lunes, 11 de abril de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (VIII)



Seguimos en Cataluña, un lugar inmejorable para demostrar que el mundo de los músicos poetas es mucho más amplio de lo que parece. Porque hoy nos toca volver sobre uno de nuestros artistas preferidos: Pau Riba, un geniecillo loco que llegó a ser definido como el Daevid Allen nacional, que ya es decir. Su decisión de cantar en el idioma nativo lo incluye automáticamente en la Nova Cançó; pero ya vimos que cuando los cantautores de Els Setze Jutges (es decir, los seguidores de la escuela francesa, sobria y de tono eminentemente social) decidieron no aceptar su entrada en aquel selecto club, tenían toda la razón. Pau, junto a otros disidentes, crea el Grup de Folk, de corta vida, para remarcar sus querencias americanas siguiendo la pauta que marcó Dylan: partiendo de la canción de autor, pronto comienza a añadir ingredientes rockeros y psicodélicos; poco tiempo después, ya era reconocido como el padre del rock catalán. 

Lo habíamos dejado a finales de la década pasada con una corta trayectoria discográfica que comienza en 1967. Pero aquellos singles ya demostraban un carácter propio, muy personal, y varias de las canciones que se contenían en ellos tendrán una nueva vida en su primer disco grande, que Pau ideó como doble -aunque finalmente se fraccionó en dos sencillos- y que hoy en día es considerado por muchos como una obra cumbre de la música popular catalana (lo cual enlaza, por otra parte, con la “paternidad” de la que hablaba antes). Ese disco se titula “Dioptría”, fue grabado en 1969 y su “primera fase” sale a finales de ese año, mientras que la segunda lo hace en 1970. Supongo que Concéntric, el pequeño sello que lo distribuía, a última hora (con las portadas ya impresas) no se atrevió a sacar un doble que podía significar un riesgo económico imposible de asumir y prefirió dosificarlo; pero hasta cierto punto la jugada no afecta demasiado al espíritu del disco, porque podría considerarse como la suma de dos obras que en muchos aspectos son distintas (de todos modos, ya se publica como doble desde 1978). El primero es un disco de rock con influencias progresivas y psicodélicas en el que nuestro amigo se hace acompañar de Om, la banda que ya participaba en su single anterior; el segundo es claramente folkie, de tono acústico con acompañamiento de percusión ligera y guitarra eléctrica o teclados en algunos momentos: Pau está ayudado por Sisa y Batista con participación de Toti Soler. También en el asunto literario hay una diferencia fundamental, aunque en ambos casos las letras son de crítica hacia las costumbres y las tradiciones en la sociedad pequeñoburguesa, que hacen a las personas rehenes de una educación insana: en palabras de Pau, “Dioptria I” es crítico contra la mujer y el II va contra el hombre, aunque no tanto, probablemente porque yo lo soy”. 

En consecuencia, tal vez esa decisión de publicar los discos por separado no fuese tan descabellada. Por otra parte resulta injusto que la mayoría de los aficionados consideren al primero como de mayor altura que el segundo, cuando en realidad no son comparables. Pero ya con el primero Pau quedó consagrado como uno de los músicos catalanes y españoles con más futuro: resulta sorprendente que un disco tan denso y avanzado a su tiempo como ese haya sido compuesto por un joven de veintiún años y una trayectoria tan diminuta. En ese primer disco, dejando aparte las letras (que recomiendo fervientemente: hoy en día, gracias a Internet, es sencillo leerlas), tenemos una clara demostración de cuáles son sus influencias, pero también de que ha sabido asimilarlas y crear su propio estilo: hay recuerdos de Zappa (algunos momentos enloquecidos de “Ars erotica” me recuerdan el “Freak out!”), guitarras sibilinas de la escuela Barrett (la sospechosamente benévola “Kithou”) y por supuesto el fantasma de Dylan sobrevuela el conjunto; pero hay piezas inclasificables, como la catedralicia “Ja s’ha mort la besávia”, una obra imponente, sangrienta y emocionante al mismo tiempo, que es Pau Riba en estado puro, como lo es en la estremecedora “Mareta bufona”, o en algunas fases acústicas como “Noia de porcellana” (que ya había adelantado en versión corta y “habanera” en aquel single del 68). En fin, estamos ante una de esas escasas obras nacionales que deberían figurar en la colección de cualquier aficionado que se considere como tal, así que por mí no ha de quedar: aquí tienen ese primer disco junto al single que se publicó en 1970 conteniendo dos versiones cortas de “Ars erotica” y “Rosa d’abril”. 

