A veces una apariencia es tan consistente que cuesta trabajo ver más allá: si nos ceñimos al aspecto comercial del rock, la venta de discos en 1973 sigue creciendo (el momento cumbre del vinilo será durante 1976). Y lo mismo sucede con los beneficios por giras, ya que los directos comienzan a ser espectáculos de multitudes, con humo, luces, explosiones... Los estadios serán muy pronto los lugares preferidos por los grupos masivos y sus extasiados seguidores, cuyo número es cada vez mayor. Así que todo parece seguir funcionando a las mil maravillas en nuestra querida Britannia.
Otra cosa es el aspecto creativo, la música en sí misma. Porque si rascamos un poco, los escasos y vagos problemas estructurales que surgieron hace un año o dos ya comienzan a definirse: el rock duro es cada vez más aburrido, mientras que aquella hipertrofia llamada heavy que sufrió el blues rock ya ha comenzado a fraccionarse en un ciento de etiquetas completamente inaprensibles para mí. Su radio de acción va desde el glam hasta el gótico pasando por el "metal" y añadiendo ingredientes siniestros con énfasis frecuente en la brujería o lo que cuadre. En realidad, esa suma de estilos se está convirtiendo en un circo; lo cual es muy respetable -y será muy rentable también- pero no va con el carácter de algunos aficionados como el que esto suscribe. Algo parecido sucede con el pop/rock sinfónico, otro circo: las bandas como Yes o Emerson, Lake & Palmer son cada día más pretenciosas y vacías. Ver a Keith Emerson con esa estética de malote, compitiendo con el inmaculado Rick Wakeman y su túnica blanca -un contrapunto buscado, supongo- para ver quién tiene las torres de teclados más altas resulta patético. Solamente Genesis consigue equilibrar la calidad musical con el espectáculo, pero ya veremos por cuánto tiempo.
¿Y el progresivo, ese gran hallazgo de finales de la década pasada? Pues va tirando, pero tampoco se crean que la cosa es como para echar cohetes: Family o Traffic están en las últimas, el jazz rock se hunde y parece que ya solo quedan dos bandas -King Crimson y Pink Floyd- con la fortaleza suficiente para sobrevivir. Dos bandas que son completamente distintas: el inquieto Robert Fripp está mudando de nuevo, mientras que los Floyd se acomodan en su melancolía casi insana, opiácea; pero de momento ambos están todavía en lo más alto. Y en cuanto a la Santísima Trinidad Stones-Who-Kinks, que por supuesto va por libre… bueno, ya veremos en qué situación está cada uno.
El tiempo no perdona: dicen que los músicos de pop o rock alcanzan la cumbre de su creatividad entre los veinte y los veinticinco años, mientras que la edad media de esta generación -la generación de posguerra- ya está rondando la treintena. Hay pocos casos como el de Bowie, que se amolda a sus capacidades y cambia continuamente de estilo aunque el anterior todavía funcione: cada una de sus fases gustará más o menos, pero no se le puede negar valentía. Esa vocación solitaria la comparten algunos personajes como Robert Fripp o Peter Gabriel, gente muy segura de sí misma que pronto volarán solos; pero la mayoría de sus colegas quedarán atrincherados en la marca comercial de un grupo, dispuestos a resistir mientras los fans sigan pagando (me callo los ejemplos, para no hacerme enemigos).
En aquel momento no éramos conscientes de la situación, pero estábamos ante el último año en la edad de oro del rock clásico, un ciclo que había comenzado en 1968 y que terminará de forma casi abrupta: la diferencia de calidad entre la producción de este año y la del que viene ya es enorme. Y a diferencia de otros ciclos esta vez no se ven alternativas, no hay una nueva ola que esté sepultando a la anterior, sino un proceso de esclerosis: las muy contadas bandas nuevas con un mínimo de solvencia se limitan a reiterar el progresivo con tonos heavy (los primeros Queen) o se quedan a medio camino entre progresivo y sinfónico pop (Supertramp). Solamente Roxy Music mantienen su originalidad, pero con eso no es suficiente. Tal vez se esté gestando un cambio generacional, pero de momento no hay señales porque si la mayoría de los consagrados comenzaron a hacerse conocidos casi en su adolescencia, los nacidos en la década de los 50 van un poco más lentos. El resultado es que pronto se producirá una nueva fractura entre la masa de aficionados, parecida a la que hubo a finales de la década de los 60: unos seguirán comprando todo lo que publiquen los grandes dinosaurios, acudirán a los estadios para verlos, llevarán esa devoción hasta su lecho de muerte; otros, los descarriados, comenzaremos a pensar que estamos ante una travesía del desierto… que nos vendrá bien para descubrir los nombres y los discos que se nos escaparon de las épocas anteriores por falta de dinero, años y experiencia, en la espera de que algo nuevo pase, si pasa.
Como es lógico, todo esto que digo es una mera opinión: los del otro bando pensarán de otro modo, y su número es creciente. No hay más que ver esos estadios donde se unen los aficionados veteranos con miles de recién llegados para los que la música probablemente sea un divertimento momentáneo -o un sonido de ambiente para amenizar el paso de las horas muertas- más la posibilidad de fiestas y desfases cuando hay actuación. O no. La verdad es que no tengo muy claro qué papel ocupa la música “moderna” en la vida de muchos supuestos aficionados (y menos todavía si nos fijamos en el tipo de soportes o de calidades que son masivos ahora). Pero da igual, cada uno se divierte como quiere.
Bien, pues vamos allá. A pesar de sus sombras, entramos en uno de los años más brillantes de la historia.

