lunes, 13 de junio de 2022

1982... (VIII)

En efecto: con ustedes U2, el grupo más popular de todos los surgidos en la época post punk, con el "exotismo" añadido de su procedencia irlandesa. En su primera visita a este local ya se advirtió de la naturaleza conflictiva que tiene este tipo de bandas de corte mesiánico, como le pasa a Simple Minds y algunos más, ya que esa muletilla de "los amas o los odias" parece creada para ellos. Y sin embargo, si nos olvidamos de las actitudes megalómanas de Bono y nos centramos exclusivamente en el producto musical, hay que reconocer que al menos en sus primeros años elaboraron un repertorio bastante defendible. Los grupos de categoría estelar en cuanto a popularidad y ventas pueden acabar resultando detestables, y con frecuencia mantienen su estatus gracias a la inercia, pero si han llegado ahí es por algo (los Stones son el mejor ejemplo). También hay que reconocer que tuvieron suerte en sus inicios al caer en manos del productor ideal para ellos, ya que Steve Lillywhite potenció esa tendencia épica -que cuadra perfectamente con su método de trabajo- y los llevó a lo más alto con solo tres discos. Pero su otra gran baza es su directo, soberbio, muy profesional, con una alta calidad técnica y que por sí mismo sería suficiente para mantenerlos en el circuito sin agobio, como los Stones. Igual duran tanto como ellos...

En 1983, cuando llega el tercer y último trabajo con Lillywhite, todavía no está completamente despejado su futuro porque "October", el anterior, dejó una sensación agridulce en el ambiente: aunque las ventas habían sido considerablemente mejores que las del primero, la temática religiosa de una buena parte de las letras y el nivel medio irregular a pesar de éxitos incontestables como "Gloria" se sumaron a la creciente irritación de parte de la prensa y algunos aficionados sobre el hecho de que Bono resultaba un poco cargante con esas ínfulas mesiánicas que ya comenzaba a mostrar. En cualquier caso, aquí el grupo se empleó a fondo y en enero lanzan un primer single de tanteo que resulta ser un top 10 en media Europa: "New year's day", que aún hoy es de sus canciones más recordadas (y con vídeo de paisajes nevados, como los Bunnymen. Estaba de moda la desolación blanca entre los grupos heroicos). Poco después llega el Lp, con el título de "War" y una portada en la que vemos al mismo muchacho que había protagonizado la primera, un poco mayor y con gesto entre preocupado e irascible para hacer juego con el título y la temática de gran parte de las canciones del disco, en vena político social. Ya el arranque con "Sunday Bloody Sunday" indica claramente las intenciones del grupo: se trata de un recordatorio sobre el tristemente famoso Domingo Sangriento a finales de Enero del 72 en Derry. Da la impresión de que Lillywhite pretende pasar desapercibido, puesto que este es un disco en el que ya casi se habla más de las letras que de la música o los arreglos, bastante sobrios para tratarse de alguien como él. Sí, hay detallitos que luego resaltará la prensa, como la presencia de un violinista irlandés en la canción del Domingo Sangriento, o la utilización de un metrónomo electrónico por parte de Mullen, cosas así. Pero en conjunto, el sonido es denso, compacto, sin excesos de "luminotecnia". Maduro, en una palabra. Por cierto, que antes de que termine ese año se publica un directo titulado "Under a red blood sky" que, como era de esperar, demuestra la categoría del grupo. Lo extraño es que parece que lo hayan hecho de mala gana, casi de tapadillo, con la duración muy justita y una funda convencional. Como dije antes su directo es precisamente una de sus mejores bazas, y es cierto que tienen algunos documentales con actuaciones,  pero que yo sepa no han vuelto a publicar un disco de este tipo nunca. 



