lunes, 20 de enero de 2020

1975-80: la nueva España (XXIV)

Nuestro viaje euskaldún remata en San Sebastián. Ya saben, La Bella Easo, la Disneylandia de la burguesía vasca, una especie de microclima donde... casi todos sus músicos modernos cantan en castellano. Y no solo eso, sino que además los gustos de esa gente suelen ser muy urbanos: en aquel lugar y aquella época, frente a los estilos mayoritarios en el País Vasco, algunos comienzan su carrera siguiendo las pautas del hard rock para evolucionar luego y convertirse en devotos del glam. Esa trayectoria es la que marca la esencia de los dos grupos más famosos de la ciudad: Brakaman primero y la Orquesta Mondragón luego, ya casi en el engarce con los años 80.



Los dos personajes centrales en Brakaman son su cantante Borja Zulueta y el guitarrista Jaime Martínez Stinus. Borja es hermano del cineasta Ivan, y al igual que él siente una gran admiración por la potencia escénica de Lindsay Kemp y algunos de sus discípulos (o sea, Bowie y compañía). Stinus, que había comenzado a estudiar Ingeniería, decide pasarse a la música y con dieciocho años cambia aquel estudio por el de la guitarra. En 1973 crean el grupo, especializándose en versiones de hard y blues rock para ir cogiendo soltura, y al año siguiente ya son teloneros en la visita de Rory Gallagher a su ciudad; llama la atención su desparpajo en el escenario, ajeno a la seriedad reinante en la zona. Para entonces la plantilla queda asentada: el bajo es Carlos Subijana (un veterano ya en aquel momento), Jorge Anza el teclista y Jesús Inurrieta el batería. Jesús es sobrino de uno de los directivos de Columbia, sello nacional pero de origen vasco, y gracias a ello graban su primer single a principios del 74: "Sad witch / Things". Las dos son propias y cantadas en inglés; el gancho está en la cara A, un rock con una melodía muy definida en el que tanto Borja como sus acompañantes demuestran un señorío sorprendente para un debut; la cara B sorprende más aún, con sus cambios de ritmo y su complejidad. No es que fuese un éxito pero tuvo bastante audiencia en la radio, e incluso se llegó a ver en las máquinas de discos de algunos bares lejanos al País Vasco. Doy fe.


El grupo consigue un cierto reconocimiento a nivel nacional, dentro de las humildes proporciones que el concepto "nacional" reserva por entonces al rock, y más aún teniendo en cuenta que la tendencia glam todavía era algo inaudito aquí. Stinus recuerda que cuando atacaban piezas de Bowie o Reed en directo, algunos sectores del público mostraban su desagrado: "decían que aquello era música de maricones". Pero ellos siguieron adelante con la "provocación", y presentaron su nuevo single en el teatro Victoria Eugenia de su ciudad a todo trapo, pintados como puertas, con cañones de luz y bailarinas. Ese single contenía "Solitude" en la cara A; es una bonita balada rock que puede recordar a un cruce melancólico entre Bowie y Reed, mientras "Look out", la B, es más rítmica y quizá debería haber sido la protagonista aunque tampoco tiene una línea clara. En resumen, ambas son de ese tipo de canciones que cuadran mucho mejor en un Lp que en un disco pequeño, y las ventas no alcanzan la altura del primero. Ya en 1975 se marchan Subijana e Inurrieta, sustituidos por Juanma Estala y Fernando Echevarría; es un año en el que no hay grabaciones, pero actúan tanto en Madrid como en Barcelona e incluso aparecen en el programa televisivo de José María Iñigo; poco después, junto a Burning, representan a España en el Festival Pop Jury (que gana Burning, por cierto). El año termina con la marcha de Anza, el teclista: los demás deciden no sustituirlo y seguir adelante como cuarteto.


