jueves, 23 de abril de 2026

1967 (XVIII)

Verde lima y verde límpido, una segunda escena, una lucha entre el azul que una vez conociste. 
Al descender, el sonido resuena alrededor de las gélidas aguas subterráneas. 
Júpiter y Saturno, Oberón, Miranda y Titania, Neptuno, Titán, las estrellas pueden asustar… 
“Astronomi domine” 

Pink Floyd son el grupo más relevante, en términos de popularidad, de todos los surgidos en la oleada psicodélica de mediados de los años 60; de hecho, su impacto mediático es comparable al de los Beatles o los Stones. Lo cual no es malo ni bueno, pero revela una curiosa contradicción: un estilo que comienza a decaer a finales de la década, que incluso en su variante progresiva o sinfónica no se mantuvo en primera línea más allá del 73/74, a ellos les funcionó hasta la liquidación del grupo. Incluso en los años 80/90, cuando ya la mayoría de la prensa los tildaba de anacrónicos, todos sus discos superaron siempre el top 10. Por otra parte son un buen reflejo de la enorme incidencia que la mentalidad del ácido consiguió en el mundo universitario, del mismo modo que poco antes el r&b se había enseñoreado de las escuelas de Arte: aquella diferencia primaria entre mods y rockers, entre lo nuevo y lo viejo, que comenzó siendo puramente de gustos pero dentro de una misma barriada, había trascendido con el paso del tiempo convirtiéndose casi en una cuestión de clase social. 

Roger Waters, Richard Wright y Nick Mason se conocieron en la Escuela Politécnica de Londres, donde estudiaban Arquitectura; Syd Barrett, amigo de la infancia de Waters en la época en la que ambos habían vivido en Cambridge, estaba en la Escuela de Arte. Después de algunos cambios de personal e incluso de instrumentos, el grupo de r&b llamado The Pink Floyd Sound queda constituido a finales de 1965: Barrett, muy aficionado al blues tradicional, descubre los nombres de Pink Anderson y Floyd Council en el comentario que acompaña a un disco de Blind Boy Fuller, y tanto él como Waters deciden que la suma de esos nombres “suena bien”. Pare entonces ya está claro que Barrett será el frontman y guitarrista del grupo, mientras que Waters abandona definitivamente la guitarra para pasarse al bajo; Wright, que había comenzado tocando la rítmica, pasa a ser el teclista, y Mason es el batería desde siempre. Ya por entonces Barrett y Wright eran los dos motores del grupo, sobre todo por su afición a ensayar con nuevos sonidos; Barrett además se distinguió muy pronto como compositor prolífico, a distancia de los otros.

Es el gusto por la imaginación, la búsqueda de efectos sorprendentes y el juego con imágenes y diapositivas lo que va marcando el carácter del grupo. Peter Jenner y Andrew King, dos fans y amigos, deciden crear una empresa de management junto a ellos; ambos son prácticamente novatos en ese mundillo, pero con el paso del tiempo Blackhill Enterprises será una de las más conocidas de la Isla, con un respetable listado de clientes. King sugiere recortar el nombre del grupo, que a partir de entonces quedará simplemente en “Pink Floyd”, y a finales de 1966 ya son una de las principales sensaciones de la ciudad, además de que la capacidad de Barrett como compositor comienza a quedar contrastada. Entre eso y el hype que está ejerciendo la prensa alternativa consiguen contrato con EMI, que les da un suculento anticipo, la libertad para grabar lo que quieran y el encargo de hacerlo directamente en Abbey Road. Así, en marzo del 67 llega el primer single: “Arnold Layne / Candy and a currant bum”. Lo produce Joe Boyd, lo cual da una idea de lo interesado que está el sello; aunque no hubo “química” entre los Floyd y él, que no volverá a dirigirlos. La cara A es una pequeña delicia de pop psicodélico -poco que ver ya con sus orígenes r&b- que en directo llegaba hasta los diez minutos, y junto con la B muestran el tremendo poderío de una banda que podría llegar a recordar la obsesión técnica de los Beatles por entonces, pero que suenan mucho más inquietantes, oscuros incluso. Por no hablar de las letras, que son también “incómodas”: el bueno de Arnold tenía la costumbre de robar ropa de los tendederos (según Barrett y Waters, era un personaje real aficionado a las prendas íntimas femeninas), y ese tipo de asuntos no estaba bien visto por algunas emisoras, que se negaron a radiar el single. La cosa al final quedó en tablas: llegaron al top 20, pero gracias a ese viejo truco consistente en que tus propios managers van por las tiendas comprando copias y más copias.


