domingo, 24 de febrero de 2013

Kevin

Este blog comenzó a funcionar en Septiembre de 2009 con el título de “Mis muertos preferidos”. La idea era escribir unas cuantas alabanzas sobre los personajes que más me habían marcado en mi juventud; o, como en el caso de Brian Epstein, por los que más respeto siento aún hoy. Hice trece hagiografías, que tienen ustedes a su disposición en el apartado correspondiente, y luego lo dejé. Tras unos meses de inactividad, cambié el título y decidí ponerme a contar los rollos que están ustedes soportando desde entonces: muchas gracias por su paciencia. Supongo que dejé lo otro porque los demás muertos que ha habido en este azaroso mundo musical no me afectaron del mismo modo, casi familiar, que esos trece: serán mejores o peores, pero el cariño y la calidad no tienen nada que ver. Y quedan algunos vivos de los que, si no me voy yo antes, tendré que hablar más tarde o más temprano, porque ya tienen una edad. Este es el caso de Kevin Ayers, otro de esos personajes innegociables en mi lista de cariños y que nos dejó hace unos días. Así que, con gran dolor por mi parte, he aquí una nueva hagiografía más de tres años después de la última.




Kevin Ayers (1944-2013)  

Kevin Ayers ha sido encontrado muerto en su casa, sita en el pueblecito medieval de Montolieu (suroeste de Francia). Vivía solo y fue descubierto por un vecino el martes, día 19. Aparentemente murió mientras dormía, en la noche del 18. Bernard MacMahon, representante de su sello discográfico, dice que ”Kevin no estaba enfermo, pero siempre llevó el estilo de vida rockero”. Aunque no tenga relación con su muerte, cerca de su cama, la botella de vodka y la cajetilla de Gauloises se ha encontrado una nota que dice: “No puedes brillar si no ardes”. 

Morir solo… bueno, en “Mystic river” ya decía Sean Penn que “morir, mueres siempre solo”. Y la verdad, mi amado Kevin, es que muchos héroes han muerto así: ahora que tienes tiempo, échale un vistazo a los que te preceden en mi lista y verás que es cierto. Ah, y bienvenido a mi panteón particular, aunque hubiera deseado no verte en él hasta mucho más tarde. Pero teniendo en cuenta la vida que has llevado, no creo que puedas quejarte: has vivido intensamente, y es posible que tú mismo estés sorprendido por la bondad de tu muerte. Debe de ser cierto eso que dicen sobre una vida de excesos: que te mata antes que a otros pero no suele llegar a torturarte. Esa notita que han encontrado sobre lo de brillar y arder recuerda mucho a tu amigo Syd Barrett, pero hay una diferencia radical entre él y tú: es cierto que sois las dos caras de una misma moneda; pero mientras él, más oscuro, buscaba permanentemente el brillo -y se quemó- tú, siempre luminoso, preferiste seguir a tu aire. Todos los que te conocieron han dicho lo mismo, que nunca buscaste ser una estrella. 

Los excesos y los cambios han sido las dos características más notables en ti. Nacer en el condado de Kent y luego echarse media infancia en Malasia debe de ser una experiencia curiosa; gracias a tu madre, que tras divorciarse del afable poeta y productor de la BBC Rowan Ayers (uno de los precursores de los programas musicales televisivos), se marcha con su nuevo amor, un empleado de la corona británica, a ese exótico país. Y luego, allá por el 65, vas a parar a Canterbury justo cuando un puñado de seres patafísicos acaba de crear aquella gloriosa locura llamada Las Flores de Wilde. Claro, ante ese panorama no me extraña que salieses un poquito hippie: decías que Daevid Allen fue el primero que viste en tu vida, pero tú debiste de ser el segundo. Y con él descubres la exuberancia de las islas Baleares, que en aquella época eran un paraíso sin colonizar: Mallorca, Ibiza, Formentera… aún recuerdo un dibujo tuyo en la Fonda de Pepe, donde también quedó huella de tus queridos Kerouac y Burroughs. A los peregrinos que fuimos allí mucho más tarde y veíamos aquellas paredes con tantos recuerdos (Hendrix, Dylan, los Floyd…) nos saltaban las lágrimas. 

