El blues rock es una rama principal en la evolución de la música popular británica. Y aunque su momento de esplendor tiene lugar casi al mismo tiempo que el de la psicodelia, sus orígenes son muy anteriores: ya a finales de los años 50 se hacen conocidos en el circuito londinense algunos personajes como Alexis Korner, Cyril Davies o Graham Bond, que por lo general procedían del trad -una variante isleña del jazz- o incluso el skiffle. Luego llega la figura de John Mayall, que multiplica la popularidad del género, y a mediados de los 60 comienza el estrellato de unos cuantos muchachos que militaron en las bandas de los pioneros: Peter Green, Eric Clapton, Jack Bruce, Charlie Watts, Ginger Baker… la lista es enorme. Otros, más eclécticos, consiguen esa misma categoría alternando su militancia en pequeños grupos con su trabajo como músicos de estudio, lo cual les da una visión muy amplia: Jeff Beck o Jimmy Page son buenos ejemplos. Esa nueva generación da como resultado el brillante British Blues Boom, que podríamos considerar como la segunda oleada de la british invasion en Estados Unidos y cuya punta de lanza son los Yardbirds -la banda de transición perfecta, una excelente mixtura entre beat, blues, pop e incluso psicodelia-, que abren el camino a los que luego serán considerados “hermanos mayores”: Fleetwood Mac, Cream, Groundhogs, Free, etc.
Al igual que sucedió con la psicodelia, las bandas realmente grandes evolucionaron pronto hacia otros estilos (Free, Jethro Tull o incluso los Mac) mientras que algunas desaparecieron para que sus componentes siguiesen carreras en solitario: Cream es el mejor ejemplo. También hubo otras que, manteniendo el blues como una de sus influencias, añadieron nuevos ingredientes (el caso de Led Zeppelin o Ten Years After). Todas ellas han pasado por este local; quizá lo justo hubiese sido citar también a las del tipo Groundhogs -especialmente estos- o Savoy Brown, pero no se puede estar a todo: quienes sean verdaderamente aficionados al blues rock seguro que las conocen y admitirán que eran un tanto repetitivas, más indicadas para el directo que para una extensa producción (algo que ya le pasaba al propio Mayall, cuya desaforada cosecha discográfica se acaba haciendo cansina). Y de todo aquel impresionante listado de personajes ya solo nos queda uno, que curiosamente es irlandés y por tanto ajeno al ambiente de la isla grande: en efecto, se trata de Rory Gallagher. Un músico que tocó techo en 1973 con la publicación de “Blueprint” y “Tattoo”, para mí sus dos discos más brillantes. A estas alturas podría parecer un poco fuera de época, cuando sus compañeros de estilo ya andan en otras cosas, pero también él va mezclando elementos: su blues tiene una buena mezcla de rock’n’roll, folk de vez en cuando y hasta un ligero toque jazzístico.
Una de las características de Rory es su clara predilección por las giras y el escenario: la mayor parte de sus discos fueron grabados en dos o tres semanas, con las canciones lo suficientemente rodadas en las actuaciones como para no tener que repetir tomas. Y por lo tanto, en la cumbre de su carrera, la guinda del pastel tiene que ser un nuevo disco en directo. Recordarán ustedes que en 1972 ya hubo uno, el magnífico “Live in Europe”, pero esta vez va a lo grande en todos los sentidos: será un disco doble y grabado en Irlanda, ante sus paisanos, filmando las actuaciones con el posible objetivo de hacer un especial para la televisión. Hay una circunstancia que otorga un añadido digamos "ético” a sus planes, ya que sus giras irlandesas incluyen también el Norte, concretamente la ciudad maldita de Belfast. Por entonces, la guerra abierta entre el IRA y el ejército británico por la independencia completa de Irlanda estaba en uno de sus momentos más sangrientos, y ni siquiera los propios artistas irlandeses en su gran mayoría se atrevían a actuar en esa zona. Pero Rory nunca evitó el
Norte, y como es lógico sus paisanos se lo agradecen: Belfast será una de las ciudades elegidas para figurar en esa grabación, junto con Dublín y Cork.
Las actuaciones se grabaron a principios de 1974, y el disco se publicó en verano. El concepto viene siendo el de un “grandes éxitos”, ya que la mayor parte del material es muy popular: las piezas arrasadoras como “Cradle rock” (que abre el disco), “Tattoo’d lady” o “Walk on hot coals” se alternan con piezas más bluseras pero impresionantes como “I wonder who” o momentos más acústicos como “As the crow flies”. En resumen, este es el gran directo de Rory: a su lado, el “Live in Europe” solo es un esbozo, tanto por el material como por la ejecución, porque a Rory se le ve a gusto, poderoso, disfrutando. Ni que decir tiene que el disco fue un éxito absoluto, que llegó a su 40 aniversario con la publicación de una caja con ¡siete cedés! conteniendo la mayor parte del repertorio que había tocado en esas tres ciudades. En cuanto al proyecto para la televisión, no salió adelante; pero ese material se usó para publicar, aunque con mucho retraso, una especie de documental sobre esa actuación y varias consideraciones de Rory sobre su música y otras cosas dirigido por Tony Palmer, un clásico del cine musical. Así que aquella gira resultó ser una de las más recordadas.
Esa grabación es la última de Rory con Polydor, un sello que le ha acompañado desde sus inicios con Taste. Un sello que posee un tipo de sonido inconfundible, cercano, caluroso: los discos de Hendrix, Cream o la buena época de Mayall no serían lo mismo sin esa evocación levemente “casera”. Le tengo mucho cariño a Polydor, qué quieren que les diga, y su salto a Chrysalis nos inquieta porque su espíritu es muy distinto, vaporoso, más propio de bandas como Jethro Tull o Ten Years After, con mucho arreglo de estudio, algo que Rory detesta. Pero de todos modos, si iba a seguir produciendo sus discos en persona, era de suponer que no habría grandes cambios. Las dudas se despejan en Otoño del 75, con la presentación del primer disco en su nueva época: “Against the grain”. Desde su apertura con “Let me in” vemos que no, que no los hay en lo fundamental, pero se percibe otro ambiente. La diferencia se nota sobre todo en la base rítmica, que al menos a mí me suena más “acolchada”; el conjunto da una imagen muy profesional, muy de tipo medio, como buscando el mercado americano, y lo consigue: aunque en la Isla sus ventas decaen, en los States su prestigio sube como la espuma. No sabría destacar unas canciones en particular, aunque “Souped up Ford” tiene mucha fuerza, su arreglo de “All around man” le queda muy de su estilo y… no sé. Algo se ha perdido. Tal vez yo sea un quisquilloso, pero… ¿no estaremos ante otra víctima de la maldición del doble en directo?
Rory seguirá con sus giras interminables y publicando discos decentes con regularidad, discos que se van endureciendo, discos que me cansan cada vez más, y bien que lo siento. Los músicos siguen una evolución, y los aficionados seguimos la nuestra propia: esas dos evoluciones a veces coinciden y a veces no. Darle más vueltas al asunto es perder el tiempo. Y lo que importa son los buenos momentos, esos dos o tres, o diez discos de cada uno de ellos que nos han emocionado personalmente; el resto de su producción interesará a otros y en eso consiste la cosa, en la variedad. Ya saben, hay otros mundos pero están todos en este.

