lunes, 22 de febrero de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (I)



La Historia es una señora muy respetable, pero debería ser tratada con distancia. Porque siempre nos vamos a encontrar con épocas o personajes que se resaltan o se menosprecian en función de la tendencia de quien la escribe, o de la moda imperante. La música española no podía ser una excepción: entre los aficionados jóvenes -y no tanto- no hay mención ni memoria de los Estudiantes, el primer grupo español, o de los Relámpagos, líderes en el primer quinquenio de los años 60; si hablamos de esa década, la historia parece comenzar con los Brincos. Para otros muchos resulta que la importancia está en función directa de la proximidad temporal: todo lo que vaya más atrás de los últimos veinte años, sobra (salvo para las tribus frikis, rockeras, mod o de cualquier tipo, que viven en otro plano temporal). Pero también entre los que ya somos “un poco” mayores hay manías: cada uno tiene su visión fantástica del pasado, y a veces confundimos nuestra ilusión con la realidad. Somos de memoria distraída.

Una de las épocas más oscuras y al mismo tiempo más idealizadas de la música española es la correspondiente a los primeros años en la década de los 70. Ahí se nos llena la boca a los puretas recitando nombres de minúsculos grupos underground y progresivos -casi todos cantando en inglés- que llegaron a grabar algunos singles, algún que otro LP y pare usted de contar. El aficionado medio probablemente no conocía a casi ninguno de ellos y sus ventas fueron mínimas, pero su leyenda hace que ahora esos vinilos originales cuesten un pastón en el mercado del coleccionismo: triste consuelo para los músicos que los grabaron. Supongo que aquel furor que sentíamos por esas bandas se debía al patriotismo más que otra cosa, olvidando que en realidad lo que estábamos aplaudiendo era a unos músicos que salvo muy honrosas excepciones trataban de no parecer españoles. Otra cosa eran los cantautores, los que utilizaban la música como vehículo para difundir unas letras innovadoras, ocurrentes, a veces casi revolucionarias, en muchos casos empuñando una simple guitarra acústica: este fue uno de los períodos más brillantes para ellos, teniendo en cuenta la convulsión social y política que se estaba viviendo. Pero salvo excepciones tampoco tuvieron grandes ventas, porque el grueso de la afición iba por otros caminos. 

A finales de los años 60, tras aquella época brillante del pop y el spanish soul, los músicos nacionales quedaron descolocados ante las novedades extranjeras: el breve reinado de la psicodelia dio paso al apogeo del rock, que pronto se adueñó del mercado. Las dos corrientes principales fueron el blues/hard y el progresivo, y ninguna de ellas cuadraba bien con el espíritu español. Por otra parte la venta de música foránea se había disparado, ya no eran solo Beatles y Stones: un número creciente de grupos isleños o yanquis estaba vendiendo cada vez más que los españoles. La crisis era evidente, y los sellos discográficos la intuyeron muy pronto; casi nunca suelen enterarse de nada, pero se ve que esta vez estaban bien asesorados. En uno o dos años habían conseguido sacar a las mejores voces de los grupos para adjudicarles una carrera en solitario: Pedro Ruy-Blas, Micky, Juan Pardo, Camilo Sesto, Julián Granados… la lista es enorme. Y junto a esa predilección por el cantante solista (una vuelta a los criterios de los años 50), nace el concepto de grupo chicle para usar y tirar: el pop casi infantil de Diablos, Fórmula V, Los Puntos y similares tendrá mucho éxito. 

