lunes, 22 de junio de 2026

Estados Unidos a medio camino en los 60 (V)

… Y la señal decía: “Las palabras de los profetas están escritas en las paredes del Metro y en los pasillos de los edificios de apartamentos, y susurradas en los sonidos del silencio”. 
Paul Simon 

La transición que se vive en Estados Unidos entre 1964 y 1966, es decir, entre la llegada de los Beatles y la explosión psicodélica, causa un enorme burbujeo en muchos sitios del mapa; es una época emocionante y al mismo tiempo selectiva, porque muchos de los nombres que pueblan esa época desaparecerán pronto. De momento los Byrds son el ejemplo más reseñable como síntesis entre el beat y el nuevo folk, aunque los músicos de categoría como Jim McGuinn reconocen siempre influencias de muchos orígenes distintos: él mismo admiraba el magnífico empaste vocal que conseguían los Everly Brothers, por ejemplo. Y hay un dúo en Nueva York que se inspira directamente en ellos: se trata de Paul Simon y Art Garfunkel, que partiendo de ahí combinan la canción de autor con el folk y le añaden unas gotitas pop. La suma de las capacidades poéticas y musicales de Simon más la voz privilegiada de Garfunkel hicieron de este dúo una de las ofertas más emotivas de la época, consiguiendo un magnífico equilibrio entre calidad y comercialidad: el segundo quinquenio de los años 60 podrá destacarse por muchos grupos y estilos, pero sus melodías siempre estarán ahí, como banda sonora en la vida de dos o tres generaciones. 

La historia de esta pareja arranca a mediados de los años 50: vecinos y amigos desde la escuela, deciden asociarse bajo el nombre de Tom y Jerry. Entre 1957 y el 58 publican tres singles de corte duduá que alcanzan una pequeña notoriedad, pero el sello se desanima y ellos deciden seguir con sus estudios hasta que en 1963, animados por la oleada folk que Dylan provoca por todo el país, deciden reunirse de nuevo. En muy poco tiempo algunas canciones de Simon se hacen populares en el ambiente folky de la ciudad (ya saben, Greenwich Village y todo aquel efervescente underground de Manhattan) y consiguen un contrato con CBS. Graban su primer LP, acústico, muy intimista, en 1964; pero inicialmente pasa desapercibido, y Simon decide disolver el dúo para marcharse a la Isla. Allí se integra en el ambiente folky, consiguiendo actuaciones en ese circuito que lo llevan a la BBC y poco después a grabar un disco grande a su nombre, exclusivamente con voz y guitarra. Es entonces cuando se entera de que "Sound of silence", una de las canciones de aquel primer disco que había publicado con Garfunkel, ha sido regrabada por Tom Wilson (¡otra vez ese bendito nombre!) usando los músicos de la banda de Dylan y electrificando la canción: éxito en las radios del país. Simon vuelve a toda prisa, llama a Garfunkel, se ponen a trabajar y comienza la épica.

La grabación de su segundo Lp les llevó más de medio año, a pesar de que CBS quería capitalizar cuanto antes el éxito del singe; y aunque fue producido oficialmente entre Bob Johnston y Tom Wilson hay que citar también al propio Simon, que desde entonces siempre ha querido controlar de cerca el proceso de grabación. Por fin, en enero de 1966 se publica “Sounds of silence”, título sugerido por CBS como rebufo del enorme éxito que estaba consiguiendo la regrabación de Wilson sobre la pieza original (entre finales del 65 y mediados del 66 alcanzó el número uno de las listas en medio mundo, aunque a Simon le pareció “un horror bastante recargado”). Y en ese disco grande, además del single hay ya piezas inmortales que en su mayoría son regrabaciones de aquel disco británico en solitario de Simon: “I am a rock”, “Kathy’s song”, “Leaves that are green” y algunas más. Lo cual demuestra el gran trabajo que se realizó en el estudio, partiendo de la base de que se estaba trabajando sobre un repertorio que en su mayoría ya era conocido. Por entonces sus discos son colecciones de piezas sueltas que podrían intercambiarse, pero pronto adquirirán espíritu de obras únicas, casi al estilo conceptual, y en ese sentido comienza a notarse la influencia de los Beatles. De todos modos, y al margen del éxito inusitado que había tenido el single (y en menor medida otros publicados luego), el dúo siguió durante un tiempo actuando exclusivamente en el circuito de colegios mayores o universidades: hasta ese momento, el folk y sus derivados en mayor o menor medida no llegaban a ser un artículo de grandes públicos. Ni siquiera Dylan había conseguido superar el top 20 hasta que electrificó su sonido, y ese fue el puesto aproximado al que llegó este disco. Sin embargo, con el paso del tiempo (y también como ocurre con Dylan), las ventas se fueron haciendo regulares; discretas, pero constantes. Eso es al final lo que distingue a las grandes obras de las que dependen exclusivamente de una moda.



En otoño, tras otro período de grabación bastante extenso, llega el disco que elimina todas las consideraciones anteriores sobre lo difícil de que era pasar de un top 20 con este tipo de material: “Parsley, Sage, Rosemary and Thyme” llegó sobradamente al quinto puesto en las listas estadounidenses y al número uno en varios países. Lo cual tiene un mérito añadido, ya que antes de su publicación se habían lanzado algunas de sus canciones más sobresalientes en single. Pero el dúo se confirma aquí como uno de los valores más sólidos de CBS, y eso que el sello ya es por entonces el que más recursos artísticos tiene de todo el mercado americano. Sigue habiendo algunas canciones rescatadas del disco británico de Simon, como “Patterns” (prácticamente acústica) o la casi dylaniana “A simple desultory philippic”; en cualquier caso gran parte del material seguía formando parte de las composiciones, publicadas o no, que había creado en su época isleña. Este disco es la confirmación definitiva del poderío que tiene este dúo, desde la apertura con su exquisita versión de “Scarborough fair”, una verdadera exhibición de sensibilidad vocal apoyada por esos arreglos ensoñadores, y todo lo que viene luego está a la altura: ahí vienen, por ejemplo, “Homeward bound”, una de las que ya estaba casi rematada en las sesiones del disco anterior; o “The 59th Street bridge song” (conocida popularmente como “feelin’ groovy”), que alcanzó la categoría de himno. Pero una vez más el nivel medio es luminoso, sobresaliente, y la mejor demostración de que, como los Beatles en otro rango, es posible vivir en el mainstream con total dignidad.


En 1967 no hay disco nuevo, en parte por exceso de giras, pero sobre todo porque están preparando con mucho detenimiento un nuevo giro de tuerca en su carrera. Sus únicas grabaciones pertenecen a la banda sonora de “El graduado”, una de esas películas que marcan época y en las que ellos interpretan versiones cortas, ajustadas para las escenas en las que intervienen. Además de la regrabación de algunas ya conocidas, tenemos otras nuevas entre las que destaca el diseño inicial de “Mrs. Robinson”, que pronto será otra de sus canciones bandera. Y con estos regalitos se despiden de nosotros hasta que vuelvan para celebrar con todos los honores el tránsito hasta los años 70.



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