lunes, 27 de junio de 2022

1982... (X)

Tras la visita de don Julian Cope resulta inevitable que nuestro próximo invitado sea Robyn Hitchcock, un alma hermana en muchos aspectos. El parecido es notorio: al igual que Cope, Hitchcock es otro apóstol del ácido que ya se había ganado una fama por su liderazgo en uno de los grupos más alternativos pero respetados de la new wave, los Soft Boys; que, como en el caso de Cope y Teardrop Explodes, habían sido el perfecto vehículo de expresión para un músico cuya escuela está en la psicodelia tradicional. Así pues, ese estilo queda perfectamente defendido en La Isla desde entonces hasta hoy mismo por estos dos señores. La diferencia más notable es únicamente de perspectiva, aunque los dos tienen a Syd Barrett como uno de sus santos patrones: mientras Cope se acerca más a la vertiente un tanto "atormentada" de un Roky Erickson, la tendencia de Hitchcock tiene su acomodo en el mundo de fantasía que habitan algunos duendes como el entrañable Kevin Ayers (esa fotografía, una recreación de la contraportada de "Joy of a toy", lo dice todo). En consecuencia, pertenece a la facción más genuinamente británica: licenciado en Literatura Inglesa, su afición por Dylan y Donovan hace que su trayecto musical arranque desde el folk. Aunque por supuesto los Beatles y los Kinks son también marcadas influencias, y finalmente la suma de unas y otras lo lleva a crear y dirigir los añorados Soft Boys hasta su debut en solitario. En fin, ya se podrán suponer ustedes que entre estos dos personajes los fans tenemos el corazón partío.

Hitchcock debuta en solitario con "Black snake diamond röle" en verano de 1981. Es un disco de transición, incluso en lo emocional: además de que algunas canciones ya estaban casi rematadas en la época de los Soft Boys (a quienes vemos incluidos en la lista de músicos intervinientes), resulta que una de las primeras de aquel grupo se titulaba "Black snake diamond rock", aunque no llegó a publicarse en su momento. Se hace fácil revivir esa época en los momentos más enérgicos como "Brenda's iron sledge", "Meat" o "City of shame", aunque en realidad su recuerdo viaja a lo largo de todo el disco. Aun así también comienza a notarse un tono más personal, más claramente cercano al pop psicodélico british de toda la vida, en una apertura como "The man who invented himself", con ese piano trotón y esa sección de viento, y esa letra que por momentos parece recrear a un alter ego de Starman o cualquier otra criatura espacial del Bowie de su época glam. Pero, se parezcan más o menos a los primeros tiempos de Hitchcock, hay unas cuantas delicias locas como "Acid bird", "Out the pictures", o el cierre con "Love", o... cualquier otra, la que se quiera elegir a voleo, da igual. Este disco es una perla refulgente, y solo es el primero en la carrera de alguien que, al igual que Julian Cope, parece un geniecillo menor pero ha influenciado a muchos más músicos que la mayoría, porque ha sabido crearse su propio mundo, con sus poesías desquiciadas pero emocionantes y ese gusto tan particular por las melodías inesperadas, contrahechas, casi ilógicas, que van sembrando su carrera de pequeñas maravillas. Y parece que con el paso del tiempo este disco ha llegado a hacerse un sitio entre las leyendas de la psicodelia británica de todos los tiempos, lo cual no es más que un puro acto de justicia.



Su transición da un paso en falso con "Groovy decay", que se publica el año siguiente. Se puede objetar -él mismo lo hizo luego- que la producción a cargo de Steve Hillage no era la más indicada (Hillage por entonces andaba muy en plan moderno, con baterías recargadas, instrumentos de viento y tonos new wave), pero es que la calidad del material tampoco estaba a la altura: se salvan algunas piezas sueltas, pero el ambiente general decepciona un poco (años después publicó "Groovy decoy", que en esencia es el mismo repertorio sin la producción de Hillage: yo no veo una gran mejoría, pero hay gente que sí). Las pocas ventas y la propia decepción que sintió le hicieron abandonar su carrera por un tiempo, viviendo de algunos trabajos sueltos y colaboraciones esporádicas con Captain Sensible. Hasta el otoño de 1984 no volvemos a tener obra suya, pero la espera ha valido la pena: "I often dream of trains", su nuevo disco, nos compensa de sobra; y además demuestra valentía o mucha confianza en sí mismo, porque ese disco es prácticamente acústico. Y es también uno de los mejores de su carrera, o el mejor para muchos fans. Lógicamente el ambiente general es casi "de recogimiento", muy austero, con piano y guitarras acústica y eléctrica a cargo de Hitchcock; y "Nocturne" es la introducción perfecta, un solo pianístico de minuto y medio que es toda una declaración de intenciones. A partir de ahí es cuando el espíritu de Kevin Ayers comienza a mostrarse en varios momentos del disco con esa melancolía humorística, cínica por momentos, surrealista, que define tan bien a ambos personajes. Y desde "Sometimes I wish I was a pretty girl" hasta el cierre con la canción que da título al disco, seguida por el "Nocturne" pianístico de despedida, viajamos por un mundo que no es de este tiempo porque por desgracia ese tiempo ya no existe; pero nos queda su legado junto a los discos de Ayers, de Barrett, de Nick Drake, de los King Crimson más líricos, de toda esa gente que habita en otro plano de la realidad pero que siempre está ahí.



