martes, 11 de junio de 2013

España: la travesía del desierto (XIII)


Hoy nos despediremos de Madrid haciendo referencia a Micky y Los Tonys, el conjunto que nos faltaba para completar la élite capitalina en el primer quinquenio de los años 60. Son, por desgracia, el mejor ejemplo de algo que ya hemos visto repetidamente aquí: el poder caciquil de los sellos discográficos sobre los músicos. La idea general que se tiene hoy en día sobre Micky es la de un muchacho un poco alocado que se comía el escenario con sus cabriolas, que compuso algunas canciones muy simpáticas con su grupo y que luego, en los 70, se dedicó a cantar baladas un poquito ñoñas para los festivales. Y bueno, yo no digo que Micky y Los Tonys hayan sido la banda más memorable de la Historia, pero ese cliché es injusto: aunque no tengan muchas canciones de categoría, estamos ante un conjunto cuyo frontman era un verdadero animal de escena. Y algunas piezas grabadas, especialmente en 1965, son del mejor beat que se produjo en España por entonces. 

Miguel Angel, Micky, es un muchacho que vuelve a su Madrid natal en 1959, con quince años, tras haberse pasado la mayor parte de ese tiempo entre Bélgica y Jordania por la profesión de su padre, diplomático y casado con una alemana: como consecuencia de tanto trajín domina el inglés, frances, alemán… bueno, y un poco de árabe “para entenderme con mis colegas de allí”. Uno de los amigos de su padre fue Ataúlfo Argenta, el gran director de orquesta fallecido un año antes; pero las familias siguen manteniendo relación, y resulta que Fernando, hijo de Ataúlfo, toca la guitarra rítmica y acaba de crear junto a otros amigos un grupillo llamado “Los Tonys”, que echan a andar en 1960. Aunque tienen un problema: su cantante no sabe inglés, idioma que al parecer es imprescindible entre los rockeros. Micky comienza a ser conocido entre las pandillas modernas por su afición por el rock and roll y su dominio de ese idioma, que lo convierte en un privilegiado: un día (“por casualidad”, según las biografías oficiales) se presenta en una de sus actuaciones y Fernando aprovecha esa supuesta casualidad para convencer a Tony del Corral, el guitarra solista, jefe y titular del nombre del grupo, de que lo fiche y despida al otro. 

Aunque en sus primeros tiempos el conjunto seguirá llamándose “Los Tonys”, los ojos del público se van a dirigir exclusivamente al bueno de Micky, cuyos movimientos espasmódicos y su dominio escénico a base de saltos, chillidos y lo que haga falta, le hacen ganar el apodo de “el hombre de goma”. Su popularidad es enorme: a finales de 1962 triunfan en las matinales de Price tras haber actuado en casi todas las salas madrileñas, y a principios de 1963 participan en algunos festivales en Barcelona… sin haber grabado un solo disco. Son el último grupo famoso de la ciudad en conseguirlo, a mediados de ese año: se los lleva Zafiro, que no es precisamente el sello más innovador del país. De todos modos, y aunque las intenciones de sus jefes son claramente las de fotocopiar los éxitos de las baladas americanas e italianas, su primer EP se abre con “Ya tengo todo”, una estupenda y original versión “blanqueada” del “I got a woman” de Ray Charles. Fíjense en el tono y los giros sajones de Micky, que ya apuntaba maneras. 

El grupo se rinde ante la evidencia de que su cantante es el gran protagonista, y lo mismo hace su casa discográfica: en su segundo disco ya vemos en la portada la denominación definitiva de “Micky y Los Tonys”. Pero hay otra evidencia, al menos para los fans: esos discos, como la mayoría de los que publicarán en Zafiro, no están a la altura de su verdadero potencial. Las actuaciones son apoteósicas hasta el extremo de eclipsar al resto de los conjuntos de la capital, pero el grueso de las piezas grabadas es directamente impuesto por el sello. El resultado suele ser un batiburrilo de versiones insulsas en su mayor parte, carentes de garra y sin un estilo definido: lo que en teoría era un conjunto rockero se nos revela mucho más cercano a un beat aguado que a cualquier otra cosa, incluyendo versiones del folclore mexicano, baladas ñoñas y piezas raciales. La cosa llega a tales extremos que en uno de sus discos del 64, compuesto exclusivamente de versiones de baladas italianas procedentes del festival de San Remo (cuyo espíritu, con todos los respetos, no tiene nada que ver con este grupo), el propio sello prefiere eliminar el nombre de Micky en la funda para no desprestigiarlo… más aún. 

Pero no hay mal que cien años dure: a finales del 64, tras un último disco en el que destaca una buena versión de “The house of the rising sun”, la clásica de los Animals (de los que serán teloneros en la visita de Burdon y sus secuaces a España), su situación mejorará sensiblemente con el salto al subsello yeyé Novola del que tanto hablamos aquí, que les permite ser más fieles a su estilo y en el que entrarán a lo grande con la publicación del LP en el que se contiene la banda sonora de “Megatón ye-ye”. Se trata de la primera película pop española, en la que intervienen y donde la mayor parte de las piezas son composiciones suyas: a partir de ahí comienza su época más popular a escala nacional. 

