlo completo, pero creo que la canción que lo abre es una buena síntesis de la colección de pequeñas maravillas que encierra. Y por supuesto los Beat serán otra de esas bandas muy queridas en nuestro país (Collins vivió en Madrid unos cuantos años), y crearán escuela. Hoy en día ya no existen, pero él sigue en el negocio. 



Y hemos llegado a la selección 12+1, como siempre fuera de programa, aunque por esta vez podría figurar tranquilamente entre las anteriores. Veamos: ¿recuerdan ustedes a aquellos dos muchachos de Delaware llamados Tom Miller y Richard Meyers que partieron hacia Nueva York a finales de los años 60 en busca de fama y fortuna, que luego cambiaron sus apellidos a “Verlaine” y “Hell” y que junto a otro antiguo colega llamado Billy Fica crearon un trío de corta duración llamado Neon Boys? Bueno, pues aunque no llegaron a grabar oficialmente se conservan tres maquetas de aquella fase, aproximadamente entre 1971 y 72; luego ya saben, llegó Television. Para cerrar esta fiesta creo que una pieza como “That’s all I know” queda muy propia: es un simple bosquejo, no consigue evocar ni de lejos la brillantez que categoriza a aquel grupo futuro (y el sonido es bastante pobre), pero se notan maneras. Hay un delicioso regusto a glam/Velvet cruzado con Detroit, y mucha buena voluntad que los honra. O eso creo yo, no me hagan mucho caso.




Por último, aquí queda empaquetado el material que compone esta fiesta. Espero que lo disfruten junto a sus seres queridos mientras sienten el paso de la brisa marina o de interior, según la tendencia natural de cada uno. Como es norma, este local cierra sus puertas hasta Septiembre: suerte con el verano y procuren sobrevivir. Por desgracia para ustedes el tiempo pasa muy rápido, así que pronto tendrán que sufrirme de nuevo.


lunes, 25 de junio de 2018

Estados Unidos: los últimos 70s (XIX)


“ Vi mi pasado de rock and roll destelleando ante mis ojos. Y vi algo más: vi el futuro del rock and roll, y se llama Bruce Springsteen . Y en una noche en la que necesitaba sentirme joven, él me hizo sentir como si estuviese oyendo música por primera vez”. 
Jon Landau 

Estamos en 1974. Landau, a punto de cumplir los veintisiete años -una edad muy peligrosa en este negocio-, se siente cansado. Es un periodista musical de categoría, que incluso probó a ser productor: suya es la producción del primer disco de los MC5, ya en 1969, cuando tenía veintidós. Ese disco será famoso dentro de un tiempo, pero en su momento fue casi un fracaso comercial. Y las dudas existenciales lo agobian, porque en lo personal se enfrenta a un divorcio complicado y en lo artístico comienza a dudar sobre una música que ha dado sentido a su existencia pero que parece haber llegado a una situación terminal. Últimamente se refugia en las viejas glorias del soul y el blues buscando ánimo para seguir escribiendo unas crónicas que cada vez le aburren más. Hace poco escribió una sobre “The wild, the innocent and the E. Street shuffle”, el segundo disco de Bruce Springsteen, un chico de Nueva Jersey que comenzó a grabar el año pasado y que resulta ser una mezcla interesante de poesía urbana con apoyo de banda rockera, un cantante instrumentista -en este caso, guitarra- que dice ser fan de los personajes como Van Morrison o Joe Cocker y que ya lleva casi diez años en activo: ahora se presenta al frente de su E Street Band, pero no es más que un cambio de nombre porque algunos de sus músicos están con él desde hace tiempo. Y finalmente lo cazó CBS/Columbia: John Hammond, el mismo que había fichado a Dylan, lo fichó a él. Ha visto similitudes, claro; de hecho la primera campaña publicitaria trata de explotar la idea de “un nuevo Dylan”… aunque la imagen de Bruce es más atrayente, porque Bruce es tan rockero como poeta. Ese equilibrio es perfecto. 

