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jueves, 12 de enero de 2023

Bye, Mr. Beck

La guitarra eléctrica es un invento de los años 30 del siglo pasado. En sus primeros tiempos no era más que una acústica con un pequeño amplificador adaptado, hasta que en los 40 el señor Les Paul integra todo en un cuerpo sólido que, con unas cuantas variaciones, ha llegado hasta hoy. Pero por entonces la gente de orden, acostumbrada al melodioso vibrar de las acústicas, sintió que aquel invento no era más que una pequeña travesura con fines poco menos que circenses: ese sonido electrificado, falso, casi chirriante, resultaba antinatural, ridículo. Así que cuando un niño de seis años llamado Jeff Beck la escuchó por primera vez en la radio y le preguntó a su mamá qué era aquel sonido, ella le informó, tan digna como displicente: “¿Eso...? Eso es una guitarra eléctrica. No es más que un montón de trucos”. A lo que él, deslumbrado, replicó: “¿Ah, sí? Pues yo quiero una para mí”. El pequeño Jeff acababa de encontrar un sentido a su vida. Y así hasta hace dos días, que se nos ha muerto. 

Esto va a gustos, como todo, y por lo tanto cada aficionado tiene su guitarrista preferido, su bajista preferido, etc. etc. Pero hay un acuerdo más o menos generalizado en que, en el mundo del rock, el más grande de los guitarristas fue Jimi Hendrix, ¿verdad? Bien, pues si respetamos las pautas que nos hacen decidir eso, creo que lo más lógico es aceptar que, tras su muerte, el sucesor fue Beck. Porque Beck, al igual que Hendrix, dominaba todos los recursos de la guitarra eléctrica y sabía arrancarle todo tipo de sonidos, crear todo tipo de ambientes. Los grandes guitarristas buscan matices, crean vida con solo tres o cuatro notas, evitan la ordinariez de esas figuritas rockeras que se creen que son buenos porque son muy rápidos, porque hacen miles de filigranas en el mástil, porque hacen punteos interminables que no van a ningún sitio. El mundo está lleno de gimnastas de la guitarra. 

En fin, que se ha muerto Jeff Beck, el más completo de los guitarristas vivos. Un fulano que, por otra parte, no tenía mucho interés añadido: iba siempre a su bola, no era precisamente una persona muy empática, que digamos. Rod Stewart dijo de él que “en todo el tiempo que estuve en su banda no me miró a los ojos ni una sola vez”. Sus aficiones eran la guitarra y los coches de carreras, hasta que un día se cansó de llevar trastazos: poco más. Pero eso a los fans de verdad no nos importa, porque lo que cuenta es la obra. Y su obra es tremebunda. Si Hendrix hubiese llegado hasta estos tiempos, igual ahora estaríamos discutiendo cuál de los dos era más brillante. Pero eso no es posible. Así que, sintiéndolo mucho, el cetro queda ahora a disposición de Clapton, Page… uno de esos. Ya da igual. Suerte al otro lado, Jeff. Como persona nunca me has atraído mucho, pero como guitarrista eras sencillamente genial. 

Y en cuanto a ustedes, aquí les dejo un pequeño recordatorio de su vida y milagros. Él ya no está, pero, como siempre, queda la obra inmortal. 
 



lunes, 11 de enero de 2016

Bowie



David Robert Jones  (1947-2016)


Me enteré antes de levantarme, gracias a la radio: El Hombre Estrella ha muerto. La semana, el mes, el año, han quedado marcados por esta negrura. Y mi programa de actividades para hoy comienza por él, como no podía ser de otro modo. Me siento afortunado porque es la radio, la bendita radio, la que está a mi lado cada mañana cuando abro los ojos, y no esa pelandusca llamada Internet. En mi cama no dejo entrar a cualquiera. Y además, en este caso como en otros muchos, el protagonista de la noticia creció y llegó a lo más alto en la época dorada de este divino artefacto: gracias a la radio descubrí a Bowie, y es la radio quien me lo lleva ahora. El círculo se ha completado al menos para los de mi generación, que ahora somos un poco más viejos. Y en cuanto a él, hay una cierta simbología en el hecho de haber nacido en Londres y morir en Nueva York, los dos crisoles (como suele decirse) más notorios de la cultura occidental. 

Lo siento David, no sabes hasta qué punto. Porque ya no se trata de una simple cuestión musical: tú fuiste al mismo tiempo un músico y un referente sociológico cuya importancia tal vez no hayamos sabido valorar con propiedad. Gracias a ti los jovenzuelos que te descubrimos a principios de los años 70, sobre todo en los países de mentalidad decimonónica como lo era la España de por entonces, vimos que aquella música celestial era creada por un ser cuya imagen nos desbordaba, a años luz de cualquier otro artista o personaje conocido; y el glam, esa supuesta “filosofía basura” que creasteis entre tú y Marc Bolan, nos despejó la mente con mucha más contundencia que toda la verborrea de los músicos poetas hippies: el rock and roll, guste o no, siempre será más efectivo -en términos de revuelta social- que las amables cancioncillas bienintencionadas. O tienes la mala leche de un Dylan o si no mejor cállate. Y hasta Dylan tiene sus momentos nenaza. 

Sin embargo tus canciones más delicadas, tus baladas, esas piezas que hechas por otros nos llevarían al vómito, hechas por ti resultaban diabólicamente atractivas, tenían otro empaque: tus letras serán decadentes o soñadoras, pero nunca son débiles ni sensibleras; y junto a la música que las envuelve pueden transportarnos a cualquier tipo de ambiente, ya sea palacio o cabaña, como en el Tenorio. De las otras, las arengas rockeras, no hay nada nuevo que decir: una pieza como “Sufragette City” lo resume mejor que cien sesudos artículos. Y luego fueron pasando los años, pero tú te reinventabas continuamente porque necesitabas sentir el soplo de la frescura y porque casi siempre has respetado a tu público, mientras que otros llevan cuarenta años -o más- viviendo de la memoria de lo que fueron alguna vez. Así, resulta que esta noche pasada ha muerto uno de los más grandes músicos en la historia del rock: David Bowie, una de las muy contadas estrellas de primera magnitud. 

Adiós, David. O hasta luego, como dicen los cursis; a ti te va a dar igual. Es lo que tiene la muerte, supongo: al interesado deja de importarle todo, mientras que a los que quedamos nos invade la tristeza y como dije antes nos hace sentir más viejos. Pero sabemos que tú seguirás en las estrellas, porque esa es tu vocación. Y la música nunca muere. 






miércoles, 3 de septiembre de 2014

Entrada nº 200

Glenn Douglas Barnard Cornick (1947-2014)


La guadaña de Agosto ha sido eficiente: 
Primero Betty La Flaca y al final Glenn el Sioux.
Pues vaya. Se han perdido el proceso soberanista catalán.
De Betty no diré nada porque aquí solo hablamos de música 
(Lo siento niña, bien lo sabes: eres mi Flaca. 
Cuando el Jarabedepalo aquel 
sacó la canción de marras
me reboté un poco, 
pero luego 
decidí que no valía la pena. Ni él ni su canción: 
seguro que hablaba de otra flaca). 
Pero lo de Glenn es otra cosa y es la misma: mitomanía. 
Porque claro, Glenn estuvo en la edad de oro 
de esa banda que me trastornó el sentido, que me obnubiló.
 “Obnubiló”: suena potente, suena grande. ¿Verdad? 
Glenn y su bajo, la pareja atómica. 

He leído la despedida que te dan 
en la página oficial de Jethro Tull; o sea,
en la página oficial de Ian Anderson.
Muy fino, muy elegante, muy aséptico, como siempre.
Dice él, entre otras cosas finas y asépticas, 
que “tu contribución a la transición geográfica 
entre Blackpool y Londres fue considerable”. 
¿Qué quieres decir con eso, Ian? Ilumínanos 
con tu sapiencia, con tu extrema finura. 
Te diré lo que pienso yo de ti: si no fuera 
por esos seis discos que me cambiaron la vida, 
si no fuera porque de la juventud 
hay que respetar siempre los mitos, 
ahora mismo te mandaba a la mierda por señorito,
porque toda tu vida has sido lo que los cristianos llaman 
“sepulcro blanqueado”. 
Tiene gracia que Martin Barre, servil como pocos, 
esperando aún ahora las migajas de tu mano, 
ya vaya reconociendo que a Glenn 
“lo invitó Terry Ellis a irse”: quién sabe, 
tal vez dentro de otros cuantos años, 
cuando te mueras tú y ya no vea migajas en perspectiva, 
lo reconozca: lo echaste tú, Ian, 
por "comportamiento indecoroso". Y los demás callaron. 