Pero por hoy los dejaremos en ese momento dulce recordando las dos grandes maravillas beat de la película: “I’m over”, traducida aquí como “Estoy cansado”, y “Sulfur soap”, o sea, “Jabón de azufre”. Ambas compuestas por Micky, son probablemente lo mejor de toda su carrera y no tienen nada que envidiarle a las isleñas de aquel momento. Y por cierto: si quieren leer ustedes un post fenomenal, mucho más detallado que este tanto sobre el grupo como sobre esa deliciosa película, les recomiendo que visiten al señor Sebas. Ya verán, ya…. 



martes, 4 de junio de 2013

España: la travesía del desierto (XII)


Una vez que hemos agasajado a los cuatro conjuntos pioneros más importantes de Madrid damos hoy la bienvenida al granadino Miguel Ríos, que a efectos profesionales podemos considerar como residente en la capital. Es un verdadero corredor de fondo, cuya trayectoria rozó los cincuenta años; Raphael lo ha superado, tal vez Julio Iglesias y Serrat lo hagan también y Juan Pardo se le acercó, pero sus escuelas son otras: en el negocio del rock español, no hay nadie con ese registro. Y aunque es cierto que ha tenido muchos altibajos, cambios de estilo y decisiones no siempre acertadas, ese mérito no se le puede negar. Un mérito que se incrementa porque, además de su procedencia provinciana, sus orígenes son humildes: doble sacrificio, por tanto. 

Miguel entra a trabajar con dieciseis años en la sección de tejidos de unos grandes almacenes granadinos; y es allí donde su incipiente afición comienza a revelarse, ya que los conocimientos que demuestra sobre las músicas modernas que llegan de América hacen que sus jefes lo destinen al departamento de discos: echar leña al fuego, llaman a eso. Poco después se presenta a un concurso musical en Radio Granada, que gana y cuyo premio es la grabación de una maqueta que se envía a la Philips madrileña. Y aunque la respuesta tardó lo suyo, a finales de 1961 viaja a Madrid (pagándose él todos los gastos, claro) para firmar un contrato con el sello. Philips, como casi todas las disqueras nacionales del momento, se cree señora de vidas y haciendas, y sus imposiciones son: tú serás muy rockero, pero lo que se lleva ahora es el twist. Y “Miguel” es demasiado español, así que te llamarás Mike; mucho más moderno, dónde va a parar. Aunque al parecer, de este cambio ni le informaron: él mismo afirma que fue el primer sorprendido cuando vio ese “Mike Ríos, el rey del twist” en su primer EP, que aparece a principios del 62. El acompañamiento musical no es el más idóneo, ya que se trata de una orquesta tradicional para baladistas cuyos músicos no tienen mucha idea sobre ese nuevo ritmo. Y bueno, sí, al final las piezas son twist… pero fíjense en la voz: la cabra tira al monte, y ese tonillo es inequívocamente rockero: 


Las ventas están yendo mejor de lo que el propio sello esperaba, y gracias a eso Mike comienza a ser visto con un poco más de respeto: la orquesta mejora, pero después de otros dos discos donde nuestro amigo ya ha conseguido intercalar algún rock and roll e incluso la inevitable “Locomotion” que la mitad de los grupos están versionando, el que cierra 1962 cuenta con el acompañamiento de los Relámpagos, que seguirán a su lado durante todo el año siguiente. Con ellos graba su versión de “Popotitos”, el hit que habían popularizado los Teen Tops en España, y otras cuantas canciones que se alejan ya del twist (un género al que nunca fue muy aficionado, según sus propias palabras) para llegar al duduá, la factoría Spector y por supuesto efectuando nuevas incursiones en el rock and roll. Buen ejemplo de ello es una pieza encantadora titulada “La pecosita”, que forma parte de su último EP del 63: se trata de un teórico rockabilly que había sido un mediano éxito gracias a los mexicanos Silver Rockets y que Mike introduce en España dándole mucha más densidad. 

Los Sonor toman el relevo en 1964 aunque por poco tiempo, ya que Mike, presionado por Philips, está reconduciendo su carrera hacia las baladas de corte italiano, otra vez con orquesta. Ese estilo se impone entre los solistas de media Europa, y es en esta época cuando comienza a crearse una bifurcación en la música popular: hasta entonces muchos cantantes podían pasar como miembros de un grupo ya que estaban plenamente integrados en ese sonido, pero a partir de ahora tendrán su propio carácter (esto es un arma de doble filo, claro, y muchos de ellos se hundirán). Philips considera que “Mike” ya no es apropiado para ese nuevo rumbo, y en el último EP del 64 aparece su nombre castellanizado, por fin. Pero las ventas no van bien, o al menos no tan bien como iban antes. El ahora Miguel Ríos reconoce que es hora de asumir su papel como solista íntegro; pero con su propio estilo, ya que las nuevas grabaciones, intentando tocar todos los palos y muchas veces sin un rumbo claro, comienzan a ser totalmente prescindibles: su muy trabajado prestigio está corriendo un serio peligro por hacer versiones que no le cuadran, desde “Cielito lindo” a “La chica ye yé”, sin ir más lejos. Pero siempre hay algunas que se salvan, como “He preguntado a mi corazón”, una de las primeras composiciones “externas” del tándem Herrero-Armenteros (que por entonces aún militaban en los Relámpagos) con ayuda del propio Miguel. Pertenece a su primer EP del 65, que tal vez sea el último bueno de su época en Philips, y emana un delicioso efluvio beat.


Miguel, desencantado con Philips, abandona el sello a finales de 1965 para seguir su propio camino sin interferencias: será el primer artista de la naciente Sonoplay (el sello que dirigirá el ex-Sonor Carlos Guitart), aunque con poco brillo, para llegar luego a su renacimiento en Hispavox. Pero ya saben, esa es otra historia y…