martes, 13 de octubre de 2015

1973 (VIII)



Jethro Tull también nacieron en aquel Big Bang del blues isleño ocurrido entre 1967 y 68, aunque a estas alturas todo parecido con sus orígenes es pura coincidencia. La evolución comenzó muy pronto, tras publicar su primer disco grande: la diferencia de criterio entre los dos cerebros del grupo, Ian Anderson y Mick Abrahams, hacía inevitable que uno de ellos abandonase; lo hizo Abrahams, que pretendía seguir manteniendo las sagradas esencias del blues en oposición a Anderson, mucho más ecléctico. Visto con la perspectiva que da el tiempo, resulta evidente que quien tenía la razón era Anderson: bajo su mando los Tull comenzaron un camino muy brillante que los llevó a la cumbre en 1971 con “Aqualung”, su cuarto disco, tras otros dos que a estas alturas son considerados igual de buenos aunque no tan “mediáticos”. Mientras tanto Abrahams, un gran guitarrista pero mediocre compositor, no consiguió mantenerse por mucho tiempo en el negocio, ya que su carrera al frente de Blodwyn Pig o más tarde la Mick Abrahams Band fue corta y oscura a pesar de ser favorecido por el sello Chrysalis (ya saben, el complejo de culpa de Anderson, que luego protegió también a Glenn Cornick y sus Wild Turkey). 

El grupo, ya bajo la férrea dirección de Anderson, presenta poco después “Stand up”. Me consta que este disco es el preferido de muchos fans clásicos: además del blues, a veces en tono rock (“A new day yesterday”, la primera, es una muestra grandiosa), tenemos piezas folk desarrolladas de modo muy original -una de las señas distintivas de los Tull a partir de ahora- o baladas a medio camino entre acústica y eléctrica (“We used to know”, qué delicia). Viene luego la transformación en banda de rock progresivo, aunque sea un término que a Anderson le causa sarpullidos, con “Benefit” y “Aqualung”; este último es el perfeccionamiento del estilo diseñado en el anterior, al igual que el segundo lo fue sobre el primero. Tenemos entonces la constatación de que Jethro Tull, como los Crimson, trabaja sobre parejas “temáticas”, por decirlo así. En consecuencia, su quinto disco ha de mostrar un nuevo cambio: “Thick as a brick” tiene una base folk rock con muchos matices indefinibles, muy personales; pero las diferencias no terminan ahí, debido a su carácter de pieza única y con una letra (muy acertadamente definida como “poema épico” en la portada) que para los comentaristas resulta ser “conceptual”, otro término que Anderson detesta. 

A efectos comerciales, no cabe duda de que la época dorada de Jethro Tull son los primeros años de la década. Por otra parte la formación del grupo se ha estabilizado (de momento) y quedará para la historia como la clásica, la que se recita de corrido, con los cuatro colegas escoceses que se conocieron en la John Evan Band más la inclusión de Martin Barre, que después de cuatro años ya es de la familia. La seguridad que da sentirse abrigado por esas dos circunstancias parece influir en el ánimo de Anderson, cuyo desprecio por la prensa se retroalimenta con la inquina de la prensa hacia él; a veces da la impresión de que ambos bandos juegan al gato y el ratón por motivos puramente “circenses”. Su nuevo plan es crear una especie de ópera rock con un único hilo argumental: las vicisitudes de Ronnie Pilgrim, un humano cualquiera, tras su muerte; es decir, si va al Cielo o al Infierno, qué elección le interesa más y ese tipo de asuntos. Un guión así necesita una base musical a juego, y Anderson decide que también un lugar de similar nobleza para crearla; así que parte con sus muchachos a finales de Agosto del 72 hacia el ya famoso Château d’Hérouville, cerca de París, donde hace poco hemos visto a algunos asiduos a nuestro local como Cat Stevens, Pink Floyd o Elton John. El castillo está de moda porque sus propietarios han decidido rentabilizarlo convirtiéndolo en un lujoso estudio de grabación, y allí se ponen a grabar los Tull un buen grupo de piezas sueltas que debidamente articuladas podrían ser suficientes para un doble LP. 

Pero las cosas se tuercen: a principios de Enero del 73 la banda se vuelve a la Isla. Anderson está muy cabreado porque considera que las condiciones acústicas de ese castillo son un desastre (“Château d’Isaster”, brama él). Y del montón de cintas rescata unas cuantas para confeccionar una pieza única, al estilo de “Thick as a brick”, en sus queridos Morgan Studios. El resultado final se titula “A Passion Play” y contra lo que suele hacerse Anderson lo presenta en directo, a modo de pieza teatral, antes de publicar el disco -antes, por tanto, de regalárselo a los críticos: mal empezamos. La representación se salda con división de opiniones, aunque para la crítica la cosa está clara: esto es un churro pretencioso, una ida de olla de un megalómano como Anderson, que ha perdido el sentido de la realidad. La banda anuncia que no volverá a poner los pies en un escenario isleño, en represalia por las críticas; luego nos enteramos de que esa fue una jugada publicitaria de Terry Ellis, al parecer sin consultarlo con Anderson (“Esa jugada me hizo parecer petulante”, dijo Anderson luego). Vaya usted a saber. El caso es que, aunque un gran número de fans desertaron de la banda -otros ya lo habían hecho tras “Thick as a brick”- sus ventas en los States y Europa fueron muy buenas, mejores que en la Isla. 

