lunes, 26 de junio de 2017

Estados Unidos: los primeros 70s (XI)

Siguiendo nuestro camino hacia el Atlántico (la actividad en el Noroeste en los años 70 es bastante discreta) y tras abandonar Illinois -el área de Chicago, para ser más exactos- llegamos al vecino estado de Michigan, donde por supuesto la zona más convulsa es Detroit. Resulta curioso que dos ciudades cercanas entre sí sean tan diferentes, sobre todo si recordamos que tanto una como la otra tenían por entonces un potente sector industrial, pero esa diferencia viene dada por el tipo de industria y la velocidad de su implantación: Chicago, cuya población duplica la de Detroit, ha ido creciendo a buen ritmo pero con sentido, partiendo de una antigua sociedad agraria que se va urbanizando poco a poco; Detroit, Motor City para sus propios habitantes, es casi un pueblo devenido en ciudad en muy poco tiempo por la presión que ejerce la gran industria del automóvil, que dio lugar a un crecimiento descontrolado, con barriadas obreras en las que además se vive una deficiente integración racial, y a veces la suma de todo ello culmina en estallidos como la gran revuelta del 67. No es extraña esa atmósfera de cabreo personal y social que respira una buena parte de las bandas de la zona, y el compromiso político inicial de unos MC5, nacidos en las comunas, eran un buen reflejo. Antes de ellos Mitch Ryder había alcanzado una fama relativa al frente de los Detroit Wheels, buscando una fusión musical entre las dos razas que pocas veces llegó a consolidarse; incluso el pop negro de la conservadora Motown, que también está allí, hace alguna referencia de vez en cuando al conflicto, que le servirá luego al bueno de Bowie para crear esa maravillosa síntesis entre poesía urbana y rock clásico titulada “Panic in Detroit”. 

En los años 70 la situación parece haberse estancado, y de todos aquellos personajes combativos muy pocos quedan que sigan “causando problemas”, como dice la policía: Rare Earth es una banda multirracial, aunque mayoritariamente blanca, que se ha convertido en poco tiempo en una de las ofertas más sólidas de la Motown; mientras, gran parte de los artistas de ese sello se dedica ahora a buscar una fusión solvente entre funk y pop. En el sector del rock duro tenemos a Ted Nugent, un verdadero corredor de fondo que lleva desde mediados de los 60 dando leña al frente de los Amboy Dukes con unos riffs sobrecogedores que lo encumbrarán cuando comience su carrera en solitario, diez años después, abrigado por la moda del heavy metal. Las Pleasure Seekers, una de las primeras bandas femeninas, ya no existen y Suzi Quatro, una de sus componentes, ha decidido marcharse a la Isla: le irá bien. En esencia, las dos únicas bandas realmente memorables que siguen en pie tras el cambio de década son MC5 y los Stooges, aunque su situación no parece muy ilusionante porque ninguna de ellas consigue mantenerse con una cierta solvencia: las ventas de discos son escasas, las actuaciones caóticas y el consumo de sustancias ilegales excesivo. MC5 desaparecen en 1972, poco después de la publicación de su tercer disco, y los Stooges ya lo habían hecho el año anterior. De los primeros, solamente Fred “Sonic” Smith tuvo una carrera posterior más o menos constante hasta finales de la década; y de la otra banda, ya saben ustedes quién destacó y destaca aún hoy en día: el señor James Osterberg junior, más conocido como Iggy Pop. 

Hay una diferencia de raíz entre MC5 y los Stooges, que es la que decide una mayor o menor proyección de sus discografías: los contraculturales MC5 son una banda de hard rock tradicional cuya carga ideológica se manifiesta especialmente en su primer disco, un directo poderoso; pero los Stooges (que son de Ann Arbor, cerca de la ciudad pero no en ella) son un claro antecedente del punk con su estilo a medio camino entre rock and roll y garaje, mientras que en lo ideológico son esencialmente nihilistas. Es decir, que los postulados de los primeros están en decadencia al llegar la nueva década, mientras que los otros representan el futuro inmediato. Y Bowie, que está en todo, lo sabe: es un rendido admirador de Iggy, a quien ofrece una nueva oportunidad llevándolo a la Isla y consiguiéndole un contrato con la CBS. Iggy reorganiza la banda y en otoño del 72 comienzan a grabar un tercer disco que ya no figura a nombre colectivo, sino al de “Iggy and The Stooges”. El disco, titulado “Raw power”, fue deficientemente mezclado por el propio Iggy, que hizo una pre-producción con los canales muy descompensados; CBS se negó a publicarlo en esas condiciones y Bowie trató de arreglar lo que pudo, que no fue mucho. El resultado es uno de esos artefactos que cumple todos los requisitos para pasar a la Historia: broncas entre los miembros de la banda, grabación deficiente en muy poco tiempo, ventas escasas a pesar de una campaña muy potente, discusión entre los fans sobre quién tuvo la culpa de todo ello…. y una colección de piezas que se han convertido en clásicas; como le pasó a la Velvet y otros cuantos grupos adelantados a su tiempo, la importancia de esa obra se sentirá años después... pero los “nuevos” Stooges no pasaron de 1974. En el caso concreto de Iggy, su dependencia de las drogas lo lleva a una institución mental donde estará alojado durante un tiempo; Bowie, que lo visita con cierta regularidad, tratará de ayudarlo cuando vuelva al negocio, en el segundo quinquenio de los 70. Pero esa ya es otra historia.