De este modo tenemos dos mercados claramente definidos: el consumidor masivo, para el que la música es un divertimento accesorio y que suele comprar lo que le dictan los 40 Principales (los precursores de la radiofórmula en España, muy potentes ya a principios de esta nueva década), y los aficionados a fondo -una minoría-, que dan por muerta a la música española y cuyo interés está en la Isla y los States: lo demás no cuenta. Entre esos dos bandos surgen algunos músicos que, con una voluntad digna de mejor causa, se limitan a hacer puro seguidismo; porque, nos guste o no reconocerlo, los nuevos grupos tratan de competir en el terreno del rock con las armas de los extranjeros: muchos cantan en inglés -idioma que no dominan, que coarta su expresión- y utilizando las mismas estructuras musicales que ellos. Por lo tanto caerán pronto, ya que no tienen un espíritu propio, un carácter reconocible: son simples copias, y para eso siempre es mejor el original. Solo alcanzan popularidad (relativa, en todo caso) aquellos que intentan fusionar el rock con elementos del país: Smash es un buen ejemplo, como lo es Pau Riba, un verdadero francotirador. Los demás serán pasto de futuros coleccionistas o grupos minoritarios de aficionados. Así que, salvo esas excepciones y las de los cantautores, la cosa se pone muy fea. 

La gran grieta entre aficionados y público en general se hace evidente en los medios de comunicación: la prensa musical mejora un poco (Disco Expres) pero es minoritaria; al igual que la radio o la televisión, los contenidos de calidad son muy escasos y aparecen semiocultos (“Musicolandia” en Radio Centro, a cargo de Vicente -luego Mariscal- Romero, o el programa de la televisión alemana “Beat Club” programado aquí en la segunda cadena a horas extrañas). En cambio, los festivales de la canción se retransmiten a todo el país y las revistas de fans florecen gracias a la potencia de Raphael y similares. En las tiendas suele ser necesario que encargues a tu tendero tal o cual disco, ya que él no los conoce y posiblemente el distribuidor tampoco. El distribuidor, el que trae la maleta, por lo general no tiene muy claro quiénes son la mitad de las figuras que están en su catálogo, así que algunos tuvimos que aprendernos los días y horas en que el viajante de cada sello visitaba la tienda para estar presentes y fisgonear en esos catálogos. Las sorpresas eran tremebundas: ¿Cómo? ¿El disco de It’s a Beautiful Day está publicado en España? ¡Ahora me entero! Tiempos heroicos, puede; pero no me negarán que la perspectiva era bastante triste. 

Esta situación comenzará a cambiar a partir de 1973/74, más por el florecimiento de nuevas ofertas que por un gran aumento de la demanda, algo que nunca ocurrió. Pero en todo caso, esa ya es otra época y será contada en otra ocasión: ahora toca volver a ese desierto que suele cubrir la historia de la música española con cierta periodicidad y que en esta época se hace particularmente árido. Verifiquen sus reservas de agua, por si acaso. 


lunes, 15 de febrero de 2016

1973 (y fin)



Una de las consecuencias de esta época decadente en la que estamos entrando es que el mercado comienza a fraccionarse. Hasta ahora, la mayor parte de los aficionados convivía sin sobresaltos entre estilos de muy distinto jaez: en tu casa se refugiaban los discos de King Crimson junto a los de Deep Purple o Cat Stevens, por poner tres ejemplos extremos; los tres tenían su encanto, y otra cosa es que lógicamente tus preferencias te inclinasen hacia unos u otros con mayor intensidad. Sin embargo, a partir de ahora el público se radicalizará al mismo tiempo que sus ídolos pierden talla y frescura. Esto se hace muy evidente sobre todo en el mundo del rock machote, que partiendo del blues rock ha llegado al hard, el heavy, el metal y no se sabe cuántas cosas más: el estilo Black Sabbath, enriquecido con el show de la escuela horror glam de un Alice Cooper y similares, comienza a poblar el mundo de bandas que ofrecen músicas y espectáculos tremendistas, casi circenses. La proliferación de etiquetas sin sentido parece conferir propiedades divinas a los músicos que militan en ellas, y cada vez se hace más patente que sus seguidores, exasperadamente fieles, desechan cualquier otro estilo que no sea ese. Pero también tienen problemas el progresivo y el sinfónico, cada vez más oscuro el primero y más alambicado el segundo. En conjunto, lo que vemos es a un número importante de aficionados que parecen asustarse ante el hundimiento de una época y deciden esconder la cabeza bajo el ala, refugiarse en lo malo conocido. Quedan otros dos sectores: el primero es el de quienes consideran que la música yeyé ya no da más de sí; el segundo es el de los indecisos, que nos sentaremos a esperar y ver qué pasa. El primero a su vez se subdivide entre los que van abandonando la afición (o se refugian en sus discos de toda la vida) y el de los que evolucionan hacia géneros “superiores” como la música clásica o el jazz. Para estos últimos se está consolidando el estilo de moda entre la gente culta y a la vez moderna: el jazz rock. 

