“El culto que hay por Velvet Underground me resulta desagradable. Todas las promesas que hicimos en aquellos dos discos nunca se cumplieron. Estoy seguro de que Lou piensa lo mismo que yo. Somos igual de cabezotas y egocéntricos” .
John Cale
A principios de los años 60 Andy Warhol ya era una de las personalidades más rutilantes del mundillo artístico neoyorkino gracias a un trabajo incesante en varios tipos de disciplinas; esa voluntad viene probablemente del hecho de haber nacido en una familia extremadamente humilde, en la cual él fue el único hijo que llegó a estudiar. Cuando terminó la carrera de diseño y pintura en el Carnegie de Pittsburg, su ciudad natal, ya tenía bastante claro su siguiente paso: volar a Nueva York, donde todo era posible. Y tras más de diez años como pintor, dibujante y grafista publicitario (las dos últimas disciplinas son las que le habían dado la fama), llevaba un tiempo coqueteando con el cine. Esa inquietud nació a finales de 1963, cuando abrió The Silver Factory, aquel estudio cuyas paredes eran láminas plateadas y que se convirtió en una especie de Meca del pop art; allí comenzó a fotografíar sistemáticamente a todos los que por allí pasaban, fuesen artistas o público en general. El paso siguiente fue la grabación cinematográfica, y poco después ya estaba rodando cortos. En cambio la música era una de sus aficiones frustradas, ya que incluso había fundado o patrocinado pequeñas agrupaciones que nunca llegaron a nada.
Warhol se había creado una pequeña galaxia humana a su alrededor, en la que unos tenían trabajos concretos mientras que otros eran simplemente pequeñas personalidades que le gustaba tener cerca. Uno de esos personajes era Gerard Malanga, oficialmente poeta pero en la práctica un “multiusos” que conocía a mucha gente y lo mismo ayudaba a Warhol en sus trabajos de serigrafía como atraía a sus amistades a la Factory. Otra figura importante era Barbara Rubin, cineasta que se había dado a conocer junto a Jonas Mekas y también asidua del estudio. Malanga y Rubin saben que Warhol está buscando un grupo de músicos que hagan fondo para sus trabajos escénicos (diapositivas, proyecciones experimentales, etc) y han oído hablar de la Velvet, que ya estaba haciendo algo parecido aunque por supuesto a escala más humilde. Así que, ante la noticia de que están en el café Bizarre, lo arrastran hasta allí. Warhol queda impresionado ante lo que ve y oye, y decide que ese grupo ha de trabajar para él. Paul Morrissey, otro cineasta que trabajaba frecuentemente con Warhol y a la larga acabaría siendo uno de sus colaboradores imprescindibles, era también, a su modo, un hombre de negocios que cuidaba de los intereses de su colega y recibe la instrucción de captarlos; Morrissey se ofrece al grupo como manager, les ofrece un contrato y ellos aceptan. Aunque en ese momento nadie les avisa de que una de las condiciones es que incluyan en el grupo a una cantante llamada Nico.
Nico era una de las estrellas más rutilantes de la galaxia Warhol. De nombre real Christa Päffgen, era alemana y había nacido poco antes del comienzo de la II Guerra Mundial, que abrió ante su infancia todo el abanico de horrores. Era una belleza marcada por su carácter retraído, ajeno a todo; gracias a la suma de tal belleza junto a ese aura de tristeza esencial, ya tenía un pasado como protagonista de anuncios para Chanel y otros nombres de la nómina fantástica en el mundo de la moda, había estudiado interpretación e incluso había intentado una carrera musical. Warhol se la encontró en un viaje por Europa, y no dudó en darle su teléfono si pasaba por Nueva York, cosa que hizo poco antes de que la Velvet apareciese delante del divino Andy. Y al divino Andy le faltó tiempo para imaginarse a las dos potencias reunidas, a sugerencia de Morrissey: “Van todos de negro, como cucarachas. Les vendrá bien tener a una rubia en medio”. Tal vez lo que buscaban era una suma de efectos, porque si tenemos en cuenta el carácter de Nico y el del grupo, parecería que estamos ante una sinergia excelente. Pero no fue así: para empezar se trataba de una imposición, y aquellos músicos no eran de los que se achantaban fácilmente; por otra parte ella no significaba un verdadero aporte creativo, sino poco más que una imagen (“Un grupo de rockeros junto a una diosa. ¿Qué íbamos a hacer con ella?). Sin embargo el estar avalados por Warhol y la Factory era un apoyo muy importante para salir de las catacumbas, y al final aceptaron; eso sí, dejando claro que Nico era una colaboradora, no un miembro estable del grupo.