Por último, un breve recuerdo para unos amigos de Flint, ciudad que se encuentra más o menos a cien kilómetros de Detroit pero que también tiene a unos hijos ilustres: Grand Funk Railroad, banda esencial en la historia del hard rock pero despreciada por la prensa y los aficionados exquisitos, que probablemente nunca llegaron a escuchar en serio ni uno solo de sus discos. Su técnica es muy buena, su sonido original, su calidad como compositores notable, pero “alguien” consiguió deformar su imagen: con frecuencia se habla de su sonido arrollador, contundente, tronante, y se cita su doble directo como síntesis de su estilo, como si estuviésemos ante otros Blue Cheer, por decir algo. Bueno, pues yo digo que no. ¿Por qué? Pues porque de ese modo, ninguneándolos, definiéndolos poco menos que como unos paletos garrulos, la prensa trata de que las nuevas generaciones se olviden de ellos, del error garrafal que Rolling Stone y otras revistas de campanillas cometieron a sabiendas, por puro despecho. Pero los Funk son a principios de los años 70 la banda yanqui con más ventas en todo el mundo junto a los Creedence (otros apestados para los "auténticos" y la inteligentsia supuestamente arty), y los verdaderos aficionados al hard ya se dieron por enterados hace tiempo. Su decadencia comenzará a mediados de la década, pero hasta entonces casi todo lo que grabaron es muy bueno. A quienes no los conozcan les recomendaría que comenzasen por “Survival”, un disco majestuoso, atmosférico, a la altura del “Space in time” de los TYA, y ya me contarán si prefieren “Gimme shelter” de los Stones o “Feeling alright” de Traffic comparados con las versiones de estos señores. El doble en directo pueden evitárselo, tranquilamente. Y si alguien quiere saber algo más sobre la extraña historia de esta banda, aquí puede hacerse una pequeña idea. 


lunes, 19 de junio de 2017

Estados Unidos: los primeros 70s (X)



La evolución de algunos estilos clásicos comienza a destacar a finales de los años 60, cuando muchos aficionados veteranos se van acercando a la madurez y buscan músicas más elaboradas. El jazz (los States) y la música sinfónica (Europa) son dos protagonistas principales, y mientras la Isla se apunta al rock sinfónico y progresivo -dos tendencias que nunca llegarán a triunfar al otro lado del océano- las élites de aficionados yanquis comienzan a besar el suelo por donde pisan las figuras como John Coltrane o Miles Davis, verdaderos monumentos nacionales. Coltrane murió joven y no llegó a protagonizar aquella efervescencia, pero Davis es de los primeros músicos que se dedican a la improvisación incluyendo instrumentos eléctricos en su banda; Davis, que odiaba las etiquetas (“inventos de los blancos”, decía él), consiguió ampliar el círculo de aficionados hasta alcanzar un mercado suficiente como para que sus hermanos de raza pudiesen vivir con soltura, ya que en los años 50/60 los jazzmen eran aún muy dependientes de las minorías blancas intelectualizadas. Y tras él suelen ser también los blancos quienes organizan nuevas bandas dedicadas a la fusión, como pasó con los británicos y el blues, y prácticamente en la misma época: ya vimos aquí que el nacimiento del jazz rock comienza sobre 1968/69, en parte gracias al empuje del sello CBS. Y en paralelo a esa transición que protagonizaron los músicos procedentes del rock como los que integran Chicago (que pronto se pasó al mainstream), Flock , Electric Flag o los neoyorkinos Blood, Sweat & Tears, también alcanzan popularidad otros cuya escuela es el jazz de vanguardia -muchos de ellos se han "graduado" junto a Davis- y de los que solamente recordaremos los más conocidos: es un mundo ensimismado en su propia exquisitez, muy distante de los géneros simples que enardecen a los adolescentes y los llevan a una nueva ola. 