Aquí entra en juego uno de los sellos más veteranos del negocio: la estadounidense Columbia/CBS, que ya desde finales de la década anterior se había interesado por esa fusión que comienza a desarrollarse en Chicago, se hace muy popular en casi todo el continente americano y en poco tiempo alcanza Europa, aunque con menos ímpetu. Por entonces las tres bazas principales del sello eran The Flock y otras dos cuyo estilo era claramente de brass bands: Chicago y Blood, Sweat & Tears (aunque estos eran neoyorkinos); que fueron las que triunfaron, mientras los primeros resultaron ser los más alabados y los de menos ventas. En la Isla hubo un pálido reflejo de esa nueva corriente: las dos bandas principales que podríamos citar son Soft Machine, más inclinada a la psicodelia en sus primeros tiempos, y Colosseum, en la vena progresiva; nunca llegaron al “gran público”, por decirlo así. Pero ahora, aprovechando la crisis, CBS vuelve a insistir con algunas ofertas que ya están funcionando razonablemente bien en los States. Y al menos una de ellas debería causar impacto en la Isla, ya que se trata de una banda “multinacional” pero creada y dirigida por un británico: la Mahavishnu Orchestra, al frente de la cual tenemos al eximio guitarrista John McLaughlin. 

John, nacido en 1942 en una familia de tradición musical y con formación clásica, en su infancia estudia piano, violín y guitarra acústica. Cuando llega a la adolescencia decide concentrarse en este último instrumento y se aficiona a las mixturas cercanas al jazz; es fan del legendario quinteto du Hot Club de France, exclusivamente de cuerdas y con tonos latinos: ahí militan dos leyendas vivientes, el violinista Stéphane Grappelli junto al guitarra Django Reinhardt, ambos ídolos del joven McLaughlin. Poco después se pasa a la guitarra eléctrica y antes de cumplir los veinte años comienza su carrera en Londres, donde pronto encuentra acomodo entre las incipientes bandas de r’n’b: toca con prácticamente todos los nombres importantes de la ciudad, desde Alexis Korner a Brian Auger pasando por Graham Bond. Su destreza con la guitarra es ya legendaria (llega incluso a dar lecciones a un principiante Jimmy Page) y en 1969 consigue grabar el primer disco a su nombre: “Extrapolation”, apoyado por una de las estructuras clásicas en el jazz consistente en saxo, batería y bajo. Tengo que reconocer que el jazz no es lo mío, pero me resulta un disco muy refrescante porque, teniendo en cuenta la época, se sale un poco del tradicionalismo para acercarse por momentos al blues y sobre todo mantiene un tono muy rítmico, muy vivo. Y aunque pasó casi desapercibido tanto entre los fans del jazz como entre los del r’n’b (no era todavía su momento), le sirve como aval para dirigirse, antes de que acabe ese año, a los States (donde no fue publicado hasta 1972) y formar parte del nuevo trío Lifetime, creado por el ya legendario batería Tony Williams, junto al teclista Larry Young. 

