miércoles, 15 de abril de 2026

1967 (XVII)

La mayoría de los músicos surgidos en la segunda oleada de los años 60, es decir, los que se dan a conocer a mediados de la década, suelen partir en mayor o menor medida de las premisas psicodélicas de aquel momento; luego los que de verdad tengan una base sólida irán evolucionando, pero de momento la consigna es la de estar al día. Además, muchos de los que ya estaban en activo demuestran una capacidad de adaptación sorprendente: por ejemplo, entre los que proceden del r&b ya hemos visto a grandes conversos como Burdon. La misma epifanía experimenta Steve Winwood, el niño prodigio que mantuvo a Spencer Davis Group en lo más alto de las listas, y que decide abandonarlos en 1966 porque para entonces aquel planteamiento le parece ya muy desfasado. Así que hoy nos visita de nuevo, transformado en otra persona: su adolescencia termina este año, en compañía de nuevos amigos. La nueva sociedad queda bautizada con el nombre de Traffic, nombre mítico, nombre que muchos idólatras adoramos a lo largo y ancho del planeta desde entonces. 

Winwood, cantante y multinstrumentista con preferencia por guitarra y teclados, ve en la psicodelia una liberación, ya que la rigidez estilística desaparece al mismo tiempo que se hace común el uso de todo tipo de instrumentos. En parte está influenciado por esa especie de “free folk” que ha inaugurado la Incredible String Band, que va de Occidente a Oriente con total soltura; pero nunca renunciará a su querencia natural por el r&b o el jazz, y le gusta añadir un barniz rockero e incluso pop cuando corresponde. Para llegar a semejante mixtura, ya en el 66 (es decir, todavía en SDG) decide asociarse con unas amistades de tiempo antes: en su Birmingham natal, fuera de las horas de trabajo, a veces se reunía con ellos en un club llamado The Elbow Room y se aventuraban en jams sin un estilo concreto. Así que les sugiere la posibilidad de ir en serio, y aceptan. A dos de ellos los había conocido ya en Hamburgo: el batería Jim Capaldi, junto al cantante y guitarrista Dave Mason, formaban parte de los Hellions, grupo telonero de la banda de Davis por entonces. Poco después surge Chris Wood (saxo y flauta), que había adquirido una cierta notoriedad tras su paso por la banda de jazz rock Locomotive, y ese cuarteto será la formación original de Traffic (un nombre que se le ocurre a Jim Capaldi). Los nuevos acompañantes de Winwood figuran ya, de un modo extraoficial, haciendo coros en la grabación de “I’m a man”, uno de los últimos trabajos de Steve con su antiguo grupo. 

Chris Blackwell, el jefazo de Island Records, ya tenía a los SDG en nómina; tras la marcha de los hermanos Winwood, recluta a Muff como productor oficial del sello mientras decide apoyar entusiásticamente a Steve y sus nuevos amigos. Bajo la producción del legendario Jimmy Miller, que ya había colaborado con Blackwell en las grabaciones de su banda anterior, el grupo presenta su primer single a mediados de la primavera (pocos días después de que Steve cumpla los diecinueve años): “Paper sun / Giving to you”. La cara A, una pieza encantadora que se convierte en la primera inmemorial del grupo, es obra de Winwood y Capaldi: es una especie de folk rock con tonos hindúes, apoyados por el sitar y la percusión; la melodía es muy viva y transmite una clara sensación de optimismo, a juego con la época. La B, que reaparecerá con ligeras modificaciones en su primer Lp, comienza con un juego de voces cercano a la cacofonía, dando entrada a un rimo de tono jazzy que nos recuerda el ambiente de los clubs isleños de dos o tres años antes; la flauta preside el desarrollo hasta que llega la guitarra, y en conjunto me parece un brillantísimo ejercicio de estilo de los cuatro músicos (de hecho, la autoría figura a nombre de todos). En conjunto es un debut muy valiente, tiene su mérito conseguir un top 5 con este tipo de exquisiteces. Ah, y en la galleta de ese single ya figura el logo que acompañará todas las publicaciones del grupo, una variación sobre la rueda de la fortuna celta, que al parecer es idea de Chris Wood (aunque este asunto aún hoy se sigue discutiendo).


