A partir de mediados de la década la oferta discográfica resulta ya exuberante. Eso hace que algunas propuestas valiosas no reciban la atención que merecen, ya que el público medio no tiene dinero ni tiempo suficiente para atender a la enorme cantidad de discos grandes y pequeños que se publican cada mes. Además un buen porcentaje de ese público es acomodaticio, porque prefiere recurrir a los nombres consagrados: la aventura queda para unos pocos valientes, o los seguidores de los ya emergentes “grupos de culto”, que dan un aura de distinción a quienes los siguen. Por otra parte, y salvo la veloz evolución de los Beatles, ese mismo público no ve con tanta alegría que los demás intenten hacer lo mismo; incluso ellos perdieron una parte de sus fans de los primeros tiempos cuando abandonaron el beat, aunque por supuesto el número de los que iban llegando superó con creces esa pérdida. Y por último hay algunos que están siempre en cuestión por unas razones u otras: eso pasó con los Yardbirds y está pasando con los Pretty Things, otro de nuestros grupos más queridos. Comenzaron a la sombra de los Stones, siendo más vigorosos y auténticos que ellos; el paso del tiempo sigue sin hacerles justicia, aparte de algunas decisiones erróneas de sus managers, y llegan a 1967 en una situación bastante inestable. En estos momentos son otra de esas bandas a las que su sello intenta reconvertir en pop mainstream, pero ellos se resisten.
Otro de sus problemas es que, por la continua inestabilidad en la que viven, los movimientos de personal son frecuentes: tras Brian Pendleton a finales de 1966, en enero del 67 se marcha el bajista John Stax. Wally Waller será su sustituto, y con él llega también Jon Povey; ambos proceden de los Fenmen, un pequeño grupo de r&b, con la peculiaridad de que Povey abandona la batería para militar como teclista. Con lo cual los Things, ahora quinteto, amplían sus recursos de sonido; hay que tener en cuenta que en esa época ya estaban fuertemente influenciados por el ambiente psicodélico reinante, y poco les quedaba de sus orígenes r&b. A mediados de abril se publica “Emotions”, una pura obligación contractual que el grupo debía cumplir para abandonar el sello Fontana. Para su desgracia el productor sigue siendo Steve Rowland, que ya en las grabaciones anteriores había demostrado su querencia mainstream y que reviste las piezas con arreglos orquestales. Así las cosas, no es extraño que decidieran rematar el disco cuanto antes: “Emotions” será durante mucho tiempo una grabación maldita de la que prácticamente ninguna pieza fue llevada al directo por entonces. Y sin embargo no es un mal disco, a pesar de la desgana que se les nota a veces y por supuesto de los innecesarios arreglos que se escuchan con frecuencia. La apertura con “Death of a socialite” es uno de los mejores momentos, con ese atrayente ritmo de cuerdas y a pesar de los instrumentos de viento, que deberían ser sustituidos por cuerdas o teclados. Otras como “There will never be another day” muestran una clara evolución pero mantienen en parte el espíritu de los Things, envueltos de nuevo por esos vientos que casi recuerdan a la Stax… ¿pretendía Rowland convertirlos en una banda de soul blanco al uso? Porque pasa lo mismo con la brillante “Photographer”, que no los necesita en absoluto... De todos modos, como casi todo el material está revestido por esa producción absurda (y aunque sigo diciendo que es un buen disco), recomendaría ir directamente a las ediciones de estos últimos años en CD, porque entre el material adicional están algunas de estas piezas en crudo.
Como era de esperar, el disco pasó sin pena ni gloria y el grupo abandona Fontana, que prácticamente no lo promocionó. Pero había un peso pesado que ya los seguía desde tiempo antes: el señor Norman Smith, legendario ingeniero de sonido de EMI que había trabajado en todos los discos de Beatles y que ya está produciendo el primero de Pink Floyd. Smith los ficha y el sello los asigna a la subsidiaria Columbia, que publica su primer single en noviembre: “Defecting grey / Mr. Evasion”. Los Things confirman aquí su plena identificación con el ambiente psicodélico reinante, y la producción de Smith les hace justicia; de hecho la cara A recuerda la los primeros Floyd sin duda alguna. En cualquier caso, al margen de que posiblemente Smith esté influenciado por la banda de Barrett, está claro que en este momento los Things tienen un estilo parecido pero sin nada que envidiar, con el mismo tinte alucinado pero también el mismo vigor en el sonido. Y más vigor aún tiene la cara B, otra espléndida pieza psicodélica aunque con esa estructura entre rock y pop que podría enmarcarse en ese fantasmagórico “no estilo” que tantos adoramos: sí, el bendito freakbeat, que San Phil Smee bendiga. Por desgracia y una vez más, el público en general pareció no enterarse.
La sucesión de fracasos comerciales en la que está sumido el grupo les lleva a aceptar algunas ofertas cuando menos curiosas. Una de ellas, la más prolongada porque durará varios años aunque con intermitencias, es la composición de piezas para bandas sonoras de películas generalmente de bajo presupuesto, de terror o porno blando: ese material pertenece al sello especializado De Wolfe, y los Things no aparecen como tales por razones contractuales y porque tampoco les interesaba que ese asunto fuese de dominio público. Toda la discografía que se publique al margen de su carrera convencional figura a nombre de The Electric Banana, y su primer disco-recopilación se publica en 1967 en formato de diez pulgadas. Como suele suceder en este tipo de trabajos, el grupo lleva acompañamiento orquestal de vez en cuando y hay un número similar de piezas cantadas e instrumentales. Varias son claramente descartes de las sesiones de “Emotions”, y otras son versiones alternativas; la mayoría son mediocres, pero tratándose de un grupo como este siempre hay algunas que valen la pena:
Antes de que termine noviembre los Things vuelven al estudio para comenzar la grabación del que será probablemente su disco más recordado hoy en día, aunque nos temamos que en lo comercial su suerte no va a cambiar. Y como eso ya será el año que viene, hasta entonces esperamos que sigan defendiéndose como gato panza arriba: está en su naturaleza.


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