lunes, 9 de diciembre de 2013

1971 (VI)


Llegamos hoy al sector de bandas que proceden de la oleada blues rock del 67/68. Es una escuela que, como la psicodélica, cerró sus puertas hace ya un tiempo: los nombres de mayor entidad que comenzaron en ella tienen su propio carácter, basado en el rock más o menos afilado. Ese rango se enriquece con tintes progresivos y en ocasiones con cruces entre blues y folk. Tres buenos ejemplos de dicho rango son Ten Years After, Free y Led Zeppelin. 

Ten Years After, que han finalizado su contrato con Decca, son la primera banda en el catálogo de la recién nacida Chrysalis Records, hasta ese momento una agencia de management creada en 1968 por Terry Ellis (productor y manager de Jethro Tull) junto a Chris Wright (haciendo lo mismo con los TYA): si ustedes suman “Chris” más “Ellis” y cambian algunas letras, ahí tienen el nombre de la crisálida en cuestión. Y claro, pronto veremos ahí a los Tull, entre otros (pero aún le deben un disco a la bendita Island Records). Chrysalis será a partir de ahora otra de las grandes referencias isleñas entre los sellos con buen gusto; aunque, como todas, también meterán la pata de vez en cuando: Wright fue el que, pensando que David Bowie no pasaría de un éxito o dos más, se negó a ficharlo cuando echó a andar el sello (justo cuando Bowie andaba cabreado por la mala distribución en la Isla de “The man who sold the world”, medio año más tarde que en los States), echándolo en brazos de la RCA. Tremendo despiste, sí. 

Pero a lo que íbamos: después de unos meses encerrados en los, cómo no, Olympic Studios (¡qué ambientazo debía de haber por esa época en esos estudios!), TYA entregan a Chrysalis lo que será la primera referencia del nuevo sello: “A space in time”. Un título muy apropiado, ya que estamos ante una obra que mantiene el espíritu del grupo pero lo enriquece con un sonido general mucho más elaborado, más complejo, y que no volverá a repetirse en la corta carrera que les queda por delante. Por otra parte una de las consecuencias de este espacio en el tiempo es que crea también división entre sus fans: los más cañeros tal vez se desilusionen un poco, mientras que a otros nos parece su obra cumbre. Así están las cosas. Porque aquí no hay trallazos como “I’m going home”, pero en cambio resulta que su mayor éxito en single viene incluido en este disco: “I’d love to change the world”, una pieza celestial que es otro de los himnos de la generación por su letra y por su música, que comienza en tono folk rock para empaparse de un sonido “atmosférico-psicodélico”, ir cogiendo carrerilla y convertirse en una alternativa a la mismísima escalera al cielo de los zepelines, una grandiosidad que posiblemente nunca habríamos esperado de Alvin y sus colegas (ah, y esa guitarra no tiene nada que envidiar a Page, por cierto). Pero no es solo eso: ya la apertura con “One of these days” nos había llevado a otro mundo creando un artificio sónico sobre lo que en teoría es un blues revestido de ecos y desarrollos inesperados, creando un ambiente que se mantiene hasta llegar a la última pìeza de la cara A: alguien, aburrido ante tanta revolución sonora, mueve el dial de la radio y surge “Baby won’t you let me rock and roll with you”, que es justo lo que su título sugiere, un rock and roll de la vieja escuela. Y la cara B vuelve a recuperar el sonido atmosférico con otra colección de joyas como la alegre “Once there was a time” o la soberbia, monumental “I’ve been there too”, con esa guitarra acústica surgiendo entre el oleaje de la playa… vale, ya me callo.