De todos modos el apoyo de sus fans y la prensa iba en aumento: no había local moderno en la Isla que se resistiese a su presencia, al mismo tiempo que sus diapositivas y proyecciones eran cada vez más imaginativas. Tres meses después tenemos el segundo single, con dos nuevas creaciones de Barrett: “See Emily play / The scarecrow”. Una vez más se demuestra su exquisito dominio de la melodía y que, aun sin ser grandes instrumentistas, saben dosificar sus recursos. Y no menos importante, aquí tenemos a Norman Smith al mando: como ingeniero de sonido es responsable de gran parte del repertorio de los Beatles, y como productor será el que encarrile a los Floyd hasta que se hagan “autónomos”, ya en los años 70. De nuevo se ruedan pequeños cortos, a modo de “videoclips” de la época, para acompañar la publicidad, y esta vez rozaron el top 5. Por desgracia, ya comienzan a verse algunos nubarrones en el comportamiento de Syd: por momentos se le ve errático, desconectado de la realidad. Mucho después se ha sugerido la posibilidad de que en origen tuviese algún tipo de brotes psicóticos, síndrome de Asperger o un principio de esquizofrenia, pero en cualquier caso resultaba evidente que el consumo regular de LSD no le ayudaba en absoluto.



A principios de agosto se presenta el primer disco grande: “The piper at the gates of dawn”. La mayor parte del material es obra exclusiva de Barrett salvo dos instrumentales, “Pow R. Toc H.” e “Interestellar overdrive”, compuestas por la totalidad del grupo, y "Take up thy stethoscope and walk", únicamente de Waters. Las instrumentales son precursoras de algunos rasgos muy definidos: la primera se desarrolla en un ambiente en el que cada instrumento se turna en el protagonismo, empezando por el piano acompañado por los tambores de Mason, sustituido luego por cuerdas y órgano; hay sonidos vocales y una tendencia experimental casi “siniestra” que será recurrente en ellos. La segunda, extensa, tiene ese tono espacial que están comenzando a desarrollar en las actuaciones. En cuanto a la de Waters, más cercana al pop rock “progresivo”, resulta muy atractiva especialmente en su segunda parte. Syd es de nuevo el personaje principal desde la apertura del disco a cargo de “Astronomi domine”, para mí su mejor canción, una muestra apabullante de la psicodelia británica en estado de gracia. El arranque corre a cargo de Peter Jenner recitando por megáfono los nombres de algunas estrellas, pero que en su cadencia podría recordar tanto una imaginada conversación entre técnicos de una base como voces provenientes del espacio; surge entonces el sonido de una supuesta emisión en código Morse, y tras ella la guitarra haciendo una entrada triunfal en compañía de tambores y el bajo: a partir de ahí, la gloria envuelta en una disciplina vocal que recuerda al cántico (“An astral chant” fue el primer título para la canción) y evidentemente es la confirmación de ese “rock espacial” que como he dicho antes está ganando protagonismo en directo. Y aunque es imposible superar una pieza como esa, el resto del disco mantiene un nivel muy digno: la mayor parte del repertorio sigue recordando al pop de la escuela británica, pero con ese toque “insano” que, en su naturaleza de psicodelia ambiental, resulta muy atractivo y que además tiene una marcada personalidad orgánica: todas parecen constituir una familia inseparable. Es otro de esos discos que nos involucran desde el primer momento y se hacen escuchar de principio a fin.


A mediados de noviembre se publica el tercer y último single del grupo con Barrett: “Apples and oranges / Paint box”. La cara A es suya, y de nuevo tenemos una cadencia general más poppy de la que se mostraba en el Lp, aunque suena más “espesa”, digamos, que las precedentes en este formato. Syd dijo que esta canción tenía “un ligero toque navideño” y tal vez sea cierto, pero sobre su atractivo hay mucha disparidad de criterios; tal vez el problema esté en la producción, tal y como dijo Waters, que le echó la culpa a Norman Smith. De todos modos es otra pieza muy competente en ese mundo de ensoñación. La cara B es obra de Wright y tiene un tono melancólico pero un desarrollo muy vivo, con una nueva demostración de la gran categoría de Mason dentro de un trabajo muy completo de todo el grupo; es una pena que haya pasado un tanto desapercibida, por su humilde naturaleza de “acompañante” (sí, el formato single también era injusto a veces). Y también porque, a causa de la dudosa categoría de la cara A, este disco ni siquiera llegó al top 50.


