Llegamos hoy al sector de bandas que proceden de la oleada blues rock del 67/68. Es una escuela que, como la psicodélica, cerró sus puertas hace ya un tiempo: los nombres de mayor entidad que comenzaron en ella tienen su propio carácter, basado en el rock más o menos afilado. Ese rango se enriquece con tintes progresivos y en ocasiones con cruces entre blues y folk. Tres buenos ejemplos de dicho rango son Ten Years After, Free y Led Zeppelin.
Ten Years After, que han finalizado su contrato con Decca, son la primera banda en el catálogo de la recién nacida Chrysalis Records, hasta ese momento una agencia de management creada en 1968 por Terry Ellis (productor y manager de Jethro Tull) junto a Chris Wright (haciendo lo mismo con los TYA): si ustedes suman “Chris” más “Ellis” y cambian algunas letras, ahí tienen el nombre de la crisálida en cuestión. Y claro, pronto veremos ahí a los Tull, entre otros (pero aún le deben un disco a la bendita Island Records). Chrysalis será a partir de ahora otra de las grandes referencias isleñas entre los sellos con buen gusto; aunque, como todas, también meterán la pata de vez en cuando: Wright fue el que, pensando que David Bowie no pasaría de un éxito o dos más, se negó a ficharlo cuando echó a andar el sello (justo cuando Bowie andaba cabreado por la mala distribución en la Isla de “The man who sold the world”, medio año más tarde que en los States), echándolo en brazos de la RCA. Tremendo despiste, sí.
Pero a lo que íbamos: después de unos meses encerrados en los, cómo no, Olympic Studios (¡qué ambientazo debía de haber por esa época en esos estudios!), TYA entregan a Chrysalis lo que será la primera referencia del nuevo sello: “A space in time”. Un título muy apropiado, ya que estamos ante una obra que mantiene el espíritu del grupo pero lo enriquece con un sonido general mucho más elaborado, más complejo, y que no volverá a repetirse en la corta carrera que les queda por delante. Por otra parte una de las consecuencias de este espacio en el tiempo es que crea también división entre sus fans: los más cañeros tal vez se desilusionen un poco, mientras que a otros nos parece su obra cumbre. Así están las cosas. Porque aquí no hay trallazos como “I’m going home”, pero en cambio resulta que su mayor éxito en single viene incluido en este disco: “I’d love to change the world”, una pieza celestial que es otro de los himnos de la generación por su letra y por su música, que comienza en tono folk rock para empaparse de un sonido “atmosférico-psicodélico”, ir cogiendo carrerilla y convertirse en una alternativa a la mismísima escalera al cielo de los zepelines, una grandiosidad que posiblemente nunca habríamos esperado de Alvin y sus colegas (ah, y esa guitarra no tiene nada que envidiar a Page, por cierto). Pero no es solo eso: ya la apertura con “One of these days” nos había llevado a otro mundo creando un artificio sónico sobre lo que en teoría es un blues revestido de ecos y desarrollos inesperados, creando un ambiente que se mantiene hasta llegar a la última pìeza de la cara A: alguien, aburrido ante tanta revolución sonora, mueve el dial de la radio y surge “Baby won’t you let me rock and roll with you”, que es justo lo que su título sugiere, un rock and roll de la vieja escuela. Y la cara B vuelve a recuperar el sonido atmosférico con otra colección de joyas como la alegre “Once there was a time” o la soberbia, monumental “I’ve been there too”, con esa guitarra acústica surgiendo entre el oleaje de la playa… vale, ya me callo.