Otros pensamos que esta es la obra más compleja de Jethro Tull, para bien y para mal (es decir, con sus momentos brillantes y sus excesos). Aunque otra forma de decirlo, más ajustada, tal vez fuese definirla como “el final del camino”: a partir de aquí, los Tull ya no volverán a sorprendernos. Consiste en una evolución de “Thick as a brick” sumando a su base folk rock una carga de sonidos y líneas melódicas (incluyendo saxos y flautines) que pueden recordar al cabaret o el vodevil. El resultado parece inconexo por momentos (recuerden, se trata de una fusión de piezas cortas) y tal vez pretencioso -por no hablar de “La liebre que perdió las gafas”, una parodia de los cuentos infantiles que ocupa el final de la cara A y el principio de la B. Pero como es lógico cada uno tendrá su opinión, y a mí me atrajo siempre este tipo de cosas raras. Otro asunto es que aquí termina la ascensión creativa del grupo: el año que viene hay otro plan fallido, que es crear un doble LP como banda sonora para una película titulada “War Child”, de la cual solo quedará un disco simple, de lo más flojo de su carrera; luego levantarán un poco el vuelo con “Minstrel in the gallery”, con un sonido similar; luego se convertirán en una simple banda de folk rock -eso sí, con muy buen sonido en directo… y tras muchos “luegos” Anderson tendrá a bien liquidar el negocio, cuarenta años después de la publicación de “A Passion Play”. Ya he dicho más de una vez que los Tull son mi banda, que mi vida cambió al escucharlos por primera vez. Pero cuando un amor se acaba tuerzo el gesto y me voy: tengo sus primeros siete discos guardados como oro en paño, solo esos siete. Los demás me sobran. 



martes, 6 de octubre de 2015

1973 (VII)

El blues rock es un género que los británicos consideran como suyo, y creo que no se les puede discutir: las enseñanzas de personajes como Alexis Korner o John Mayall, cuyo conocimiento del blues tradicional sorprendió a los mismísimos santones negros, dieron origen a una nueva invasión británica en los States a partir de 1967/68 bajo el nombre de guerra de “British Blues Boom”. Sin embargo ya hemos ido viendo que la tradicional inquietud artística de los músicos isleños, mucho menos acomodaticios que los yanquis, hizo que la mayoría evolucionase pronto hasta crear su propio estilo, que en muchos casos ya no tiene nada que ver con el original. De los nombres que siguen siendo asiduos a este local tanto tiempo después de aquella efervescencia, hoy nos visitan dos cuya suerte es radicalmente distinta: Free vienen a despedirse, mientras que Rory Gallagher está que se sale. Así es la vida. 


El caso de Free es la crónica de una muerte anunciada, teniendo en cuenta la situación en la que quedaron a mediados del 72, poco después de publicar “At last”: con la marcha de Andy Fraser, esta vez definitivamente, no solo pierden a un bajista único sino también al principal compositor del grupo junto a Rodgers, con quien ya casi no se hablaba. Y la otra razón para irse fue constatar que el esplendoroso pero autodestructivo guitarrista Paul Kossoff tenía un negro futuro, ya que seguía siendo víctima -seguramente irreversible, teniendo en cuenta su quebradizo carácter- de la heroína y las pastillas. Los demás intentan seguir adelante y consiguen grabar antes de que acabe ese año; junto a Rodgers, Kossoff y Kirke están John “Rabbitt” y Tetsu (que habían grabado aquel disco mediocre con las dos “K” de Free aprovechando la baja temporal del grupo habida poco antes). En Enero de 1973 llega a las tiendas su último disco, que casi podríamos considerar póstumo: “Heartbreaker”. Al parecer Kossoff, medio ido, interviene según el día que tenga: con frecuencia -y contra sus propios deseos- la guitarra queda a cargo de Will “Snuffy” Walden, un clásico de los estudios de grabación. Y en la contraportada vemos un feo detalle: arriba el nombre de los otros cuatro en letras de buen tamaño con la relación de los instrumentos que atacan; más abajo, en letras menores, figura Paul junto a “Snuffy” y Reebop (el percusionista de Traffic, que participa en una pieza), es decir, como simple colaborador. Creo que no era necesaria esa humillación. 

