viernes, 5 de junio de 2026

Estados Unidos a medio camino en los 60 (III)

En “Bringing it all back home” Bob es como un príncipe, con su chaqueta y sus preciosos gemelos, sentado junto a un precioso gato y con una mujer de una belleza deslumbrante detrás de él, vestida con un vestido rojo. Fue un cambio. Todo estaba cambiando. Y el mensaje es como un corte de mangas a quienes se quejan de la falta de autenticidad: ¡Adiós, folkies, aquí tenéis a una estrella del rock! 
Daniel Kramer 

A finales de 1964 ya quedaba poco de aquel Bob Dylan que se había dado a conocer cuatro años antes en el ambiente alternativo de Greenwich Village, donde su vestimenta aparentemente descuidada, su voz nasal, su guitarra acústica y su armónica habían compuesto una imagen que pronto caló entre aquella colectividad, de fuertes convicciones izquierdistas. Por supuesto, en esa aprobación general no fue menor su vehemente elogio a Woody Guthrie, héroe del nuevo folk americano, de quien pronto fue reconocido como digno sucesor. Y a tal bendición se sumó el hecho afortunado de ser descubierto por John Hammond, personaje capital que se arriesgó a lanzarlo en un sello tan conservador como CBS, enfrentándose a la mayoría de sus colegas y llegando incluso a producir su primer disco (entre otras cosas, para reducir gastos). A partir de ahí, con la llegada del manager Albert Grossman se consolida su carrera; Grossman elige a Tom Wilson como productor, y esa elección seguirá vigente hasta que el propio Dylan decida un sustituto. 

La publicación de “Another side of Bob Dylan”, su cuarto disco, muestra varios cambios partiendo ya de su propio tono, de su manera de cantar, que se hace mucho más versátil. Por otra parte las letras trascienden el espíritu de “canción protesta”, un concepto que a Dylan no le gustó nunca, para acercarse a la introspección, un concepto que en cambio no gustó a la parroquia folkie que lo había encumbrado; aunque su divergencia con respecto a ellos ya había nacido antes, en el momento en que comenzó a hacerse extremadamente popular, una circunstancia siempre sospechosa para los aficionados a las sectas exquisitas. En lo musical la influencia de los Beatles le muestra la necesidad de apoyarse en un grupo de músicos para ampliar su rango de sonido, y cuando vio a los Byrds interpretando Mr. Tambourine Man” no le quedaron dudas. Así que a mediados de enero del 65, cuando entra en el estudio para grabar su nuevo disco, el cambio ya es radical: en el aspecto literario, ahora estamos ante un poeta cuya temática es abierta, con mucha densidad, y abarca desde los asuntos amorosos hasta las estructuras complejas entre psicodelia y surrealismo, mientras que en una parte del repertorio estará acompañado por otros instrumentistas.

Ese disco se titula “Bringing it all back home”, es el primero de la que años después se considerará como “la trilogía divina de Dylan”, y solo con la portada ya es suficiente para que, como diría Kramer, los folkies “auténticos” abandonen toda esperanza. Cada una de las caras expresa con preferencia las dos vertientes actuales de su obra: en la A las piezas son eléctricas y su naturaleza es el blues en un rango amplio, mientras que la B es mayoritariamente acústica con una clara predominancia de las baladas. Las piezas eléctricas más aceleradas suenan además con un deje burlón, desganado, muy dylaniano, apoyándose en un ritmo que transpira una cuidada dejadez, un ordenado desorden que las hace arrasadoras: esa apertura con “Subterranean homesick blues” es un blues rock descomunal, y la letra mantiene hasta cierto punto el tono de “protesta” social y política que sus fans más veteranos están echando de menos. Por contra, y aunque la estructura rítmica que lleva “Maggie’s farm” tiene una dinámica parecida, la letra esconde una especie de revancha precisamente ante las intenciones “evangelizantes” de ese sector: bajo el tono lamentoso, muy en espíritu blues, del que malvive trabajando en la granja, hay alguna frase afilada que revela una segunda intención (“Hago lo que puedo para ser como soy, pero todos quieren que seas como ellos”). El blues con rasgos de balada folk queda perfectamente representado en piezas como “She belongs to me” o “Love minus zero/No limit”, aunque es evidente que esa cara tiene un trasfondo general incendiario: la continuación a cargo de “Outlaw blues”, la letra loca de “On the road again” (¿una alabanza de la vida nómada del artista o una velada pulla hacia sus antiguos camaradas del Village?), en un similar estilo musical, y el cierre no menos caótico de “Bob Dylan’s 115th dream” constituyen una verdadera exhibición que muy pocas veces ha sido igualada en la historia del rock. En cuanto a la cara B, el panorama cambia radicalmente: aquí las letras son más intimistas, pero al mismo tiempo mantienen un tono que se acerca bastante a la epopeya. En lo musical tengo que reconocer que mi entusiasmo decae un poco; no se discute la genialidad de las melodías, sino más bien la excesiva duración de algunas canciones. El ejemplo evidente es “Mr. Tambourine Man”, ejemplo de que a veces le cuesta hacer sitio para su exuberancia poética: es una de las precursoras de la psicodelia (un estilo que claramente ha nacido en el folk), pero su canto se hace monótono, y son más de cinco minutos. Algo parecido pasa con “Gates of Eden”, aunque el conjunto mejora. “It’s alright ma (I’m only bleeding)” es una canción monumental, de lo mejor que ha hecho en su vida, pero una vez más creo que se pasa con el metraje. El cierre en cambio es perfecto, equilibrado, inmaculado: “It’s all over now, baby blue”. Qué más decir.