Para entonces la situación de Syd ya se había hecho insostenible: tanto en directo como en cualquier otro lugar podía quedarse inmóvil durante un buen rato, o mirando hacia el techo (si es que realmente miraba hacia algún sitio). Más de una vez llegó a los ensayos completamente aturdido y acompañado de unos cuantos frikis a los que quería integrar en el grupo. Hubo que suspender unas cuantas actuaciones, y por fin decidieron contratar a un guitarrista de apoyo; que finalmente resultó ser David Gilmour, antiguo compañero de Sid en su época de músicos urbanos. Y en esa situación de supuesto quinteto llegaremos a 1968, pero por poco tiempo. Todos saben que la suerte está echada.

miércoles, 15 de abril de 2026

1967 (XVII)

La mayoría de los músicos surgidos en la segunda oleada de los años 60, es decir, los que se dan a conocer a mediados de la década, suelen partir en mayor o menor medida de las premisas psicodélicas de aquel momento; luego los que de verdad tengan una base sólida irán evolucionando, pero de momento la consigna es la de estar al día. Además, muchos de los que ya estaban en activo demuestran una capacidad de adaptación sorprendente: por ejemplo, entre los que proceden del r&b ya hemos visto a grandes conversos como Burdon. La misma epifanía experimenta Steve Winwood, el niño prodigio que mantuvo a Spencer Davis Group en lo más alto de las listas, y que decide abandonarlos en 1966 porque para entonces aquel planteamiento le parece ya muy desfasado. Así que hoy nos visita de nuevo, transformado en otra persona: su adolescencia termina este año, en compañía de nuevos amigos. La nueva sociedad queda bautizada con el nombre de Traffic, nombre mítico, nombre que muchos idólatras adoramos a lo largo y ancho del planeta desde entonces. 

Winwood, cantante y multinstrumentista con preferencia por guitarra y teclados, ve en la psicodelia una liberación, ya que la rigidez estilística desaparece al mismo tiempo que se hace común el uso de todo tipo de instrumentos. En parte está influenciado por esa especie de “free folk” que ha inaugurado la Incredible String Band, que va de Occidente a Oriente con total soltura; pero nunca renunciará a su querencia natural por el r&b o el jazz, y le gusta añadir un barniz rockero e incluso pop cuando corresponde. Para llegar a semejante mixtura, ya en el 66 (es decir, todavía en SDG) decide asociarse con unas amistades de tiempo antes: en su Birmingham natal, fuera de las horas de trabajo, a veces se reunía con ellos en un club llamado The Elbow Room y se aventuraban en jams sin un estilo concreto. Así que les sugiere la posibilidad de ir en serio, y aceptan. A dos de ellos los había conocido ya en Hamburgo: el batería Jim Capaldi, junto al cantante y guitarrista Dave Mason, formaban parte de los Hellions, grupo telonero de la banda de Davis por entonces. Poco después surge Chris Wood (saxo y flauta), que había adquirido una cierta notoriedad tras su paso por la banda de jazz rock Locomotive, y ese cuarteto será la formación original de Traffic (un nombre que se le ocurre a Jim Capaldi). Los nuevos acompañantes de Winwood figuran ya, de un modo extraoficial, haciendo coros en la grabación de “I’m a man”, uno de los últimos trabajos de Steve con su antiguo grupo. 

Chris Blackwell, el jefazo de Island Records, ya tenía a los SDG en nómina y, tras la marcha de los hermanos Winwood, recluta a Muff como productor oficial del sello mientras decide apoyar entusiásticamente a Steve y sus nuevos amigos. Bajo la producción del legendario Jimmy Miller, que ya había colaborado con Blackwell en las grabaciones de su banda anterior, Traffic presentan su primer single a mediados de la primavera (pocos días después de que Steve cumpla los diecinueve años): “Paper sun / Giving to you”. La cara A, una pieza encantadora que se convierte en la primera inmemorial del grupo, es obra de Winwood y Capaldi: es una especie de folk rock con tonos hindúes, apoyados por el sitar y la percusión; la melodía es muy viva y transmite una clara sensación de optimismo, a juego con la época. La B, que reaparecerá con ligeras modificaciones en su primer Lp, comienza con un juego de voces cercano a la cacofonía, dando entrada a un rimo de tono jazzy que nos recuerda el ambiente de los clubs isleños de dos o tres años antes; la flauta preside el desarrollo hasta que llega la guitarra, y en conjunto me parece un brillantísimo ejercicio de estilo de los cuatro músicos (de hecho, la autoría figura a nombre de todos). En conjunto es un debut muy valiente, tiene su mérito conseguir un top 5 con este tipo de exquisiteces. Ah, y en la galleta de ese single ya figura el logo que acompañará todas las publicaciones del grupo, una variación sobre la rueda de la fortuna celta, que al parecer es idea de Chris Wood (aunque este asunto aún hoy se sigue discutiendo).