Tras ese fogonazo de genialidad casi bucólica que acaba de regalarnos, Hitchcock viaja de nuevo al otro polo de su ying yang personal y busca la compañía de un grupo de apoyo estable al que bautiza como The Egyptians... y en el que vemos de nuevo a Andy Metcalfe y Morris Windsor; es decir, a dos antiguos Soft Boys. Como es lógico ese formato indica una mayor "animación" del repertorio, otra colección de piezas brillantes reunidas bajo el título de "Fegmania!", que se publica en la primavera del 85. Lo que hay aquí es una gozosa exhibición de ese psych pop magistral en el que se actualiza la escuela de los 60 a través de un músico que procede de la new wave; de ese modo escuchamos estructuras que en el fondo son clásicas, pero totalmente "manipuladas" por la excelencia creativa y vocal de Hitchcock (y su impecable humor absurdo) junto a unos músicos excelentes, con esas guitarras que tanto deben a los Byrds (el cierre con la versión de "The bells of Rhymney" es el mejor reconocimiento). De nuevo es imprescindible el adjetivo "intemporal" para definir exquisiteces como "My wife and my dead wife", "Another bubble", "Strawberry mind" o "Heaven", por citar injustamente solo cuatro: debería escribirlas todas. Y aunque como es lógico el disco no pasó de un top 20 (lo cual ya es milagroso), el tiempo le ha hecho justicia: aunque toda su obra se ha reeditado más de una vez, esta es una de las estrellas tanto en vinilo como en CD. Y poco después él y su grupo se dan un homenaje en directo con "Gotta let this hen out!!", con un sonido realmente bueno sin necesidad de overdubs excesivos.


Y la vida sigue: si los Soft Boys tenían su "Invisible hits", Hitchcok publica "Invisible Hitchcock", que como en el caso anterior es una colección de rarezas y maquetas igual de imprescindible que su obra más brillante. En 1986 llega "Element of light", otra joya que compite por el título de "mejor disco de su carrera", y luego fichará por A&M, y así sucesivamente. Su carrera, como la de Cope y algunos monstruos más, daría para docenas de entradas como esta; pero si ustedes ya lo conocen no es necesario, y si lo acaban de descubrir ya saben lo han de hacer. Y al igual que Cope, todavía le queda cuerda: a finales del 19 publicó un Ep titulado "Planet England" junto con Andy Partridge, el genio loco de los XTC (estas dos cancioncillas son de ese Ep). Dios los cría y ellos se juntan.



lunes, 20 de junio de 2022

1982... (IX)

En los primeros 80 ya hay algunos músicos surgidos en la new wave que habían comenzado su carrera como miembros de un grupo y luego deciden seguir en solitario: ese es el caso de John Foxx (ex Ultravox) o Howard Devoto (ex Magazine). Pero de todos ellos el más influyente con el paso del tiempo ha resultado ser Julian Cope, que habiendo formado parte de aquel trío "seminal" llamado The Crucial Three junto a McCulloch y Wylie, pronto deja clara su fuerte personalidad -egolatría, dirían algunos- y pasa a ser el frontman de los Teardrop Explodes, grupo de vanguardia entre post punk y psicodelia que tampoco dura mucho. Cope ha dejado muy claro a lo largo de los años que es un personaje único, con sus genialidades y sus chifladuras; y muy trabajador además, porque ha compaginado su carrera musical con sus trabajos literarios sobre el rock alemán, varios aspectos de la historia neolítica, el ocultismo y su relación con las drogas y por supuesto la psicodelia en todas su facetas. La personalidad de Cope resulta indisociable de ese fuerte vínculo que mantiene con el universo psicodélico: en ese sentido personifica un espíritu original de los años 60 del que ya casi no quedan rastros hoy en día, dejando aparte el consumo de substancias degradadas por parte de unos cuantos inconscientes.