En 1976, tras su actuación casi estelar en el I Festival Rock Ciudad de León, los ficha RCA y poco después aparece un primer single como adelanto del único disco grande que llegaron a grabar: "Brakaman" se publica en 1977, su portada es obra de Ivan, la mayoría de las canciones están escritas por Borja (que se ha pasado al castellano), el nivel musical es sobresaliente, la crítica lo puso por las nubes... y el resultado comercial fue bastante triste. Parecía evidente que un grupo como este llegaba demasiado pronto a un país que todavía no estaba acostumbrado a según qué cosas. Y la mejor demostración la tenemos si comparamos su carrera con la de Burning, con quienes tienen algunas similitudes. El primer single de los madrileños, en el mismo estilo, se publicó también en 1974 y en inglés, y parecido fue el resultado comercial. Luego su primer disco grande (principios del 78), aunque no da pérdidas tampoco alcanza mucho vuelo. Pero en 1979, con "El fin de la década", llegó la apoteosis: España, para entonces, ya había despertado. A ese "desfase temporal" hay que sumar la negativa del grupo a dejar su ciudad e irse a Madrid, donde hubieran tenido muchas más oportunidades de alcanzar una cierta estabilidad artística y económica. Así que, entre unas cosas y otras, este disco pasó casi de puntillas por la época. Hay varias canciones, como "Bettydora" o "¿Y tú y yo qué?", es las que se nota esa "hermandad" con Burning, tanto en el estilo como en el modo de cantar de Borja, pero a mí me parece que estos vascos tienen más categoría. Por otra parte, sobre un conjunto cuyo dominio técnico es notable, destaca la maestría de Jaime Stinus en cualquier tipo de pedales o ritmos, sean baladas como "Me encanta" o el blues rock más o menos tradicional de "¿Qué te crees?". Como siempre hay guiños a Lou Reed, claro: cierra el disco la balada "Una suave marea", que además fue la cara A del single y que recuerda la época dorada del neoyorkino. Y como luego vamos a recordar a la Orquesta Mondragón, hay que decir que dicha orquesta, de un modo u otro, comienza aquí, porque a Gurruchaga se le nota la influencia de Borja. Por no hablar de canciones como "Pito loco", que es un claro indicio del estilo que los ha de marcar y que, ironías de la vida, los hará famosos mientras que a los pioneros ya casi nadie los recuerda.


Antes de que termine el año 77, Brakaman todavía participan en algunos festivales notables como el segundo "Punk Concert" en Mont de Marsan, donde son la única representación española junto los Clash, Police, Damned... o sea, la crema del Nuevo Orden mundial. Y poco después se separan: Borja será el cantante de Negativo, la primera banda punk vasca, aunque no tienen grabaciones oficiales a pesar del apoyo de su hermano Iván (que incluyó su tema "Ansiedad" en la legendaria "Arrebato") o el propio Jaime Stinus. Este último, que ya tiene un prestigio a nivel nacional, pronto destaca como músico de acompañamiento para, entre otros, la naciente Orquesta Mondragón.



Javier Gurruchaga anda sobre los dieciocho años cuando decide dejar sus estudios y su trabajo para dedicarse a la música ratonera. Estamos a mediados de los años 70, y tanto su poderío vocal como su admiración por el teatro de variedades y el universo glam le confieren una personalidad muy marcada; tiene un amigo llamado Javier Ayestarán, "Popotxo", que cuadra perfectamente con él, ya que lo suyo es la mímica y el histrionismo escénico aunque no suele pronunciar ni una sola palabra. Esa pareja artística suele ir acompañada de algunos músicos que no son siempre los mismos; entre ellos andaba el guitarrista Cheli Lanzagorta, que años más tarde será un clásico en el mundillo del llamado Donosti Sound (un término inventado por Santi Ugarte, precisamente uno de los primeros que apoyaron a la Mondragón). Y cuando deciden bajar a Madrid para tantear el ambiente discográfico, hay un guitarrista fijo llamado José María Insausti: ellos tres son los únicos nombres que figuran en el contrato con EMI, a donde los llevó el productor Julián Ruiz, que ya tenía mucho poder por entonces. Esto ocurre a principios de 1979, con un repertorio bastante rodado por su tierra. Causan conmoción por su dominio escénico, su gusto por los disfraces y el esperpento, junto con la potencia de ese repertorio en el que la mayoría de las letras corren a cargo del poeta y escritor maldito ("maldecido", decía él) Eduardo Haro Ibars, hijo de Haro Tecglen; además hay que recordar que en los directos ya se rodean de músicos solventes como Jaime Stinus. En resumen: la Orquesta Mondragón es un montaje muy profesional desde sus primeros tiempos. Son unos Brakaman sofisticados, a lo grande.