Pero hoy ya da igual: loor a ti, Glenn. 
Gracias por ese sonido que convirtió al bajo 
en mi instrumento preferido. Y además, oye, 
morirse en Hawai tiene su coña, va a juego 
con tu personalidad. En tu honor aquí está, 
otra vez y siempre, una de esas piezas malignas
que emponzoñaron mi vida: 



lunes, 28 de octubre de 2013

Lou


Lewis Allan Reed (1942-2013)

 “Cuando conocí a Lou, él trabajaba como compositor para una casa discográfica. Me interpretó algunas canciones, pero no me parecieron originales ni interesantes: eran del mismo tipo de las que se oían en la radio. Luego tocó otras que, según él, no pensaba publicar. La primera fue “Heroin”, y me dejó hecho polvo. Tanto la letra como la música eran contundentes, indecentes. Es más: esas canciones no podían plasmar mejor mi concepto de la música”. 
John Cale 

Bienvenido, Lou. Menudo año llevamos, ¿eh? Vaya por delante que no estaba deseando que vinieras, como no lo deseo de nadie; pero comprenderás que, en tu caso, tanta longevidad resultaba casi antinatural. “Soy un triunfo de la medicina moderna”, dijiste en Mayo, cuando te hicieron el trasplante de hígado, pero ya tu señora reconocía que la cosa había ido por los pelos. Y al final resulta que has tenido una muerte “decente”, cuarenta años después de aquella época en la que se te dio por muerto tantas veces. Porque hay que reconocerlo: tanto la prensa como los mitómanos “deseaban” secretamente para ti uno de esos finales de fiesta tan propios del rock, y tú lo sabías. Con tu leyenda, y aunque no se te pudiese incluir en el club de los 27, si hubieras desaparecido tras la grabación de “Berlin” tal vez oscurecieses al mismísimo Hendrix, o a Janis… o a Jim Morrison, al que detestabas. Ah, y que te quede claro que yo no estoy entre los que fantaseaban con esa idea, ¿eh? Tengo en gran estima tu carrera en la Velvet, cómo no, y tus primeros discos en solitario; eres uno de los más egregios nombres de la Nómina Fantástica, pero nunca me he sentido cercano a ti en lo personal. Aunque en aquella época te admirábamos por tu pose, tu estética, por haber roto todos los tabúes (y más a los ojos de un español, con el atraso que llevábamos), no eres mi tipo, por decirlo así. 

De todos modos, te entendemos: cualquier psicólogo explicaría tu caso recurriendo a tu adolescencia y la cruda relación con tu padre, un hombre de orden, judío, que se asusta ante tu afición por el rock and roll y te pone en manos de un loquero para que te achicharre un poco a base de electroshocks. Es de suponer que algo así tiene que ser un recuerdo imborrable, aunque “esa experiencia”, dijiste luego, “acrecentó mi interés por la electricidad”. Mmmm… ahí ya vemos un cierto tono cáustico, que te marcaría para siempre. Y aunque te viste forzado a volver a casa varias veces, cuando las cosas no iban bien por tus flojitas composiciones para Pickwick Records (covers y poco más) y en otras épocas posteriores, no quiero imaginarme la tensión que debió de flotar en el ambiente. Tensión eléctrica, y perdona el chiste. Pero en fin, tus años de universidad fueron relativamente tranquilos, y provechosos además: en una universidad cara y de moral rígida como lo era la de Syracuse, donde los ricos mandaban a sus cachorros para ver de suavizarlos un poco, conociste a Sterling; y a Delmore Schwartz, el profesor poeta esquizofrénico y alcohólico que os enganchó inmediatamente, como era de esperar. Y aunque Delmore, en su locura, se apartó de vosotros creyendo que erais espías de Nelson Rockefeller -empeñado, según él, en impedir su divorcio-, la semilla ya estaba puesta: “las letras del rock and roll son una estupidez”, decía vuestro profesor, y esa frase te la tomaste muy en serio. Tú intentaste, desde entonces, darle mayor altura a esas letras, hacer verdaderos poemas, ser un intelectual del rock and roll... aunque por si acaso no le metiste muchas palabras a “European son”, la canción que le dedicaste luego. 

Y en 1965 conociste a John, que con su bagaje te deslumbró también: un galés con recia formación clásica, discípulo de LaMonte Young y John Cage, instrumentista de viola y piano, que ha llegado a Nueva York con la beca Leonard Bernstein pero al que pronto echan del Conservatorio por sus “incorregibles tendencias destructivas”. Y poco después encontráis un libro tirado en la calle, un libro que se titula “El Subterráneo de Terciopelo”, que se anuncia como “un documento sobre la corrupción sexual de nuestra era”, un librejo de la más baja estofa -sadomasoquismo barato- pero cuyo título os engancha: ya tenéis nombre para la banda. Y a finales de ese año se marcha vuesto batería oficial, el curioso Angus MacLise, un fanático de las filosofías orientales que repudia el dinero y que os abandona porque habéis conseguido vuestro primer concierto como teloneros y os van a pagar 75 dólares: “¡Os habéis vendido!” clama furioso mientras da el portazo. Y entonces aparece Maureen, el “personaje inexplicable” del grupo, una muchacha que estaba haciendo agujeros en las tarjetas de memoria que por entonces alimentaban las computadoras y que en ratos libres tocaba la batería... Pero en fin, era hermana de un amigo del colegio, y parecía buena chica. Y luego os circunda una pandilla estrafalaria, y la cosa llega a oidos de Andy Warhol, y… 

Más tarde, cuando abandonas la Velvet y sigues solo, el mito crece. Tanto en lo musical como en lo estético eres uno de los santones para el arrobado David Bowie, y eso es decir mucho. No me extraña que produjese “amorosamente”, como dice Manrique, esa joya cósmica titulada “Transformer”, y menos aún que la etapa berlinesa de David fuese inspirada en tu siguiente disco: para mí fueron las dos obras cumbre de tu carrera. Luego ya viene la época de grabaciones irregulares -algunas muy buenas y otras como “Metal machine music” incomprensibles salvo para ti-, salpicadas de noticias sobre tu peligroso modo de vivir la vida. Y mucho después, siempre deseoso de que se reconociese tu vocación literaria, comienzas a meterte en ese mundo. Pero también accediste a un brindis por los viejos tiempos, con aquellas actuaciones parisinas de los cuatro Velvet que dieron a luz un magnífico disco hace ahora veinte años… o te enrolaste en esas grabaciones impensables con Metallica, que todavía hoy no entendemos muy bien. Y siempre, tanto en la vida diaria como en las entrevistas, esa pose chuleta, displicente, medio paranoica, que tal vez usaste como medio de defensa y que te distanciaba del mundo plebeyo. 

Pero en fin, cada uno elige su personaje y el tuyo es tan válido como cualquier otro. Por otra parte, insisto, en tu tiempo de esplendor enfermizo, de gloria infecciosa, fuiste un verdadero tótem. Y eso hay que reconocértelo. Así que te has ganado tu sitio en la Historia del rock, un sitio muy destacado, muy apropiado para el espíritu de esa música: el corruptor, el degenerado, el inmoral… vamos, lo que viene siendo la "esencia ética" del género a los ojos de la gente formal. Gracias, Lou. Siempre es necesario alguien así en este negocio. 



ACLARACIÓN TARDÍA.