El caso de Free es radicalmente distinto. Los habíamos dejado a finales de 1970 en una situación de calma aparente con la publicación de “Highway”, pero la cosa no duró mucho: pronto surgen de nuevo las broncas entre Paul Rodgers y Andy Fraser, el clásico “problem child” desde la escuela. Si a esto sumamos el cuelgue de Paul Kossoff con la heroína, que lo hace imprevisible, resulta casi lógico que por fin, en la primavera del 71, la banda anuncie su disolución; no será la definitiva, puesto que volverán a reunirse en 1972, pero nos hace sospechar un futuro corto y borrascoso. Poco después del anuncio, Island publica un disco en directo hecho con material procedente de dos actuaciones del año pasado: “Free live!”. Una buena muestra de lo potentes que podían llegar a ser si tuviesen más cabeza, ya que su medio natural es ese: Free es una banda eminentemente rockera, de las que no pierden mucho tiempo en el estudio. Gracias a ese espíritu, tampoco el directo se ve contaminado por ningún tipo de arreglo y suena fresco, claro, simple, como nos sonaría si hubiésemos estado presentes en esas actuaciones. Se han elegido las piezas más reconocibles y es de agradecer que “All right now” sea la primera, para ir entrando en materia; como es lógico, también “Mr. Big” o “Fire and water” están ahí, acompañadas por “The hunter”, “I’m a mover”, “Ride my pony” y una concesión a su lado más dulce con “Be my friend”. En resumen, un paseo por lo más florido del catálogo Free en sus momentos de cordura. Y el disco se cierra con una sorpresa: “Get where I belong”, la última pieza que el grupo grabó en estudio, un mes antes de su separación. Es una balada encantadora, con ese ritmo de medio tiempo que tan bien se les daba. Pero "Free live!" ya muestra signos de testamento, aunque vuelvan el año próximo. Porque tal vez el carácter agrio y las drogas sean consecuencia directa de un hecho muy relevante: tras cinco discos magníficos, Rodgers y Kirke tienen veintiún años en este momento; Kossoff, veinte; Fraser, diecinueve. Y sin embargo, han llegado hasta aquí. 

Los zepelines van a toda marcha. Este año se publica su cuarto LP, que al menos para los que no somos muy fans es el mejor de su carrera. Y subrayo lo de los fans porque es frecuente que, en el caso de grandes bandas con extensas discografías, la opinión general no coincida con la de los forofos, que suelen dudar: “Dark side of the moon” (Pink Floyd), “Aqualung” (Jethro Tull) o “In the court of…” (King Crimson) son buenos ejemplos. De todos modos también es verdad que tanto unos como otros alaban mucho este disco, así que no habrá grandes controversias. Page y compañía, un tanto mosqueados por algunas críticas periodísticas, deciden que no figurará el nombre de la banda en el diseño exterior ni interior de la portada; pero la funda del disco trae unos signos a modo de runas que se hacen legendarios, ya que al parecer representan simbólicamente el carácter de cada uno de sus miembros. Bueno. ¿Y la música? Pues estamos ante un clásico inmediato, porque si no fuera suficiente con “Black dog”, la pieza que lo abre, luego viene “Rock and roll”, una verdadera explosión que nos muestra al grupo en su momento más contundente, seguida por el espléndido contrapunto folky de “The battle of evermore”, donde oimos a Plant haciendo dúo con Sandy Denny. Y si la cara A termina con “Stairway to heaven”, ya me contarán: ocho minutos en estado de gracia, elaborando no solamente la pieza más popular de su carrera sino también una de las más tremebundas en la historia del rock; una canción que ha llegado a dar náuseas por tener que oirla miles de veces en todas las radios y pubs del Sistema Solar, pero eso no es culpa suya. La cara B, aunque no va tan sobrada, mantiene el tipo: “Misty mountain hop” o “Four sticks” me recuerdan su primera época; “Going to California” es una decente ejecución acústica, y el cierre con “When the levee breaks”, oida ahora, parece anunciar lo que vendrá luego. Me sigue resultando cansina, un poco larga de más… pero seguro que es culpa mía por no comprender la grandeza de estos señores. En todo caso, insisto: es un disco soberbio, de lo mejor que se hizo en aquella época. 

Y ya que hemos comenzado dando la bienvenida a Chrysalis, ese nuevo sello discográfico, el próximo día trataremos de echar un ojo en la sala de máquinas, a ver qué se está cociendo allí. Qué nervios… 




lunes, 2 de diciembre de 2013

1971 (V)


De la escuela psicodélica isleña, es decir, la promoción del 67, quedan en activo tres grandes bandas. Por orden de aparición la primera en visitarnos fue Pink Floyd; y ahora vienen las otras dos, integrantes destacadas de mi santoral particular: Traffic y Family. Pero no se preocupen, no soy mitómano y mi pasión es contenida… más o menos. Cuando el género pasó de moda, cada una siguió su propio camino: los Floyd se abonaron hace tiempo al estilo lánguido rarito, mientras que Traffic es ahora una banda muy cercana al jazz rock suave y Family se encuentran en un frondoso cruce entre rock progresivo y hard con algunos ramalazos de jazz y folk. 

