El año pasado destacó por el resurgimiento de la figura del cantante como entidad solista, tanto si compone su propio material como si su repertorio se basa principalmente en las versiones. Los del primer grupo, tal vez porque su obra tiene más matices y por tanto carecen de la inmediatez que da la contundencia vocal de los otros, van a un ritmo más lento; pero aun así, ya se han ganado un notable prestigio: se trata de David Bowie, Elton John y Kevin Ayers.
Bowie es uno de esos personajes que obligan a tener en cuenta el entorno en el que se mueven para entender mejor su obra: no basta con hablar de un disco, sino también de cómo ha llegado ahí. O mejor aún, en qué momento existencial se hallaba cuando lo publicó. Así que hemos de comenzar, en este caso, por los ecos de sociedad: Bowie se casa en 1970 con Angela Barnett. Según él, se habían conocido el año anterior porque dio la casualidad de que “ambos estábamos saliendo con el mismo hombre” (Calvin Mark Lee, un jefazo discográfico que sugirió a nuestro amigo, entre otras ideas, la de ponerse un parche en el ojo derecho). Claro, estas cosas unen mucho. La influencia de la casi niña prodigio Angela -veinte años tenía por entonces- fue radical: muchacha renacentista muy leída y viajada, estrella por definición, dio a David no solamente una amplia perspectiva sobre la sexualidad y el glamour sino también sobre muchos aspectos estéticos y escénicos que luego desarrollará él; ese envoltorio andrógino de ambos que vemos en las fotografías de la época es una herencia suya. Y ahora le toca a Mick Ronson entrar en la historia: tras haber probado fortuna en varios grupitos irrelevantes (dos singles insípidos son todo su capital hasta este momento) y algunos trabajos como músico de sesión en Londres, se ha vuelto a su Hull natal y está pensando en dejarlo. Pero John Cambridge, un batería y colega suyo que ha militado brevemente en la banda de Bowie, va a buscarlo y lo convence para que se presente a una prueba ante él. Y es aceptado de inmediato. Así que ya tenemos las dos bases sobre las que se asienta la época tal vez más brillante de David: la estética/artística (Angela) y la musical (Mick).
Hay que reconocer que este alumno aprende con mucha rapidez: poco queda de su estilo original, a medio camino entre folk, pop y cabaret, cuando llega a las tiendas su nuevo disco. Cuyo título es “The man who sold the world”, el primero en una serie de cuatro (cinco, si contamos “Pin ups”) que lo establecerá como referencia inevitable para comprender el origen del glam y de algunas bandas, tanto americanas como británicas, que con el paso del tiempo harán resucitar al garaje sesentero transformado en punk y new wave. Pero de momento estamos a lo que estamos: este ya es un disco de rock, aunque todavía se oigan algunas reminiscencias del pasado como “After all” o “Saviour machine”; y aun en esas se nota la benéfica influencia de Ronson, que junto a Tony Visconti (su productor y bajista) se encarga de elaborar el nuevo sonido del grupo. Ambos se lucen en piezas magníficas como “The width of a circle”, con un perfecto equilibrio entre el plano acústico y eléctrico, o en la contundencia de “She shook me cold”, rozando el heavy metal. Y luego tenemos fases intermedias como la pieza que da título al disco, un curioso ejercicio a medio camino entre los ritmos latinos y la balada rock que resulta muy refrescante. En cualquier caso, y aunque es evidente el peso musical de Ronson y Visconti, no olvidemos que todas las piezas son de Bowie; que sus letras -influenciadas por las lecturas que su querida Angie le sugiere- tienen altura y que su evolución personal promete momentos de gloria. Bueno, pues a ver con qué nos sorprende el año que viene.
A Elton John también le van bien las cosas: este año publica dos discos, y la progresión se nota. Su casa discográfica ya le permite algunos privilegios que a otros músicos les cuesta mucho tiempo conseguir; por ejemplo, asegurarse un productor fijo de su elección que le acompañará en sus años más brillantes, el gran Gus Dudgeon (cuya hoja de servicios es impresionante: desde los Zombies, Mayall o los primeros TYA hasta luminarias folk como Fairport Convention, Steeleye Span o Lindisfarne). El bueno de Gus produjo el año pasado el single “Space oddity”, que abrió las puertas a la carrera de Bowie (aunque el LP fuese dirigido luego por Tony Visconti), y la atmósfera de esa canción ha embrujado a Elton. Que decide lo siguiente: si Bowie tiene a Angie y a Mick, él tendrá a Gus y a Bernie Taupin. Porque al revés que Bowie las carencias de Elton no están en la composición musical sino en la literaria, y para eso Bernie es un as. En cuanto a los músicos acompañantes, son, digamos, empleados por horas: no hay todavía una formación estable, aunque Nigel Olsson y su batería ya se están ganando un puesto fijo.