El primer disco se publica casi inmediatamente con el título de "Muñeca hinchable". Ruiz consigue hacer de él un relativo éxito mediático en el que importa tanto el contenido como el envoltorio, porque ambos son una sola cosa: provocación pura, pero de categoría. Y cuando digo "mediático" es porque fue exactamente eso, ya que la prensa especializada se deshizo en elogios mientras que el público masivo todavía estaba digiriendo la sucesión de cambios que se desarrollaban en la sociedad española a velocidad de vértigo desde dos años antes, más o menos. Al trío fundador les acompaña el bajista Patxi Villanueva, el batería Paco Díaz y el teclista Alfredo Cocho, tres futuros veteranos de la escena vasca, y en los metales se alternan personajes ya consagrados como Pedro Iturralde o Vlady Bas; la portada, cómo no, es de Iván Zulueta. En resumen, que tras esa imagen demencial hay un gran trabajo; quizá sea justamente la producción el punto más débil, ya que esa supuesta "búsqueda del sonido directo" de la que nos habla Ruiz es en realidad una grabación bastante plana que podría recordar a una maqueta no muy sofisticada. Pero es verdad que su directo por entonces ya alcanzaba esa altura: en su primera aparición en Galicia, ese mismo año, sonaban casi clavados al disco (con un Stinus glorioso, aunque no hubiese participado en la grabación). Y eso, para un directo nacional, es toda una alabanza. En cuanto a las canciones, ahí están futuros clásicos como la sucesión de "Pasen y vean" / "Ponte la peluca" / "Muñeca hinchable" en la cara A, mientras que en la B están "El hotel azul", "El hombre de los caramelos" (versión libre del "Satin doll" de Duke Ellington, nada menos) o "Por favor, pon un muerto en tu motor" (mi preferida). Aquel debut fue sorprendente y su directo no digamos, con semejante desmadre escénico; un desmadre que por cierto posiblemente hoy estaría prohibido (o autocensurado), como algunas de sus letras, por la estúpida corrección política reinante.



La nueva década se inaugura con Javier Gurruchaga como amo y señor de la orquesta: a Popotxo e Insausti, sus antiguos socios, se les paga una compensación y pasan a ser simples empleados. Stinus es ahora el guitarrista oficial, aunque Insausti también figura en las grabaciones. Julián Ruiz será también el productor del segundo disco, "Bon voyage", que se publica en 1980 y en el que Gurruchaga es coautor tanto de letras como de músicas; en la parte musical suele figurar junto a Stinus o Insausti, mientras como letrista lo hace junto al escritor Luis Alberto de Cuenca y Fernando González de Canales (Haro solo figura en dos canciones). Por último, Luis Cobos interviene como teclista y saxo; en el futuro será coproductor junto a Gurruchaga, e incluso compondrá algunas canciones. Doy todos estos datos porque esa va a ser la estructura básica, por mucho tiempo, de la Orquesta Mondragón, salvo en lo referente a la plantilla: Stinus por ejemplo se marchará pronto (su relación con Gurruchaga, que nunca fue buena, se degrada rápidamente). En cuanto al disco, se nota que EMI empieza a tratarlos con deferencia y el sonido mejora bastante. Las canciones, en conjunto, bien; se echa de menos el tono de locura que había en el primero, sustituido ahora por unas letras "traviesas" pero sin tanta acidez. El resumen se plasma con claridad en directo: ese año volvimos a verlos, y ya no era lo mismo; incluso había cambiado gran parte del público, que ahora era mucho más numeroso pero también mucho más convencional. "Convencional", decididamente, es la palabra. A partir de ahí Gurruchaga y sus empleados se convirtieron en un grupo de simpáticos truhanes un tanto libidinosos que, eso sí, siempre sonaron muy bien en directo.




Y aquí termina nuestro tránsito por ese puente inestable que va desde la dictadura a la democracia; un tránsito tan gozoso como inquietante en el que la música fue una compañera más. Los de mi quinta sentiremos siempre una doble nostalgia por aquellos años, porque nuestra juventud coincidió con la de una remozada España que andaba tan titubeante como andábamos todos, a nuestro paso. Ya sé que fue una chiripa, pero nos tocó a nosotros. Y como es lógico, esto hay que cerrarlo con una fiesta a la que quedan todos ustedes invitados, sean más jóvenes o más viejos.


lunes, 13 de enero de 2020

1975-80: la nueva España (XXIII)