En Estados Unidos no tardó en consagrarse: tras ese primer trabajo pronto se convierte en uno de los músicos más buscados para acompañar tanto grabaciones como actuaciones de músicos del calibre de Miles Davis, Wayne Shorter, Larry Coryell y unos cuantos más. No tarda en presentar su segundo disco, en 1970, que resulta ser una sorpresa: se titula “Devotion”, y cualquier aficionado a la guitarra debería conocerlo. Le acompañan Young, Buddy Miles y Billy Rich, lo cual ya impresiona, pero hay que añadir a eso el hecho de que en las sesiones de grabación coincidió con Hendrix; solo llegó a tocar unas horas con él, pero escuchando este disco da la impresión de que le fueron muy útiles, y nos queda la pregunta de qué habría pasado si Jimi no hubiese muerto y mantuviese alguna colaboración con John. El disco es potente, mucho más cercano al rock que al jazz, muestra a las claras la influencia exuberante de Hendrix, y a su vez influirá sobre Fripp (hay alguna escala en “Lark’s tongues…” o en “Starless…” que lo delatan). Es también la base del sonido intenso, crudo, casi heavy, que puede llegar a mostrar McLaughlin en algunos pasajes de su futura banda, del mismo modo que lo es también de su faceta más suave, cercana a la dulzura. Un gran disco. Y lo reconozco hasta yo, que no soy muy guitarrero. 

En ese mismo año John toma dos importantes decisiones: aconsejado por su gurú decide que su nombre será precedido por el término indio “Mahavishnu”, que al parecer reúne tres de las grandes potencias de Vishnú: compasión, poder y justicia divinas; ah, y a partir de ahora lo veremos vestido de blanco. La otra decisión es crear un grupo estable -la orquesta de Mahavishnu- cuyo plantel tira para atrás: Jerry Goodman, nuestro querido violinista peludo de los Flock; el panameño Billy Cobham, batería tremebundo, antiguo empleado de Miles Davis; el bajista irlandés Rick Laird, al que conocía desde los tiempos de Brian Auger; y el teclista checo Jan Hammer, que procede de la banda de Sarah Vaughan. El primer disco, titulado “The Inner mounting flame”, se publica a finales del 71: aunque es un top 10 en las listas jazz de los States, no es un éxito en las convencionales. Su consolidación llega en 1973, con “Birds of fire”, el segundo, que incluso en España tiene buenas ventas; en ambos discos hay una fusión de jazz y rock con elementos tan dispares como la música sinfónica e, inevitablemente, las influencias hindúes; sumen a eso un cierto toque funky de vez en cuando y el resultado es una capa de sonidos y melodías que pueden alcanzar el terremoto sónico o la suavidad del vuelo de una mariposa. Y entre todos los instrumentos, siempre esa guitarra tan característica, tan versátil; otra cosa es que tanta densidad se me hace cansina, pero la exquisitez formal no se puede discutir. 

Luego hubo tensión entre los músicos, agobiados por el exceso de trabajo, muchos cambios y la primera desaparición de la banda en 1976. Pero mientras tanto el jazz rock se había apoderado de gran parte del mercado gracias a los discos en solitario de muchos músicos -americanos, sobre todo- que comenzaron a hacerse famosos en Europa, o de bandas con distintas orientaciones como Weather Report, Return to Forever, etc. Ya estábamos en otra época. Como dije antes, yo no soy muy aficionado a este tipo de estilos: algunos músicos me parecen demasiado narcisistas, como si tocasen únicamente para oírse entre ellos; me acabé aburriendo mucho, y al final liquidé la mayor parte de esos discos. Pero también reconozco que para quien quiera dominar un instrumento pueden constituir un aprendizaje muy interesante, ya que estamos ante verdaderos virtuosos; no olvidemos que Jeff Beck, mi guitarrista preferido, definió a McLaughlin como “el mejor guitarrista vivo”. Y si Beck lo dice, es de suponer que será cierto. 

Bien, pues esta es la última tendencia que nos quedaba por ver: 1973 termina aquí, y lamento decir que las perspectivas no son buenas. Pero quedaremos a la espera, de todos modos; como dicen los gallegos, “nunca choveu que non escampara”. Ah, y gracias por la paciencia: me he pasado con tanto capítulo, ya lo sé.