Don José Fernández, en su comentario, me ha hecho recapacitar sobre un asunto en el que yo debería haberles ofrecido la posibilidad de elegir: me refiero a la famosa historia de los electroshocks. Hay dos versiones, y la más popular no es la que se cita aquí. Lou dijo repetidamente, en sus años locos, que sus padres lo habían sometido a esas sesiones para curar su pulsión bisexual (y es sobradamente conocido que la tenía, al menos en esa época). Sin embargo, después la negó. ¿Cuándo dijo la verdad y cuándo mintió? Los que tratan de aferrarse a esa versión citan como prueba la letra de “Kill your sons”, que no nos aclara absolutamente nada salvo que esas sesiones existieron. Y evidentemente, por tener más “glamour”, esa es la versión más popular, la clásica en Internet.

Yo me he ceñido en este asunto a lo que dice Ignacio Juliá en su libro “Feed-back: La leyenda de Velvet Undergound”, ya que Juliá es un fan y profundo conocedor del grupo. Los padres de Lou, cuando este anda sobre los doce años, le asignan un profesor de piano; pero pronto se aficiona a los discos de rock and roll y, siguiendo textualmente la descripción de Juliá, “en la escuela forma parte de algunos grupos, lo que molesta profundamente a sus progenitores, quienes, viendo lo raro que era el muchacho, le ponen en manos de un psiquiatra que inmediatamente recomienda una saludable sesión de electro-shocks para combatir su alienación quinceañera”. 

Ah, y en otras páginas de Internet he leído “lobotomía”, que no tiene nada que ver con “electroshock”. En todo caso, mea culpa: hay las dos versiones, y ahora elijan ustedes la que prefieran. Me temo que, a estas alturas, nunca sabremos cuál es la verdadera, aunque tampoco importa mucho: Lou siguió a lo suyo, en ambos casos.



lunes, 11 de marzo de 2013

Alvin

Llevamos unos días que no ganamos para disgustos. La cosa empezó el mes pasado con Tony Sheridan; dos días después cayó Kevin Ayers y ahora Alvin Lee. A Sheridan lo apreciaba aunque no fuese una de esas figuras que me hayan marcado; pero Kevin y Alvin son parte de mi santoral, y eso es una cosa muy seria. Así que me pongo de luto por segunda vez en menos de un mes. Y por favor, que la racha vaya parando. 


Graham Alvin Barnes (1944-2013)

Graham Barnes, más conocido como Alvin Lee, ha muerto el día 6 al amanecer en una clínica de Estepona a causa de complicaciones surgidas tras una intervención aparentemente rutinaria. España era el país donde con más frecuencia se le veía desde finales de los años 80, interesado como estaba en el estudio de la guitarra flamenca. 

Malos tiempos para la Corona, Alvin: el otro día cae Kevin y ahora tú. Y con la misma edad, no tan avanzada como la de otros. Y en España, donde también él estuvo muchos años. Claro, en todo lo demás erais distintos… o no tanto: contra lo que la gente piensa, tú tampoco quisiste ser una estrella. No, tú no eras un Ritchie Blackmore ni nada parecido, nunca fuiste un tipo soberbio como él. Por no gustarte, ni siquiera te gustaba ese título de “El guitarrista más rápido del mundo” que te colgaron y que según tú fue algo involuntario: Ritchie, que abandonó a su banda porque “soy tan rápido que no pueden seguirme, no están a mi altura”, mataría por ese título. Él y toda la caterva de guitarristas ególatras y velocísimos que floreció desde entonces y que aún estamos soportando ahora: punteos estratosféricos sin sentido, sin matices, sin alma. Gimnastas de la guitarra. No, tú te hallas en el grupo de los grandes, los que saben colorear las notas y que por lo general nunca presumieron de correr mucho: Hendrix, Beck, Green, Clapton (“Mano lenta”, le llamaban)… Y mira tú que curioso: el único que compaginaba una habilidad parecida con esa afición tuya por el blues, el jazz y el folk (además del rock and roll, claro) era Rory, que murió en circunstancias parecidas y al que también adorábamos. Más aún: lo veíamos como una especie de hermano pequeño tuyo. No tenía tu talla como compositor, pero era también puro fuego. Y tampoco a él le gustaba que le llamasen “estrella del rock”. 

Porque eso del “rock” es un término que a los músicos como tú os queda pequeño. Tu padre, un gran aficionado al blues y al jazz, tenía una buena colección de discos que comenzaste a devorar en la infancia y de los que, además de la afición por ambos géneros, adquiriste una percepción notable sobre la diferencia entre el artista en solitario (los viejos bluesmen, por lo general) y la labor de conjunto en una banda (el jazz). Allá por el 56, cuando Elvis abandona la Sun para firmar con la RCA y el rock and roll se consagra definitivamente como la música de moda, queda claro que se consagra también la figura del cantante solista en detrimento del grupo: todos los grandes del género son nombres propios, de los músicos que los acompañaban no se acuerda nadie salvo los historiadores. Y eso no acaba de gustarte: tú, con doce años entonces, te enamoras de ese ritmo y admiras a Elvis; pero también admiras la interacción en los grupos de jazz, la importancia de cada uno de los intervinientes. En el rock and roll hay una figura indiscutible, que además de cantar y tocar un instrumento con frecuencia es también compositor; y eso está muy bien, pero si los músicos que le rodean tuviesen un poco más de protagonismo el resultado sería redondo. También al rock and roll tendrán que llegar los grupos más tarde o más temprano, pensabas. Y tenías razón. 

De todos modos era lógico que la aparición del rock and roll y el skiffle en la Isla te transformaran, te hicieran abandonar el clarinete, tu primer instrumento “serio”, en favor de la guitarra; y tu madre, alucinada, te veía ensayar continuamente, como si tratases de recuperar el tiempo perdido. Tanta prisa tenías que al año siguiente ya estabas en una banda, la de Vince Marshall y los Squarecaps, donde tocabas la rítmica. Y en 1960 conoces a Leo Lyons, otro chaval enfebrecido que toca el bajo como los ángeles y con el que formas los Jaybirds; y todo parece ir muy rápido porque en el 62 estáis tocando en el legendario Star Club de Hamburgo… pero la situación se estanca. Aún tienen que pasar tres años hasta que con Rick Lee, vuestro nuevo batería, decidáis por fin dar el salto a Londres: solo en esa ciudad pueden ocurrir cosas tan curiosas como que vuestro nuevo encargado de las actuaciones sea un teclista con formación clásica, el bueno de Chick Churchill… al que evidentemente releváis de sus funciones para formar parte de la banda. Una banda a la que ya va siendo hora de cambiarle el nombre: diez años después de que Elvis y los demás viviesen el apogeo de los solistas comenzaba el apogeo de los grupos, tal y como tú esperabas. Diez Años Después será vuestro nuevo nombre. 

A partir de ese momento, al igual que con Kevin, en este tugurio hablamos de vosotros con frecuencia, estimado Alvin. Ya sabes que, por la necesidad de sintetizar, solemos limitarnos a los datos, las canciones y poco más. Pero soy el primero en reconocer que eso no es suficiente, y a veces tratamos de resaltar algunos detalles que la gente no ve. Por ejemplo, hay que decir que esa idea de banda rockera que se tiene de vosotros no es justa ni por aproximación: cualquiera que se tome la molestia de oír vuestros discos en serio verá que hay mucho más. El verdadero espíritu de Ten Years After no está en “I’m going home”, canción que acabaste odiando -y nosotros también, en cierto modo-, ni siquiera en aquella incendiaria actuación de Woodstock que os abrió las puertas de los States y donde trabajasteis a destajo hasta quedar exhaustos, agotados, hartos: antes de todo eso, antes de grabar un solo disco, vuestra presentación fue en el festival de jazz de Windsor. Y al año siguiente en el de jazz y blues de Sunbury. Para vosotros se acuñó el término “blues and roll” pero sí, también había jazz; y folk, e incluso psicodelia. El grueso de vuestra obra, con más o menos ritmo, es una mezcla fantástica de estilos a los que hay que añadir tu afición por andar jugando con los botoncitos de la mesa de mezclas y buscar esos pequeños trucos de sonido que a otros ni se les ocurren. Y cuando ves que la creatividad decae, te vas. No quieres seguir la inercia, haciendo giras sin parar con el único fin de engrosar tu cuenta corriente a base de explotar la marca comercial, como han hecho otros. Fin. 

