jueves, 12 de marzo de 2026

1967 (XIV)

Ya vimos el año pasado que el músico otrora conocido como David Jones había decidido mudar de apellido, que a partir de entonces será “Bowie”. También su carrera cambia de perspectiva, ya que abandonó la posición de miembro de un grupo para comenzar una carrera en solitario; una carrera que en sus primeros años será dura, con escaso reconocimiento, porque el éxito a gran escala no le llegará hasta principio de la próxima década. Sin embargo es constante, y no está dispuesto a abandonar la farándula de modo alguno: su imagen y su vocación actoral le ayudarán a mantenerse en un mundillo que de un modo u otro ya reconoce su carisma. Aunque en lo estrictamente musical todavía está buscando un perfil propio, porque hasta ahora va a rebufo de los estilos convencionales, especialmente pop y r&b. Sin embargo Decca/Deram, su sello, sigue manteniendo la confianza y le ha asignado como productor a Mike Vernon, una de las nacientes estrellas del gremio. Por otra parte este año aumentará la apuesta, ya que pronto veremos su primer disco grande. 

Pero de momento lo que se nos presenta es un single un tanto sorprendente. Entre las muchas influencias que marcarán su carrera, una de las primeras y más importantes fue Anthony Newley. Se trata de un artista “multimedia” (justo lo que Bowie pretende ser) muy considerado en la Isla; en lo musical destacaba como compositor y cantante, pero también era actor y director, tanto en cine como en teatro, además que de que su voz era muy conocida entre el público británico porque también hizo teatro radiado a través de la BBC. Durante un tiempo se dedicó a hacer piezas novelty, es decir, canciones humorísticas o paródicas al estilo cabaret, de las que Bowie toma inspiración para componer “The laughing gnome”, una cancioncilla casi infantil, a modo de cuento, en la que nos habla de su encuentro con un gnomo. Quizá lo más infantil de todo sea ese truquito de meter voces aceleradas para escuchar el parlamento del supuesto gnomo, pero en conjunto estamos ante una rareza que no llegó a ninguna parte. Bowie, apesadumbrado, dijo luego lamentar haber grabado aquello; aunque yo creo que no era para tanto, porque al fin y al cabo tiene su gracia (y la reedición de 1973, aprovechando el “momento Ziggy Stardust”, vendió a miles). En la cara B tenemos “The gospel according to Tony Day”, más ajustada a las músicas del momento pero de arreglos bastante originales, en tiempo medio y mostrando ya una creciente personalidad tanto en el modo de cantar como de componer.



Un mes y medio más tarde, el 1 de junio, se publica el Lp, homónimo. Y de nuevo hay una sensación general de sorpresa, ya que aparte de la continuada influencia de Newley destaca el hecho de que el protagonismo de la instrumentación corre cargo de los instrumentos clásicos, especialmente de viento, mientras que la base rítmica de batería y bajo va muy en segundo plano. Al parecer esa es una decisión que tanto Bowie como Vernon toman bajo la influencia del recién publicado “Pet sounds” de los Beach Boys, que durante un tiempo será referencia para los músicos inclinados hacia el pop barroco. La mayor parte de las melodías, dejando aparte las que mantienen el espíritu del music hall como “Uncle Arthur”, “Join the gang” o “She got medals”, cuadran bastante bien con ese planteamiento, aunque a veces suenan un tanto desfasadas: el tono bucólico de “There is a happy land”, “When I live my dream” o “Silly boy blue” recuerdan antes a un crooner más o menos “alternativo”, pero de tres o cuatro años antes, que a un cantante del momento (esta última es un nuevo arreglo sobre una composición que ya viene de dos años antes). Lo cual no quita para que sean canciones bien trabajadas, con arreglos brillantes; pero considerando que estamos en una época totalmente revolucionaria para el pop británico como es el bienio 1966/67, el material en conjunto flojea un poco. Se incluye una revisión de “Rubber band”, que aquí cuadra perfectamente con las demás, y “Love you till Tuesday”, una pieza pop “desenfadada” que será su próximo single (y que tampoco va a llegar a las listas). El cierre con “Please Mr. Gravedigger”, un conjunto de sonidos que incluye truenos y lluvia, supuestamente en un cementerio, sobre el que escuchamos un canto de Bowie sin acompañamiento musical alguno, tampoco ayudó. El resultado fue el que casi todos esperaban: ni siquiera alcanzó el top 100. Aquí es cuando Decca se desilusiona y llega a la conclusión de que su apuesta fue equivocada; a partir de entonces y salvo la publicación del single pendiente, el sello ya no le admitirá nuevas canciones y terminará rescindiendo el contrato.


No escucharemos nuevas grabaciones de Bowie hasta que consiga interesar a otro sello; y eso será ya en 1969, por lo que el año que viene no vendrá a visitarnos. Pero seguirá muy activo, ya que decide estudiar arte dramático bajo la tutoría de Lindsay Kemp además de componer alguna pieza para otros cantantes y actuar esporádicamente con otros dos músicos en un grupillo llamado Feathers. Ese grupo, aunque anecdótico en la imponente biografía de nuestro amigo, es importante para él porque le permite mantenerse en forma: en lo musical no pasarán de interpretar piezas folkies, rock and roll y beat clásico, pero ahí ya comienza a mostrar sus condiciones para la representación escénica a base de mimo y baile. El nuevo Bowie se está gestando casi en secreto; y aunque el proceso durará dos o tres años, ya antes de que termine la década se van a ver cambios significativos. Así que esperaremos.


1 comentario:

  1. Un buen disco como dices, pero lejos de lo que llegará a ser David Bowie.

    Un abrazo, Rick.

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