«La Carretera 61, la más importante del blues rural, empieza más o menos donde yo empecé. Siempre sentí que había partido desde ella, que siempre había estado en ella y que podía ir a cualquier sitio, incluso hasta lo más profundo del Delta. Era la misma carretera, con las mismas contradicciones, los mismos pueblos remotos, los mismos antepasados espirituales... Era mi lugar en el universo, siempre sentí que la llevaba en la sangre».
 
En agosto llega “Highway 61 revisited”. No han pasado ni seis meses de la publicación del anterior, lo cual revela que Dylan está viviendo una fase pletórica. De nuevo Kramer es el fotógrafo, y esa imagen es tan sencilla como reveladora, ya que su mirada es un reto mientras mantiene sus queridas Ray-Ban Wayfarer en la mano derecha. Aquí se produce el traspaso de poderes en la producción: Wilson producirá únicamente “Like a rolling stone” y dará paso a Bob Johnston, un productor de Nashville que cuadra más con el tono rockero que está buscando Dylan. Solo hay una pieza que pueda considerarse plenamente acústica, aunque por momentos pueda haber un bajo de apoyo: “Desolation row”, que cierra el disco y dura más de once minutos. De nuevo estamos ante una poesía rutilante, aunque oscura por momentos, envuelta en una melodía a su altura… y tal vez excesivamente larga. Esta ha sido la discusión de toda la vida, y seguirá siéndolo, pero aquellos que crecimos sin dominar el inglés hasta mucho más tarde no podemos valorar de igual modo que un angloparlante este tipo de exhibiciones. Por lo demás, hasta nosotros nos quedamos arrebatados por la sucesión de perlas que pueblan esta nueva obra, que en conjunto tal vez nos guste más aún que la anterior. No hay una canción mediocre, todas son excelsas y soportan muy bien el paso del tiempo: a veces surgen algunas voces malhumoradas tildando de “blandita” una preciosidad como “Like a rolling stone”, pero su carácter épico -es un verdadero himno generacional- la redime de cualquier crítica. Y el resto, a la altura. Tengo que admitir mi especial debilidad por la que le da título, una exhibición de carácter, de dominio de la escena, de señorío, que me ha acompañado toda la vida porque tal vez sea mi preferida en toda la carrera de este señor. No, no soy ecuánime. Y tampoco soy fan a muerte de Dylan, así que les ruego me perdonen este comentario tan desequilibrado.