Aunque ya lo visitamos en su Isla natal, hay que recordar a un personaje imprescindible en esta historia y que trasciende a su nacionalidad: se trata de John McLaughlin, que al frente de la Mahavishnu Orchestra desarrolla la idea de Davis sobre el ensamblaje de los instrumentos eléctricos e incluso electrónicos consiguiendo que los músicos amplíen su destreza en una perfecta comprensión de las posibilidades de esos artefactos, haciendo de ellos unos especialistas fabulosos. Esa excelencia será una de las señas de distinción de los nuevos jazzmen, creando una casta que los iguala a los héroes del progresivo o el heavy metal: todos los instrumentos son estelares, y así los bajos parecen solistas, el sonido de las baterías es abrumador, casi espacial; la producción es pulida y brillante... En los primeros años 70 se vivió un endiosamiento de los músicos que no podía traer nada bueno: a algunos nos daba la impresión de estar ante brillantes ejercicios de onanismo en el que los titanes tocaban para escucharse a sí mismos. Pero en fin, volvamos al asunto: 

Otra de las bandas más famosas son Weather Report, que además fueron también de las primeras. La esencia del asunto viene de lejos, puesto que Joe Zawinul y Wayne Shorter ya habían trabajado juntos en algunas grabaciones de los años 60 (junto a Davis entre otras) y coincidían en la idea de un jazz “free form”, como se decía por entonces. Otro participante en algunas grabaciones con Davis es el bajista Miroslav Vitous, que se asocia con ellos junto a los percusionistas Alphonse Mouzon y ocasionalmente Airto Moreira: esa formación es la que presenta en 1971 el primer disco, que un emocionado Clive Davis (el jefazo de la CBS) define como “banda sonora para la mente y la imaginación”. Se nota la herencia del gurú de la trompeta, aunque con el tiempo (y varios cambios de personal) van adquiriendo un tono cercano al funk con efluvios étnicos que les da una gran popularidad. Su época más brillante comienza en 1973 con “Mysterious traveller” y durará casi hasta el final de la década. Incluso en España llegaron a ser masivos: “Black market” y “Heavy weather” son dos discos que se escucharon hasta la saciedad en los pubs de la época.

Debido a la categoría casi legendaria que alcanzaron la mayor parte de estos músicos, era mucho más frecuente ver sus nombres en la portada de los discos que como integrantes de una banda. Por ejemplo, la agrupación conocida como Return to Forever figuraba siempre detrás del nombre de su líder: Chick Corea, uno de los teclistas más brillantes del ramo, que también había estado en la banda de Davis y luego participó en grabaciones con McLaughlin y medio Weather Report antes de publicar su primer disco, en 1972. Es una bonita obra remarcada por la voz casi angelical de Flora Purim, una clásica en el circuito del jazz. En el grupo vemos también a su esposo, Airto Moreira, que ya conocemos de su estancia con Miles y los Report; el bajista es Stanley Clarke, otra luminaria que ha tocado con medio censo. Más tarde pasó por ahí el eximio Al Di Meola, guitarrista al que le gusta investigar en todo tipo de estilos, del jazz al flamenco; entre sus múltiples colaboraciones es de recordar aquel trío que formó junto a McLaughlin y Paco de Lucía. Otra figura del género es el teclista Herbie Hancock, que durante un tiempo compaginó su pertenencia al quinteto de Davis con su trabajo como músico de sesión en la Blue Note; suele grabar discos a su nombre, y su discografía es inmensa. En resumen, nos hallamos ante una pequeña nebulosa de cincuenta o sesenta músicos que se van asociando entre sí para grabar discos a nombre de unos u otros. 

Esta fiebre por el jazz vanguardista de fusión llegó hasta bien entrados los años 80; luego esa generación de músicos se fue fragmentando, y unos se dedicaron a la música electrónica mientras otros buscaban en las raíces, el folclore y los sonidos tradicionales. Hubo de todo. No sabría decir, a estas alturas, cuantos de aquellos discos llegaron a gustarme realmente; sé que me deshice de muchos, y eso no es buena señal. Pero hay algunos que aún hoy me agrada escuchar, piezas sueltas de la Mahavishnu, de Weather Report, de Chick Corea… y poco más. Lo siento.