Teardrop Explodes desaparecen oficialmente a principios de 1983, pero en realidad el espíritu de grupo ya no existía de tiempo antes. Salvo por las obligaciones contractuales, Cope había comenzado una época de semi-retiro en la que el uso de LSD era para él casi como un integrante más de la dieta diaria. Como era de esperar, la prensa pronto comenzó a sugerir la posibilidad de que ya estuviese formando parte de esa lista maldita de ídolos caídos al estilo Syd Barrett; pero en ningún momento abandonó el trabajo creativo, y a finales de ese año ya tenía prácticamente rematado el material de su primer disco a su nombre, que se publicará en la primavera del 84. Parte de ese material estaba perfilado antes de la desaparición de su antiguo grupo, pero el disco da sensación de unidad porque a fin de cuentas la potencia creadora siempre había sido Cope. El disco se titula "World shut your mouth", y entre el listado de músicos vemos que le acompaña el batería Gary Dwyer, que ya había sido fijo desde el principio de los Teardrop. Pero si gran parte de la prensa y en consecuencia el público acomodaticio que la sigue sin molestarse en tener un criterio propio opinaron que este disco estaba "fuera de época", una de dos: o ellos o los que opinamos lo contrario tenemos un grave fallo de apreciación. Para nosotros este disco crea un puente entre la new wave y el estilo indie psicodélico que comenzará a escucharse más adelante y del que Cope es uno de los precursores (Primal Scream lo adoran). Es un grupo de canciones muy dinámico, con un perfecto equilibrio entre pop/rock y la psicodelia más refrescante, con momentos "introspectivos" que reflejan muy bien la complejidad de un cerebro tan complicado como el suyo, pero sin llegar a oscurecer el conjunto. La apertura corre a cargo de la casi épica "Bandy's first jump", seguida de ese curioso juego de estilos interpuestos que es "Metranil Vavin", un viaje de la new wave a la psicodelia de los años 60 en solo tres minutos. Una de las piezas que más me cautiva en toda la carrera de Cope es "Kolly Kibber's birthday", que me sugiere una mezcla entre la instrumentación al estilo alemán y la melodía pop isleña. Otra de mis preferidas es "The greatness and perfection", con esos juegos de voces que tanto le gustan. Así que en resumen este es un debut impecable, aunque relativo: los discos de su grupo anterior ya eran suyos en realidad. Y años más tarde la propia prensa acabó reconociendo su valor, aunque en aquel momento un top 40 fue un logro casi milagroso teniendo en cuenta las modas de entonces.



Solo seis meses después aparece "Fried", su segundo disco. Por supuesto hay un claro ambiente de choteo entre los fans, haciendo gracias sobre un posible paralelismo entre ese título y el estado mental de Cope, que también por supuesto ha buscado ese título adrede (y no hay más que ver esa portada, que habría llevado al suicidio a cualquier asesor de imagen). Años después dirá que "debía publicar ese disco para demostrar que seguía siendo un ser humano operativo". De nuevo queda claro el patente error de valoración de ese sector del público que sigue sin tomarlo en serio, ya que esta es una nueva prueba de su "lucidez alternativa", por decirlo de algún modo. Hay algunas piezas casi intimistas que podrían recordar el estilo de Syd Barrett, como "Me singing" o "Search party", pero es justo en este tipo de canciones donde se nota la diferencia de actitud y de percepción: Cope no está tan "frito" como el pobre Syd, ni mucho menos. Y la psicodelia brillante, dinámica, la psicodelia pop al más puro estilo británico queda perfectamente representada ya en el arranque con la casi épica "Reynard the fox", seguida por la frescura de "Bill Drummond said". En la que sin embargo hay una fuerte carga de ironía, ya que Drummond era por entonces su manager (y le contestó con otra canción titulada "Julian Cope is dead", que incluyó en su primer disco). Tal vez la cara B decae un poco, pero en conjunto este es otro de esos trabajos al margen del tiempo y el espacio que solo un personaje como Cope puede hacer... por muy frito que pueda parecerle a algunos. Ah, y según dice, en "The King of Chaos" hace invocación al dios Odín, con ese piano trotón que tanto le gusta. Pero el nivel de ventas sigue bajando, y Mercury lo despide. A cambio tiene un nuevo manager: Martin "Cally" Callomon, ex batería en grupos punk y que ahora tiene mucho mando en Island (y que junto a Phil Smee crea Bam-Caruso). Callomon le advierte de que debería mantener un mínimo de equilibrio organizativo; y en lo musical desarrollar un estilo un poco más "mundano", potenciando ese cruce entre pop rock y garaje que por otra parte era uno de los orígenes de su estilo.