A finales del verano tenemos nuevo single: “Hole in my shoe / Smiling phases”. La cara A es una composición enteramente de Mason, que reviste la melodía, un tanto infantil, con una instrumentación y un ritmo de psicodelia oriental agradables. Sin embargo ese tipo de melodía disgustó a los otros tres, que no se veían representados en una canción tan pretendidamente underground pero en realidad muy poppie. Y aquí entra en cuestión la personalidad de Mason, bastante independiente y poco dado a ceder en sus planteamientos: años más tarde Winwood diría que “su comportamiento era como el de un solista que decidía por su cuenta, presentaba sus canciones y a los demás solo nos quedaba aceptarlas”. Y en efecto, son muy pocas las piezas que él haya compuesto a medias (es aquí cuando surge su primer cabreo serio y abandona el grupo, pero al cabo de unos días vuelve al redil). En cuanto a la cara B, a nombre de los otros tres, es un r&b electrificado y muy vivo, potenciado además por esa bendita voz soul que Steve sabe aprovechar tan bien. La suma de esta y el “pop underground hindú” de Mason llegó al segundo puesto de las listas. Traffic ya era una de las bandas revelación del año.


Ese carácter de “revelación” se refuerza por el apoyo de varios santones del negocio: sin ir más lejos, los mismísimos Beatles se declaran fans incondicionales. Por otra parte, su colorida presencia y el trabajo de Blackwell con la prensa les da un gancho mediático que es aprovechado por Clive Donner, director de moda en la Isla, para incluirlos junto a SDG y Andy Ellison (el frontman de los John’s Children) en la creación de la banda sonora de “Here we go round the Mulberry Bush”. Es una película bastante tonta, muy de la época, en la que el protagonista principal se siente acuciado por su virginidad y trata de perderla a toda prisa; como suele suceder en este tipo de películas, se le ofrecen candidatas por doquier. El resumen de la crítica resulta bastante explícito: “Si los personajes no fueran unas caricaturas tan vacías, habría mucho que decir sobre el carácter desagradable y puramente explotador de todas las relaciones que se desarrollan en esta película”. O sea, el landismo español, pero en plan más yeyé. El caso es que Traffic colaboran con tres piezas: una de ellas es la que da título a la película y figura como cara A de su nuevo single; la B formará parte de su primer disco grande al igual que otra de las tres del encargo, así que he preferido incluir la tercera, desaparecida hasta que surja de nuevo en los recopilatorios posteriores. Por favor, sean benévolos.


Por fin, en diciembre, la buena nueva: Traffic lanza su primer Lp, con el sugerente título de “Mr. Fantasy”. Y aunque no esté bien que lo diga yo (ya saben, los fans somos seres tendenciosos, caprichosos, fantasiosos), esta es otra de las maravillas pertenecientes a la divina nómina que constituye la herencia de este año. Lo primero que sorprende es la variedad del repertorio, algo que para un grupo convencional podría ser un peligro; sin embargo, su tremenda calidad como músicos (todos multinstrumentistas en mayor o menor grado) y la vocación ecléctica que demuestran convierten ese peligro en un argumento más para resaltar su categoría. Por otra parte, el mundo que crean es tan personal que en ningún momento se parecen a nadie: ya la entrada con la soberbia “Heaven is in your mind” establece unas diferencias claras entre ellos y los demás. Arranca con una escala reiterativa entre piano, bajo y batería para luego llevarnos a una curiosa estructura entre soul y funk mientras se doblan las voces de Winwood y Mason, dando luego entrada a un fantástico solo de guitarra entre los ecos de voces creando un ambiente de eco magnifico. De ahí nos vamos al music hall con “Berkshire poppies”, una pieza básicamente novelty, un vals medio borracho con pequeñas pero luminosas pinceladas eléctricas. Y no voy a ir una por una, porque me extendería mucho; sólo me limito a recordar que la perfección de esa pieza de blues rock psicodélico de medio tiempo que es “Dear Mr. Fantasy”, la mayor perla del disco, no ha sido superada, ni esa exhibición que hace Winwood de nuevo con uno de sus solos. O la melancólica maravilla que se despliega en “No face, no name, no number”, o ese ejercicio acústico de tono casi español que abre “Dealer”, o… Casi mejor lo dejo aquí. Comentar discos de esta categoría es frustrante, porque no se puede acotar su grandeza con palabras. Hay momentos más débiles, claro, siempre los hay; pero incluso esa tendencia hindú con la que nos obsequia Mason en “Utterly simple” tiene su encanto. Para quien no conozca el disco, le recomiendo que busque ambas versiones, la mono y la estéreo (con ligeras diferencias de metraje y sonido) y compare, ya que este es otro de los casos en los que resulta difícil elegir; para las dos muestras he optado por al estéreo, pero únicamente porque suena un poco más “limpio”. El disco anduvo cerca del top 15 en su momento, porque tal vez no sea para mayorías; sin embargo, con el paso del tiempo su prestigio sigue aumentando.


