Aquí estamos, metidos de nuevo en una fiesta sesentera, de las que se disfrutan a fondo. Esta década ha dado tanto material que, especialmente en el segundo quinquenio, resulta más difícil desechar canciones que seleccionarlas. Y esa es una triste disyuntiva, ya que muchas de las que se omiten tienen parecido encanto al de las que se incluyen. Pero esto es un simple tugurio donde solo procuramos mantener la memoria de los músicos y las músicas que consideramos más destacados de cada época; luego, quienes tengan curiosidades de mayor amplitud, seguro que sabrán buscar entre los amplios recursos que ofrece Internet hoy en día (y si no, ya saben: sus consultas son bienvenidas aquí). Así que, como siempre, recurrimos al formato 13+1 para no aburrir mucho al personal. Y vamos ya al lío.
Comenzaremos por donde terminó esta serie, es decir, el British Blues Boom. Y aunque Ten Years After son la primera banda más o menos “purista” que inauguraron en este local el vinilo en talla grande, no podemos obviar a otra que en sus primeros tiempos pasó un tanto desapercibida (“desubicada”, diría yo) pero que a partir de 1968 será una nueva clásica: Savoy Brown. De hecho, su primer Lp es anterior en un mes y pico al de los TYA, y ya habían debutado en single en 1966. Pero tanto uno como el otro pasaron casi desapercibidos, porque el single tuvo una distribución muy pequeña y el Lp es una colección de versiones un tanto desangeladas; en realidad los “verdaderos” Brown no comienzan a tener relevancia hasta que el cantante Bruce Portius se marcha y es sustituido por Chris Youlden, que además será su frontman, pianista y compositor principal durante la época dorada del grupo. A finales de noviembre llega la primera grabación con Youlden, un single cuya cara A está compuesta por él. Por cierto, que desde el principio de su carrera son producidos, al igual que Mayall o los TYA, por Mike Vernon, que a estas alturas ya se ha ganado de sobra el título de “padrino” del blues británico al otro lado de las mesas de grabación.
Más o menos por esas fechas llega el primer single de Fleetwood Mac; a quienes podríamos considerar como legendarios desde el mismo día de su fundación, ya que se trata de una especie de supergrupo gestado en la banda de Mayall. Peter Green y sus secuaces caen en la órbita de -cómo no- Mike Vernon, y la cara A de su primer single es toda una declaración de intenciones: se trata de “I believe my time ain’t long”, una pieza que había grabado Elmore James a principios de los años 50 partiendo de la original de Robert Johnson. En esencia estamos ante el “Dust my broom” de toda la vida, que los Mac van a reinterpretar, como hizo el propio James, más de una y de dos veces con títulos parecidos. Y es también el debut del propio Vernon como introductor de músicos británicos a través de su propio sello, al margen de su trabajo en Decca. Ese sello es el no menos legendario Blue Horizon, que hasta entonces había usado para presentar en la Isla a algunos bluesmen americanos; a partir de ahora, distribuido por CBS, será una de las referencias claves del blues en la Isla.
El jazz blues ambiental protagonizado por el órgano Hammond, muy popular en los clubs del Swinging London a mediados de la década, comienza a decaer. Sin embargo, gracias a él despuntan algunas figuras que con el tiempo se harán intemporales; y una de ellas es el teclista Brian Auger, que junto a la cantante Julie Driscoll y Rod Stewart había formado parte de Steampacket, aquel proyecto fallido de Long John Baldry que cerró nuestra fiesta de los años 1960-65. Pero ya por entonces Auger estaba poniendo a funcionar The Trinity, un grupo alternativo que en 1967 se amplía con el fichaje de Driscoll: durante unos años, esa asociación publicará unos cuantos discos con un encanto intemporal. Y luego, a partir de los años 70, tanto a su nombre como al frente de Oblivion Express, ha estado grabando y haciendo giras hasta hace muy poco; en cuanto a la señorita Driscoll, aún sigue en activo.