Y luego, sí, hubo alguna reunión que no duró mucho, y unos cuantos discos con amigos tuyos o en solitario: algunos eran buenos, otros no tanto. Te limitaste a cumplir con giras pequeñas, lo justo para mantenerte en forma pero no descuidar a tu familia. Y te aficionaste a España, donde estabas feliz como una perdiz, pintando a veces (no era lo tuyo, reconócelo) y aprendiendo a tocar ese curioso instrumento llamado guitarra española del que te habías enamorado. Y aquí caíste. Pero, si tenía que ocurrir, qué quieres que te diga: estamos muy honrados. Felices por saber que en tu grupo de amistades, entre Django Reinhardt, John Lee Hooker, Elvis y otros cuantos, estarán algún día -y que sea muy lejano, por favor- Paco de Lucía o Tomatito.




domingo, 24 de febrero de 2013

Kevin

Este blog comenzó a funcionar en Septiembre de 2009 con el título de “Mis muertos preferidos”. La idea era escribir unas cuantas alabanzas sobre los personajes que más me habían marcado en mi juventud; o, como en el caso de Brian Epstein, por los que más respeto siento aún hoy. Hice trece hagiografías, que tienen ustedes a su disposición en el apartado correspondiente, y luego lo dejé. Tras unos meses de inactividad, cambié el título y decidí ponerme a contar los rollos que están ustedes soportando desde entonces: muchas gracias por su paciencia. Supongo que dejé lo otro porque los demás muertos que ha habido en este azaroso mundo musical no me afectaron del mismo modo, casi familiar, que esos trece: serán mejores o peores, pero el cariño y la calidad no tienen nada que ver. Y quedan algunos vivos de los que, si no me voy yo antes, tendré que hablar más tarde o más temprano, porque ya tienen una edad. Este es el caso de Kevin Ayers, otro de esos personajes innegociables en mi lista de cariños y que nos dejó hace unos días. Así que, con gran dolor por mi parte, he aquí una nueva hagiografía más de tres años después de la última.




Kevin Ayers (1944-2013)  

Kevin Ayers ha sido encontrado muerto en su casa, sita en el pueblecito medieval de Montolieu (suroeste de Francia). Vivía solo y fue descubierto por un vecino el martes, día 19. Aparentemente murió mientras dormía, en la noche del 18. Bernard MacMahon, representante de su sello discográfico, dice que ”Kevin no estaba enfermo, pero siempre llevó el estilo de vida rockero”. Aunque no tenga relación con su muerte, cerca de su cama, la botella de vodka y la cajetilla de Gauloises se ha encontrado una nota que dice: “No puedes brillar si no ardes”. 

Morir solo… bueno, en “Mystic river” ya decía Sean Penn que “morir, mueres siempre solo”. Y la verdad, mi amado Kevin, es que muchos héroes han muerto así: ahora que tienes tiempo, échale un vistazo a los que te preceden en mi lista y verás que es cierto. Ah, y bienvenido a mi panteón particular, aunque hubiera deseado no verte en él hasta mucho más tarde. Pero teniendo en cuenta la vida que has llevado, no creo que puedas quejarte: has vivido intensamente, y es posible que tú mismo estés sorprendido por la bondad de tu muerte. Debe de ser cierto eso que dicen sobre una vida de excesos: que te mata antes que a otros pero no suele llegar a torturarte. Esa notita que han encontrado sobre lo de brillar y arder recuerda mucho a tu amigo Syd Barrett, pero hay una diferencia radical entre él y tú: es cierto que sois las dos caras de una misma moneda; pero mientras él, más oscuro, buscaba permanentemente el brillo -y se quemó- tú, siempre luminoso, preferiste seguir a tu aire. Todos los que te conocieron han dicho lo mismo, que nunca buscaste ser una estrella. 

Los excesos y los cambios han sido las dos características más notables en ti. Nacer en el condado de Kent y luego echarse media infancia en Malasia debe de ser una experiencia curiosa; gracias a tu madre, que tras divorciarse del afable poeta y productor de la BBC Rowan Ayers (uno de los precursores de los programas musicales televisivos), se marcha con su nuevo amor, un empleado de la corona británica, a ese exótico país. Y luego, allá por el 65, vas a parar a Canterbury justo cuando un puñado de seres patafísicos acaba de crear aquella gloriosa locura llamada Las Flores de Wilde. Claro, ante ese panorama no me extraña que salieses un poquito hippie: decías que Daevid Allen fue el primero que viste en tu vida, pero tú debiste de ser el segundo. Y con él descubres la exuberancia de las islas Baleares, que en aquella época eran un paraíso sin colonizar: Mallorca, Ibiza, Formentera… aún recuerdo un dibujo tuyo en la Fonda de Pepe, donde también quedó huella de tus queridos Kerouac y Burroughs. A los peregrinos que fuimos allí mucho más tarde y veíamos aquellas paredes con tantos recuerdos (Hendrix, Dylan, los Floyd…) nos saltaban las lágrimas. 

Y a la vuelta, Daevid y tú montáis Soft Machine junto a Robert y Mike: si los otros compañeros de Canterbury habían homenajeado a don Oscar Wilde, vosotros decidisteis hacer lo propio con don Guillermo Burroughs (“La máquina blanda”. Ya. Tardamos un rato en darnos cuenta de qué máquina era esa, hasta que vimos el libro). Desde entonces, en este bar hemos estado hablando de ti con frecuencia, ya lo sabes. Y seguiremos haciéndolo, por lo menos hasta que tu época dorada vaya declinando. Aunque, en tu caso, siempre fuiste dorado: tanto en los años 80 como luego, tus discos han sido minoritarios y a veces irregulares; pero siempre te hemos tenido ley, Kevin. Tú no envejeciste de un modo vergonzoso, como les pasó a otros muchos. No, tú simplemente te fuiste retirando poco a poco del mundanal ruido: varios años en Deyá, otros cuantos en ese pueblecito francés, y de vez en cuando un nuevo disco tuyo nos hacía recordar que seguías ahí. Aunque no fuesen necesarios: solo con los que hiciste en tu época clásica y que no han pasado de moda por eso mismo, porque eres un clásico, ya nos bastaría. 

Dije una vez aquí que lo tuyo venía siendo una especie de Alicia en el País de las Maravillas, y lo mantengo: tú creaste tu propio reino de elfos y ardillas, y muchos jovenzuelos de por entonces nos quedábamos extasiados ante cada conejo que salía de la chistera, con esa delicadeza no exenta de malévola ironía, esa pose tuya de dandy decadente, de bohemio, porque decir hippy ya no era ajustado a lo que tú fuiste. Con razón te llamaban “El príncipe blanco”. Que por cierto, si nos metemos en esas categorías, Bowie no pasó de duque. Y Bryan Ferry, con esa pinta de chulo para señoras de la tercera edad, no te llegaba ni a la suela de tus zapatos: un quiero y no puedo, a tu lado. Porque con el señorío se nace, y así naciste tú. Y así te has ido: solo, recluido en tu pueblecito medieval, esperando a la Parca dignamente con tu botella y tus cigarrillos. No podría imaginarme un lugar mejor para alguien como tú. 

