lunes, 1 de julio de 2019

Al agua, patos



Apreciados contribuyentes: 

Como todos los años por estas fechas, comienzan a prodigarse unas temperaturas inhumanas que suelen causar un profundo desasosiego entre la población civil. En consecuencia ya me va siendo hora de huir al refugio y no volver a asomar mi linda cara hasta que tales calores amainen. 

Así pues, deseo a todos ustedes un verano soportable, agradable dentro de lo posible, y espero que allá por septiembre podamos saludarnos todos de nuevo, sin que haya bajas que lamentar; por mi parte les obsequio con un pequeño racimo de musiquillas propias de la estación y  desprovistas de voces molestas para que su disfrute sea más simple y liviano. 

Cuidado con las quemaduras, que son muy traicioneras.




lunes, 24 de junio de 2019

1975-80: la nueva España (VI)


Las tres grandes bandas que dieron vida al rock urbano fueron Asfalto, Topo y Leño, eso no lo discute nadie; luego, aparte, están Burning, y eso tampoco lo discute nadie. Las diferencias son considerables: el hard rock “concienciado”, de clase, de barriada, es la esencia de aquellos tres grupos, y la masa de seguidores que llegaron a tener se sentía perteneciente a una especie de hermandad que en su mayor parte se entregó luego a la cofradía del heavy metal. Pero Burning se han criado con el rock de los Stones, además de que su actitud chulesca, nihilista, le debe mucho también al estilo e incluso las letras de Lou Reed, que por otra parte fue influencia directa sobre el glam rock de callejón que defendían los New York Dolls. Y aunque comenzaron cantando en inglés pronto se pasaron al español porque era lo lógico con aquel acento canalla, tan de barrio o más que los de sus competidores, tan de La Elipa. A Burning nadie tiene que darle lecciones de honradez, de “credibilidad”, como dicen los críticos, porque incluso sus letras, sin pretensiones de salvar el mundo, sin proclamas, sin arengas, hablan de lo que siempre ha hablado el rock: las alegrías y las tristezas, la emoción y la sordidez, la vida muchas veces insana pero a flor de piel que pulula en las calles. Por eso consiguieron unir a varias tribus distintas, a rockeros y a poppies, porque su “no mensaje” es el mejor mensaje posible. De hecho son la primera banda española “moderna”, a medio camino entre los rockeros de los 70 y la nueva ola, y han creado escuela: que se lo pregunten a Los Enemigos, por poner un solo ejemplo. 

A principios de la década había un grupillo en el barrio de La Elipa llamado Divine Pictures en el que militaban los guitarristas José Casas (Pepe Risi a partir de aquí) y Quique Pérez junto al batería Ernesto Estepa; poco después se les une “Toño” Martín, un admirador de Mick Jagger que comenzó tocando el bajo pero cuyas poses hacen que en poco tiempo se confirme como la voz principal, pasando Quique a encargarse de las cuatro cuerdas. Allá por el 73 se trasladan a Carabanchel, se ponen a ensayar en serio y conocen a Juan Antonio “Johnny” Cifuentes, un teclista -aprendiz, más bien- de otro grupo, al que convencen para unirse a ellos. Era verano, hacía calor y una de las primeras canciones que escriben Pepe Risi y Toño Martin (los Jagger-Richards españoles) se titula “I’m burning”, un glam rock que curiosamente no debe nada a los Stones y da pie a un cambio en el nombre del grupo. Pero no se crean ustedes que estos muchachos dominaban el inglés, ni mucho menos; simplemente, chapurreaban una serie de sonidos que podían recordar a ese idioma, por puro mimetismo con sus ídolos. El caso es que esa pieza, acompañada por una versión bastante decente del “Johnny B. Goode”, se convertirá en su primer single, publicado en la primavera del 74; y al año siguiente llega “Like a shot / Rock and roll”, que sin ser un éxito los confirma como una alternativa creíble al desencanto general que se vive en esa época. Ah, y participan también en el legendario festival burgalés de la cochambre, además de incluir las dos piezas de su segundo single en el recopilatorio “Viva el rollo”. Tanto esa recopilación como los dos singles fueron publicados por el subsello Gong, al frente del cual estaba Gonzalo García Pelayo; sin embargo ahí acabó su relación con ellos: sus raíces no eran lo suficientemente “auténticas”. Puro Madrid, vamos.