Y también en diciembre, pocos días después, Mason se marcha a causa de las consabidas diferencias de criterio, tanto en lo artístico como en lo personal. Es su segunda escapada -y esta dura un poco más-, pero no se preocupen: volverá para participar en el segundo disco, porque de momento no tiene un plan definido para comenzar una carrera en solitario. Así que el año que viene este cuarteto volverá a visitarnos con una nueva exquisitez.



miércoles, 8 de abril de 2026

1967 (XVI)

“Tocábamos en Manchester y luego volvíamos a Londres. Llegábamos a las tres de la mañana y grabábamos algunas pistas. Luego nos acostábamos a las cinco y nos levantábamos por la mañana para volver al norte y hacer otro concierto, y por la noche estábamos otra vez en Londres para volver a grabar. Así hicimos el primer álbum”. 
Noel Redding 

El comentario del señor Redding resume la situación de la Jimi Hendrix Experience al poco tiempo de hacerse medianamente conocidos: con un único single publicado hasta ese momento, su volumen de trabajo se había vuelto agotador. Entre otras cosas porque no solo su música, sino también su magnetismo visual subyugaban a los fans de tal modo que alguien ajeno al mundillo pop podría sospechar que aquella devoción tuviese ingredientes religiosos. Conste que también Cream, el otro trío de moda, ejercía una fuerte atracción; pero Clapton, la supuesta figura central, compartía su protagonismo y creatividad con los otros dos virtuosos que también tenían una trayectoria anterior, si no tan brillante sí muy respetada. Por el contrario, el carisma de Hendrix era muy superior, sin desmerecer la altura técnica de sus dos acompañantes, porque la práctica totalidad de la composición era suya; por su endiablado dominio de la guitarra, e incluso por su presencia escénica. Y ya saben ustedes que las religiones monoteístas son siempre más intensas que las politeístas. Además estaba en su cumbre creativa: al poco de llegar a la Isla (donde en los primeros tiempos se sintió muy a gusto), él mismo decía sentir que las canciones le iban llegando solas, sin esforzarse, como un regalo. Y por último hay que resaltar el gran entendimiento que había entre él y Chas Chandler, el ex-Animals que lo descubrió, su productor y manager. En definitiva, este nuevo año será el de su consagración a escala mundial. 

Justo a tiempo para saludar el comienzo de la primavera se presenta un single en el que, de las primeras canciones escritas por Jimi ya en la Isla, Chandler selecciona “Purple haze” y “51st anniversary”. La cara A es la prueba definitiva del tremendo potencial que tiene este señor, presentando un esquema muy novedoso y contundente que se inicia con esa sucesión de notas que recuerda el ascenso por una escalera; a partir de ahí la base blues se condimenta con un vago dibujo oriental en algunos pasajes de guitarra, todo ello bajo un fuerte influjo psicodélico. El juego de distorsiones que crea con el pedal fuzz es el remate definitivo; al mismo tiempo sorprende la solvencia que hay en la interacción con bajo y batería, teniendo en cuenta los pocos meses que llevan juntos. Todo ello se ve reforzado además por la letra, que redondea el efecto psicodélico: Hendrix había leído un extracto de “Night of light», una novela de ciencia ficción escrita por Philip José Farmer en la que un planeta queda cubierto por una niebla púrpura; días después tuvo un sueño sobre esa historia, y lo plasmó en un papel escrito a toda prisa en un camerino. Insisto en la notable interacción con Chandler, que no en vano es instrumentista además de productor: Hendrix y él buscan continuamente nuevos recursos de sonido, muchas veces al margen de los otros dos, por pura curiosidad. En cuanto a la cara B, sin llegar a tanto brillo, tiene una entrada vagamente similar y un desarrollo más convencional pero muy sugestivo. Entre una y otra constituyen el único single top 3 que tuvieron en una carrera que, al igual que Cream y la mayor parte de las bandas emergentes, ya presta mucha más atención al formato grande; lo cual es injusto teniendo en cuenta la majestuosidad de unas canciones que luego quedan relegadas al sector de los “Grandes éxitos”, cuando resulta evidente que sus singles forman parte de un todo muy orgánico junto a las piezas que luego se presentan en Lp (en su mayoría, perfectamente intercambiables con estas).


