Antes de emprender el vuelo hacia otras latitudes, hoy recordaremos a dos espíritus libres que sin embargo se convertirán en distinguidos referentes de la costa Oeste, al menos en los primeros años de su carrera. Se trata de Joni Mitchell y Neil Young, dos canadienses que ya se habían conocido en su país y que llegaron cada uno por su cuenta a California en momentos distintos. El primero fue Young, que se había dirigido allí premeditadamente, mientras que ella lo hizo por casualidad; pero se aclimataron hasta el punto de que ambos pertenecían a la élite musical de Laurel Canyon: más no se puede pedir. A diferencia de los personajes como Gram Parsons ellos no son abanderados de un estilo concreto, y por eso mismo su proyección resulta intemporal. Su carrera va creciendo y desarrollándose poco a poco, con independencia de las modas que pueda haber allí o en cualquier otro sitio.
Joni Mitchel, cuya formación ya abarca desde el folk al jazz cuando aún es muy jovencita, abandona su país y decide establecerse en el circuito folkie de Estados Unidos a mediados de los años 60. David Crosby la escucha en una actuación en Florida y se la lleva a California, donde con su influencia no le resulta difícil conseguirle actuaciones y un contrato discográfico con Reprise, el sello de moda en aquella zona. A principios del 68, cuando algunas canciones suyas ya están siendo interpretadas por músicos de categoría, publica “Song to a seagull” y el año siguiente “Clouds” (ahí aparece “Chelsea morning”, una de las primeras clásicas en su carrera, aunque ella parece no darle mucha importancia). En teoría lo suyo es la “canción de autor”, de escuela folkie y con unas letras cercanas a la alta poesía, pero llama la atención su exquisita finura tanto en la voz como en los arreglos y una magnífica ejecución por su parte y la de sus amigos, entre los que vemos a Crosby y Stills por citar solo dos. Su ascenso al estrellato se confirma en 1970 con “Ladies of the Canyon”, una delicia en la que ya se nota la mayoría de edad artística, su dominio de cuerdas y teclados, sus escalas tan ricas y sorprendentes, con una sofisticación que va enriqueciendo sus raíces folkies y cuyas letras parecen ir a juego, porque los temas se van ampliado. Solo con cuatro perlas como la que da título al disco, “Morning Morgantown”, “Woodstock” y “Big yellow taxi” ya sería suficiente de sobra para comprarlo, pero las demás no desmerecen en absoluto.
Así que los años 70 se anuncian brillantes para la señorita Mitchell. Es posible que su evolución musical se hubiese producido del mismo modo en cualquier sitio, ya que no hay una influencia determinante del medio en su obra; y aunque su intrincada vida personal ya sería materia suficiente para sus letras (a veces incluso demasiado sinceras), ahora se enriquecen también con sus inquietudes sociales. Pero en algunos aspectos, su llegada a California fue fundamental por la gran hospitalidad que encontró, por ese clima y esa geografía, por ese ambiente relajado que tanto necesitaba después de unos infelices antecedentes personales. Tampoco es que en su nueva patria todo fuese de color de rosa (hay varios desengaños en su accidentada vida sentimental), pero si hubo una verdadera Lady of the Canyon sus amigos trataron de hacerle sentir que era ella. Los dos discos siguientes afianzan su poderío vocal (sobre todo esa exhibición que es “Blue”, del 71) y en el 73 publica “Court and spark”, que no solamente es su disco más popular sino que además sugiere un cambio de perspectiva: su acercamiento al jazz, que se define con más claridad el año siguiente con “Hissing of summer lawns” y se solidifica en la sucesión de discos que irá presentado hasta finales de la década. Luego su carrera se ralentiza, sus discos serán más espaciados, pero seguirá añadiendo nuevos tonos a su sonido (incluso acercándose al pop, al rock y a los sonidos electrónicos) y a su poesía. Ah, y por supuesto que ha dejado estela, al menos en dos californianas: cuando escucho a Rickie Lee Jones me parece estar escuchando a una sobrina suya (hasta se parecen físicamente), y tampoco Suzanne Vega puede negar su influencia; por no hablar de la rusa Regina Spektor, que comenzó a escribir canciones tras conocer su obra.