Suerte, Kevin. Y como ya supongo que andarás con la troupe de Alicia y sus amigos, dales recuerdos de mi parte. A muchos nos hubiera gustado vivir en ese mundo, pero no pudo ser. 



viernes, 27 de noviembre de 2009

Poch


Ignacio María Gasca (1956-1998)


Esta es mi entrada número 13: va muy bien contigo, querido Poch. Tenía pensado traerte aquí hace tiempo, pero al final decidí que éste era un buen número para tí. No por nada en especial, o sí; pero en cualquier caso, teniendo en cuenta la caótica estructura de tu mente, estoy seguro de que es el que más gracia te haría. Bien, pues vamos allá:

Hay que tener más de cuarenta años para entender lo que diré ahora: España, entre finales de los 70 y mediados de los 80, vivió su edad de oro musical. El rock progresivo, hard, heavy, etc.. estaba ya pasado de moda; Barcelona languidecía entre el jazz-rock mortalmente aburrido de las bandas "layetanas", el progresivo pasado de rosca, la sardana sinfónica y otros muermos similares -conseguí vender a buen precio aquellos discos-, y el resto de España estaba desaparecido: y ahí surgió el papel de Madrid como alternativa real a la mismísima Londres. Como es lógico, aquí llegó todo con diez años de retraso, y por tanto a nosotros nos pilló la efervescencia de la new wave, el punk y todo aquello: había nacido "La Movida", nombre comercial detestado por muchos, entre los que me encuentro. Y si hay que dar el nombre de una banda que ejemplifique el arranque de esa época (aunque lo de "la movida" comenzó a usarse después), ese nombre es sin duda Kaka de Luxe: de ahí salieron Alaska y los Pegamoides, Radio Futura y otros; fue la primera oleada de algo salvaje y grandioso que alucinó a media Europa. Y al rebufo de eso, comenzaron a llegar a Madrid inquietos jovencillos de todas partes del país a buscarse la vida en este proceloso negocio del rock y el pop.

Y entre esos jovencitos estabas tú. Después de idas y vueltas a tu San Sebastián (me niego a llamarla Donosti: no estoy hablando en vasco), después de dos o tres grupitos que están en la Wikipedia, llegamos a lo verdaderamente interesante: Derribos Arias. Palabras mayores. Para mí, fue la banda más brillante de toda la Movida, de toda la historia musical de España: así soy yo de exagerado. "Branquias bajo el agua", vuestra canción fetiche, no ha sido superada por nadie. Tu enorme formación musical iba desde el tecno de última hora, pasando por la escuela guitarrera de Velvet Underground, hasta la herencia de los grandes diplodocus como Can -orgullo del continente europeo. Pero no sabíamos que había un pero: tú estabas enfermo, sentenciado. No sé desde cuando tuviste la seguridad, desde cuando obraste en consecuencia (según los papeles te lo confirmaron en 1984, pero creo que tú ya sospechabas algo antes, por aquello de la genética): tus desmadres espectaculares, tu inclinación a comerte el mundo en dos bocados influyó en la marcha de tu banda... y Alejo y compañía se tiraban de los pelos: una especie de Syd, pero en otro plan, eras tú. La grabación de vuestro primer LP -en puridad, el único- fue un desastre, y nadie se fiaba de tu solvencia artística; menos aún de tu seriedad a la hora de subir al escenario. Pero yo estuve en dos o tres conciertos de Derribos Arias y, a pesar de tu evidente "falta de seriedad", érais geniales.

Te vi, pocos años después, tomando una copa en La Vía Láctea, aquel santuario de Malasaña en el que tantos vivimos a toda prisa la combustión juvenil: estabas francamente deteriorado. No me atreví a saludarte porque ya sabía que tus gestos iban a medio camino entre las substancias ilegales o no y la enfermedad. Me volví hacia mi acompañante y seguimos hablando de cualquier cosa. Cuando salí no quise mirar: prefiero conservar en mi recuerdo tu imagen de los buenos tiempos. Supe que habías vuelto a tu ciudad para esperar la muerte, y quizá me cayó una lágrima cuando me enteré de que lo inevitable había ocurrido ya.

Suerte, Ignacio: de verdad, es con verdadera emoción como te lo digo. Fuísteis los mejores, y la prueba es que casi nadie se enteró. Pasarán muchos años antes de que vuelva a haber en España algo parecido a Derribos Arias. Otras bandas en cambio -y me niego a dar nombres- se hicieron de oro y son alabadas por toda esa masa de ignorantes que se definen como "aficionados al rock". Viva Miguel Ríos. Por ejemplo. 

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Diccionario de urgencia
Esta vez me niego a poner nombres, como ya he dicho: id a la Wikipedia, si queréis. Solo una pequeña aclaración:

Los inventores de "La Movida" le ponen fecha a la patente: Febrero de 1980. Canito, batería de Tos -luego Los Secretos-, se mata en un accidente de tráfico y se celebra un concierto para honrar su memoria: ahí nace el estúpido término de "La Movida". Y ya me callo.
 

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Ike


Ike Wister (Izear Luster) Turner, Jr. (1931-2007)

Sí. Ese gesto, tan poco sociable, es un tímido indicador del peligro que tienes. No todo van a ser buenos chicos, ¿verdad, Ike? No. Tú eras un malo, un malo malísimo: debes de estar tocando el piano, o la guitarra, en el mismísimo centro del Infierno, haciendo bailar a Satanás y sus muchachos. Porque eso sí: como persona tal vez fueses un horror, pero como músico eres una pieza capital en la historia del rock'n'roll, del rhythm'n'blues, del soul, de casi todos los géneros de raiz "negra", como tu alma. Y aunque la mayor parte de mis muertos preferidos deben de andar entre el Cielo y el Purgatorio, más de uno hay que ha fijado su residencia Abajo: tú por ejemplo. Como siempre he pensado que hay que tener amigos hasta ahí, hoy he bajado a visitarte.

Un psicólogo, o psiquiatra (a mí lo de "ps-" me encanta) diría que en la base de tu manera de ser hay alguna lógica; que haya lógica no quiere decir que haya justificación, pero en fin: en los años treinta -en plena época de la segregación racial- nacer en Mississippi no es la mejor de las opciones para un negro: será muy interesante desde el punto de vista musical, pero en lo demás no. Y si aún encima lo primero que recuerdas de tu infancia (o eso decías) es que a tu padre -un pastor de la iglesia negra local- lo mataron a golpes y patadas una turba de blancos encabronados, pues... no me extraña que salieses un poquito cabrón tú también. Menos mal que desde joven te atrajo la música; si no, habrías acabado muerto en un callejón, en alguna pelea, o en la cárcel. Chico problemático.

Pero en eso hubo suerte: con ocho o nueve años tuviste tu primer trabajo como mozo de carga en una radio local, y ahí te fijaste en los instrumentos: estabas salvado.
Aprendiste a tocar el piano, trabajaste como chico de recados para algunos bluesmen y conociste de primera mano a unos cuantos, que te enseñaron los rudimentos básicos para defenderte con el instrumento. En esa misma emisora ya descubriste los placeres de ser un DJ y, sin haber cumplido los veinte años, ya tenías tu propia banda, Los Reyes del Ritmo, y además del piano ya dominabas la guitarra eléctrica. Y en esa banda tuya estaba Jackie, el saxofonista... y aunque la autoría no está nada clara, hay algo irrebatible: en 1951 -cuatro años antes de Elvis y los demás- tú y tu banda grabásteis Rocket 88, considerada como la primera pieza de rock'n'roll de la historia. Podríamos ahora echarnos un rato discutiendo sobre quién la escribió, pero a estas alturas lo que cuenta son los fríos datos: la grabaste tú con tu banda, en los estudios de la Sun Records y el mismísimo Sam en persona la produjo. Pues ya está. Nadie en aquel momento fue consciente de ello, claro, porque el término r'n'r no existía aún como género, pero la Historia lo verificó años después. Y la vida sigue: tu banda acompaña a grandes del blues como Howlin' Wolf, Ellmore James, Sonny Boy....

Y en un gira por San Louis, en 1956, conoces a una chica de dieciseis años que se llama Anna Mae Bullock, que está loca por cantar en un grupo; tú al principio pasas de ella, pero luego la oyes y la fichas. Y te cuelgas. Y te casas con ella dos años después. Ahora ya no se llama Anna Mae, ahora se llama Tina. Turner. Y desde principios de los años 60 hasta vuestra separación en 1976, Ike & Tina Turner (y las Ikettes) sois uno de los mayores espectáculos en directo que se recuerdan en la historia del rhythm'n'blues y hasta del soul. Vuestros discos son imprescindibles en toda discoteca que se precie, el culo de Tina meneándose con las otras dos Ikettes al ritmo enloquecido de tu guitarra y la banda son inolvidables, las versiones que construyes son demoledoras, todo es un volcán...
"Sí, ya sé, soy un tipo de carácter fuerte", dijiste cuando te preguntaban por las palizas que le dabas a Tina, por tus excesos con la coca o el alcohol, por las broncas que tenías con todo el mundo... Ya, Ike, pero eso no es excusa. El caso es que Tina te dejó y luego le hicieron una película sobre vuestra vida y vuestra banda: tal vez un poco exagerada, en algunas cosas tenías razón, ella no era tampoco un angelito, probablemente hubo más pelea que maltrato puro; pero qué quieres, es su versión la que cuenta. Y mientras tanto tú entrabas y salías de la cárcel, grabaste dos o tres discos pasables, hacías giras en plan memorabilia, y por fin un día se te fue la mano con la coca y reventaste... ¿o fue adrede? En cualquier caso, fin de la historia. Y ya está.