Tras la visita de Errobi e Itoiz, los dos grupos de rock progresivo más longevos y populares del País Vasco, hoy le toca el turno a algunos de los que figuran como "menores", aunque tal consideración suele deberse a su corta historia o discografía antes que a su verdadera calidad. Y sobre el asunto este de la calidad, insisto: allí había un nivel realmente notable, como mínimo a la altura de los tres polos principales en España por entonces, aunque su pequeña industria discográfica, junto con el desconocimiento -o el desinterés- de los sellos nacionales hicieron que todo aquel mundillo resultase casi un arcano para iniciados. Menos mal que desde finales del siglo pasado la atonía reinante en el negocio musical hizo que algunos sellos nuevos se lanzaran a la búsqueda de las joyas perdidas en cualquier lugar del mapa, porque el olvido definitivo de estos grupos hubiese sido una dramática injusticia. Así que vamos allá:



Los guipuzcoanos Koska son tan veteranos como Errobi, ya que dos de sus miembros habían comenzado, muy jóvenes, a finales de los años 60 en un grupillo llamado Expresión Sonora, dedicado a hacer versiones en castellano de modo autodidacta y actuando en algunas fiestas. Sus influencias son claramente rockeras, desde la invasión británica a Mayall, Hendrix o Pink Floyd, y con ese bagaje crean el nuevo grupo sobre 1974 decididos además a utilizar el euskera en sus creaciones (sus letras son bastante combativas en comparación con la mayoría de los grupos de esa época). A partir de ese momento las voces principales son las del guitarra rítmica Txera Gurruchaga y el bajista Alfonso Guilló; el solista es Gabi Aguiregomezkorta, Luis "Mitxi" Diego toca la acústica, en la batería está Endika Iriondo y a las teclas Natxo Gárate. Con su nuevo nombre y reforzando su orientación rockera (de hecho han sido citados como referencia incluso por los propios Errobi), su popularidad crece; el sello Iz los ficha y los envía a Madrid para grabar en verano del 76 su primer disco, de título homónimo. Y curiosamente parece notarse una cierta similitud de planteamientos con algunos grupos de rock urbano madrileño; incluso por momentos pueden llegar a recordar a unos Asfalto de sus primeros tiempos.


El grupo tuvo una buena época de actuaciones por el País Vasco (frecuentemente compartiendo cartel con Errobi). Su segundo disco llegó dos años después, a finales de 1978, a través de Xoxoa; se titula "Bihozkadak", y el estilo se hace más denso, más cercano al progresivo de los primeros años 70. Dejan claro que el hard rock y sus maestros de los primeros años han sido sustituidos por las tendencias isleñas más "intelectualizadas"; y no se puede negar que es un buen disco (de nuevo a la altura de catalanes o andaluces), pero por desgracia, como pasaba con la mayoría de sus contemporáneos, estaban nadando contra corriente: si lo escuchamos ahora, al margen de cualquier tipo de modas reinantes, nos admira la gran calidad y el esfuerzo que significa una obra de este tipo, pero en aquel momento la masa de aficionados comenzaba a buscar músicas más inmediatas, sin tanta experimentación (por no hablar de que en la Isla ese estilo había desaparecido prácticamente cinco años antes. Esa falta de conexión entre la actualidad británica y la nacional resulta casi inexplicable). En cualquier caso no tardaron en abandonar la pelea: se mantuvieron por un tiempo volviendo preferentemente al circuito de las fiestas, hasta su desaparición en los años 80.



Haizea, nacidos a mediados de la década, podrían considerarse como un cruce entre Fairport Convention y Pentangle: con esa comparación ya se pueden ustedes imaginar que estamos ante un exquisito grupo de folk acústico/eléctrico en el que por supuesto destacan las voces. Esas voces son las de Amaia Zubiria, una leyenda de la música vasca con el paso de los años, y Txomin Artola, que además toca la guitarra acústica; la carrera posterior de este último fue itinerante, ya que la compagina con otras aficiones. Es Artola (fan de Simon & Garfunkel entre otros) quien crea el grupo; el guitarrista principal será Xabier Lasa, que además toca la flauta; Gabriel Fernández Barrena domina el bajo y contrabajo; de la batería y todo tipo de percusiones se encarga Carlos Busto. Su primer disco, homónimo, lo publica en 1977 Herri Gogoa, un sello de San Sebastián especializado en este tipo de músicas con esa portada tan de allí, tan folkie al mismo tiempo, y el boca a boca lo convierte en un clásico muy rápidamente: esa sucesión de perlas en las que se alternan o se complementan las voces de una y otro, sin un claro influjo de un lugar determinado o una época concreta, lo hacen inmune al tiempo y al espacio.