Sumando todos estos percances cualquiera pensaría que el resultado iba a ser un horror, pero hay que reconocer que, sin llegar a la altura de sus primeros tiempos, resulta aceptable. Rodgers es ahora el compositor principal junto a John “Rabbit”, y también hay algunas colaboraciones del grupo al completo como en “Wishing well”, la que abre el disco, en el tono de balada marchosa que habían inaugurado dos años antes; tanto los teclados como las cuerdas se refuerzan para dar un aire más compacto al sonido, casi “orquestal” en algunos momentos. Algo parecido sucede con la siguiente, “Come together in the morning”: Free, que comenzaron en el blues rock y luego fueron precursores del hard, acabaron siendo un grupo de ritmos medios y melodías de tono nostálgico, como recordando viejos tiempos; aunque puede ocurrir que esa nostalgia nos traiga un vago recuerdo de lo que fueron, como en “Heartbreaker” o “Easy on my soul”. En conjunto, ya digo, es una obra discreta (en la que por otra parte se nota que la voz de Rodgers se ha ido amansando); tal vez por el enorme cariño que se les tiene, las ventas en la Isla llegan al top 10, lo cual resulta asombroso. Pero la cosa no dura mucho más, porque Free se despiden en primavera y todos tienen ya destino buscado: Rodgers y Kirke se unen a Mick Ralphs (ex Mott The Hoople) y a Boz Burrell (ex King Crimson) para formar Bad Company, un supergrupo millonario que hace poco aún andaba por ahí; Fraser se alía con Chris Spedding para crear Sharks, banda de mucho respeto pero pocas ventas; Tetsu se unió brevemente a Faces para sus últimas grabaciones y algunas giras, mientras que "Rabit" seguirá siendo un reputado músico acompañante para muchas figuras del negocio. En cuanto a Paul Kossof, logró crear un nuevo grupo, Back Street Crawler, con el que grabó un disco decente; pero por desgracia sus hábitos no cambiaron y su corazón dijo “basta” a mediados del 76 en un vuelo entre Los Angeles y Nueva York. Tenía 25 años. Mucha gente lloró al enterarse. 



Después de diez años de carrera, Rory Gallagher ha llegado a lo más alto. Su progresión ha sido lenta si la comparamos con otras divinidades guitarreras, pero también es verdad que nunca le obsesionaron el éxito ni la fama: simplemente, ha ido avanzando sin prisas y por lo tanto sin presiones, a su aire, disfrutando de cada actuación y de la juerga posterior en los bares más cercanos. Esa sencillez lo hace próximo a los aficionados, que se encariñan con él: “Rory es de los nuestros”, pensamos todos. Por otra parte su estilo no es tan simple como puede parecer a primera escucha, pues ya hemos visto que se maneja con igual soltura en las escalas del blues, rock, jazz o folk, mientras que su destreza con las cuerdas lo es tanto con la eléctrica como con las acústicas: en ambas sabe encontrar el espíritu de cada una. Ah, y no olvidemos que también domina el saxo y la armónica, porque esa foto fija con su Stratocaster no le hace justicia. Pero a lo que iba: 1973 es el año definitivo, en el que publica sus dos discos más populares: “Blueprint” y “Tattoo”. En realidad el primero ya estaba listo en Diciembre del año anterior, aunque se publica a principios de este; el segundo se graba en Agosto y llega a finales de año. En ambos casos y como siempre, no ha necesitado mucho tiempo para grabarlos: si puede evitar segundas tomas mucho mejor, y por supuesto la producción también es suya. 

La única novedad en el sonido es la inclusión de un teclista, irlandés por supuesto, llamado Lou Martin (procedente de Killing Floor, una pequeña banda londinense). Rory ha decidido que el formato de trío se le queda pequeño: necesita más riqueza de sonido para evitar que provoque cansancio. Y creo que lo consigue, porque ambos discos son magníficos -para mí, lo mejor de toda su obra. Lo difícil es destacar uno frente al otro, y afortunadamente ambos son tan populares que no es necesario esforzarse en describirlos: “Blueprint” se abre con esa genialidad blues rock titulada “Walk on hot coals”, cuyo ritmo abrasador hace juego con el título; le sigue la melancólica pero grandiosa “Daughter of the everglades”, una verdadera lección de estilo; luego su versión del “Banker’s blues”, formal, ajustada a su estilo original; tan formal como la que le sigue, “Hands off”, de producción propia y quintaesencia del estilo Gallagher... y aún queda la cara B. En cuando a “Tattoo”, qué quieren que les diga: si la apertura va a cargo de “Tattoo’d lady”, ese diamante que se ha convertido en el santo y seña de toda su carrera, poco hay que añadir. Una vez más sabe mantener el equilibrio entre la alegría de canciones como esa, “Cradle rock” o “Sleep on a clothe’s line” junto a otras más acústicas como “20/20 vision” o “Who’s that comin”, la otra cara de la admirable escuela Gallagher. En conjunto es el disco más alegre de Rory, el más vigoroso y el que lo situó en lo más alto de las listas, incluso en España. Menos mal: en un año tan aciago como este, alegra ver que no todo está perdido.