lunes, 23 de mayo de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (XIV)



Es indudable que en estos años de transición entre décadas el mayor protagonismo fue para Barcelona, y que en general el llamado “rock catalán” constituía la mayor parte de la vanguardia nacional. Sin embargo hay otros puntos del país donde también comienza a surgir una conciencia underground claramente alejada de las propuestas masivas tradicionales. Y Andalucía, aunque más lentamente, comienza a ser una buena alternativa: si los catalanes tienen la proximidad de Europa los andaluces tienen la presencia de las bases yanquis de Morón y Rota, el cercano bullicio internacional de Tánger y un continuo trasiego de guiris de muchos pelajes. Así que, poco a poco, comienzan a oírse algunos nombres que con el tiempo serán tan respetados como los catalanes. Y por supuesto, el primero de todos es el de Smash: los padres del rock andaluz, nada menos. Hay algunos grupillos que comenzaron un poco antes (Nuevos Tiempos o Gong), pero su proyección resulta minúscula en comparación con ellos. 

En el mundo de la música yeyé de finales de los 60, y del mismo modo que Cataluña es en esencia Barcelona, Andalucía es Sevilla: además de ser la “capital” tiene la base de Morón a poco más de sesenta kilómetros, y muchos soldados yanquis tienen una vivienda en la ciudad; lo cual significa que, como pasa con los yeyés madrileños y Torrejón, se hacen amistades y hay trasiego de material ratonero. Ya en los primeros años de aquella década había un buen ambiente allí, aunque por entonces los escasos grupos que llegaron a ser conocidos a escala nacional no eran muy diferentes de los madrileños o los catalanes: rock and roll, beat y pop. Pero, en una zona donde el acceso a ciertas sustancias es relativamente fácil, la llegada de la psicodelia no puede presagiar nada bueno, y pronto surgen algunos personajes que transitan entre dos o tres estilos. En ese ambiente se mueve el guitarrista Gualberto García, que en 1967 vuelve de la mili pero antes ya había militado en los Murciélagos, un grupo a medio camino entre beat y rockero que llegó a publicar un Ep (bastante malo, por cierto). Gualberto vive en el barrio de Santa Clara, lugar de residencia de la mayoría de los soldados yanquis de Morón, lo cual ya le da una facilidad de acceso a algunos discos que en España ni se sospechan; pero además resulta que esos discos también están sonando en el pub de otro personaje que con el tiempo se hará referencia inevitable en la historia del rock andaluz: Gonzalo García-Pelayo, que además de regentar el club “Dom Gonzalo” hace de manager y productor a ratos libres. 

Gonzalo promociona por entonces a Gong, un grupo en el que militan algunos ex-Murciélagos y que fusionan el rock o el blues con el flamenco (aunque su carrera discográfica será de solo dos singles); Gualberto, que se reúne frecuentemente con ellos, tiene planes para desarrollar un estilo un poco más evolucionado, más abierto aún, pero no consigue interesarlos. Estamos en 1968, y en esa época circula por Sevilla otro grupillo llamado Foreign Daft que actúa por los clubs y cuyo repertorio se aproxima mucho a sus gustos; ahí militan el bajista Julio Matito y el batería Antonio Rodríguez, que abandonan a los Daft, se asocian con Gualberto y crean el trío Smash (una idea de Gonzalo, aunque el nombre será registrado por Gualberto). Gonzalo, que acaba de tener una bronca importante con los Gong, se desentiende de ellos -aunque volverá a trabajar con una nueva formación tiempo después- y ofrece al nuevo trío su instrumental, que aumentará pagándolo de su propio bolsillo. Consiguen algunas actuaciones, pero el grupo vive entre el fumeteo y la anarquía y no se asienta hasta mediados de 1969, tras un viaje de Gualberto a Estados Unidos; aunque mientras tanto, con el ex Gong Mané a la guitara, participan a finales del verano en el Festival de Grupos en Algeciras y conocen a Henrik Liebgott -a.k.a. Michael-, un hippy danés enamorado de la música y el ambiente españoles, que toca la guitarra y otros instrumentos y que milita en un grupo rival: los Solos. Curiosamente, Smash ganan el festival y los Solos quedan segundos. Poco después Henrik cambia de bando y vuelve Gualberto: Smash ya es un cuarteto. 