La gente como tú, Ike, ya lo comprenderás, no le cae bien a nadie. Lo malo es que como hay esa puñetera manía de enterrar a la obra con el monstruo, la gente se olvida de tu valor musical, que a mí es lo único que me interesa. Así que por una vez hoy hago de abogado del diablo. Y nunca mejor dicho. Un saludo a Satanás.


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Diccionario de urgencia


Jackie (Brenston): a ver. Esto es un poco lioso, así que resumo: Jackie, saxofonista y cantante de la banda de Ike en 1951, trajo una canción -versión de otra más antigua- a la que llamaron "Rocket 88" (nombre de un un automóvil muy chulo que acababa de salir al mercado) y la leyenda dice que la grabó primero con su propia banda, que según esa misma leyenda se llamaba "Jackie Brenston and his Delta Cats". Pero no hay pruebas de esto. Lo único que se conoce con propiedad es lo que ha quedado: grabación en la Sun Records de Memphis a nombre de Ike Turner and his Kings of Rhythm.
Sam (Phillips): personaje mundial. Era un locutor de radio, técnico de sonido y tan loco por el rhythm'n'blues como por el rockabilly. Fue el creador de la mítica Sun Records, en Memphis. Teniendo en cuenta que el rock'n'roll nace de la unión de los dos géneros citados, no es extraño que él sea el "padre" del invento: descubrió, entre otros, a Ike, a Elvis o a Carl Perkins, y grabó a monstruos como B.B. King, Ellmore James... Una figura imprescindible para entender la historia musical americana.


viernes, 30 de octubre de 2009

Duane


Howard Duane Allman (1946-1971)
"Quiero a ese guitarrista, presentádmelo... ¿cómo hace para tocar así? 

(Eric Clapton, tras oir a Duane y su guitarra)

No me extraña. Eras un portento, amigo Duane. Y mira que a mí las piezas de blues-rock de más de cinco minutos ya me aburren, el country no lo soporto, los directos ya dije varias veces que no son lo mío... pero tú eras un caso aparte: tú eras el gran Duane Allman, y ante eso poco más hay que decir. Tú al frente de tu banda creaste un género que luego siguieron otros, sin tanto brillo: el legendario rock sureño. Y a pesar de todas las tragedias y de unas cuantas cosas feas que pasaron, hasta los anglófilos rematados como yo nos rendimos ante tus encantos.
 
Nacer en un sitio como Tennessee tiene que marcar, porque supongo que el blues allí se respira más que se escucha. Lo curioso es la extraña mezcla de sitios que recorriste tras eso: Florida y California, antes de ir a Nueva York y luego a Georgia... Pero no adelantemos acontecimientos: tú eras muy inquieto, y las pequeñas bandas que creaste junto a tu hermano Gregg en la zona de Daytona Beach se te quedaban pequeñas, así que decidiste progresar y con veinte años ya eras un respetado guitarrista de estudio que acompañabas a estrellas ¡del soul! Sí, del soul. Y qué estrellas: Wilson Pickett, Aretha Franklin, Arthur Conley... Poca gente recuerda que la mitad de las obras maestras de esos y otros personajes van aliñadas con tu guitarra (ese "Hey Joe" de Wilson Pickett... ay, Señor).

Bien, pues con esa experiencia y una buena reputación es el momento de conocer a Phil, que está estrenando un sello discográfico -la Capricorn- y que se queda anonadado con tu habilidad: venga Duane, monta una banda que yo te grabo. Y llamas a tu hermano, que ahora se ha especializado en las teclas además de cantar, y como no te quieres privar de nada reclutas a dos baterías: Jay y Butch, colegas en varias jam sessions lo mismo que el bajista, Berry. Y a otro guitarrista, Dicky, y ya está: The Allman Brothers Band graba por fin en 1969 en Macon, Georgia, uno de los mejores discos de presentación de una banda de blues-rock en la historia del género. Y aquí aparece el bueno de Eric, que te oye en una actuación y flipa: quiero a ese guitarrista. Y junto a él grabaréis "Layla", otro de esos cañonazos históricos. Y la vida sigue. Y en 1971 pasan dos cosas muy grandes: la primera es la grabación de vuestro concierto en el Fillmore, que la crítica considera como "el mejor disco en directo de la Historia"; la segunda, tu muerte.

El disco, efectivamente, es una joya (¿tengo que volver a repetir que lo mío no son los directos?): para mí, junto al "Made in Japan" de los Purple y el "Irish Tour 1974" de Rory, constituye la Santa Trilogía de los discos en directo de los años 70. No digo más. Y en cuanto a tu muerte... tú y tu querida Harley-Davidson acabásteis estampados en una calle de Macon contra un camión. Qué le vamos a hacer. Lo siniestro es que un año después, por las mismas fechas, con otra Harley y en una zona a menos de un kilómetro, se estampó Berry; tal vez iba medio borracho, como solía desde que tú te fuiste. El caso es que en un año la Banda Allman -el espíritu de esa banda- quedó liquidada: con otro disco más, un doble que estaba a medio grabar en el momento de tu muerte, se acabó la magia. Luego ellos se pasaron al country rock (tienen un buen disco, o dos) y luego empezaron los líos: tu hermano Gregg se vuelve señorito, se escaquea de un feo asunto de drogas echando la culpa a uno de los currantes del equipo, inicia una carrera en solitario con más pena que gloria, se lía con esa cosa de plástico llamada Cher... En fin, qué más da. Tú ya no estabas. Otro dios de la guitarra al agujero.

Y esto es todo, Duane. Lástima. Los profesionales como tú merecen una vida larga y fructífera, pero ya ves. La Harley es lo que tiene. Espero que tú y Jimi hayáis recibido como se merece a Rory; bueno, y a Frank aunque fuese de otro palo, y a Randy... Joder, qué pandilla. El Olimpo de la guitarra, nunca mejor dicho. Esperemos que tarde mucho, pero cuanto llegue el bueno de Jeff ya estaréis todos. Y a echar el cierre.

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Diccionario de urgencia

Gregg Allman: hermano de Duane. Teclista y cantante.
Phil (Walden):
afamado manager y jefe de la Capricorn Records, subsidiaria de Atlantic; dado que esta última compañía se hizo con el catálogo y artistas de la legendaria Stax, pudo oir de primera mano las habilidades de Duane con los monstruos del soul y quedarse prendado.
Jay (Johanny Johanson): batería y percusión de los Allman. 
Butch (Trucks): batería y percusión de los Allman.
Dicky (Dickey Betts):
segundo guitarra de los Allman.
Berry (Oakley): bajista de los Allman.

jueves, 22 de octubre de 2009

Marc


Marc Feld (1947-1977)


Mmmm... ya tenía yo ganas de hablar de ti, Marc. Claro, primero hay que citar a los grandes, a los preferidos, a los más queridos, a todos esos que han salido aquí hasta ahora y a los que vendrán. Pero tú también estás invitado, y con los mismos honores que los demás: contigo entendí que no todo es alucinar con las grandes obras de los genios, elevarse hasta el infinito con los Maestros, sino que todo arte es, antes que cualquier otra cosa, pasión, o emoción. Y si Groucho Marx para mí no es menos importante que Nietzsche o cualquier otro santón del gremio, con esa misma razón te traigo hoy aquí. Tú no eres menos que nadie.