Tras la situación de privilegio que viven a la sombra de aquel disco, Haizea fichan por Xoxoa y publican el segundo en 1979 con el título de "Hontz gaua". Estamos ante otra de las más altas cumbres de la música popular vasca, desde su apertura con la emocionante "Anderea" hasta el cierre con la pieza que da título al disco, un largo desarrollo en el que se alternan varios estilos, comenzando con un canto coral y luego un viaje entre psicodelia y progresivo que puede recordar a los Floyd entre otros -y a los que no tiene nada que envidiar, por cierto. En comparación con el anterior, este es un disco muy sofisticado en el que el folk es solo uno de los muchos aromas que lo impregna. Así que, al menos en lo relativo a su "internacionalidad", no hay duda de que lo han vuelto a conseguir por otros medios: "Hontz gaua" está considerado como una de las joyas del folk progresivo psicodélico europeo, así, a lo grande. Sin embargo, como ya estamos viendo que le pasó a los demás, esa valoración llegará años después, porque en aquel momento ya no alcanzó la popularidad que habían tenido con el primero. La marcha de Artola y poco después de Zubiria (grabarán algunos discos como dúo a partir de entonces) acaba con el grupo a principios de la década de los 80.


La admiración por el folk eléctrico isleño tiene varios ejemplos más en el País Vasco: de escuela parecida a Haizea, aunque más cercanos al folk tradicional, tenemos a Izukaitz, también con dos discos (uno en el 78 y otro en el 80). Como es casi obligatorio en este estilo, destaca la voz agraciada de una señorita: Odile Kruzeta, que además es multinstrumentista; las otras dos voces son la del guitarrista Vicente Martinez y Fran Lasuen, que además de violín hace percusiones; el bajo suele ser Pototo Aramburu. No hay grandes diferencias entre sus dos discos, aunque el segundo tiene más carga eléctrica y rítmica; por momentos se acercan al ritmo de unos Steeleye Span antes que a la Fairport, y además las voces pierden protagonismo en favor de los desarrollos instrumentales. En cualquier caso los dos están a mucha altura, así que tan recomendable es uno como el otro. 



En una escala intermedia entre Itoiz y Koska se podría citar a Enbor. Aunque tal vez no tengan la altura creativa de aquellos dos grupos su primer disco, del 79, mantiene muy bien el equilibrio entre folk rock y progresivo; les gusta el canto a coro, y su melancólica estructura musical, entre rockera y ensoñadora, es muy agradable. Y luego, a mi modo de ver, comenten el mismo error que la mayoría de sus compatriotas publicando en 1980 una segunda obra más trabajada, mucho más densa y cercana por momentos al jazz rock, que ya no cuadra con ese tiempo. Sin embargo también reitero que si lo escuchamos ahora que ya da todo igual, gana mucho. Sus discos, como casi todos los anteriores, se rescataron hace unos años y no resulta muy difícil dar con ellos.




Por último, creo que es de justicia hacer una pequeña mención al menos a otros tres grupos fugaces pero también interesantes. Sakre, cuyo único disco se publica en el 79, es un buen ejercicio de progresivo con cadencias sinfónicas y pequeños momentos folclóricos; podría haberse vendido perfectamente en los ambientes mediterráneos. Ese mismo año llega el de Lisker, otro grupo de tendencias progresivas, en este caso más cercanos al hard rock e incluso con ramalazos heavy que podrían atraer a los fans del rock urbano madrileño; aunque su producción discográfica termina ahí, durante muchos años se mantuvieron como banda para fiestas. Por último, una perla de esas que nos hace babear a los fans del electric folk: un año antes la cantante Itziar Eguileor se había rodeado de un grupo de músicos con los que publicó un único disco a su nombre; aunque esa voz mágica es la protagonista principal, hay otras dos masculinas. En aquella época paso bastante desapercibido (y de Itziar no supimos nada más salvo por una intervención en el "Ezekiel" de Itoiz), pero ahora es objeto de loas en algunas publicaciones guiris, que lo comparan directamente con isleños de calibre Fairport o Trees. Más no se puede pedir.





