“Solía traer a mi novia Renee, y Michael se enamoró de ella; le rompió el corazón, pero compuso unas melodías maravillosas. Un día el padre de Michael nos pilló en el estudio y, al oírnos, quiso sumarse a la aventura; eso fue el arranque, pero también significó el tiro de gracia”.
Tom Finn
El tamaño de las ciudades como Nueva York garantiza siempre la variedad, sin importar la opción estilística que elija cada músico. Por ejemplo, los de naturaleza poppie tenían la posibilidad de buscarse un camino propio al margen de Greenwich Village sin salir de Manhattan; y ese fue el caso de Left Banke, nuestros visitantes de hoy, aunque su existencia fue corta y accidentada. Algunas de las bondades que atribuimos a Lovin’ Spoonful podríamos atribuirlas también a ellos, ya que ambos coinciden en su debilidad por la melodía. Y, al igual que les pasó a los Spoonful, son un grupo de tránsito, también especializados en singles, sobreviviendo en una época que va muy rápido y en la que la costa oeste acabará confirmándose como la gran protagonista. Pero por lo demás son muy distintos: los Banke podrían haber surgido en la Isla, y con frecuencia quienes los oyen por primera vez les atribuyen ese origen. Su delicadeza y complejidad instrumental dan lugar a una nueva etiqueta: “pop barroco”, que en cierto modo es lo que ya estaban haciendo los Zombies, Moody Blues o Procol Harum. Es decir, se hallan más cercanos a la tradición europea que a la americana; en su origen hay muy poco de los ingredientes folkies o en general “de raíces” que distinguen a los grupos como los Spoonful. Left Banke, en definitiva, no son de ningún sitio o son de todos: su estilo va por encima de su procedencia geográfica. Algo muy común en Nueva York, por otra parte.
Su corta historia se articula sobre el teclista adolescente Michael Brown y su padre, el violinista Harry Lookofsky, especializado en jazz y música clásica, músico de sesión muy apreciado que además trabajó como arreglista para gente notable y era propietario de un estudio de grabación. Brown solía ensayar allí, y a veces se relacionaba con algunos músicos que iban a grabar maquetas: por ejemplo Tom Finn, un bajista que formaba parte de la banda del batería James Cameron, junto a su amigo el cantante conocido por entonces como Steve Martin, de origen español (su nombre real es Carmelo Esteban Martin Caro; para mayor emoción patriótica les diré que su madre, Sarita Heredia, era cantaora y guitarrista de flamenco almeriense, y su padre, Pedro Martín Caro, representante taurino). A finales de 1965 Brown y al menos esos tres personajes, junto a otros que van y vienen, comprueban que sus gustos musicales son parecidos; y como él tiene llaves del estudio, se juntan de vez en cuando para disfrutar de los instrumentos que hay allí, aunque sin una idea futura concreta. Pero en uno de esos días ocurrió el gran giro melodramático: Finn tiene una novia muy guapa llamada Renée Fladen, que ha decidido acompañarle al estudio; el pobre Brown, al verla, queda perdidamente enamorado.
El flechazo le otorga un insospechado empujón creativo, y en poco tiempo compone algunas canciones (con frecuencia a medias con nuestro compatriota) de las cuales al menos tres están directamente inspiradas en su inesperada musa. Esto sucede a principios de 1966, cuando ya hay un grupo relativamente estable a su alrededor con el que se dedica a ensayarlas en el estudio; el señor Lookofski, que pasaba por allí, las oye y dictamina que tienen futuro, así que les ayuda a prepararlas y se erige en su manager y productor. Y ya solo falta el típico amigo cultureta que sugiere el nombre: “Sonáis muy exquisitos, muy… franceses. Quizá os vendría bien algo relacionado con París; no sé, ¿qué tal La Orilla Izquierda del Sena? Bueno, lo dejamos en The Left Banke” (sí, el detalle de esa venerable “e” final lo dice todo). En fin, que mientras ellos se van fogueando en pequeñas actuaciones esporádicas el padre de Brown envía maquetas a unos cuantos sellos; Mercury se fija en ellas, les ofrece un contrato para grabar en la subsidiria Smash y en verano llega el primer single: “Walk away Renee / I haven’t got the nerve”. Y ya solo con la cara A, un lamento amoroso sobre la muchacha que lo trae a mal traer, la prensa se apresura a bautizar como “pop barroco” a esa tonada exquisita, melancólica, acompañada de los instrumentos convencionales en una banda pop junto a otros clásicos, y todo ello aderezado con los magníficos arreglos que hace el padre de Brown. La cara B, con ser más “mundana”, es otra exhibición del tremendo nivel del grupo: melodía de estilo británico, ritmo cercano a un r&b pop, y ese arpicordio protagonista. El single alcanzó holgadamente el top 5.