Traffic, metidos ya de lleno en su segunda reencarnación y con Steve Winwood dirigiendo la travesía, han roto completamente con el esquema psicodélico hippy de su primera época dejando fijadas las bases de su nuevo sonido en “John Barleycorn”, la maravilla del año pasado: salvo alguna balada de por medio, oiremos piezas de estructura jazzy revestidas por melodías de tono negroide en las que la voz aniñada de Stevie se luce como ninguna otra en la Isla. Y para desarrollar con propiedad ese sonido hay que aumentar el personal, ya que el trío Winwood – Capaldi – Wood es suficiente en las grabaciones pero no en directo: Chris Wood podrá dedicarse exclusivamente a su especialidad, que es atacar flautas y saxos, gracias a que Winwood ha traído a Ric Grech. Sí, el fantástico bajista (y violinista) que figura en los dos primeros discos de Family, a quienes abandonó sin aviso previo para integrarse en aquella supuesta Arcadia que iba a ser Blind Faith: Stevie, que también cayó en ese espejismo y luego lo acompañó en la Air Force de Ginger Baker, lo ha rescatado para Traffic. Bueno, olvidaremos la traición a Family (pero te tenemos marcado, Ric. No vuelvas a pasarte de listo). Hay también un considerable refuerzo en la percusión: por si la batería de Jim Capaldi no fuese suficiente tendremos dos con el fichaje de Jim Gordon, que de su aparición como músico de estudio con Beach Boys o Byrds saltó a la banda de Delaney y Bonnie, luego a los Dominoes de Clapton, la banda de Cocker… en fin, un monstruo en lo suyo. Y el tono exótico lo pondrán los cueros de “Rebop” Kwaku Baah, natural de Ghana, que procede de la banda del legendario pianista Randy Weston. La cosa promete. 

Pero esa formación podría haber sido aún más memorable si no hubiese fallado (por tercera vez) el encaje de Dave Mason en la banda. A principios del verano, él y Winwood tratan de “aparcar sus diferencias” e intentarlo de nuevo, pero tal intento solo dura unas semanas: tras media docena de actuaciones Dave decide volver a los States, donde se desarrolla prácticamente toda su carrera. Justo por esa época la bendita Island Records pasará a ser distribuida en aquel país por Capitol, con lo cual termina su relación con United Artists: el sello yanki advierte a Traffic de que falta un disco por entregarles (su contrato específico era de cinco) y Winwood, para solventar la papeleta, decide que ese disco será un directo. Un directo confeccionado a toda prisa, ya que reune piezas de dos actuaciones en las que participó Mason poco antes, ninguna de ellas correspondiente a la nueva época del grupo. Lo que resulta es una mezcla con tres clásicas de los primeros Traffic (“Medicated goo”, “Forty thousand headmen” y “Dear Mr. Fantasy”), dos muestras del nuevo repertorio de Mason y una versión muy extendida de… “Gimme some lovin”. Sí, aquella canción con la que Stevie elevó a los cielos el nombre de la banda de Spencer Davis. El sonido es manifiestamente mejorable -casi podría parecer un pirata- y en la portada del disco no vemos el nombre de la banda, sino el de cada uno de los músicos que participan (pero los fans de Traffic ya sabíamos que lo primero ante la llegada de un nuevo disco de nuestros ídolos era buscar su logo, que andaría por alguna parte. Y andaba, claro que sí). De todos modos, esa vuelta al pasado es emocionante. Y el título, evocador: “Welcome to the canteen”. 

El nuevo disco en estudio ya estaba preparado antes de la publicación del directo, lo cual confirma que este había sido un mero compromiso: en Noviembre, justo un mes más tarde, llega a las tiendas “The low spark of high heeled boys”. Aquí es cuando muchos fans de la primera época se desencantan, ya que el camino iniciado en “John Barleycorn” no tiene vuelta atrás y de aquellos efluvios hippies sesenteros hemos pasado a un sonido dulce, ligero, etéreo a veces… tal vez un cruce entre smooth jazz (aunque a Winwood no le guste ese término) y las baladas con sonido atmosférico, acuoso, que a mí por lo menos me encantan. De estas últimas son buenos ejemplos “Hidden treasure” y “Rainmaker”, las dos delicias que abren y cierran el disco, respectivamente; “Rainmaker” sobre todo, con esa delicada línea de flauta que luce Wood, es una de mis preferidas. Y del tono jazzy su mejor representación es la que da título al disco, una pieza de doce minutos que se ha convertido en definitoria de los nuevos Traffic. Pero también hay alguna concesión al rock americano de medio tiempo, como en “Rock’n’ roll stew”, escrita por los recién llegados Grech y Gordon; o “Light up or leave me alone”, la clásica composición al estilo Capaldi, que además la canta. Y que va ganando protagonismo en el grupo, ya que la mayor parte del material está compuesto a medias entre Winwood y él. Ah, y la portada es muy curiosa: se busca una impresión visual de cubo, con dos aristas biseladas para reforzar esa imagen (un truco que repetirán en su próximo disco, con la misma funda interior que este). En cuanto a la percepción de los fans de la que hablaba antes, lamento informar de que a partir de ahora los discos de Traffic serán mucho más populares en los States que en la Isla: ese sonido pasa factura. 

