Jethro Tull también nacieron en aquel Big Bang del blues isleño ocurrido entre 1967 y 68, aunque a estas alturas todo parecido con sus orígenes es pura coincidencia. La evolución comenzó muy pronto, tras publicar su primer disco grande: la diferencia de criterio entre los dos cerebros del grupo, Ian Anderson y Mick Abrahams, hacía inevitable que uno de ellos abandonase; lo hizo Abrahams, que pretendía seguir manteniendo las sagradas esencias del blues en oposición a Anderson, mucho más ecléctico. Visto con la perspectiva que da el tiempo, resulta evidente que quien tenía la razón era Anderson: bajo su mando los Tull comenzaron un camino muy brillante que los llevó a la cumbre en 1971 con “Aqualung”, su cuarto disco, tras otros dos que a estas alturas son considerados igual de buenos aunque no tan “mediáticos”. Mientras tanto Abrahams, un gran guitarrista pero mediocre compositor, no consiguió mantenerse por mucho tiempo en el negocio, ya que su carrera al frente de Blodwyn Pig o más tarde la Mick Abrahams Band fue corta y oscura a pesar de ser favorecido por el sello Chrysalis (ya saben, el complejo de culpa de Anderson, que luego protegió también a Glenn Cornick y sus Wild Turkey).
El grupo, ya bajo la férrea dirección de Anderson, presenta poco después “Stand up”. Me consta que este disco es el preferido de muchos fans clásicos: además del blues, a veces en tono rock (“A new day yesterday”, la primera, es una muestra grandiosa), tenemos piezas folk desarrolladas de modo muy original -una de las señas distintivas de los Tull a partir de ahora- o baladas a medio camino entre acústica y eléctrica (“We used to know”, qué delicia). Viene luego la transformación en banda de rock progresivo, aunque sea un término que a Anderson le causa sarpullidos, con “Benefit” y “Aqualung”; este último es el perfeccionamiento del estilo diseñado en el anterior, al igual que el segundo lo fue sobre el primero. Tenemos entonces la constatación de que Jethro Tull, como los Crimson, trabaja sobre parejas “temáticas”, por decirlo así. En consecuencia, su quinto disco ha de mostrar un nuevo cambio: “Thick as a brick” tiene una base folk rock con muchos matices indefinibles, muy personales; pero las diferencias no terminan ahí, debido a su carácter de pieza única y con una letra (muy acertadamente definida como “poema épico” en la portada) que para los comentaristas resulta ser “conceptual”, otro término que Anderson detesta.
A efectos comerciales, no cabe duda de que la época dorada de Jethro Tull son los primeros años de la década. Por otra parte la formación del grupo se ha estabilizado (de momento) y quedará para la historia como la clásica, la que se recita de corrido, con los cuatro colegas escoceses que se conocieron en la John Evan Band más la inclusión de Martin Barre, que después de cuatro años ya es de la familia. La seguridad que da sentirse abrigado por esas dos circunstancias parece influir en el ánimo de Anderson, cuyo desprecio por la prensa se retroalimenta con la inquina de la prensa hacia él; a veces da la impresión de que ambos bandos juegan al gato y el ratón por motivos puramente “circenses”. Su nuevo plan es crear una especie de ópera rock con un único hilo argumental: las vicisitudes de Ronnie Pilgrim, un humano cualquiera, tras su muerte; es decir, si va al Cielo o al Infierno, qué elección le interesa más y ese tipo de asuntos. Un guión así necesita una base musical a juego, y Anderson decide que también un lugar de similar nobleza para crearla; así que parte con sus muchachos a finales de Agosto del 72 hacia el ya famoso Château d’Hérouville, cerca de París, donde hace poco hemos visto a algunos asiduos a nuestro local como Cat Stevens, Pink Floyd o Elton John. El castillo está de moda porque sus propietarios han decidido rentabilizarlo convirtiéndolo en un lujoso estudio de grabación, y allí se ponen a grabar los Tull un buen grupo de piezas sueltas que debidamente articuladas podrían ser suficientes para un doble LP.
Pero las cosas se tuercen: a principios de Enero del 73 la banda se vuelve a la Isla. Anderson está muy cabreado porque considera que las condiciones acústicas de ese castillo son un desastre (“Château d’Isaster”, brama él). Y del montón de cintas rescata unas cuantas para confeccionar una pieza única, al estilo de “Thick as a brick”, en sus queridos Morgan Studios. El resultado final se titula “A Passion Play” y contra lo que suele hacerse Anderson lo presenta en directo, a modo de pieza teatral, antes de publicar el disco -antes, por tanto, de regalárselo a los críticos: mal empezamos. La representación se salda con división de opiniones, aunque para la crítica la cosa está clara: esto es un churro pretencioso, una ida de olla de un megalómano como Anderson, que ha perdido el sentido de la realidad. La banda anuncia que no volverá a poner los pies en un escenario isleño, en represalia por las críticas; luego nos enteramos de que esa fue una jugada publicitaria de Terry Ellis, al parecer sin consultarlo con Anderson (“Esa jugada me hizo parecer petulante”, dijo Anderson luego). Vaya usted a saber. El caso es que, aunque un gran número de fans desertaron de la banda -otros ya lo habían hecho tras “Thick as a brick”- sus ventas en los States y Europa fueron muy buenas, mejores que en la Isla.
Otros pensamos que esta es la obra más compleja de Jethro Tull, para bien y para mal (es decir, con sus momentos brillantes y sus excesos). Aunque otra forma de decirlo, más ajustada, tal vez fuese definirla como “el final del camino”: a partir de aquí, los Tull ya no volverán a sorprendernos. Consiste en una evolución de “Thick as a brick” sumando a su base folk rock una carga de sonidos y líneas melódicas (incluyendo saxos y flautines) que pueden recordar al cabaret o el vodevil. El resultado parece inconexo por momentos (recuerden, se trata de una fusión de piezas cortas) y tal vez pretencioso -por no hablar de “La liebre que perdió las gafas”, una parodia de los cuentos infantiles que ocupa el final de la cara A y el principio de la B. Pero como es lógico cada uno tendrá su opinión, y a mí me atrajo siempre este tipo de cosas raras. Otro asunto es que aquí termina la ascensión creativa del grupo: el año que viene hay otro plan fallido, que es crear un doble LP como banda sonora para una película titulada “War Child”, de la cual solo quedará un disco simple, de lo más flojo de su carrera; luego levantarán un poco el vuelo con “Minstrel in the gallery”, con un sonido similar; luego se convertirán en una simple banda de folk rock -eso sí, con muy buen sonido en directo… y tras muchos “luegos” Anderson tendrá a bien liquidar el negocio, cuarenta años después de la publicación de “A Passion Play”. Ya he dicho más de una vez que los Tull son mi banda, que mi vida cambió al escucharlos por primera vez. Pero cuando un amor se acaba tuerzo el gesto y me voy: tengo sus primeros siete discos guardados como oro en paño, solo esos siete. Los demás me sobran.