Vamos ahora con uno de esos grupos que tienen más valor por su carácter de “seminales” que por su obra en sí: Episode Six. De marcada tendencia poppie, surgieron a finales de 1964 y duraron casi cinco años entre unas formaciones y otras, pero ninguno de sus diez singles tuvieron éxito en la Isla aunque actuaron en la BBC y consiguieron una relativa fama en Alemania y otros países europeos (y para la Historia quedará su número uno con la versión de “Morning dew” en… ¡Beirut!). Subsistían a base de acompañamiento a algunos cantantes y giras como teloneros, hasta su desaparición. Pero, entre otros, de ahí salieron dos personajes que todo el mundo recuerda: el cantante Ian Gillan y el bajista Roger Glover, que a finales de 1969 serán reclutados para la segunda época de Deep Purple.
Cuando un grupo lleva tiempo en el negocio y no consigue despegar, su zozobra puede hacerles caer en las malas artes de los sellos o managers demasiado "imaginativos". Y con frecuencia el remedio resulta peor que la enfermedad, ya que en esa profesión mucha gente solo busca el resultado inmediato: toma el dinero y corre. Entre los incontables casos de ese tipo tenemos a los Herd, que comenzaron siendo otra de esas pequeñas bandas de r&b que no estaba llegando a ninguna parte; a finales de 1966 su sello los despide, la mayor parte de sus miembros abandonan y son sustituidos por otros entre los que destaca el jovencísimo Peter Frampton, un chico muy guapo de solo dieciséis años que es guitarrista y cantante a la vez. El sello Fontana se fija en ellos y los pone en manos de dos compositores profesionales, que les escriben material a medio camino entre pop, psicodelia y flower power; con el gancho visual de Frampton montan una campaña publicitaria dirigida a las adolescentes y en 1967 lanzan un Lp cuyo tema estrella es “From the underworld”, que llega al top cinco en singles. El grupo -incluyendo al propio Frampton- se siente ninguneado, pero da igual porque la hermosura del muchacho consigue entre otras cosas que sea proclamado “The face” en ese año. Y lógicamente, ese fue el principio del fin: Frampton se marchó en 1968, con un futuro muy prometedor (comenzando por Humble Pie, junto a Steve Marriott), y el grupo no duró mucho más. Pero esa canción tiene su encanto.
Ya hemos visto a unos cuantos músicos que, viniendo de orígenes dispares, se apuntan a la psicodelia porque parece una buena opción a corto y medio plazo. Uno de los muchos ejemplos que hubo es el de la banda conocida como Simon Dupree And The Big Sound, que había comenzado su carrera el año anterior al más puro estilo soul/r&b isleño y que, desanimados ante la falta de respuesta comercial, hacen como los Herd y se confían a sus managers para salir del paso. Estos buscan en el mercado de compositores profesionales y les entregan una pieza muy actual y con encanto, además: “Kites”. Es pura psicodelia melódica, nostálgica incluso, que haciendo juego con el momento se permite modernuras como el acompañamiento de una cantante china, que en algunos momentos nos recita “algo” en su idioma. La canción, que llegó al top 10, fue lo más brillante en una carrera que casi siempre fue al rebufo del momento; sin embargo, los tres hermanos Shuman –la esencia del grupo- mudarán luego en Gentle Giant, esa banda de rock progresivo/sinfónico de culto que durante la década de los años 70 tendrá mucho predicamento.
Y ya que hablamos de progresivo sinfónico, resulta obligado citar a uno de los grupos que contribuyó decisivamente a crear esa corriente, para bien y para mal: los Moody Blues, que como muchos otros venían del mundo del r&b. Tras un single exitoso, otros cuantos que se hundieron y un primer LP que pasó sin pena ni gloria, el grupo sufre una metamorfosis y entran dos personajes que serán fundamentales: el guitarrista Justin Hayward y el bajo John Lodge, ambos compositores. A partir de ahí los Moodies se convierten en un grupo pop con una fuerte carga orquestal y melódica; a veces buscan la sorpresa recurriendo a piezas un tanto atípicas, llegando a la psicodelia incluso, y con frecuencia son las que salvan sus discos grandes, de los que el segundo, titulado “Days of future passed”, publicado en 1967, es uno de los más populares. Se trata de una grabación de grupo con orquesta en la que se desarrollan las vivencias y sensaciones del protagonista durante las veinticuatro horas de un día, y en el que su cierre se publica en single: “Nights in white satin”, que no pasó del top 20 en su momento pero que ha quedado como uno de los hitos musicales de la década. Y sí, tras ellos vinieron unos cuantos que intentaron fusionar esas dos agrupaciones musicales tan dispares, con dispares resultados (por decirlo finamente).
