Los Who son a estas alturas de los años 70 el grupo más en forma de los tres grandes patriarcas que siguen en activo (junto a los Stones y los Kinks); y por eso decidí comenzar por ellos, por darle un poco de brillo a un año que para muchas bandas va a resultar agónico. En el caso de los Stones por ejemplo, su obra este año es discreta por no decir mediocre. Se hallan en una situación peligrosa: pueden presumir de una magnífica carrera, y los ocasionales altibajos que han sufrido -especialmente en su corta época psicodélica- quedaron perdonados tras la fantástica sucesión de cuatro discos geniales, “Beggars banquet”, “Let it bleed”, “Sticky fingers” y el doble del exilio, que para muchos parece ser la biblia británica del espíritu Mississippi. Pero precisamente por eso, porque es muy difícil superar o al menos igualar esa racha culminada por ese último disco, tanto ellos como sus seguidores están intranquilos: ¿y ahora qué?
La otra pata de su negocio es la imagen, que se está resintiendo: últimamente pasan más tiempo de giras, vacaciones o actos de sociedad por zonas exóticas del planeta que en Occidente. Lo cual tal vez sea benéfico para refrescarse el ánimo ante tantas presiones como soportan, pero dan la impresión de no haberse enterado de que su rango de grandes estrellas de la provocación queda sobrepasado tanto por el glam isleño como por el yanqui, más rockero pero igual de atrevido: a estas alturas Lou Reed, Iggy Pop o Alice Cooper son mucho más interesantes, y no digamos David Bowie o incluso T. Rex en la Isla. En consecuencia el logo de los morros, patentado en 1971, ya parece un poco rancio; o más bien nos indica que los Stones está mudando de banda rockera irreverente a holding empresarial. Algo que por otra parte resulta casi lógico: ante la gran cantidad de dinero que generan y tras haberse llevado la bofetada de su vida a manos de Allen Klein cuando abandonaron Decca para abrir su propio sello, Jagger y sus socios se han vuelto muy cautos. Ni un solo paso en falso a partir de ahora, esa es la consigna. A finales del año pasado comenzaron a organizar el material para su nuevo disco: se graba en Jamaica, supongo que por alejarse un poco del mundanal ruido, entre otras cosas. La situación personal de Jagger y Richards es muy distinta, pero ninguna de ellas conveniente para la buena marcha de una banda: mientras a Jagger se le ve cada vez más cómodo en su papel de famosete, Richards tiene serios problemas con las substancias ilegales y sus consecuencias legales (por el momento no podrá poner los pies en su castillo francés ni en otros lugares europeos).
Por fin, casi un año después, vemos el resultado; se titula “Goats head soup”, del cual se extrae “Angie”, una de las baladas más rentables en la historia del grupo y que llega a las tiendas una semana antes. El éxito del single es inmediato aunque la impresión general es que oscurece un poco al Lp, hasta el extremo de que los propios fans quedan ligeramente desilusionados por la imagen "blandengue" que da el grupo al haber elegido esa canción como introductora del disco grande (la sombra del “Exile…” es muy alargada, y la vocecilla lánguida que pone Jagger en las baladas gusta más a las chicas que a los sólidos y machotes rockeros). Curiosamente, ese disco grande tal vez haya tenido mejor recepción entre los que no les tenemos tanto amor, entre los que ya no esperamos mucho de ellos: hay piezas como “Dancing with Mr. D”, “Heartbreaker” o “Silver train” que cumplen con el estereotipo Stone, sin aspavientos (muy simpática “Star star”: ¿un homenaje a Berry?); y “Winter”, una balada creo que poco valorada, es una composición perfectamente yanqui, muy al gusto de la clientela de aquel país, como lo ha sido prácticamente toda su carrera. El resultado, también como siempre, es un número uno en casi todo el planeta. Y el resto de las consideraciones ya da igual.
Por fin, casi un año después, vemos el resultado; se titula “Goats head soup”, del cual se extrae “Angie”, una de las baladas más rentables en la historia del grupo y que llega a las tiendas una semana antes. El éxito del single es inmediato aunque la impresión general es que oscurece un poco al Lp, hasta el extremo de que los propios fans quedan ligeramente desilusionados por la imagen "blandengue" que da el grupo al haber elegido esa canción como introductora del disco grande (la sombra del “Exile…” es muy alargada, y la vocecilla lánguida que pone Jagger en las baladas gusta más a las chicas que a los sólidos y machotes rockeros). Curiosamente, ese disco grande tal vez haya tenido mejor recepción entre los que no les tenemos tanto amor, entre los que ya no esperamos mucho de ellos: hay piezas como “Dancing with Mr. D”, “Heartbreaker” o “Silver train” que cumplen con el estereotipo Stone, sin aspavientos (muy simpática “Star star”: ¿un homenaje a Berry?); y “Winter”, una balada creo que poco valorada, es una composición perfectamente yanqui, muy al gusto de la clientela de aquel país, como lo ha sido prácticamente toda su carrera. El resultado, también como siempre, es un número uno en casi todo el planeta. Y el resto de las consideraciones ya da igual.
Hay, eso sí, algunos ácidos y lúcidos comentarios de Keith Richards -ya saben, la supuesta conciencia del grupo, el policía malo de la pareja- que al parecer ha escuchado el rumor de la plebe y deduce que “el éxito de “Angie” ha eclipsado al disco que nuestro público esperaba. Todo ha sido un mal cálculo”. Pues bueno, pero la caja no se resiente; y a estas alturas supongo que esa debe de ser la mayor preocupación. Jimmy Miller, su productor de siempre, el mago que ha ido organizando la obra de los Stones hasta entonces, se marcha: la excesiva proximidad al grupo y sus excesos afecta gravemente a su salud. A partir de entonces, serán Jagger y Richards quienes produzcan directamente. Tal vez por esa y otras cuantas razones, Mick Taylor se marchará también tras la grabación de su próximo disco, “It’s only rock’n’roll”, y no importará mucho: tras intentar el fichaje de algún grande como Beck, Gallagher o Mandel finalmente recurren a Ron Wood, que parece haber estado preparándose para ese momento en los Faces (a fin de cuentas, una copia muy eficaz de los Stones: los intereses de Rod Stewart eran otros).
En fin, que los Stones seguirán adelante otros veinte años, o treinta, o cien: tal vez acaben creando una franquicia en la que tengan cabida sus nietos. Pero algunos ya estamos cansados, y posiblemente no hayamos sentido la decepción que muchos fans sintieron ante este disco porque en realidad ya nos daba igual; tal vez ya estábamos cansados de antes, tal vez nuestro último disco fue “Sticky fingers”, tal vez el “Exile” ya nos pareció demasiado extenso, tal vez… Qué más da: siempre serán una fábrica de hacer dinero, ya que por cada aficionado que los abandone llegarán unos cuantos nuevos que seguirán aupando sus discos al número uno y llenarán los estadios para verlos. El asunto de las grandes bandas a partir de ahora parece ser una cuestión de militancia más que otra cosa, una militancia que incluso puede transmitirse de padres a hijos. Así que lo de la franquicia no sería mala idea, seguro que funciona.