Por esas mismas fechas Hendrix y Chandler buscaban nuevos recursos escénicos para aumentar el poderío mediático, un aspecto cada vez más valorado. Y aquí es donde surge el famoso comentario de Keith Altham, legendario periodista del NME y muy fan de los Who: Altham sugiere a Chandler que para superar el vandalismo escénico de Townshend y sus colegas, consistente en destrozar instrumentos, lo único que podría hacerse sería quemarlos. Dicho y hecho: el 31 de marzo Chandler le pasa a Hendrix un frasquito con gasolina para mecheros, y este quema su primera guitarra en una actuación en el Finsbury Park Astoria mientras interpreta su versión de “Wild thing”. La cosa resultó un tanto patética (y no sería la única vez), porque tuvo que usar varias cerillas y se quemó ligeramente en una mano. “A continuación él y sus colegas abandonaron el escenario precipitadamente, ya que la proximidad de unas cortinas no presagiaba nada bueno” en palabras de Chris Welch, plumilla del Melody Maker y por supuesto competidor de Altham. Pero gracias a eso, Hendrix recibió el lustroso mote de «el Elvis negro»… o el no tan elegante «Hombre salvaje de Borneo».

A principios de mayo llega el nuevo single, cuya cara A es “The wind cries Mary”; se trata de la primera dedicatoria que Hendrix escribe para Kathy Etchingham, su novia más constante, desde los primeros días londinenses hasta finales del 68, cuando la deriva vital de Jimi comienza a entrar en barrena. Su estructura básica es la de una balada, y tuvo un desarrollo muy fácil en el estudio -no más de veinte minutos- porque en realidad fue la evolución de un juego de escalas que ya había perfilado años antes, basándose en el estilo de Curtis Mayfield (es una de las piezas de Hendrix más cercanas al soul melódico). Al otro lado tenemos “Highway chile”, un buen contrapunto: es una canción intensa sin ser estridente, muy rítmica, con un riff “nervioso” y una estructura a medio camino entre blues y r&b, pero también entre soul y funky. La letra es de tipo autobiográfico, y esa idea de “Hijo de la autopista” era tan válida en su época del Chitlin’ Circuit como ahora, con ese ritmo frenético de actuaciones. El disco rozó el top 5.



En la semana siguiente se presenta el debut en Lp, con un título retador: “Are you experienced”. Y parece que la masa de fans lo estaba de sobra, ya que rozó el primer puesto de las listas -en algunas extraoficiales lo consiguió. Hendrix y sus colegas eran ya lo más atrayente del negocio musical en ese momento con permiso de los Beatles, y este disco es la confirmación definitiva; hubiera sido interesante ver quién ocupaba ese primer puesto oficial de no ser porque “Sgt Pepper’s…” se publicó dos semanas después. La exhibición comienza con “Foxy lady”, otra de las futuras clásicas totales: es un blues rock muy innovador, de ritmo obsesivo, que arranca sobre una nota que va creciendo en un vibrato y a partir de ahí va transportada en un feedback muy denso, un puro embrujo. “Manic depression”, la siguiente, se acerca más al espíritu del directo, con una implicación muy equilibrada de los tres músicos; siempre es así, pero esta es una de las que deja bien a las claras la tremenda calidad de Redding y Mitchell (que aquí podría recordar el estilo jazzero de Ginger Baker). Luego viene “Red house”, una especie de homenaje que hace Hendrix a su pasado y al blues de Chicago, que por supuesto queda recreado aquí con total esplendor. El blues rock cercano al garaje, al british freakbeat si me apuran, llega con “Can you see me”, otra de esas canciones que te impide quedarte quieto. La tensión parece bajar un poco con “Love or confussion”, con ese arranque envuelto en nubes psicodélicas, muy británico, como todo su desarrollo posterior, que va haciéndose cada vez más intenso. La cara A se cierra con “I don’t live today”, cuya letra es un homenaje al pueblo indígena americano y en lo musical una magnífica mixtura entre hard blues y psicodelia, con una nueva exhibición a cargo de Mitchell. La B en cambio arranca con una suave balada psicodélica, cercana por momentos a las melodías hawaianas (probablemente Peter Green tomó nota), muy agradable. El panorama cambia de perspectiva con “Fire”, que de nuevo nos muestra la potencia del trío en todo su esplendor creando una pieza de blues rock psicodélica y ponzoñosa, pura carne de single. Otro de los grandes momentos del disco es “Third Stone from the sun”, que puede considerarse instrumental salvo por algunos pequeños pasajes hablados y en los que de nuevo se pone de manifiesto la afición de Jimi por la ciencia ficción, ya que esa tercera piedra es el planeta Tierra. La pieza, una de las cumbres de la psicodelia tal y como él la entendía, es una sucesión de pasajes unidos por una melodía de fondo -que de nuevo podría recordar el espíritu hawaiano- y en los que vuelve a quedar patente la tremenda categoría de los tres, así como su compenetración; por momentos se recurre a estructuras propias del jazz, todo ello sobrevolado por esos continuos y cambiantes “efluvios guitarreros” tan suyos. Más convencional pero muy agradable es “Remember”, cercana al r&b de tono soul, muy dinámica y bien llevada por la batería de Mitchell. El disco se cierra con la canción que le da título, con un desarrollo de tipo oriental y frecuentes pasajes con batería y guitarra en cinta al revés; que por cierto, la batería lleva un curioso ritmo militar muy a juego. En suma: además de que se trata de una obra muy accesible, su categoría no tiene nada que envidiar al segundo de Cream, por ejemplo.