Pero a lo que íbamos, que Jon ha escrito una reseña sobre ese segundo disco, muy similar al primero: son buenos, pero les falta algo. Él cree que la producción, demasiado plana, no le está haciendo justicia a un intérprete tan vitalista, frontal y honrado como Springsteen: hace poco hablaron en un bar de Cambridge, Massachusetts, donde vive Jon y donde actuaba Bruce, y esa fue la imagen que le dio. Bruce había leído esa crítica, por lo demás muy positiva, y estaba intrigado con el asunto de la producción, que ya le habían comentado otros. Un mes después Bruce vuelve a actuar allí como telonero de Bonnie Raitt, coincidiendo con uno de los momentos anímicos más bajos de Jon; y Jon va a verlo, y ve la luz, y días después escribe para una publicación de Boston párrafos como ese de ahí arriba. “Me dio vergüenza durante muchos años haber escrito una cosa tan sensiblera”, dijo, “pero lo escribí para mí, para los lectores y también para él”. Pero resulta que entre los lectores estaba la propia CBS, que decidió montar la nueva campaña publicitaria sobre esas frases de Jon. Y Bruce comienza a preparar las sesiones de grabación de su nuevo disco, y es consciente del tipo de sonido que quiere: “Como si Roy Orbison cantase canciones de Dylan pero con el sonido de Phil Spector”, dice, y para conseguir ese sonido sospecha que Mike Appel, su manager y productor de los dos primeros, no va a ayudar mucho: hay un contrato, y debe respetarlo, pero pronto llamará a Landau para que eche una mano y dé su opinión. 

La confección de ese disco fue muy laboriosa: dejando aparte las frecuentes diferencias de criterio entre un declinante Appel y un emergente Landau, el propio Bruce tuvo que aprender a matizar su a veces excesivo parlamento y equilibrarlo con la gran potencia musical que atesoraba casi sin saberlo, porque su magnífica banda estaba siendo infrautilizada. A finales del verano de 1975, después de más de un año de trabajo, se presenta “Born to run” el disco que lanza a Bruce Springsteen a la fama mundial… y que consagra a Jon Landau como el productor que estaba necesitando. Por suerte es un disco tan conocido que no hace falta esforzarse mucho en el aspecto descriptivo: desde su arranque con “Thunder Road” hasta el glorioso final con “Jungleland” esta viene siendo una obra cumbre del rock épico americano, más allá de cualquier moda o gusto personal. Y el mérito es tanto de Bruce como de Jon y de los músicos de la banda de la Calle E, que acaban de dar el salto a la categoría estelar. Pero aún falta liberarse de las obligaciones contractuales con Appel, y es entonces cuando recuerda que aquel contrato lo había firmado prácticamente sin leerlo, y descubre que Appel tiene una empresa editorial que es la propietaria de todo el repertorio del Boss. Decidió no grabar nada hasta que se solucionase la demanda judicial, cosa que no ocurrió hasta mediados del 77, y a partir de ahí, libre ya de cargas, su nuevo manager y coproductor (junto a él mismo) será Landau hasta bien entrados los años 90. Bruce ha madurado, y al igual que los Stones ha aprendido la lección: a partir de ese momento nadie volverá a engañarlo. 