A finales del verano tenemos nuevo single: “Hole in my shoe / Smiling phases”. La cara A es una composición enteramente de Mason, que reviste la melodía, un tanto infantil, con una instrumentación y un ritmo de psicodelia oriental agradables. Sin embargo ese tipo de melodía disgustó a los otros tres, que no se veían representados en una canción tan pretendidamente underground pero en realidad muy poppie. Y aquí entra en cuestión la personalidad de Mason, bastante independiente y poco dado a ceder en sus planteamientos: años más tarde Winwood diría que “su comportamiento era como el de un solista que decidía por su cuenta, presentaba sus canciones y a los demás solo nos quedaba aceptarlas”. Y en efecto, son muy pocas las piezas que él haya compuesto a medias (es aquí cuando surge su primer cabreo serio y abandona el grupo, pero al cabo de unos días vuelve al redil). En cuanto a la cara B, a nombre de los otros tres, es un r&b electrificado y muy vivo, potenciado además por esa bendita voz soul que Steve sabe aprovechar tan bien. La suma de esta y el “pop underground hindú” de Mason llegó al segundo puesto de las listas. Traffic ya era una de las bandas revelación del año.


Ese carácter de “revelación” se refuerza por el apoyo de varios santones del negocio: sin ir más lejos, los mismísimos Beatles se declaran fans incondicionales. Por otra parte, su colorida presencia y el trabajo de Blackwell con la prensa les da un gancho mediático que es aprovechado por Clive Donner, director de moda en la Isla, para incluirlos junto a SDG y Andy Ellison (el frontman de los John’s Children) en la creación de la banda sonora de “Here we go round the Mulberry Bush”. Es una película bastante tonta, muy de la época, en la que el protagonista principal se siente acuciado por su virginidad y trata de perderla a toda prisa; como suele suceder en este tipo de películas, se le ofrecen candidatas por doquier. El resumen de la crítica resulta bastante explícito: “Si los personajes no fueran unas caricaturas tan vacías, habría mucho que decir sobre el carácter desagradable y puramente explotador de todas las relaciones que se desarrollan en esta película”. O sea, el landismo español, pero en plan más yeyé. El caso es que Traffic colaboran con tres piezas: una de ellas es la que da título a la película y figura como cara A de su nuevo single; la B formará parte de su primer disco grande al igual que otra de las tres del encargo, así que he preferido incluir la tercera, desaparecida hasta que surja de nuevo en los recopilatorios posteriores. Por favor, sean benévolos.


Por fin, en diciembre, la buena nueva: Traffic lanza su primer Lp, con el sugerente título de “Mr. Fantasy”. Y aunque no esté bien que lo diga yo (ya saben, los fans somos seres tendenciosos, caprichosos, fantasiosos), esta es otra de las maravillas pertenecientes a la divina nómina que constituye la herencia de este año. Lo primero que sorprende es la variedad del repertorio, algo que para un grupo convencional podría ser un peligro; sin embargo, su tremenda calidad como músicos (todos multinstrumentistas en mayor o menor grado) y la vocación ecléctica que demuestran convierten ese peligro en un argumento más para resaltar su categoría. Por otra parte, el mundo que crean es tan personal que en ningún momento se parecen a nadie: ya la entrada con la soberbia “Heaven is in your mind” establece unas diferencias claras entre ellos y los demás. Arranca con una escala reiterativa entre piano, bajo y batería para luego llevarnos a una curiosa estructura entre soul y funk mientras se doblan las voces de Winwood y Mason, dando luego entrada a un fantástico solo de guitarra entre los ecos de voces creando un ambiente de eco magnifico. De ahí nos vamos al music hall con “Berkshire poppies”, una pieza básicamente novelty, un vals medio borracho con pequeñas pero luminosas pinceladas eléctricas. Y no voy a ir una por una, porque me extendería mucho; sólo me limito a recordar que la perfección de esa pieza de blues rock psicodélico de medio tiempo que es “Dear Mr. Fantasy”, la mayor perla del disco, no ha sido superada, ni esa exhibición que hace Winwood de nuevo con uno de sus solos. O la melancólica maravilla que se despliega en “No face, no name, no number”, o ese ejercicio acústico de tono casi español que abre “Dealer”, o… Casi mejor lo dejo aquí. Comentar discos de esta categoría es frustrante, porque no se puede acotar su grandeza con palabras. Hay momentos más débiles, claro, siempre los hay; pero incluso esa tendencia hindú con la que nos obsequia Mason en “Utterly simple” tiene su encanto. Para quien no conozca el disco, le recomiendo que busque ambas versiones, la mono y la estéreo (con ligeras diferencias de metraje y sonido) y compare, ya que este es otro de los casos en los que resulta difícil elegir; para las dos muestras he optado por al estéreo, pero únicamente porque suena un poco más “limpio”. El disco anduvo cerca del top 15 en su momento, porque tal vez no sea para mayorías; sin embargo, con el paso del tiempo su prestigio sigue aumentando.


Y también en diciembre, pocos días después, Mason se marcha a causa de las consabidas diferencias de criterio, tanto en lo artístico como en lo personal. Es su segunda escapada -y esta dura un poco más-, pero no se preocupen: volverá para participar en el segundo disco, porque de momento no tiene un plan definido para comenzar una carrera en solitario. Así que el año que viene este cuarteto volverá a visitarnos con una nueva exquisitez.