Otra banda que se acercó a los presupuestos progresivos con tonos clásicos e incluso barrocos, fueron Procol Harum. Es un grupo de técnicos muy competentes, todos ya con experiencia, dirigidos por el cantante teclista Gary Brooker. Tanto él como su amigo Keith Reid, un letrista sin participación alguna en la técnica musical, habían estado intentando vender piezas a otros intérpretes, pero sin resultado. En consecuencia, Brooker decide montar su propia banda, y a mediados de 1967 publica lo que será el gran bombazo: un single que contiene “With a whiter shade of pale”, que fue número uno en medio mundo durante mucho tiempo y que ya forma parte, como la canción de los Moodies, de la memoria colectiva de aquel tiempo. Es una pieza melódica con resabios de Bach que también está anunciando ese futuro progresivo que se acerca. Casi a continuación llegó el primer Lp, con algunas canciones muy buenas y otras no tanto, pero con poco éxito en las listas. Su carrera discurrió en un tono bastante discreto, por no decir directamente que acabaron resultando muy aburridos.
Siguiendo en esa onda de pop barroco con apoyo orquestal llegamos a Nirvana, que al igual que los Harum resultan de la asociación entre dos personajes muy concretos: el guitarrista Patrick Campbell-Lyons y el teclista Alex Spyropoulos, ambos compositores y cantantes. Patrick ya tenía un buen bagaje profesional cuando se asoció con Alex, de formación clásica; juntos, su conocimiento de estilos tan dispares como la música sinfónica y de cámara, los ritmos melódicos latinos o el jazz, les proporcionó la base necesaria para buscar mezclas insólitas con el pop, e incluso tienen algunos momentos cercanos al rock. Junto con otros músicos que también tenían formación clásica pero eran intercambiables, crearon Nirvana a principios de 1967; y pronto aquella oferta tan exótica llegó a los oídos de Chris Blackwell, el jefe de la bendita Island Records, que además de ficharlos se erigió en su productor. En otoño se publicó su primer Lp, “The story of Simon Simopath”, uno de los primeros discos conceptuales en la historia del pop: sí, casi un año antes que el de los Pretty Things. Pero tanto ese como los siguientes tuvieron unas ventas muy discretas (Island los echó tras el segundo), porque tal vez resultaban demasiado melancólicos para el consumidor medio. Aquí tenemos su debut en single, lanzado en la primavera: tiene también un aire con los Harum, aunque no llegó ni al top 50. Y sin embargo creo que no tiene nada que envidiarle.