Y a la vuelta, Daevid y tú montáis Soft Machine junto a Robert y Mike: si los otros compañeros de Canterbury habían homenajeado a don Oscar Wilde, vosotros decidisteis hacer lo propio con don Guillermo Burroughs (“La máquina blanda”. Ya. Tardamos un rato en darnos cuenta de qué máquina era esa, hasta que vimos el libro). Desde entonces, en este bar hemos estado hablando de ti con frecuencia, ya lo sabes. Y seguiremos haciéndolo, por lo menos hasta que tu época dorada vaya declinando. Aunque, en tu caso, siempre fuiste dorado: tanto en los años 80 como luego, tus discos han sido minoritarios y a veces irregulares; pero siempre te hemos tenido ley, Kevin. Tú no envejeciste de un modo vergonzoso, como les pasó a otros muchos. No, tú simplemente te fuiste retirando poco a poco del mundanal ruido: varios años en Deyá, otros cuantos en ese pueblecito francés, y de vez en cuando un nuevo disco tuyo nos hacía recordar que seguías ahí. Aunque no fuesen necesarios: solo con los que hiciste en tu época clásica y que no han pasado de moda por eso mismo, porque eres un clásico, ya nos bastaría. 

Dije una vez aquí que lo tuyo venía siendo una especie de Alicia en el País de las Maravillas, y lo mantengo: tú creaste tu propio reino de elfos y ardillas, y muchos jovenzuelos de por entonces nos quedábamos extasiados ante cada conejo que salía de la chistera, con esa delicadeza no exenta de malévola ironía, esa pose tuya de dandy decadente, de bohemio, porque decir hippy ya no era ajustado a lo que tú fuiste. Con razón te llamaban “El príncipe blanco”. Que por cierto, si nos metemos en esas categorías, Bowie no pasó de duque. Y Bryan Ferry, con esa pinta de chulo para señoras de la tercera edad, no te llegaba ni a la suela de tus zapatos: un quiero y no puedo, a tu lado. Porque con el señorío se nace, y así naciste tú. Y así te has ido: solo, recluido en tu pueblecito medieval, esperando a la Parca dignamente con tu botella y tus cigarrillos. No podría imaginarme un lugar mejor para alguien como tú. 

Suerte, Kevin. Y como ya supongo que andarás con la troupe de Alicia y sus amigos, dales recuerdos de mi parte. A muchos nos hubiera gustado vivir en ese mundo, pero no pudo ser. 



martes, 19 de febrero de 2013

1970 (XVII)


Sea por alguna razón evolutiva que desconozco o por una extraña conjunción astral, 1970 es el año en el que más bandas folkies aparecen en el mercado. Dejando aparte a los Span la mayoría no duraron mucho a pesar de que su obra suele ser de calidad, pero hay algunos nombres que resistieron al paso del tiempo y tienen todavía una importante masa de adeptos. Las dos más notables, para mi gusto, son Lindisfarne y Amazing Blondel: los primeros son un compendio de influencias tanto isleñas como americanas, mientras que los otros han ido a buscar su inspiración a la música medieval y renacentista. 