El resultado es "Saint Julian", publicado en la primavera del 87; es decir, más de dos años después del anterior. Ese es el tiempo que Cope se ha tomado para adquirir una nueva actitud, e incluso un nuevo look de ángel del basurero con el que se exhibe en la portada. Es claramente un disco más "terrenal" que los anteriores, en el que el espíritu new wave parece rejuvenecer gracias a ese tono tan personal suyo tanto en las estructuras como en su manera de cantar: no es que sea un Caruso, pero su voz resulta muy agradable. Y hay al menos dos canciones que se hicieron muy populares en esa época, publicadas en single y con videos propios además: "Trampolene" y sobre todo "World shut your mouth" (ese título había sido también el de su primer Lp, pero no tiene nada que ver con él). Es una verdadera perla rítmica, vibrante, con una perfecta simbiosis entre batería y cuerdas que además tiene una línea melódica de las que enganchan y quedan en la memoria; una gran canción pop, una buena muestra de new wave tardío que probablemente solo a Cope se le podía haber ocurrido. El resto del material tiene mucho vigor y en parte suena bastante rockero en comparación con sus primeros discos, aunque sigue habiendo concesiones a su querencia pop; la psicodelia en cambio está casi desaparecida. Entre unas cosas y otras este fue su disco más vendido, rozando el top 20. Aunque a Cope no se veía cómodo en las entrevistas de la época, y la primera "víctima" de esa incomodidad fue Callomon. Casi como consecuencia, las relaciones con Island comenzaron a agriarse; lo cual resulta lógico, porque Cope no cuadra en sellos grandes.


"My nation underground", el año siguiente, fue el último disco "comercial" que hizo Cope. Hay un acercamiento al funk blanco en algunos momentos, y se mantiene parte de las estructuras pop/rock del anterior, pero salvo canciones aisladas resulta bastante previsible. Aquí es cuando se enfrenta abiertamente a Island y decide volver a su esencia, que es la psicodelia: guste o no al sello, Cope comienza a grabar exclusivamente lo que a él le parece. El resultado pueden ser algunos discos un tanto oscuros como "Skellington" y "Droolian", que él mismo publicó por su cuenta, junto a otros muy actuales como "Peggy suicide". A partir de 1993, liberado ya de su contrato con Island, ha estado publicando casi un disco al año -la mayoría en Head Heritage, su sello propio- junto a su obra literaria de varios tipos. Es un ser aparte, de los que por desgracia hay pocos en este mundo tan extraño que considera extraños a los que son como él.



lunes, 13 de junio de 2022

1982... (VIII)

En efecto: con ustedes U2, el grupo más popular de todos los surgidos en la época post punk, con el "exotismo" añadido de su procedencia irlandesa. En su primera visita a este local ya se advirtió de la naturaleza conflictiva que tiene este tipo de bandas de corte mesiánico, como le pasa a Simple Minds y algunos más, ya que esa muletilla de "los amas o los odias" parece creada para ellos. Y sin embargo, si nos olvidamos de las actitudes megalómanas de Bono y nos centramos exclusivamente en el producto musical, hay que reconocer que al menos en sus primeros años elaboraron un repertorio bastante defendible. Los grupos de categoría estelar en cuanto a popularidad y ventas pueden acabar resultando detestables, y con frecuencia mantienen su estatus gracias a la inercia, pero si han llegado ahí es por algo (los Stones son el mejor ejemplo). También hay que reconocer que tuvieron suerte en sus inicios al caer en manos del productor ideal para ellos, ya que Steve Lillywhite potenció esa tendencia épica -que cuadra perfectamente con su método de trabajo- y los llevó a lo más alto con solo tres discos. Pero su otra gran baza son sus directos, soberbios, muy profesionales, con una alta calidad técnica y que por sí mismos serían suficientes para mantenerlos en el circuito sin agobio, como los Stones. Igual duran tanto como ellos...