Poco antes del lanzamiento de este Lp, el 20 de julio, se había publicado en single “Like a rolling stone”, que por supuesto fue un éxito; pero también fue la mecha que prendió el enrabietado recibimiento que se le hizo cinco días después en el festival de Newport. Era su primera actuación al frente de una banda de rock (en concreto la de Paul Butterfield), y un pequeño grupo del público se le enfrentó abiertamente; se trataba en su mayoría del sector más purista, los folkies de toda la vida, encabezados por Pete Seeger. Suya es la famosa frase “¡Si tuviese un hacha cortaría los cables ahora mismo!”, pero no pasó de ahí aunque la leyenda diga otra cosa. En cualquier caso, el hartazgo de Dylan ante esta situación fue notorio: pocos días después se publica un single cuya cara A es “Positively 4th Street”, en la que se despacha sobre la sensación que parece vivir ese sector, esa sensación de algo así como de haber sido traicionados por él. No está claro si se dirige a una persona o más, o todo el colectivo, pero la imagen es diáfana. Esta canción no aparecerá en ningún Lp oficial, pero la cara B pertenece al “Higwhay 61”: se trata de "From a Buick 6”, otra clásica de aquel disco. Por cierto, que Dylan no volvió a actuar en el festival hasta muchos años después, ya en este siglo: para entonces, como burla suprema, se presentó con peluca y barba postiza.



“La foto que Dylan eligió para la portada está borrosa y desenfocada. Por supuesto, todo el mundo intentó interpretar el significado, diciendo que debía representar un viaje de LSD. No era nada de eso: simplemente, teníamos frío, y los dos estábamos temblando. Había otras imágenes nítidas y enfocadas, pero hay que decir en su favor que a Dylan le gustó esa fotografía”.
Jerry Schatzberg 

La trilogía divina, la gran trilogía eléctrica, se cierra inaugurando el verano de 1966 con el fastuoso doble Lp titulado “Blonde on blonde”; y una de las circunstancias más relevantes para entenderlo con propiedad es que aquí tenemos el primer acercamiento de Dylan a Nashville, por sugerencia de Bob Johnston. Las sesiones de grabación habían comenzado en Nueva York alternándose con actuaciones por medio país, y por el apoyo musical no podía quejarse: poco antes había conocido a los Hawks, la banda de músicos canadienses dirigida por el batería estadounidense Levon Helm que hasta poco antes habían acompañado a Ronnie Hawkins. Era un grupo muy experimentado, con una formación muy amplia (ya saben, los futuros The Band), y pronto comenzó a trabajar con ellos también en estudio. Sin embargo no se sentía a gusto, tenía muy poco material nuevo y las sesiones prácticamente no avanzaban; es entonces cuando Johnston propone ir a Nashville, lugar que conoce muy bien tanto por los estudios de grabación como por los músicos de la zona. Dylan al principio duda, ya que Grossman se opone: él, como la mayor parte de los aficionados, está asociando mecánicamente la idea de Nashville con la palabra “country”, lo cual podría afectar a la imagen comercial de su protegido, y además tiene miedo de que la atmósfera musical de aquel lugar se lo arrebate. Grossman solo se siente seguro en terreno propio, en su mundo neoyorkino, y llega incluso a amenazar a Johnston con echarlo si insiste en ese viaje; pero al final es el propio Dylan quien se impone, al llegar a la conclusión de que necesita un cambio a un ambiente más cálido, más relajado. Johnston, además de los Hawks (salvo Helm) y Al Kooper, ficha a otros cuantos músicos del lugar, gente libre, sin el lastre reverencial que los músicos de Nueva York podían sentir por Dylan, y los mete a todos juntos en el estudio. El resultado es tan brillante que la primera consecuencia es el formato: nadie esperaba completar material para un disco doble -algo inusual en aquella época-, pero incluso hubo algunas supuestas "sobrantes" que serán descubiertas luego en recopilatorios y piratas. “Blonde on blonde” respira ese aire liberador, y al mismo tiempo dota a las canciones de un carácter de unidad sorprendente a pesar de que hay varias naturalezas distintas en ellas. Y creo que no tiene el más mínimo interés que se citen unas por encima de otras: cada oyente debería hacer este viaje por su propia cuenta, sin sugerencias tendenciosas, sin un plan concreto, dejándose llevar.



Muy poco después, a finales de julio, Dylan sufre un accidente con su moto en Woodstock, cerca de casa, y ese será otro de los acontecimientos destacados en su larga carrera. Pero tras la trilogía y el accidente, lo que venga luego ya no cuadra con este tiempo; por lo tanto aquí nos despedimos de él, deseando una pronta recuperación y su compañía en nuestro próximo viaje americano. Suerte, Bob.

10 comentarios:

  1. Dylan del 65 es más Dylan que nunca. Antes o después.

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    1. ... Del bienio 65/66, para ser más exactos. Tiene otras épocas brillantes, pero creo que como esta ninguna.