Antes de que termine 1969 el grupo es detectado por Ángel Fábregas, el héroe barcelonés de Diabolo/4Vents a quien tanto debe la escena underground catalana y que como vemos también está al día sobre las novedades en otros sitios. En ese sello graba Smash su primer single: “Scouting / Sonetto”, dos perlas del rock progresivo español con mixturas muy personales (en la primera con una exhibición de violín a cargo de Henrik), pero que por desgracia pasan casi inadvertidas por la ya conocida incapacidad económica del sello para afrontar una buena campaña de promoción. Gonzalo consigue interesar a Philips y en 1970 ya están preparando su primer LP, mientras 4 Vents lanza el segundo y último single con ellos: la cara A es de nuevo “Souting”; pero en la B tenemos “Ensayo nº1¨, otra exhibición que a mí me recuerda el sonido de las primeras bandas de krautrock al estilo Amon Düül II y similares. Pronto llegan otras dos canciones grabadas también en 4Vents pero que aparecerán en su primer single con Philips: “I left you / One hopeless whisper”, de nuevo una pareja de piezas brilantes; poco después el segundo, “Decision / Look at the rainbow”, y en esta última canción escuchamos a Gualberto ofreciéndonos una demostración de lo que ha aprendido en estos últimos meses con su nuevo instrumento: el sitar, que le impresionó en su viaje a Estados Unidos, escuchándolo en las manos de Ravi Shankar en pleno Woodstock (esa impresión es compartida por Henrik, otro aficionado a los instrumentos exóticos). Así que estamos ante un total de siete canciones tremendas, que aún sorprenden hoy en día y que hacen presagiar un Lp fantástico, que saldrá en otoño. Pero de momento lo dejaremos aquí, porque este grupo y su historia merecen ser tratados con un poco de detenimiento; o es que yo soy un plasta, que también. Eso sí, para ir abriendo boca aquí les dejo esas siete canciones tremendas. Y la semana que viene, seguimos. 

Ah, por cierto… Smash no fueron únicamente la brillante banda de rock underground que dignificó a ese estilo en España, sino también, en el ánimo de Julio Matito, la ejemplificación de toda una corriente de pensamiento, una filosofía que él resume de modo magistral en el legendario “Manifiesto de lo borde”, que por supuesto -no faltaba más- un servidor transcribe aquí para que las nuevas generaciones aprendan y los puretas echen el moco al recordarlo. 


MANIFIESTO DE LO BORDE

Cosmogonía de la estética de lo borde:

- Hombres de las praderas (Dylan, Hendrix, Jagger…) 
- Hombres de las montañas (Manson, Hitler…) 
- Hombres de las cuevas lúgubres (funcionarios) 
- Hombres de las cuevas suntuosas (presidentes de consejos de administración, grandes mercaderes) 

Los hombres de las praderas son los únicos que están en el rollo y que han salido del huevo. Sus carnets de identidad son sus caritas. 

Los hombres de las montañas se enrollan por el palo de la violencia y la marcha física. 

Los hombres de las cuevas lúgubres se enrollan por el palo del dogma y te suelen dar la vara chunga. 

Los hombres de las cuevas suntuosas se enrollan por el palo del dinero y del roneo. 

– No se puede hacer música en las cuevas del infortunio; hay que abrirse hacia las praderas. 
– Las relaciones hombre de las praderas-mercader de las cuevas suntuosas son siempre de sado-masoquismo. 
– Sólo se puede vivir tortilleando. 

I. No se trata de hacer “flamenco-pop” ni “blues aflamencado”, sino de corromperse por derecho. 
II. Sólo puede uno corromperse por el palo de la belleza. 
III. Imagínate a Bob Dylan en un cuarto, con una botella de Tío Pepe; Diego el del Gastor a la guitarra, y la Fernanda y la Bernarda de Utrera haciendo el compás, y dile: 

– Canta ahora tus canciones. 

¿Qué le entraría a Dylan por ese cuerpecito? Pues lo mismo que a Manuel (Molina) cuando empieza a cantar por bulerías con sonido eléctrico: 

Aunque digan lo contrario, 
yo sé bien que esto es la guerra.
Puñalaítas de muerte 
me darían si pudieran. 


lunes, 16 de mayo de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (XIII)

No todos los nombres que constituyen la oleada moderna catalana en la transición de los años 60 a los 70 están relacionados con el Grup de Folk o los Jueces, aunque parezca que fuera de esas “familias” no hay vida. Siempre habrá gente que vaya por libre, y hoy terminamos nuestro viaje a aquella comunidad con dos grupos autónomos, por decirlo así: Mi Generación y Tabaco. Los primeros tuvieron una breve y esporádica conexión con Máquina!, pero los otros ni siquiera son de Barcelona sino de Sabadell. Eso sí, su destino fue el mismo: tan respetados ahora como ignorados en su época.