martes, 7 de enero de 2020

1975-80: la nueva España (XXII)


Después de la visita de los principales grupos madrileños, catalanes y andaluces, nuestro paseo por el segundo quinquenio de los años 70 ya va terminando. Sin embargo, y aunque fuera de esas tres zonas parece que no haya nombres de prestigio suficiente como para ser recordados a escala nacional, tal vez eso se deba a que tampoco hay aún una industria con la infraestructura necesaria para darlos a conocer. El mejor ejemplo es el País Vasco: por entonces, como pasaba con Cataluña o Andalucía, sus músicos más inquietos estaban en el rock progresivo y procuraban mostrar un carácter propio apoyándose en algunos estilos de su tierra. Pero a diferencia de Cataluña, hay pocos vestigios del jazz rock que afecta a gran parte de los grupos mediterráneos, y el folk vasco no tiene nada que ver con el andaluz. El caso es que muchos oyentes del norte de España pensamos que lo mejor del progresivo español se hizo precisamente allí, aunque al parecer casi nadie fuera de la zona llegó a enterarse.

Hay dos problemas esenciales en el panorama vasco: la complejidad de su idioma y el hecho de que hasta bien entrada la década la mayor parte de la producción discográfica está entre el folk más tradicional y los cantautores, siendo Oskorri los más conocidos a nivel estatal. En consecuencia, una y otra circunstancia se retroalimentan. Pero comienzan a darse a conocer algunos músicos -más o menos politizados es otro asunto- cuyas influencias actuales vienen del otro lado del Canal aunque luego canten en vasco, y aquí surge un tercer problema: al igual que sucedió en Cataluña en el tránsito de los años 60 a la nueva década, los sellos de la zona son pocos y mayoritariamente orientados hacia la música del país (las élites culturales vascas también miran al rock con prevención). Se dice que mientras los catalanes desearían ser franceses, los vascos suspiran por ser ingleses; y algo de eso debe de haber, ya que con frecuencia se nota la fusión entre progresivo e incluso sinfónico con un tonillo folk que recuerda a la escuela isleña, con unas fantásticas voces femeninas a la altura de Sandy Denny o Maddy Prior. Los tres sellos más importantes de la época son el bilbaíno Xoxoa (una especie de Edigsa euskaldún), el vascofrancés Elkar y en menor medida el donostiarra Iz, aunque la mayor parte de su producción está centrada en el folk. Ninguno de ellos tiene la potencia suficiente como para cubrir una distribución a gran escala, y en consecuencia era difícil encontrar sus productos en otras zonas. Sin embargo creo que algunos grupos merecieron mejor suerte, y hoy comenzaremos con los dos más recordados: Errobi e Itoiz.  



Errobi es uno de los pioneros del rock en vasco. Su origen está en el dúo acústico formado por Anje Duhalde, que ya tenía alguna grabación a su nombre, y Michael Ducau; ambos cantan y tocan la guitarra, aunque Duhalde es batería ocasional y Ducau también domina teclados e instrumentos de viento (el letrista suele ser un amigo, Daniel Landart). Tanto por su primer sello discográfico -Elkar- como por algunos músicos que les apoyarán, este es un grupo a medio camino entre el llamado Euskadi Norte (o Iparralde, ya puestos) y la parte española: el sello se ubica en Bayona (donde nació Ducau), y Errobi es el nombre vasco del río Nive, que se une al Adur en esa ciudad. Su primer disco se graba en 1975 y la portada denota una ligera querencia acid folk, entre psicodelia y kitsch; sin embargo sorprende su madurez musical, especialmente en la cara A, con una fusión de las melodías vocales vascas con desarrollos que podrían compararse con el estilo británico (por momentos recuerdan a los Wishone Ash de sus primeros tiempos). "Aitarik ez dut" o "Kanpo" son buenas muestras. Entre los acompañantes está Jean Phocas, ingeniero de sonido habitual en la mayor parte de la producción del rock progresivo vasco y que además toca el bajo (a medias con otros dos o tres bajistas que surgen de vez en cuando), mientras que Robert Suhas suele ser el teclista.


