lunes, 29 de febrero de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (II)



Como ya sabe la escasa pero fiel clientela de este bar, aquí somos unos obsesos de la cronología y en consecuencia de la antigüedad en el empleo de los músicos que nos visitan. Por tanto, los que abren esta nueva serie son los Pekenikes, el grupo más veterano del panorama nacional, el único de los grandes pioneros que sigue en activo y cuya supervivencia se debe a una curiosa contradicción: a mediados de la década pasada decidieron convertirse en un grupo instrumental, justo cuando ese estilo comenzaba a decaer. Los Relámpagos, el otro grupo que siguió en esa tradición -los más populares en la buena época de la música sin palabras-, ya no existe: solo quedan ellos, aunque de vez en cuando nos sorprenden con alguna pieza cantada (la inolvidable “Cerca de las estrellas” es el mejor ejemplo). 

Los habíamos dejado a finales de la década pasada viviendo en apariencia uno de sus mejores momentos, tras una sucesión de singles que se establecen cómodamente en lo más alto de las listas y que culmina con “Alarma”, su tercer LP; pero la situación interna no era tan feliz, ya que además de las obligaciones militares, que se cebaron por entonces con el grupo, comenzaban a surgir algunas grietas entre ellos. Ya en 1969 se reúnen tres Pekenikes, los hermanos Sainz y el bajista Ignacio Martín, con otros tres miembros de los Pasos, que en ese momento están inactivos, y deciden crear un grupo que fusionará la música instrumental con las influencias españolas del sur, especialmente flamenco: ese grupo se llama Taranto’s. Como es lógico Hispavox no va a permitir una grabación con músicos de Pekenikes bajo otro nombre, así que grabarán en Guitarra, un sello creado por los hermanos Sainz (Alfonso figura oficialmente como productor). La cosa no duró mucho: un LP y tres singles -la mayoría de las canciones ya están en el LP- son toda su obra, ya que los aficionados no le prestaron mucha atención; la opinión general es que estamos ante el estilo Pekenikes de siempre, ligeramente matizado en algunas piezas para dar el sabor sureño que buscaban. Sin embargo, algunos comentaristas creen ver en él los orígenes del luego llamado “rock andaluz”. No creo que sea para tanto, pero en fin: aquí lo tienen. Juzguen ustedes mismos. 

Esta aventura "alternativa", más las entradas y salidas de personal por culpa de la mili, acaban causando un cisma que ya casi se veía venir: tras la desaparición de Taranto’s en 1970, hay oficialmente dos agrupaciones llamadas “Pekenikes”, aunque solo una de ellas está grabando nuevo material en ese momento. Se trata de los hermanos Sainz, Tony Luz y Pedro García junto a tres músicos colombianos y posiblemente otros dos o tres españoles (el número total de participantes no está claro). Hispavox decide apoyar a este sector, y en 1971 presentan un Lp titulado con las iniciales de “Sus Seguros Servidores Que Estrechan Su Mano”. En ese disco vemos las carencias de unos músicos que comienzan a sonar repetitivos pero que tratan de disimularlo bajo la coartada de unos sonidos y arreglos en los que se nota la influencia de los participantes colombianos, que le dan un nuevo aire a estos Pekenikes. Como adelanto, ya en 1970 presentan un single cuya cara A es “Tren transoceánico a Bucaramanga”; consiguió una buena cifra de ventas, aunque en realidad solo era una versión actualizada de su antigua “Viento inca”. Otra pieza interesante de ese nuevo Lp es “Tabasco”, que se convirtió en una sintonía recurrente y está escrita por Yamel Uribe y Juan Jiménez, dos de los recién llegados. Esta facción desaparece poco después: los hermanos Sainz se retiran del negocio, Tony Luz pasa a trabajar con Karina (luego creará algunos grupos rockeros) y el resto del personal se desperdiga. 