Con estos antecedentes, en la primavera del 70 llega su segundo LP, de título homónimo. A pesar de que su calidad supera ampliamente al primero el estilo no varía mucho, ni lo hará hasta mediados de la década: simplemente se trata de buenas canciones con magníficas melodías, apoyadas por su ambivalente dulzura y contundencia al piano más el refuerzo de unos arreglos soberbios en los que ahora ya no falta de nada. La primera, “Your song”, se convirtió en un éxito en single que además tuvo su video correspondiente (en un época en la que eso era una rareza), demostrando que las baladas con piano y orquesta, si eran exquisitas -esta lo es-, podían venderse aun en tiempos tan rockeros y progresivos. Y hay unas cuantas en este disco; algunas demuestran la admiración de Elton por el góspel, algo que se hace evidente en “Border song” (con el coro de Barbara Moore) o incluso en la entrada de “Take me to the pilot”, más marchosa. Pero también el rock and roll clásico le ha dejado huella: con frecuencia veremos en sus discos alguna pieza como “Rock and roll Madonna”, que tanto en su ritmo como en su actitud vocal recuerdan a Jerry Lee Lewis. En resumen: una preciosidad que lo lleva al top 10 tanto en la Isla como en los States. Y lo mismo sucederá con el siguiente, “Tumbleweed connection”, publicado en Otoño. Elton y Bernie deciden hacer un homenaje al mercado americano, que tan bien los está tratando, y centran la temática literaria en el Viejo Oeste. Así comienza el disco, con la Balada de Un Famoso Pistolero y sus tribulaciones, donde volvemos a ver la querencia de Elton por el góspel; porque, aunque parezca un rock sureño, la base es esa. Y sureño es, con todas las de la ley, el espíritu que le infunden esas escasas notas de armónica y steel guitar a “Country comfort”, que la convierten en una standard… Me temo que a The Band les ha surgido un serio competidor en su propio terreno, como se descuiden. Pero también tenemos al Elton de siempre en “Burn down the mission”, un verdadero despliegue de momentos suaves trufados de crescendos supinos. Así que la cosa parece clara: este muchacho va lanzado.
A Kevin Ayers ya lo alabé de sobra el año pasado, con motivo de su presentación en solitario, pero también expuse sus puntos débiles: su carácter de bon vivant, de bohemio escéptico sobre el negocio musical y sus servidumbres, no le favorece a la hora de pelear por el favor de la masa. Y por otra parte, sus antecedentes de hippy psicodélico tampoco están bien vistos en esta nueva época (la escuela Canterbury, de la que él fue uno de sus cerebros, le debe -entre otras muchas cosas- el nacimiento de Soft Machine). Estamos viviendo un tiempo mucho más clasista y cuadriculado de lo que parece, a pesar de excepciones tipo Elton John: como dije antes, o eres progresivo o eres rockero, y eso del buen gusto es para nenazas. Los outsiders siempre han sido minoritarios porque tanto la crítica como el público quieren patrones claros, referentes fáciles de etiquetar. Y nuestro amigo Kevin es un dandy que va por libre, de buen grado o a la fuerza: sus exquisitas composiciones, tanto si son reminiscencias del cabaret (un género que él sabe actualizar divinamente) como si rozan el pop-rock psicodélico, no son del agrado de las mayorías. Así que lo que tienen ante ustedes es otro “artista de culto”, un verdadero crooner alternativo para un tiempo en el que no se lleva ese estilo. Y aun así, el número de fieles seguidores que tiene es suficiente para mantener una carrera que durará, con altibajos, hasta hoy mismo.
Kevin, como Elton, tiene una banda por horas: ya no se apoya en Soft Machine. Sin embargo bautiza a los cuatro músicos que forman su entorno principal en las giras con el humorístico nombre de “The Whole World” y se mete con ellos en el estudio para grabar su nuevo material (algunos, como David Bedford, ya le habían acompañado en el primero, y otros estarán ahí solo unos meses). En Octubre del 70 vemos el resultado: Kevin Ayers y El Mundo Entero publican “Shooting at the moon”. Un disco que comienza con “May I”. No me voy a comer el coco tratando de describir esta canción: si Frank Sinatra tiene “My way” Kevin Ayers tiene “May I”, y punto pelota. Solo quedaría añadir que el tono parisino que le da ese acordeón influyó para que nuestro amigo hiciese luego una versión en francés, idioma que por supuesto redondea la maravilla. También la cara B se abre con otra joya, titulada “The oyster and the flying fish”, una canción acústica interpretada a medias con Bridget St. John (cantautora luminosa pero de poco éxito). Y el resto del disco es una sucesión de piezas entre psicodelia, progresivo, pop y mucho sentido del humor que nos muestran a un artista capaz de crear un universo propio a la altura del País de Alicia. ¿Las ventas? Bah, suficientes. El sello Harvest vive de Pink Floyd, y le basta con que sus otros artistas no den pérdidas.
Así que estos tres personajes comienzan la década con las mejores perspectivas: parece ser que hay vida más allá de los progresivos y los rockeros machotes. Esa siempre es una buena noticia, ¿no?


