Siguiendo nuestro descenso por la costa mediterránea, llegamos hoy al Estrecho de Gibraltar; y no pasaremos de ahí, ya que en esta época la visión del Atlántico sigue señalando el fin del mundo conocido. Pero hay dos destacamentos que guardan muy bien ese paso, uno a cada orilla del Mare Nostrum: The Rocking Boys en la Línea de la Concepción y The Brisk(s) en Ceuta. Cuando comenzamos nuestro viaje, hace ya tanto tiempo, en la introducción se decía que si los madrileños disfrutaban de la benéfica influencia de la base americana de Torrejón los gaditanos tenían la de Rota; y también que el norte de África, por el carácter internacional de algunas zonas de Marruecos y la proximidad de Tánger, ofrecía más oportunidades que la propia España peninsular (bueno, sin ir más lejos yo monté mi tugurio en Casablanca, ¿no?). Así que la existencia de estos dos grupos no es tan extraña como puede parecer a simple vista. Y las carreras de ambos -con permiso de la mili- llegaron casi hasta finales de la década, con una producción muy extensa; aunque irregular, ya que su pertenencia al imprevisible sello Belter, siempre capaz de lo mejor y lo peor, trufó esas carreras de piezas muy dignas junto a bodrios impresentables.
The Rocking Boys son, al igual que muchos grupos madrileños de la primera ola, el perfecto ejemplo de esa benéfica influencia yanqui: tanto su espíritu como su estética, a medio camino entre teddy boy y rockabilly, cumplen perfectamente con los cánones del Tío Sam. Estos muchachos se presentan en público justo al comenzar la década, y durante su época más interesante, que terminará con una desbandada general en 1964 a causa de la mili, su formación será invariable. Se trata de un cuarteto creado por José Gómez, que además de guitarrista es el compositor principal de las escasas piezas propias que publicará el grupo. El bajo queda a cargo del portugués Ricardo Oliveira; la batería es cosa de Agustín Martínez, que por otra parte será su cantante titular, y Carlos Jaime ataca el saxo y ocasionalmente piano. Aunque su instrumentación es bastante pobre, destacan por la actitud tan voluntariosa que los honra tanto a ellos como a muchos otros conjuntos de este sufrido quinquenio. Y su repertorio, que inicialmente se basaba en el rock and roll, pronto se nutre de piezas twist, el último grito cuando ellos comienzan a grabar: hasta la desbandada del 64 que dije antes, casi la mitad de sus discos están compuestos por ese estilo.
Belter los ficha en 1962 y ya en ese año publican cinco Eps, que a pesar de su sonido deficiente se venden bastante bien; cantan en español y, si es necesario, en un inglés “de aquella manera” que los hermana con otros grupos pioneros como los Estudiantes. Es de suponer que su sello discográfico no se esperaba el relativo éxito que obtuvieron desde el principio, porque pronto comienzan las imposiciones: en su tercer EP encontramos el "Twist en Sevilla" -que por otra parte da título al disco-, una castiza alabanza a la ciudad al ritmo de lo que su compositor (Manuel Salina, uno de los fijos del sello, especializado en mambos y baladas latinas) entiende como twist. Y a partir de ahí la carrera de los Rocking Boys es un continuo tira y afloja con Belter, que solo les deja incluir algunas piezas sueltas, tanto propias como ajenas, entre un maremagnum de los géneros de moda que el sello dicta: el madison es el ritmo central de sus grabaciones en 1963, seguido de pequeños horrores como el popeye (una nueva ocurrencia de Chubby Checker). Lo triste del asunto es que en sus actuaciones se redimen, pero eso no les vale de mucho ante la afición del resto del país. En 1964 el grupo de desintegra por las obligaciones militares, y a su vuelta en 1966 es patente que están fuera de juego: aun con la excusa de que Belter sigue haciendo de las suyas, las versiones suenan alejadas del sonido imperante en esa época. Se retiran en 1968, cuando su presencia ya es irrelevante.