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  2. ¡Qué decir de Dylan que no se haya dicho ya! Uno se debe limitar a evocar sus experiencias personales con la música del genial artista. Entré en su órbita a través de aquella mítica emisora de Radio 2, últimos 60, o quizás algo antes cuando Los 40 Principales emitían la mejor música del mundo. ¡No ha llovido! Mi primera adquisición fue el "John Wesley Harding" en los muy primeros 70, obra a la que tengo especial afecto. Dylan estaba ahí pero mis derroteros musicales en los últimos 60 iban por otro lado, la incalculable influencia del Festival de Woodstock y muchos de sus artistas marcaron una de las direcciones posibles..., y Dylan no estaba allí. Escuchaba sus canciones, leía artículos en revistas, toda la parafernalia ad hoc, Dylan era grandísimo pero no pasaba por caja. Hasta bien pasada la mitad de la década de los 90, y gracias a su maravillosa trilogía "Time Out of Mind", "Love and Theft" y "Modern Times", Dylan ya empieza a cotizar y me voy haciendo con toda su colección, incluyendo esta también maravillosa trilogía que comentas. En definitiva, aunque soy un tardío dylanita si reconozco que este hombre es de otra dimensión.
    Ha salido a relucir una sola palabra en tu entrada, "poeta" y yo creo que le viene especialmente bien.
    A modo de comentario contrario al de Duluth, recordar que en artículo o emisora me enfrenté a una aseveración cargadísima de razón. Decía algo así como: "Todo lo que quieran, pero este tipo es incapaz de crear una gran canción corta, de dos, tres minutitos a lo máximo, necesita mucho metraje - a veces demasiado - para expresar lo que quiere". Su estilo, bien pensado, bien lo pide.
    Saludos,

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    1. Desde luego, los grandes nombres como Dylan, Beatles, Bowie, etc. resultan redundantes para cualquiera que crea que puede añadir algo nuevo. Lo único que se puede hacer es dar algunos detalles y luego dejar que cada uno se adentre por su cuenta en esas historias tan vastas. Yo no soy un gran aficionado, tengo muy pocos discos suyos a partir de esta época, pero reconozco su enorme influencia. Es ese tipo de personajes de los que nunca se les debe catalogar como "los mejores", sino como "los más importantes". Valen tanto por su obra como por la escuela que dejaron.

      Y en cuanto a la longitud de algunas de sus canciones, ese es el hecho: demasiada letra para tan poco música. Esa diferencia tan abismal que hay entre "Mr. tambourine Man" interpretada por él y por los Byrds lo resume perfectamente.

      Saludos mil.

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  3. Ya sabes que no soy un especial fan de este tipo, a pesar de sus muchas grandes canciones. y lo de la excesiva duración de sus temas es otra pega que se le puede sacar. En música, el material literario tiene que estar supeditado al sonoro, no al revés. Por muy buena que sea una canción puede terminar siendo monótona o reiterativa debido a la verborrea, sea ésta poética o no.

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  4. No hay duda de que es un compositor fantástico, pero no se puede pedir todo: es muy frecuente que el sector de los cantautores se exceda con el metraje. Viven en una contínua tensión entre letras y músicas, y a veces se nota mucho el desequilibrio.

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  5. Pues uno si que es fan de este pipiolo. No hay mucha gente en la música "moderna" que haya tenido esa libertad para seguir un camino elegido, contra viento y marea, como diciendo: si os gusta, bien, si no... Pues eso. Claro que hay épocas en los que me gusta más, pero nunca me decepciona. En mi opinión es un genio.
    Saludos.

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    1. No se puede discutir la tremenda importancia e influencia de este señor, a la altura de los Beatles sin ir más lejos. Y claro, luego ya viene el asunto de las épocas, pero le pasa a todo el mundo. Yo soy de los de esta trilogía en primer lugar, y luego ya discos sueltos de unos tiempos u otros.

      Saludos mil.

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  6. Esta trilogía me parece de otro mundo. Oigo "Positively 4th Street", por ejemplo, y me teletransporto a mi primera juventud. Me parece estar viviendo otra vez aquel momento mágico.
    Qué bien sienta repasar aquellos tiempos con tanto detalle.
    Se agradece.

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    1. Se supone que por la edad lo nuestro es contar y oir batallitas, estimado Bab. Disfrutémoslo.

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