Aunque tienen un relativo éxito en su tierra, pasarán tres años hasta la publicación de "Gure lekukotasuna", el segundo disco, en el que se refuerza el tono rockero y la densidad de las piezas. Dejando aparte el idioma y su particular cadencia melódica, casi todo el material es perfectamente "exportable", empezando por la canción que abre el disco y le da título. A la sombra de ese disco crece el número de actuaciones y poco después, ya en 1978, deciden lanzar un directo titulado "Bizi bizian"; sorprende el buen sonido general, que por otra parte es su primera grabación en Xoxoa. Aquí el repertorio se compone exclusivamente de piezas ya incluidas en los dos primeros y no hay grandes variaciones en su ejecución, así que hemos de considerarlo como una demostración de su categoría en el escenario pero poco más. Aunque tal vez estaban afinando para grabar en perfectas condiciones técnicas la que está considerada mayoritariamente como su obra cumbre: "Ametsaren bidea", de 1979. Gran parte de los aficionados insisten en que este disco no solo es el mejor del grupo, sino también de todo el progresivo vasco; yo no lo tengo tan claro, pero sí es verdad que comparado con los anteriores esta es una especie de "graduación" en la que casi todo está en su sitio. Consta de cuatro piezas, de las cuales solo la apertura con "Alboa" es breve, no llega a tres minutos y parece un simple ejercicio de estilo -muy bien hecho, eso sí- para dar entrada al tema central, que da título al disco: es un extenso desarrollo (pasa del cuarto de hora) en el que tras un arranque suave abrigado por los teclados evoluciona hacia un cruce entre progresivo y sinfónico que probablemente supera casi todo lo que se ha hecho hasta la fecha tanto en Cataluña como en Andalucía, con cambios frecuentes de ritmos y escenas. Los momentos rockeros se alternan con ambientes cercanos al folk tradicional; pero todo fluye sin parecer forzado, y ese es su mayor mérito. En todo caso yo prefiero la cara B: "Ambere", a pesar del claro protagonismo que la tradición folklórica vasca ejerce sobre los tonos vocales, lleva una base rítmica espectacular, entre progresiva y experimental, cercana por momentos al jazz e incluso con un solo de percusión de mucha categoría. Y el cierre con "Oraino", mucho más relajada, casi soñadora, con esos juegos de percusión (la tabla apoyada en una brillante escala de bajo y la acústica), es delicioso.


Por desgracia el tiempo avanza inexorable, y este tipo de delicatesen ya no era gusto de mayorías (tal vez nunca lo fue); Ducau y Duhalde mantienen fuertes discrepancias sobre muchos asuntos distintos, y tampoco Xoxoa era entidad suficiente para promocionarlo. En consecuencia, Errobi languideció unos meses más hasta su desaparición. Ducau, tras unos cuantos cambios de estilos que lo llevaron incluso a la música electrónica, se estableció luego como músico folk; Duhalde entró como cantante en Akelarre, el grupo más afamado del País Vasco en el ámbito de las fiestas populares, aunque siempre fueron más que eso.




El germen de Itoiz está en el guitarrista y cantante Juan Carlos Pérez (su compositor principal) y el bajista José Gárate, "Foisis". Ambos comenzaron su carrera en Akelarre a principios de la década y en 1974 crearon una banda del mismo estilo llamada Indar Trabes, junto a otros tres músicos; ya por entonces su interés era el rock, pero como le pasó a muchos otros, vascos o no, la casi nula oferta de locales y actuaciones les obliga a seguir trabajando el circuito de verbenas y fiestas populares, curtiéndose hasta que lleguen tiempos mejores. Por fin, su calidad técnica y un repertorio que han ido puliendo por medio País Vasco hace que en 1978 el sello Xoxoa les ofrezca un contrato; es entonces cuando deciden llamarse Itoiz, para desligarse completamente de la imagen que iba asociada a su nombre anterior. Al igual que hacían Errobi, las letras suelen ser ajenas al grupo (compuestas generalmente por dos poetas amigos). Ese mismo año se publica su primer disco, de título homónimo, que no tiene nada que envidiar al último de Errobi: ese cruce entre progresivo levemente sinfónico con un vago tono folk jazz y una carga melódica más variada que la tradicional vasca ("Lau teilatu", su canción más famosa, es la mejor prueba) dan como resultado una obra que si fuese cantada en inglés y publicada por el sello Charisma habría colado perfectamente, porque recuerdan a una especie de Genesis pasados por el matiz Audience con gotitas de King Crimson. Pero no todo son alegrías: la mili y algunos problemas internos hacen que Itoiz ya no exista oficialmente cuando el disco se publica.