Saltaste a la fama cuando mi generación andaba a medio camino entre la infancia y la adolescencia. Nos creíamos la élite: en mi pequeña ciudad solo cinco o seis conocíamos, por ejemplo, a King Crimson o a Pink Floyd (y para eso, uno o dos discos sueltos: entre la penosa distribución discográfica de entonces y que no había Internet, ya me contarás). Si había que montar una fiesta, el nivel medio imprescindible eran los Creedence o Deep Purple. A mí, por la edad, las chicas aún no me hacían caso, así que yo era el que ponía los discos y gracias; me limitaba a soñar con tórridos manejos entre la poderosa delantera de una tal María Jesús (qué habrá sido de ella) y las razonables caderas de otra tal Carmencita (ídem). O de la que se me pusiera delante: a esa edad, ya sabes, vale todo.

El caso es que comenzaban los años 70: los mayores ya empezaban a hablar de la decadencia del rock, del hundimiento de los hippies, de que la Edad de Oro estaba pasando y que ahora, para nosotros, quedarían las migajas. Y en eso estábamos cuando apareció T. Rex. Más adelante supe que ya llevabas unos años en el negocio y que, por ser fan de Bob Dylan, tu apellido de guerra era la suma de "Bo"más "lan". Al principio no entendí qué tenías tú que ver con ese señor, hasta que oí tus grabaciones anteriores y me enteré de que tus gustos iban desde el rock and roll clásico hasta el folk psicodélico de Donovan, otro de mis fetiches. Con tu primera banda "seria", los John's Children, ya tuviste un single decentillo; y luego montaste Tyrannosaurus Rex, básicamente un dúo con tu colega Steve: un poco coñazo, la verdad. Intentabas llegar al nivel de Donovan, y eso es muy difícil. Tus discos de esa época se resienten. Y tú lo comprendiste perfectamente, así que cambiaste de nuevo y con esa extraña mezcla de rock and roll y pop que llevabas en la cabeza te lanzaste a una aventura que te hizo de oro; y del Tiranosaurio quedó solo la T, y se marchó Steve, y de un dúo saltaste a un grupo completo. Tu amigo Bowie era esta vez la gran referencia, o los más lejanos Lou e Iggy, junto a tu afición por el boogie y ese nuevo "estilo de vestir"; la decadencia, el final de los sueños sesenteros reflejados en todo su esplendor. El maquillaje, lentejuelas, promiscuidad, confusión de sexos, el burdel del rock: el glam. Eso fue T. Rex.

Y comenzaron a llegar vuestros singles, seguidos por los de Sweet, Slade, Mud, el mismo Bowie de la época, y los guateques cambiaron. Y nuestra mentalidad también: las barbas para los progres, para los viejos rockeros; para otros, el rimmel. Aquella actitud desafiante, bastarda, me encantó: yo seguía siendo un crío, pero tomé buena nota de que lo que no se renueva muere. Y, sobre todo, ver esa cara de cabreo entre los hermanos mayores, tan serios, tan de trenka y Carlos Marx, tan elevados... ellos eran ahora los reaccionarios. Qué feliz me sentí oyendo vuestra "basura amariconada", como decían algunos. Cuántas veces habré escuchado el "Get it on", por ejemplo...

Y luego la cosa decayó, porque el glam mucho fondo no tenía; de hecho, tu momento de esplendor fue de un par de años, no más. Y eso dio para seis o siete grandes singles: poca cosa, pero intensa. Y luego la decadencia, y luego te matas a bordo del Mini que conducía Gloria, probablemente colocada: un árbol, zas, ya está. Te faltaban dos semanas para cumplir los treinta años. El espectáculo había terminado. Ya casi no nos acordábamos de ti cuando eso pasó, pero sigo teniendo aquellos singles, te juro que sigo oyendo a T. Rex de vez en cuando: es muy saludable.

Ya ves, esta vez casi no he dado datos. Para qué. Lo tuyo era un sentimiento: el pop no necesita diccionarios, sino un alma juvenil que lo disfrute sin fechas, sin nombres, sin nada más que las ganas de embobarse durante unos minutos; y luego a poner otro single, a seguir sudando. Y soñando. Gracias Marc, por tus minutos de gloria.

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Diccionario de urgencia (escueto, como este género musical)
 
Steve "Peregrin Took": bongos, percusión y "teclados" de Tyrannosaurus Rex 
Bowie: David
Dylan: Bob
Lou: Reed
Iggy: Pop
Gloria: Jones. Cantante americana de soul-pop-Tamla que fue esposa de Marc. Su mayor éxito fue "Tainted love", un verdadero himno del Northern Soul británico a finales de los años 60, rescatado en los 80 por Soft Cell.

martes, 6 de octubre de 2009

Randy


Randy Craig Wolfe (1951-1997)


... conocido como Randy California: otro hermano del alma. El sentimiento que tuve y que tengo con tu vida y con tu muerte es muy parecido al que me acompaña con Steve o Rory. Te descubrí tarde -como casi todos los aficionados españoles, por culpa de la puñetera CBS-, ya íbamos por el año 78 o o 79... pero, teniendo en cuenta que en esa época lo que molaba era el punk, el after-punk, la new wave, la cold wave, los siniestros, el tecno, todas esas luminarias, descubrir y enamorarse de una banda como Spirit, tan sesentera, tan de otra época, no me negarás que tiene su mérito. Perdóname, Randy, por la tardanza. Aún no había Internet.


Tú eres otro de los que sólo podía ser músico: desde pequeñito viviste rodeado de ellos gracias a que tu tío Ed, el hermano de tu madre, era el dueño del Ash Grove. Ese lugar era oficialmente uno de los locales de folk más importantes de Los Angeles, pero al final allí había de todo: gente del blues, del jazz... y todos te enseñaban trucos, maneras de pinzar una cuerda para que suene de esta manera o de la otra. Y en 1965 ya formas tu primera banda con tus colegas Mark y Jay, Los Gallos Rojos. Pero tu madre se lía con un músico, un batería de prestigio que ya había tocado con grandes del jazz, se lía nada menos que con otro Ed, y al final se casan y al año siguiente os vais a vivir a Nueva York porque el gran Ed tiene trabajos allí.

El primero de la lista de personajes de mi blog, como ya sabes, es Jimi. Y lo que no cuadraba contar antes cuadra ahora: tú estabas en Manny's Music Store, una tienda de guitarras, cuando apareció él. Y os pusísteis a hablar. Tú, Randy, tú tenías quince añitos, y con quince añitos tocaste unas notas delante de Jimi... y Jimi flipó, y os caísteis bien; y Jimi tenía una banda, los Blue Flames, y te ofreció tocar con él... de segundo guitarra, claro. Sólo había un problema: había otro Randy, el bajista, que era de Texas. Y Jimi dijo:


- Pues ya está: tú, Randy, te llamarás Randy Texas; y tú, Randy, te llamarás Randy California.


Y desde entonces, tú te llamas Randy California: a ver quién es el valiente que le discute algo a Jimi.

Pero a Jimi lo descubre Chas y se lo lleva a La Isla. Y tú te vuelves a Los Angeles porque tu padrastro ya terminó el contrato, Chas sólo quiere a Jimi -aunque Jimi hubiese querido llevarte con él- y tu madre no consiente que un crío de quince años ande por ahí a esas horas de la noche. Bueno: visto con el paso del tiempo, fue lo mejor. Porque tu padrastro, una autoridad, se da cuenta de que eres muy bueno, pero que muy bueno, con la guitarra; y no sólo eso, sino que además eres muy creativo. Así que te anima a formar una banda. Bien, pues si ya tienes un batería -un monstruo, para ser exactos- que además es de la familia, el resto es fácil: recuperas a Mark y a Jay, buscas a un teclista -el bueno de John- y ya está: Spirit ha nacido. Y en Enero de 1968 aparece vuestro primer disco.

A partir de ahí, siempre con tu padrastro detrás ("¡Cuidame bien al niño, Ed!", debió de decirle tu madre, "o cuando lleguéis a casa hay rodillo para los dos"), Spirit se convirtió en La Gran Banda Americana Desconocida, y a mucha honra: salvo vuestro cuarto disco, el resto vendió regular; pero lo suficiente para vivir de este negocio, para recorrer América y Europa -donde fuísteis más apreciados que allí-, para dejar la impronta de grupo versátil que lo mismo hacía jazz-rock que psicodelia, y que nunca fue inferior en calidad a los supuestamente "grandes". Spirit fue una de las bandas más equilibradas de América, lo cual no era difícil teniendo en cuenta vuestro nivel musical, vuestra destreza con los instrumentos, muy superior a la mayoría: siempre con Ed a tu lado, has escrito una de las páginas más gloriosas del rock de calidad, del que no pasará nunca. 

