"Incluso los policías, que en el resto del país se metían con los hippies, nos dejaban tranquilos en San Francisco".
Jerry García
"Éramos muy ingenuos. No nos dimos cuenta de que el resto del mundo no funcionaba como California".
Grace Slick
La generación Beat estadounidense surge a mediados de los años 50, protagonizada en su mayoría por personajes que están rondando la treintena (Jack Kerouack, Neal Cassady, Allen Ginsberg…). En su origen podría considerarse como una evolución de los hipsters de la década anterior, y el propio Kerouac lo reconocía: aquel había sido el primer paso, un tanto inconsciente, de un movimiento contracultural que luego adquiere todo un “cuerpo de doctrina” con marcadas implicaciones filosóficas, sociales y políticas. Estas últimas aumentan su peso con la entrada de Estados Unidos en la guerra de Vietnam, mientras en lo personal algunos de sus miembros experimentan con determinadas drogas, especialmente el ácido (teóricamente como herramienta de introspección, siguiendo las enseñanzas del señor Hofmann). Sobre esa generación llega, diez años después, la de los “baby boomers concienciados” -por decirlo de algún modo-, una de cuyas mayores aficiones es la música, como lo fue en la época de los hipsters; sin embargo aquellos eran preferentemente aficionados al jazz (un género minoritario entre los blancos de la época), mientras que ahora el folk y el rock son alternativas mucho más populares que pueden aliñarse con letras de protesta –“comprometidas”, como ellos dicen- consiguiendo una mayor repercusión para su mensaje.
En cuanto a la influencia del LSD, al igual que ocurre en la Isla, sus efectos se dejarán sentir en la mayor parte de las artes: en lo musical no hay duda de que la psicodelia entra en ese mundillo por la vía de las letras folkies, siendo Dylan su introductor aquí y Donovan allá. Pero partiendo de esa base surge una gran diferencia entre la visión marcadamente hippie, naturalista, un tanto campestre, que comparte la nueva juventud estadounidense en esa época, y la mentalidad británica, más urbana, cuyos gustos mayoritarios oscilan entre el pop y el rhythm and blues. Por otra parte su inspiración literaria suele ser bastante fantasiosa -ya saben, la herencia de Lewis Carroll es muy alargada- y la síntesis de todo ello se simboliza perfectamente en el Swinging London, un concepto muy lejano a la paz y las flores de San Francisco. Aquí en cambio, y por extensión en la mayoría de California, el folk rock “ácido” se erige en protagonista. Pero… ¿por qué precisamente en California? Pues porque aquello fue un crisol de músicos, artistas en general, jipis, frikis y demás fauna sesentera. Por ejemplo, de la primera formación de Byrds solamente Crosby y Hillman eran de allí: los demás habían llegado a Los Angeles atraídos por la leyenda que se le atribuía a California. Si a la cercanía de Hollywood y la mayor parte de los grandes sellos discográficos se le sumaba un ambiente muy permisivo, la situación era poco menos que dionisíaca.
Porque para el americano medio aquel estado era un lugar distinto, tolerante, muy alejado del pensamiento tradicional en el resto del país (salvo Nueva York, claro, pero ese es otro asunto: ya hemos visto por personajes como los que componen la Velvet que allí predomina un cierto esteticismo decadente, que tal vez el espíritu de esa ciudad sea más europeo que americano). Y esa Arcadia se simboliza, sobre todo, en San Francisco. Es una ciudad de tamaño manejable, que en esa época no pasa mucho de los 700.000 habitantes y con una mezcla de razas, mentes y costumbres que no tiene nada que envidiar a la mismísima Nueva York. Hay mar (y playas, claro), bosques y grandes parques, y el antiguo barrio de Haight-Ashbury tiene rentas muy bajas: pues allá vamos, dijeron miles de jóvenes y jóvenas procedentes de todas partes del país a mediados de los años 60, convirtiéndolo en el Greenwich Village de la costa oeste. Hay que tener en cuenta el tufillo izquierdista que desprende la universidad de Berkeley, al que se suma el colorido ideológico de los beatniks (ya casi más estético que ideológico, cierto), que aún se ven con regularidad en los garitos de North Beach; si matizamos esa actitud con el ensoñador concepto de “Make love, not war”, tan del momento, y añadimos el excelente ácido que circula por toda la ciudad (legal hasta mediados de 1967), ya me dirán ustedes dónde van a estar mejor que aquí.
En poco tiempo comienzan a notarse los resultados de tanta efervescencia: The Family Dog es una pandilla de jovenzuelos que en 1965 se erigen en promotores de conciertos, y gracias a ellos comienzan a rodarse unos cuantos músicos que se harán famosos pronto. Y en vista de que la cosa funciona, pocos meses después aparece Bill Graham, que proviene del mundo teatral pero que ve el negocio y crea la mítica sala Fillmore Auditorium (que a partir de 1968 y en un nuevo emplazamiento se llamará "Fillmore West", mientras en Nueva York abre el "Fillmore East"). En una escala más modesta pero no menos importante, por su carácter de escuela y lugar de encuentro para muchos de los músicos que formarán parte del llamado “Sonido de San Francisco”, Marty Balin reconvierte The Matrix, una especie de pizzería, en la base de operaciones para la banda que acaba de crear (Jefferson Airplane), y en poco tiempo se convertirá en otro lugar mítico. Así que no es extraño que debajo de cada piedra surja un grupito de músicos: además de los que comienzan en el folk, muchos de ellos provienen del surf o han pasado su adolescencia en el garaje tras ver la luz a través de la invasión británica. Pero además del factor lisérgico hay que insistir en el ideológico, porque muchos de ellos son personajes con inquietudes sociales, con una cierta cultura y curiosidad intelectual, lo que hasta ese momento no era muy frecuente en los músicos populares (recuerden ustedes las pocas luces de Elvis, sin ir más lejos).
Y estas son las razones más evidentes por las que San Francisco es un imán para la nueva generación. Repasando el orden temporal, entre los individuos de todos los pelajes procedentes de Chicago, de Texas, de Ohio, de donde sea, llegan músicos aficionados al rock, al blues, al folk, a lo que sea. A continuación se dan a conocer las primeras emisoras de FM -un invento de los años 30, pero muy poco explotado hasta entonces- gracias al empeño del gran Tom Donahue, que en 1967 exclamó: "La Onda Media está muerta, y su cadáver putrefacto emponzoña las ondas". Para entonces ya hay prensa especializada, la zona se puebla de cazatalentos de las casas discográficas de Los Angeles en busca de los nuevos genios, comienza a moverse el dinero, y… Haight-Ashbury enterrará el movimiento hippy en octubre de ese mismo año, en una sencilla ceremonia popular. Porque, en lo social, el Verano del Amor fue el último coletazo de un adanismo, enternecedor pero muy poco realista, que dio paso a los malos viajes, las drogas duras (la heroína como símbolo de una decepción), las mafias, la violencia y las enfermedades sexuales y de todo tipo. En cuanto a lo musical, como siempre, quienes prosperan son los que mantienen un buen nivel de creatividad y saben evolucionar: de los miles de grupos y solistas que florecieron en San Francisco a partir de 1965, solo quedan cinco o seis grandes nombres a finales de la década.
Pero de momento nos toca disfrutar de la cálida alegría colectiva, contagiosa; engañosa seguramente, pero tan necesaria de vez en cuando para seguir adelante…

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