En 1983, cuando llega el tercer y último trabajo con Lillywhite, todavía no está completamente despejado su futuro porque "October", el anterior, dejó una sensación agridulce en el ambiente: aunque las ventas habían sido considerablemente mejores que las del primero, la temática religiosa de una buena parte de las letras y el nivel medio irregular a pesar de éxitos incontestables como "Gloria" se sumaron a la creciente irritación de parte de la prensa y algunos aficionados sobre el hecho de que Bono resultaba un poco cargante con esas ínfulas mesiánicas que ya comenzaba a mostrar. En cualquier caso, aquí el grupo se empleó a fondo y en enero lanzan un primer single de tanteo que resulta ser un top 10 en media Europa: "New year's day", que aún hoy es de sus canciones más recordadas (y con vídeo de paisajes nevados, como los Bunnymen. Estaba de moda la desolación blanca entre los grupos heroicos). Poco después llega el Lp, con el título de "War" y una portada en la que vemos al mismo muchacho que había protagonizado la primera, un poco mayor y con gesto entre preocupado e irascible para hacer juego con el título y la temática de gran parte de las canciones del disco, en vena político social. Ya el arranque con "Sunday Bloody Sunday" indica claramente las intenciones del grupo: se trata de un recordatorio sobre el tristemente famoso Domingo Sangriento a finales de Enero del 72 en Derry. Da la impresión de que Lillywhite pretende pasar desapercibido, puesto que este es un disco en el que ya casi se habla más de las letras que de la música o los arreglos, bastante sobrios para tratarse de alguien como él. Sí, hay detallitos que luego resaltará la prensa, como la presencia de un violinista irlandés en la canción del Domingo Sangriento, o la utilización de un metrónomo electrónico por parte de Mullen, cosas así. Pero en conjunto, el sonido es denso, compacto, sin excesos de "luminotecnia". Maduro, en una palabra. Por cierto, que antes de que termine ese año se publica un directo titulado "Under a red blood sky" que, como era de esperar, demuestra la categoría del grupo. Lo extraño es que parece que lo hayan hecho de mala gana, casi de tapadillo, con la duración muy justita y una funda convencional. Es cierto que tienen algunos documentales con actuaciones,  pero que yo sepa no han vuelto a publicar un disco de este tipo nunca. 



Tras un éxito de ventas y de actuaciones apabullante, parece que el grupo se asustó un poco. Según ellos, no estaba entre sus planes convertirse en un monstruo de los megaescenarios como los Stones o los Floyd, por ejemplo, y trataron de "perfilar un poco a su audencia" buscando un productor más arriesgado: si las letras y la idiosincrasia del grupo iban a estar siempre en cuestión, resultaba necesario equilibrar esa tendencia haciendo que lo teóricamente más importante, es decir, la música, mantuviese el protagonismo principal. Y aquí surge el nombre de Brian Eno, sugerido inicialmente por Edge e inmediatamente aceptado por Bono: Eno podía darles un prestigio "vanguardista" que les hacía mucha falta (aunque precisamente eso del vanguardismo no gustó a nada a Island, su sello, que sabía de sobra a qué extremos podía llegar). Y así se presenta en el otoño de 1984 "The unforgettable fire" -referencia a la bomba de Hiroshima-, grabado en el castillo irlandés de Slane y con esa portada en la que figura el de Moydrum. Y el caso es que acertaron, porque a pesar de tanto castillo Eno les da una textura mucho más cálida, al mismo tiempo que crea unos panoramas de sonido muy ricos: ese equilibrio entre sentimiento, proyección y ambiente que hay en canciones como la que da título al disco está muy bien conseguido. Y por supuesto hay siempre el gancho necesario para que las ventas no flaqueen porque junto a Eno está Daniel Lanois, mucho más "terrenal" y que aprovecha bien el material más compacto. Un ejemplo es "Pride", que directamente arrasó en medio mundo (incluyendo Estados Unidos, gracias en parte a esa letra relacionada con Martin Luther King). Por otra parte sigue creciendo el número de canciones lentas, sentidas, en tono de marcha, ideales para levantar el mechero en directo: "Bad", otra clásica. Así que el salto ya se ha dado, y con todo éxito. Tenía razón Bono: el mundo ya estaba preparado para ver a los sucesores de los Who o Led Zeppelin, aunque con más dimensión que ese tipo de grupos (según él). Y muchos de nosotros, los cínicos resabiados, resentidos, que ya por entonces no lo tragábamos, tuvimos que reconocer que lo mejor era olvidar sus letras, sus vídeos, sus declaraciones, su existencia en general: si nos limitábamos a escuchar los discos, U2 era un grupo muy defendible.