Lindisfarne es el grupo más popular en los primeros años de la década junto a la Fairport. Pero si los pioneros son radicalmente británicos tanto en su época con Sandy como después, estos se alejan con frecuencia de las estructuras tradicionales para crear un repertorio totalmente propio en el que se mezcla el estilo isleño con el americano añadiendo excelentes melodías y ritmos que, en oposición al folk eléctrico, son tal vez la mejor representación isleña del folk rock. Sus tres primeros discos han vendido una cantidad enorme de copias, y lo mismo hicieron algunos singles; teniendo en cuenta que el formato single no suele reportarle grandes alegrías a este tipo de bandas, es evidente que estos señores sabían hacer piezas con un notable gancho comercial (aunque por desgracia en España sus discos llegaron tarde y a cuentagotas, lo cual hizo que pasaran casi desapercibidos entre los aficionados hasta mucho tiempo después). Su historia comienza a finales de 1968, cuando tras algunos cambios de nombre y miembros se “solidifica” con la entrada de Alan Hull, que será su principal compositor además de guitarrista y voz. Y se van haciendo conocidos a lo largo de 1969, año en el que sus actuaciones son seguidas por una masa creciente de seguidores entre los cuales se encuentra Tony Stratton-Smith: Charisma, el famoso sello al que tantas veces vemos en este local últimamente, acaba de comenzar su andadura. 

El bueno de Tony, que ya tiene el sector progresivo cubierto con sus protegidos Van Der Graaf Generator y Genesis, intenta hacerse un hueco también en el mercado del folk, y Lindisfarne serán su primer grupo. A finales del 70 aparece su primer LP, titulado “Nicely out of tune”, un disco encantador del cual, si ustedes no lo conocen, les recomiendo para empezar “Lady Eleonor”, una balada clásica total, y “Clear white light”, una pieza de folk rock realmente notable que fue su primer single (la balada fue el segundo). Sin embargo no alcanzará el éxito que merece hasta que se publique su segundo disco grande: “Fog on the Tyne”, que llegó directamente al número uno de las listas a principios de 1972 y que tiró de su obra anterior hasta llevarla, tanto en LP como en single, al top 5. Y por supuesto ese segundo LP es otra joya en la que vienen incluidas “Meet me on the corner”, quizá su canción-himno más conocida, o piezas más clásicas como la que da título al disco. Sin embargo, poco después comenzaron las tensiones en el grupo, y su tercer LP se resiente un poco de ello: la consecuencia final es la primera separación de Lindisfarne, a mediados del 75. Y aunque su época de gloria termina ahí, hubo unas cuantas idas y vueltas que los mantuvo activos hasta principios de este siglo. En cuanto a ustedes, si oyen las piezas que he citado, seguro que se sorprenden descubriendo que algunas ya las conocían, y mucho: háganme caso, ya verán. 

Amazing Blondel es otro mundo, aunque sus orígenes no se distingan mucho de otras bandas folkies. Inicialmente se trata de un dúo formado por John Gladwin y Terence Wincott, que dominan todo tipo de instrumentos de cuerda y teclados, tanto tradicionales como modernos: imagínense un rango que cubre desde el arpicordio o el armonio hasta el melotrón, o desde la cítara o el laúd hasta la guitarra eléctrica; sin olvidar varios instrumentos de viento como flautas, oboes, ocarinas, etc. Vamos, lo que suele llamarse un par de multiinstrumentistas con todas las de la Ley. Esta pareja consigue grabar un primer disco en 1969 que, a pesar de unos arreglos excelentes recurriendo incluso a una pequeña orquesta, pasa sin pena ni gloria. Todo el material está compuesto por Gladwin, y en él ya vemos maravillas como “Saxon lady”, la que abre el disco y en la que el tono renacentista le da un aire encantador; pero otras como “Canaan” van a medio camino entre la balada folk rock y el sonido orquestal, y tal vez esa dispersión más la deficiente campaña publicitario del sello Bell (lo suyo era el pop, las orquestas familiares y luego el glam) hizo que en su época casi nadie se enterase de su existencia. Pero pronto llegan las buenas noticias, porque en 1970 Edward Baird, antiguo compañero de colegio y que también domina un montón de instrumentos, se les une. Y resulta que el ahora trío tiene seguidores incluso entre los rockeros: hay una banda llamada Free que está en su apogeo y cuyos miembros, fans de los Blondel, les consiguen un contrato en la bendita Island Records… amigo, la cosa cambia. 