Mi Generación fue un grupo muy longevo, aunque de modo casi subterráneo y con cambios frecuentes de personal. Con independencia del estilo, sus miembros tienen plena conciencia profesional: desde el principio de su carrera, a mediados del 67, trabajan cualquier tipo de rango, desde las fiestas patronales hasta la participación en grabaciones con otros músicos. Por desgracia la extrema juventud de sus miembros hace que las presiones familiares obliguen a algunos de ellos a abandonar, y la situación del grupo resulta inestable hasta que en 1969 comienza a concretarse con la llegada de dos elementos fundamentales: el primero es Eliseo Parra, batería polifacético, compositor y cantante; meses después entra José Valverde, “Zappa”, guitarra rítmica y también cantante. Durante 1970 se van haciendo muy apreciados en los estudios discográficos y tienen bastante trabajo como músicos de sesión, pero también ideas propias: Eliseo y Zappa, ambos con muy buena voz, admiran los estilos vocales que comenzaron en el beat con las bandas como Hollies y que en Estados Unidos defienden los Byrds, por ejemplo. Esa mezcla entre voces y juegos de cuerdas, acústicos o eléctricos, es su tendencia principal, que se confirma cuando escuchan el primer disco de Crosby, Stills & Nash: ahí está, casi exactamente, lo que ellos quieren hacer. 

El trabajo abundante siempre es bienvenido, pero a cambio el grupo tiene poco tiempo para componer: hasta finales de 1970 no consiguen entrar en un estudio para grabar un single que se publicará en la primavera del 71 con una canción propia y una versión: “Toma tu parte de felicidad / Triste y solo”. La primera, compuesta a medias por Eliseo y “Zappa”, es la mejor carta de presentación posible para un grupo en el que se nota su gran talla técnica, la exquisita armonía de voces y el buen gusto en las escalas que constituyen una canción adorable, sin nada que envidiar a unos C,S & N. La cara B es el “Sad and lonely” de Graham Gouldman que habían interpretado los Garden Odyssy Enterprise, pero que aquí suena con mucho más nervio, más eléctrica. En suma, estamos ante un disco magnífico cuyo problema es el deficiente sonido y la escasa promoción: si en vez de haber grabado para la humilde Palobal hubiesen conseguido contrato con Hispavox (el sello ideal para este tipo de grupos), las cosas hubieran sido muy distintas; y aun así, en pleno verano ganan un festival “de la canción moderna” interpretando esa cara A, hecho que se resalta en la inmediata reedición del single. Muy poco antes consiguen grabar un Lp, a toda prisa, con la sombra del servicio militar encima ya para alguno de los músicos: Eliseo Parra caerá en octubre y poco antes lo había hecho el bajista Rafa Maldonado, sustituido de momento por el propio “Zappa” y definitivamente por José Valverde. 

El Lp se publica a finales de ese accidentado año 71, es homónimo y al igual que el single mereció mejores medios de los que tuvo, porque realmente es un buen disco. Es verdad que las letras son un poco infantiloides, muy en la onda hippy de la época, y que se les nota mucho la influencia del grupo yanqui de sus amores, pero demuestran un gran nivel técnico e ideas propias incluso aceptando un cierto seguidismo (“Solo estás y estoy” es el “Wooden ships” de Mi Generación, la cosa está clara). También por esa época acompañan a Máquina! con sus voces aunque no aparezcan en los créditos del doble en directo, y graban dos discos de covers bajo seudónimo (una práctica muy de la época), pero su mejor momento ya está pasando: la mili hace imposible mantener una formación estable durante dos o tres años, y la grabación a toda prisa de un segundo disco no sirve de nada porque el sello quiebra. Aun así, con altas y bajas, a trompicones, Mi Generación consiguió llegar a mediados de la década; lo que nos queda es que Eliseo Parra se ha convertido en uno de los más importantes folcloristas españoles, y que su antiguo grupo ha dejado para la historia este recuerdo. 



