Llegados al universo de los cantautores conviene recordar la disyuntiva de la que hablé el otro día entre la escuela yanqui -más orientada al folk- y la francesa -más “existencialista”; esa diferencia de mentalidades nos recuerda el viejo debate entre fondo y forma que ha marcado al Arte desde el principio de los tiempos. En el caso español hemos de reconocerle a los cantantes de protesta el mérito que tuvieron, ya que su tarea no era fácil: intentar colar mensajes de contenido social o político en un entorno hostil como fue el de la dictadura franquista demuestra valentía, aunque no sea asunto nuestro -ya saben ustedes que en este tugurio prestamos más atención a la música que a las letras. De todos modos hay algunos personajes que supieron moverse con soltura entre dos aguas, y en concreto nuestro invitado de hoy supo mezclar muy inteligentemente las letras con carga social junto a otras más poéticas, buscando siempre la melodía y subrayando el conjunto por un buen acompañamiento musical; esa búsqueda del equilibrio lo llevó a ser el más popular entre los de su estilo y, en poco tiempo, a convertirse en una de las grandes voces españolas, a la misma altura que sus competidores del sector rockero o cualquier otro: efectivamente, se trata de Joan Manuel Serrat.
En Cataluña ha habido siempre un fuerte sentimiento patriótico, incluso en los peores momentos del franquismo; lo cual es debido en gran parte a su potente burguesía, tanto económica como social e intelectual, que sabe influir en las clases populares. Y teniendo un idioma propio, era de esperar que en cuanto la dictadura aflojase un poco lo reivindicarían: a finales de los años 50 algunos personajes destacados de varios sectores comienzan a pedir a sus trovadores “nuevas canciones”. Los acontecimientos se precipitan y en 1961 ya hay un sello discográfico que se ocupará de publicar a los artistas que se expresen exclusivamente en catalán: ese sello se llama Edigsa, y el conjunto de músicas recibe el nombre de “Nova Cançó”. Aunque se admite todo tipo de estructura, grupal o solista, piezas originales o versiones actualizadas, lo cierto es que al menos en sus primeros años ese movimiento estará representado mayoritariamente por un colectivo de cantautores conocido como “Els Setze Jutges” (“Los dieciséis jueces”, un trabalenguas clásico catalán). Una de sus influencias principales es Georges Brassens, que supo alternar su afición por la “chanson” francesa junto a piezas de creación propia y contenido político. Hay por tanto un factor ideológico que los llevará a frecuentes enfrentamientos con algunos “disidentes”, pero es innegable su proyección: como idea comunitaria, son lo más recordado de aquella época; y aunque muchos abandonaron pronto, hubo otros que fueron ampliando su base tanto musical como literaria y se han mantenido durante varias décadas -María del Bonet o Lluis Lach son los mejores ejemplos, además de nuestro invitado de hoy.
Joan es otra figura del Poble Sec, un barrio que imprime carácter. En 1965 ocurren dos hechos contradictorios: termina sus estudios de perito agrícola, pero ya sospecha que su verdadera vocación es la música; antes, en la mili, había escuchado a Enric Barbat, uno de los primeros Jutges, e influido por esa escucha comenzó a escribir sus propias canciones. Tras una pequeña temporada acompañado por unos antiguos compañeros militares, decide presentarse en solitario a un programa musical dirigido por Salvador Escamilla, una “figura multimedia”, como se dice ahora, que poco antes había creado el programa “Radioscope” en Radio Barcelona y que se convierte en uno de los mayores publicistas de la Nova Cançó. Escamilla, tras escucharlo, no lo duda y lo recomienda a Edigsa: antes de que termine 1965, con veintidós años, Serrat es el número trece de los Dieciséis Jueces y presenta su primer EP, de tipo intimista y donde la estrella es “Una guitarra”, homenaje a ese instrumento que le había comprado su padre años antes y que le cambió la vida; en 1966 llega su segundo disco, en el cual viene contenida “Ara que tinc vint anys” otra futura clásica, una especie de oda juvenil que también dará título a su primer LP, publicado en 1967 y que gana el Gran Premio del Disco Catalán. Para entonces, Serrat ya es el más popular de los Jueces y su fama comienza a extenderse por toda España aunque no se le entienda; lo cual demuestra una vez más que con instinto musical y buenas melodías el idioma puede ser un obstáculo salvable.