En resumen, estamos ante otra víctima de una década tan veloz y de unos sellos discográficos que no sabían cómo encarar los nuevos tiempos. Sin embargo han dejado algunas versiones muy decentes, que demuestran al menos su gran nivel como instrumentistas: oigan por ejemplo “Una rubia de miedo”, una de las más famosas del grupo (figuraba en el EP del twist sevillano), que no desmerece frente a la original de Celentano; y mejor aún es una de sus escasas incursiones en la música surf, el “Wipe out” de los Surfaris, con una ejecución magnífica.
Y cruzamos el Estrecho para saludar a los Brisks (habré de ser muy cuidadoso con ellos, ya que el señor Babelain es paisano suyo y estará vigilándome). Se trata de un conjunto nacido a principìos de la década y cuyo planteamiento artístico es similar al de los Javaloyas: atacaban casi todos los géneros de moda, y esa versatilidad les permitió muy pronto ampliar su círculo de acción. De Ceuta pasaron pronto a actuar en todo el norte de Marruecos, para dar luego el salto a la península y hacerse conocidos también en la Costa del Sol, Aragón y Cataluña, donde son detectados por Belter a finales de 1963. También al igual que los Javaloyas, hubo un tránsito muy denso de miembros, entre los cuales destacan tres de los vocalistas a tener en cuenta para el futuro: el granadino Julián Granados, que fue su cantante en la época dorada del grupo y que tras la breve pero fulgurante existencia de Los Buenos comenzará una carrera en solitario a principios de los 70; Teddy Raster, que es la voz de su aclamado último disco y luego lo será en los últimos tiempos de los progresivos Maquina!, y el madrileño Pedro Ample, con el que los Brisks finalizarán su carrera y que con el nombre artístico de “Pedro Ruy-Blas” será una de las voces más potentes y versátiles de España.
En 1964 comienza su producción discográfica con tres Eps en los que se denominan “The Brisk”, y parece que les hubiese gustado aquella idea que tuvo Bruno de ponerse unas gafas innecesarias, porque ellos hacen lo mismo: los cinco aparecen con ese adminículo en las portadas de los tres discos. Que incluyen versiones como “My bonnie”, “La pecosita”, “Money”, “Twist and shout”… es decir, piezas rockeras de gran popularidad y con una fuerte inclinación hacia los Beatles. Al igual que pasó con los Rocking Boys, Belter considera que conviene “administrar” el repertorio de los ceutís; así que en 1965, ya sin gafas y añadiendo una “s” final a su nombre, comenzamos a verlos alternando piezas de su elección con otras impuestas por el sello. Desde el punto de vista puramente comercial tal vez tenga razón Belter, ya que ese año se inaugura con su primer éxito nacional, que a la larga será el más recordado: “Pepe será papá”, una canción compuesta por el tándem Ricardo Ceratto-Jorge Morell (uno de los más exitosos de la década) y que, nos guste o no, estuvo sonando durante mucho tiempo en las radios nacionales; ah, y la letra tiene mucha gracia… En fin: para compensar, en ese mismo disco viene su primera pieza propia, cantanda en inglés y todo. Se trata de “Baby ye-ye”, un cruce de highschool con duduá realmente agradable. Y el éxito hace que este año sea el más prolífico de los Brisks, ya que publicarán nada menos que ocho Eps en los que tratan siempre de mantener el equilibrio entre calidad y comercialidad (y vuelvo a citar a los Javaloyas: son su vivo reflejo). Luego ya vendrá la decadencia, pero de momento tienen la talla suficiente como para que anotemos su nombre en la lista de los grupos a seguir en el próximo quinquenio.
Para que se hagan una idea de su potencial, aquí tienen dos piezas propias correspondientes a 1965, su año estelar: la ya citada “Baby ye ye” y “Si mañana será así”, un beat de lo más decente. Quién sabe: si en vez de en Belter hubieran caido en otro sello, tal vez las cosas habrían sido de otro modo.
Creo que ya hemos visitado toda la geografía nacional habitada hasta este momento. Pero nos falta el broche de oro, y para conseguirlo hemos de volver a Madrid. Tranquilos: será el último post. También yo necesito una ducha y las pantuflas, que ya tengo una edad y no estoy para tanto trote.