A partir de entonces Velvet Underground se convirtieron en el grupo oficial de la Factoría, con la chanteuse Nico al frente (eso de “la chanteuse”, un invento de Warhol para que pareciese más chic, más decadente, más europea, sacaba de quicio a Reed y sus colegas). Y a partir de ahí, las actuaciones tanto allí como en otros lugares, apoyados por los light shows que organizan Warhol y sus esbirros (con eventos legendarios como el Up-Tight, luego llamado Exploding Plastic Inevitable), van alimentando el monstruo. Mientras tanto Morrrisey, tal y como había prometido, presenta grabaciones del grupo ante los sellos discográficos, cuyos managers suelen quedar aterrorizados o asqueados, según el perfil moral de cada uno. Curiosamente lo consiguen en el transcurso del viaje de la EPI a la costa oeste, que se inicia a finales de abril del 66. Podría decirse que no fueron bien recibidos allí, lo cual era lógico ya que el ambiente general de hipismo, paz y flores no cuadraba mucho con la perspectiva nihilista de los Velvet. Por supuesto, tampoco lo fue el espectáculo en conjunto: a la prensa le faltó tiempo para hablar de lascivia en los bailes de Gerard Malanga con su pantalón de cuero y su látigo, o el carácter insano tanto de las letras como de la música del grupo; añadamos a eso el profundo desprecio que Zappa y otros próceres de la zona mostraron por ellos y tendremos el cuadro casi completo. Eso sí, a Jim Morrison le encantó aquel pantalón: en pocos días consiguió uno igual.
Pero ese viaje fue bastante productivo, ya que allí grabaron unas cuantas demos aprovechando el tiempo libre, y Tom Wilson se dedicó a rehacer otras. Además, y aunque no tenían sello aún, Warhol se hacía cargo de los gastos de estudio y arreglos: eso le permitió luego hacerse pasar por productor en la portada del primer disco, pero también les otorgó la independencia necesaria para evitar que alguien intentase retocar las piezas. Y fue Wilson quien consiguió finalmente encontrarles un sello: tras haberlo intentado con todas las majors del país (y no estoy exagerando) su prestigio y su labia convencen a la MGM, que por entonces está tratando de dar un giro contracultural a su catálogo en el subsello Verve; por otra parte, el nombre de Warhol también tira mucho. En realidad Wilson le había visto más futuro a Nico que al grupo, pero también ese interés les ayudó. Así que comenzaron a rematar las piezas que integrarían su debut, y ahí surge el primer conflicto de los muchos que va a haber entre Reed y Cale: Reed abría “Heroin” con la afirmación “Sé a dónde voy”, pero decide convertirla en negación (“Esa canción era mucho más poderosa con la afirmación. Al cambiar el sentido fue como si volviese al folk”). Por su parte Nico rompió a llorar cuando supo que solo iba a cantar en tres canciones, y desde luego “Heroin” no iba a ser una de ellas: en eso Reed y Cale estuvieron de acuerdo. Y en julio llega el primer single del grupo, en el que el protagonismo vocal se le concede a ella: “All tomorrow parties” y “”I’ll be your mirror”.
El Lp quedó completado en noviembre de 1966. Tres semanas después se lanzó un segundo single con “Sunday morning”, que en la cara B llevaba “Femme fatale”, la tercera y última a cargo de Nico. Sin embargo el disco grande se pospuso hasta marzo del 67, debido a la poca confianza de Verve (las ventas de los singles fueron bastante escasas) unida a supuestos manejos de Zappa, que presionó para publicar su debut antes. Pero también contribuyó la demora en el trabajo de la funda, ya que hubo que diseñar una máquina que troquelase la piel del plátano y a continuación hacerla adhesiva. Y para rematar la tormenta perfecta, el sello no gastó un dólar en su promoción; en parte por esa falta de confianza, y también porque contaban con que el nombre de Warhol ejercería un cierto magnetismo. En cualquier caso, está claro que no funcionó: el repertorio era demasiado crudo como para ser emitido por la radio, y el disco se convirtió inmediatamente en un objeto de culto. Dado que todas ellas son sobradamente conocidas -hace ya mucho que alcanzaron la categoría de totémicas- me gustaría solamente resaltar las dos últimas, que dan una pista de por dónde seguirá el grupo en su próximo disco: “The black angel’s death song”, de Reed y Cale, y “European song”, obra de los cuatro. Aunque la mayoría de las letras son de Reed, Cale es el director musical asistido por los otros tres; y tal vez en esas dos canciones estamos escuchando ya la génesis del siguiente disco. De todos modos pasarán unos años hasta que el runrún de la memoria comience a hacer su efecto, y tanto la prensa especializada como los nuevos músicos que van surgiendo tras la resaca psicodélica echen la vista atrás y hagan comprender al aficionado medio lo que se ha perdido: una colección de canciones en las que esa alianza “siniestra” entre las letras de Reed (ya saben, la trilogía satánica de sexo, drogas y rock and roll) y una música que va desde el minimalismo hasta llegar a la órbita avant garde está creando una de las bases más sólidas para el futuro a medio y largo plazo.