Luego viene una travesía del desierto marcada por el servicio militar de Pepe Risi, la inconstancia en el puesto de batería y unas cuantas letras impublicables que iban a formar parte de un Lp llamado “Solo para mujeres”, del cual nunca se supo nada más. Sin embargo tenían ya una popularidad ganada a pulso en mil actuaciones por media Castilla y por fin, a principios de 1978 fichan con la sorprendente Belter, sello casposo donde los haya pero que en esa época se nos pone moderno y crea un subsello llamado Ocre, dispuesto a combatir con Movieplay, Zafiro y compañía. Se les asigna como productor a Jordi Vendrell, una especie de Vicente Romero catalán que hasta ese momento estaba especializado en luminarias de su zona como Gato Pérez, pero que dentro de las estrecheces financieras con las que tuvo que trabajar lo hizo bastante bien. Y con esos mimbres (y Roberto Oltra, el nuevo batería) se lanza en la primavera de ese año el primer Lp, titulado “Madrid”: “Ah, no, sin vivir en Madrid no lo entenderás”, nos advertía Toño en la canción que abre el disco y le da título, una canción que ya en sí misma es el resumen de todo lo que viene luego. No se puede negar que la influencia de los Stones cruzándose con los Dolls es evidente, pero tampoco que Burning tiene su propio carácter marcado por ese punto cheli tan personal y que otros han querido copiar luego sin conseguirlo. Y aunque no lo recuerdo muy bien, creo que los poppies nos enamoramos de este disco antes que los propios rockeros: en aquellos tiempos de escasez, tan reciente aún la oscura experiencia que había vivido el país durante tanto tiempo, esa canción, como “Hey nena”, “Rock and roll mama”, “Jim Dinamita”, la grandiosa balada al piano de “Lujuria” o el final épico de once minutos “Sin tiempo para vivir” son como si de repente se encendiese la luz y ¡zas, ya estamos en Europa!


La edad de oro de Burning, que comienza en ese justo momento, alcanza proporciones mitológicas en 1979 gracias a la publicación de “El fin de la década”, su segundo disco grande. Lo produce Enrique Tudela, que había sido el guitarrista en la época más brillante de los Gatos Negros y que le da un poco más de brillo al sonido sin alterar el tono general. Y surge la conmoción en gran parte de las emisoras hispanas cuando se publica el single que lo precede y que contiene “Qué hace una chica como tú en un sitio como este", además de “Ginebra seca” en la cara B. Resulta que Jesús Ordovás, periodista y locutor que acabará convirtiéndose en uno de los mesías de la nueva ola, convence a Fernando Colomo de que el estilo musical de Burning puede encajar en su nueva película; Colomo les pide una canción, y ellos entregan esa futura cara A. Colomo queda tan fascinado que llega al extremo de crearles unos pequeños papeles para que se luzcan; y no es para menos, ya que estamos ante una de las obras cumbres de la balada rock en castellano. La cara B, por cierto, es la muestra del gran conocimiento que Burning tienen del espíritu Stone, y es una pena que no se incluyese en el disco grande. Pero en ese disco grande, junto a la inevitable chica de la película viene “Mueve tus caderas”, uno de los himnos definitivos de la nueva España, o baladas como “Las chicas del drugstore”… En fin, otra exhibición que definitivamente coloca al grupo en una situación envidiable, tan defendidos por los rockeros clásicos como por los emergentes muchachos de la nueva ola, tan escuchados en los barrios como en el centro.