El caso de Free es radicalmente distinto. Los habíamos dejado a finales de 1970 en una situación de calma aparente con la publicación de “Highway”, pero la cosa no duró mucho: pronto surgen de nuevo las broncas entre Paul Rodgers y Andy Fraser, el clásico “problem child” desde la escuela. Si a esto sumamos el cuelgue de Paul Kossoff con la heroína, que lo hace imprevisible, resulta casi lógico que por fin, en la primavera del 71, la banda anuncie su disolución; no será la definitiva, puesto que volverán a reunirse en 1972, pero nos hace sospechar un futuro corto y borrascoso. Poco después del anuncio, Island publica un disco en directo hecho con material procedente de dos actuaciones del año pasado: “Free live!”. Una buena muestra de lo potentes que podían llegar a ser si tuviesen más cabeza, ya que su medio natural es ese: Free es una banda eminentemente rockera, de las que no pierden mucho tiempo en el estudio. Gracias a ese espíritu, tampoco el directo se ve contaminado por ningún tipo de arreglo y suena fresco, claro, simple, como nos sonaría si hubiésemos estado presentes en esas actuaciones. Se han elegido las piezas más reconocibles y es de agradecer que “All right now” sea la primera, para ir entrando en materia; como es lógico, también “Mr. Big” o “Fire and water” están ahí, acompañadas por “The hunter”, “I’m a mover”, “Ride my pony” y una concesión a su lado más dulce con “Be my friend”. En resumen, un paseo por lo más florido del catálogo Free en sus momentos de cordura. Y el disco se cierra con una sorpresa: “Get where I belong”, la última pieza que el grupo grabó en estudio, un mes antes de su separación. Es una balada encantadora, con ese ritmo de medio tiempo que tan bien se les daba. Pero "Free live!" ya muestra signos de testamento, aunque vuelvan el año próximo. Porque tal vez el carácter agrio y las drogas sean consecuencia directa de un hecho muy relevante: tras cinco discos magníficos, Rodgers y Kirke tienen veintiún años en este momento; Kossoff, veinte; Fraser, diecinueve. Y sin embargo, han llegado hasta aquí.
Los zepelines van a toda marcha. Este año se publica su cuarto LP, que al menos para los que no somos muy fans es el mejor de su carrera. Y subrayo lo de los fans porque es frecuente que, en el caso de grandes bandas con extensas discografías, la opinión general no coincida con la de los forofos, que suelen dudar: “Dark side of the moon” (Pink Floyd), “Aqualung” (Jethro Tull) o “In the court of…” (King Crimson) son buenos ejemplos. De todos modos también es verdad que tanto unos como otros alaban mucho este disco, así que no habrá grandes controversias. Page y compañía, un tanto mosqueados por algunas críticas periodísticas, deciden que no figurará el nombre de la banda en el diseño exterior ni interior de la portada; pero la funda del disco trae unos signos a modo de runas que se hacen legendarios, ya que al parecer representan simbólicamente el carácter de cada uno de sus miembros. Bueno. ¿Y la música? Pues estamos ante un clásico inmediato, porque si no fuera suficiente con “Black dog”, la pieza que lo abre, luego viene “Rock and roll”, una verdadera explosión que nos muestra al grupo en su momento más contundente, seguida por el espléndido contrapunto folky de “The battle of evermore”, donde oimos a Plant haciendo dúo con Sandy Denny. Y si la cara A termina con “Stairway to heaven”, ya me contarán: ocho minutos en estado de gracia, elaborando no solamente la pieza más popular de su carrera sino también una de las más tremebundas en la historia del rock; una canción que ha llegado a dar náuseas por tener que oirla miles de veces en todas las radios y pubs del Sistema Solar, pero eso no es culpa suya. La cara B, aunque no va tan sobrada, mantiene el tipo: “Misty mountain hop” o “Four sticks” me recuerdan su primera época; “Going to California” es una decente ejecución acústica, y el cierre con “When the levee breaks”, oida ahora, parece anunciar lo que vendrá luego. Me sigue resultando cansina, un poco larga de más… pero seguro que es culpa mía por no comprender la grandeza de estos señores. En todo caso, insisto: es un disco soberbio, de lo mejor que se hizo en aquella época.
Y ya que hemos comenzado dando la bienvenida a Chrysalis, ese nuevo sello discográfico, el próximo día trataremos de echar un ojo en la sala de máquinas, a ver qué se está cociendo allí. Qué nervios…