Pérez ha estado preparando una especie de obra conceptual sobre la adolescencia y la rebeldía frente a los valores establecidos, encarnada en un protagonista llamado Ezekiel. Su intención, ya que el grupo no existe, es publicarla a su nombre; pero Xoxoa le convence de que lo haga a nombre de Itoiz, que aún tiene mucho tirón. Así, reúne un grupo de músicos amigos (Foisis es uno de los que está en la mili) y en 1980 Ezekiel llega a las tiendas. Siguiendo la pauta "conceptual", sus ocho canciones son "fases" en la vida y la personalidad del protagonista, y la música se identifica hasta cierto punto con su estado anímico; sin embargo tiene vida propia, y es un desarrollo muy lúcido sobre las pautas de su primer disco. Pérez, no sabemos hasta qué punto influenciado por sus ocasionales compañeros, se reafirma en la búsqueda de un estilo que ya tiene poco que ver con el folk: de nuevo la sombra de Genesis, los Van Der Graaf, hasta de los Tull por momentos, sobrevuela el disco, y sin nada que envidiarles. Es otra de esas obras sorprendentes que no será conocida en el resto del país hasta muchos años después, cuando algunos sellos con vocación "minera" los vayan rescatando del olvido. Pero en aquel momento, gracias a un mediano éxito en su tierra y al final de la mili de los desaparecidos, el grupo vuelve a la vida. Y además de presentar el disco en directo, surgen también algunas canciones nuevas que formarán parte del siguiente; para llegar ahí Itoiz hará el camino contrario a Errobi, pasando de Xoxoa a Elkar.


"Alkolea", ese tercer disco, llega en 1982. Pérez y compañía parecen comprender que los tiempos del progresivo "barroco", por decirlo así, están pasando; y en consecuencia, sin abandonar las pautas centrales de su estilo presentan una colección de piezas más frescas, entrando además en otros estilos. El contraste que marca la apertura con "Beheko plaza", un folk rock con teclados y saxo, seguida por "Hire bideak", más cercana a su estilo anterior pero con buen pulso, establece muy bien los límites, aunque es cierto que a veces se acercan más a Supertramp que a otros antiguos maestros suyos. De todos modos, y aunque parte de sus fans se desilusionaron un poco, creo que este disco no desmerece en absoluto junto a los dos primeros. Otro asunto es lo que hubo a partir de ahí: decididos a ponerse al día cuanto antes, en 1983 publican el desconcertante "Musikaz blai", que nos hace dudar si estamos ante el mismo grupo. De pronto nos encontramos con una colección de piezas new wave, tecno pop, ska con efluvios Police, que no les sienta nada bien, o eso piensa la vieja guardia de seguidores. Pero mientras un buen puñado de ellos los abandona, otro puñado mayor de nuevos fans compra este disco; o sea, que los "nuevos" Itoiz resultan ser más populares que los primeros. Por lo tanto no es extraño que dos años después publiquen "Espaiolan", que es una continuación del anterior, tal vez con un poco más de guitarra, o no, pero ya da igual. En 1987 llega "Ambulance", un mini Lp que mejora bastante la perspectiva de los dos anteriores, con una aproximación al pop rock bastante decente, pero que tampoco descubre nada. Por fin el grupo se disuelve tras un doble Lp en directo, que también podemos olvidar sin remordimientos: son los Itoiz de sus últimos tiempos, tanto en sonido como en repertorio (en su mayoría, de los discos "modernos"). Pero aquellos tres primeros discos son un fulgor.



Y tras estos dos grandes iremos ahora a por otros cuantos grupos probablemente igual de buenos pero sin tanta repercusión, aunque ya saben ustedes que una cosa es la fama y otra la categoría. Ah, y conviene recordar, aunque las letras no sean asunto nuestro, que por lo general la temática que sigue este tipo de músicos es en esencia la tradicional en el folk: es decir, que hay mucha más carga poética, ensoñadora u oscura, que reivindicativa. Eso explica que, como sucede en los dos grupos que nos han visitado hoy, la tarea literaria puede correr a cargo de personas de ese mundo: en tal sentido, y salvo por la decisión de cantar en su idioma, esto no tiene nada que ver con el futuro Rock Radical Vasco. En fin, que seguiremos informando...