A un nuevo éxito planetario del disco se unen algunas actuaciones históricas como el evento de Live Aid, donde definitivamente se consagran como la banda número uno del rock actual. Ya hay que ir pensando en el nuevo disco y, sobre todo, en cómo "enfrentarse a él": son los nuevos Beatles, y los Who, y Led Zeppelin, y lo que haga falta, así que deben tener cuidado. Siguen trabajando con la pareja Eno/Lanois, aunque esta vez se hace constar que el apellido Lanois va antes que el apellido Eno. Eso significa que, manteniendo el gusto por los ambientes muy trabajados, con muchas texturas y sonidos, también se busca una mayor contundencia. Hacía más de dos años de la publicación de su disco anterior (este no se publica hasta la primavera del 87), lo cual demuestra que se han tomado su tiempo para edificar esta nueva obra, que básicamente es el resultado de las "exploraciones" del grupo -sobre todo Bono y The Edge- por la América tradicional o "mítica", como ellos dirían. Ese mito suele basarse más en la "iconografía natural" como forja de un espíritu (los espacios amplios y abiertos como el desierto, los grandes escenarios de la orografía del país) que en la América urbana, más convencional. Vamos, como John Ford pero en banda de rock. Al mismo tiempo se esfuerzan en el conocimiento de la música tradicional, tanto en su raíz irlandesa como negra, que da a luz a los grandes géneros estadounidenses, y con todo ese aprendizaje el grupo va grabando material durante más de un año hasta que por fin lo presentan bajo el título de "The Joshua tree". Como siempre, los ganchos funcionan a la perfección: un arranque con una pieza como "Where the streets have no name" es un éxito seguro. Pero es que detrás viene "I still haven't found what I' looking for", y luego "With or without you"... En fin, otro cañonazo sideral.


Y la leyenda sigue, y sigue: luego llega "Rattle and hum", con documental y todo. Después se dan un baño de modernura recurriendo de nuevo a Eno y Lanois en "Atchung baby", y vuelven a hacerlo con "Zooropa", y así sucesivamente. Para entonces se han agotado los adjetivos laudatorios, y sus Ilustrísimas ya alternan con los líderes políticos y religiosos de medio mundo, y Bono nos ilumina de vez en cuando con alguna de sus reflexiones sobrenaturales, y etc etc... Uf, qué cansancio.





lunes, 6 de junio de 2022

1982... (VII)

Su Excelencia Ian McCulloch vuelve a honrarnos con su visita, por supuesto al frente de Echo & The Bunnymen. Él y su grupo son otra de esas sociedades ya veteranas surgidas en el período post punk; en realidad no estaban inventando nada, pero supieron hacer una mezcla muy interesante entre la electricidad "existencialista" de Velvet Underground y el estilo post garaje de un Bowie en los primeros 70 (recuerden, Ziggy Stardust cambió la vida de este señor). Hay un componente psicodélico que, sin ser invasivo, sirve para mitigar esa querencia un tanto dramática que podría llegar a cansar. Por otra parte, y como reflejo de su fuerte personalidad, el señor McCulloch muestra un marcado dominio de las tablas que lo hermanan con la raza de frontmen cercanos a lo mesiánico, junto a Bono, Kerr y algunos más. McCulloch, como ellos, es un compositor bastante solvente y, aunque también en este caso las canciones figuran a nombre del grupo, se sabe quién es el "ideólogo". Tiene además una buena formación, que incluye su antigua militancia en los Tres Cruciales junto a Julian Cope y Pete Wylie: no llegaron a grabar siquiera porque pronto surgieron las disensiones, pero aprendieron mucho en poco tiempo.

