Hoy nos adentramos en el proceloso mundo progresivo, cuyo origen es una de las consecuencias directas del sarampión psicodélico del que hablaba el otro día: si los géneros tradicionales llenaron el mercado isleño de bandas blues, rock, folk e incluso baladistas, la psicodelia mostró a otros la posibilidad de romper todos los esquemas clásicos y deconstruirlos para crear mixturas por lo general poco definibles. Esto hace que el carácter de cada uno de esos grupos sea muy personal pero por otra parte los aboca a un riesgo evidente, que es el de estar siempre en cuestión: la diferencia entre una gran obra y un gran fiasco es a veces muy fina, y hay que andar con cuidado. De las bandas surgidas entre 1968/69, de momento las dos más populares siguen siendo King Crimson y Yes, así que con ellas comenzamos el paseo por el lado inquietante del negocio.
King Crimson ya tiene a estas alturas el dudoso honor de ser la banda isleña con más cambios de plantilla en su corta historia: el parte de altas y bajas es continuo. Las especiales características del grupo lo hacen muy apetecible para los músicos vanguardistas, pero al mismo tiempo la férrea dirección de Robert Fripp resulta desilusionante. De los primeros tiempos solo queda Peter Sinfield, cuyo trabajo principal son las letras (ahí no suele entrar Fripp), y junto a ellos está Mel Collins, que se unió para completar la grabación de “In the wake of Poseidon” y aún sigue: el resto de sus integrantes es de nuevo un enigma a finales del año 70. Este hecho explica que los Crimson no hayan podido hacer giras durante ese año, aunque a cambio tuvieron tiempo para componer y grabar dos discos de los cuales uno completa la primera pareja temática (“In the wake…”) y el otro inicia la segunda (“Lizard”). Ahora Fripp tiene como tarea fundamental buscar músicos estables, ya que necesita las actuaciones para mantener viva la memoria del grupo y perfeccionar el sonido (además de ganar un dinero, claro); la tarea se solventa con el fichaje de Boz Burrell, un cantante de voz oscura pero muy personal que procede de pequeñas bandas de blues y jazz del este de la Isla, y que se había hecho conocido por sustituir brevemente a Daltrey en los Who durante una gira del año 66. Como bajista no era más que un simple aficionado, pero ante las prisas de Fripp hace un rápido “cursillo de perfeccionamiento” y queda fichado para ambas labores. El titular de la batería será Ian Wallace, de similares antecedentes que Burrell aunque más orientado al jazz. Durante todo este año la formación será invariable, lo que ya es un triunfo.
En Noviembre llega su cuarto disco: “Islands”, que completa la segunda pareja temática iniciada con “Lizard” y que refuerza esa perspectiva melódica, intimista, con el matiz heredado de los tonos free jazz que Fripp admira en Miles Davis. Es el disco más “humano”, digamos, de los Crimson, y uno de los preferidos por los fans (un buen forofo tiene el corazón partido entre “In the court…”, este y el futuro “Starless and bible black”). Al igual que en el disco anterior, vuelven a participar el teclista Keith Tippett y el trompeta Mark Charig; su aportación es imprescindible, ya que son precisamente ellos los que marcan la diferencia en el actual sonido Crimson: Charig es quien, por así decirlo, hace el papel de Davis en piezas como la que cierra y da título al disco, una progresión creciente que se constituye en una de las más reconocibles de la banda. Y Tippett es el autor de esas imaginativas escalas de piano que lucen en “Formentera lady”, por ejemplo. Hay también una sorprendente y hermosísima pieza de cámara titulada “Prelude: song of the gulls”, que nos lleva al siglo XVIII por lo menos; “Sailor’s tale”, con su desarrollo un tanto caótico, parece anticipar el sonido que marcará al grupo dentro de un tiempo, y “Ladies of the road” es una buena muestra del jazz rock más conectado con su primera época. En resumen, yo sigo pensando que es uno de sus discos más valiosos, aunque la crítica se mostró muy dividida en la época. Claro que también habría que ver si en esa apreciación influyó negativamente el carácter un tanto atrabiliario del jefe... quien por cierto decide despedir a finales de año a Sinfield por “diferencias irreconciliables sobre el estilo Crimson”. Bueno, pues ya veremos si los demás aguantan mucho tiempo o el año que viene volvemos a las andadas.
Y ahora vamos con Yes, que tiene el futuro más despejado. De momento la asociación de Anderson, Squire, Howe y Brudford es bastante sólida; su único punto débil son los teclados, el puesto más volátil de la banda. Este año es el de la consagración definitiva, ya que publican dos nuevos discos que son un éxito total de ventas tanto en Europa como en los States: su estilo sinfónico tremendista está arrasando. El primero es “The Yes album”, que se publica a principios de año y resulta ser una transición entre el espíritu de su primera época y lo que vendrá luego: “Yours is no disgrace”, la que lo abre, es una de mis preferidas de siempre, con esa afortunada escala de cuerdas resaltada por la batería y acompañada por la solemnidad del teclado que dan entrada a un magnífico desarrollo y que a pesar de su duración no cansa; “The clap” es un saludable e inesperado ejercicio de estilo a cargo de Howe y su guitarra acústica; la cara A termina con “Starship trooper”, una “pìeza en tres actos” bastante conseguidos. La cara B comienza con “I’ve seen all good people”, con una fase acústica inicial engalanada por el cántico de Anderson que luego va transformándose en un desarrollo eléctrico a través de una melodía muy vigorosa, y tanto “A venture” como “Perpetual change” mantienen ese estilo. En conjunto es un disco muy equilibrado: aunque tal vez cansan un poco esos largos desarrollos tan típicos suyos, aún hay una cierta contención.
Tony Kaye, el teclista, decide marcharse: no le gusta el uso de melotrones, y además se lleva francamente mal con Howe. El nuevo fichaje es Rick Wakeman, un ex-Straws que no pegaba mucho en ese grupo pero que en Yes será un verdadero espectáculo con sus torres de teclados y sus túnicas (al más puro estilo de Keith Emerson: parece que la grandiosidad teatral de los héroes guitarreros comienza a contagiarse). Y poco después se publica “Fragile”, que definitivamente eleva al grupo a los cielos: ya solo su arranque con “Roundabout”, sus coros y su ritmo vitaminado, es suficiente para que los fans corran alborozados a las tiendas. Y sin embargo no han llegado aún al exceso, ya que los pequeños divertimentos como “Cans and Brahms” (la primera reinterpretación que aporta Wakeman al grupo) o “Mood for a day” (otro ejercicio de estilo a cargo de Howe y su acústica) consiguen atenuar un poco la grandiosidad de “Heart for the sunrise” (Yes a tope: once minutos) o “South side of sky” (algo parecido). El grupo sigue creciendo más y más en “grandeza” tanto por lo tremebundo de su propuesta como por la duración de las piezas, y eso nos llevará al dilema de siempre: los amas o los odias. Pero ya iremos viendo.
Y el próximo día tendremos aquí las novedades que nos ofrece el famoso sello Charisma, que en el mundo progresivo ya es una referencia inevitable a pesar de su pequeño catálogo.