Llevamos unos días que no ganamos para disgustos. La cosa empezó el mes pasado con Tony Sheridan; dos días después cayó Kevin Ayers y ahora Alvin Lee. A Sheridan lo apreciaba aunque no fuese una de esas figuras que me hayan marcado; pero Kevin y Alvin son parte de mi santoral, y eso es una cosa muy seria. Así que me pongo de luto por segunda vez en menos de un mes. Y por favor, que la racha vaya parando.
Graham Alvin Barnes (1944-2013)
Graham Barnes, más conocido como Alvin Lee, ha muerto el día 6 al amanecer en una clínica de Estepona a causa de complicaciones surgidas tras una intervención aparentemente rutinaria. España era el país donde con más frecuencia se le veía desde finales de los años 80, interesado como estaba en el estudio de la guitarra flamenca.
Malos tiempos para la Corona, Alvin: el otro día cae Kevin y ahora tú. Y con la misma edad, no tan avanzada como la de otros. Y en España, donde también él estuvo muchos años. Claro, en todo lo demás erais distintos… o no tanto: contra lo que la gente piensa, tú tampoco quisiste ser una estrella. No, tú no eras un Ritchie Blackmore ni nada parecido, nunca fuiste un tipo soberbio como él. Por no gustarte, ni siquiera te gustaba ese título de “El guitarrista más rápido del mundo” que te colgaron y que según tú fue algo involuntario: Ritchie, que abandonó a su banda porque “soy tan rápido que no pueden seguirme, no están a mi altura”, mataría por ese título. Él y toda la caterva de guitarristas ególatras y velocísimos que floreció desde entonces y que aún estamos soportando ahora: punteos estratosféricos sin sentido, sin matices, sin alma. Gimnastas de la guitarra. No, tú te hallas en el grupo de los grandes, los que saben colorear las notas y que por lo general nunca presumieron de correr mucho: Hendrix, Beck, Green, Clapton (“Mano lenta”, le llamaban)… Y mira tú que curioso: el único que compaginaba una habilidad parecida con esa afición tuya por el blues, el jazz y el folk (además del rock and roll, claro) era Rory, que murió en circunstancias parecidas y al que también adorábamos. Más aún: lo veíamos como una especie de hermano pequeño tuyo. No tenía tu talla como compositor, pero era también puro fuego. Y tampoco a él le gustaba que le llamasen “estrella del rock”.
Porque eso del “rock” es un término que a los músicos como tú os queda pequeño. Tu padre, un gran aficionado al blues y al jazz, tenía una buena colección de discos que comenzaste a devorar en la infancia y de los que, además de la afición por ambos géneros, adquiriste una percepción notable sobre la diferencia entre el artista en solitario (los viejos bluesmen, por lo general) y la labor de conjunto en una banda (el jazz). Allá por el 56, cuando Elvis abandona la Sun para firmar con la RCA y el rock and roll se consagra definitivamente como la música de moda, queda claro que se consagra también la figura del cantante solista en detrimento del grupo: todos los grandes del género son nombres propios, de los músicos que los acompañaban no se acuerda nadie salvo los historiadores. Y eso no acaba de gustarte: tú, con doce años entonces, te enamoras de ese ritmo y admiras a Elvis; pero también admiras la interacción en los grupos de jazz, la importancia de cada uno de los intervinientes. En el rock and roll hay una figura indiscutible, que además de cantar y tocar un instrumento con frecuencia es también compositor; y eso está muy bien, pero si los músicos que le rodean tuviesen un poco más de protagonismo el resultado sería redondo. También al rock and roll tendrán que llegar los grupos más tarde o más temprano, pensabas. Y tenías razón.
De todos modos era lógico que la aparición del rock and roll y el skiffle en la Isla te transformaran, te hicieran abandonar el clarinete, tu primer instrumento “serio”, en favor de la guitarra; y tu madre, alucinada, te veía ensayar continuamente, como si tratases de recuperar el tiempo perdido. Tanta prisa tenías que al año siguiente ya estabas en una banda, la de Vince Marshall y los Squarecaps, donde tocabas la rítmica. Y en 1960 conoces a Leo Lyons, otro chaval enfebrecido que toca el bajo como los ángeles y con el que formas los Jaybirds; y todo parece ir muy rápido porque en el 62 estáis tocando en el legendario Star Club de Hamburgo… pero la situación se estanca. Aún tienen que pasar tres años hasta que con Rick Lee, vuestro nuevo batería, decidáis por fin dar el salto a Londres: solo en esa ciudad pueden ocurrir cosas tan curiosas como que vuestro nuevo encargado de las actuaciones sea un teclista con formación clásica, el bueno de Chick Churchill… al que evidentemente releváis de sus funciones para formar parte de la banda. Una banda a la que ya va siendo hora de cambiarle el nombre: diez años después de que Elvis y los demás viviesen el apogeo de los solistas comenzaba el apogeo de los grupos, tal y como tú esperabas. Diez Años Después será vuestro nuevo nombre.
A partir de ese momento, al igual que con Kevin, en este tugurio hablamos de vosotros con frecuencia, estimado Alvin. Ya sabes que, por la necesidad de sintetizar, solemos limitarnos a los datos, las canciones y poco más. Pero soy el primero en reconocer que eso no es suficiente, y a veces tratamos de resaltar algunos detalles que la gente no ve. Por ejemplo, hay que decir que esa idea de banda rockera que se tiene de vosotros no es justa ni por aproximación: cualquiera que se tome la molestia de oír vuestros discos en serio verá que hay mucho más. El verdadero espíritu de Ten Years After no está en “I’m going home”, canción que acabaste odiando -y nosotros también, en cierto modo-, ni siquiera en aquella incendiaria actuación de Woodstock que os abrió las puertas de los States y donde trabajasteis a destajo hasta quedar exhaustos, agotados, hartos: antes de todo eso, antes de grabar un solo disco, vuestra presentación fue en el festival de jazz de Windsor. Y al año siguiente en el de jazz y blues de Sunbury. Para vosotros se acuñó el término “blues and roll” pero sí, también había jazz; y folk, e incluso psicodelia. El grueso de vuestra obra, con más o menos ritmo, es una mezcla fantástica de estilos a los que hay que añadir tu afición por andar jugando con los botoncitos de la mesa de mezclas y buscar esos pequeños trucos de sonido que a otros ni se les ocurren. Y cuando ves que la creatividad decae, te vas. No quieres seguir la inercia, haciendo giras sin parar con el único fin de engrosar tu cuenta corriente a base de explotar la marca comercial, como han hecho otros. Fin.
Y luego, sí, hubo alguna reunión que no duró mucho, y unos cuantos discos con amigos tuyos o en solitario: algunos eran buenos, otros no tanto. Te limitaste a cumplir con giras pequeñas, lo justo para mantenerte en forma pero no descuidar a tu familia. Y te aficionaste a España, donde estabas feliz como una perdiz, pintando a veces (no era lo tuyo, reconócelo) y aprendiendo a tocar ese curioso instrumento llamado guitarra española del que te habías enamorado. Y aquí caíste. Pero, si tenía que ocurrir, qué quieres que te diga: estamos muy honrados. Felices por saber que en tu grupo de amistades, entre Django Reinhardt, John Lee Hooker, Elvis y otros cuantos, estarán algún día -y que sea muy lejano, por favor- Paco de Lucía o Tomatito.