Pero no todo son alegrías, y la portada de aquel segundo disco ya lo estaba anunciando. El gancho “callejero” del grupo comienza a atraer a personajes de la élite cultural, asisten a fiestas tanto de palacios como de chabolas, al estilo Tenorio, y en esa época tan espitosa los peligros se multiplican: las sustancias ilegales circulan a caño libre y más de uno se aficiona a las jeringuillas. Mientras tanto el cine vuelve a llamarlos, y esta vez es Eloy de la Iglesia quien incluye algunas de sus nuevas canciones en “Navajeros”, que iba sobre la vida de El Jaro; esas y algunas más integran su tercer disco, titulado “Bulevar”, que se publica en 1980 y completa la trilogía divina de Burning. Ahí demuestran que ya no necesitan a los Stones ni a nadie como referencia, que ya se han hecho un carácter propio: el sonido se ha suavizado tal vez tratando de acercarse al influjo pop que comienza a marcar el futuro inmediato, y una porción de sus fans parece desilusionarse un poco; pero dejando aparte esa evolución, que en sí misma no determina su esencia, el contenido sigue siendo de categoría superior. Como es de ley, la primera que debe citarse es esa especie de balada intemporal que ese titula “No es extraño…”, escrita exclusivamente por Toño y dedicada a su mujer, una canción que a algunos nos sigue pareciendo emocionante pero que tal vez bajo ese criterio idiota llamado “corrección política” que se sigue hoy en día, tal vez no hubiese podido publicarse (ni esa ni otras cuantas de Burning... y de otros). Y dejando una joya como esa aparte, el resto sigue teniendo mucha altura: “Es decisión” nos presenta a Pepe Risi al frente del micro, y lo hace bastante bien; en “Es especial” o “Eres mi amor”, el ritmo y su sonido los emparentan ya con la nueva ola, y el género de la balada tiene otra gran representación en piezas como “Escríbelo con sangre”, una de las que hacen referencia directa al Jaro.


A partir de ahí los problemas se agigantan. Quique se asusta ante el panorama y abandona el grupo para tranquilizarse y hacer vida con su familia, mientras Toño está fuertemente enganchado a la heroína; el tiempo corre, los antiguos héroes de la calle comienzan a ser vistos como una reliquia desafasada, entre ellos ya no hay la unión de antes. Hasta 1982 no llegará un nuevo disco, “Atrapado en el amor”, compuesto en su mayoría por Toño y fiel reflejo de su situación personal: no es un mal disco pero resulta un poco oscuro, el carácter de Burning casi se ha perdido y vende muy poco. Se complican los problemas personales, Toño va en caída libre y decide abandonar en 1983 para intentar la salvación personal fuera de aquel ambiente; Johnny y Pepe Risi conseguirán mantener a Burning durante muchos años más, hasta la muerte del propio Risi… Y al final resulta que Johnny Cifuentes, el único ajeno a La Elipa, es quien sigue al frente de Burning aún a día de hoy: al parecer, en octubre de este año el grupo se dará definitivamente de baja. Pero aunque solo fuese por aquellos tres primeros discos, ocuparán para siempre un lugar de honor en la historia del rock español.




lunes, 17 de junio de 2019

1975-80: la nueva España (V)

Seguimos con las andanzas de Ñu y Leño, que es como decir de José Molina y Rosendo Mercado, dos músicos muy distintos. En cierto modo es una lástima que solo exista un single de la primera época, cuando trabajaban juntos, porque al menos la cara A era bastante decente. Pero desde el momento en que sus caminos se separan y cada uno de ellos desarrolla su propia carrera, escuchando el primer disco de uno y otro grupo resulta evidente que aquella sociedad no podría durar mucho más. Poco después entramos ya en la década de los 80, que como en el caso de Asfalto y Topo sella el futuro definitivo de ambos: también Molina y Rosendo, con épocas mejores o peores, seguirán en la profesión hasta que se jubilen.

Ñu comienzan a grabar su segundo disco en verano del 79, de nuevo con Vicente Romero como productor. Una vez más Molina tiene que buscar músicos, ya que algunos abandonaron tras la última gira y otros durante la grabación, salvo el bajo Jorge Calvo y el violinista André. Por otra parte Chapa, que como ya vimos en el caso de Topo no se fía del futuro que puedan tener las bandas de este tipo, decide escatimar el dinero con la portada (a pesar de que el primer disco había tenido unas ventas bastante decentes) y nuestro protagonista consigue que la marca de vaqueros Wrangler lo patrocine a cambio de lucir una sudadera de la marca. De todos modos no debió de ser mucho dinero, ya que es una de las más horribles en la historia del sello. El título, como se ve, es “A golpe de látigo”, se publica a principios de 1980 y el sonido mejora un poco con respecto al anterior; a cambio, la influencia de los Tull de mediados de década se hace más evidente con piezas como “Entrada al reino” (con sonido de látigo incluido), “La galería” o “El flautista”, que se convierte en una de las clásicas de su carrera. El hard rock progresivo queda representado por “A la caza de Ñu” o la que da título al disco, hay una cierta similitud con Deep Purple en “Velocidad” y cabe añadir que “La llegada de los dioses”, una pieza bastante bien desarrollada y sin excesivas deudas a un grupo concreto no es de Molina sino de Eduardo García Pinilla, el guitarrista en aquel momento. En conjunto a mí me parece mejor que el primero, tal vez por una mayor limpieza de sonido y por mantener un buen equilibrio entre la parte hard/heavy y el tono folkie/Tull, pero por unas razones u otras el resultado comercial fue bastante más flojo y Chapa comenzó a preocuparse.