Tras la marcha triunfal del trío por medio mundo, incluyendo aquel momento histórico que significó la actuación de Monterey, el año se cierra con “Axis: bold as love”. El disco llega en diciembre envuelto en una de esas portadas que el tiempo ha convertido en icónicas, creando, al igual que en el caso de Cream, un claro contraste con la austeridad de su disco anterior. Es una obra de Roger Law, otro clásico multimedia británico; Hendrix mostró sus reticencias al principio (“Os habéis equivocado, no soy esa clase de indio”), pero acabó gustándole más por el aura ácida que transmitía que por el tema en sí. Ha pasado poco más de medio año desde la publicación del primero, pero las diferencias ya son notables incluso en las letras: este es un disco mucho más maduro, sin la potencia inmediata del anterior pero con una densidad enorme; lo cual no significa, por supuesto, que sea mejor o peor. Tras la parodia supuestamente radiofónica de “EXP”, en la que Jimi habla de sus queridos ovnis (más tarde definió este disco como “Rock and roll de ciencia ficción”), comienza un surtido de canciones en las que predominan los tiempos medios aunque hay un buen equilibrio entre esas y las que mantienen todavía la memoria de los primeros tiempos, como “Up from the skies”, “Wait until tomorrow” o “Little Miss Lover”. Todavía en ese tono destaca un entrañable homenaje al Castillo Español, ente Tacoma y Seattle, en el que un jovencísimo Jimi descubrió a los Wailers, la primera banda blanca que le influyó: “Spanish Castle magic”, otra de esas exhibiciones suyas. Pero quizá las mejores son precisamente las más relajadas: “Little wing” por ejemplo, en la que se echa de menos una mayor extensión, o “One rainy wish” son buenos ejemplos. Hay que añadir, como curiosidad, "She's so fine", una de las muy contadas aportaciones de Redding: no es que sea una maravilla, pero resulta muy agradable. La colaboración con Chandler sigue siendo muy estrecha, aunque luego supimos que comenzaba a haber tirantez entre ellos porque Hendrix se obsesionaba con frecuencia en la búsqueda de nuevos trucos y sonidos que no siempre llevaban a algún sitio concreto. Por cierto, que también a diferencia de su primer disco, aquí ya vale la pena disfrutar de la versión estéreo, porque el “baile” entre los canales está mucho mejor aprovechado: ese cierre cósmico a partir del minuto 2:40 en “Bold as love” es el mejor resumen. Y aunque no sea un disco tan accesible en una primera escucha como el otro, el nivel de ventas a escala mundial fue muy similar, lo cual significa que el invento seguía funcionando a toda máquina. Para bien o para mal ya es otro asunto, porque era evidente que la vida continua en la carretera y el exceso de todo tipo de sustancias comenzaban a marcar una deriva inquietante en el estilo de vida de Jimi.



Es curioso el paralelismo casi continuo que se mantiene entre la carrera de Hendrix y la de Cream: ambos terminan el año en la cumbre, y luego supimos que pronto iba a comenzar la bajada. Pero eso no importa ahora: carpe diem, como decían los romanos. Vivamos el momento, que para llorar siempre hay tiempo.