Después de haber rendido homenaje a los Javaloyas (el nombre más popular de la zona con mucha diferencia) y por extensión a todas esas sufridas agrupaciones que animaron el panorama musical de aquella oscura España, seguimos nuestro viaje levantino en la búsqueda de ofertas un poco más ajustadas a nuestras querencias. Y el primer grupo decididamente "moderno" de la comunidad valenciana son los Milos, un trío de corta existencia pero que en su momento resultó novedoso ya que su repertorio, a diferencia de la mayoría de sus paisanos, se basa principalmente en los ritmos americanos antes que los italianos o franceses aunque también tengan piezas de ese estilo. Por otra parte fue la agrupación que dio a conocer a una de las grandes voces rockeras nacionales: Bruno Lomas, nada menos.
Hay que reconocer que su actitud es casi heroica: alternando los estudios con la afición musical (a pesar de alguna oposición paterna) y con una instrumentación primitiva supieron hacer de la necesidad virtud, ya que en sus principios los Milos disponían de dos guitarras acústicas y una eléctrica de construcción artesanal. Sin bajo ni batería, era evidente que su única posibilidad estaba en conseguir unas voces bien conjuntadas, al estilo de los Everly Brothers o la escuela duduá de Dion con los Belmonts, y a ello se ponen a finales de 1959 Emilio Balldoví (voz principal y guitarra ocasional), Salvador Blesa (guitarra solista y voz) y Vicente Castelló (rítmica y voz). Hubo en los primeros tiempos un cuarto componente llamado Ramón Pellejero, que se marchará muy pronto y que poco después comenzará a hacerse conocido con su nombre en catalán: se trata del señor Raimon, uno de los máximos exponentes de la Nova Cançó. Vicente, el mayor, tiene amistades en los Estados Unidos, y gracias a eso van recibiendo información y discos que definitivamente revolucionan a los otros dos. Y el más afectado por la exposición a tales sonidos resulta ser Emilio, admirador de Buddy Holly hasta tal extremo que adopta su estética gafapasta y se nos presenta en las fotografías con ese adminículo innecesario en él; pero además el trío luce en sus primeros tiempos unos vistosos pantalones de cuero negro, un hecho que hoy nos puede parecer nimio pero que resultó poco menos que revolucionario en el apacible Levante de la época.
Sus comienzos resultan meteóricos, ya que en menos de un año actúan en varias salas, ganan un concurso de nuevos talentos, saltan a Barcelona, llegan a la televisión y de ahí a grabar su primer EP. Por desgracia Discophon, el sello recién creado que les toca en suerte, no es precisamente un prodigio tecnológico; y ese hecho, sumado a la pobre instrumentación del trío -acompañado por una base rítmica de alquiler- hace que nos hallemos ante un artefacto de sonido rudimentario. Por otra parte, aún están verdes: la selección no es mala (“Be bop a-lula” o “Teddy girl”, por ejemplo), pero se nota que necesitan rodaje. Tal vez deberían haber esperado un poco más. El disco pasa casi desapercibido, pero en 1961 la situación mejora bastante con el segundo: aunque el sonido sigue siendo deficiente, se les ve más conjuntados. Y como era de esperar, por fin llega el homenaje debido a Buddy Holly: “Rave on”, que ellos traducen como “Estoy chispa”. No tiene la fuerza del original -con esa instrumentación es imposible- pero sus voces bien empastadas la defienden con dignidad. Por otra parte, y a pesar de algún detalle sonrojante como esos “Love me for ever” que se oyen a veces, Emilio ya suelta algún gritito y Salvador demuestra su habilidad con los punteos.
Aunque esa grabación no sea precisamente un éxito, los hace suficientemente populares como para dedicarse con más empeño a la profesión y mejorar su equipo. Y poco después, a finales del verano del 61, llega el momento cumbre de los Milos con su siguiente disco, ya que en él se encuentran las dos versiones más recordadas del trío: la inevitable “Zapatos azules de gamuza”, el gran y único éxito del señor Perkins, y “Lucille”, demostrando con ella que también el rock and roll negro de los santones como Little Richard estaba en sus preferencias. Ah, y el bueno de Emilio comienza a desatarse, sobre todo con la de Richard.
Y llegamos a 1962, un año turbulento que marca el final del trío. Salvador, el más serio, decide que aquel no es su mundo y abandona para seguir sus estudios, siendo sustituido por Pascual Olivas; con él graban su cuarto disco, que resulta ser horroroso y no porque yo lo diga sino porque ellos mismos lo reconocieron: el sonido es especialmente malo, y el salto del rock and roll al madison los convierte en un supuesto grupo de baile con un estilo que no es el suyo. Son contratados para una actuación en Valencia junto a Johnny Hallyday poco después, y el mánager de Johnny les ofrece una gira por el sur de Francia. Pero lo que pudo haber sido un relanzamiento se convierte en el golpe de gracia, ya que solo Emilio acepta el reto; los otros dos, que consiguen un nuevo contrato con EMI, se desentienden de él e intentan seguir adelante con nuevos miembros. Y resulta que Discophon es la propietaria del nombre, lo cual les obliga a buscar uno nuevo: a partir de ahora serán los Top-Son, que arrancan a finales del 63 como dúo y del que hablaremos pronto.
Aunque hablaremos antes de Emilio, que se asocia a toda prisa con los Diávolos (un pequeño grupo valenciano) para que le acompañen a Francia. Y a la vuelta se encuentra con el lío Milos/Top-Son, del cual nadie le había informado. Así que decide olvidarse de sus antiguos compañeros, rebautiza a los nuevos como “Los Rockeros” y vuelve a Francia, donde también él se rebautiza: ahora se hace llamar Bruno Lomas. Y claro, dicho esto ya se pueden imaginar de qué va el próximo rollo que les aguarda en este tugurio.
