Hoy nos visitan otros dos señores muy respetados aquí: Kevin Ayers y Cat Stevens. Kevin, orgullo de la escuela de Canterbury, es asiduo casi desde que se abrió este local, allá por la época de Wilde Flowers y luego con Soft Machine; su trayectoria en solitario, que comenzó en 1969, sigue llenándonos de alegría. El Gato en cambio es un “fichaje” del año pasado, ya que su carrera estelar, su madurez, es la consecuencia directa de la tuberculosis que lo tuvo postrado durante el tránsito de una década a la siguiente: antes de esa enfermedad, cuando era un cantautor folk-pop, solo destacan algunas canciones sueltas. Pero está claro que últimamente anda fuerte, muy fuerte.
Kevin es un bohemio que prefiere tener tiempo para vivir antes que acumular dinero en giras muy prolongadas, que lo cansan. Por otra parte su estilo musical es mucho más ajustado al estudio, con una gran cantidad de arreglos que en directo pierden encanto o son imposibles de transcribir: teniendo en cuenta que sus canciones andan entre la psicodelia y el ensueño, su circuito de actuaciones cuadraría más en teatros, con la gente correctamente sentada y silenciosa, que en el bullicioso ambiente rockero. Como consecuencia, The Whole World, el grupo que le acompañó el año pasado, se disuelve: la mayor parte de ellos ya están trabajando en otros proyectos, aunque colaboran en su nuevo disco, el tercero de su carrera. Se llama “Whatevershebringswesing” y llega a las tiendas a finales de este año. Los comentaristas suelen considerarlo como su mejor obra, pero los fans opinamos que tanto los dos anteriores como los dos siguientes están a su altura. Para nosotros la cosa es más simple, no necesitamos destacar uno: Kevin sigue en estado de gracia desde que abandonó a los Machine. Porque su estilo es muy personal, y de nuevo estamos ante una colección de canciones, más o menos extrañas pero siempre exquisitas en su rareza, con las que empatizamos inmediatamente. Nosotros, digo. Sus fans. Los demás, allá ellos.
Solo con el comienzo de “There is loving/Among us” ya nos sentimos transportados de nuevo al mundo de Alicia y sus amigos: la entrada podría ser la banda sonora de una tira clásica de dibujos animados, con ese juego de cuerdas y por el medio algunas escalas de viento que nos recuerdan a Pink Floyd en “Atom heart mother”. Siempre hay espacios reservados para la melancolía, tan clásica en Kevin, como sucede con “Margaret” o la que da título al disco, y por supuesto las piezas deconstruidas al estilo de las que había creado en los antiguos Soft Machine: “Song from the bottom of a well” es un buen ejemplo, mientras que “Lullaby” tiene un aire a los King Crimson de esta misma época. Por tener, tenemos incluso una canción para la discordia: “Champagne cowboy blues”, compuesta a trozos -que no a medias- entre Kevin y Mike Oldfield, su guitarrista y bajo. La melodía suena a Kevin, pero muchos sonidos de cuerda anticipan lo que hará Oldfield luego. Y los fans de este último la reivindican como suya, apoyados en una declaración del interesado afirmando que Kevin se había limitado a componer la letra. Nunca lo sabremos, pero nuestro amigo insiste en que acabó harto de Oldfield porque tanto en estudio como en directo solía ir a su bola, tocando escalas que no estaban en el menú, y que luego descubrió la razón: a lo tonto, había ido organizando las líneas maestras de “Tubular bells”, el disco con el que comenzará su carrera en solitario. Pero el paso del tiempo suaviza los mosqueos, ya que no será este el último disco de Kevin en el que participe Mike. Y he dejado para el final una clásica entre las clásicas: “Stranger in blue suede shoes” (“ah, bueno”: me sé de más de uno que, aliviado, estará pensado esto ahora). Sí, claro, cómo no. La estrella del disco, al menos a efectos de popularidad: fue uno de sus singles más vendidos, junto con “May I”. Es un ejemplo de la particular idea que mister Ayers tiene sobre el rock and roll, con su tono medio derrengado, las cuerdas rasgueando, ese teclado en plan honky tonk, esa voz burlona… una delicia, vamos. Una de esas canciones que solo se le pueden ocurrir a él.
Cat Stevens tiene puntos de similitud con Kevin: tampoco le cuadran mucho las grandes giras ni los ambientes populosos, porque su música es un manjar digno de ser paladeado con delectación, tranquilidad y silencio. La tuberculosis cambió su carácter, que ahora es introvertido pero mucho más enérgico: sus canciones pueden ser muy populares, masivas incluso, sin necesidad de doblegarse ante las exigencias de la industria. Es la pura belleza la que consigue abrirse paso en las listas de ventas, aunque el mercado esté supuestamente en manos de los rockeros. En este principio de década, tan oscuro y al parecer dominado por ese género, es curioso que personajes como él, Kevin, Elton o Bowie se mantengan a flote… ¿la venganza del pop, que se ha hecho adulto y ahora busca la exquisitez? Podría ser. Lo que está claro es que no todo el mundo comulga con el nuevo disco de los jevis de turno, y eso es un alivio.
Parecía muy difícil superar el nivel que el Gato demostró en sus dos primeros discos, publicados el año pasado, pero ya ven: de pronto, en otoño -como debe ser- nos encontramos con “Teaser and the firecat”, el tercero. Y aquí vale lo mismo que dije con Kevin, ya que “el mejor disco de Cat Stevens” no existe. ¿Qué criterio podemos usar para destacar uno u otro? Porque si es el más vendido, yo creo que se debe a la inercia provocada por los dos anteriores: el próximo venderá más aún, y no es mejor ni peor. Así que olvidémonos de las listas y oigamos “The wind”, la primera, cortita, simple, solo voz y cuerdas. A continuación “Rubylove”, con esos rasgueos, esos coros, cantando en inglés y en griego; y luego la vuelta a la simplicidad con “If I laugh”, y luego… bah, no tiene ningún sentido comentar canciones como estas: hay que oirlas y dejarse llevar por la emoción. Por decir algo, diré que su versión de la gaélica “Bunessan”, que él convierte en “Morning has broken”, fue uno de sus mayores éxitos en single; y no menos lo fue “Moonshadow”, inspirada por una noche de vacaciones españolas en la que vio la luna con ese imponente tamaño que luce a veces en Andalucía. Snif… gracias, Cat, por la parte que nos toca.
En fin, habrá que bajar de la ensoñación y volver a la realidad. Pero que el hechizo dure otro poco más: prisa no hay.