Entre los seguidores de Family también hay un cierto grado de desencanto. Es muy difícil mantener el nivel alcanzado en sus tres primeros discos, distintos entre sí pero igual de brillantes, y parece que la creatividad comienza a flaquear. Entendámonos: la mayor parte de la obra de esta banda es sobresaliente; pero cuando uno se encuentra con esas tres joyas y las compara con lo que vino luego resulta inevitable pensar que algo se ha perdido. Por otra parte, las continuas idas y venidas de personal no ayudan: tras la espantada de Ric Grech llegó John Weider, ex bajista de la banda de Burdon, pero a mediados de este año se marchará para ser sustituido por John Wetton. El caso de Wetton nos indica sin embargo la alta consideración en que los músicos tienen a este grupo: inmediatamente después de abandonar a los infortunados Mogul Thrash recibe una oferta de los mismísimos King Crimson, pero la rechaza en favor de Family (aunque la oferta de Fripp seguirá en pie). La preocupación ya comenzó a finales del año pasado con “Anyway”, un disco que pretendía transcribir el espíritu del grupo en directo (tan distante, hasta poco antes, del estudio): algunas de sus piezas, escritas y desarrolladas en las giras, se muestran en proceso de ajuste en la cara A -en directo, efectivamente. Es un buen material aunque un tanto descontrolado, y el sonido no ayuda. La cara B, en estudio, ofrece las que ya están más desarrolladas pero son fáciles de imaginar ante un auditorio, ya que la producción es mucho menos “invasiva” que en sus primeros tiempos. En conjunto es una obra decente; magnífica, si fuese de otra banda. Pero de Family esperábamos más. 

La aparición, ya en este año, de “Fearless” confirma que prescinden de los grandes arreglos en favor de la simplicidad: es decir, buscan un sonido fácil de trasladar a los escenarios. Es una opción entendible, ya que su punto débil hasta el momento era precisamente ese (muchas de sus grandes canciones sonaban pobres en directo). Pero a pesar de la voz de Chapman y su poderío en escena, el asombroso nivel técnico del grupo y todo lo que ustedes quieran, sigo pensando que Family, como otros nombres divinos, llegó a serlo gracias al trabajo en estudio. Y aquí volvemos a la máxima de siempre: una actuación dura dos horas, un disco toda la vida. Ya sé que hay gente que prefiere la “verdad” del directo antes que la “mentira” del estudio, pero me da igual: a Family le exigimos mucho, y a pesar de su alucinógena presencia sobre las tablas pierden parte de su magia ahí arriba, como si fuesen un grupo más. El caso es que estamos otra vez ante un gran disco si fuese de otros, pero simplemente pasable para ellos... o tal vez la culpa sea nuestra, que estamos muy mal acostumbrados: no somos capaces de comprender que es imposible mantener el listón tan alto por mucho tiempo. De todos modos, “Fearless” comienza con otra clásica: “Between blue and me”, que podría parecer un ejercicio folky hasta que llega el típico crescendo que solo Family sabe hacer; y luego viene una sucesión de piezas a medio camino entre rock, jazz y folk, tan personales como siempre, con ese sonido único (“Take your partners”, “Blind”, “Spanish tide”…). Su audición es obligatoria, por supuesto. Pero falta algo… 

En fin, no soy el más indicado para comentar discos de bandas como estas dos, así que mejor les cedo a ustedes la palabra: seguro que serán más ecuánimes que yo. Mi devoción me pierde, lo reconozco. A ver si la próxima semana nos tocan cosas más normalitas.