Tras aquel tercer disco llega en 1978 “Darkness on the edge of town”, una obra que hace honor a su título porque es la cara oscura del anterior: aquí nos enfrentamos a la decepción, a la amargura de comprobar cómo la realidad va destrozando la ilusión en una sucesión de canciones perfectamente resumidas en “Badlands”, con ese ritmo de marcha militar, de destrozo metrado. Bruce ha tenido tiempo para confeccionar un enorme repertorio durante el paro impuesto por los asuntos legales: que renuncie a canciones de la categoría de “Because the night” (una de las estrellas en el tercer disco de Patti Smith) por tratarse de “otra canción de amor” ya lo dice todo. Pero esa madurez también le ha dado un orden de prioridades: además de disfrutar con las giras quiere también vivir su vida privada sin agobios, y no publicará nuevo disco hasta que pasen otros dos años. Así que en 1980 lanza el doble “The river”, una especie de síntesis literaria y musical en la que la alegría y la tristeza van de la mano, y tanto su popularidad como su prestigio siguen creciendo, y por fin en 1981 llega la primera gran gira europea, en la que el momento álgido fue la actuación en Barcelona, y en 1982 Bruce vuelve a sorprender a la parroquia con “Nebraska”, esa colección de canciones acústicas grabadas con un magnetofón en su propia casa: su primera idea fue utilizarlas como maquetas para un disco “normal”, pero finalmente prefirió dejarlas así. Es una colección tan simple como oscura y realista, en la escuela de los grandes cantautores como Dylan o Woody Guthrie, y en cualquier caso la demostración de que Bruce ya puede grabar lo que quiera y como quiera, porque nadie va a rechistar. 

Y en 1984 la situación vuelve a dar un vuelco con “Born in the USA”, que mantiene un gran equilibrio entre unas letras no tan oscuras como en el anterior pero sí agrias y hasta combativas, junto a un sonido actualizado y contundente, muy de la época, que lo llevó a ser el más vendido de toda su carrera. Hubo un sector de fans que lo atacó por “caer en las garras del pop” y otro por “exceso de patrioterismo”; en lo primero no se debe olvidar que una cosa es el sonido (casi todas las bandas de rock de la época utilizaban ya apoyo de sonidos electrónicos) y otra el ritmo, claramente en su estilo de siempre. Y en cuanto al patrioterismo, tampoco confundamos: Bruce es radicalmente yanqui, de eso no hay duda; pero es un yanqui de izquierdas, por resumirlo de algún modo. Y la letra de la canción que da título a ese disco es la mejor prueba de que no la han leído antes de hablar, una letra sobre vergüenza y asco no por el país sino por sus dirigentes, desde Vietnam o incluso antes. Siempre lo ha dicho, que no se puede confiar en un líder, que cada uno debe pensar por su cuenta, ser uno mismo. Y ese criterio, aplicado a su trabajo, significa que seguirá grabando lo que le dé la gana y cuando él quiera. Es la bendita libertad que da el genio creativo, que en él siempre se ha expresado junto a un riguroso sentido de la ética y el coraje. Bruce no es de mis preferidos, de su obra me gustan más algunas canciones sueltas que discos completos (salvo el inconmensurable “Born to run”), pero es de los pocos artistas a los que respeto sin reservas. Y me alegro de que sea él nuestro último invitado en este viaje. 

Felicidades, pues: solo nos falta por celebrar la inevitable fiesta de fin de curso, y luego llegarán las ansiadas vacaciones de verano. Mientras tanto, aquí queda una breve colección de postales para recordar estos meses tan ajetreados.  





lunes, 18 de junio de 2018

Estados Unidos: los últimos 70s (XVIII)

Hoy nos despedimos de la inabarcable California, y lo haremos con un breve recuento de las alternativas que comienzan a surgir aquí como respuesta a la invasión punk que se está viviendo en Nueva York. De entrada parece raro que el lugar donde años antes se estableció la capital de la Arcadia hippy sea en la actualidad un vivero de bandas ruidosas, pero hay que recordar el origen “anómalo” de aquellos primeros hippies -clase media con cierto bagaje cultural- y que la supuesta pureza de espíritu no duró mucho. Se palpa una extraña sensación, como si los ajenos llegasen buscando la categoría de artistas clásicos (Petty, Jones, Richman) mientras los jóvenes de la nueva generación nacidos aquí van a la contra. Tal vez se trata de un rechazo a la autocomplacencia de la generación anterior, el giro a posiciones mucho más conservadoras de los políticos, la crisis económica, el aburguesamiento de Laurel Canyon, lo que sea… pero California está a punto de convertirse en la cuna de los sonidos más contundentes que se escucharán en el país hasta que el Noroeste recupere su pulso. O sea, que al final va a ser cierto eso del “Salvaje Oeste”, porque además aquí no hay el poso cultureta de Nueva York o Cleveland, sino la contundencia del rock desgarrado al estilo Detroit. Ni las bandas arty como Talking Heads o Pere Ubu, ni el punk pop al estilo Ramones tienen cabida aquí; como mucho, esa sensación de mala leche generacional se tiñe a veces con una difusa ideología política de tono anarcoide. 


