Después de dos entidades tan respetables como los Talking Heads o Mink DeVille, hoy nos visitan de nuevo unos muchachos cuyo carácter es mucho más alegre y expansivo. Se trata de los adorables B-52's, orgullo de Athens, Georgia, y cuya querencia por los ritmos bailables no impide que la música que elaboran sea de una gran calidad, con piezas muy trabajadas que constituyen una alternativa new wave de alta escuela en la que tienen tanta importancia los instrumentos tradicionales como las cajas de ritmo sintetizado. Esa notable habilidad para actualizar el surf pop junto a la evocación de la moda sci-fi de bajo presupuesto de los años 50, el ritmo endiablado junto a las baladas que parecen recordar el estilo de veinte años antes, todo ese aparente sindiós en el que ellos se mueven con total soltura, da como resultado dos discos encantadores con los que cubren el trayecto que va desde su creación en 1976/77 hasta la entrada en esta nueva década. Ya en 1981 ponen la guinda al pastel publicando "Party mix", que bajo su apariencia de simple recopilatorio nos muestra una brillante recreación de algunas de aquellas primeras canciones y certifica el final de su primera época, la más chispeante.
Hasta ese momento, siguiendo las directrices de Chris Blackwell (ya saben, el dueño de la bendita Island Records), en las grabaciones se buscaba la mayor similitud posible entre estudio y directo. Que Blackwell en persona fuese el productor de toda su obra hasta ese momento ya dice mucho de su adoración por la banda, y parte de ese sonido tan dinámico y aparentemente simple se lo deben a él. Pero el tiempo pasa, y la perspectiva del grupo está cambiando: su intención ahora es conseguir más "densidad", tanto en su nuevo material como en el sonido. Así que cuando "Party mix" se publica, en verano del 81, ellos ya están trabajando en su nuevo disco, que será producido nada menos que por David Byrne. Pero en poco tiempo surgen los conflictos con este señor, y ante las prisas del sello por publicar pronto se decide rematar el asunto abruptamente: "Mesopotamia", que así se llama el resultado, llega a las tiendas en Enero del 82 y su escaso contenido hace que se le considere como mini-Lp. Dejando aparte su mayor o menor acuerdo con el resultado final, resulta evidente que los B-52's se han hecho mayores y efectivamente la estructura de las canciones es más compleja: lo que pierden en frescura lo ganan en solidez.
Una de las características de aquella grabación es que se nota el empleo creciente de todo tipo de teclados. Esa tendencia se debe en parte a que Keith Strickland, el batería, estaba cansado de su instrumento y había decidido dedicarse a las cuerdas y los sintetizadores; y al menos de momento, en vez de contratar a un nuevo batería se optó por utilizar ritmo sintético. Por otra parte él y Ricky Wilson eran en ese momento los compositores principales, y se tomó el acuerdo de que en la grabación del nuevo disco todos los instrumentos correrían a su cargo mientras los otros tres se dedicarían exclusivamente a las voces (aunque por momentos intervienen todos). El resultado llega en la primavera del 83 con el título de Whammy!, que viene siendo la sublimación de la línea emprendida en el disco anterior con mucha más brillantez; de hecho, y aunque tanto la crítica como buena parte de los fans seguían añorando la primera época del grupo, hay que reconocer que han madurado muy bien. Además aciertan con el productor, Steven Stanley, especialista en dubs y remixes que por entonces trabajaba con Tom Tom Club (el proyecto alternativo de los Heads Frantz y Weimouth). En resumen es un nuevo momento cumbre para el grupo, con unas cuantas clásicas como "Legal tender", "Whammy kiss" o "Queen of Las Vegas", tan válidas en las pistas como en los bares modernos. Daba gusto entrar y ser recibido por los acordes de esas canciones: se pedía la copa ya con otro ánimo.
Luego llega el remolino. Tras una época de giras constantes el grupo comienza a preparar la grabación de un nuevo disco; pero Ricky Wilson, el guitarrista principal, está comenzando a sufrir el deterioro causado por el SIDA, que por entonces era una condena de muerte. Wilson, además de su importancia como compositor, es también uno de los creadores del sonido del grupo gracias a su maestría y originalidad en la digitación. Durante un tiempo oculta a todos su estado salvo a Strickland (ni siguiera Cindy, su hermana, estaba enterada), para no afectarlos demasiado, pero la situación se hace insostenible en poco tiempo. Tras su muerte, a mediados del 85, los demás intentan seguir adelante con las grabaciones -era deseo de Ricky- y finalmente llega "Bouncing off the satellites" un año después. Es un disco que, como no podía ser de otro modo, refleja su estado anímico y se salva por la categoría técnica en la ejecución, pero hay pocas canciones con gancho salvo "Wig" y poco más. Las actuaciones se dosifican y ni siquiera hay campaña publicitaria para mover el disco, que lógicamente tiene unas ventas bastante discretas (gracias, de todos modos, a la gran cantidad de fans incondicionales).
Ya a finales de la década, tendrán una vuelta triunfal con "Cosmic thing", una de sus obras más populares, aunque es evidente que se ha perdido gran parte del carácter del grupo. Y finalmente, en el 92, llegará el último: "Good stuff", una estela del anterior, también con un nivel de ventas notable aunque a los fans de siempre nos deja fríos. La separación era algo casi esperado, y durante quince años no sabremos nada de ellos salvo algunas grabaciones con otros músicos. Su vuelta fue bastante decente en comparación con otras bandas que hicieron lo mismo, pero eso ya importa menos: queda para la memoria el espíritu de los años 70/80, que fue el tiempo en el que brillaron dignificando la música de baile como muy pocos han sabido hacerlo, una música que hecha por ellos sonaba igual de cautivadora en el tocadiscos de casa, o en donde fuese. Y además se hacían querer, eran como de la familia.