Para cuando el disco llegó a la calle, las relaciones entre el grupo y Warhol estaban ya muy dañadas. Él los seguía considerando como parte de su troupe, y por otra parte estaba concediendo cada vez más preponderancia a su trabajo cinematográfico: llegó un momento en que la EPI ya no interesaba a nadie, ni a sus integrantes ni al público (una de las consecuencias de ese desdén es que la Velvet nunca llegó a actuar en Europa, algo que seguramente les hubiese ayudado mucho). Reed y sus colegas se sabían menospreciados tanto por el universo Warhol como por el público y la crítica, que salvo muy raras excepciones se mostraba molesta o al menos displicente con el disco. Por otra parte Nico estaba planificando una carrera en solitario, ya era más un estorbo que una ayuda, y finalmente en el verano de 1967 cada parte siguió su camino; un camino en el que también crecían los conflictos internos, las peleas entre Reed y Cale por el liderazgo. Su visión era totalmente distinta, ya que Reed buscaba un vehículo musical más o menos ortodoxo para encarrilar su poesía, mientras que Cale deseaba seguir ampliando los límites de su tendencia experimental. Y cuando llegaron al estudio junto a Tom Wilson para comenzar la grabación del segundo disco, la situación ya se hacía irrespirable por momentos. Pero supieron comportarse como profesionales, casi no hubo peleas y en solo dos semanas de septiembre el trabajo quedó hecho. Dos meses después se publica un primer single de adelanto, en el que se contienen “White light/White heat” y “Here she comes now”. La cara A es enteramente de Reed y se considera como una loa a la anfetamina, la droga que en este momento ocupa su mayor atención: la equivalencia a “Heroin”, digamos. La B es obra del grupo al completo, y en esa melodía aún perviven algunos vestigios de su primera época.
De nuevo con retraso (enero de 1968) se publica el Lp “White light/White heat”. Resulta lógico que se use el título de aquel debut en single, porque cuadra perfectamente con el espíritu que impregna toda la obra. La distorsión es uno de los ingredientes básicos aquí, aunque ellos siempre han dicho que no era eso lo que buscaban: según Morrison “fue muy frustrante, porque queríamos hacer algo electrónico y muy enérgico; teníamos las dos cosas, pero no sabíamos que no se podía grabar. No había la tecnología necesaria, por eso suena así”. Lo curioso del asunto es que con el paso del tiempo incluso esa imperfección es muy alabada por un gran sector de los aficionados, que lo encaran como la guinda del pastel. Aunque también es verdad que el objetivo central era transcribir en estudio el planteamiento cercano al rock and roll free que defendían en directo, con largos desarrollos improvisados, y eso sí que se capta en este disco: aquí no hay rastro de la supuesta dulcificación que según Cale afectaba a parte del repertorio del disco anterior; aquí hay crudeza, incluso un cierto salvajismo que tal vez no sea atribuible solo a ellos, porque también Tom Wilson contribuye a ese resultado con su manifiesta dejadez. Wilson, tras la marcha de Nico (que era su verdadero objetivo) se desentiende del asunto hasta el extremo de que deja que Reed haga las mezclas, sin la colaboración de los demás; lo cual, por supuesto, contribuye al estado de cabreo permanente en el que ya está viviendo Cale. Así llegamos a la creación de esta especie de Biblia negra del sonido Velvet, un artefacto más insano aún que el anterior pero con un extraño embrujo que nos impide alejarnos de él: además de las dos canciones ya conocidas, aquí tenemos esa exhibición, ese summum de la bestialidad que es “Sister Ray” con sus diecisiete minutos y pico, que lo contiene todo. O “The gift”, con la música por un canal y el cuento siniestro que nos relata Cale por el otro. Pero comentar estas canciones o las del disco anterior, es ocioso, casi presuntuoso: el que no las conozca aún, que se busque la vida.
Como era de esperar, este fue un nuevo fracaso de ventas; pero tampoco les importó mucho, puesto que ya se lo esperaban. Poco después, como también se esperaba, Reed toma asiento ante Morrison y Tucker para echar el pulso definitivo: o se va John o me voy yo. Probablemente la decisión no les costó mucho, ya que aquello no era una simple pelea de egos, sino dos modos muy distintos de entender la creación musical. Y mientras ellos tres tenían puntos en común, Cale estaba en otro planeta. Así que el galés se marcha, cuando vuelvan por este bar él ya solo será un recuerdo.