Mientras tanto, los otros Pekenikes “resucitan”, abandonan Hispavox y consiguen un éxito bastante respetable en 1972: Movieplay los ficha y publica su primer Lp de la nueva época, otra vez sin título, aunque los fans lo llamarán “el disco del coche” gracias a la fastuosa portada doble en la que vemos el frontal de un auto de época. Se nota que tratan de sacudirse la caspa con nuevas influencias, sonidos electrónicos, tonos cercanos al jazz o a ritmos sudamericanos, y el resultado es bastante aceptable (con alguna salvedad: la versión de la funesta “Pop corn” podían habérsela ahorrado; aunque claro, fue el mayor éxito en single). Pero a pesar de esta luminaria, es evidente que el tiempo de los grupos instrumentales ha pasado, y los Pekenikes comienzan a resultar cada vez más reiterativos: en 1973 publican “Saltamontes”, que trata de mantener la estela del anterior sin grandes novedades; peor aún resulta “Cachimba”, su último disco en Movieplay, ya en 1977, cuando su mera presencia es un anacronismo a pesar de que se escuchan algunos riffs de guitarra eléctrica con arreglos de viento y ritmo que pueden recordar a unos Chicago, por ejemplo (otro estilo ya rancio en esa época). Y desde entonces, tanto sus actuaciones como sus discos son esporádicos y sin interés salvo para los fanáticos. Así pues, tal vez sea conveniente despedirse de ellos con una pieza del disco del coche y otra de “Saltamontes”: son los últimos con un cierto interés. 



Aquí termina, a grandes rasgos, la historia del último grupo español clásico, el único además que fue testigo de toda la evolución musical del país desde sus orígenes hasta los años 80 (con intermitencias, algunos de sus miembros siguieron hasta casi el 2000). Da un poco de pena despedir a un venerable dinosaurio de semejante calibre, pero la Madre Naturaleza no perdona: estamos ya en otro tiempo. Y para que la melancolía se haga un poco más llevadera, aquí les dejo un paquetillo con una selección que he hecho de su repertorio; siempre sobrarán y faltarán algunas, pero creo que en esencia están la mayoría de las que deben estar.


lunes, 22 de febrero de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (I)



La Historia es una señora muy respetable, pero debería ser tratada con distancia. Porque siempre nos vamos a encontrar con épocas o personajes que se resaltan o se menosprecian en función de la tendencia de quien la escribe, o de la moda imperante. La música española no podía ser una excepción: entre los aficionados jóvenes -y no tanto- no hay mención ni memoria de los Estudiantes, el primer grupo español, o de los Relámpagos, líderes en el primer quinquenio de los años 60; si hablamos de esa década, la historia parece comenzar con los Brincos. Para otros muchos resulta que la importancia está en función directa de la proximidad temporal: todo lo que vaya más atrás de los últimos veinte años, sobra (salvo para las tribus frikis, rockeras, mod o de cualquier tipo, que viven en otro plano temporal). Pero también entre los que ya somos “un poco” mayores hay manías: cada uno tiene su visión fantástica del pasado, y a veces confundimos nuestra ilusión con la realidad. Somos de memoria distraída.

Una de las épocas más oscuras y al mismo tiempo más idealizadas de la música española es la correspondiente a los primeros años en la década de los 70. Ahí se nos llena la boca a los puretas recitando nombres de minúsculos grupos underground y progresivos -casi todos cantando en inglés- que llegaron a grabar algunos singles, algún que otro LP y pare usted de contar. El aficionado medio probablemente no conocía a casi ninguno de ellos y sus ventas fueron mínimas, pero su leyenda hace que ahora esos vinilos originales cuesten un pastón en el mercado del coleccionismo: triste consuelo para los músicos que los grabaron. Supongo que aquel furor que sentíamos por esas bandas se debía al patriotismo más que otra cosa, olvidando que en realidad lo que estábamos aplaudiendo era a unos músicos que salvo muy honrosas excepciones trataban de no parecer españoles. Otra cosa eran los cantautores, los que utilizaban la música como vehículo para difundir unas letras innovadoras, ocurrentes, a veces casi revolucionarias, en muchos casos empuñando una simple guitarra acústica: este fue uno de los períodos más brillantes para ellos, teniendo en cuenta la convulsión social y política que se estaba viviendo. Pero salvo excepciones tampoco tuvieron grandes ventas, porque el grueso de la afición iba por otros caminos. 