La confirmación llega poco después -aún en 1967- con la publicación de su tercer EP, cuya pieza principal es “Cançó de matinada”. Se trata del primer número uno español cantado en catalán: el empeño de Serrat por acompañar sus letras de una base musical sólida, casi orquestal, ha hecho el milagro. Y como era de temer, comienzan los líos: dejando aparte las veladas críticas en el entorno de los Jueces por una supuesta actitud “comercial” de nuestro amigo, los sectores ultras españoles empiezan a incomodarse ante la pujanza de un cantante que se obstina en usar su idioma "separatista". Durante su infancia y primera juventud Serrat tuvo el catalán como lengua primordial, pero por el uso lógico en su entorno y no por militancia: hijo de catalán y aragonesa, también cantaba con su madre las canciones más populares de la época, mayoritariamente en castellano. Y en homenaje a ella se le ocurrió incluir una estrofa que pertenece al cancionero popular aragonés en su “Cançó de bressol”, que figura en su último disco del 67 (su primer single, por otra parte). En una de sus primeras actuaciones en Madrid la canta, esperando que esa estrofa le sirva para congraciarse con un público que mayoritariamente no entiende sus letras, pero el resultado es el contrario: hay un fuerte abucheo por su acento y supongo que por mala leche de cierta parte del personal. Esto ocurre a principios de 1968, uno de los años más convulsos y al mismo tiempo más productivos de su carrera; Serrat se encuentra entre dos fuegos, ya que sus colegas catalanes tampoco ven con buenos ojos esa estrofa ni la deriva general que está tomando, pero no se amilana y decide que a partir de ahora nadie le va a dar órdenes: cantará lo que quiera y en el idioma que quiera. Y luego llega una sucesión de hechos que a los Jueces les suena a provocación: ficha por Novola para publicar el material que vaya a grabar en español, publica su primer single en ese idioma y con el aval de su cara A (“El titiritero”), que alcanza un nivel de ventas notable, presenta su candidatura al festival de Eurovisión.
Lógicamente, la jugada no le sale gratis: Edigsa, presionada por los Jueces y demás guardianes de la ortodoxia, suspende por un tiempo la publicación de su nuevo LP con canciones tradicionales del repertorio catalán, ya que a la decisión de Serrat de ir a Eurovisión se suma el hecho de que, recuerden, “el folclore es reaccionario” (Curiosamente, cuando ya haya pasado el aciago festival y por fin se publique, la mayoría de los catalanes reconocerán el gran mérito que tiene al actualizar piezas tradicionales para las nuevas generaciones). Mientras tanto, el Dúo Dinámico recibe el encargo de escribir una canción, “La, la la”, que puede encajar en el estilo de Serrat perfectamente: no es una balada boba sino más bien un canto a la vida; aséptico tal vez, pero aceptable. Serrat comienza a grabarla en varios idiomas, como es norma; pero cuando solo faltan dos semanas para el festival cede y plantea una exigencia que sabe, o debe saber, que es inaceptable: al menos una estrofa ha de ser cantada en catalán. Como es lógico se busca a toda prisa una alternativa, que será Massiel; pero esta salida por la calle de enmedio cabrea tanto a los patriotas catalanes como a los españoles (Fraga prohíbe su presencia en radio y televisión hasta nueva orden), y durante un tiempo Serrat parece un apestado entre las élites de ambas latitudes. Por suerte, al pueblo llano no le importa porque en realidad el pueblo llano, tanto catalán como español, ya no puede pasar sin sus canciones. Y probablemente él ya lo sabe.
Los dos años siguientes son apoteósicos: tras “La paloma”, versión sobre un poema de Alberti que de single pasa a ser también el título de su primer LP en castellano -en esencia una recopilación de sus primeras canciones en este idioma- llega el legendario “Dedicado a Antonio Machado, poeta”, que será el disco grande más vendido en España hasta entonces. Algunos puristas objetan pequeños cambios de palabras y de ritmo, lo cual demuestra eso, que son puristas: gracias a este disco mucha gente común comenzó a leer a Machado y a otros; comenzó a leer poesía, lo recuerdo perfectamente. Y esa carga poética pero al mismo tiempo social superó las barreras del Régimen, que veía impotente cómo crecía su popularidad a un ritmo imparable; un ritmo que pronto lo llevó a Hispanoamérica, una zona donde por las especiales circunstancias de la época se convirtió en un tótem, una zona a la que ha amado desde entonces. Y en la próxima década se consolidará definitivamente, pero esa ya es otra historia; de momento aquí les dejo unas muestras de sus primeros años, triunfales casi desde el principio, donde se va notando la evolución desde una simple guitarra en sus inicios a un frondoso acompañamiento orquestal tras el que suele estar la mano experta de Ricard Miralles. Serrat es la suma de unas letras magníficas y una música muy refinada, más de lo que puede parecer en una primera escucha.