El caso de Tabaco, en cambio, es muy fácil de contar porque su carrera fue corta y pasó casi desapercibida. Son buen ejemplo de lo que ha sucedido siempre con los grupos “menores” que llegan a grabar por casualidad: para los coleccionistas, el disco (del que solo se publicaron 50 unidades) es una pieza muy valiosa, pero para el aficionado "de a pie" no hay prácticamente información sobre quiénes eran y cuál fue su circunstancia. Solo sabemos que a finales de la década anterior anda por Sabadell un grupo llamado “Los Duendes”, cuyos integrantes tienen un nivel instrumental bastante bueno y conocen muchos estilos, desde el rock and roll hasta el progresivo; imagino que se trataría del tipo grupo todo-terreno de músicos con vocación profesional tratando de curtirse a base de actuaciones en fiestas, verbenas y discotecas hasta conseguir un repertorio que les permitiese dar un salto. Pero, tal vez a causa de vivir en la zona en la que viven, sus posibilidades de hacerse populares no son muchas, así que finalmente algunos abandonan y los restantes crean a principios de 1971 un nuevo grupo con un nuevo nombre: Tabaco; la diferencia entre ambos parece ser el cambio de estilo, que pasa del rock and roll y el beat a otros géneros más actuales. Para entonces Josep María Abella es el cantante, apoyado en la guitarra por Mariano Escriu; al bajo y teclados Eduardo González, y el batería es Jordi Molet. Y para promocionarse idean una curiosa “campaña publicitaria”: baten todos los récords de permanencia sobre un escenario tocando durante veintisiete horas en una pista deportiva de Sabadell; lo cual demuestra, entre otras cosas, que su repertorio es muy extenso. Tal vez aquel gesto no les sirviese de mucho, pero poco después consiguen ganar el “Primer Campeonato Musical Pop de Cataluña”. 

No está muy claro cómo llegan a grabar su disco, al que titulan “Desintegración”. Es posible que, envalentonados por haber ganado tal “campeonato”, decidieran pagarlo con su propio dinero alquilando unas horas en un estudio cualquiera (Sabin) y grabando las cintas en un sello diminuto (Spiral), tratando de reivindicar su valía y su facilidad para mezclar estilos: solo así se comprende que únicamente se prensaran cincuenta copias, que por supuesto valen ahora un buen dinero en las subastas; en ese caso, el disco sería utilizado como carta de presentación para conseguir actuaciones. Y tal vez les sirvió, ya que además de ser la “banda residente” en un hotel de Calella durante dos veranos parece ser que llegaron a compartir cartel con lo más florido de la oferta nacional: según se dice, Tabaco actuaron junto a los últimos Brincos y Canarios, además de Mustang o Sírex (aunque por las fechas no me cuadra mucho: tal vez fuesen los antiguos Duendes). Finalmente el grupo desaparece en 1973 y Josep María recrea a los Duendes como banda “vintage” para hacer bolos atacando el catálogo incombustible del rock and roll tradicional. 

Pero vamos al disco, que es lo importante: el sonido es muy bueno teniendo en cuenta las circunstancias, y la altura técnica del grupo es de verdadera categoría; pero más curioso aún es el material, de cosecha propia en su mayor parte, sin nada que envidiar a ningún grupo nacional de aquella época, e incluso en las versiones como “Blue suede shoes” o “Lady Samantha” demuestran personalidad. En cuanto a las propias, ya el arranque con la que da título al disco nos sorprende: se trata de una pieza instrumental entre r’n’b y funky muy bien arropada por el órgano y la percusión, magnífica. “Tabaco”, la siguiente, es un blues muy alegre -valga la contradicción- que podría recordar vagamente a Mayall, por decir algo; “Dia sin luz” es una balada progresiva realmente buena, y así sucesivamente. En conjunto, lo que tenemos es un paseo por casi todos los géneros importantes del momento en forma de piezas originales ejecutadas con gran maestría. No es necesaria la titulación de “monstruo del progresivo psicodélico” que figura en algunos catálogos para que piquen los fanáticos y elevar así el precio de los originales: hay de todo, y este disco se sostiene perfectamente como rareza histórica sin semejantes etiquetas. Por supuesto ha sido reeditado ya en dos o tres ocasiones, e incluso con varios extras, así que ya saben: si le echan un vistazo y les agrada, vayan a por él.