A finales de los años 60, tras aquella época brillante del pop y el spanish soul, los músicos nacionales quedaron descolocados ante las novedades extranjeras: el breve reinado de la psicodelia dio paso al apogeo del rock, que pronto se adueñó del mercado. Las dos corrientes principales fueron el blues/hard y el progresivo, y ninguna de ellas cuadraba bien con el espíritu español. Por otra parte la venta de música foránea se había disparado, ya no eran solo Beatles y Stones: un número creciente de grupos isleños o yanquis estaba vendiendo cada vez más que los españoles. La crisis era evidente, y los sellos discográficos la intuyeron muy pronto; casi nunca suelen enterarse de nada, pero se ve que esta vez estaban bien asesorados. En uno o dos años habían conseguido sacar a las mejores voces de los grupos para adjudicarles una carrera en solitario: Pedro Ruy-Blas, Micky, Juan Pardo, Camilo Sesto, Julián Granados… la lista es enorme. Y junto a esa predilección por el cantante solista (una vuelta a los criterios de los años 50), nace el concepto de grupo chicle para usar y tirar: el pop casi infantil de Diablos, Fórmula V, Los Puntos y similares tendrá mucho éxito. 

De este modo tenemos dos mercados claramente definidos: el consumidor masivo, para el que la música es un divertimento accesorio y que suele comprar lo que le dictan los 40 Principales (los precursores de la radiofórmula en España, muy potentes ya a principios de esta nueva década), y los aficionados a fondo -una minoría-, que dan por muerta a la música española y cuyo interés está en la Isla y los States: lo demás no cuenta. Entre esos dos bandos surgen algunos músicos que, con una voluntad digna de mejor causa, se limitan a hacer puro seguidismo; porque, nos guste o no reconocerlo, los nuevos grupos tratan de competir en el terreno del rock con las armas de los extranjeros: muchos cantan en inglés -idioma que no dominan, que coarta su expresión- y utilizando las mismas estructuras musicales que ellos. Por lo tanto caerán pronto, ya que no tienen un espíritu propio, un carácter reconocible: son simples copias, y para eso siempre es mejor el original. Solo alcanzan popularidad (relativa, en todo caso) aquellos que intentan fusionar el rock con elementos del país: Smash es un buen ejemplo, como lo es Pau Riba, un verdadero francotirador. Los demás serán pasto de futuros coleccionistas o grupos minoritarios de aficionados. Así que, salvo esas excepciones y las de los cantautores, la cosa se pone muy fea. 

La gran grieta entre aficionados y público en general se hace evidente en los medios de comunicación: la prensa musical mejora un poco (Disco Expres) pero es minoritaria; al igual que la radio o la televisión, los contenidos de calidad son muy escasos y aparecen semiocultos (“Musicolandia” en Radio Centro, a cargo de Vicente -luego Mariscal- Romero, o el programa de la televisión alemana “Beat Club” programado aquí en la segunda cadena a horas extrañas). En cambio, los festivales de la canción se retransmiten a todo el país y las revistas de fans florecen gracias a la potencia de Raphael y similares. En las tiendas suele ser necesario que encargues a tu tendero tal o cual disco, ya que él no los conoce y posiblemente el distribuidor tampoco. El distribuidor, el que trae la maleta, por lo general no tiene muy claro quiénes son la mitad de las figuras que están en su catálogo, así que algunos tuvimos que aprendernos los días y horas en que el viajante de cada sello visitaba la tienda para estar presentes y fisgonear en esos catálogos. Las sorpresas eran tremebundas: ¿Cómo? ¿El disco de It’s a Beautiful Day está publicado en España? ¡Ahora me entero! Tiempos heroicos, puede; pero no me negarán que la perspectiva era bastante triste. 

Esta situación comenzará a cambiar a partir de 1973/74, más por el florecimiento de nuevas ofertas que por un gran aumento de la demanda, algo que nunca ocurrió. Pero en todo caso, esa ya es otra época y será contada en otra ocasión: ahora toca volver a ese desierto que suele cubrir la historia de la música española con cierta periodicidad y que en esta época se hace particularmente árido. Verifiquen sus reservas de agua, por si acaso.