Mientras tanto, en Leño el conflicto es otro: al igual que hizo con Topo, el señor Bautista opina que su estilo no tiene mucho futuro y que deben actualizarse. Tal vez interpretando mal aquellas entrevistas en las que Rosendo y sus colegas demostraban una amplitud de miras que superaba los rígidos esquemas de su repertorio (decían disfrutar con algunas bandas punkies, ska y new wave en general), en “Más madera”, el segundo disco del grupo, publicado en la primavera del 80, decide hacerles un lavado de cara y envolverlos con sus teclados electrónicos, con lo cual el resultado es un desastre de parecidas proporciones al segundo de Topo. Pero hay una diferencia fundamental: si la selección que presentaban Jiménez y Laina -aunque reivindicada a medias años después- era claramente inferior a su primer disco, en el de Leño se nota que es incluso mejor, o al menos con un desarrollo más maduro a pesar del destrozo que hace Teddy El Temible con la producción en general. Si conseguimos desentrañarlas de la madeja casi tecnopop en la que están atrapadas, descubrimos la gran categoría de estas piezas -cuya duración está sobre los tres minutos, a tono con la nueva época-, tanto las más rítmicas como “No voy más lejos” (una estupenda declaración de principios), “Sí señor, sí señor” (la clase de Rosendo a la guitarra queda ya fuera de duda) o “Calendario”, como las de tiempo medio al estilo “Lo que acabas de elegir” o “Sin solución”. Por otra parte las letras y la voz están más hechas aquí, más aquilatadas; y aunque el disco tuvo unas ventas regulares en su época, con el paso del tiempo ha alcanzado el reconocimiento que se merece: desde el primer momento, sus directos hicieron clásicas a la mayoría de esas canciones.


Precisamente un directo es el nuevo disco de Leño. No es frecuente que un grupo español con solo dos discos en las tiendas se lance a esa aventura, pero el mal sabor de boca que había dejado el sonido del anterior entre los aficionados y los propios músicos fue el motivo principal para hacerlo. Se grabaron las actuaciones de tres noches en la sala Carolina en marzo del 81, se publicó en verano y contra lo que podría esperarse solamente tres canciones proceden de aquel disco, junto con otras dos del primero: las otras cuatro eran nuevas. Aun así no hay una completa “recuperación” de los Leño que sus fans adoran porque uno de los acompañantes es Bautista, que sigue dejando impronta con sus maquinillos (esos arreglitos repelentes en “Cucarachas” o “El tren”, por ejemplo), y la presencia de los coros -por muy bien que nos caiga la por entonces primeriza Luz Casal- cuadra en algunos momentos pero en otros no; tampoco el sonido es ninguna maravilla, y la cara B se abre con “Mientras tanto” ya empezada, limitándose a subir volumen. Pero a pesar de todas esas fallas, a pesar de todas las chapuzas del temible Bautista tanto como músico como en la producción, esas canciones, como el arranque con “Sí señor, sí señor”, la ya inmortal “Maneras de vivir” que se presenta aquí o la recreación de “La noche de que te hablé”, convierten a este disco en uno de los más recordados en la escasa lista de los directos nacionales, y aún encima acabó siendo el más vendido en la corta carrera de Leño. Por supuesto ese éxito los situa en una posición de fuerza suficiente como para que Chapa les asigne otro productor para su próximo disco, además de financiar la grabación en Londres.