Y el espíritu de familia, tan presente en ti, te honró hasta en tu muerte: te llevó una corriente cuando estabas con tu hijo de doce años haciendo surf, otra de tus aficiones; en realidad la corriente se lo estaba llevando a él, pero tú te lanzaste y conseguiste sacarlo hasta cerca de la orilla. Y el océano, cabreado por habérselo quitado de las manos, te llevó a ti.

Spirit. Sí señor, qué nombre tan ajustado para lo que tú y Ed érais. Aún hoy te vela junto a tu madre, y te velamos miles y miles, millones de familiares repartidos por todo el mundo. Seguro que tú y Jimi estáis ahí arriba haciendo duetos, y en ratos libres surfeas las nubes: ahí no hay peligro, mi amado Randy. California.

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Diccionario de urgencia

Ed (Pearl): tío de Randy, hermano de su madre Berenice y dueño del Ash Grove
Mark (Andes):
bajista de los Red Roosters y luego de Spirit

Jay (Ferguson): cantante, percusionista y compositor, primero con los Roosters y luego con Spirit; la mayor parte de la obra de esta banda es de Randy y suya.
Ed Cassidy (Chicago, 1923)):
también llamado "Cass". Empezó haciendo música dixie en los años cuarenta, y ya en los cincuenta era un especialista que acompañó a personalidades del jazz como Art Mulligan o Roland Kirk, por nombrar sólo a dos. Luego, a principios de los sesenta, tocó con el venerado Ry Cooder, también entre otros. En resumen, un monstruo que fue influencia por su especial manera de tocar los palos para baterías como John Bonham, de los Zeppelin. Bonham por lo menos lo reconoció; otros no. La envidia es como la tiña.

John (Locke):
teclista y base electrónica de Spirit.


martes, 29 de septiembre de 2009

Syd


Roger Keith Barrett (1946-2006)


La verdad, Syd, es que tú mismo te reirías de esa fecha oficial: 2006. Tú llevabas más de treinta años muerto: desde los 70 estuviste vegetando. Te reirías si fueses consciente de qué es la risa, o de qué es una fecha, de qué es qué. Uno de tus discos en solitario se titulaba "El chiflado se ríe", así que no hace falta más abundamiento en el tema: chiflado. Menudo plan. Las drogas son muy malas, Syd. Y a algunos les sientan peor que a otros; a ti por ejemplo te sentaron fatal. Bueno, qué te voy a decir que no sepas tú, si es que por ahí arriba sabes. Igual aún andas zumbado.

Sí; con ver esa mirada, esa distancia, ya se imagina uno que la tuya es una historia muy triste. Corta y triste. Tú fuiste una de las mayores luminarias de la psicodelia británica, si no la mayor. Tú eres el símbolo de una época e incluso de una clase social, la juventud medioburguesa que en los años 60 tomó el mundo: de buena familia, con estudios, diletante en teatro y poesía, músico de casualidad pero músico al fin... necesitado de nuevas experiencias, de verlo, oírlo, probarlo todo. Y vaya si lo probaste, hasta quedar vacío. Viniste de tu Cambridge natal a Londres a estudiar pintura, pero pronto lo dejaste por la guitarra. Y entonces te encontraste de nuevo con Roger, al que habías conocido en el Instituto, y Roger te presentó a Rick y a Nick, universitarios contraculturales como Roger. Llevaban tiempo intentando formar un grupo, pero el puesto de guitarrista-cantante no lo tenían claro. Y ya digo, apareciste tú, un torbellino de ideas; tantas que hasta les diste el nombre para la banda: te acordaste de los viejos bluesmen Pink Anderson y Floyd Council y en su honor le dijiste a Roger: oye, ¿qué tal si nos llamamos Pink Floyd?

Pues ya está: Pink Floyd. 1967. Llegados a este punto yo creo que ya no hace falta decir nada más. Sólo recordar que la mayor parte de las canciones de su primer LP eran tuyas; que la primera de ellas, "Astronomy domine" es probablemente la más grande de todas las canciones psicodélicas, y mira que hay canciones... que ya antes de eso habíais editado tres singles, de los cuales dos eran tuyos también. Y que, por resumir, teniendo en cuenta que la psicodelia es un género de singles, vuestro LP es uno de los cuatro o cinco que han quedado para la historia. Tú eras la máquina de crear y Roger era el director. Todo iba bien.

Pero tú te exigías cada vez más, necesitabas superarte, convertirte en el ángel de la luz, y eso es muy duro. El LSD era tu alimento, la locura sintetizada, el viaje contínuo, y los viajes son caros: pronto empezaste a tomar tranquilizantes, unas pastillas compensaban los efectos de otras, tú estabas pero no estabas; hubo conciertos en los que, completamente lelo, apagabas la guitarra o te quedabas tocando una sola nota, pensativo, mirando al techo. Tus compañeros, mucho más serios que tú, mucho más profesionales, se desesperaban. Y luego declaras que estás muy interesado en los viajes astrales, y que el LSD es una llave, y etc etc. Claro, Roger y los demás se asustan: el prestigio de la banda en directo anda por los suelos. Así que para cuando te dé la ventolera fichan a David, que te cubre cuando tú deambulas por el escenario, y luego al otro David; y al final ya no aguantan más y un día te dejan tirado y se van a tocar a Southampton sin ti. Era Enero del 68. En ese año salió el segundo LP del grupo y tu participación ya fue pequeña. Tu etapa con los Floyd había acabado.

Luego sacaste dos discos a tu nombre, el primero de ellos con el título de "El chiflado se ríe"; tus antiguos compañeros te ayudaron en la producción, incluso tocaron en casi todas las canciones. Algunas eran buenas, de tu época brillante; otras, sencillamente, eran un coñazo. Tú ya habías comenzado el camino hacia las sombras hacía tiempo, y no volviste. Esos dos discos se vendieron porque eran tuyos, no porque fuesen realmente buenos, pero en fin... y el resto de tu carrera musical es anecdótico: algunas apariciones esporádicas solo o con los Pink Fairies -otra cuadrilla de chiflados-, luego un intento de grabar un tercer disco, que al final quedó en nada, y poco más. Por fin, justito de dinero, te retiraste a vivir en casa de tu madre. Las pocas fotos que hay de ti en los años 80/90 son patéticas: gordo, casi calvo, ido. Que los médicos no se pusiesen de acuerdo en si fue catatonia o psicosis ya da igual: fue el LSD. David asegura que tus derechos de autor se te pagaron siempre, y puede que sea cierto; aunque en tu estado ya no necesitabas mucho.

Y finalmente un cáncer amable te llevó; se llevó tu cuerpo, claro, porque otra cosa no quedaba. Dicen que no te acordabas de nada, que no sabías ni quién eras ni quién habías sido. Terrible. Tus compañeros te dedicaron un disco, deprimente por cierto, aunque a la gente le gusta mucho: se llama "Ojalá estuvieses aquí". Ese título suena un poquito a culpabilidad. Una canción de ese disco se titula "Brilla, diamante loco"...

Que te vaya bien, Syd. Que brilles ahí tanto como aquí. Es lo tuyo. Una pavesa, una chispa, un rayo, todo aquello que sea resplandor fugaz lo fuiste tú.
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Diccionario de urgencia

(George) Roger (Waters): bajista y voz de Pink Floyd. Director de la banda en sus años de oro.
Rick/Richard (Wright): teclista de Pink Floyd. Murió el año pasado, a los 65. Cáncer, también.
(Nicholas Berkeley) Nick (Mason): batería de Pink Floyd.
David (O'List): ex-guitarrista de Nice (la primera banda famosa de Keith Emerson).
David (John) Gilmour: guitarrista de Pink Floyd tras la marcha de Syd.