Los Angeles se está convirtiendo en una potencia del punk más visceral gracias a bandas precursoras como los Germs, que cumplen a la perfección casi todas las normas no escritas del género: son de los primeros en recurrir al “Háztelo tú mismo” al grabar su primer single en el 77 gracias a un sello creado justo para ellos; grabaron otro más en el 78, un Lp al año siguiente y desaparecieron. Pero la cosa tiene más enjundia, porque hay una historia tan macabra como novelesca que los inmortaliza, y que en resumen dice así: Jon Paul Benham es un chaval de diecisiete años criado en una familia muy accidentada; su ídolo es David Bowie, sobre todo por ese himno siniestro llamado Five years” (ya saben ustedes, a la Tierra le quedan cinco años de vida). A Jon no le importaría que todo se fuese al carajo en cinco años, o en menos, porque “No future” es una consigna que le cuadra perfectamente. Estamos en 1975, y Jon decide planear esos cinco años de modo que al menos estéticamente su vida tenga algún sentido: creará un grupo que entrará en la leyenda, grabarán un único disco grande (en todos los sentidos) y luego se suicidará junto a quien quiera seguirlo. Ah, y su nombre artístico será Darby Crash. Los Germs son el resultado, y el plan se cumple al milímetro: “(GI)”, su único disco grande, es uno de los primeros hitos en la historia del punk californiano; para llegar ahí han cruzado el rock de Detroit con el glam y añadido la novísima influencia isleña. El ahora llamado Darby Crash espera al 7 de Diciembre de 1980 para cumplir el último punto del plan junto a su novia y la heroína, su otra compañera desde la adolescencia: él muere, su novia se salva. Lo malo es que no contaba con que el día siguiente alguien iba a matar a John Lennon, y la noticia de esa muerte oscureció todas las demás. 


Para entonces ya han surgido en la zona otros grupos con la misma vocación agresiva de los Germs pero modificando la esencia del punk original, es decir, diluyendo la influencia británica al añadir un tono más denso, más cercano al heavy, poniendo así las bases de lo que ya comienza a llamarse “rock alternativo” y que pronto será el exitoso hardcore (un producto netamente yanki). El nombre más importante y representativo de esa transición es Black Flag, cuya carrera se extenderá hasta mediados de la década siguiente; se trata de una creación del guitarrista Greg Ginn, que además es el compositor principal. Pero no terminan ahí sus habilidades, porque Ginn también es el creador de SST Records, un sello que en poco tiempo se convierte en fundamental para la historia del hardcore: además de los Flag, ahí grabaron Minutemen, Overkill L.A. ,The Dicks, Meat Puppets y otros cuantos grupos cuya sola enunciación ya hace que los fans caigan en trance. Tras cinco años de actuaciones y únicamente dos o tres singles la banda se revitaliza con la entrada del cantante Henry Rollins, un verdadero icono, y graban su primer disco grande ya en 1981. Black Flag dieron muchos bandazos a lo largo de su caótica existencia, con una discografía un tanto inconexa, pero al igual que los Germs son un referente fundamental para esa ensalada de etiquetas que vino luego: el noise, hardcore punk, etc. 