Sus dos primeros discos fueron suficientes para establecerlos en la élite de la modernura isleña, manteniendo su aura underground y acercándose al mismo tiempo al éxito masivo. Era una imagen que les sentaba muy bien, y hasta cierto punto se mantiene en "Porcupine", publicado a principios de 1983. Aunque hay algunos cambios, especialmente en los arreglos, ya que buscando un equilibrio entre épica y exotismo aquí amplían el catálogo de recursos y revisten algunas canciones de ornamentos orientales, ayudados por el violinista indio L. Shankar. De ese modo nos sorprende el arranque que luce "The cutter", la que abre el disco y que nos transporta a ese mundo tan ensoñador bajo el punto de vista occidental. El aroma psicodélico es más denso en este disco que en los anteriores, no ya por las aportaciones del señor Shankar sino también, y sobre todo, por el trabajo general de grupo y productor creando ambientes complejos como en "Higher hell" por citar un ejemplo claro. El nexo de unión con su trayectoria hasta ese momento se mantiene en canciones más "tradicionales" como "Back of love" o la que da título al disco, y el cierre con la exquisita "In bluer skies" le da un toque de elegancia admirable. En resumen y aunque no hay unanimidad, para muchos aficionados este es su mejor disco. Por otra parte consiguen marcar bien su territorio dentro de esa "federación" de grupos tremendistas en la que habitan junto a los Minds y U2: salvo en piezas como "Heads will roll", que pueden llevar a confusión en el oyente poco avezado, McCulloch y sus colegas salen bastante airosos de las posibles comparaciones y representan el sector más arty de ese mundillo. También en consecuencia el menos invasivo, el más equilibrado a pesar de algunos detalles como esa portada, tan del gremio. En fin, un top 3 en la Isla es una buena marca, aunque tuvieron que pasar unos meses para llegar ahí porque al principio la gente no acababa de asimilar este giro psicodélico-oriental.



A medida que nos acercamos a la mitad de la década parece que todo el mundo tiene que subir la apuesta continuamente, y los Bunnymen también se apuntan a esta competición con su nuevo disco, que llega en la primavera del 84 bajo el título de "Ocean rain". El formato de grupo estándar ya les queda pequeño, así que contratan a unos cuantos músicos de orquesta sinfónica para darle más vuelos a esas nuevas canciones, que por otra parte se orientan claramente hacia el espíritu romántico (en el sentido literario de la palabra): esto significa más grandiosidad y más "sentimiento". También, como es lógico, deben potenciar su vertiente melódica y diluir un poco su esencia de banda de rock: la apertura con "Silver" o Crystal days" son claros ejemplos de fusión entre el sonido tradicional del grupo y esos nuevos aires sinfónicos. En otras se escoran más hacia el clasicismo que ya habían intentado algunos grupos como los Moody Blues casi veinte años antes, como en "Nocturnal me", "Ocean rain" o "The killing moon", que resultó ser la más popular; aunque no entre sus fans más veteranos, que por lo general no vieron con agrado este giro, sino más bien entre un nuevo sector de público, muy de aquel momento, al que lo grandioso le impresionaba mucho. Aquí entró una nueva leva de aficionados, muchos de ellos procedentes del sector de nuevos románticos, y esta oferta de un grupo con fama de underground les pareció un salto de categoría. Ah, y la portada, como siempre, en su línea. El caso es que, cinismos aparte (sí, lo reconozco: con este tipo de grupos puedo llegar a parecer un cínico redomado), estamos ante una obra muy pulcra, con algunas melodías realmente agradables de oír. Y tal vez si sus autores fuesen otros y no estos, sin prejuicios, a muchos como yo nos hubiera agradado bastante más; pero como somos así de retorcidos, este fue el principio del fin de la relación entre nosotros y los Bunnymen. De todos modos las listas de ventas no se resistieron y este disco fue a la larga el más popular de su carrera, mostrando un relevo generacional en la masa de fans que se produjo con mucha más rapidez que con otras bandas como la de Siouxsie o los Cure.


Y a partir de ahí, los Bunnymen se dedican a mantener su estatus y contentar a su nuevo sector mayoritario de consumidores, conscientes de que sus primeros fans son ahora una minoría cercana al exotismo. La percusión, las cuerdas, los arreglos en general se hacen más estándar, las melodías también, y en el segundo quinquenio ya son otro grupo de muchas ventas pero sin aquel carácter que los había elevado hasta las alturas en las que ahora habitan. Suenan bien en los pubs, mientras te tomas una copa y echas de menos los buenos tiempos, que se han ido no hace mucho. Y luego llegarán los 90, y McCulloch se va pero volverá, y así sucesivamente. Hace poco aún andaban por ahí.