A partir de ahora, sin apuros ni exigencias comerciales, se acabó el tono orquestal y el trío se concentra en recrear, aunque con material propio, los sonidos del Medievo y el Renacimiento con una delicadeza exquisita: en cierto modo su estilo será similar al de la Incredible String Band (otros orfebres) pero sin la carga psicodélica que a veces lastraba demasiado a este grupo en sus primeros discos. “Renacentistas” fue precisamente el adjetivo que la prensa comenzó a usar para referirse a los Blondel, ya que el término “folk” no es el más apropiado; y aunque los puristas -otra vez ellos- les achacaban el ser una especie de refrito con pretensiones medievales, algo parecido se puede decir de E,L & P con respecto a la música sinfónica y da igual: lo importante, además de la felicidad de sus seguidores, es que abrieron las puertas de esos estilos musicales a una nueva generación que de otro modo probablemente nunca habría llegado ahí (por otra parte, los propios Blondel se tomaban su trabajo con mucha más ironía y humildad que Emerson con el suyo). En cualquier caso, su nuevo disco aparece este año con una orientación más definida que el primero: la batería y los instrumentos eléctricos desaparecen para llevarnos directamente a transiciones entre el Renacimiento y el Barroco (“Poughman” o “Willowood”, cercanas al madrigal) o algunas piezas representativas del estilo isleño del siglo XVI. Pero aun así, no será hasta “Fantasia lindum”, su disco del 71 (publicado puntualmente en España, por cierto), que alcancen su verdadero carácter; y luego llegará “England”, su consagración. Luego pasarán al sello DJM, donde su sonido se electrifica y pierde un poco de su esencia, pero en conjunto su espléndida carrera ocupa casi la totalidad de la década. 

Y estas son las dos novedades más populares del momento. Aunque, por si algún folkie está leyendo esto, le recomiendo otros tres que pasaron casi desapercibidos en la época y ahora son objeto de disfrute entre la gente de buen gusto. En primer lugar y especialmente los Trees, el gran secreto mejor guardado del folk británico, que tuvieron la desgracia de ser fichados por la CBS (aunque incluyesen una canción suya en el famoso recopilatorio “Llena tu cabeza de rock”): solo publicaron dos discos, ambos en 1970, y son excelentes. Se trata de una banda de folk rock con un leve tinte psicodélico y con una voz femenina, la de Celia Humphries, que a mi parecer no tiene nada que envidiarle a las mismísimas Sandy Denny o Maddy Prior. Esos dos discos (“The garden of Jane Delawney” -la canción que le da título es la que aparece en el recopilatorio de la CBS- y “On the shore”) son inolvidables. Luego tenemos a String Driven Thing (cinco discos en total), que comenzaron haciendo folk rock de mucho nivel y, fichados en el 72 por Charisma, publicaron una obra realmente curiosa: “The machine that cried”. Una rareza magnífica, fusionando ese género con el progresivo. Y por último Longdancer, el primer fichaje de Rocket Records, el sello de Elton John: solamente dos discos, como los Trees, y desde luego sin llegar a su altura; pero con una buena mezcla entre folk y country que merecía más atención. En esa banda comenzó a hacerse conocido un jovencísimo Dave Stewart, que a finales de la década se hará mayor en los nuevaoleros Tourists junto a su por entonces esposa Annie Lennox; y luego de eso… bueno, ya saben ustedes lo que vino luego. 

Hala, ya está, se acabó el folk rock por este año. Y prácticamente todas las novedades posibles, salvo una -relativa- de la que hablaremos el próximo día. Espero que se vayan recuperando mientras tanto del tremendo rollo que me acabo de tirar; pero no se quejen, que solo es uno a la semana: los políticos son mucho más pesados que yo, y aún encima siempre dicen lo mismo. Así que…