En cuanto a la zona de San Francisco, antaño capital hippy, de aquel buenismo lisérgico hemos pasado a una situación en la que el deterioro social y económico ha cambiado el espíritu de la ciudad, igualándola al resto del país. Y es justo aquí donde surge una de las agrupaciones más trascendentes de todo este ruidoso movimiento: los Dead Kennedys, cuyo concepto sobre la provocación arranca ya con el propio nombre de la banda. Son la mejor síntesis que puede hacerse sobre una época en la que fluyen en paralelo la resignación y la rabia, porque saben reflejarla mejor que todos sus coetáneos. Jello Biafra (Ray Pepperell), cantante y compositor principal tiene una formación intelectual y política muy superior a la media, y expresa su desdén con unas letras tan cínicas como irónicas, frecuentemente de mal gusto (una de las armas de la sátira) y sin respetar ni una sola de las convenciones tradicionales, con un sentido del humor muy particular. Pero lo que nos importa es lo musical, y además de que su voz es de superior categoría (su tono sarcástico se aleja del cabreo desesperado de la mayoría de sus colegas) vemos que tras ese sonido denso, crudo y aparentemente simple hay vocación por la melodía, que se busca una interacción entre los instrumentos, que hay algo más que el puro ruido. No resulta extraño que sienta un interés similar por el punk británico que por los Ramones, ya que en cierto modo su banda es la fusión de ambos estilos.

También el señor Biafra crea su propio sello, llamado Alternative Tentacles: entre 1980 y 1986 los Dead Kennedys grabarán cuatro discos oficiales (aunque hay una buena colección de piratas y grabaciones de lo más variado). El primero de aquellos cuatro discos se titula “Fresh fruit for rotting vegetables”, que se convierte casi al instante en un éxito subterráneo tanto en los Estados Unidos como en Europa. Un buen resumen sobre el tono general de las letras lo tenemos ya en “Kill the poor”, la canción que lo abre: vivimos en una época maravillosa, con esas armas tan potentes y limpias como la bomba de neutrones; podemos borrar del mapa los barrios obreros, liquidar a esos millones de parados que deslucen la situación; no más impuestos solidarios, no más zonas feas… Demoledor. O “California über alles”, dedicada al pro conservacionista Jerry Brown, gobernador del estado por entonces, y así sucesivamente; aunque la controversia puede surgir incluso desde las propias filas de sus seguidores, que a veces no entienden el doble sentido de las letras. Y admitiendo que a los de nuestra quinta ya nos costaba digerir según qué tipo de sonidos, aquí todavía podemos reconocernos: para muchos de nosotros, los Dead Kennedys son uno de los últimos nexos de unión entre dos mundos que se van separando cada vez más, el nuestro y el de las nuevas generaciones cabreadas que se inclinan casi exclusivamente por la alternativa noise, hardcore y demás variedades ruidosas. Habrá otro años después con la aparición de los Pixies (para mí la última gran banda de la historia), pero esa es otra categoría. 


Y, sin relación alguna con todo lo dicho hasta ahora, como demostración de que hay otros mundos pero están todos en este, nos cabe el honor de hacer referencia a un grupo de alienígenas procedentes de Louisiana que decidió establecerse en San Francisco: los Residents. Su carrera comienza ya a finales de la década anterior, pero podría considerarse que viven en una realidad temporal paralela a las tres últimas décadas del siglo pasado. Podrían definirse como una especie de colectivo avant garde con vocación teatral en el que las personalidades no importan, sino la obra de conjunto: nunca se ha sabido quiénes son o fueron, dónde viven ni cómo se llaman porque desde el principio de su carrera han actuado con disfraces (el más famoso, el ojo con sombrero; así actuaron en España en el mítico concierto de La Edad de Oro). Tienen su propio sello discográfico, como era de esperar: se llama Ralph Records, y en él han publicado más de cincuenta discos, unos conteniendo música más o menos “normal” y otros como fondo de ambientación para obras de escenario. En el caso de que alguien que no los conozca decida arriesgarse, le recomiendo justamente su primer disco, que es de los más accesibles. 

Aquí terminamos nuestro viaje a California. Queda ya muy poco para coger el avión de vuelta a Europa, pero para eso debemos partir desde la costa atlántica: allí nos espera nuestro último invitado.