Tras un éxito de ventas y de actuaciones apabullante, parece que el grupo se asustó un poco. Según ellos, no estaba entre sus planes convertirse en un monstruo de los megaescenarios como los Stones o los Floyd, por ejemplo, y trataron de "perfilar un poco a su audencia" buscando un productor más arriesgado: si las letras y la idiosincrasia del grupo iban a estar siempre en cuestión, resultaba necesario equilibrar esa tendencia haciendo que lo teóricamente más importante, es decir, la música, mantuviese el protagonismo principal. Y aquí surge el nombre de Brian Eno, sugerido inicialmente por Edge e inmediatamente aceptado por Bono: Eno podía darles un prestigio "vanguardista" que les hacía mucha falta (aunque precisamente eso del vanguardismo no gustó a nada a Island, su sello, que sabía de sobra a qué extremos podía llegar). Y así se presenta en el otoño de 1984 "The unforgettable fire" -referencia a la bomba de Hiroshima-, grabado en el castillo irlandés de Slane y con esa portada en la que figura el de Moydrum. Y el caso es que acertaron, porque a pesar de tanto castillo Eno les da una textura mucho más cálida, al mismo tiempo que crea unos panoramas de sonido muy ricos: ese equilibrio entre sentimiento, proyección y ambiente que hay en canciones como la que da título al disco está muy bien conseguido. Y por supuesto hay siempre el gancho necesario para que las ventas no flaqueen porque junto a Eno está Daniel Lanois, mucho más "terrenal" y que aprovecha bien el material más compacto. Un ejemplo es "Pride", que directamente arrasó en medio mundo (incluyendo Estados Unidos, gracias en parte a esa letra relacionada con Martin Luther King). Por otra parte sigue creciendo el número de canciones lentas, sentidas, en tono de marcha, ideales para levantar el mechero en directo: "Bad", otra clásica. Así que el salto ya se ha dado, y con todo éxito. Tenía razón Bono: el mundo ya estaba preparado para ver a los sucesores de los Who o Led Zeppelin, aunque con más dimensión que ese tipo de grupos (según él). Y muchos de nosotros, los cínicos resabiados, resentidos, que ya por entonces no lo tragábamos, tuvimos que reconocer que lo mejor era olvidar sus letras, sus vídeos, sus declaraciones, su existencia en general: si nos limitábamos a escuchar los discos, U2 era un grupo muy defendible.



A un nuevo éxito planetario del disco se unen algunas actuaciones históricas como el evento de Live Aid, donde definitivamente se consagran como la banda número uno del rock actual. Ya hay que ir pensando en el nuevo disco y, sobre todo, en cómo "enfrentarse a él": son los nuevos Beatles, y los Who, y Led Zeppelin, y lo que haga falta, así que deben tener cuidado. Siguen trabajando con la pareja Eno/Lanois, aunque esta vez se hace constar que el apellido Lanois va antes que el apellido Eno. Eso significa que, manteniendo el gusto por los ambientes muy trabajados, con muchas texturas y sonidos, también se busca una mayor contundencia. Hacía más de dos años de la publicación de su disco anterior (este no se publica hasta la primavera del 87), lo cual demuestra que se han tomado su tiempo para edificar esta nueva obra, que básicamente es el resultado de las "exploraciones" del grupo -sobre todo Bono y The Edge- por la América tradicional o "mítica", como ellos dirían. Ese mito suele basarse más en la "iconografía natural" como forja de un espíritu (los espacios amplios y abiertos como el desierto, los grandes escenarios de la orografía del país) que en la América urbana, más convencional. Vamos, como John Ford pero en banda de rock. Al mismo tiempo se esfuerzan en el conocimiento de la música tradicional, tanto en su raíz irlandesa como negra, que da a luz a los grandes géneros estadounidenses, y con todo ese aprendizaje el grupo va grabando material durante más de un año hasta que por fin lo presentan bajo el título de "The Joshua tree". Como siempre, los ganchos funcionan a la perfección: un arranque con una pieza como "Where the streets have no name" es un éxito seguro. Pero es que detrás viene "I still haven't found what I' looking for", y luego "With or without you"... En fin, otro cañonazo sideral.


Y la leyenda sigue, y sigue: luego llega "Rattle and hum", con documental y todo. Después se dan un baño de modernura recurriendo de nuevo a Eno y Lanois en "Atchung baby", y vuelven a hacerlo con "Zooropa", y así sucesivamente. Para entonces se han agotado los adjetivos laudatorios, y sus Ilustrísimas ya alternan con los líderes políticos y religiosos de medio mundo, y Bono nos ilumina de vez en cuando con alguna de sus reflexiones sobrenaturales, y etc etc... Uf, qué cansancio.





lunes, 6 de junio de 2022

1982... (VII)

Su Excelencia Ian McCulloch vuelve a honrarnos con su visita, por supuesto al frente de Echo & The Bunnymen. Él y su grupo son otra de esas sociedades ya veteranas surgidas en el período post punk; en realidad no estaban inventando nada, pero supieron hacer una mezcla muy interesante entre la electricidad "existencialista" de Velvet Underground y el estilo post garaje de un Bowie en los primeros 70 (recuerden, Ziggy Stardust cambió la vida de este señor). Hay un componente psicodélico que, sin ser invasivo, sirve para mitigar esa querencia un tanto dramática que podría llegar a cansar. Por otra parte, y como reflejo de su fuerte personalidad, el señor McCulloch muestra un marcado dominio de las tablas que lo hermanan con la raza de frontmen cercanos a lo mesiánico, junto a Bono, Kerr y algunos más. McCulloch, como ellos, es un compositor bastante solvente y, aunque también en este caso las canciones figuran a nombre del grupo, se sabe quién es el "ideólogo". Tiene además una buena formación, que incluye su antigua militancia en los Tres Cruciales junto a Julian Cope y Pete Wylie: no llegaron a grabar siquiera porque pronto surgieron las disensiones, pero aprendieron mucho en poco tiempo.