Y llegamos a la segunda parte, más apacible tanto en lo musical como en lo literario. El tono general es de folk psicodélico, y las influencias pueden ir desde Dylan o Donovan hasta la época hippie de Marc Bolan o los Airplane. Parece que hay un acuerdo general en que la mejor pieza de este disco es la recreación de “L’home estàtic”, tal vez la más equilibrada, con ese delicioso juego de guitarras acústicas y su letra tan bellamente triste. Pero, recreando piezas ya conocidas y en ese estilo acústico, no me parece inferior su nueva visión de “Taxista”, e igual de buena es “Cançó 7ª en colors”, que abre el disco y es enteramente nueva. De un total de seis piezas, las otras tres son “sinfonías”, muy distintas entre sí: la primera (“D'un matí, d'una nit de Nadal) es una especie de cantar épico que se vuelve relato a mediados de la pieza y, aunque esa fase se hace un poco pesada -a veces Pau se pierde en el bosque con sus discursos-, en conjunto me resulta encantadora. Algo parecido me pasa con la segunda (“D'uns deus, d'uns homes”), aunque es muy distinta: sobre el acompañamiento de grupo completo, Pau nos invita a subir a la barca y recrearnos con una letra que podría recordar a la búsqueda de una Itaca espiritual; el conjunto recuerda vagamente a Dylan en aquella época del 65/66. Quizá el nivel decae un poco con la tercera sinfonía (“D'un temps, d'uns botons”), un poco plana, dando vueltas sobre una estructura acústica bastante simple, algunos acompañamientos vocales y ruiditos curiosos. Pero en conjunto creo que esta segunda parte es tan buena como la primera, aunque su espíritu sea distinto. Y por supuesto, también la recomiendo encarecidamente: aquí la tienen, junto al single con la primera versión de “L’home estàtic”. 

Y es en ese momento, cuando se halla en una cumbre tan rápidamente alcanzada, cuando las expectativas son enormes, justo cuando Pau decide apartarse un poco de las luces: entra en una fase campestre, hippie, y en 1971 decide mudarse a Formentera junto a su pareja, Mercé Pastor, que ya se encuentra en un avanzado estado de gestación. El hijo, bajo las más entrañables normas del buen naturista, es traído al mundo por las propias manos de su padre en un hogar rústico, sin agua ni electricidad; se llamará Pau, y su padre le dará el cariñoso apodo de “Gripau” como acrónimo de "Gran Riba Pau" (aunque su significado en catalán sea “sapo”). Durante la primera infancia de este niño, sus padres no se moverán de la isla; pero con la ayuda de algunos amigos, entre ellos Toti Soler, Pau reunirá en una grabadora autónoma el material suficiente para un nuevo disco, acústico por supuesto, que se titulará “Jo, la donya i el gripau” y que se publica a finales de año. Emociona recordar que mucho antes de que naciese aquel gripau y aquel disco, ya había correteado por la isla medio censo de Canterbury, que el ácido y las guitarras acústicas eran protagonistas en aquel lugar, y que no otro tipo de actitud podemos esperar de un músico que en ese momento está plenamente integrado en una corriente que va desde la Incredible String Band de sus primeros años hasta Daevid Allen o Kevin Ayers. A mí me parece una preciosidad, imperfecta por artesanal, empezando ya por la portada, y poco más puedo añadir: juzguen ustedes mismos. Ah, y si les interesa profundizar en el asunto, pinchen aquí abajo:

http://lwsn.net/article/pau-riba-jo-la-donya-i-el-gripau-un-mini-documental-realitzat-per-l-isaki-lacuesta 

Hasta mediados de la década, la vida de Pau será apacible, alojado en aquella benéfica quietud natural. Luego comenzará a sentir la necesidad de un nuevo cambio, de abandonar un estilo y una actitud vital que ya no van con la época. Pero esa es otra historia, y será contada en otra ocasión. 


martes, 5 de abril de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (VII)



La canción de autor es una de las novedades que surgen en la segunda ola de la música popular en nuestro país; lo cual tiene su mérito, ya que atreverse a escribir letras “imaginativas” en una época en la que el franquismo comenzaba a verse acorralado -y por lo tanto sus coletazos podían resultar temibles- no era una opción cómoda. Sin embargo, hubo unos cuantos valientes que ya a mediados de la década anterior se esforzaban en ofrecer al público canciones con un acompañamiento literario que podía ir desde la lírica a la protesta más o menos encubierta; y quien mejor supo equilibrar la música con el mensaje -convirtiéndose en el más popular de todos nuestros cantautores- fue Joan Manuel Serrat, a quien ya hemos visto alcanzar el éxito casi desde el principio de su carrera. 
 