Pero justo a partir de entonces comienzan los problemas estratégicos y personales. En primer lugar Brown, que nunca fue muy aficionado al directo, comienza a verse sobrepasado por la popularidad del grupo, que es requerido para un buen número de giras. Su intención es concentrarse en el proceso creativo y dejar las actuaciones, lo mismo que ha hecho Brian Wilson y los mismísimos Beatles; de hecho, ni siquiera la idea de una agrupación estable le interesa ya. Por otra parte su padre, cada vez más exigente, quiere echar a la mayoría de los músicos porque, según él, no dan la talla; de momento arma un grupo alternativo para las actuaciones, pero finalmente se vuelve atrás. Mientras tanto el sello recurre a las grabaciones que ya tenía completadas y publica un nuevo single a finales de año: “Pretty ballerina / Lazy day”. La cara A, otro de los homenajes a la señorita Fladen, es una verdadera pieza de pop de cámara, una delicia intemporal que para mí supera incluso a su debut. Y como en su debut, la B puede resultar más convencional pero tiene un gancho tremendo.
Llegados a 1967 el sello, consciente de que la situación se está haciendo insostenible, se apresura a publicar un Lp con todo el material que tenía pendiente incluyendo las cuatro piezas de los singles. Se les nota la prisa, porque ni siquiera se molestan en buscar un título decente: que lo bauticen como “Walk Away Renée/Pretty Ballerina”, es decir, la suma de los títulos de sus dos primeras caras A, es la mejor prueba de la poca confianza que tienen en el futuro del grupo. Y es una pena que las cosas hayan llegado a tal extremo, porque esa colección de canciones es sobresaliente: al margen de las ya conocidas, descubrimos otras cuantas maravillas como “She may call you up tonight” (tercera y aparentemente última dedicatoria a la musa) o “I’ve got something on my mind”, que formarán parte de los próximos singles (hasta agotar casi completamente el contenido de este disco). La mayoría son obra de Brown y Caro, que demuestran una buena interacción; es una pena que las cosas saliesen como salieron. El disco, por unas u otras razones, no pasó del 50 pero hoy en día es un clásico que se ha reeditado varias veces y que, en conjunto, no tiene nada que envidiar a la obra que Brian Wilson estaba haciendo por entonces. Poco después Brown grabará un single utilizando el nombre del grupo pero con músicos de estudio, lo cual hace que sus todavía oficiales compañeros emprendan un proceso legal por la utilización de dicho nombre. Ante esa situación y para curarse en salud, el sello decide no hacerle propaganda; por otra parte esas dos canciones no son malas, pero ni de lejos alcanzan la categoría de las anteriores.
Ha pasado un año, pero todavía el nombre de Left Banke tiene tirón entre la prensa musical especializada y muchos fans entristecidos por ese visto y no visto que fue su carrera; esa circunstancia hace que el sello presione a Brown y sus antiguos colegas para publicar un último disco, aprovechando algunas piezas que habían quedado archivadas, más otras que se habían publicado entre 1967 y 1968, cuando el grupo ya no existía oficialmente. La formación oficial es prácticamente la misma salvo por el puesto de guitarra, ahora a cargo de Tom Feher, que había participado brevemente en los primeros tiempos e incluso había compuesto canciones, algunas en colaboración con Brown. El disco llega a las tiendas en noviembre y, como ya habíamos comprobado por aquellos últimos singles, aquí solo hay una canción obra de Brown: “Desiree”, que había sido la cara A del último single del 67. Y se nota: esa es la única que mantiene claramente el estilo barroco que había distinguido la obra anterior. El resto, en su mayoría obra de Feher con ayuda ocasional de Finn o Martin, son una mezcla de pop más o menos “britanizado” (“Goodbye Holly”, “In the morning light”) con baladas y detallitos psicodélicos a medio camino entre pop -orquestal a veces- y rock (el rango que va de “There’s gonna be a storm” a “In the mornig light”, por ejemplo). El conjunto es agradable, aunque comparado con lo anterior sale perdiendo, y ni siquiera alcanzó el top 100. Ahí termina la época tradicional de los Banke, que años más tarde se reagruparán para algunas giras e incluso llegan a grabar un breve repertorio sin mucho interés.
La carrera posterior de Brown y los demás, en solitario o en otras compañías, fue discreta. Tal vez solo en aquel momento y con aquella formación podía haberse producido el milagro, esa fantasmagórica pero gloriosa exhibición de sutileza y emoción que llevó a Left Banke a los libros de Historia, aunque su reseña no sea muy amplia. Pero ya saben: lo bueno, si breve, dos veces bueno.



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