El pop y las orquestas son una hermandad que ya venía de tiempo antes, de la época de los grandes crooners, es decir, de los solistas. Pero la psicodelia hace que también muchos grupos prueben suerte con esa mezcla: el rango va desde la melancolía que dije antes y que afecta en mayor o menor medida a los Moodies, los Harum o Nirvana, y el espíritu chispeante de otros como los Blossom Toes, que por momentos son una verdadera fiesta. Surgen como tantos otros, por el cambio de orientación de un grupo ya existente, y a finales de este año publican su primer Lp, en el que se contienen unas cuantas perlitas. Pero, también como tantos otros, no consiguen el suficiente grado de genialidad o de comercialidad para sostenerse, y después de un segundo disco más convencional que llegará en el 69, abandonan el negocio. De ahí surge B.B. Blunder, otra banda de segunda fila muy apreciada, aunque algunos de los antiguos Toes formarán parte luego de otros grupos con más pedigrí. Aquí tenemos una de aquellas perlitas de su primer disco:
Como muestra la triste trayectoria de la mayoría de estos grupos, por lo general el público de tendencia poppy suele conformarse con estribillos o arreglos que tengan un buen gancho, y las aventuras orquestales, barrocas o vanguardistas no le agradan. Si a eso sumamos el hecho de que los rockeros como dios manda tampoco suelen salirse de sus cauces, la consecuencia es que nunca hubo tanto mercado para la psicodelia como creen ahora algunos jovencitos despistados. Y esa carencia liquidó el futuro de muchos músicos que merecieron mejor suerte; como por ejemplo los Kaleidoscope, bastante más apreciados con el paso del tiempo que en su momento. Se trata de un grupo ya veterano cuando adoptan ese nombre, en 1967, y técnicamente eran bastante buenos. Tienen algún parecido con Nirvana, ya que también buscan una fusión entre el pop más o menos barroco y la psicodelia, pero sin dejarse avasallar por arreglos orquestales "invasivos". Debutan a finales de verano con un single que enamora a la crítica: “Fligh from Ashiya”. Sin embargo, a pesar de la prensa y las emisoras especializadas, la cosa no despega; y su magnífico primer Lp, publicado poco después, tampoco. Llegaron hasta 1970, por entonces bajo el nombre de Fairfield Parlour, pero tanta exquisitez pasó casi desapercibida.
Y algo parecido sucedió con los Art; a quienes ya conocemos porque los tuvimos presentes en la fiesta del año pasado bajo el nombre de los V.I.P.S., lo cual significa que estamos ante otro de esos grupos que salta del r&b a la psicodelia. Bajo este nuevo nombre y manteniendo en buena parte su estilo musical anterior, publican otro de esos discos grandes que ahora se consideran como históricos pero que en su momento pasaron sin pena ni gloria: “Supernatural fairy tales”, que cualquier fan del género, sea joven o viejo, tiene en muy alta estima. Pero ante este revés los Art no se desaniman, deciden moverse muy rápido y a finales de este año ya no se llaman así: el cuarteto añade un quinto miembro y, con el apoyo constante de la bendita Island Records, se transforma en Spooky Tooth, que por supuesto nos visitará en 1968.
Llegamos finalmente a la selección 12+1, fuera de programa como es norma en la casa. Esta vez se debe a que su protagonista no es británico, sino estadounidense, y además no cuadra mucho con las modas imperantes. Hace años, cuando nos visitó la tribu mod, vimos que gran parte de esa gente no quiso ponerse al día cuando comenzó la decadencia de sus géneros preferidos, de su propia existencia como tribu urbana, y decidieron “echarse al monte”. Las primeras señales llegaron precisamente con el advenimiento de la psicodelia, que a ellos no les interesaba lo más mínimo: a partir de ese momento comienza a tomar cuerpo, especialmente en el norte de la Isla (de las Midlands y Gales hacia arriba), un movimiento llamado Northern Soul -en homenaje al Southern soul estadounidense- cuya mejor época llegará hasta finales de la próxima década. Gran parte de sus “nuevas” estrellas serán personajes de segunda fila en su país de origen, y que en la Isla vivirán una segunda oportunidad. Pero hubo también casos curiosos como el de Geno Washington, un joven militar de la Fuerza Aérea estadounidense destinado en una base isleña y que decidió quedarse allí, desarrollando una carrera que lo convirtió muy pronto en uno de los personajes más queridos entre esta nostálgica parroquia. Bien, pues él se encarga de cerrar esta fiesta: aquí lo tenemos, poderoso, épico, como debe ser.
Y aquí termina otra fiesta más. El año 67 isleño se despide entre nubes lisérgicas y no muy buenos augurios; pero a nosotros, como viajeros del tiempo, lo único que nos importa es seguir moviéndonos. Así que el próximo día ya estaremos en otra cosa, en otro sitio, tal vez en otro tiempo. Mientras tanto, aquí queda el paquetillo de recuerdo por si ustedes desean refrescar conceptos. Y gracias por acompañarnos.

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