Lo habíamos dejado despidiendo la década de los 60 en lo más alto de las listas gracias a aquel disco que ponía música a algunos poemas de Antonio Machado y que fue un éxito inenarrable, tanto en España como en Hispanoamérica (donde sus giras son casi continuas, por cierto). La presión que ejerce ese éxito consigue que se vaya olvidando el asunto de su espantada en Eurovisión dos años antes, y las emisoras de radio vuelven a emitir sus canciones con relativa libertad; en el otro bando sin embargo, los sectores más catalanistas no le perdonan aquel desliz y puede que no lo hagan nunca. De todos modos, está claro que a él no le importa: seguirá cantando en español o catalán según le plazca, porque ya ha demostrado que no acepta injerencias de nadie. Una nueva prueba de ello (y de su brillantez creativa) es que en 1970 publica dos discos, uno en cada idioma: a mediados de año llega “Serrat 4”, en catalán y superando las ventas de sus anteriores discos en ese idioma, lo cual demuestra que el anatema lanzado por los sectores radicales no surte efecto; y a finales de año llega “Mi niñez”, en español, uno de los discos más brillantes en su carrera. De nuevo los arreglos de Miralles redondean en ambos casos un conjunto de canciones cuyas melodías son magníficas. Sobre las letras, del catalán no puedo decir mucho -tendría que ponerme a traducirlas- aunque suena un poco más intimista (el propio sonido lo es), sin grandes diferencias con el “nacional”. Eso sí: tanto en uno como en otro, algunas letras tienen problemas (“Fiesta”, una de las más populares por su ritmo y por figurar en single, tuvo que modificar algunas estrofas para ser publicada). La gran mayoría se convirtieron en clásicas. 

Estamos en la época más vibrante de su carrera, y no solo por su trayectoria artística: pocos días después de la publicación de su último disco, en Diciembre del 70, tiene lugar el famoso Proceso de Burgos, en el que se condena a muerte a seis militantes de ETA; el día 12 de ese mes Serrat es uno de los trescientos artistas e intelectuales catalanes que se encierran en el monasterio de Montserrat en protesta por ese juicio. Aquella actitud le pasa factura, desde luego: vuelven las represalias en prensa, radio y televisión, además del boicot a gran parte de sus actuaciones. Durante casi medio año trata de olvidarse de la situación interna con una nueva gira hispanoamericana, y a la vuelta anuncia una retirada transitoria que se concluye a finales de 1971 con la publicación de “Mediteráneo”, que pasa por ser su mejor obra (y desde luego la más popular). No hay duda de que ese retiro le ha venido muy bien para centrarse y escribir con relativa tranquilidad el material; pero aun así resulta asombrosa la creatividad que demuestra, superándose de nuevo después de sus dos discos en 1970 y de toda la situación ambiental que le rodea. Ahí está condensada la esencia artística de Serrat, en diez canciones que resumen la nostalgia, los amores y ese punto ácrata que siempre ha tenido, diez canciones perfectas que incluso a mí me emocionan aún sin ser muy de su cuerda. Ah, y el equilibrio orquestal corre a cargo de Juan Carlos Calderón, que durante un tiempo sustituye a Miralles. 

Tras unos meses de muchas giras y algunos proyectos fallidos (entre ellos un doble disco en el que interpretaría piezas clásicas del repertorio hispanoamericano y que no se verá hasta mucho tiempo después), a principios de 1972 Serrat repite la jugada de poner música a los poemas de un clásico de nuestra lengua: primero fue Machado, ahora será Miguel Hernández. Y el resultado es muy parecido, ya que el disco, cuyo título es simplemente el nombre del poeta, se convierte en otro éxito masivo a pesar de que una vez más “el Régimen” se pone nervioso: Hernández es una de las más negras sombras en la memoria del franquismo -por ser culpable directo de su muerte- y a regañadientes permite la publicación de una obra en la que Serrat ha escogido con cuidado el material, más o menos “limpio” de ideología para que la censura no pueda objetar. En lo musical no hay grandes diferencias con sus obras anteriores, aunque los arreglos van a cargo de Francesc Burrull; junto a la contención de la voz, tal vez el resultado final sea un poco más “académico”, sobrio, por la influencia de la situación y del espíritu del poeta. Y esa misma influencia hace que aquí estemos ante una obra de la cual los aficionados al single tienen pocas canciones recordables: este es un disco mucho más orgánico que la colección de poemas de Machado, o al menos eso me parece. 

El trienio más brillante de Serrat termina aquí, aunque por supuesto seguirá siendo por mucho tiempo nuestro cantautor principal (casi lo es aún hoy). Su despedida de Novola se formaliza en 1973/74 con “Canción infantil”, un tanto más oscuro que los anteriores pero donde nos encontramos con obras magnas del calibre de “Romance de Curro el palmo”. Su llegada a Ariola coincide con nuevas complicaciones en su relación con la censura, hasta el punto de tener que vivir fuera de España durante un tiempo a causa de sus manifestaciones sobre los últimos fusilamientos del franquismo. Tras la muerte del dictador vuelve gracias a una amnistía y durante un tiempo se dedica a recorrer Cataluña en pequeñas giras, hasta que vuelve la normalidad. Sin embargo los tiempos comienzan a cambiar, las letras “comprometidas” van perdiendo su actualidad, el rock y la nueva ola se están haciendo con el mercado y los personajes como él comienzan a pasar a segundo plano. Su historia, ya digo, podría seguir contándose hasta ahora mismo, pero nosotros lo dejaremos aquí, con una selección de canciones que cubren aquel trienio.