Neil Young es otro personaje de vida complicada que tras la disolución de los Mynah Birds, grupo “seminal”, como se dice ahora, emprende camino hacia la costa Oeste yanqui junto a Bruce Palmer, bajista de ese mismo grupo, a bordo de un espacioso coche fúnebre (Mort, para los amigos). Una pequeña conversación en un embotellamiento marca su futuro, pues a bordo de otro coche viajan Stephen Stills y Richie Furay: el resultado es Buffalo Springfield. Sin embargo las discusiones continuas lo empujan hacia una carrera en solitario que emprende en 1968 con un primer disco irregular, a medio camino entre la canción de autor, el folk y muy ocasionalmente momentos rockeros como “The loner”, que resultó ser la más popular. Más tarde confesó que no se sentía aún con la confianza necesaria (tampoco le gustaba su propia voz), y que tal vez aquel disco sonaba un poco “miedoso”. Y sí, posiblemente fue miedo escénico: no hay grandes diferencias con el espíritu que ya había mostrado en su época anterior, así que tal vez lo que necesite sea sentirse acompañado por una banda aunque a sus órdenes: Crazy Horse será esa banda, y la mejoría resulta patente con “Everybody knows this is nowhere”, del 69, una colección de piezas inolvidables que suenan como si los Springfield hubiesen resucitado, pero con más densidad. Justo entonces al señor Ertegün, factótum de la Atlantic, se le ocurre que Young sería un buen añadido para C, S & N, que tienen carencias de sonido, y aunque al trío no se le ve muy contento lo ficha, con libertad para compaginar ese trabajo con su carrera al frente de los Horse. Como era de esperar, la cosa no dura mucho y el cuarteto se separa a mediados de 1970: primero despiden a Stills, que está en plena fase megalómana, y casi por consecuencia desaparece la marca comercial; aunque con el paso de los años se han reunido de vez en cuando, los cuatro o por partes. De aquella época, el resultado es el magnífico “Déjà vu” y un doble en directo pasable, sin más.
La confirmación definitiva de Young tiene lugar precisamente en 1970, con “After the gold rush”, que para muchos de sus fans es el mejor de toda su carrera; es claramente un disco de rock, aunque con una gran cantidad de matices y unas composiciones soberbias -es casi una colección de clásicas- en las que Crazy Horse cede gran parte del protagonismo a otros músicos como Stills, Nils Lofgren o Jack Niztsche. Luego hay un giro hacia el country con “Harvest”, que se publica en 1972 y resulta ser su disco más popular en España aunque no tanto en los States; de nuevo la colección de colaboradores es impresionante, y “Heart of gold” se convirtió en su single más vendido. Los años siguientes son un poco sombríos, con unas grabaciones en las que refleja parte de sus tragedias personales, y levanta el vuelo de nuevo en 1975 con “Zuma”, que en cierto modo resucita la vocación eléctrica que se contenía en su tercer disco. En el segundo quinquenio de esa década habrá colaboraciones con Stills, idas y vueltas sobre el country, muchas giras y de nuevo una obra brillante antes de llegar a los 80: “Rust never sleeps”. Esa nueva década no le sienta bien, navegando entre el country, los sintetizadores o el rockabilly sin una dirección clara, hasta que parece revivir justo en el 89 con “Rockin’ in the free world”, que junto a otros dos o tres discos de esa época serán reivindicados por las nacientes tribus grunge; y luego vuelta al country con “Harvest moon”, y colaboraciones con gente joven, y otra vez con los C, S & N, y así sucesivamente: este año, nuevo disco.