Sus dos primeros discos fueron suficientes para establecerlos en la élite de la modernura isleña, manteniendo su aura underground y acercándose al mismo tiempo al éxito masivo. Era una imagen que les sentaba muy bien, y hasta cierto punto se mantiene en "Porcupine", publicado a principios de 1983. Aunque hay algunos cambios, especialmente en los arreglos, ya que buscando un equilibrio entre épica y exotismo aquí amplían el catálogo de recursos y revisten algunas canciones de ornamentos orientales, ayudados por el violinista indio L. Shankar. De ese modo nos sorprende el arranque que luce "The cutter", la que abre el disco y que nos transporta a ese mundo tan ensoñador bajo el punto de vista occidental. El aroma psicodélico es más denso en este disco que en los anteriores, no ya por las aportaciones del señor Shankar sino también, y sobre todo, por el trabajo general de grupo y productor creando ambientes complejos como en "Higher hell" por citar un ejemplo claro. El nexo de unión con su trayectoria hasta ese momento se mantiene en canciones más "tradicionales" como "Back of love" o la que da título al disco, y el cierre con la exquisita "In bluer skies" le da un toque de elegancia admirable. En resumen y aunque no hay unanimidad, para muchos aficionados este es su mejor disco. Por otra parte consiguen marcar bien su territorio dentro de esa "federación" de grupos tremendistas en la que habitan junto a los Minds y U2: salvo en piezas como "Heads will roll", que pueden llevar a confusión en el oyente poco avezado, McCulloch y sus colegas salen bastante airosos de las posibles comparaciones y representan el sector más arty de ese mundillo. También en consecuencia el menos invasivo, el más equilibrado a pesar de algunos detalles como esa portada, tan del gremio. En fin, un top 3 en la Isla es una buena marca, aunque tuvieron que pasar unos meses para llegar ahí porque al principio la gente no acababa de asimilar este giro psicodélico-oriental.



A medida que nos acercamos a la mitad de la década parece que todo el mundo tiene que subir la apuesta continuamente, y los Bunnymen también se apuntan a esta competición con su nuevo disco, que llega en la primavera del 84 bajo el título de "Ocean rain". El formato de grupo estándar ya les queda pequeño, así que contratan a unos cuantos músicos de orquesta sinfónica para darle más vuelos a esas nuevas canciones, que por otra parte se orientan claramente hacia el espíritu romántico (en el sentido literario de la palabra): esto significa más grandiosidad y más "sentimiento". También, como es lógico, deben potenciar su vertiente melódica y diluir un poco su esencia de banda de rock: la apertura con "Silver" o Crystal days" son claros ejemplos de fusión entre el sonido tradicional del grupo y esos nuevos aires sinfónicos. En otras se escoran más hacia el clasicismo que ya habían intentado algunos grupos como los Moody Blues casi veinte años antes, como en "Nocturnal me", "Ocean rain" o "The killing moon", que resultó ser la más popular; aunque no entre sus fans más veteranos, que por lo general no vieron con agrado este giro, sino más bien entre un nuevo sector de público, muy de aquel momento, al que lo grandioso le impresionaba mucho. Aquí entró una nueva leva de aficionados, muchos de ellos procedentes del sector de nuevos románticos, y esta oferta de un grupo con fama de underground les pareció un salto de categoría. Ah, y la portada, como siempre, en su línea. El caso es que, cinismos aparte (sí, lo reconozco: con este tipo de grupos puedo llegar a parecer un cínico redomado), estamos ante una obra muy pulcra, con algunas melodías realmente agradables de oír. Y tal vez si sus autores fuesen otros y no estos, sin prejuicios, a muchos como yo nos hubiera agradado bastante más; pero como somos así de retorcidos, este fue el principio del fin de la relación entre nosotros y los Bunnymen. De todos modos las listas de ventas no se resistieron y este disco fue a la larga el más popular de su carrera, mostrando un relevo generacional en la masa de fans que se produjo con mucha más rapidez que con otras bandas como la de Siouxsie o los Cure.


Y a partir de ahí, los Bunnymen se dedican a mantener su estatus y contentar a su nuevo sector mayoritario de consumidores, conscientes de que sus primeros fans son ahora una minoría cercana al exotismo. La percusión, las cuerdas, los arreglos en general se hacen más estándar, las melodías también, y en el segundo quinquenio ya son otro grupo de muchas ventas pero sin aquel carácter que los había elevado hasta las alturas en las que ahora habitan. Suenan bien en los pubs, mientras te tomas una copa y echas de menos los buenos tiempos, que se han ido no hace mucho. Y luego llegarán los 90, y McCulloch se va pero volverá, y así sucesivamente. Hace poco aún andaban por ahí.