“Corre, corre” llega un año después y lo produce Carlos Narea, que ya no necesita presentación después de “rescatar” a los alicaídos Topo con su tercer disco y que hace lo mismo aquí (luego dirigirá el debut de Rosendo en solitario). A la brillante elegancia que consigue esa teórica sencillez de planteamientos suya corresponde el trío con un puñado de piezas liberadas de los tics progresivos un tanto farragosos de sus primeros tiempos: guitarra, bajo y batería, sin tecladitos fritos ni arreglos extraños, se bastan para defender ocho canciones directas, de puro rock que a veces roza la épica como en “Sorprendente”, “Entre las cejas” o mi preferidísima de Leño, la melancólica “Qué desilusión”, y de paso establece nuevos himnos para sus fans como “Que tire la toalla”, “Corre corre” o “No se vende el rock and roll”. También las letras han ido mejorando con el paso del tiempo, y en suma este es claramente el disco más maduro del grupo aunque no haya alcanzado las ventas del directo. A partir de ahí vienen las giras, y la más recordada fue que hicieron junto a Miguel Ríos en el 83 (“El rock de una noche de verano”). Al finalizarla anunciaron su separación: los motivos oficiales fueron el hastío, algunos problemas entre ellos, el exceso de responsabilidad y la falta de una línea clara para el futuro. Bueno, pueden resultar creíbles, dejando aparte el hecho de que Tony Urbano estaba bastante metido en el mundo de las jeringuillas, pero el caso es que ahí termina todo. Vino luego una pelea con Zafiro para liberarse del contrato, una buena prueba de hasta qué punto los sellos pueden recurrir a técnicas mafiosas para machacar a los músicos, y una de las secuelas fue que Rosendo no pudo grabar su primer disco en solitario hasta 1985, con la RCA. Hace años se publicó bajo el título de “Vivo ‘83” una de las actuaciones pertenecientes a la gira que habían hecho con Ríos, y que completa la perspectiva: el sonido ahí es realmente bueno. Como es lógico, de vez en cuando surgían rumores sobre su reunión; pero salvo alguna actuación de tipo conmemorativo, nunca se dejaron atrapar por esa idea. Lo dejaron en lo más alto, como ellos mismos decían. Urbano y Mariscal murieron hace tiempo, Rosendo y Penas están retirados; a cambio Leño es inmortal para muchos miles de personas.



“He vivido largo tiempo sin mandar ningún mensaje”. Este es el mensaje que abre “Más duro que nunca”, la canción que a su vez inaugura “Fuego”, el tercer disco de Ñu, y que se publica a finales del verano del 83, justo cuando Leño anuncia su desaparición. Piruetas que da la vida. Molina ha tenido que pelear muy duro para llegar hasta aquí, tal vez la letra de esa primera canción podría considerarse como una abstracción sobre ese largo período de lucha: también él tiene problemas con Zafiro, que en su caso surgieron tras la decepción comercial de su disco anterior. En esa época la estrategia del sello se concentra ya casi completamente en el sonido metalero, mientras que la primera intención de Molina había sido la de proseguir con la vena heavy sinfónica, recibiendo un claro “no” por respuesta. Así que decide aparcar el material que ya tenía preparado y escribe algunas piezas mucho más duras, pero es entonces cuando Chapa/Zafiro demuestra su nula intención por apoyarlo: en un gesto que puede considerarse casi insultante le adelantan doscientas mil pesetas, que podrían ser suficientes para un single pero poco más. Y ahí es cuando Molina demuestra su carácter, porque con ese dinero se va a un pequeño estudio especializado en maquetas y graba allí el material para un Lp completo; se lo produce él mismo (no Vicente Romero, como figura en la mayoría de las reseñas) y como era de esperar el sonido es muy deficiente, hasta el punto de que algunas canciones suenan directamente en mono. Chapa se ve obligada a publicarlo, con otra de esas horribles portadas suyas, pero el resultado es sorprendente: “Fuego” es el disco más popular del grupo hasta ese momento, y quedará como uno de los grandes en su historia. El tono general se aproxima a unos Deep Purple (la canción que da título al disco es el mejor ejemplo), tanto en la voz de Molina al extremo como en el acompañamiento de los instrumentos y el ritmo, pero también hay momentos Tull y otros cercanos a la balada como “Flor de metal”. Ante la evidencia Chapa se retracta y le publica un nuevo disco en 1984, que se puede considerar como la prolongación de “Fuego” pero a lo grande, producido por el mismísimo Robin Black y grabado a todo trapo en Ibiza. Ahí termina su relación con el sello, pero por supuesto su carrera sigue adelante hasta hoy mismo; con el paso de los años, y aunque el ingrediente primordial sigue siendo la contundencia, de vez en cuando da sorpresas. En todo caso no se le puede negar la paternidad de un estilo que prácticamente creó él solo y que ha dado origen a un buen ramillete de grupos incluidos en el dichoso folk metal y más allá.